domingo, 22 de julio de 2012

EL INFANTE QUE QUISO SER CAPITÁN

Desde que nació, unos dicen que en 1609 y otros que en 1610, y yo digo, pardiez, ¿qué más dará año más o año menos?

El caso es que nace en El Escorial el tercer hijo del rey Felipe III y de Margarita de Austria. Le bautizan 
Fernando, como a su primo alemán y desde muy pequeño destaca por su carácter despierto e inteligente y su afición a las armas y a la milicia.
Sin embargo su padre quiere verlo vestido con el rojo cardenalicio, así que, cuando apenas cumple los diez años le nombra Arzobispo de Toledo y muy poco después Cardenal.
Y el Papa de Roma, ni pío, no se fuese a acordar el Austria de su antepasado Carlitos, y se la liase otra vez en Roma. Encima el niño ni es ordenado sacerdote ni nada, no hace los votos ni tiene interés alguno en hacerlos.

Su vida pasa entre cirios, rezos obligatorios y escapadas a corrales de comedias, tugurios, tabernas y etcéteras. Supongo que como buen Austria dejaría alto el pabellón, que lo cortés no quitaba lo valiente y al fin y al cabo lo del cargo eclesiástico no era más que un capricho de Papá…

Hasta que las cosas se ponen muy calientes en Europa al entrar todo el continente en el 
oscuro túnel que será la Guerra de los Treinta Años, negro como boca de lobo para los españoles que salimos, no podía ser de otra manera, escaldados, arruinados y con el país envuelto en revueltas separatistas que nos costarían Portugal y gracias.

Al joven Fernando le asignan el cargo de Gobernador de los caldeadísimos Países Bajos Españoles o sea, el Flandes de toda la vida. Así, el astuto Conde-Duque mataba dos pájaros de un tiro, se quitaba de en medio al inteligente y perspicaz Fernandito, que en nada se parecía a sus hermanos, para que no influyese en el rey y además podría dirigirlo como a un pelele desde Madrid.
O eso pensaba el valido.

Por mar era misión imposible acercarse a Flandes y El Camino Español había casi saltado por los aires al tomar los gabachos la región de Lorena, sin embargo, el joven Cardenal-Infante, como empezaban a llamarle sus soldados, no se arruga ante la enorme y complicada misión que le aguardaba.
Llega a Génova en 1633 y de allí pasa a Milán desde donde parte de inmediato camino del Tirol, Suabia, los Alpes y el Rin, que pretende cruzar y así llegar hasta Bruselas. Además quiere apoyar a su primo Fernando III -futuro emperador del Sacro Imperio- que estaba agobiadísimo por los herejes y acogotado por los disciplinados y eficaces ejércitos suecos que en cada batalla habían obtenido una contundente victoria.
Desde el principio el camino lo hacen por territorio hostil, combatiendo y escaramuzando contra cientos de enemigos, mientras Europa entera temblaba al ver pasar de nuevo la vieja y buena Aspa de Borgoña atravesando el Camino Español.

Será una marcha al infierno. 
Los hombres del Duque de Feria combatirían contra los suecos una y otra vez, deshaciéndose como un azucarillo pero haciendo pagar muy caro al enemigo cada encuentro. Aquellos barbudos impasibles sabían morir como lo que eran. Y los suecos estaban empezando a aprenderlo.Venciendo mil dificultades, apretando mucho los dientes y bregando por cada palmo de terreno los Tercios Viejos, al mando de su nuevo general, que es respetado y querido por sus hombres y que ha demostrado su valor espada en mano y su conocimiento del arte militar, consiguen llegar a Baviera y reunirse allí con lo que quedaba de las exhaustas tropas del Duque de Feria.

Era el año 1634 y los españoles habían logrado realizar una proeza que había dejado sin aliento a sus enemigos:

- ¡Ya están aquí estos Erik…!
- ¡Qué pequeñajos, qué barbas, qué cara de mala leche…!

Los protestantes intentan desesperadamente que los dos primos no se encuentren para que no puedan unir sus ejércitos, pero no lo consiguen. Se quedan así todos, suecos y variedad de herejes a un lado y católicos al otro, frente a frente.
En medio, la colina de Albuch y todo esto muy cerca de un pueblo que se llamaba Nordlingen.

Les diré que de allí no salió sueco vivo, al menos los que no corrieron como galgos hasta la península de Jutlandia. Y que los Tercios Españoles y Napolitanos aguantaron quince cargas consecutivas de Caballería Pesada, para luego hacer puré a los mejores Regimientos suecos y de postre no dejar de perseguirlos a degüello hasta que la luna se puso roja de sangre y los enemigos de España aprendieron, una vez más, que aquel siglo y pico de imperio
 no había sido por casualidad.

Fernando, el Cardenal-Infante, acaba de un plumazo con el poderío sueco, y luego sigue su viaje para tomar posesión de su cargo.
En Bruselas es recibido como un héroe con las calles 
engalanadas y rebosando de gente enardecida que recibían a su nuevo y valiente Gobernador. En muy poco tiempo y gracias a su habilidad como diplomático consigue calmar la olla a presión que era Flandes y empieza de inmediato la campaña contra los franceses.

Las tropas de Richelieu habían invadido Flandes y avanzaban imparables, pero el nuevo Gobernador despliega sus Tercios que consiguen detener el avance gabacho.Se toman las plazas de Diest y de Limburgo con lo que la presencia española queda asegurada en Luxemburgo. Resulta una campaña larga y durísima en la que en el año 1637 se pierde Breda y esta vez no habría cuadro de Velázquez.
Como contrapartida el Cardenal-Infante toma la gran ciudad de Amberes.

Pero como tantas otras veces en nuestra Historia, con esa envidia y vileza nacional que nos caracteriza, con esa ambición por el poder que nos pudre el alma de hidalgo, con nuestra arraigada costumbre de denostar y despellejar al prójimo, las malas lenguas y las habladurías malintencionadas, los chascarrillos con mala leche, las confidencias falsas y los consejos impregnados de mezquino interés empiezan a minar la confianza de su hermano en 
Fernando y a empañar sus resonantes victorias con sucias y falsas acusaciones.
Le decían al rey que el mayor deseo de Fernando era independizar Flandes de la Corona, hacerse él mismo gobernante, desligarse de España y hasta de querer convertirse al calvinismo lo acusaban. De hacer planes junto los franceses -a los que estaba combatiendo sin descanso en aquel mismo instante- para casarse con la maciza hija del Duque de Orleans y así repartirse luego Flandes como buenos hermanos, o primos.
Todo era mentira, claro…

Pero el 
alma de Fernando, noble y luchadora, recibiría un golpetazo irreparable y desolador. Su hermano, el rey, creía a pie juntillas todo lo que le decía Olivares, y el Conde-Duque era de los que no podía ver a Fernando ni en pintura.

Ese mismo y fatal año para España de 1640 Fernando de Austria enfermaría misteriosamente. Al año siguiente, herido en una escaramuza contra los franceses su cuerpo no resistiría más y morirá en Bruselas con treinta y un años de edad.
Su cuerpo tardaría cuatro años en poder regresar a su patria.
Se cuenta que murió envenenado poco a poco y siendo esto España y él, querido y admirado, inteligente, culto y valiente, hidalgo y noble caballero, a mí, ¡pardiez!, no me extrañaría lo más mínimo.

A. Villegas Glez. 2012



lunes, 16 de julio de 2012

LOS OFICIALES DE IGUERIBEN MUEREN PERO NO SE RINDEN

Los Tenientes, Castro y Rodríguez del Regimiento de Infantería Ceriñola 42, se estremecen cuando su Capitán, Arturo Bulnes les comunica la decisión del mando de ocupar la loma de Igueriben y no la llamada: “De los árboles”, que domina a la otra.
Igueriben no es más que otro cerro indefendible como lo había sido Abarrán. 
Pero la infantería española no discute, solamente obedece y muere. 
Que el mando no escarmiente con las cercanas lecciones, no importa. Todavía humeaba monte Abarrán saqueado por los moros y el estirado Silvestre seguía obcecado y ciego, sin querer ver las señales que anunciaban el desastre.

La mañana del siete de junio de 1921, se ocupa y fortifica la loma de Igueriben. 

Allí no hay gota de agua y la que hay está lejos y en terreno batido por el enemigo que observa atentamente los movimientos españoles. 
Los oficiales de Artillería y de Infantería que se van a quedar allí solos, a expensas del socorro y el apoyo de Annual, levantan los parapetos, las tiendas cónicas, las alambradas y excavan los pozos de tirador.

Alguien hace una broma macabra:

- Ya están cavadas las tumbas… ¿Hacemos cruces, mi Capitán…?
- ¡Cállese, González…!



En la posición, tan cerca y a la vez tan lejos, quedan trescientos cincuenta soldados como guarnición.

Durante todo el mes de junio los kabileños hostigan la posición con ataques intermitentes y sangrientos.
Subir hasta allí el agua y los abastecimientos diarios cuesta un alto esfuerzo y mucha sangre.
Poco a poco -como en las películas del Oeste- Igueriben es rodeado por una inmensidad de moros que chillan y cantan llenando los riscos del Rif de avisos de muerte.

El día dos de julio toma el mando del destacamento el Comandante del Ceriñola, Julio Benítez y Benítez, que había sido el jefe durante la valerosa defensa de otra posición del estirado perímetro español, Sidi Driss. 

Desde el primer día informa a sus superiores de que la loma es indefendible ante un ataque masivo del enemigo y que si los consiguen rodear estarán todos perdidos, pero que aún así, sabrán morir como españoles defendiendo la posición.

Los montes, cerros y barrancas que rodean los campamentos españoles son un hervidero de moros enardecidos, casi todas las kábilas se han sumado a las tropas de Abdelkrim y tan sólo esperan la orden de avanzar sobre las posiciones españolas.
Primero lo harán sobre Igueriben, que es sometida a un durísimo ataque y asediada en toda regla el domingo diecisiete de julio de 1921.


Aquel mismo día los soldados españoles ocuparon sus puestos de tiro en los parapetos, bajo el inclemente sol africano, para no abandonarlos hasta caer heridos o morir allí mismo.
Los rifeños atacaban por miles y eran bien dirigidos, pero en la posición el Comandante Benítez alentaba a sus hombres y lideraba la defensa sobre los parapetos de sacos desfondados, siempre acudiendo a donde más se le necesitaba, siempre en los puestos de mayor peligro enardeciendo a sus hombres con su sola presencia.


Desde Annual se envía un convoy con agua y municiones. 
Será una subida al infierno hasta la posición, pero había que meter los víveres y municiones al precio que fuese. 
Nada más salir, cae abatido el Comandante Romero, jefe del convoy, el fuego enemigo es intenso y certero, una barrera de plomo que había que atravesar. 
Al Teniente Joaquín Cebollino Von Lindenman, que manda el Escuadrón de Caballería de Regulares con la orden de proteger el convoy, la lluvia de balas no le hace temblar el pulso, al contrario, carga junto con sus valientes jinetes contra las posiciones enemigas y, a sablazos, lograrán abrirse paso entre la multitud de chilabas pardas y del terrible fuego. 
Desde Igueriben, Benítez, que observa los movimientos y el arrojo de Lindenman, ordena apostar dos de sus ametralladoras fuera de la posición para castigar el flanco enemigo y dar así alguna oportunidad a los valientes que suben el cerro conduciendo a las mulas.

El Teniente de Artillería, Ernesto Nogués Barrera, al que le habían matado el caballo, se ha puesto al mando del convoy. Ayudado por sus bravos artilleros recupera gran parte de la munición y logra entrar, aclamado por los infantes, en la acosada Igueriben.

Lindenman, a puros huevos, sale de la posición y consigue romper otra vez el cerco enemigo, recoge a los heridos que se habían quedado en la subida y logra regresar al campamento de Annual.
Recibirá la Laureada por su heroica acción que sería el preludio de las gloriosas cargas del Regimiento de Alcántara.

Sin embargo tanto sacrificio y tanto valor han servido de muy poco. 

Las cubas con el preciado líquido han sido casi todas agujereadas durante el combate y los litros que llegan apenas pueden apagar la sed de todo un día entero rechazando asaltos bajo el sol.
El asedio no había hecho más que empezar.

De noche el enemigo atacaba con fuerza desde todos los ángulos y tan sólo la ardorosa defensa española conseguía detener los asaltos. La pelea era feroz cuerpo a cuerpo, con fusiles, pistolas, cuchillos, granadas de mano, uñas y dientes.


El Teniente de Artillería, De la Paz Orduña, mantenía en respeto a los moros con sus cañones del "setenta y cinco" a espoleta cero.
Igueriben, resiste. De momento.

Por la mañana un olor fétido inundaba la posición por culpa de los cuerpos reventados a tiros de las acémilas que, espantadas entre el parapeto y la alambrada, habían sido acribilladas por los combates y ahora hinchadas por el calor emanaban sus pestilencias sobre la posición. 

Más calamidades que se unían a la sed y a la alta temperatura que superaba a mediodía los cuarenta y muchos grados.
Los soldados, que no pueden abandonar el parapeto, ya que el asalto rifeño no se detiene ni un instante, tuvieron que chupar patatas y mordisquear las mondas, beberse el líquido de las latas de conserva, la tinta de los tinteros y hasta sus propios orines endulzados se tendrán que beber y, encima, racionarlos.
Con los labios agrietados, la garganta como la lija, el pellejo quemado y reseco, la lengua pastosa, la cabeza pensando en el río, caudaloso y limpio que pasaba por el pueblo, allá en España, tan lejos…

Pero todos seguían allí, disparando sus fusiles y haciéndole pagar muy caro al enemigo aquel trocito de tierra sobre el que ondeaba la vieja bandera roja y gualda.

La tercera noche de asedio sobre las mismas alambradas se logra rechazar el millonésimo asalto enemigo, casi a mordiscos, ya que se habían agotado las granadas de mano. 

Los cañones de Orduña no han parado de disparar metralla y más metralla contra la puerta de la posición para detener la inmensa turba de turbantes enloquecidos que la asaltaban. 
La matanza entre el enemigo resulta espantosa. El precio por Igueriben no tiene rebajas.

A las cuatro de la mañana, Benítez, pide ayuda urgente. 

Desde Annual se organizan tres columnas de socorro, pero las tres fracasan en su intento de romper el cerco enemigo. 
Los rifeños quieren Igueriben, igual que quisieron Abarrán y se lanzaban en oleadas fanáticas una tras la otra contra los parapetos y contra las Compañías que se desplegaban en su ayuda.
El enemigo tenía la presa bien mordida y no quería soltarla.

La tarde del tercer día, con los defensores cantando aquello de: “que llueva, que llueva”, a ver si así podían llevarse a la boca algo más que arena, los moros emplazan una pieza de artillería, de las que habían capturado en Abarrán, a mil metros de la posición para bombardearla, al principio sin atino, pero poco después logrando meter los pepinos, con mortal acierto, en mitad del blocao.

A Annual había llegado el Coronel Manellas, que exige que se meta un refuerzo de lo que sea y como sea, porque los valientes de Igueriben no merecen menos. 

Así que se organiza una columna ligera, en la que cada hombre llevará tres cantimploras de agua que es lo que más necesitan los defensores.
Pero a mitad de camino la granizada de balas del enemigo -que ríase usted de playa Omaha- hace retroceder con muchas bajas a las Compañías de los Regulares encargadas de la misión.

En la posición de Igueriben llueve. 

Pero llueve plomo y metralla, desesperación y sed. La figura del Comandante Benítez se recortaba entre el humo y el fuego, enardeciendo a sus Oficiales y a sus Soldados con su ejemplo de abnegado de valor y obstinación.

La noche del veinte de julio los combatientes rifeños lanzan un ataque masivo que piensan será el definitivo.
El heliógrafo de Igueriben pide a la artillería de Annual que bata el perímetro del campamento lo más pegado a las alambradas que sea posible, pues todo el terreno alrededor está infestado de enemigos con las gumias entre los dientes.
La concentración artillera resulta de manual de academia, milimétrica y tan potente que deja los alrededores de la posición arrasados y los defensores, por fin, pueden dormitar tranquilos, al menos un rato.

Huele a carne achicharrada, a sangre coagulada, a cuerpos podridos, a muerte que cabalga sobre las peñas y las barrancas.
Las ametralladoras han empezado a fallar por el recalentamiento y la situación de los hombres es inhumana. 

Mueren en los parapetos resecos como bacalaos con la mente apagándose como una vela sin aire.
La enfermería, en la que se hacinaban los heridos más graves, estalla en mil pedazos alcanzada por el cañón rifeño llenando el aire de vísceras y de trozos de muertos que caen sobre los hombres que ya no se inmutan ante nada, hechos al horror, a la tragedia y al drama. 

Sabiendo que pronto ellos mismos no serán más que despojos bajo el sol africano.

A pesar de todo, a los rifeños que llegan pidiendo la rendición y la entrega de la bandera, les recibe el bravo Benítez con un: ¡Viva España!, acompañado de una rociada de buen plomo.
Los moros, ofuscados, lanzan más asaltos… De momento son todos rechazados. 

Pero ya no durará mucho.
Todos se miran y todos lo saben. Morirán allí. La cuestión es si sabrán hacerlo como españoles.

La mañana del veintiuno de julio los defensores que quedan vivos en Igueriben contemplan como las dos columnas enviadas en su ayuda han sido incapaces de romper el cerco al que están sometidos. 

Benítez reprocha a sus compañeros su falta de valor, de decisión y su incapacidad para llegar hasta ellos, que están allí, a punto de morir todos, a tiro de piedra del campamento principal:

“Parece mentira que dejéis morir así a vuestros hermanos…


Silvestre, que por su impetuosidad y desprecio al enemigo había metido al Ejército en aquella ratonera, llega a Annual, venía desde la Plaza en donde había rebañado a los cocineros, enlaces, carpinteros, mozos de cuadra y oficinistas, a los que había armado y llevado hasta el frente.
Llega justo a tiempo para ver retroceder las columnas que había enviado el Navarro.

Tras leer el mensaje de Benítez, el General agarra una de sus conocidas rabietas y organiza, a voz en grito, una carga de caballería con sus jinetes… 
Llegará hasta Igueriben aunque tenga que hacerlo él mismo.
Pero sus ayudantes le persuaden de semejante locura y de que de la orden a Benítez de que se rinda.
Desde la posición asediada, tras un momento de silencio, llega la respuesta del Comandante:

“Los oficiales de Igueriben, mueren pero no se rinden…”

Benítez reúne a sus Oficiales y organiza una retirada escalonada. 

Se sacrificarán todos ellos para que al menos algunos de sus hombres puedan llegar al campamento principal y salvarse.
Son más o menos las cuatro de la tarde del veintiuno de julio cuando se transmite un último mensaje al campamento de Annual:

“Nos quedan doce cargas de cañón. Contadlas. A la duodécima, fuego sobre nosotros, pues estaremos revueltos moros y españoles…”


Se repartieron los últimos peines, apenas veinte cartuchos, y cada cual estuvo un momento a solas con sus pensamientos y su sed.

Luego se dio la orden de repliegue.

La vanguardia del Capitán Bulnes fue masacrada nada más abandonar los parapetos.
Por el flanco izquierdo el Teniente Galán consigue avanzar un poco más pero la marea rifeña es incontenible y caen todos a unos metros de los parapetos.
Por la derecha el Teniente Casado y sus hombres caen acribillados por una descarga cerrada. 

El oficial, dado por muerto, será capturado por los rifeños y se pasará dieciocho meses en Axdir trabajando en el huerto de Abdelkrim.

El centro de la columna la manda el mismo Benítez con los heridos. 

Morirán defendidos fusil en mano por su bravo Comandante, que agotadas las municiones desaparecerá junto a sus hombres ahogado por la ola de moros que se abatieron sobre ellos.

La retaguardia, los últimos que salieron pegando tiros y gritando desde sus gargantas resecas, acuchillando moros como demonios con sus bayonetas, serían los artilleros de Federico de La Paz Orduña, que habían inutilizado los cañones y defendido el parapeto hasta el último momento.
Ninguno se salvará. 

Caerán todos sobre las alambradas y las piedras rodeados de cientos de cadáveres enemigos.

Solamente quince hombres, convertidos en espectros, lograrán alcanzar el campamento de Annual y casi todos morirán reventados al saciarse de agua. Los que queden lo harán también pocas horas después junto a miles de compatriotas. 
Porque cuando la marea rifeña acabe el saqueo de Igueriben pondría sus ojos en Annual.

Cuando se abatió sobre nuestras tropas el desastre y la vergüenza, cuando, al contrario que el valeroso Benítez y sus trescientos cincuenta hombres, nadie, entre los altos oficiales que por allí había, tenga el valor de plantarse y de resistir y se olviden lo que había dicho el Comandante Benítez, asediado, solo y perdido, sin esperanza de victoria ni de salvación.
Cuando se olviden de que los oficiales mueren, pero no se rinden…


A. Villegas Glez. 2012


Dedicado a los defensores de Abarrán, de Igueriben, de la Intermedia A, y de todas las demás posiciones y blocaos que se defendieron hasta perecer todos, con los colores orgullosos de su bandera abrazándoles mientras se abrían para ellos las puertas del cielo de los valientes.


Imagen: Boceto de la posición de Igueriben. Autor desconocido


martes, 10 de julio de 2012

EN EL FIN DEL MUNDO. Expediciones españolas en el Pacífico Noroeste (II)

Una vez acabado el no sé cuántos conflicto con los ingleses, Nueva España, que había estado pendiente solamente de proteger el Galeón de Manila y la ruta hacia las Filipinas, volvía de nuevo a mirar al norte.
Las noticias sobre asentamientos permanentes de los rusos resultaban alarmantes y, además, los navíos ingleses se paseaban por nuestras aguas como Pedro por su casa.

Así que en marzo de mil setecientos ochenta y ocho zarpaban desde Puerto San Blas, el “Princesa”, al mando de Esteban José Martínez y el “San Carlos” con Gonzalo López de Haro.

Se daba el curioso caso -¿algo raro entre compatriotas, verdad?- de que los capitanes no podían ni verse el uno al otro y siempre que lo hacían acababa el encuentro en acaloradas disputas que, en más de una ocasión, les había llevado incluso a desenvainar los sables. 
Las dotaciones de cada barco, entre los que se encontraba como Segundo al mando y Piloto del “San Carlos”, José María Narváez, se persignaban mucho y tomaban partido- ¿qué raro, verdad?- por uno u otro bando siguiendo la española costumbre de dividirnos en facciones irreconciliables.

Sin embargo, y a pesar de las desavenencias, los desacuerdos y las discusiones por cualquier motivo, la expedición alcanzaría la bahía del Príncipe William en el mes de mayo. 
Cambiaría luego el rumbo al oeste para ir en busca de las factorías rusas y alcanzarían la isla de Kodiak en junio. 
Allí los esquimales les cuentan que muy cerca habían montado un gran campamento los cazadores blancos.

De Haro envía a Narváez para que se reúna con el oficial ruso de más alta graduación que encuentre en la bahía de Los Tres Santos, que era el enclave en el que los eslavos habían montado una enorme factoría para el procesado de pieles.
El ruso recibiría a Narváez y se pondría tan contento, que decide regresar junto al Segundo para entrevistarse y conocer al capitán.
Delarov, que así se llamaba el simpático y parlanchín oficial, informa a los españoles de que había seis factorías iguales y que la intención del Zar no era solamente la de quedarse allí, si no la de desparramarse más hacia el sur.
También les cuenta, entre tragos a un buen vino español, que una poderosa flota va a ocupar la isla de Nutka para construir allí la base de operaciones desde la que se extenderá el imperio ruso por la despoblada norteamerica.

Días después la expedición española se reunía de nuevo cerca de Unalaska, los barcos se habían separado con la excusa de poder explorar más territorio, aunque la verdad era 
que todo había sido para evitar que los capitanes acabaran hundiéndose a cañonazos.

Martínez había recibido la misma información de los rusos que tenían montada en Unalaska su más importante factoría peletera y que hasta mapas de la región le habían regalado. 
Mapas españoles robados o malvendidos y que que, el pobre Martínez,  miraba con mucha preocupación: 

- Entre éstos y los ingleses al final nos echan hasta más allá de Veracruz, ya verás- pensaba.

En agosto abandonarían Unalaska rumbo a casa.
La tensión entre De Haro y Martínez llegaba a tal extremo que se decide que lo mejor, de nuevo, era que cada barco navegase a su aire, como si no se conociesen de nada.
Martínez llegaría el primero a Monterrey, que era el punto de encuentro, y allí esperaría a sus compañeros.
De Haro se pasaría lo acordado por el forro de los aparejos y navegaría hasta el puerto de San Blas sin pasar por Monterrey.

El barco de Martínez llegaría casi un mes después y e
ncima el capitán sería acusado injustamente de faltas graves, de indecisiones y de cobardía.
Todo eran mentiras que quedarían convertidas en humo al año siguiente.

El Virrey de Nueva España lo pondrá al mando de una nueva expedición que tiene por objeto ocupar la isla de Nutka para evitar así que caiga en manos rusas, o peor, inglesas.

Con Esteban José Martínez como Comandante y De Haro de Segundo -que como podrán imaginar iba el hombre que trinaba, comiéndose las uñas de rabia y de indignación- zarpaban en febrero de mil setecientos ochenta y nueve directos a la isla de Nutka, que los españoles esperaban encontrar casi desierta pero en la que había más gente que en un zoco moruno.
Atracados en mitad de la rada había dos barcos.
El primero era de unos avispados colonos norteamericanos de los que solían comerciar con los indios y que, según su capitán, estaban allí refugiados a causa del mal tiempo aunque luciese un esplendido sol septentrional.
El otro barco era un paquebote inglés que pertenecía a un tal, John Meares.

El capitán Martínez no se cortó ni un un pelo. 
Ordena apresar el barco inglés, requisar la carga y expulsar sin contemplaciones del territorio español a los que, hasta hacía dos días, habían sido nuestros enemigos. 
Y gracias John Meares, que no te mando colgar de una verga- pensaba el capitán Martínez.

En la isla de Nutka se alzaría entonces un asentamiento que contaría con un pequeño fuerte, casitas y huertos.
Sobre aquella fría y lejana tierra se izó la enseña de España.

Al año siguiente se enviaron refuerzos.
Llegaron Francisco de Eliza con el navío “Concepción” y Manuel Quimper con el “Princesa Real”.
Venía con ellos la Compañía Catalana de Voluntarios, que fueron los que construirían el Fuerte San Miguel y se convertirían en los soldados españoles destinados más al septentrión del Mundo.
La isla de Nutka paso a ser la base para el aprovisionamiento y el descanso de nuestros exploradores que seguían abriendo camino como lo llevaban haciendo tres siglos.

A la isla llegaría la famosa expedición de Malaspina durante su búsqueda del Paso del Norte, más tarde también la visitarán hombres como, Cayetano Valdés y Alcalá Galiano durante su viaje buscando el mismo objetivo.

Sin embargo la ocupación de la isla de Nutka había provocado que a los ingleses les saltasen todos los plomos.
La Cámara de los Pelucones escuchó, muy indignada, dolida, solidaria y compungida, el relato que el capitán Meares les hizo de cómo los abusones españoles habían llegado para robarle su barco.

Inglaterra de inmediato olisquea el enorme y beneficioso negocio, además de nuevas tierras que anexionar a su imperio, y pone en alerta a su flota.
El guante estaba echado.

En España, Floridablanca, en un órdago desesperado, apelaría, o lo intentaría el hombre, a nuestros supuestos aliados franceses y a los Pactos de Familia que ambas naciones tenían suscritos. 
Aunque aquellos acuerdos solamente habían servido para hacer más poderosa a una de las partes a costa de hacer más miserable a la otra, pero en fin, era lo que había -pensaba el buen y sabio ministro español.

Pero en París el monarca francés se asomaba a una ventana que daba a la plaza de las Tullerías, que era por casualidad donde estaba instalada la guillotina, y se hizo el sordo, el mudo y el ciego.

La Asamblea había rechazado ayudar a los españoles en caso de conflicto:

- Y tú, Luisito, ojo con lo que solicitas...- le decían los revolucionarios mientras le medían el gaznate.

Así que nos vimos solos...

A España no le quedó más remedio que llegar a un acuerdo con los ingleses, que, si eran duros en la pelea, en la negociación lo eran más. Y si tenían detrás más barcos, más cañones y más dineros, pues qué les voy a contar.

Sin embargo las negociaciones transcurrirán en un clima de afecto y de respeto mutuo, cosa extraña entre dos naciones que se odiaban a muerte desde hacía siglos.
Pero es que, entre unas cosas y otras, en Francia al rey Luis lo habían quitado del tabaco y toda Europa, al menos todos los monarcas de Europa, habían sufrido un repentino sentimiento de solidaridad ante la perspectiva de que sus respectivos pueblos tomasen ejemplo de los franceses.
Así que ahora, y de un plumazo, éramos aliados contra los gabachos regicidas.

España abandonaría su asentamiento en Nutka y renunciaría a sus derechos al norte del continente.
¿Ya tenéis bastante no?- decían los ingleses entre risillas tontas sin querer acordarse de que, muy pocos años antes, un tal Blas de Lezo les había dado una soberana paliza bajo las murallas de Cartagena de Indias impidiendo que los ingleses pusieran los pies en Sudamérica.

En el año mil setecientos setenta y cinco la Compañía Catalana arriaba por última vez nuestra bandera del Fuerte San Miguel.
Jamás volveríamos...

Para finalizar un dato desconocido y muy curioso.
La actual isla de Vancouver, a la que pertenece la pequeña isla de Nutka, se llama así en honor del diplomático inglés al que le había tocado cerrar aquel acuerdo con España.
En dicho tratado -y escrito está- la isla debería llamarse: Bodega y Vancouver , puesto que tal honor había sido compartido con el oficial español que también había rubricado el tratado. 

Lo que pasa es que la memoria de George Vancouver se encuentra resguardada, protegida, amparada, mimada, recordada y enseñada en los colegios.

Juan Francisco de la Bodega y Quadra era español y encima criollo.
No me extraña que nadie se acuerde.

© A. Villegas Glez. 2012


Imagen: Desde un satélite la costa de Alaska y algunos enclaves de nombre español.

EN EL FIN DEL MUNDO: Expediciones Españolas en el Pacífico Noroeste (I)

La soberanía española de la costa oeste de todo el continente americano era algo indiscutible y reconocido por todas las naciones del mundo, desde la Bula Papal de mil cuatrocientos noventa y tres.
El posterior Tratado de Tordesillas firmado entre españoles y portugueses, que prácticamente se repartían el globo que se habían atrevido a explorar antes que nadie, rubricaba aquella soberanía.

Poco más tarde Vasco Núñez de Balboa se bañaba en el Mar del Sur dando uno de los primeros pasos 
en la extraordinaria aventura que protagonizaron nuestros ancestros.
Balboa al tomar posesión lo hizo de: “Todas las tierras que tocase aquel Mar del Sur”, o sea, desde Chile hasta Alaska, pero claro, ni Balboa ni nadie podía imaginar lo enorme que era aquel nuevo y desconocido continente.

Luego llegarían cientos y cientos de exploraciones, descubrimientos y viajes hacia lo desconocido, tantos que marea ponerse a leer documentos y legajos de aquellos primeros años.
Sería tan rápida la sucesión de acontecimientos y tantos los prodigios que se contaban de las tierras del sur del continente: los imperios inca y azteca, el Amazonas, las montañas de los Andes, las planicies argentinas, etcétera y etcétera, que muy pronto la zona norte quedaría relegada casi al olvido.
A las que, sin embargo, llegarían hombres como Juan de Fuca muchos años antes que el publicitado y reconocido James Cook.

El Virreinato de Nueva España se extendía más allá de la Alta California pero en dirección al norte apenas había expediciones salvo un ramillete de viajes que salieron buscando el legendario: “Paso del Norte”, que, según todo el mundo, debía existir por fuerza al igual que sucedía al sur para poder cruzar de un Océano al otro.

Todas aquellas aventuras se encuentran perdidas entre las crónicas de otras exploraciones y conquistas más importantes, igual que sucede con los papeles sobre los viajes españoles por Oceanía, que en los mapas antiguos estaba cuajada de islas y accidentes geográficos con nombres españoles que serían luego, muchos de ellos, cambiados por los anglosajones.
Nombres que les habían puesto nuestros intrépidos marinos en sus incansables viajes por el mundo entero y que fueron los primeros en llegar hasta allí. 
Australia, por ejemplo, se llama así en honor de los “Austrias”.

Pasaban los años y por el Pacífico solamente navegaban algunas naves portuguesas, los piratas y los corsarios que siempre asoman en el mar como las chinches en los colchones y, por supuesto, nuestro intrépido y rico Galeón de Manila, que era el barco que transportaba las sedas, las especias, las porcelanas y los caprichos caros de Oriente para los hidalgos y los cortesanos que habitaban en Nueva España o en la metrópoli.
Nuevos ricos que ni se acordaban de hombres valientes como Andrés de Urdaneta que era el que había descubierto las corrientes que permitían el Tornaviaje.

Así estarían las cosas más o menos durante dos siglos y pico. 
Hasta que a finales del siglo dieciocho los ingleses empezaron a olisquear el negocio en el norte y los rusos a montar grandes factorías peleteras en las costas de Alaska.

La Corona recibiría con alarma aquellas noticias.
Los ingleses andaban buscando también el ansiado e inexistente “Paso del Norte”, que les haría el recorrido hasta China y las especias mucho más corto y por tanto más barato. También perseguían, ¡cómo no!, ocupar aquellas tierras para su Graciosa Majestad.
Que, por cierto, y aquí entre vuestras mercedes y yo, maldita la gracia que tienen los reyes de la Pérfida.

El caso es que el que era Virrey de Nueva España, Antonio Bucarelli, decidió patrocinar una expedición hacia el norte en el año mil setecientos setenta y cuatro. 
La aventura la encabezaría el reconocido marino, Pérez Hernández que, tras afrontar muchas calamidades lograría alcanzar los 54º 40’ de latitud norte, quedándose muy cerca de su objetivo que estaba situado en los sesenta grados y muy cerca de las que actualmente se conocen como: Islas de la Reina Carlota, que serían bautizadas así por una expedición inglesa algunos años más tarde.

Al año siguiente, y en vista de que los rumores sobre los rusos montando factorías y de los ingleses dando por saco, eran ciertos, Bucarelli decide enviar otra expedición, esta vez mejor preparada y armada.
El galeón “Santiago”, el patache “San Carlos” y una pequeña goleta, “Nuestra Señora de Guadalupe”, que sería rebautizada por la marinería como “La Sonora”, fueron los barcos que compondrían la expedición. 
El mando recayó en un joven teniente, Bruno de Heceta, que llevaría a Hernández -que iba el hombre echando chispas- de Segundo al mando y contaría también con algunos de sus compañeros casi recién llegados de la Academia Naval. Eran los tenientes, Francisco Bodega y Quadra y Manuel de Ayala.

El viaje no empezaría demasiado bien ya que el capitán al mando del “San Carlos” enloqueció inexplicablemente a los pocos días de navegación.
Al teniente Haceta no le quedó más remedio que mandar el barco de regreso, bajo el mando de Manuel Ayala, con rumbo directo a San Blas y al manicomio para el pobre capitán Manrique, al que habían tenido que amarrar para evitar que se arrojase por la borda.
Sin embargo y para que vean lo que son las cosas del mar, aquella circunstancia adversa sería la que permitiría a los tripulantes del “San Carlos”, incluido su loco capitán, a ser los primeros europeos en poder contemplar y navegar por la famosa y cinematográfica Bahía de San Francisco.

El “Santiago” y el “Sonora” seguirían con rumbo norte persiguiendo el ansiado objetivo de llegar a los sesenta grados de latitud.
El nueve de julio de mil setecientos setenta y cinco, Haceta tomaría posesión en nombre de España de una preciosa bahía a la que bautizaron, de la Trinidad. 
Posteriormente, el día once, y ubicada en el actual estado norteamericano de Washington, de otra hermosa y fría bahía que hoy se llama, de Grenville.
Los españoles la habían bautizado, de los Mártires en honor de los hombres que bajaron a tierra para aprovisionarse de agua y que morirían todos a manos de una tribu indígena que, valiente, decidida y una vez acabada la masacre en la playa, intentaron abordar el “Sonora”.
El teniente Bodega y Quadra, dando sablazos que espantaban y arengando a voces que enervaban, lograría rechazar el abordaje.

Días después y a pesar de las bajas sufridas y de que el escorbuto empezaba a hacer mella en las dotaciones, los capitanes decidieron separarse para abarcar más territorio que explorar.
El “Santiago” llegaría hasta la actual frontera canadiense explorando el Estrecho de Juan de Fuca -¿recuerdan que ya había estado por allí?- y la desembocadura del río Columbia.
Durante muchos años en los mapas españoles, mapas que pagaban a precio de oro los ingleses, los holandeses, los rusos y todo el que pudiese echarles mano, la desembocadura del Columbia sería conocida como: Entrada de Heceta.

Los hombres del “Sonora” llegarían hasta la Bahía de Sitka, que está en Alaska y tomarían posesión de aquellas tierras bautizando el lugar como, Puerto Bucarelli en honor del que había pagado la expedición.
A un monte enorme que cortaba el horizonte le pusieron, Monte San Jacinto. 
Sería el mismo pico que, poco tiempo después y con todo el morro renombraría el inglés Cook como: Monte Edgecumbe, y así hasta hoy.

Quadra y el “Sonora” lograrían alcanzar los 59º norte.
Los hombres estaban agotados y casi todos muy enfermos y con muchísimo esfuerzo lograrían, casi de milagro, poner rumbo al sur.
Durante el retorno moriría el viejo explorador Pérez Hernández, al que todos respetaban y admiraban por ser pionero en las exploraciones y el
experto marino que había sido en vida. En el mes de noviembre la exitosa expedición llegaría, por fin, al puerto de San Blas, que era la lanzadera española para las expediciones que viajaban al frío norte.

Cuatro años después, en abril de mil setecientos setenta y nueve, las corbetas: “Favorita” y “Princesa”, al mando de Ignacio de Arteaga, con Bodega y Quadra de Segundo, zarparon de San Blas, de nuevo, con rumbo norte.
Sus objetivos eran verificar la existencia de las factorías peleteras rusas, encontrar el dichoso “Paso del Norte” y, si era posible y se daba la ocasión, capturar al marino inglés, James Cook, que iba por ahí cambiando el nombre de las cosas.

Los españoles llegarían a una bahía bautizada por Cook un año antes y que sería mundialmente conocida siglos después cuando en sus aguas azules se desangrase el petrolero “Exxon Valdez”.

Como aquello eran tierras bañadas por nuestro “Lago Español” -que así se había conocido al Océano Pacífico hasta hacía cuatro días- se tomaría posesión en nombre de España y se rebautizarían -con "tol" morro, por supuesto- Puerto Santiago.
Era un veinticinco de julio y se encontraba situado a  61º 17’ de latitud norte.
Por fin se habían superado los inalcanzables sesenta grados.

La expedición no encontraría ni rastro de rusos ni de James Cook, de éste muchísimo menos ya que, a aquellas alturas, al afamado marino inglés lo habían servido como platillo principal en las Islas Hawai.

Por aquellas fechas y para no variar estalla una nueva guerra entre España e Inglaterra. A los hombres de la expedición no le queda más remedio que forzar las velas y regresar a San Blas.
La guerra paralizaría las expediciones porque había que centrar todo el esfuerzo naval en proteger las Islas Filipinas y la ruta del Tornaviaje. 
Permaneciendo la Alta California y el puerto de San Blas a disposición del esfuerzo de guerra.
Así quedaría el asunto exploratorio en suspenso hasta la firma del Tratado de París.

Sin embargo la expedición de Arteaga-Quadra sería conocida y reconocida en toda Europa y los mapas, crónicas y diarios codiciados por nuestros enemigos y nuestros amigos. El afamado y reconocido explorador francés, La Perouse, no tardaría ni un segundo en adquirir una copia del mapa de la expedición. El listo.

Las expediciones se retomarían con mucha más fuerza y presencia cuando acabase el conflicto, pero todo eso, si me lo permiten, se lo contaré en la segunda parte.

© A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Establecimiento de Nutka. Actual Vancouver.

miércoles, 4 de julio de 2012

ASÍ MUEREN LOS HÉROES...

El calor pegaba la camisa verde sobre el pecho sudado de los legionarios que, mayestáticos, permanecían en formación y en espera de las palabras del hombre que les llevaba mandando poco más de seis meses.
El Teniente Coronel era un hombre muy culto, educado y preparado, además de un valiente soldado y un eficaz oficial. 
Un español nacido en Zaragoza que solamente por su imponente presencia física ya causaba respeto, luego una profunda y sincera admiración inundaba a todo el que le trataba.
El oficial miraba a sus hombres casi de uno a uno, y a pesar de que había tres Banderas en la formación, cada uno de los legionarios se estremecía imaginando que el Jefe les estaba mirando a él y no a otro.
Se estremecieron más todavía, hasta el tuétano de los huesos, cuando el oficial empezó a hablar contándoles que, en lo alto de la loma de Tizzi Assa, en la posición llamada: Blocao Benítez, los valientes soldados del Regimiento de Infantería de Isabel la Católica, llevaban resistiendo el duro asedio al que los tenían sometidos los moros todo el mes de mayo.

Aquellos "pistolos", sin agua, sin munición y solos en mitad del territorio enemigo les estaban enseñando al enemigo lo que valía la Infantería española.
En los mensajes del heliógrafo solamente pedían municiones, agua y víveres para poder seguir resistiendo ya que, en el blocao, nadie quería rendirse...

Así que los legionarios, fieles a su Credo, debían llegar hasta la posición para socorrer a aquellos valientes que seguían defendiendo, con uñas y dientes, la bandera roja y amarilla que ondeaba sobre sus cabezas.
¡No se les podía abandonar a su suerte!

Algunos de los duros legionarios lloraron de emoción cuando terminó la arenga de su Jefe y a
 todos y cada uno les nacía desde lo más profundo del corazón unas ganas locas de subir hasta la ensangrentada loma de Tizi-Azza y sumarse a la defensa junto con aquellos valientes:

- “Llevaremos el convoy o pereceremos todos en el intento porque nuestra raza no ha muerto todavía…”
Alrededor del oficial volaron los chapiris hacia el cielo africano.


Los moros oyeron aquellos gritos enardecidos y dentro de cada trinchera, parapeto, cueva y barranca, un frío glacial les recorrió la espalda.

La mañana del cinco de junio de mil novecientos veintitrés amaneció luminosa, con los pinos, el romero y el tomillo inundando el aire de olores mediterráneos. 

Al muecín de la cábila de Tarfesit se le oía rezar en la distancia. 
Aquella fue la señal de salida para las columnas de Regulares y de Legionarios que comenzaron el avance contra las posiciones enemigas.

Era un asalto de los duros, con el camino lleno de recovecos desde los que les disparaban, de huecos desde los que aparecían los kabileños con la gumia entre los dientes, un camino cuajado de trincheras y de pozos de tirador que convertía el avance en un goteo incesante de muertos y de heridos.
Los contendientes se destrozaban sin compasión.

A la bayoneta, a cuchillo, a base de granadas de mano y de tiros a quemarropa, entre el sudor, la sangre, el polvo y las chumberas.

En la Loma Roja el avance español se ve detenido por un muro de fuego. 
Los rifeños apostados en las alturas disparaban descargas cerradas y precisas que acababan con todo el que intentaba subir la cresta.
Se apiñaban los hombres en la barranca a los pies de la loma mientras los moros disparaban a placer y las líneas se tambaleaban. Algunos hombres retrocedieron espantados.
Parecía que, de nuevo, los valientes del Blocao Benítez tendrían que apañárselas ellos solos. 

Parecía que los kabileños volvían a ganar.
Pero no. 

Entre la nube de disparos y cañonazos, entre el polvo y el humo, apareció de repente la imponente figura del Teniente Coronel con la pistola en la mano que salía enardecido de su refugio, una piedra gorda acribillada a balazos, y enarbolando el gorrillo legionario en la otra mano gritando con el pecho inflamado que rebosaba valor y heroísmo:

- ¡¡¡ A mí los valientes!!! ¡¡¡Viva La Legión!!!  


Gritaba el oficial hasta desgañitarse mientras corría, a pecho descubierto, loma arriba contra las trincheras enemigas.
Los primeros que le siguieron, dando bayonetazos y pagando tiros como demonios fueron los enlaces, oficinistas y oficiales de su Plana Mayor.

Detrás, los siguieron cientos de legionarios echando espumarajos por la boca, gritando barbaridades y dispuestos a llegar a la cima o hasta el infierno.

Los duros combatientes kabileños recularon espantados ante la masa verde que se les echaba encima, turba que no dejaba tras de sí más que agujeros llenos de enemigos destripados.

Aunque los españoles también pagaban el precio. 
Y, ¡qué precio!

Valenzuela es alcanzado de lleno por una descarga. Siete balazos se clavaron en el pecho valeroso. 

El héroe cae contra el polvo africano y el enemigo quiere llevarse el cadáver para profanarlo, para hacerlo pedazos con sus cuchillos.

Ya estaban los moros casi encima del cuerpo cuando los cornetas de la Compañía que quedaban con vida se abalanzan contra ellos y los detienen a dentelladas hasta que caen todos abatidos defendiendo el cuerpo sin vida de su oficial.

Un joven Alférez de nombre: Pablo Sendra, reúne a los veinte hombres que le quedan de su Sección, rodea el cuerpo de Valenzuela y de los que tan bravamente lo habían protegido y allí morirán todos defendiendo el Espíritu Legionario de no abandonar jamás a un hombre hasta perecer todos…

Los moros no consiguen echarle mano al cadáver. T
ampoco resisten el arrollador ataque que había encabezado el héroe.
Se logra traspasar la Loma Roja, el barranco y el poblado de Tizzi Assa, se llega hasta el blocao y se meten municiones, víveres, refuerzos y agua en la acosada posición.

Desde el cielo de los valientes, el Teniente Coronel Valenzuela miraba orgulloso a los hombres que enarbolaban la bandera de España.
Miraba abajo y sonreía mientras pensaba que todavía había esperanza y futuro, que no todo estaba perdido ni acabado, que mientras hubiese hombres así, como los de allí abajo, era cierto lo que les había dicho a sus legionarios:

Que nuestra raza no había muerto… Todavía.

Al menos no lo había hecho el cinco de junio de 1923, cuando teníamos oficiales como él y soldados como los que le siguieron a la muerte sin dudar un momento aquella luminosa mañana africana de hace ahora ochenta y pocos años…


A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Fotografía del Tcol. Valenzuela


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