lunes, 28 de noviembre de 2011

EL MAR DEL SUR

Asomado a la ventana el anciano se calienta los huesos. 
Desde allí puede ver todo el puerto, las velas de los galeones y a los hombres subir y bajar por las jarcias y corretear por las vergas, y entonces, se le calienta también el corazón.

Acaba de atracar el Galeón de Manila cargado de especias, sedas y porcelana de la China y al verlo, el anciano siente una punzada agridulce de nostalgia y de orgullo:

- Si no es por nosotros… -se dice- y en su mente anciana se agolpan los recuerdos de la extraordinaria aventura que protagonizó, hacía ya tantísimo tiempo…
                       
... En el poblado de Santa María Antigua del Darién el ambiente era de bulliciosa fiesta.
Francisco de Arcos, segundo hijo de una familia de hidalgos castellanos, bebía y reía en la taberna junto a sus compañeros. 
Al alba partían hacia lo desconocido, hacia lo inexplorado.

Junto a ciento ochenta y nueve hombres, los guías nativos y la jauría de perros que siempre acompaña al “Jefe”, se disponía a buscar un mar que se extendía infinito al otro lado de las montañas, además -y siempre según los informadores nativos- el oro rebosaba de los ríos y las piedras preciosas asomaban por doquier con solo escarbar un poco en la tierra.

Y el oro y la gloria eran los principales motores que impulsaban al jefe de la expedición, el carismático -y aquí entre sus mercedes y yo- algo loco, Vasco Núñez de Balboa.

Los primeros días, no voy a negarlo, la espesura y oscuridad de la selva nos daban un miedo terrible. Apenas veíamos los rayos del sol y nos encontrábamos con bestias 
horribles a cada cuatro pasos. 
Ni siquiera los fieros mastines se atrevían a alejarse mucho y más todavía cuando contemplaron como un lagarto, de más de tres metros, se merendaba a uno de los perros de un solo mordisco.
¡Y los mosquitos!, no me creerán pero parecían gorriones y si te picaban estabas listo de papeles ya que la fiebre y los temblores aparecían de inmediato.
Encima, y para rematar nuestra indignidad y miseria, desde el mismo Núñez hasta el último de los expedicionarios nos -y perdonen vuestras mercedes- cagábamos por las patas abajo debido al agua insalubre y casi podrida que teníamos que beber.

¡Ah..!, también estaban los indios que nos atacaban con valor y decisión y se arrojaban contra nosotros sin miedo a la muerte. ¡Pobres!, los cazábamos como a patos con los mosquetes y los arcabuces. 
Pero así es la guerra.

Los primeros que habíamos vencido, tras una pequeña escaramuza, se pusieron de inmediato de nuestro lado.
Núñez tenía una política paradójica con los indios. 
Al que vencía y se sometía lo trataba con humanidad y respeto, se ganaba su confianza y lo convertía en su amigo.
Al que no, lo desollaba vivo y en sus poblados no dejaba títere con cabeza.

Por eso a la expedición se habían unido más de mil guerreros de los caciques Careta y Ponca, que entusiasmados y mirándonos como si fuésemos Dioses del Olimpo, marchaban junto a nosotros dispuestos a luchar contra un viejo y poderoso enemigo suyo que cerraba con sus hombres el paso a las montañas y el acceso al mar.

La batalla contra los guerreros del cacique Torocha, créanme si les digo, que fue terrible. Aquellos no corrían ante los arcabuzazos ni ante nada y había que matarlos con las espadas y las picas. 
Los animosos aliados de las otras tribus cayeron como moscas.

Pero el valiente Núñez nos formó en un pequeño cuadro que, escupiendo fuego y degollando a cualquier indio que estuviese en medio de nuestro camino -aliado o no- nos fuimos derechos hasta donde estaba el jefe indígena, el tío machacaba cráneos enemigos con su maza que daba pavor verle, así que de tres o cuatro escopetazos tuvimos que terminar con su numantina resistencia.
Aquello fue mano de santo ya que sus guerreros, huérfanos de jefe, recularon y su valor se diluyó como el azúcar en el agua.

El combate nos dejó exhaustos y con muchos heridos. 
Algunos hombres se sentaron en el suelo sin hacer ni puñetero caso al pobre Balboa que nos decía que el mar y las tierras cuajadas de riquezas estaban ya allí mismo, a cuatro pasos.

No sé porqué fui de los que se levantó, ¡pardiez!
Los cuatro pasos que decía el Capitán se convirtieron en una noche entera de marcha. 
Se conoce que el paso extremeño varía un poco del castellano común.

Pero mereció la pena.
Al amanecer, desde la cima de la montaña contemplamos el más magnífico espectáculo que el Señor podía ofrecer.
Entre el verde lujurioso de la selva resaltaba el azul turquesa de un mar que se perdía más allá del infinito.

Andrés de Vera el correoso y duro capellán de la expedición, que lo mismo despachaba con un par de Ave Marías que con un par de espadazos, se hincó de rodillas y empezó a rezar el Te Deum Gratias como si le hubieran poseído de repente todos los ángeles celestiales, los demás, claro, como buenos cristianos lo imitamos. 
Algunos trazamos unas cruces sobre la corteza de los árboles.
Era el día veinticinco de septiembre de 1513.

Y aunque todos sabíamos que bajar las montañas y llegar hasta la orilla sería duro y difícil, también sabíamos que lo lograríamos. Aquel azul era demasiado hermoso como para dejarlo escapar.

Así, el veintinueve de septiembre, el loco Núñez de Balboa entraría en las tranquilas aguas y tomaría posesión en nombre de Castilla. En sus manos llevaba su espada y un pendón de la Virgen María.

Francisco de Arcos se bañaba también en las cálidas aguas limpiándose la mugre del cuerpo, en un mar que ningún otro europeo antes que ellos había disfrutado.
Reía y bromeaba con sus compañeros mientras el pendón de Castilla y Aragón flameaba al viento cálido del Mar del Sur...

... Muchos años después, asomado a una ventana, una lágrima de nostalgia y orgullo recorrería sus viejas y arrugadas mejillas...
A. Villegas Glez.2011

Imagen: Mapa de la expedición de Vasco Núñez de Balboa. 1513.

MELILLA ES ESPAÑA

Estamos en diciembre del año 1774 y el Sultán de Marruecos, Mohamed Abdallah con cuarenta mil moros han puesto bajo asedio, una vez más, la ciudad de Melilla.
Traen con ellos abundante artillería y asesores británicos para que la usen contra las murallas de la ciudad. El sultán no pretende otra cosa que echar a los españoles de allí.
Pero Melilla es española desde que Pedro de Estopiñán la conquistase, con astucia y un par de huevos, hacía doscientos y pico de años.

¿Lo recuerdan...?

Era septiembre de 1497 cuando Estopiñán y sus hombres llegaban a la abandonada y derruida Melilla. 
En solo una noche y valiéndose de lienzos pintados que asemejaban murallas y de unos parapetos desmontables que hacían las veces de bastiones, rodearon la ciudad de nuevas y flamantes defensas y luego empezaron a tocar pífanos y cajas y a rezar a voces.
Me imagino a los moros, tan supersticiosos como son, corriendo espantados, sorprendidos y aterrados por el hecho irrefutable de que, de la noche a la mañana una ciudad abandonada habitada solamente por las ratas, los enfermos y los moribundos, amaneciese de repente amurallada, erizada de picas, de arcabuces y oyéndose aterradores cánticos infieles salir tras sus novísimas murallas y bastiones.

Se tomó posesión de la Plaza en nombre de los Reyes de Castilla y Aragón.

Pero ahora, casi trescientos años después, el Sultán Abdallah venía dispuesto a demoler la ciudad a cañonazos. A lo largo de los días que duraría el asedio la ciudad recibirá más de doce mil impactos. Había muertos, heridos y destrucción por doquier.
El Hospital estaba saturado y además era el objetivo principal de los artilleros ingleses.
La población sufría los horrores del sitio.
La muerte en cualquier instante, el hambre, las fatigas, los trabajos en la defensa y lo peor, la sed terrible.

Melilla contaba con unos antiquísimos aljibes de agua fresca pero ante la situación el racionamiento era obligado y nadie sabía cuándo podrían recibir ayuda desde la península. 
"La Peni" que se dice en la ciudad.

Sin embargo nada de todo aquello provocaba que los civiles o la guarnición perdieran ni el orgullo ni el valor, ni la fuerza, ni la mala leche,muy al contrario, con cada bomba sarracena se enciendían más todavía la rabia y el odio contra el enemigo.

Así las murallas de Melilla se convirtieron en un matadero para los soldados del sultán. 
Los moros caían como moscas acribillados por los mosquetes o hechos pedazos por la escasa, aunque eficacísima, artillería española.
Los marroquíes podían cañonear de lejos, pero lo que era acercarse a las murallas de Melilla, no podían. 
Todos los que lo habían intentado habían fracasado y el campo alrededor de la ciudad estaba sembrado de muertos, de restos humanos, de caballos y de impedimenta abandonada. 
Los heridos dejaban rastros sangrantes tras ellos mientras se arrastraban hasta sus líneas.
Nadie les hacía el menor caso.

En marzo, tras tres meses de asedio, Abdallah recibe la noticia de que una flota inglesa, que venía en su apoyo, había sido interceptada, destruida, capturada o desperdigada por la Armada Española, que era ahora la que navegaba a toda vela en socorro de Melilla.

El sultán abandona a toda prisa el asedio de la ciudad. Derrotado y humillado se dejaría atrás miles de muertos, heridos y mutilados, abandonaría los flamantes cañones ingleses, que de tan poco le habían servido y correría a tratar la paz con los españoles para así poder salvar su pescuezo.

En la ciudad repicaban las campanas de la iglesia y todos se abrazan, algunos se arrodillaban dando gracias y todo el mundo lloraba y reía de alegría.
Por eso en Melilla la Patrona es Nuestra Señora de las Victorias…

Por eso, por Estopiñán, el Barranco del Lobo, Annual, los blocaos, la sangre, la honra, el honor y la gloria... 

Melilla será siempre española.

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Puerta de Santiago en Melilla la Vieja.

viernes, 25 de noviembre de 2011

HONRA Y BARCOS

Año 1898... 
Los Estados Unidos de América habían declarado la guerra a España. Ávidos de poder y de posesiones deseaban echar de su puerta trasera al viejo y cansado león hispano.

En ambos países la prensa alienta la guerra y calienta los ánimos. 
Allí con fervor patriótico, miras al futuro, preparación, planificación y desplegando muchísima mala leche y más mentiras contra los españoles a los que tildan de crueles y sanguinarios, de radicales papistas que oprimen al pueblo cubano.
Aquí con fervor patriótico, barcos viejos llenos de tripulaciones impagadas y de soldados sin preparación ni equipo, mucho desfile, mucha marcha militar y doscientas mil bendiciones.

El día veinticinco de abril, ya en aguas cubanas, un torpedero norteamericano, el “Foote” o el “Cushing”, no se sabe con certeza pues, como buenos sajones, ocultan y esconden las derrotas y las olvidan convenientemente.
El caso es que el torpedero yanqui se lanza a todo vapor contra la cañonera española: “Ligera”. 

El buque norteamericano que supera ampliamente al español en tonelaje y armamento dispara setenta veces contra la lancha española. 
Los yanquis aciertan una y de refilón.

Los españoles disparan diez salvas que aciertan todas y logran causar graves daños al barco enemigo que se aleja escorado, apaleado, con el orgullo pisoteado y soltando humo negro y espeso desde una de las bandas. Mientras se alejan los del torpedero pueden escuchar, perfectamente, las carcajadas de la marinería de la cañonera española.

Todo esto sucede muy cerca de la bahía de Cárdenas que era una pequeña base española a la que los americanos someten a bloqueo pocos días después de producirse el encuentro.

El almirante norteamericano, ofuscado y herido en su orgullo por el episodio, pretende destruir los barcos españoles refugiados en la bahía de Cárdenas.
El once de mayo ordena a sus barcos: “Mathias”, “Hudson” y “Winslow”, torpederos poderosos y modernos, entrar en la rada cubana y destrozar a los españoles.

En el pequeño puerto estaba amarrado el vetusto remolcador: “Antonio López”, armado solamente con un cañón a proa. 

Del “López” habían desembarcado toda la tripulación no imprescindible para el combate que fue a engrosar las filas de los defensores de la playa. 
El valeroso barco se prepara para defenderse con los artilleros persignándose mientras apuntan el solitario cañón contra el enemigo.
Las lanchas torpederas, “Alerta” y “Ligera” se refugian en aguas someras.

El “Winslow” ataca sin miramientos al, en teoría, indefenso remolcador español. 

Pero los artilleros no dan una. 
Las andanadas caen al agua o al muelle. 
Y mira que el "López" es grande.

Por el contrario, los que manejan el solitario cañón del mercante, con cuatro certeros disparos logran dejar a su contrario sin gobierno en mitad de la bahía, a huevo para seguir disparándole como un pato de feria. 

Mientras todo esto sucede las lanchas-cañoneras machacan los otros barcos de la flotilla enemiga. 
Se acercaban a toda máquina, disparaban para luego regresar a las aguas poco profundas, en donde los buques norteamericanos no podían seguirlos, recargar y atacar de nuevo.
Los artilleros apenas podían mantener a las cañoneras en sus miras mientras que los españoles atinaban dos de cada tres disparos. 
El “López”, mientras,  seguía a lo suyo cañoneando al “Winslow”.

Después de dos horas y media de recibir estopa, el norteamericano decide que lo mejor es retirar sus maltrechos barcos. 
Se tendría que conformar -¡qué remedio!-, con bloquear la bahía y no volverá a intentar forzar la entrada hasta que termine el conflicto y se firmase la paz.

Aquella misma noche, en su camarote, el almirante releía un 
atrasado periódico de Nueva York. 
En el artículo el periodista escribía:

“Los españoles seguro que huirán cobardemente ante nuestras gloriosas tropas. Sus viejos barcos no son rival para la moderna y preparada Armada norteamericana.
Son, además, una raza acabada, cruel y arrogante, cobarde, sucia…”


Al almirante yanqui se le dibuja entonces una amplia sonrisa en el rostro. 

Agarra el diario arrugando las hojas con rabia y se dirige resuelto hacia su letrina privada.
Va diciéndose a sí mismo:

- ¡Qué coño sabrá este imbécil de cómo son los españoles…!



A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Escuadra española en 1898.


jueves, 24 de noviembre de 2011

LA ÚLTIMA TRAVESÍA DEL "GLORIOSO"

El mar estaba sereno cuando, desde la cofa del mayor, resuena la voz del vigía de guardia:

- ¡Velas a la vista... Por estribor...!

En el alcázar de popa el Capitán, don Pedro de la Cerda, se arrima el catalejo a la cara y comprueba que, son tres, los barcos que maniobran buscando el barlovento:

-Ingleses -piensa- ¡la puta que los parió…!

De la Cerda, que es marino viejo y mejor soldado de su Rey, al comprobar que no puede huir del acoso inglés decide pelear y ordena poner la proa hacia el enemigo. 

Sobre las cubiertas el hormigueo de hombres se multiplica, se esparce la arena, se ceban los cañones y don Pedro le grita las órdenes, muy pegado a la oreja, a su timonel:

- ¡Una cuarta a estribor...!-grita hasta desgañitarse- ¡Amarrad ésas drizas inútiles! ¡...Fuego a mi orden...!

La fragata “Lark”, que es uno de los barcos que se acerca muy chulo y arrogante, recibe como bienvenida una andanada directa que resulta devastadora y que, en pocos minutos, la convierte en una pira ardiente que se hunde como un plomo mientras los supervivientes saltan por las bordas con las llamas lamiéndoles el culo.

El navío “Warwick”, que también se había puesto a tiro de cañón con la primera andanada pierde el palo trinquete y las velas se quedan hechas jirones, luego, antes de seguir su ruta el “Glorioso” le arrea otra dentellada a modo de despedida que deja al barco inglés sin gobierno en mitad del mar.
Los británicos se quedan atrás recogiendo náufragos y tratando de mantener a flote sus dañadas naves. El humo de los incendios, los quejidos de los heridos y los gritos desesperados de los que se ahogan llenan el aire del Atlántico.

El barco español continúa impasible su camino a Galicia con don Pedro respirando aliviado ya que e
l valioso cargamento en pesos de plata que transporta, continúa a salvo en sus bodegas. 
Al menos de momento.

Cerca del Cabo Finisterre el barco español se encuentra, otra vez, con naves inglesas.
Esta vez, rápidas y peligrosas fragatas. De nuevo son tres contra uno.

Los rubios, muy seguros de la victoria se lanzan contra la mole imponente del navío español que, con las portas abiertas, comienza a disparar andanada tras andanada de metralla y de cadenetas.
La ambición y la sed de plata indiana de los capitanes ingleses les busca la ruina.


El “Glorioso” machaca a sus enemigos durante tres horas consecutivas. 
La dotación rechaza varios abordajes simultáneos y hace huir a los ingleses con el rabo entre las piernas. 
El barco español se convierte en la vergüenza y el escarnio de toda la Armada Real inglesa.

El día dieciséis de agosto de mil setecientos cuarenta y siete el navío “Glorioso” entraba, por fin, en el puerto de Corcubión.
Descarga su mercancía intacta -don Pedro respiraba aliviado- y se reparan los daños sufridos durante los combates. 

La noticia de la gesta del navío había corrido como la pólvora por todas las costas españolas y en Corcubión serían, la tripulación y don Pedro, aclamados como héroes.
No merecían menos.

Pocos días después don Pedro, desoyendo los consejos que le daban de permanecer resguardado en el puerto, ordena zarpar y pone rumbo a Cádiz. 
Desafiante, orgulloso y con la vieja y merecida arrogancia española flameando sobre su cabeza en lo más alto de los palos.

A la altura del Cabo de San Vicente los hijos de la Pérfida encuentran al navío español. Llevan los rubios muchos días buscándolo, venga océano arriba y venga océano abajo, preparando su venganza. 
Rencorosos que son los hideputas...

El navío español era modelo y ejemplo en la Armada y la dotación se dejaría llevar por su Capitán hasta las mismas puertas del infierno, así que se juramentan para combatir hasta que no quedase ni uno sobre la cubierta y darles a los ingleses una buena lección...

Y en la mar, que es donde más les escuece.

Por eso desarbolan la fragata: “King George” con las primeras andanadas y la dejan en mitad del mar, sin gobierno, y a merced de los artilleros españoles.
A la “Dartmouht”, que se acercaba muy peripuesta en ayuda de su compañera, le reservaron los artilleros del "Glorioso" lo mejor de su puntería. 
El barco inglés sería alcanzado de lleno en la santa bárbara reventando en mil pedazos y matando a casi toda la tripulación.

Los hombres del "Glorioso" gritaban ebrios de coraje sobre la cubierta cuajada de restos de jarcia y de hombres. 
¡No hay barco inglés que pueda con nosotros...!

Aunque, durante el último combate, el navío español había recibido un durísimo castigo y 
ahora navegaba muy lento, con todas las velas destrozadas y el timón gravemente dañado.

Entonces el navío: “Russell” de noventa cañones -¡casi ná, compadre!- se unió a la caza. Era inevitable que diesen alcance al heroico navío hispano. 
Pero que le alcanzaran no significa que el barco español se rindiese. Of course!

La madrugada del dieciocho al diecinueve de octubre la pasarían los hombres del "Glorioso" de una manera muy entretenida, combatiendo borda contra borda, a cañonazos, escopetazos, cuchilladas, golpes, arañazos y mordiscos mientras a su alrededor saltaban las astillas, los aparejos, los hierros y los hombres hechos pedazos.

Al amanecer al Capitán no le quedó más remedio que ordenar, con todo el dolor de su corazón, que se arriase la bandera. 
El navío no era más que un trozo de madera que, solamente Dios sabía por qué, todavía flotaba.
Buena parte de la dotación estaba muerta o herida y ya no quedaban balas ni pólvora para los cañones. 
No quedaban palos, ni velas y ni un solo cabo estaba en su sitio, la lumbre del agua gravemente dañada, las bombas echaban humo de tanto achicar y en la enfermería la sangre formaba charcos que bailoteaban con los vaivenes del barco.

Las espadas se había partido pero el valor no se había quebrado.

Los ingleses, admirados por la valerosa defensa que los españoles habían hecho de su barco, trataron a los supervivientes con la exclusiva deferencia que se otorgaba a los héroes.

También quisieron aprovechar el buen casco cosido a balazos del "Glorioso", pero el bravo navío, en un último gesto de rebeldía, prefirió hundirse a tener que navegar bajo otro pabellón que no fuese el de España.

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: El Glorioso arreando estopa al Warwick.



martes, 22 de noviembre de 2011

Y HORACIO PERDIÓ SU BRAZO...

El año mil setecientos noventa y siete comenzó muy bien para los ingleses.
En el Cabo de San Vicente vencieron a una parte de la flota española mientras los aliados gabachos miraban para otra parte.
Esta batalla es ampliamente conocida y estudiada en las Academias Navales del mundo entero. 

También es recordada por los hijos de la Pérfida como una de su más sonadas victorias contra los “Demonios del Mediodía”. O sea, nosotros.

La batalla sucedió en el mes de febrero y el Almirante Jervis, confiado y arrogante tras el varapalo recibido por los españoles, decidió que lo mejor era fondear su flota frente a Cádiz dispuesto a bloquear la bahía.
Pero en Cádiz estaba el gran marino José de Mazarredo
 que se inventaría el concepto de lancha-cañonera para desesperación y pavor de Jervis, de Nelson y de todos sus... Marineros.


Las cañoneras eran embarcaciones pequeñas, ágiles y armadas con un poderoso cañón de "a veinticuatro" en proa. 
Atacaban al amparo de la noche los navíos británicos provocando el desasosiego y el terror entre la marinería.
Noche sí y noche también las cañoneras batían a los ingleses sin dejarles pegar ojo, manteniendo en vilo a toda la flota y provocando que el canguelo se extendiese por cada junta y cada cuaderna de los navíos de Su Graciosa.
A Jervis no le quedó más remedio que envainársela y alejar sus barcos de la peligrosa costa gaditana con lo que el bloqueo se tornaría ineficaz y los mercantes españoles salían y entraban de puerto como Pedro por su casa.
Jervis se arrancaba, uno a uno, los pelillos de la nariz .

Horacio Nelson, que todavía no era más que un simple subordinado, aunque con justa fama de valiente y decidido ganada durante el combate en San Vicente, se veía incapaz de acabar con las cañoneras españolas.
La idea de Mazarredo era tan buena que hasta los mismos ingleses la copiarían unos años después. 

También, durante la campaña de Brest, los franceses organizaron una: 
“Flotille à l´espagnole”.

Entonces, para alegría de la flota inglesa que ya se veía regresando a casa sin un duro y más o menos con el rabo entre las piernas, recibieron la estupenda noticia de que los españoles desembarcaban sus tesoros americanos, en vista de que Cádiz estaba bajo bloqueo, en la hermosa Tenerife. 
Imaginando el oro y la plata brillando al sol de las Afortunadas al Almirante y a todos sus hijos de la gran... Bretaña, se le hacía la boca agua.
Así que ni corto ni perezoso el inglés le
encomendó la misión a Nelson de tomar la isla y, de paso, traerse los navíos cargados hasta las bordas de oro, de plata y de todo lo que pudiesen agarrar. 
El futuro vencedor de Abukir, con flema inglesa, ordenaría izar las velas y puso rumbo a las Islas Afortunadas. 

Nelson contemplaba su escuadra y navegaba segurísimo de la victoria. 

Llevaba bajo su mando varios navíos de setenta y cuatro cañones, fragatas, unas pocas balandras, muchas lanchas de desembarco y hasta un barco español que habían capturado, el "Rayo", que les sonará de la escuadra que se batiría algunos años después en Trafalgar.
Más de cuatro mil hombres componían la expedición, más de la mitad eran casacas rojas.

En la isla el Gobernador, Teniente General Gutiérrez, había recibido la noticia de los movimientos ingleses y preparaba las defensas.
Contaba el hombre con poco más de mil seiscientos combatientes y noventa cañones.
Encima, casi todos sus hombres pertenecían a las milicias locales que se habían sumado, con ardor, a los pocos centenares de soldados regulares y a un pequeño destacamento de la armada francesa al que le arribada de los ingleses les había pillado en la isla.

La noche del veintiuno de julio llegaron los ingleses a Tenerife.
De inmediato, ¿para qué esperar?, Nelson ordena a sus barcos desplegarse y atacar las defensas españolas.
Pero el mar picado, el desconocimiento total del terreno y la feroz respuesta que se hizo desde las posiciones españolas: 

¡Hello, Nelson, welcome! ¡Boum, boumm boummm...!- desbarataron el primer intento británico.

La mañana del veintidós las fragatas inglesas consiguieron alcanzar las playas y, entre espumarajos y berridos, lograron desembarcar a unos mil infantes de marina. 

Entonces, en perfecta y eficaz sincronía, desde el Fuerte de Paso Alto y desde cada una de las posiciones y trincheras españolas se abrió un horroroso fuego cruzado -que ríase usted del sector dog green de la playa Omaha- que resultaría demoledor y dejaría clavados a los casacas rojas sobre la arena ensangrentada de la playa de Valleseco.


Durante todo el día, y su correspondiente noche, los mil que habían desembarcado, y que ya eran muchos menos, recibieron sin descanso ni pausa el mortífero fuego de los cañones y los mosquetes españoles.
Nelson, en vista de lo visto, ordena que, los que quedaran con vida, se retirasen.


Horacio estaba que trinaba. 
Su elaborado plan había fracasando y decidió entonces que lo mejor era jugárselo todo a una última y valiente carta.

Elaboraría un arriesgado y audaz ataque frontal contra el puerto, pretendiendo desembarcar sus tropas y luego provocar tanto terror y espanto que los habitantes de Tenerife huyeran despavoridos.
Sin embargo, con lo que Nelson no contaba, era conque, los ciudadanos de Tenerife, lejos de huir, de correr o de esconderse, estaban todos en las murallas con un mosquete, un sable o una navaja en la mano. Esperando...

Al rayar el alba del día veinticinco de julio de mil setecientos noventa y siete -mal día habían escogido los ingleses para atacar a España, aunque Nelson, como buen hereje no creyese en aquellas cosas- las lanchas inglesas atestadas de infantería y protegidas por el cúter "Fox", navegaban en completo silencio hacia el puerto de Santa Cruz de Tenerife.
Solamente el chapaleo de los remos contra el agua rompía la quietud y el silencio de la mañana. 


A quinientos metros del puerto, con los barcos españoles a tiro de piedra, los ingleses aguantaban la respiración mientras los testículos se les encogían bajo los calzones marineros. No se oía un alma.
Y entonces...

Desde el navío: "San José" retumbó la voz de un centinela dando la alarma:


- ¡Los ingleses, los ingleses...!

De inmediato, con todas sus baterías, se abrió fuego desde el Fuerte de Paso Alto.
Los botes cargados de ingleses se desparramaron sobre el agua.
Muchos acabaron estrellándose contra las rocas afiladas, tres o cuatro consiguieron, a duras penas y rezándole mucho a San Jorge, alcanzar el embarcadero, pero casi todas caerían bajo el intenso cañoneo español que crecía y crecía en intensidad y eficacia al haberse sumado los cañones de los barcos anclados a la caza de barcazas atestadas de casacas rojas.

En uno de aquellos lanchones viajaba Horacio Nelson y, las cosas como son, iba el hombre a la cabeza de sus tropas dando ejemplo de valor y gallardía.
Fue allí, en Tenerife, donde empezaría a forjarse su leyenda. Comenzar a escribirla le costó un brazo. O medio...

Se cuenta que fue un proyectil del cañón bautizado como: “El Tigre”, el que hirió de mucha gravedad -y casi mata- al famoso marino británico. ¡Lástima!, unos centímetros más y nos hubiésemos ahorrado Trafalgar. 

A Horacio lo evacuaron de urgencia y muy grave, perdido el color, el brazo y la batalla.

Los infantes ingleses que habían logrado desembarcar después de corretear por todo Tenerife acosados y perseguidos por las milicias locales, consiguieron por los pelos refugiarse en el convento de Santo Domingo.
Los casacas rojas se vieron rodeados por una inmensa masa de gente enardecida que les enseñaba sogas, cuchillos y hacían el gesto de rebanarse el gaznate.
Los intentos de rescate por parte de sus camaradas chocaron una y otra vez contra la lúcida y eficaz defensa que había planteado el General Gutiérrez.

El Gobernador ordenó a sus soldados que se mantuviesen en continuo movimiento y, siendo menos famoso y reconocido, se adelantaría siempre a las intenciones y planes del afamado marino inglés, consiguiendo que Nelson y todos sus oficiales pensaran que combatían 
contra ocho o diez mil españoles -así lo dejaría escrito en sus memorias el famoso manco- ya que mil y pico isleños los consideraba pocos como para haber pagado un brazo. O medio.

También había perdido muchos hombres, muchas barcazas y un barco, el "Fox", que yacía en el fondo de la bahía cargado de mosquetes, de pólvora, de munición y de huesos de ingleses.

Al Capitán que mandaba el grupo asediado en el convento de Santo Domingo -viendo que allí no aparecía a rescatarlos ni James Bond- no le quedó más remedio que solicitar la rendición honrosa. El Gobernador, como buen hidalgo español, se la concedería.
Los ingleses se largaron desfilando hasta el embarcadero. 

Iban los pobres sudando a mares bajo los uniformes, por el calor que hacía y porque a su alrededor se apelotonaba una multitud que los miraba con odio infinito y rabia contenida.
Los casacas rojas que se marchaban resoplaban aliviados:

- ¡Glups, glups, de la que nos hemos librado, James…!
- ¡Ni que lo digas, Edward, ni que lo digas...!

De aquella manera, el día veinticinco de julio, festividad de Santiago, Patrón y Protector de España, perdió su brazo -o medio- el insigne y conocidísimo marinero inglés, Horacio Nelson.


Y es que se equivocó de día para atacar a los españoles.
Mira que tenía fechas en el calendario... El jodío.

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Cañón "Tigre". Museo Histórico-Militar de Canarias. Santa Cruz de Tenerife.



domingo, 20 de noviembre de 2011

ESPAÑOLES EN PARÍS

La noche del veinticuatro de agosto de mil novecientos cuarenta y cuatro en la ciudad de París repicaban las campanas de Notre Dame mientras los parisinos, enardecidos, cantaban la Marsellesa encendidos de ardor patriótico.
Las calles rebosaban de gente que cantaba, gritaba extasiada y daban miles de besos y de abrazos a los primeros soldados aliados que se cruzaban en su camino.
Las banderas de la Francia libre ondeaban por todas partes y las lágrimas de emoción corrían exaltadas por todos y cada uno de los rostros, París, por fin, había sido liberado.

Era tanto el gentío, tanta la masa humana que inundaba las calles aquella madrugada que, el avance de los blindados semiorugas, se veía entorpecido y ralentizado:

- ¡Jodíos gabachos...!- mascullaba con fastidio uno de los conductores tratando de esquivar al personal para no llevarse a ningún francés por delante, aunque ganas no le faltaban.

Aquellos Half-Tracks de fabricación americana habían arrollado a los defensores alemanes y atravesado la Puerta de Italia, luego, impulsados por el Capitán Dronne, que lloraba como un infante viendo las calles de su capital, marchaban directos hacia el Hotel de Ville.
Ninguno de los exaltados parisinos se había fijado en ello, pero los vehículos habían sido bautizados con nombres extraños. 
No había entre ellos ningún: Argonaute o Redoutable.

Con brocha y pintura -no podía ser de otra manera- cada tripulación había bautizado a su blindado según su preferencia: Guadalajara, Brunete, Ebro, Santander, Belchite, Jarama, Teruel, Guernica, Madrid, España Cañí y Don Quijote, que eran todos nombres franceses de toda la vida.

En la plaza del Ayuntamiento la alegría alcanzaría el paroxismo.
Había cientos de hombres llorando, decenas de muchachas enloquecidas, niños saltando por todas partes y ancianos que se abrazaban.
Centenares de personas que rodeaban los camiones acorazados y se encaramaban sobre ellos para entregar flores y vino a los soldados.

Todo el mundo gritaba: ¡Vive la France...!

El periodista Pierre Crènesse usando una radio ilegal de la resistencia enviaba su crónica con el rostro arrasado de lágrimas:

- "Hoy es un día glorioso para Francia... Por fin, nuestros valientes soldados han podido liberar nuestra hermosa capital... Los soldados franceses han demostrado el honor, la gallardía y el valor a toda prueba..."- Crenesse tenía que detenerse para ahogar los sollozos- ... "Desde todos y cada uno de los rincones de Francia y de su imperio han acudido para liberar nuestra nación..."

Entonces le acerca el micro al soldado que tiene al lado.
El hombre se queda mirando al periodista y luego al micrófono, se rasca el bigotazo negro como la noche que luce bajo la nariz aguileña, apenas había entendido la mitad de lo que el gabacho le había dicho, mucho la France, mucho honeur y aquellas cosas, el hombre carraspea, mira al periodista como disculpándose y le dice a micro abierto:

- Mesié… Es que un servidor, es español...- una sonrisa entre inocente y pícara ilumina el bigote del soldado.

A Pierre Crenesse se le queda el cuerpo convertido en paté, nunca mejor dicho, con el micro temblando entre las manos y los ojos como dos platos de Talavera:


- ¿Espagnol...?- se dice- ¡c´est pas posible!

Luego, cabizbajo e incrédulo se aleja del soldado de los bigotes negros, que se ríe abiertamente y sin disimulo, Crenesse se niega a la evidencia de que, los que están liberando su amado París, son los mismos que le mataron al tatarabuelo François de la Rotonde en un lugar llamado Bailén.
Crenesse busca algún otro soldado al que poder entrevistar, preferentemente francés, pero aquella noche le va a resultar difícil encontrarlo.

Poco rato después, con los alemanes engrilletados y las calles llenas de gente celebrando la liberación, los soldados de los semiorugas de nombres españoles, pequeños, morenos, gritones, alegres, parlanchines y con pinta de peligrosos y que tenían ya a sus pies muchas botellas vacías, tras escuchar lo que su camarada de los bigotazos les había contado miraban con retranca al periodista, alguno soltaba una gracia ocurrente y todos se descojonaban de la risa.

Entonces, de no se sabe dónde, sacan la sempiterna guitarra que siempre acompaña a los españoles y empiezan a entonar, primero bajito, tímidos, pero luego a voces, una copla española.
Algo de una tal Carmela…

En memoria de los españoles que liberaron París.

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: El Half-Track: "Guadalajara", atravesando la Puerta de Italia de la capital francesa en agosto de 1944.

EL ÁNGEL DE BUDAPEST

La familia caminaba muy junta, recelosa y con la cabeza gacha, sin atreverse a levantar la vista del suelo.
Había soldados alemanes por todas partes, borrachos, gritando y apaleando al desgraciado que había tenido la mala fortuna de caer entre sus garras.
Llegaron hace dos meses y Budapest se había convertido en un infierno.


Al principio los judíos húngaros habían estado
seguros. A pesar de que el gobierno no era más que un títere de los nazis la población hebrea,
aunque humillada y segregada, no había sufrido las temidas deportaciones. Hasta ahora.

Hacía dos meses que había llegado a la caital húngara el carnicero Eichmann y de inmediato la máquina de matar se había puesto en marcha.
A aquellas alturas del conflicto los alemanes ya no engañaban a nadie y toda Europa sabía lo que estaban haciendo con los judíos. 

Los trenes de la muerte, a pesar de la guerra y los bombardeos aliados, salían de las estaciones europeas con puntualidad germana camino del matadero, atestados los vagones de ancianos, mujeres y niños.

La familia que camina en silencio, encogida y aterrada se encuentra a muy pocos metros de la casa que les sirve de refugio cuando unos oficiales se cruzan en su camino. 

Son altos y rubios, de ojos azules fríos como el acero. Lucen el uniforme más temido y odiado. El uniforme de una organización cuyo único objetivo es acabar con los hebreos. 
Los tres oficiales de la ese-ese detienen a la familia Leví justo delante de un portal que luce un cartel, adornado con la bandera española, que reza :


- "Anejo a la Delegación de España."


Los tres oficiales zarandean, maltratan y humillan a la familia. Poco les importa lo viejo que es Abraham o la inocente candidez de la jovencísima Sara. 

Han sacado las pistolas y están dispuestos a matarlos allí mismo, gritan, insultan mientras apuntan a la cabeza del pequeño Isaac, seis años, que llora aterrorizado abrazado a su abuelo.

Entonces desde el portal ruge la voz de un hombre. 
Es una voz autoritaria y firme que en perfecto alemán increpa a voz en grito:

-¡Éstas personas son ciudadanos españoles y están bajo la protección de un gobierno amigo de Alemania…!

Sus palabras son convincentes y más el hombre elegantemente vestido les muestra a los oficiales un salvoconducto que se había expedido aquella misma mañana. 

Un salvoconducto que era más falso que un duro de plomo pero que aseguraba que la familia Leví eran judíos sefarditas y por tanto españoles, por lo que resultaban intocables. Salvados.

El piso, anejo de la legación española, era el refugio de varias familias hebreas, sefarditas o no y como aquel había otros diez repartidos por todo Budapest. Convertidos en oasis de esperanza para los que habían tenido la suerte de encontrar en su camino aquella alma de corazón limpio, noble y valiente.
Mientras los nazis vaciaban Hungría siguiendo su diabólico plan de Solución Final, mientras las largas colas de personas se convertían en humo en Birkenau o en Treblinka, en la ciudad de Budapest un valiente consiguió librar de la muerte a más de cinco mil personas. 

Aquel hombre se llamaba Ángel. No podía llamarse de otra manera.

Con astucia, ingenio, valor y decisión lograría engañar a los alemanes confeccionando pasaportes y salvoconductos falsos, con picardía española engañaría a los asesinos. 

Crearía la red de pisos anejos de la embajada en los que oculta a cuanto judío le pide ayuda. Supervisa la alimentación y la salubridad de los refugiados y les da la oportunidad de sobrevivir. Y se convierte en la esperanza de miles de personas. 
Su nombre es respetado y admirado en la ciudad y todo el mundo sabe que aquel hombre ayuda a los judíos que acuden a él, que se agarran a él como los náufragos a una tabla. Y él, hidalgo y noble, extiende su mano piadosa.


Tiene un ayudante italiano, Perlasca, que a la postre se llevaría toda la gloria y la fama. 

Ángel permanecería en el anonimato durante años haciendo su labor diplomática con lealtad, eficacia y honradez. 
Nunca reclamaría honores por lo que hizo ya que siempre pensó que había cumplido con su obligación como español, católico y bien nacido.
Hasta la década de los noventa del siglo veinte su nombre no sería rescatado del olvido y reconocido por el mundo.

Ángel tiene ahora su placa y su árbol entre los Justos de las Naciones, al lado de Schindler, Wallemberg, Evert…Todos ellos mucho más reconocidos que él, muy injustamente ya que Ángel salvaría a más personas que el Oscar Schindler... 

Claro que aquí no hacemos películas de ese tipo no vaya a ser que nos lamen fachas y antiguos. A fin de cuentas Ángel era falangista...
Como antes dije era español y bien nacido, hidalgo, honrado y recto, un compatriota del que podemos sentirnos orgullosos, un espejo donde mirarnos.
Nuestro particular Justo entre las Naciones, y no es el único, hay otros también olvidados, también perdidos de nuestra memoria.

Se llamaba Ángel Sanz Briz... 


Valgan estas líneas como recuerdo y homenaje.


A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Fotografía de Ángel Sanz Briz. (1910-1980)


viernes, 18 de noviembre de 2011

ALCALÁ GALIANO

Nuestro protagonista de hoy es otra de aquellas joyas que perdimos en Trafalgar, batalla en la que, aparte del renacido poderío naval, perdimos a toda una generación irrepetible de hombres de ciencia y de mar, de genios valientes y audaces que leían, escribían libros y levantaban derroteros para que después los pudieran seguir todas las Armadas del Mundo.

A los once años nuestro hombre ingresa en la Real Armada como Guardiamarina. Es estudioso, aplicado, inteligente, despierto y desde tan temprana edad ya se le aprecia un especial y natural talento para la Cartografía.

En el año mil setecientos setenta y seis toma parte en la toma de la isla de Santa Catalina en el Brasil y en la rendición de la Colonia de Sacramento en el Río de la Plata que habían sido ocupadas por los portugueses. Realiza labores de corsario en las aguas del Atlántico Sur.
El tiempo libre lo dedica al estudio de la Astronomía.
En el año mil setecientos ochenta y cuatro formará parte del equipo del famoso cosmógrafo y marino Vicente Tofiño, encargado por el Rey en confeccionar mapas topográficos de las costas españolas y africanas. 
El joven Galiano causaría en el viejo maestro tan buena impresión que se lo recomienda a su amigo, Alejandro Malaspina, para que se lo lleve en la expedición que prepara. 
Pero otro gran marino reclamaría a su lado al joven oficial, Antonio de Córdova, que le manda llamar para que se una a la expedición que iba a partir con rumbo al Estrecho de Magallanes.

Durante aquel largo viaje su buen hacer, sus educadas maneras y su uso experto de los instrumentos marinos y científicos convierten la expedición en un éxito indiscutible. Nuestro hombre empieza a adquirir fama y galardones.

Es tal la calidad y la brillantez de los trabajos y estudios de Galiano que Vicente Tofiño vuelve a reclutarlo, en aquella ocasión para poner adecuadamente, o sea en su sitio exacto, sobre las Cartas de Navegación nada menos que la Isla Terceira de las Azores, que había sido colocada en las Cartas unos años antes y al boleo por el francés Flerieu.

En mil setecientos ochenta y nueve zarparía una de las mayores expediciones científicas auspiciadas por España, la expedición Malaspina, en la que viajaban astrónomos, cartógrafos, botánicos, naturalistas y dibujantes. Nuestro hombre viajaba en ella.

Cuando alcanzan el puerto de Acapulco a nuestro oficial y a otro grande, Cayetano Valdés, les ordenan ir en busca del Estrecho de Fuca para buscar el ansiado Paso del Norte, que según todas las leyendas y los rumores, comunicaba los dos grandes Océanos del Mundo igual que los comunicaba por el Sur.

Sería durante esta travesía en la que nuestro avispado protagonista descubriría el método para calcular la latitud usando la altura de un astro y su distancia con el Meridiano Terrestre. Resulta un cálculo complicado y difícil que utiliza el sol y las estrellas que se pueden ver durante el crepúsculo, un cálculo que no todo el mundo podía imaginar ni resolver.
Y nuestro compatriota lo hizo. 
¡Con dos neuronas...!

Sin embargo, como casi siempre nos pasa, en cuando regresa la expedición a España las intrigas palaciegas, que tanto abundan en nuestra historia, vuelven a manchar el honor de hombres sabios y valientes, ¡qué asco de envidia negra y de poderosos corruptos!, ¡así ardan todos en el infierno bailando muy juntos la chacota!

Malaspina se vería envuelto en una revuelta contra Godoy, y claro, de inmediato todos sus amigos y conocidos, y si ean cultos y Capitanes de Navío más todavía, se vieron acusados, acosados y perseguidos por los seguidores del Ministro.
A nuestro hombre lo destierran de la Corte a Cádiz, lo que visto en perspectiva no es mal exilio, pardiez.

Allí, como es leal y valiente soldado, defenderá la ciudad del ataque inglés al mando de una de las nuevas lanchas cañoneras.
Con aquella cañonera Galiano les daría las del pulpo a los hijos de la Pérfida.
Y encima, no contento con la soba de palos que les había dado, harto de ingleses, agarra a su tripulación, iza las velas de su navío, ordena cargar los cañones y salir de puerto.
Galiano, más chulo que un ocho, consigue burlar el bloqueo inglés y llegar a América.

¿Creen vuestras mercedes que se quedó a gusto...?, pues no.

En las Provincias de Ultramar llena los barcos hasta las bordas de buena plata americana y luego, para más desgracia y escarnio de los enrabietados -y admirados- ingleses que lo perseguían con media flota por todo el Atlántico, consigue regresar a España, pasarse el bloqueo naval inglés por el forro y desembarcar los reales en el puerto de Santoña.

¿Pensarán vuestras mercedes que con aquello había tenido suficiente...?, pues tampoco...

Nuestro hombre ordena, una vez descargada la plata y reabastecidos de pólvora sus barcos, zarpar de inmediato y otra vez se chotea de los ingleses que lo persiguen y lo acosan. 
Ordena poner rumbo otra vez -sus cojones- directo hacia La Habana, adónde consiguen llegar sin novedad.
Los ingleses mordían de rabia la madera de sus barcos.
Ya no le hizo falta volver a salir pues estando en el puerto cubano se firmó con los ingleses la paz de Amiens y pudo regresar a España, esta vez más tranquilo y riéndose de toda la flota inglesa que lo saludaba al pasar.

Después de aquello regresaría a sus labores científicas. 
Esta vez en las costas de Grecia y de Turquía, para levantar Cartas adecuadas y fiables de toda aquella zona llena de islas, islotes, rompientes y bajíos y que, antes de la expedición española, en el único sitio en el que estaban consignadas y que circulaba por Europa sirviendo de guía a los marineros, era una vieja carta del Almirantazgo británico toda llena de tachaduras, enmiendas y de borrones.

Durante aquel viaje nuestro protagonista se ganaría el respeto y la admiración de toda Europa.
Sería en Cádiz, ciudad en la que continuaba desterrado, en la que terminaría de escribir la relación del viaje.
En Cádiz, al mando del navío de setenta y cuatro cañones, "Bahama", también le pilla el bloqueo naval de los ingleses y la nefasta alianza con los franceses. 
Es el año mil ochocientos cinco.

Era octubre y el Almirante Villenueve había convocado a sus oficiales para discutir cual era la mejor manera de combatir a los ingleses.
El General Escaño proponía, con muy buenas razones y estudiados planteamientos, que el plan español consistía en esperar refugiados en la bahía para desgastar poco a poco la poderosa flota enemiga.

Fue justo en aquel momento fue cuando el Contraalmirante Magón, que además de arrogante y de gabacho era el perrillo faldero de Villenueve y un pelota de narices, se puso chulo gritando de muy malas formas pronunciando y mirando con mucho recochineo a los oficiales españoles la palabra cobardes.
Alcalá-Galiano por poco lo mata allí mismo. Tuvieron que sujetarlo muy firmemente entre Churruca, Gravina y Escaño.

El español y el francés -que todavía temblaba como un pajarillo- acordaron batirse en duelo tras la batalla.

Porque al final la Escuadra Combinada saldría de la bahía de Cádiz y bueno... 
Aquella maniobra que ordenó el inútil de Villenueve, ya saben después lo que pasó, Pérez Reverte y Galdós lo han contado de forma magnífica.

El "Bahama", navío de setenta y cuatro cañones y dos puentes que capitaneaba nuestro protagonista se batió como un león contra varios enemigos al mismo tiempo. 
Los ingleses atacaban al barco español admirados por el valor de aquel buque que daba zarpazos terribles pese a esta herido de muerte. 
Y aún así, sin palos y sin posibilidad alguna de maniobra, al "Bahama" no había inglés que se le acercase.

Nuestro héroe fue herido primero en una pierna y después en la cara pero se negó siempre a abandonar su puesto de combate y con su gesto galvanizaba a los defensores, les daba ánimos y fuerzas, admirando a todos la figura flaca de su Comandante, que herido, pegaba voces que enervaban en mitad del berenjenal, tan frío como un témpano de aquellos del Norte del Mundo que tanto había explorado.

Nuestro hombre seguiría peleando hasta que una andanada enemiga lo derribó decapitado sobre las tablas de su querido navío. 
Al morir nuestro protagonista los defensores se vinieron abajo y al poco tiempo el "Bahama" arrió su bandera llena de agujeros.

Pero los ingleses no consiguieron capturarlo ya que aquella noche durante el tremendo temporal que se desató en el Estrecho y que zarandeó por igual a las tres flotas, o lo que de ellas había quedado sin importarle al viento ni un pimiento la nacionalidad de los navíos, el "Bahama" fue a estrellarse contra las rocas de la costa y sus restos se hundieron sirviendo de tumba para muchos hombres valientes.

Don Dionisio Alcalá Galiano, nuestro protagonista, era uno de ellos.

Ahora se le puede encontrar levantando cartas y derroteros de los mares celestiales.

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Óleo de Dionisio Alcalá Galiano. 


lunes, 14 de noviembre de 2011

LA CONTRA ARMADA

En la primavera de 1589 los restos de la Felicísima Armada regresaban a la patria tras la desastrosa expedición.
La reina Isabel de Inglaterra -así arda en el infierno- quería hacer leña del árbol caído y decide enviar una poderosa flota contra España.

Pone al mando al conocido pirata Francis Drake, que se encuentra con una armada gigantesca, mucho mayor y poderosa que la Invencible, una armada que contaba con seis magníficos Galeones Reales, setenta mercantes artillados, sesenta urcas holandesas y varias decenas de embarcaciones menores entre pinazas, barcazas y lanchones con veinticinco mil ingleses dentro entre marineros y tropa embarcada que mandaba el reconocido General Norrys y que se pusieron en camino, alegres y tocando gaitas, dispuestos a desollar a todos los españoles que encontrasen y llevarse, de paso, algún pellizco en oro y plata de la Indias.

Las órdenes de la reina eran claras: atacar Santander en donde estaban la mayoría de las naves españolas reparándose tras el desastre, tomar y saquear la ciudad, reabastecerse y dirigirse luego hacia Lisboa, allí serían -en teoría- recibidos por el pretendiente al trono luso, Antonio Crato y sus aguerridas tropas. Drake debía apoyar la rebelión portuguesa, tomar Lisboa y las Islas Azores.
Aquellas eran las órdenes de la bermeja...

Pero el avaricioso Sir Drake a mitad de camino recibe noticias de que, en La Coruña guardaban los españoles un inmenso tesoro de plata y de oro. 
Entonces el pirata se pasa impasible las órdenes reales por el forro de salva parte y pone rumbo a toda vela hacia la ciudad gallega.
El cuatro de mayo de mil quinientos ochenta y nueve arribaron los ingleses.
El Marques de Cerralbo, que era el Gobernador de la Plaza, había logrado reunir, a duras penas, a poco más de mil quinientos soldados y marineros que resultaban muy pocos, sin embargo a la defensa se habían unido en masa y con ardor heroico los hombres, las mujeres, los ancianos y los niños de la ciudad. 
Todo el mundo acudió a las murallas dispuesto a defenderlas. 
Al Marqués se le escapaban los lagrimones emocionados.

El ataque inglés resultaría valeroso y arriesgado, como suelen.
Drake enviaba a sus hombres a la muerte cegado por un tesoro que no existía.
Norrys que era un militar eficiente lograría desembarcar unos ocho mil infantes con alguna artillería y consigue tomar el barrio extramuros de la Pescadería y allí, también como suelen, los ingleses se ensañarían cruelmente con los civiles que encontraron a su paso.

Pero el avance británico se detendría bruscamente bajo las murallas de La Coruña. Porque allí la defensa resultó feroz y numantina. Los mosquetes españoles abatían ingleses por decenas y los pocos que conseguían llegar hasta arriba de los adarves se encontraban con centenares de civiles enloquecidos que los agarraban, los vapuleaban, los degollaban y los destripaban para arrojarlos luego desde los muros desmadejados y hechos pedazos.
En mitad de lo más duro del combate se abrió una brecha en las defensas españolas y los infantes ingleses se arrojaron contra ella enardecidos y dispuestos a colarse dentro de la ciudad para saquear hasta la última covachuela y violar hasta la última mujer.
A la cabeza de la turba inglesa va un joven oficial que ondea el estandarte con la Cruz de San Jorge.
Entre la densa humareda aparece la figura ensangrentada de la mujer.
Lleva entre las manos una media pica y los ojos arrasados por las lágrimas. 

Durante un instante el alférez inglés duda, ve a la mujer y ve la pica chorreando sangre, pero todavía no la cree capaz de... 
Entonces la mujer, sin pestañear, ensarta por las tripas al rubito que la miraba con cara de lelo. 
La mujer grita de rabia y de dolor, una hembra herida rugiendo venganza:

- ¡Quién tenga honra que me siga...! - vocea a los hombres que tiene detrás con las tripas del inglés bailoteando en la punta de la moharra.

Y los coruñeses la siguieron.
Ebrios de valor no solamente consiguen tapar la brecha sino que empujan a los ingleses hasta las mismas playas y sin dejarse ninguno vivo detrás.

El diecinueve de mayo los ingleses se ven obligados a reembarcar y a huir de La Coruña.
La mujer de la media pica se llamaba María Mayor Fernández de la Cámara y Pita.
María Pita para los amigos y conocidos.

Después de ser corridos a palos en La Coruña los ingleses, lamiéndose las heridas, ponen rumbo a Lisboa.
En Peniche, el General Norrys desembarcaría junto con diez mil efectivos que de inmediato inician la marcha hacia la capital lusa.
Durante el camino Norrys espera que se le unan los portugueses aliados.
Mientras Drake con la flota, tomaría la desembocadura del Tajo. Al menos aquel era el plan.

Porque primero el camino desde Peniche a Lisboa se convertirá en un infierno 
para los casacas rojas.
La población portuguesa aunque no está para nada contenta con el rey español, mucho menos lo está de ver a los herejes ingleses, que durante siglos se habían dedicado a asolar sus costas, campando a sus anchas por el país.
Los ingleses encuentran una fría indiferencia, ataques sanguinarios y brutales por parte de partidas guerrilleras hispano-lusas afines a Felipe, y muy pocos apoyos, abastecimientos o aliados.
Cuando llegan a las cercanías de Lisboa están desmoralizados y deshechos.

A la desembocadura del gran río, para cagalera de los ingleses, habían llegado también las temibles galeras de Alonso de Bazán, que muy pronto se convertirían en terror y pesadilla de los ingleses porque desde las bordas de las naves los españoles se podía disparar a los enemigos de la orilla como a patos en un estanque.

De noche los ingleses se ocultaban entre la oscuridad y el silencio y los españoles no lograban localizarlos...
Don Alonso idearía entonces una estratagema.
Ordena que algunos hombres finjan un desembarco en la orilla inglesa con mucho aparato y artificio y cuando los ingleses se preparan para repeler el desembarco y encienden las mechas de sus arcabuces, los artilleros españoles guiados por las lucecillas de las mechas chisporroteando consiguen aniquilar a un Batallón inglés al completo.
Los supervivientes huyen despavoridos por los fangales que rodean el río Tajo.
El cuerpo expedicionario inglés estaba al borde del colapso.

Entonces el General Norrys, desesperado, pide ayuda urgente a un desconcertado Drake, que en ningún momento se ha atrevido a acercar sus naves a la desembocadura del río porque estaban allí las galeras españolas. ¡Glups...!

El dieciséis de junio Drake, con los pocos y maltrechos supervivientes que habían conseguido reembarcar se marchan de Portugal bien apaleados de nuevo.
El General Norrys, con mucha flema inglesa, le recrimina a su Almirante la falta de auxilio e iniciativa:

- No vino vuecelencia a la desembocadura, Sir Francis...

- Lo lamento, Norrys, lo lamento... Un repentino ataque de cagaleras, usía se hace cargo...

Cuando lo que queda de la antaño flamante flota inglesa consiga salir de aguas lisboetas serán perseguidos y acosados sin piedad por las galeras del Capitán Martín de Padilla.
Durante unos días los españoles se mantendrían detrás de la flota enemiga como una manada de lobos esperando su oportunidad.
El día veinte de junio la oportunidad llega.

Una calma chicha deja las naves inglesas inmóviles sobre el Atlántico y Padilla lanza al ataque sus galeras sin dudarlo un instante.
Ordena a sus barcos colocarse en formación de fila india, casi proa con fanal, así serán un blanco menor para los avezados artilleros enemigos y podrán aprovechar mejor su escasa artillería. 
La galera que descargue sus cañones y pedreros se apartará y pasará al final de la fila mientras recarga. Así crean los españoles un estilete de fuego y de redaños que provoca que los ingleses se desbanden como las gallinas del zorro dentro del gallinero.

Los barcos ingleses que caen aferrados en abordajes sin cuartel resultan capturados y hundidos y de ellos no saldría inglés con vida.

Sir Francis Drake y los pocos y vapuleados supervivientes de la flota logran llegar 
a las costas inglesas, maltrechos y derrumbados, el día diez de julio. 
Destrozados, humillados y vencidos. 

Hasta el puerto de Plymounth llegaba el eco de un extraño ruido que llegaba desde Londres. Eran los dientes de la Reina Isabel rechinando.

En su palacio la bermeja se subía por las paredes, arañaba, chillaba y despotricaba sin recato mientras dentro de su cabeza resonaba, insistente, un viejo refrán español que su amor secreto, Felipe de Austria, le había enseñado en otros tiempos:

"Donde las dan, las toman..."

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Estatua de María Pita en La Coruña.





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domingo, 13 de noviembre de 2011

LA FILANTRÓPICA

Los enemigos de España siempre andan dándonos lecciones de civismo y de humanidad. Criticando a costa de nuestras derrotas y nuestras miserias. Ensalzan sus actos y desprestigian o mancillan los nuestros.
Sin embargo en medio de una época oscura y turbulenta para toda Europa, en la que hacía muy poco habían rodado las cabezas de los reyes gabachos y Napoleón empezaba a despuntar, una Europa en la que Inglaterra era la dueña de lo siete mares y en España había, como siempre, o casi, unos reyes inútiles que eran el hazmerreír y la comidilla del resto de las naciones civilizadas, en mitad de aquel despropósito, España le enseñó al mundo la razón por la que, una vez, habíamos sido tan grandes.

Desde hace siglos los hombres, sin distinción de naciones ni de credos, han sido azotados por la enfermedad en periódicas epidemias que mataban a millones de personas.
Una de ellas, quizá la peor de todas, fue la viruela. En 1796 la viruela batía récords de mortalidad en el mundo, sobretodo entre los niños.

En Inglaterra un avispado médico, observando trabajar a las pastoras de vacas de las tierras altas, se preguntó la razón por la qué, en aquella comunidad, no se conocía la enfermedad o ésta se presentaba de forma muy leve. 
Se dio cuenta de que las muchachas, al cortarse y magullarse en su faena diaria, desarrollan una variante de la enfermedad que las hacía inmunes a la versión más virulenta y mortal.

Era la variante animal del virus y las muchachas, gracias a su duro trabajo, estaban a salvo de la terrible enfermedad.
Edward Jenner, que así se llamaba el médico, desarrollaría la vacuna contra la viruela. 
Este es uno de los descubrimientos más importantes y vitales para toda la Humanidad aunque nadie se acuerde, claro...

Solamente siete años después del descubrimiento de Jenner la atrasada y embrutecida España, que tan sólo pensaba en capillas y hogueras según algunos, resulta que planea, organiza y lleva a cabo con éxito la primera expedición sanitaria de la Historia. 
El nombre ya lo dice todo:
Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.

La dirige el Cirujano de Cámara Real, Francisco Javier Balmís. 
Parten desde La Coruña en noviembre del año 1803. 
Embarcados en la corbeta, “María Pita”, (qué buen nombre para una corbeta de la Real Armada), viajaban veintitrés niños expósitos y la rectora de su orfanato. ¿Niños...? Se preguntarán, pues sí, ya que era la única forma factible de transportar la vacuna, que se va pasando de brazo en brazo durante el trayecto, una solución inteligente y osada, española. 
Y es que en éso de buscarnos la vida siempre fuimos de los mejores.
Cruzan el Atlántico y llegan a Puerto Rico, en dónde se enteran de que otro médico español, Francisco Oller Ferrer ya había vacunado a más de mil quinientas personas. 
La vacuna la había conseguido el doctor Oller en una cercana colonia inglesa. 
La Expedición pone rumbo entonces hacia La Guaira, en Venezuela. 
Allí la expedición se divide.
Balmís y una parte se dirigen a La Habana, hasta donde haía llegado ya la labor inestimable de Oller. 
Balmís se dirige a Yucatán, Mérida y Campeche, y allí vuelve a dividir sus fuerzas para poder abarcar la mayor extensión de territorio vacunando a la población.
La otra parte se dirige hacia Villahermosa, Tabasco, Chiapas y desde allí a Guatemala, en Centroamérica.

Balmís vacunaría casi todo México.

José Salvany Llopart era el Subdirector de la expedición. 
Desde la Guaira había bajado hasta Cartagena de Indias, allí la población agradecida recibiría a los expedicionarios como a salvadores.
En diciembre remontan el río Magdalena y llegan hasta Santa Fe de Bogotá vacunando a todo el que se encuentran en su camino.
Salvany estaba enfermo de gravedad ya que padecía tuberculosis terminal, todos le aconsejaban que regresase, pero él se negaba en redondo, es más, al recibir noticias de que en Quito esperan un brote de la enfermedad, hacia allí se dirige sin dudarlo salvando a cientos de personas a las que vacuna ates de que se declare la epidemia. 
Los expedicionarios no se detienen y marchan hasta Piura y Lima. 
Los brazos salvadores de la expedición se extienden como un manto protector, un manto que salva millones de vidas. 
Salvany había enviado a sus colaboradores hacia Tumbez y Chile... Pero había gastado sus últimas fuerzas y morirá a causa de su enfermedad en Conchabamba. 
Se estiman en dieciocho mil los kilómetros recorridos y en doscientas mil las personas vacunadas solamente por esta parte de la expedición.

Los que marchan hacia Chile se encuentran allí con los primeros hervores independentistas. 
La expedición había sufrido calamidades sin cuento, robos, naufragios,enfermedades, marchas interminables pero también mucho reconocimiento y mucho cariño por parte del pueblo agradecido consciente de la importancia de aquel gesto.

Balmís también enfermo y agotado embarcaría en Acapulco rumbo a las islas Filipinas, tierras que eran también del Rey de España. Tierras también bendecidas por la generosidad española. Tierras que tuvieron la suerte de ser nuestras y no de otros. 
Que se lo pregunten si no a los sioux, los cheyenes y a los demás indígenas del río Grande para arriba.


Durante el regreso a España, el corazón generoso de Balmís introduciría la vacuna en China. De regalo vacuna al Gobernador de la isla de Santa Elena, posesión inglesa que se haría muy famosa algunos años después por albergar a un 
famoso inquilino .

De esta manera durante aquellos años oscuros de motines de Aranjuez, de desastres navales como el de San Vicente, de funestos pactos de familia con los franceses, en aquellos años de hambre y miseria, antesala de Trafalgar y del Dos de Mayo, España, antes que nadie, llevó la novedosa y vital vacuna allende los mares.
Salvando así millones de vidas, muchas más que las que se perdieron cuando la Conquista. Pero nadie lo recuerda, claro y quizás miles de los que hoy habitan la América hispana sean descendientes de todos aquellos que se salvaron gracias al esfuerzo y generosidad de España.

Pero el mundo sigue recordándonos por las supuestas matanzas a cruz y espada, más falacias que otra cosa, y no por hombres como Francisco Javier Balmís.
Y de eso tenemos la culpa nosotros. Desmemoriados y ciegos, olvidadizos y despegados, despreciando las hazañas y las gestas de los que nos precedieron. Sin reclamar nunca lo que, en justicia, pertenece a hombres como los que organizaron la expedición de la vacuna.
Relegándolos al pozo oscuro.
Sin hacerles siquiera una puñetera estatua...
 A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Mapa con el recorrido completo de la Filantrópica.





sábado, 12 de noviembre de 2011

LAS CADENAS DE NAVARRA

Hoy día en nuestra Patria muchas personas piensan que los símbolos de nuestro país son un invento franquista. 
Alentados por los que pretenden que sigan siendo ignorantes y empujados por la apropiación indebida que los otros hicieron piensan que el yugo y las flechas, el águila del imperio, o las cadenas de Navarra las inventó Franco. Son tan brutos, que hasta he llegado a oír que la granada del Escudo, es en homenaje a los que fusilaron a Lorca.

¡Rediós, cuanta ignorancia y cuanta estupidez arrastramos todavía en nuestro solar!
Hoy les contaré el por qué de las Cadenas de Navarra. Y descubrirán que vienen de antiguo, de cuando se peleaba en esta tierra desde hacía siglos, de cuando demostramos que, unidos bajo el mismo objetivo, somos insuperables, de que cuando queremos, podemos.

La batalla se estaba volviendo contra los cristianos con la infantería que mandaba López de Haro siendo masacrada por los sarracenos. Ni siquiera la segunda línea de refuerzo resistió la acometida almohade. Flechas a miles caían del cielo disparadas por los temibles y certeros arqueros Agzaz causaban cientos de muertos, la caballería africana ensartaba cristianos a pares, todo parecía estar derrumbándose igual que en Alarcos.

Fue entonces cuando el rey Alfonso de Castilla besó la cruz que tenía sobre el pecho y miró a los otros dos hombres que estaban con él, también eran reyes. 
Pedro de Aragón que había venido con sus temibles almogávares que degollaban moros como quién comía pipas, y Sancho de Navarra, que había acudido a última hora y sólo con doscientos caballeros. Las tripas se le retorcían en su palacio y no se había podido negar. Combatir a los sarracenos era deporte nacional en Navarra desde que no eran más que cuatro gatos enrocados en las montañas.

Así los tres reyes y los obispos y los caballeros que les acompañaban y las tropas que tenían detrás, casi sin decir palabra se lanzaron a una carga desesperada con todo lo que tenían, los tres reyes los primeros, expuestos a que en cualquier momento una flecha entrase por las rendijas de la armadura y los dejase como a cualquiera, panza arriba.
La desesperada carga cristiana destrozaría a los musulmanes, la cuña penetró en el centro almohade como un cuchillo caliente en la mantequilla. Nada quedaba en pie tras su paso. Tan sólo la nube de polvo y los lamentos de los heridos y los moribundos.

Sancho de Navarra arremetió con tal fuerza en medio de la locura que fue el primero en alcanzar la empalizada y a la Guardia Negra que protegía al Sultán, Miramamolín, que miraba aterrorizado con el Corán en la mano y una cimitarra en la otra, como Sancho descabezaba a sus aguerridos soldados-esclavos.
Los Imeseleben que guardaban al Sultán eran negros del Senegal esclavizados desde muy jóvenes e instruidos en el uso del alfanje. Eran tan peligrosos o más que los jenízaros de años después. Se clavaban al suelo con estacas y se ataban los unos a los otros con gruesas cadenas.
A los soldados de la Guardia Negra solamente les quedaba un camino, matar y morir. Ese era su destino.

Aquel dieciséis de julio de 1212 a los Imeseleben les tocó morir. 
Aunque hicieron su labor con pundonor y valor hasta el final.

Sancho de Navarra tras el combate se llevó como recuerdo de la campaña unos tramos de las cadenas con las que se ataban aquellos hombres. En recuerdo de su hazaña, de su valor, el de sus hombres y el de los castellanos, aragoneses, portugueses, caballeros de las Órdenes Militares, leoneses y asturianos que habían acudido, a pesar de que su rey no, a plantar cara al sarraceno.

En honor de todos.

Sancho se llevó las cadenas no como recuerdo a su propio valor o por haber llegado el primero. Se las lleva para demostrar a su pueblo que unidos a los demás cristianos de la Península, que aliados bajo el mismo pabellón, a los moros les quedaban cuatro telediarios.

Quizá esté equivocado. Muchas personas con carreras universitarias, con títulos y másteres en esto y en lo otro, con mucha más preparación que yo, dicen que no, que tan sólo fue para salvaguardar sus propios intereses, por su conveniencia, por su avaricia y su sed de poder. 
Quizá tengan razón. Quizá no. 
Ninguno estábamos allí para verlo.

Ninguno vivimos sin luz eléctrica, ni agua corriente, ni vamos a caballo -los que tenían caballo- ni tenemos el temor de que cualquier noche los sarracenos entren a degüello en nuestro pueblo.

A mí me gusta pensar que actuaban movidos por el interés, claro -habría que ser pardillo- pero también que lo hacían por palabras como: Honor, Conciencia, Valor, Sacrificio, Devoción y Lealtad.
Claro que todas estas palabras carecen hoy de significado, es más, cuando las nombras te miran raro, como si estuvieses tonto o algo por el estilo. Ya saben de qué hablo.

Esta es la historia de las Cadenas de Navarra.

Que no son aberchales ni franquistas, ni rojas ni azules, ni monárquicas ni republicanas. Solamente son las cadenas que unían a los infieles que defendían a un Sultán sarraceno que pretendía que su caballo abrevase en el río Tíber tras haber arrasado San Pedro y colgado al Papa...
Estoy seguro de que Sancho de Navarra al saltar sobre la Guardia Negra destrozándola a espadazos, gritaba tinto en sangre sarracena:

¡Viva Navarra , Santiago y España...!

A.Villegas Glez. 2011

Imagen: Representación del Escudo de Navarra y las famosas cadenas...


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