miércoles, 23 de enero de 2013

DON SANCHO DÁVILA Y DAZA. El Rayo de la Guerra.


Cuando Sancho nació, una tormenta anunciaba que aquel  niño estaba predestinado a blandir espada y daga,  a convertirse en uno de los mejores capitanes de aquel tiempo lleno de grandes capitanes y de hombres valientes que los seguían a donde hiciese falta.

Hijo de don Antonio Blázquez de Ávila y doña Ana de Daza sus padres le encaminaron desde la tierna infancia hacia el sacerdocio y el servicio a la Iglesia, así que muy joven lo envían a la mismísima Roma para que estudie Teología y sea ordenado sacerdote lo más pronto posible.
Sin embargo a Sancho lo que le gusta es la milicia, envidia a los soldados españoles que pululan por la Ciudad Eterna y desea ser uno de ellos por encima de todas las cosas.

En mil quinientos cuarenta y tres cuelga los hábitos, deja los libros de rezos y se alista en el Tercio de Don Álvaro de Sande, que está preparándose para salir hacia el norte, hacia Alemania, donde los protestantes se han alzado en armas y están exterminando católicos sin compasión por todos los Principados alemanes, extendida la furia iconoclasta como barril de pólvora.
Sancho Dávila aparece por primera vez en la Historia en el año mil quinientos cuarenta y siete, tenía veinticuatro años, cuando junto a otros nueve españoles se arroja sin dudar a las heladas aguas del río Elba, lo cruzan, desollan vivos a unos tudescos que guardaban un puente de barcas que allí tenían oculto, lo roban y tras tan enorme hazaña, el Emperador Carlos y el Ejército Imperial pueden cruzar el caudaloso río y propinar a los herejes la paliza de Mulhberg, donde acabó de un plumazo con la rebelión y la arrogancia del enemigo.

Felicitado por el mismísimo Emperador, regresa con su Tercio a Sicilia donde participará en la callada pero sangrienta batalla mediterránea que España sostiene contra los otomanos.
Es capitán de infantería española cuando se embarca en la desastrosa campaña contra la Isla de Gelves, donde herido es hecho prisionero por los turcos, y gracias, pues su cabeza no será una con las que se construya la Torre de las Calaveras, donde se apilarán en terrorífico monumento, las de los tres mil españoles caídos tras defender durante dos meses la ciudadela, con Álvaro de Sande y su gente enrocados tras las murallas matando turcos como demonios.

Dávila es rescatado al año de cautiverio y en recompensa a las fatigas sufridas el rey Felipe le concede la Castellanía (gobernación) de la hermosa ciudad italiana de Pavía, en la que tan solo se mantiene un año, y no por gusto, pardiez, sino porque el Duque de Alba le reclama a su servicio, para lo que Dávila, de su bolsillo, claro, recluta una compañía de caballería que se convertirá en la escolta personal del Duque en Flandes, corría el año mil quinientos sesenta y ocho.

El Rey le nombra Gobernador de la Ciudadela de Amberes, donde Dávila, pese a quejarse de la falta de medios y hombres, no tiene ni la mitad de los que debería tener para defender un perímetro como el de la ciudadela, arregla revellines  y baluartes.
Los rebeldes holandeses de nuevo incendian Flandes y Sancho Dávila no es ajeno a los vaivenes de la guerra, derrota en el río Mosa al enemigo, que le derrota e hiere a él mismo en Quesnoy, para después rehecho perseguirlo hasta muy lejos, pasado el gran río Rin hasta Dahlem, donde arrolla y destroza al enemigo.  Estará en las filas de su Tercio en  Gemingen donde el enemigo no encontró esquina donde ocultarse y que gracias al arrojo de Dávila y sus hombres, que impidieron que los holandeses abriesen las esclusas con lo que se habrían ahogado todos, se ganó la batalla.

Marchando por la región de Frisia, se encuentran al enemigo atrincherado al otro lado de un canal, sin dudarlo, ya tenía el valiente Dávila experiencia en cruzar cursos de agua, se arrojan con los caballos y agarrados a las crines y las colas de las bestias, la compañía de Dávila cruza y derrota a los sorprendidos enemigos,  en Tilermont poco después pasa a cuchillo a ochocientos enemigos en una sangrienta encamisada.

Vino luego un periodo de cierta paz, hasta que de nuevo los cabezones rebeldes holandeses se alzan en armas  de nuevo contra el Emperador.
Sancho Dávila en el año setenta y dos de siglo acude en ayuda de los sitiados de Midelburgo que están acosados y casi a punto de capitular, cuando llegan Dávila y sus hombres y  espantan al enemigo, levantando el asedio, tras recia carnicería, pero no contento lo persigue hasta el puerto de Arnemuinden, donde captura unos cuantos barcos enemigos, los carga de infantería y se lanza directo  contra la nave capitana enemiga a a la que meten fuego, el resto de la flota holandesa huye despavorida.
Desde este combate amigos y admirados enemigos como el gabacho Brantome, le bautizan con el sobrenombre de “El Rayo de la Guerra”

Mil quinientos setenta y tres,  el viejo Duque de Alba se retira de Flandes y deja su puesto a Don Luís de Requesens, que de inmediato ordena a Dávila que se ponga al mando del ejército, por ser el más bravo y capacitado de sus capitanes.
Sancho lo demuestra en Mastrique, donde tras rezar junto  a sus ochocientos hombres y al grito de ¡Cierra!, acometieron los adarves pasándose por la piedra a mil y pico enemigos y permitiendo que las banderas del Rey Católico ondeasen en la ciudad rebelde.

Al año siguiente, ocupando el centro del ejército español destroza a los holandeses en Mook, donde se dejaron los herejes treinta y pico banderas y estandartes, además de cañones, pertrechos y una suma incontable de muertos y heridos. Por tan gran victoria el viejo Sancho Dávila, que tiene cincuenta y un años , más de la mitad de briega flamenca en las espaldas,  recibió  en agradecimiento, una carta manuscrita del mismísimo Emperador.
Generoso que te cagas el monarca…

De esta manera, de gobernador de la Ciudadela de Amberes, se ve, en octubre de mil quinientos setenta y seis rodeado de enemigos por los cuatro puntos cardinales, que llegan hasta los mismos adarves de la ciudadela pues los mercenarios tudescos que defendían el perímetro se han pasado tan ricamente al enemigo.

Setecientos españoles están dentro de los muros, dispuestos a morir todos antes de rendir la fortaleza, los ciudadanos de Amberes montan chiringuitos y puestos de pescado frito cerca de allí, las multitudes aplauden cada vez que un cañonazo, abre brecha en las murallas almenadas y algún compatriota acaba hecho puré contra las piedras. Ningún refuerzo ha podido pasar las líneas enemigas, todo parece perdido.

Hasta que aparecen por el horizonte dos mil soldados veteranos españoles, desharrapados y hambrientos, los mismos que se habían amotinado en Alost porque ya no quedaba ni cuero para roer, ahora avanzaban con ramas de laurel en los morriones, seguros de la victoria, causan tanto pavor entre el enemigo, que llegan sin apenas resistencia hasta la ciudadela, donde son recibidos con gritos de júbilo y alegría.
Juan de Navarrete el capitán electo de los amotinados, se abraza a Dávila, deseando asaltar al enemigo y ocupar la ciudad, Dávila le sugiere que descansen y coman, luego se atacará, entonces Navarrete le dice:

-        - “Señor capitán, venimos a comer en el paraíso o a cenar en Amberes.”

Y las tropas se lanzaron al ataque y lo enemigos huyeron y los que aplaudían y chillaban jubilosos en los chringuitos chillaban ahora aterrados mientras  Amberes ardía por los cuatro costados y los españoles avanzaban calle por calle y solamente Dios reconoció a los suyos durante aquellos días.

Llegó después el Edicto Perpetuo que duró menos que un indígena con viruela y Sancho vio interrumpida su estancia en España (¡ah, la patria), pues Don Juan de Austria se había refugiado en Namur y solo Luxemburgo se mantenía fiel al Rey.
Y allí fue Sancho Dávila, con cincuenta y cinco primaveras de la época en el lomo Camino Español arriba, ¡perra suerte!...

Sin embargo, la muerte repentina de Don juan, y la vuelta a la calma en el teatro flamenco, hacen que Dávila regrese a España con el nombramiento de Capitán General de la Costa de Granada y  la misión de luchar contra la piratería berberisca que asola las costas.

Al pasar la corona portuguesa a manos de Felipe II, Sancho Dávila regresa a la guerra, ahora en el frente portugués contra el pretendiente Prior de Crato.
Tras la derrota de éstos en la batalla de Alcántara, el Duque de Alba ordena al “Rayo” que persiga y aniquile al enemigo, cosa que Sancho hace con tanto ardor y buen mando, que hasta conquista Oporto, dando la campaña por terminada, corría el año mil quinientos ochenta.

Tres años después, Sancho Dávila enfermaba gravemente por una infección mal curada de una herida  que la coz de un caballo le había causado, moría en Lisboa el ocho de junio de mil quinientos ochenta y tres a la edad de sesenta años.

Hasta el mismo Emperador lloró su muerte y publicamente reconoció que había perdido a uno de sus mejores soldados.
Reposa en la Capilla Mayor de la iglesia de San Juan Bautista en la pequeña, hermosa y llena de Historia en cada esquina, ciudad de Ávila.

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