sábado, 23 de junio de 2012

ROBINSÓN SERRANO

En el Mar Caribe y a unas ciento treinta millas náuticas, milla más, milla menos, de las llamadas Islas de San Andrés, existen unos peñascos coralinos -llamarlos islotes sería excesivo- que tienen alrededor un inmenso arenal que es removido periódicamente por los huracanes y al que adornan algunas palmeras que han ido creciendo allí durante estos últimos quinientos años.

Tales peñascos aparecen en las cartas de navegación, más por el peligro de sus bajíos que por otra cosa, desde que los ingleses que para algunas faenas resultan prácticos, eficaces y profesionales, las dibujaron en sus derroteros del Caribe allá por el año 1660.
Los ingleses bautizaron aquel conjunto de pedruscos, arena y desolación como: Banco de Serrana.

Y lo llamaron así en honor de un Capitán español, que había naufragado allí y sobrevivido en aquel perdido rincón del mundo a la soledad y la falta de todo, hacía más de cien años.

Se llamaba Pedro Serrano… Y en él se basó Daniel Defoe para su novela.
Ya saben, el náufrago que es ejemplo de virtudes que civiliza al indígena Viernes y rescata a los prisioneros de los impíos caníbales… Hasta Marx dio su opinión sobre el afamado libro.

Para mí resulta una novela que va perdiendo interés y estoy deseando que agarren a Robinsón y se lo coman los caníbales a la parrila. Me gusta mucho más “La Isla del Tesoro”. Pero cada cual es como es… Para los gustos, los colores y hay que reconocer que la novela, como aventura, sin buscarle tres pies al gato es buena, si no, no hubiese aguantado tantos años, ¿verdad?.


El caso es que el protagonista, el verdadero Robinsón, era compatriota nuestro.
Sí, de nuestra querida España que todo lo olvida menos el rencor, el odio y la miseria. De aquí mismo.

Sobrevivió a base de cangrejos, camarones, pájaros y sobretodo tortugas marinas, a las que degollaba para beber su sangre y luego secaba la carne al sol. 

Con los caparazones hacía depósitos para recoger el agua de lluvia… El naufrago de Defoe obtuvo de entre los restos de su barco todo lo que necesita y más que pareciese que en vez de en un navío de vela viajase en un crucero de lujo, pardiez…

Pedro Serrano inició su aventura sobre el año 1526, cuando el patache que mandaba se perdió en una tormenta caribeña durante la travesía de La Habana a Cartagena de Indias.
Nadie sobrevivió, cosa muy normal en aquellos desastres en los que se ahogaba hasta el Tato. La natación no se llevaba en España, ni siquiera la sincronizada.

Pero Pedro era un buen nadador, eso y la suerte le empujan hasta el inhóspito e inhabitable Cayo de Serrana… Que todavía no se llamaba así, claro.  A saber cómo lo bautizó nuestro paisano:

- Maldito sitio de los cojones o algo así...

Los tres primeros meses fueron un infierno de soledad, pero un día apareció por allí otro hombre, otro marino zozobrado.
Su nombre jamás se supo, quizá por eso Defoe lo bautizó, “Viernes”…

El caso es que los dos hombres sobreviven, construyen un refugio con coral, conchas y caparazones de tortuga que les protegía de los vientos y que les servía de atalaya desde la que hacer señales a los barcos que pasaban sobre el horizonte…
Esperaron ocho largos años hasta que les encontraron. O en hacer caso a sus señales, porque, ¿quién se fiaba de señales de auxilio en un Mar Caribe atestado de piratas...?

Cuando los recogieron, el pobre“Viernes” se murió reventado el estómago cuando se bebió un barril entero de vino y se comió un quintal de carne seca.
El Capitán Serrano llegaría a España y se paseará por aquí y por toda Europa como una atracción de feria, o casi.
Hasta el mismo Emperador lo había recibido, nada más desembarcar, con las mismas kilométricas barbas arrastrando por el suelo de palacio y con una concha de almeja caribeña tapándole las vergüenzas.

Cuatro mil pesos de renta le concedería el Rey tras escuchar su extraordinaria aventura… 

Serrano no los cobraría jamás.
Morirá en Panamá unos pocos años después, pobre y solo, añorando quizá los días en el Arenal de Serrana.

Su hermano Robinson tuvo mucha más suerte, todo el mundo le conoce y sabe quién es… Claro, era inglés.
Si hubiese nacido español, otro gallo le cantaría. Por muchos indígenas que cristianizase, por muchos prisioneros que salvase y por mucho que hiciese, de haber nacido aquí, nadie sabría de su existencia.

Que se lo cuenten a Pedro Serrano que todavía espera que le paguen los reales que el Rey le prometió.
Y lo que le queda por esperar…

A. Vilegas Glez. 2012



miércoles, 13 de junio de 2012

DE BRIÓN NO SE PASA, CARALLO

Amanece el veinticinco de agosto del año mil ochocientos. El rapazuelo había salido de su humilde casa muy temprano, caminando la distancia hasta la costa y ahora, cuando el sol empezaba a iluminar los montes verdes y las aguas azules, estaba encaramado sobre los más peligrosos salientes, cuchillo en mano, despegando las lapas de las piedras y metiéndolas luego en su red, también atrapaba a los cangrejos que podía, que no eran muchos, ya que las piedras están repeladas y casi pulidas a causa de las cientos de hambrientas manos que rebuscan, cada mañana, entre sus recovecos. Hasta un saco de algas verdes le ha dicho madre que recoja y lleve a casa.
Y es que en El Ferrol, igual que en el resto de Galicia, igual que en el resto de España, el hambre, la miseria y el abandono son la rutina diaria, la costumbre enraizada y la tradición más vieja de ésta vieja tierra.
El pequeño contempla el amanecer extasiado cuando, de repente, unas velas, cientos de velas, aparecen por el horizonte.
Poco a poco el blanco escondido entre la bruma, deja paso al negro de los cascos y al rojo de los uniformes que pululan por las cubiertas. En los palos, la enseña francesa que ondeaba al viento es arriada y en su lugar se iza la bandera del peor enemigo de España, que viene muy dispuesto a hacer linda escabechina del El Ferrol y de los navíos españoles que están anclados en la ría.
Desde la atalaya del acantilado, el pequeño rapazuelo escucha clara como la luz del amanecer, la voz de alarma del vigía de guardia:

- ¡Vienen los ingleses, vienen los ingleses...!
2-

En la nave capitana de la Armada Real Inglesa, uno de los veinte poderosos navíos de guerra que dan escolta a ochenta y seis transportes de tropas, el contraalmirante Warren, comandante de la flota, ha invitado a un Jerez al general Pulteney, que es el jefe de las tropas de tierra. Los dos ríen y bromean muy seguros de su victoria sobre los sucios, cobardes y empobrecidos españoles, títeres ahora del todopoderoso Napoleón.

- Mire Pulteney, este papel es un boleto de una rifa que hacen los oficiales españoles de la Armada… ¡Para poder pintar sus barcos…!, ¡joujoujou…!

- Los haremos pedazos Warren… Más pobres que ratas de sentina son esos "spaniards"

- Ordene el desembarco inmediato que mañana estaremos brindando en el Arsenal de Ferrol, contemplando como arden los navíos enemigos…

- A la orden contraalmirante… ¡Y que San Jorge nos acompañe…!

- No nombre Santos, Pulteney, no vaya ser que se aparezca el Santiago ése y nos joda el invento… Vive por aquí cerca, ¿sabe...?

- No me diga que cree usted en ésas cosas…

- No, no, claro que no… Pero, por si acaso…


3

Los ingleses desembarcan diez mil efectivos en las playas de Doniños y de San Jorge, arrollando las débiles defensas costeras españolas. Los casacas rojas avanzan por las riberas sin encontrar oposición y empiezan a subir los montes que protegen Ferrol.
La arrogante columna roja avanza. Los ingleses ríen y se frotan las manos ante la fácil y provechosa victoria que les aguarda. Todos van pensando en las bodegas que vaciarán, en las mujeres que violarán y en los tesoros que robarán de las iglesias y las casas ferrolanas.

Ninguno se imagina la que se les viene encima.

Porque en El Ferrol los españoles han rebañado quinientos infantes de marina que estaban en dotación en los navíos allí anclados y que al mando del capitán Juan Bautista Topete, y acompañados además por decenas de paisanos armados con aperos de labranza, hachas, palos y las famosas navajas albaceteñas de siete palmos que los ingleses conocerán aquí antes que los gabachos, se han apostado en los altos de La Graña, esperando emboscados a los incautos ingleses que se acercan.
La noticia del desembarco enemigo había corrido como la pólvora por toda la región y de todos los pueblos acudían decenas de paisanos para unirse en la defensa de Ferrol.  El avispero gallego había sido removido y los bosques y los montes se empezaban a llenar de partidas de guerrilleros, mezcla de paisanos y de militares, que atacan sin piedad, allí donde los encontraban, a los perros ingleses.

En una humilde cabaña, un rapazuelo mira como su padre agarra la vieja escopeta y se mete la navaja en la faja. Está serio como pocas veces lo ha visto, tanto que da miedo verlo. Los vecinos habían venido a por él y sin decir ni pío, se había levantado y cogido su escopeta y su navaja. Y como él había hecho, cientos de hombres de la comarca lo habían hecho también. 
El niño los ve ahora en la puerta de casa, esperando a su padre, todos con la mirada resuelta y los ojos brillantes, todos sabiendo a dónde van y a lo que van, y aunque alguno , o todos, tengan miedo, ninguno lo demuestra. Y aquel grupo de hombres, de compatriotas dispuestos a morir por defender su suelo, hacen que el joven corazón del muchacho se estremezca de orgullo.

En Serrantes toman posiciones los Regimientos de Orense y de Guadalajara.
La noche se sucede entre combates fugaces y sangrientos, ataques letales que dejan a algún inglés degollado y al resto temblando como flanes entre la espesura del monte gallego. Los ingleses ven como se encienden cientos de fogatas en los cerros y cagaditos de miedo contemplan como la Santa Compaña desciende zigzagueante entre brumas y neblinas.
A pesar de ello, por la mañana, el ejército inglés está perfectamente formado y dispuesto para el combate. En disciplinadas filas los ingleses se ponen en movimiento. Delante de ellos hay una formación de españoles sin apenas fondo. 
Mientras en El Ferrol se están embarcando, en todo lo que flota, a todo aquel que pueda sostener un mosquete para que se una a la defensa. 
Los ingleses avanzan confiados, soldados expertos y veteranos que forman la famosa línea roja, que de delgada, según comprueban los españoles, no tiene nada en absoluto.

Entonces las disciplinas tropas inglesas contemplan patidifusas como una turba de españoles enloquecidos, pegando voces que espantan y blandiendo espadas, sables, navajas, palos, estacas y piedras, se les echa encima atacando sus filas con valor y descaro. Como perros rabiosos los españoles, sin importarles un pimiento su inferioridad numérica atacan al enemigo y lo clavan al terreno. Los ingleses no pueden creer que los estén venciendo, pero sí, James la del pulpo nos están dando.

Se consigue también rechazar el asalto inglés sobre el fuerte de San Felipe, en dónde los españoles, a toda prisa, están metiendo artillería y refuerzos.

Sin embargo los ingleses no son mancos y rehechos consiguen avanzar hasta La Graña. Allí el Batallón Inmemorial y las Milicias Reales, que habían llegado justo a tiempo para reforzar la línea española, combaten con tanto valor que los ingleses no pueden avanzar ni un metro más ante aquel muro infranqueable de redaños.
En el ala derecha, los Cazadores de Jubia  también consiguen detener en seco al enemigo. Los gallegos defienden como leones el camino hacia El Ferrol. Desde cada esquina, recoveco, matojo o árbol, aparece de repente un combatiente dispuesto a dejarse hacer filetes con tal de poder llevarse a un inglés por delante.

El desembarco y el bien urdido plan del arrogante Pulteney se está convirtiendo en un infierno para sus soldados y muchos empiezan ya a mirar hacia dónde están fondeadas sus naves.
El día veintiséis de agosto, el general Pulteney, con las plumas del sombrero chamuscadas de un trabucazo, los ojos desorbitados de odio y sorpresa, ofuscado por la numantina resistencia española, y ante la imposibilidad de meter sus barcos en la ría, pues están allí el Fuerte de San Felipe y las cañoneras, (¡malditas cañoneras!), que atacan y luego se esconden y no dejan que ningún barco inglés, se arrime a la entrada de la ría sin jugarse los aparejos.
Ordena el general inglés a cuatro mil de sus más escogidos soldados que ataquen y tomen el fuerte de San Felipe. Pero los adarves españoles se tornan inexpugnables. Los revellines, las caponeras, las aspilleras, las trinchera y los dos cañones de a veinticuatro, convierten cada asalto inglés en una carnicería, dejándolo todo perdido de tripas y de sesos de inglés repartidos aquí y allá…

Pulteney, consternado, ordena el reembarque.

Pero la pesadilla no ha terminado todavía, pues mientras los ingleses se retiran, desde los fuertes, desde las cañoneras, desde las piedras y los cerros, desde cada rincón, toda Galicia parece abatirse sobre los aterrados ingleses, que no ven la hora de llegar a los barcos, izar las velas y salir de aquel matadero en el que sus estirados oficiales les habían metido.
La flamante caballería inglesa será destrozada entre los montes, mientras se retiran, acosados y perseguidos por los hambrientos y miserables españoles, que comida y bastimentos no tendrían, pero orgullo, valor, y un par de huevos les sobraban a todos.

Es de noche y El Ferrol luce en fiestas y celebraciones, se puede ver a la última vela inglesa desapareciendo por el horizonte, mientras las campanas tocan alegres y la gente llorando se abrazan los unos a los otros.
Se les ve altivos y orgullosos, un punto arrogantes, fieros y manchados todos de sangre propia y enemiga. Alimentados con el néctar del heroísmo y con la ambrosía de la victoria.

El mismísimo Napoleón, en París, mientras le metía mano a Josefina, en mitad de una de sus cenas, y al enterarse del varapalo que le habían dado al inglés, que él odiaba casi tanto como nosotros, alzó su copa y brindó en honor de los:  
“Valerosos Ferrolanos”…
No se imaginaba la que ocho años después le caerían a él y a sus aguerridas y victoriosas tropas, cuando hollasen el suelo de aquella tierra ingrata, dura, desmemoriada y hambrienta.

Y así, un verano de hace doscientos y pico de años unos hombres y mujeres hambrientos, desamparados de un buen gobierno, dejados de la mano de Dios, abandonados a su triste suerte, empobrecidos y sin esperanzas, con los soldados sin cobrar las pagas desde hacía meses, con los cañones sin pólvora y con los fuertes sin cañones, defendieron su libertad y su honra, sus casas y la de sus vecinos, defendieron aquella esquinita de España, y la defendieron con uñas y dientes, pese a todo, sacrificándose muchos por el bien de los demás, por la honra de su suelo, poniendo su vida al servicio de su patria y de su bandera.

Y ninguno dudaba, ni luchaba más que por una razón y por una causa… Su tierra, la nuestra, la de todos: España.
¡Pardiez!, dos siglos después y yo les admiro, les recuerdo y les escribo, pues lo que más me hacen sentir, es envidia. Porque miro a mí alrededor y veo que de todo aquello, de todo aquel espíritu de patria, de aquella unidad invencible, de aquella conjunción nunca igualada, de aquel fuerte inexpugnable, tan sólo nos quedan diseminadas, destrozadas y convertidas en gravilla pisoteada, cuatro piedras a las que ya nadie hace el menor caso.
Y me retuerce y aprieta hasta ahogarme, el nudo que se hace en mi alma.

© A. Vilegas Glez.



miércoles, 6 de junio de 2012

LA GRANDE Y FELICÍSIMA ARMADA

Grande y Felicísima que así fue bautizada la armada que el rey Felipe ordenó reunir en Lisboa para llevar a cabo su ansiada expedición contra Inglaterra y su puñetera reina bermeja.
Lo de invencible se lo pusieron los ingleses y, al principio, no la nombraban así con sorna e ironía, si no con mucho miedo y con mucho respeto.
La llamaron invencible por que cuándo sus exploradores regresaban a sus bases navales, informaban alarmados de que la inmensa flota española avanzaba imparable hacia los puertos del Canal, y que ellos, a pesar de contar con barcos más ligeros, mejor artillados y con buenas dotaciones, no serían capaces de detenerla.

La razón principal del ataque contra la Pérfida era que Felipe estaba hasta los mismos aparejos de los ingleses y sobretodo de su reina Isabel, que, curiosidades que tiene la Historia, había estado a punto de convertirse en su esposa. 

Las malas lenguas y chascarrillos cortesanos aseguraban que la bermeja dormía con un retrato de su amado y añorado Felipe en el cabecero de la cama.
El caso era que los ingleses atacaban nuestras posesiones americanas, robaban nuestros galeones, apoyaban y financiaban a los herejes holandeses y, encima, se habían cepillado a María Estuardo.

Por eso el Rey le dio el encargo al veterano Álvaro de Bazán de que organizase una gran armada y proyectase un plan de invasión contra Inglaterra.
El glorioso y viejo Almirante presentó un 
plan gigantesco que necesitaría para llevarse a cabo ciento cincuenta galeones y más de trescientas naves de apoyo. 
Un golpe definitivo contra los puertos ingleses en el que destrozaría toda la armada enemiga mientras estaba anclada en sus bases.

Pero resultaba que no había tantos barcos en todo el Imperio y Felipe estaba muy ansioso  y muy impaciente. 

Su más  ferviente deseo era aplastar a los ingleses y quitar del trono a aquella maldita hereje que le estaba amargando la existencia. 
Y quería hacerlo ya, que para mañana era tarde.
Por eso le ordena al viejo Bazán que se busque la vida y que prepare la armada como sea y con lo que encuentre.

Una flota cuya misión sería la de recoger a los Tercios en los puertos flamencos para con ellos invadir Inglaterra. 
¡Que se iban a cagar esos estirados!
El rey le dice a Bazán que se busque las habichuelas en dónde haga falta y que rebañe lo que pueda en dónde pueda. 

También le aconseja que rece mucho a todos y cada uno de los Santos del cielo.

El de Bazán se puso de inmediato a la tarea, aunque por dentro algo le decía que aquella expedición estaba abocada al fracaso. ¡Las cosas no se hacían de aquella manera, pardiez!

Sin embargo el almirante aplicaría a rajatabla el refrán marinero que decía: “en dónde manda patrón…”
Escarbaría por los cuatro puntos cardinales del Imperio buscando y rebuscando barcos, cañones, hombres y abastecimientos hasta de debajo de las piedras. 
Como anécdota y curiosidad les contaré que al pobre Miguel de Cervantes, haciendo el oficio de cobrador, lo engrilletaron y lo metieron entre rejas por, supuestamente, haberse quedado con los dineros que recaudaba para la Armada.

Armada que poquito a poco se iba reuniendo en el puerto de Lisboa y que acumulaba problemas uno tras otro. 
Muchos de los barcos no eran los más adecuados, ni de lejos, para la dura empresa que se proponían, además el tiempo que se pasaban hacinados los marineros y los soldados de la infantería embarcada hacía que muchos enfermasen, que las provisiones se pudriesen en los almacenes y las bodegas y que el aburrimiento, el hastío y la pereza agarrasen, y bien,  por las pelotas a los treinta mil hombres que componían la expedición.

Para colmo de males el Marqués de Santa Cruz va y se muere…
Cuentan que le dio un patatús cuando comprobaba 
cada día como el Rey no hacía ni puto caso a ninguno de sus sabios consejos. 

El asunto es que la espichó -que el Señor le tenga en su gloria- y nombraron como sustituto al Duque de Medina Sidonia, que aunque era descendiente del bravo Guzmán el Bueno, no tenía el hombre ni pajolera idea de lo que era la guerra en el mar.
Es de justicia decir en su descargo que el Duque lo reconocía y lo asumía y desde el primer momento intentaría sin éxito -el pobre- escurrir semejante y peligroso bulto.
Pero el Rey le recordaría su estirpe guerrera y la procedencia de su bravo linaje, haciendo oídos sordos a los ruegos del de Sidonia:

- ¡Así que venga, Alonsito, a invadirme Inglaterra, ganarse honores y cubrirse de gloria!¡Y rapidito, Guzmán, que “pa” mañana es tarde…!


Así que el nueve de mayo del año mil quinientos ochenta y ocho, la Grande y Felicísima Armada zarpaba del puerto de Lisboa... 
O lo intentaba.
Porque un fuerte temporal impediría que los barcos saliesen del estuario del Tajo y la Armada quedaría toda desparramada y sin orden. 
Algunos, pese a tanto rezo y tanta devoción, empezaban a llamarla:
“La Gafadísima”.

Habría que esperarse casi un mes para que todo estuviese de nuevo dispuesto y preparado. 

Aquel retraso imprevisto solamente serviría para que la enfermedad, el gasto de provisiones y la baja moral se instalásen, más todavía, entre la madera de los barcos y la carne de los hombres.
En Lisboa los precios habían subido por las nubes y no se daba abasto para dar de comer a tantísima gente como había en la ciudad.

El veintiocho de mayo la Felicísima intenta de nuevo abandonar el puerto, lo consigue en pesado y lento goteo.
La flota navegaba muy despacio, mucho, demasiado, tan suave se desplazaba sobre las olas que algunos empezaron a llamarla: 
“La Lentísima”.

Y n
o es exageración, la flota tardaría en arribar al puerto de La Coruña, que era el punto de descanso, reabastecimiento y reunión, cuatro largas semanas.
Ni nadando se tardaba tanto. La enorme flota había sido sobrepasada una y otra vez por los pescadores gallegos que se descojonaban de la risa:

- ¡Mira Pedriño, la Armada…!
- ¡Non navega…!, a ese paso para cuando alcancen Inglaterra ya se vino el invierno...

Era el diecinueve de julio cuando se alcanza La Coruña y p
ara colmo de males y de reveses, muy cerca del puerto, con el Duque de Medina Sidonia mordiéndose la uñas en el castillo de su galeón, una galerna gallega, de ésas que da miedo verlas hasta por la tele, con olas espumosas y enormes, con vientos “hipo-huracanados” y con el mar diciendo: ¡aquí estoy yo, carallo!, la pesada, lenta y poco maniobrera armada se vio dispersada a los cuatro vientos. 
Algunos barcos se fueron al sur, otros al oeste, algunos se vieron arrastrados hacia el Golfo de Vizcaya y unos pocos compatriotas alcanzaron, dando bandazos sobre las olas, las mismísimas costas de Inglaterra:

-¿Qué hacemos ya aquí, Paco... Y tan solitos?
- ¡No sé compadre, pero qué mareo!¡… Buaaajjjj!

Se tardaría otro mes y pico en poder reunir todos los barcos. O casi.

Alonso de Guzmán enviaba, casi a diario, cartas al Rey, en ellas le solicitaba con mucha mano izquierda que suspendiese la misión, pero el monarca ni flores… 
Al contrario más prisas le metía al pobre Guzmán al que no le cogía ya el pescuezo en la gorguera.

Una vez reunida, de nuevo zarparía la flota con los gallardetes al viento, pero el tiempo pasado en La Coruña no les había regalado ni un solo nudo de velocidad y para cuando el último de los barcos abandonaba la seguridad del puerto, todos los hombres sin excepción llevaban un nudo enorme clavado en mitad del pecho.
¡Ahora sí -se decían- hasta la victoria o la muerte!

El día veintinueve de julio alcanzaron las Islas Scilly, que eran tierras pertenecientes a la Pérfida Albión. 
Los ingleses detectaron la posición de la flota, asunto que no les resultó demasiado complicado ya que el horizonte estaba cubierto de velas españolas.

El día treinta y uno con una flota de cincuenta galeones los ingleses trataron de acercarse a los españoles, de inmediato la Felicísima adoptaría, en una brillante y audaz maniobra que todavía se estudia en las academias navales del mundo entero -incluidas las inglesas, aunque ellos se lo tengan muy calladito- la formación 
defensiva llamada de media luna.
Los barcos ingleses ni pudieron ni quisieron acercarse a semejante muro de madera y de cañones y se limitaron a disparar de lejos, y eso sí, a abatirse como buitres hambrientos contra cualquier barco que se despistase de la inexpugnable formación española, que continuó su rumbo, impasible, hacia Calais.

El día cinco de agosto la flota recalaría en la ensenada de Gravelinas, el mismo lugar en el que hacía treinta años los españoles, con apoyo naval inglés -lo que eran las cosas- habían destrozado al ejército francés.
La madrugada del seis al siete de agosto -ahora sí- los ingleses atacaron con todo lo que tenían.
Galeones Reales, armados con los novedosos cañones de cureña corta, atacaron sin miramientos a la fondeada escuadra española y lanzaron una serie de brulotes incendiarios que causaron pavor y espanto. 
Entonces llegaría el desconcierto.

La causa principal se debió a que muy pocos capitanes respetaron las consignas que había dado el Duque de Medina Sidonia, que muy acertadamente había dispuesto defensas apropiadas contra los brulotes y dado órdenes muy estrictas de mantener la calma y sobretodo, la formación de la escuadra.
Pero muy pocos le hicieron caso aunque sus instrucciones fuesen las más correctas y acertadas. La indisciplina se había propagado igual que los incendios, y en mitad de la noche, entre llamaradas y gritos de espanto, una parte de la armada huiría despavorida.
Por el contrario algunos galeones resistieron los abordajes ingleses peleando como jabatos.

Al amanecer se comprobaría que el daño recibido no había sido tan grave como parecía en un primer momento, ya que solamente se habían perdido dos barcos y se habían contabilizado unos trecientos muertos
.
Sin embargo la oportunidad se había perdido y parte de la flota estaba dispersa y los barcos más dañados estaban siendo cazados por los buitres ingleses y las hienas holandesas que también se habían sumado a la fiesta.

Al Duque no le quedaría más opción que la de regresar a España por la única ruta que le era posible, ya que abrirse paso Canal de la Mancha abajo a cañonazos, hubiese significado un seguro suicidio, por aquella razón el de Medina Sidonia decidió que lo más seguro era bordear las islas británicas por Escocia e Irlanda. 

Lo que sería, a la postre, más suicida todavía.

Fue en aquel momento cuando llegó el verdadero desastre para los navíos españoles.
La travesía resultaba muy dura y muy peligrosa, bordeando una costa cortada a filo contra la piedra que era muy parecida a La Costa da Morte de Galicia.

Pero al Duque no le quedaba más opción, ya que al sur estaban los ingleses con las bodegas repletas de municiones y en las españolas apenas quedaban más que las ratas y el lastre.

Los enormes temporales del Mar del Norte harían pedazos los barcos mediterráneos. Las urcas y las naves menores que habían sido adaptadas, mal y pronto, para la campaña se hicieron migas contra las costas irlandesas, o se hundían como el plomo bajo las enormes y frías olas de aquel oscuro y lejano mar.
Los náufragos correrían muy diversa suerte. La mayoría serían ahorcados nada más ser capturados en las mismas playas, asesinados casi todos sin compasión excepto algunos que serían acogidos y protegidos de los impíos ingleses por algunas comunidades irlandesas. 

La cosa varió según la estrella de cada cual.
De las ciento treinta naves que habían salido de Lisboa consiguieron regresar a España unos ochenta barcos, que llegaban en grupos o solos y todos destrozados por la travesía y con los hombres con más hambre que el perro del afilador, enfermos y, encima, humillados por la derrota.
Aunque, la verdad, más que derrota aquello había sido una cagada nuestra.
Una cagada de las gordas…
Pero siendo España pues como que ya estábamos acostumbrados.

Además, y esto es mucho menos conocido y mucho menos estudiado, Inglaterra sería la que perdería aquella guerra, viéndose obligada a firmar -por huevos- el muy favorable tratado de paz de Londres del año mil seiscientos y cuatro.

Basta acordarse de que, tan solo un año después del desastre de la Felicísima, Isabel de Inglaterra envió contra España a su no menos infeliz Contra-Armada, y que aquella flota británica sí que tuvo que pelear contra los españoles más que contra los elementos, para regresar, lo que quedó entero que no fue demasiado, más vapuleados y humillados de lo que había hecho nuestra Armada. 
Y eso que la expedición inglesa era mucho más numerosa y estaba mucho mejor armada que la nuestra, pero, claro, los ingleses no le pintan cuadros ni le hacen novelas ni poemas a aquella Contra- Armada. 
Nosotros a la nuestra, menos todavía...

Al poco tiempo de todo aquello los marinos españoles capturaron el famoso navío inglés “Revenge” muy cerca de las islas Azores. 

Además en el Caribe se apaleaban a base de bien a los piratas con el nuevo sistema de convoyes escoltados, Pedro Zubiaur destrozaba a los ingleses en Blaye y
la flamante expedición de Drake y Hawkins contra el Caribe Español se saldaba con una humillante derrota inglesa y con las playas caribeñas cuajaditas de despojos de los casacas rojas y de restos humeantes de barcos ingleses hechos papilla por la artillería española.
La sal en la herida británica la pondrían los soldados españoles que desembarcaron en la región de Cornualles para sembrar el terror y el espanto en aquellas tierras herejes.

Esta fue, a grandes rasgos, la historia de la Grande y Felicísima Armada, llamada, con retranca, la Invencible por los ingleses y demás herejes.
Invencible que ni fue destrozada por aguerridos y nobles marinos rubios y pecosos, el famoso Drake, por ejemplo, y con todo lo que les cuenten, no nos hundió ningún barco y más bien se pasó la campaña esquivando a los galeones españoles que lo perseguían con ahínco para echarlo a pique.


Igual que Rusia tiene al General Invierno ellos tienen El Canal… 

Y nuestro buen rey fue incapaz de verlo... 
Como desde El Escorial no se puede ver el mar…

A. Villegas Glez. 2012





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