sábado, 29 de junio de 2013

LOS COJONES INTACTOS. DON BLAS DE LEZO Y OLAVARRIETA.

Pasajes, Guipúzcoa, España. 3 de febrero de 1689.

Entre la espuma del embravecido Mar Cantábrico, entre sus olas grises y negras, entre los bramidos del viento, viaja, hasta las costas inglesas el llanto de un recién nacido.
Cuentan los lugareños que los acantilados blancos de Dover se tornaron más pajizos si cabe cuando el llanto de aquel bebé arribó hasta allí.

Le bautizaron Blas y naciendo en dónde había nacido su vida, desde la cuna, estuvo pegada al mar, a los vientos, a las mareas y a los cálculos y las maniobras navales. Su familia de vieja estirpe marinera le envía a estudiar a la Francia de Luis XIV. Con tan sólo doce años ingresaría como Guardiamarina en la Armada Francesa bajo las órdenes del mismísimo hijo del rey gabacho, el Conde de Tolosa (Touluse).

Entonces es cuando va "El Hechizado" y la casca. Europa entera se relame entonces ante la perspectiva de repartirse el suculento Imperio Español.
Aquí -como es costumbre- nos dividimos en bandos irreconciliables y montamos la pajarraca, como no podía ser de otra manera.

Blas de Lezo sale con la escuadra francesa desde Tolón para unirse a unas pocas galeras españolas que se encuentran a la altura de Vélez- Málaga.
Una vez allí, lo que se encuentran también es a una poderosa flota combinada anglo-holandesa.
El combate es muy igualado, cañonazo va y cañonazo viene, los navíos se machacan unos a los otros con saña.
La batalla queda en tablas pues los dos contendientes tienen barcos dañados, desarbolados y muchos muertos que arrojar al mar.
También hay heridos graves. Como el jovencísimo marino vasco -quince años tiene el chaval- al que una andanada inglesa le ha arrancado media pierna izquierda, a pesar de lo cual, había seguido combatiendo con valor y gallardía.
Don Blas continuó peleando hasta que lo llevaron a rastras hasta el cirujano de a bordo, que sin anestesia, mordiendo nuestro compatriota un cacho de cuero, le amputó de rodilla para abajo, nuestro héroe aguantó la operación sin derramar una sola lágrima.

Luis Alejandro de Borbón queda tan impresionado por la fortaleza, el valor y la luz decidida que ve brillar en los ojos del muchacho que recomienda a su padre -el Rey- que lo recompense, y éste lo hace.

Ascendido en el año 1704 a Alférez de Bordo Alto y propuesto para que se quede en la Corte y allí se recupere de su terrible herida. Don Blas lo rechaza y en cuanto puede se embarca de nuevo.
Ahora Blas de Lezo lleva una pata de palo por debajo de la rodilla y durante las noches, en cubierta, los hombres pueden escuchar los pasos de su joven alférez - ¡tacac, tacac, tacac, tacac!-que mira las estrellas y respira el aire del mar, de su mar.

Participa, siempre demostrando su pericia como marino y su valor a toda prueba, en los socorros a las plazas asediadas de Palermo y de Peñíscola.
Don Blas quema hasta la perilla, junto con su barco y su tripulación, el navío inglés "Resolution" y apresa otros dos barcos enemigos que serán llevados al puerto de Pasajes.

Llega su ascenso al grado de Teniente de Navío y el bravo vasco es destinado a Tolón.
Allí en el año 1707 defenderá -esta vez en tierra- el fuerte de Santa Catalina del ataque saboyano. Estando siempre en las murallas animando y arengando a sus hombres, peleando el primero, echándole al asunto los mismos huevos que en el mar. O más.
La defensa de Santa Catalina le cuesta a Blas su ojo izquierdo al reventarle tras un pepinazo enemigo que levantó una nube de esquirlas de muralla y que por poco no los envía a todos juntos con San Pedro. A varios, por cierto, sí que los envió por la vía directa, hechos migas por la andanada.
Blas de Lezo tiene apenas dieciocho años.

Su siguiente reto es meter en la sitiada Barcelona -porque la Ciudad Condal estaba del lado de Felipe y no de Carlos- y la escuadra inglesa la tenía asfixiada, muerta de hambre y a pique de rendirse.
A Lezo le asignan la tarea de meter, a toda costa, refuerzos y pertrechos en la ciudad.
Así que se inventa un truco. 
Ordena meterle fuego a unos haces de paja enormes que echa en mitad del mar, y entre el humo que provocan, se van colando sus cargueros, mientras él y sus hombres cañonean sin compasión a los ingleses con unos artificios incendiarios invención también del joven oficial.

En 1710 asciende a Capitán de Fragata y con una de estas rápidas, veleras pero poco artilladas naves, consigue apresar unos cuantos barcos enemigos y de regalo le da una soba terrible al navío de mucho mayor porte y artillería: "Stanhope" de bandera inglesa. 

El llanto de aquel niño de Pasajes se había convertido en grito atronador al son de los cañones de a dieciocho.
Durante este combate Blas de Lezo recibió nueve heridas, de bala, de sable, de cuchillo, de dientes... Pero no dejó de atacar y de ordenar maniobras hasta abarloarse al inglés -se cagaron los hijos de la Pérfida por la pata abajo al verse entre los garfios de abordaje- y batirse junto a sus hombres hasta que el inglés dijo basta y arrió la bandera. ¡Con dos cojones!

Fue ascendido de inmediato a Capitán de Fragata y al año siguiente recomendado por su propio Almirante, impresionado por la valía del vasco, a Capitán de Navío.

En el año catorce del nuevo siglo -lo que son las cosas- participa en el ataque a Barcelona, en dónde las tropas aliadas hacían y deshacían a su antojo y resistían los ataques por tierra del Duque de Berwick.
Durante el ataque, Don Blas, que va siempre en cabeza y cara al enemigo, recibe un disparo en el brazo que le quedará ya inutilizado de por vida.
Ahora en el lado derecho, para variar a cosa y que pueda mantener el equilibrio sobre el castillo de popa, debió pensar nuestro valiente Capitán.

Tenía veinticinco años y había entregado a la patria una pierna, un ojo, un brazo -o remo- y muchos pedazos de carne y de pellejo, que, a pesar de su juventud, ya tenía recosido en mil sitios.
Los huevos los seguía manteniendo intactos.

En 1715 desembarca en Mallorca que se rinde sin disparar un tiro. Su fama es ya tan inmensa que todos se descubren respetuosos ante él cuando oyen sus inconfundibles pasos -¡tacac, tacac, tacac, tacac!-, y Don Blas responde educado y cortés, ¡que para algo estudié en un colegio gabacho, coño!

En esta época tendría su primer contacto con Las Indias.
Con una escuadra hispano-francesa al mando de Urdizu llega hasta los llamados Mares del Sur, o sea las costas del actual Perú y Chile, que estaban atestadas de piratas y de corsarios que daban mucho por saco en aquellas aguas una vez que el viejo Caribe había quedado casi limpio de ellos.

Como no podía ser de otra manera Blas de Lezo persigue, combate y vence al enemigo allí en dónde le encuentra, sobretodo desde que es nombrado Jefe absoluto de aquella escuadra una vez se habían retirado les aliées franceses.
Encima al veterano marino le había dado tiempo de casarse con una joven y guapa criolla limeña, a la que le hace un bombo en menos que canta un gallo.
Ya saben, todo en su sitio.
Durante los años bajo su mando, ni un solo pirata, corsario o bucanero se atrevió a navegar cerca de los barcos de la armada de Lezo.

En el año 1730 el mismo Rey le reclama con urgencia.
La escuadra del Mediterráneo estaba hecha un asco y encima los genoveses le estaban tocando las soberanas narices y se habían quedado -¡por toda la cara don Blas!- con dos milloncejos de reales que se negaban a entregar a España.

- ¿Ah, sí?, no se preocupe Majestad, cuente con la guita- ¡tacac, tacac, tacac, tacac!

Blas de Lezo arriba hasta el mismísimo puerto de Génova, allí abre las portas y enciende las mechas de los cañones y les da a los banqueros genoveses unas pocas horas para entregar el dinero y, por tocar los cojones, enarbolar la bandera de España hasta que se les cayesen las muñecas y todo esto bien a la vista de la gente, que se enterasen de quién mandaba.
O éso o empezaría a bombardear hasta que pulverizase el puerto, la flota y la ciudad entera.
Los genoveses entregaron el dinero sin chistar y luego enarbolaron el paño mientras Don Blas los miraba, con su único ojo entrecerrado, y las tripulaciones contenían la risa y las ganas de arrearles unas cuantas andanadas a aquellos hideputas.

En recompensa Lezo recibirá para su barco un estandarte con las Armas Reales, la Orden del Espíritu Santo, el Toisón de Oro y toda la demás parafernalia.
También lo envían a Orán, a ver si puede meter cien lanzas, o más.

Don Blas, las mete.

Llega hasta allí y rinde la plaza, luego cuando los moros se enteran de su partida, regresan y atacan a la pequeña guarnición que había dejado.
Enterado a mitad de camino, Lezo ordena virar en redondo y entra de nuevo en la bahía de Orán para espanto de las tropas argelinas de Bey Hassan que huían despavoridas por mar y por tierra.
La nave capitana española, con Blas de Lezo en el castillo, persigue con saña al barco de su enemigo Hassan, que fuerza velas para meterse, muy chulo y seguro, en la bahía de Mostagán, en dónde se cree a salvo de los españoles.
No sabía bien Bey Hassan a quién se enfrentaba. Ni al par de huevos que le echaba al asunto de la guerra.
El barco de Lezo entra en la rada a cañonazos, a pesar de los dos fuertes que defienden su entrada y que ahora reciben andanadas certeras desde el navío de Lezo, luego cañonea el barco de su enemigo hasta que lo hace arder y se larga sin dejar de darles candela a los fuertes enemigos.
Mientras se quedó por allí, no hubo ningún intento más de tomar Orán, ni ningún otro sitio.

En 1734, con cuarenta y tres tacos en el lomo recosido, el Rey lo asciende a Teniente General de la Armada. Permanece un tiempo entre Cádiz y la Corte, de la que huye como de la peste y que le provoca escozores, por lo que pide al Rey, el mando de algo, de lo que fuese, aunque sea un patache,éso sí, artillado para poder dar bien por saco a nuestros enemigos.

El día tres de febrero del año 1737, Don Blas de Lezo sale de Cádiz al mando de ocho galeones, su destino: Tierra Firme, Cartagena de Indias, Nueva Granada, España.
No imaginan los ingleses la que les espera.

En noviembre del año treinta y nueve ya estábamos, otra vez, en guerra contra los ingleses.
Consiguen tomar Portobello que cae sin apenas resistencia y su General, un tal Eduardo Vernon, eufórico, se apresta entonces a atacar la ciudad de Cartagena de Indias, pensando que tomará la plaza y que Inglaterra al fin, pondrá los pies en Sudamérica.

Había reunido para ello la mayor flota jamás vista, mucho mayor que La Felicísima del buen Felipe II, una flota atestada de cañones, de infantería de marina, de negros macheteros jamaicanos y hasta de un hermano del futuro primer Presidente yanqui con una compañía de voluntarios de no sé dónde.

En marzo de mil setecientos cuarenta y uno la enorme flota inglesa apareció en la bahía de Cartagena.
El presuntuoso Vernon y el arrogante Lezo se habían carteado muy finamente el uno al otro un poco antes de la aparición del inglés.

Ya saben:

- Tomé Portobelo y tomaré Cartagena sin pestañear, don Blas...

- ¡ Y unos cojones vas a tomar tú, Ternerón, Cuernón o como coño te llames...!

- ¡Pasaré a todos a cuchillo...!

- ¡Pues aquí estamos...!

Y cosas así que se decían uno al otro.
Mientras el de Lezo discutía con el Gobernador Eslava -a veces de muy malas maneras, como buenos españoles- y preparaba las defensas.

Vernon, en la cámara de su navío, diseñaba unas medallitas conmemorativas de la victoria para mandárselas a su rey Jorge, con la noticia de la toma de Cartagena.
Y hasta fecha les pone, el imbécil. Uno de abril, escribe.

Los ingleses bombardean sin descanso los fuertes que guarnecen la ciudad.
Silencian los fuertes de Santiago y San Felipe y después, tras dieciséis días de bombardeo continuado, se abandona San Luis de Bocachica.
Luego caería Bocagrande, siendo inútiles los barcos españoles hundidos a propósito para impedir, o tratar de impedir, la entrada de los ingleses en la bahía, pero no se consigue tal objetivo y Don Blas rechinaba los dientes por sus barcos perdidos.

Los defensores que quedaban con vida se refugiaron en el Castillo de San Felipe de Barajas, último bastión y reducto que les quedaba a los españoles.

Vernon entonces muy seguro de sí, envía la noticia a Inglaterra -y su diseño de las medallas con la fecha- de que Cartagena de Indias se había rendido y que Don Blas había caído humillado a sus pies.
Tal y como se describe, tan gráficamente, en el bocetillo que envío a Su Majestad -escribe Vernon a su Rey, exultante.

Bombardea, por supuesto sin descanso, el Fuerte de San Felipe.
Pero como los españoles no se ablandan decide atacar Cartagena por la parte de tierra.
Desembarca a sus tropas que se internan en la selva, allí pasarán los ingleses las de Caín -¡que se jodan!- entre la malaria y los ataques fugaces, salvajes y sangrientos de los milicianos que hay por toda la zona, y que salen de entre las espesuras como espectros para matar unos cuantos casacones y desaparecer luego como por arte de magia.

Cuando llegan hasta las murallas de Cartagena resulta que la única entrada posible es una estrecha rampa y que allí hay trescientos tíos armados con espadas, picas, dagas, hachas y de todo lo que pincha, corta y taja, con una cara de mala leche que da espanto.
Don Blas los había puesto allí escogidos y seleccionados de entre sus mejores soldados y ellos se lo demuestran al viejo marino matando a más de mil enemigos en la rampa.
Ninguno se acercó siquiera a las puertas. 

Aquello y la malaria y los guerrilleros y los mosquitos y los de la puerta y los que asoman por los adarves hace que a los ingleses les entre un canguelo de los que te cagas, la moral baja que dice el eufemismo militar.

La noche del veinte de abril -ya habían pasado diecinueve días desde la fecha indicada en la medalla de los cojones, pensaba Vernon- y aquellos hideputas de los españoles ni se rendían ni parecían tener ninguna gana de hacerlo.
Con el maldito cojo, tuerto y manco choteándose de él desde las murallas. El hideputa.

Por eso, aquella noche ordena un ataque masivo con escalas y los negros estos delante, que se lleven la plomada española, así alguno llegará a las murallas, las escalará y entrará dentro.
O ese es al menos el plan del desesperado Vernon, que al contrario que su homólogo español, no aparece por las murallas ni en pintura.

Mientras avanzan los ingleses los negros y los virginianos caen como moscas.
La artillería y la fusilería española los destroza mientras se acercan a los muros.
Cuando llegan -los que llegan- van y se encuentran con la sorpresa de que las escalas resultan cortas.
Y es que el astuto vasco había ordenado que se excavase un pequeño foso alrededor de la muralla. 
¡Poca cosa muchachos, lo justo por si echan escalas, que no alcancen!

Los ingleses se quedaron allí abajo sin saber que hacer, espantados y con la cara de haba dibujada en el rostro -what?- por supuesto los defensores aprovecharon y descargaron contra ellos todo lo que tenían.
La noche se iluminaba con las descargas cerradas de mosquetes y de vez en cuando de un cañonazo de metralla disparado a quemarropa.

Cuando amaneció había montones de cadáveres de enemigos rodeando las murallas. Revoltillos de miembros desgajados y de tripas esparcidas. Olía ya que daba asco.

Cosa que no impidió que, nada más amanecía y siguiendo las órdenes tajantes de Don Blas, los españoles atacasen a la bayoneta contra los ingleses supervivientes.
Corrieron entonces los hijos de la Pérfida espantados hasta los embarcaderos, abandonando a los heridos, los carros de vituallas y de municiones, dejándose atrás las banderas, banderines, banderolas y los cañones, la pólvora y los mosquetes, abandonando en las playas de Cartagena sus banderas y su orgullo.

Los españoles seguían atacando y matando a todo lo que por delante se les ponía, hasta que el último inglés reembarcó y los navíos se alejaron prudentemente de la orilla:

- No vaya a ser James que esos salvajes nos aborden

- ¡San Jorge nos asista!

Eduardo Vernon se comía despacito los diseños y los dibujos de sus monedas conmemorativas, así como las cartas que le había ido enviado "aquel cojitranco de los huevos".
Sin aceptar su derrota mantuvo el martirio y la vergüenza de sus hombres bombardeando Cartagena durante treinta días más.
Cada día lo hacían desde un poquito más lejos:

¡Que se oyen martillazos James!, no vaya a ser que el Lezo esté construyendo un barco.

De esta manera a finales de mayo de mil setecientos cuarenta y uno, lo que quedaba de la anteriormente flamante y más poderosa flota de guerra que jamás había surcado los mares, se retiraba derrotada de las aguas españolas, con el General Vernon mirando por el catalejo a un Blas de Lezo que se agarraba cierta parte de la anatomía humana, seguro de lo que estaba diciendo, el muy cabrón:

- ¡Tócate los cojones Ternerón, o Cuernón o como coño te llames!

Don Blas de Lezo había recibido heridas graves durante la defensa, negándose siempre a abandonar su puesto y siendo alma y el ejemplo para los defensores.
Poco después del ataque británico enfermó de peste por la epidemia que se había desatado debido a los miles de cadáveres insepultos -sobre todo ingleses- que había alrededor de Cartagena de Indias.

Murió Don Blas el día siete de septiembre.
Tenía cincuenta y dos años y mantenía los huevos intactos.

Hoy en día muy pocos españoles conocen quién fue Don Blas de Lezo, olvidado, mancillada su honra y su recuerdo. Repudiado por aquellos a quien defendió con tanta bravura.

Valgan estas humildes letras como homenaje a un hombre que nació en Pasajes y que cuando nació, su llanto había hecho que los blancos acantilados de Dover palideciesen. Más todavía.

© A. Villegas Glez.

























martes, 25 de junio de 2013

UN PUÑADO DE ESPAÑOLES. MANILA 1945

Tal y como había prometido el general estadounidense Douglas Mac Arthur había regresado a las Filipinas. Los japoneses se retiraban en todos los frentes y su derrota inevitable se alargaba en agonía interminable.

El día tres de febrero de mil novecientos cuarenta y cinco, las tropas norteamericanas liberan a los prisioneros del Barrio España de la capital filipina y el general, que para arrogante, sus cojones, el día seis declara que Manila está prácticamente tomada y que preparen un desfile que él quiere pavonearse.
Mientras los japoneses se atrincheran, siembran minas y comienzan a perseguir y a matar a todo el que se le pone por delante, hombres mujeres y niños.

Comienza la batalla de Manila. Comienza el horror.

Desde Tokio se ordena resistir a toda costa y quince mil soldados nipones utilizan los muros de la antigua y bellísima arquitectura colonial española como defensa y resguardo. Los norteamericanos no dudan un momento (¡qué coño valor histórico si esto no es Wisconsin!), y utilizan la artillería para ablandar la enconada resistencia japonesa. 

Para entretenerse entre los bombardeos y los asaltos de la infantería yanqui, que avanza a base de lanzallamas, bazucas y granadas de mano, los soldados japoneses siembran el terror entre los civiles. Especialmente entre los súbditos extranjeros, aliados o no que encontraban a su paso.

El diez de febrero en el Club Price, los japoneses obligaron a los incautos refugiados que estaban allí resguardados del intenso bombardeo de aquella mañana, a salir al patio del edificio en dónde los ametrallan sin piedad mientras les tiran granadas de mano. Se cree que hubo doscientos muertos. Algunos de ellos eran compatriotas nuestros.

En el Club Alemán había refugiadas ochocientas personas. Muchos españoles. De allí tan sólo  salieron vivos cinco para poder contar el horror vivido. Un terrorífico final entre llamaradas, explosiones y bayonetazos.
La Compañía de Tabacos de Filipinas fue asaltada y asesinados cuantos allí había. 

El día doce los japoneses, mientras los norteamericanos siguen a lo suyo, o sea, bomba va, bomba viene, haciendo migas siglos de Historia, ponen sus ojos en el Consulado de España, que está, como pueden imaginar, hasta arriba de refugiados españoles.
El primero en morir fue un valeroso y desconocido soldado o guarda que enarbolando la rojigualda salió a pecho descubierto contra los nipones declarando que aquello era territorio español.
Lo mataron en la misma puerta, abrazado todavía  a su bandera. La nuestra.
Luego dentro se desató tal barbarie que solamente sobrevivió una niña de siete años que perdió el habla y la memoria para siempre.

El día dieciocho los norteamericanos están ya en Intramuros. El salvajismo se multiplica entre las enloquecidas tropas japonesas que asesinan y matan sin piedad. Encierran a los civiles, ahora han sumado a los misioneros de los conventos de Intramuros, en búnkeres y allí apelotonados les arrojan granadas o les meten fuego. Al que sobrevive lo ensartan con las bayonetas, o lo decapitan con sus espadas. Como a un pobre misionero español que, allá cuando la invasión y la expulsión y derrota vergonzosa de los americanos, había declarado muy ufano: " Que le habían sacado la espinita del noventa y ocho". Ahora le segaban la otra espina, la dorsal, aquellos mismos que había alabado.

Los tesoros arquitectónicos de Manila y el legado español se perdieron entre los montones de escombros y de cadáveres. Intramuros había quedado arrasado por completo y entre los montones de muertos cosidos a bayonetazos, desgarrados por la metralla o quemados vivos siempre se encontraba el de algún español, el de algún hermano.

Manila junto a Varsovia es la ciudad más devastada por la guerra y aquel mes de febrero fue el más terrorífico y atroz que jamás se viera en contienda alguna.
Y allí en medio, aterrados, hermanados bajo el horror, rezando a Dios y a la Virgen, abrazados unos a otros, con gestos de valor como el del joven de la bandera en el Consulado, allí en medio, no podía ser de otra manera, había, un puñado de españoles.

En Memoria de los caídos en Manila en febrero de mil novecientos cuarenta y cinco.

© A. Villegas Glez.  





viernes, 21 de junio de 2013

EL ALMIRANTE INVENCIBLE. La vida de Don Antonio de Oquendo.

Era un día de octubre de mil quinientos setenta y siete y en la casa de los Oquendo y Zandategui se escucharon los llantos de un niño, hijo del Capitán General de la Armada de Guipúzcoa y de la Señora de la Torre de Lasarte. El niño fue bautizado Antonio y se crió entre la espuma del Cantábrico y rodeado de jarcia, velas, pasamanos, palos de mesana y mayores y cañones de a veinticuatro.
Con tales antecedentes no es de extrañar que con dieciséis años y huérfano de un héroe de La Felicísima ingresase como caballero entretenido en las Galeras de Nápoles bajo mando de don Pedro de Toledo. A pesar de su juventud Antonio demostró su valentía y sus conocimientos marineros desde el principio, causando admiración y respeto entre sus compañeros y oficiales.

En el año mil quinientos noventa y cuatro, tras un tiempo curtiéndose en el Mediterráneo pasa a la Armada del Océano al mando de don Luis Fajardo que sin pensárselo dos veces y viendo la inmensa capacidad del joven marino le da su primer mando y su primera misión.

Don Antonio de Oquendo se pone al mando de los pequeños bajeles "El Delfín de Escocia" y "La Dobladilla" con los que debe buscar, capturar o hundir a dos galeones corsarios ingleses que se estaban enseñoreando de las costas del sudoeste de España y Portugal, provocando la desazón y el miedo en las poblaciones costeras y en los comerciantes de la zona. En julio de mil seiscientos cuatro, nuestro jovencísimo capitán zarpa desde Lisboa en busca de los piratas ingleses.

Rondando la Bahía de Cádiz los encuentran.
El capitán inglés, ante el pequeño porte de las naves que se le enfrentan, sus barcos superan en tonelaje y artillería a los españoles, se lanza sin dudarlo contra la capitana española, mientras, su camarada, más prudente se cañonea a cierta distancia con "La Dobladilla".

En "El Delfín de Escocia", las cosas son muy diferentes. Los ingleses tras el conveniente ablandamiento artillero se han abarloado al bajel español y han conseguido abordarlo. Todo parece perdido. Pero no.
Los españoles aguantan y con su joven capitán a la cabeza, tras dos horas y pico de matar y morir y convertir la cubierta del barco en matadero, los ingleses espantados y convencidos de que de allí no saldrá ni uno vivo reculan hasta su nave con intenciones de largarse.
"La Dobladilla" y el otro inglés siguen despachándose a cañonazos, con el hereje haciendo ya maniobras buscando el viento que le permita escapar, pues su capitán, incrédulo ha visto cómo los españoles del otro barco no solamente rechazaban el abordaje, sino que ahora los supervivientes abordaban a su compatriota con tanto valor y sanguinaria rabia que al que no saltaba por la borda lo degollaban sin piedad.
Así que con todas las velas desplegadas el inglés se larga de allí con el rabo entre las piernas.

Sin embargo las noticias que recorren los mares son que a los barcos de Oquendo los piratas ingleses los han destrozado y en Lisboa, don Luis Fajardo se muerde las uñas pensando en si se ha equivocado con el chaval, que si ha cometido un error y que si enviar a tan joven capitán, con barcos menores contra unos potentes galeones ingleses no ha sido una cagada de las de a ocho doblones.
Pero un griterío enorme, unos aplausos indescriptibles y una algarabía como no habíase visto nunca inundó las calles de Lisboa cuando por la embocadura del puerto apareció el bajel de Oquendo trayendo a remolque el barco de su enemigo y a éste colgando de la verga del mayor.
Su entrada en Lisboa fue apoteósica y recibió una carta laudatoria del mismísimo Felipe III. Don Luis Fajardo le abrazó como a un hijo. El chaval (confirmado) tenía dos huevos.

En mil seiscientos siete el Rey le nombra Gobernador y General de la Escuadra de Vizcaya. Enterados del nombramiento unos navíos holandeses que venían con intenciones de atacar los puertos vizcaínos se retiraron, sin decir ésta boca es mía, hasta aguas más seguras. Tal era ya la fama que había alcanzado don Antonio de Oquendo.
A mitad de ese mismo año, las escuadras de Guipúzcoa y de las Cuatro Villas están también bajo su directo mando con lo que se forma la llamada Escuadra de Mar de Poniente o del Cantábrico.
Con ella causa espanto entre los holandeses que no pueden acercarse ni por asomo a las costas españolas, perseguidos y acosados por los hombres de la indomable escuadra de Oquendo.

Destinado a la flota del Mar Océano viajará al Nuevo Mundo en continuos viajes con La Flota de Indias de los que no perderá ningún barco y al contrario enviará al fondo a cuanto enemigo ose acercarse a los nuestros.

Siendo esto España, tarde o temprano las envidias y celos no tardaron en cebarse con nuestro almirante.
Le ordenan hacerse cargo de la flota de Guarda del Estrecho, pero como resulta que el nombramiento le viene de rebote y encima debe pasar por encima de un compañero marino, don Juan Fajardo que se había negado a tomar ése mando tras cientos de peticiones al Rey y a sus lameculos y se había largado, tan ricamente, a su casa. Harto de ser ejemplo del verso del Cantar del Mio Cid, como tantos otros.

Antonio de Oquendo, por ejemplo, que se niega a obedecer por sentir deshonroso el nombramiento y es de inmediato cargado de grilletes. Lo encierran en el Castillo de Fuenterrabía sin miramientos. Y éso que el mismo Oquendo estaba construyendo, pagado de su bolsillo, un galeón con el que defender la corona de tan ingrato rey. Pero en fin, es lo que había.

Al poco le cambian del castillo al convento de San Telmo en San Sebastián, desde el que le permiten visitar el astillero donde se construye su barco. Su admirado amigo Filiberto de Saboya le saca de prisión y regresa a la Carrera de Indias. Durante los primeros tiempos del Conde-Duque de Olivares será consultado por éste en asuntos de mar.
Luego de unos pocos años demostrando su valía como marino de guerra a las órdenes del Príncipe del Mar, su amigo Filiberto y de mandar la Flota de Indias, para el año mil seiscientos y veinticuatro las envidias y los celos se ceban con él de nuevo. Acusado de favoritismos, de irregularidades, de negligencias y de mil perrerías más. Tras casi dos años de juicios, papeleos, acusaciones y burocracia palaciega le quitan el mando de la Flota y le obligan a pagar los dos galeones perdidos bajo su mando en un temporal.

Impasible al desaliento don Antonio de Oquendo, ahora destinado a la flota de Los Galeones, la escolta de la Carrera, seguirá demostrando su valor y su pericia. Aumentando su fama entre amigos y enemigos. Multiplicando la envidia que por su persona sentían, por supuesto. El Conde-Duque no le consulta ya nada.

En mil seiscientos veintiocho, recién arribado desde una de sus misiones de escolta, llegan a Cádiz las peticiones de socorro de don Diego Escobedo, gobernador de La Mamora que pide auxilio urgente so pena de perder la plaza que está asediada por los moros. El intrépido Almirante General no duda un instante, ordena preparar sus naves, alquila otras, recluta gente y zarpa de inmediato y en tiempo récord se planta ante la sitiada fortaleza dejando a los sitiadores tan sorprendidos y aterrados que huyen despavoridos, convencidos de que "la baraka" les ha abandonado. Los españoles desembarcan, rompen el cerco y expulsan a los sitiadores, refuerzan la posición, con un todavía incrédulo Escobedo con los lagrimones pugnando por salirse de los ojos despidiendo a don Antonio de Oquendo que con su valor les había salvado a todos de la muerte o el cautiverio.

El mismo Rey le envía una felicitación de su puño y letra, honor asombroso para alguien que jamás miraba al suelo ni a nadie por debajo de sus regios hombros. A pesar de tales honores al almirante, perseguido de nuevo por las habladurías y la envidia y la mala sangre que siempre hacemos a nuestros más grandes hombres, hacen que sea destituido de su mando en la flota y nombrado Gobernador de Panamá.

La tocada de huevos es tan inmensa que Don Antonio de Oquendo renuncia a todos sus cargos y pide retirarse a San Sebastián. El Rey entonces alarmado y por una vez, no le hace ni caso a sus consejeros y restituye a don Antonio al mando de La Flota.

En mil seiscientos treinta y uno, con cincuenta y cuatro años de mar en el lomo, Antonio de Oquendo zarpa de Lisboa rumbo a las colonias del Brasil de Pernambuco y Bahía de Todos los Santos, que estaban asediadas por una poderosa flota holandesa que pretendía tomarlas y expulsar de allí a españoles y portugueses que por aquellos años compartíamos imperio.
Los barcos españoles escoltan a las carabelas portuguesas que van atestadas de infantería española, no es una flota todo lo potente que Oquendo quisiera, pero es lo que hay. Al menos va estrenando su nuevo galeón el "Santiago".

El doce de septiembre de mil seiscientos treinta y uno, la flota española se da de bruces contra la holandesa mandada por el almirante Hans Peter. Los navíos holandeses son de tonelaje y artillería muy superiores a los de los españoles así que Peter gallardo y prepotente, ataca con el mismo número de naves. Uno contra uno. No cuenta el almirante holandés que pese a sus cañones de a veinticuatro por los del doce de los españoles, cada galeón que ondea la de San Andrés es bastión inexpugnable y revellín de gruesos muros, aunque estos sean de madera y floten en mitad del mar.

Antonio de Oquendo observando lo que se le viene encima ordena al capitán de las carabelas que ponga rumbo a la costa y desembarque a los hombres, que esa es su misión, que la suya es desjarretar holandeses y que a éso iba. Despide al otro con un lacónico "son poca ropa".

Los holandeses a todo trapo y desplegados en media luna se abalanzaron sobre la flota española a las ocho de la mañana cerca del lugar llamado Los Abrojos.
Los galeones se enzarzaron unos a otros en bestial degollina. El capitán Oquendo había llevado sus naves, en peritísima maniobra a barlovento del enemigo al que cañoneaba a placer antes de abarloarse unos a otros y destrozarse a dentelladas como perros salvajes.
A las cuatro de la tarde los barcos no eran barcos y los hombres no eran hombres. El mar estaba cubierto por una capa de restos que flotaban alrededor de los galeones que aferrados unos a otros no dejaban de pelear, de morir y de matar. El combate era a muerte y el resto de la flota holandesa, pese a su superioridad, no osaba acercarse al centro de la acción, allí dónde los españoles aferraban los barcos enemigos para abordarlos y hacerlos pedazos. Sin embargo sus cañones gruesos castigaban muy duro a la flota española que se debatía como gato panza arriba, con el galeón "Santiago" convertido en el terror del enemigo con su capitán don Antonio de Oquendo muy tieso sobre el castillo.

Del "Santiago", no podía ser de otar manera tratándose de herejes, pardiez, vino la andanada que decidió la batalla.
Un taco encendido se cuela en la santa bárbara holandesa y la explosión hace que salte por la borda hasta el gato. Almirante Hans Peter a la cabeza y eso que el hombre no sabía nadar. El galeón español a duras penas y remolcado por otro barco consigue alejarse del barco holandés justo antes de que éste estalle en mil millones de trocitos de madera, hierro y hombres.

La flota holandesa viendo los fuegos artificiales y que algunos barcos españoles orzaban hacia ellos, izan trapo, ponen proa al viento (popa a los españoles) y escapan de allí como del mismo demonio. Supongo que para ellos satanás tendría la cara de don Antonio de Oquendo.

Se despachó a los holandeses de Brasil, quedado aquellas aguas tranquilas y al regreso a Lisboa la fama del Almirante le granjeaba las más ardientes simpatías y la más ferviente admiración. También las más oscuras y agrias bilis rebosaban de los estómagos de los encelados, lameculos, hideputas y demás calaña patria.

En el año treinta y seis, tenía el almirante cincuenta y nueve primaveras y cien mil cañonazos y doscientos mil temporales, el último muy reciente, en las espaldas cuando lo arrestan en Madrid acusado de despachar a un caballero italiano que le había tocado demasiado tres o cuatro palmos por encima de las rodillas.

Al año siguiente recibe la orden de incorporarse a la escuadra de Nápoles, pero Oquendo no se corta un pelo y le dice al rey que nones, que sin pólvora ni bastimentos no es cuestión de jugarse el honor de la nación, que lo mejor es hibernar y recuperarse del estado calamitoso en que se encuentra la flota mediterránea.
De esta manera es nombrado Gobernador de Mahón, isla dónde reparará las fortificaciones y artillará, trayendo él mismo los cañones desde Nápoles.

En agosto de mil seiscientos treinta y nueve, Antonio de Oquendo es nombrado vizconde y puesto al mando de una flota que debía dirigirse a Flandes y desembarcar tropas y abastecimientos para los exhaustos Tercios.
El cinco de septiembre con el "Santiago" a la cabeza, seguido por la Flota de Dunquerque salieron del puerto de La Coruña los barcos españoles. El día diecisiete chocaron con la flota holandesa y durante tres días consecutivos se estuvieron cañoneando sin piedad la una a la otra, sin decidirse los holandeses a intentar abordar las naves españolas, que agotadas las municiones y la pólvora, tuvieron que refugiarse el el estuario del Támesis, pues por una vez, los ingleses se estaban manteniendo neutrales, o casi.

La flota holandesa se reabasteció en puertos gabachos, mientras que a los españoles se nos ponían toda clase de trabas y de impedimentos por parte de los ingleses y cada bala de cañón y cada saco de pólvora nos costaba un riñón. A pesar de todo esto, se burla el bloqueo holandés y seis mil compatriotas desembarcan a salvo en puertos aliados franceses.

A don Antonio de Oquendo no le queda otra que salir y entablar combate. Como el mismo decía: "Nunca me vio el enemigo las espaldas".

Lo que no se esperaba el bravo almirante era lo que llegó después. Pues la incompetencia de algunos de sus capitanes llevó a la mitad de la flota española a quedarse varada en las dunas que se formaban en el estuario del famoso río. Y claro, así como a patos de feria oiga.
Sin embargo la flota, pese al terrible error cometido por algunos, que dejaba a los otros con el culo al aire y a ellos irremediablemente perdidos no es de las que se rinden ni de las que se dejan matar así sin pelea ni lucha. No señor.
Los holandeses lo primero que mandan son brulotes incendiarios los hideputas.
El combate entre los galeones varados, los que navegan y los holandeses es brutal y sangriento. Los españoles no se rinden jamás y venden su pellejo y la madera de sus naves a precio de oro de las Indias.

Como don Lope de Hoces que había rechazado a todos los atacantes holandeses que se le echaron encima provocándoles muchas bajas y daños, y estos le habían lanzado tres brulotes incendiarios al tiempo contra su maltrecho casco y el de dos naves propias que el español mantenía aferradas y que se llevaría con él al fondo. Se cuenta que entre las llamas que devoraba los tres galeones se podía ver la figura de don Lope todavía espada en mano atacando a los enemigos de España.

Todo parece sin embargo a punto de perderse, pese al tesón y el valor español, la varada de tantas naves había hecho el desastre inevitable. A mediodía con los galeones españoles muy maltratados y desarbolados casi todos, aparecen los barcos que regresan de Flandes de dejar a las tropas y sin dudarlo se abalanzan contra el cerco holandés que tiene atrapados a sus compatriotas.

A puros huevos los españoles consiguen sacar de aquel infierno a sus camaradas. Entre ellos al "Santiago".

El almirante holandés, admirado por tan brava defensa cuando le reprochan su decisión de no perseguir a los españoles declara: "La nave capitana de España con don Antonio de Oquendo dentro es invencible".
Por una vez y sin que sirva de precedente: "Olé los cojones del hereje". Almirante Trump se llamaba.

El "Santiago" y otras naves españolas alcanzan el puerto amigo de Mardique casi de milagro. El almirante Oquendo está gravemente enfermo. Llevados el barco el estandarte y el barco a puerto tan solo le queda morir, como él mismo dice.

Al año siguiente, durante el regreso a España y cuando pasan cerca de las costas que le vieron nacer, sus oficiales le aconsejan, le suplican que desembarque y se vaya a su casa a morir en paz con los suyos.
Don Antonio de Oquendo se niega en redondo y dice que su deber y las órdenes del rey son llevar el barco a La Coruña y allí lo llevará él, como es su obligación, hasta que la casque y entonces hagan sus mercedes lo que les salga de los cojones.

El siete de junio de mil seiscientos cuarenta, postrado en la cama, sin apenas fuerzas escuchó el tronar de las salvas de artillería que disparaban en honor del Corpus. Intentó levantarse gritando: "Enemigos, enemigos... Dejadme ir a defender la capitana..."

Y don Antonio de Oquendo, marino y héroe de España exhaló así su último suspiro.


© A. Villegas Glez.   






































domingo, 2 de junio de 2013

EL REGRESO . La Escuadra Arregui VI

Poco a poco la luz regresó, era una luz tenue y amarillenta, mi cabeza parecía querer explotar por mil lugares distintos y no me atrevía apenas más que a parpadear. 
El Mundo se balanceaba.

Escuchaba quejidos y lamentos, hasta mi nariz llegaba el olor inconfundible de los cuajarones de sangre coagulada, del sudor agrio y de la muerte y el dolor que revoloteaban por allí cerca. 

Un grito horroroso, casi inhumano, me hizo abrir los ojos de par en par y levantarme de inmediato doblando la cintura y tratando de ganar la partida a las náuseas que habían acudido a mi boca, pues aquella voz que gritaba, de rabia y de dolor, la había reconocido al instante.

El cabo Arregui se batía tumbado sobre una tablazón gruesa que hacía las veces de mesa de operaciones, con el único brazo que le quedaba sano trataba de mantener en respeto a los que intentaban aserrarle la pierna derecha. 


Al vascongado le habían alcanzado en el muslo al principio del combate en el "San Cristóbal", y aún así se había mantenido peleando sin tregua hasta que le arrearon el segundo arcabuzazo esta vez en el pecho y que yo creía que se lo había llevado para siempre. 
Pero el cabo Arregui estaba hecho de la pasta invencible con la que están fabricados los hombre valientes y herido de muerte, casi indefenso y con su único brazo útil, seguía peleando por su pierna herida, peleando por evitar que aquellos hideputas le amputasen cualquier parte de su viejo y cansado cuerpo. 

Uno de los hombres que rodeaban la tablazón estaba vestido con un mandil de cuero empapado en sangre y sostenía un serrucho, les gritaba a los otros:

- ¡Voto a Dios!, ¡Sujetadlo!- les juro que le oí gritar en lengua hereje aunque había entendido todo lo que había dicho.

Arregui pese a sus heridas no iba a dejarse cortar la pierna sin pelear y de
 un certero puñetazo le saltó varios dientes al primero que se había puesto al alcance de su peligroso brazo derecho. El hombre que sostenía el serrucho lo miraba con odio infinito. 

Peleando contra la debilidad y las vueltas que había empezado a darme la cabeza me puse de pie, tenía un chichón del tamaño de un melón de Tomelloso y la bilis parecía querer escaparse de mi estómago a hectolitros, pero escuchaba la voz de Arregui y recordaba a mi amigo Guzmán muerto sobre las tablas del "San Cristóbal" y pensaba que aquellos que rodeaban al vasco, eran ingleses, por eso tambaleándome casi sin equilibrio, me planté en dos pasos junto a la tabla que hacía el avío para las amputaciones, me fijé en que había tirados en el suelo un brazo y un pie que estaban blancuzcos y horriblemente feos y que que se balanceaban con los vaivenes del barco, pues yo, ya no tenía dudas, estaba embarcado y seguramente prisionero en un navío enemigo:

- ¡Deberéis matarme para tocarlo!- grité con todas mis mermadas fuerzas y plantado junto a la mesa en la que el vascongado Arregui me miraba sorprendido de verme allí con vida y queriendo pelear por la suya. En sus ojos marrón oscuro vi brillar el orgullo y el agradecimiento y recuerdo que se estremeció mi alma con aquella mirada como jamás en la vida ha vuelto a estremecerse.

Entonces para pasmo mío y del que manejaba el serrucho, que se había quedado de piedra al verme aparecer -aunque mi aspecto debía dar más pena que otra cosa- por las angostas escalerillas que bajaban hasta aquel sollado lleno de heridos, imponiéndose por encima de los lamentos y del crujido que en la madera producían el buen par de botas que asomaban descendiendo los escalones, una voz poderosa y autoritaria, dijo:

- ¡Voto a Cristo!, mientras yo sea Capitán de ésta nave nadie va a amputarle nada a un amigo mío…

¡Estaba en un barco español! 


No pueden imaginar vuestras mercedes el salto de alegría que dio mi corazón pues ya me imaginaba pudriéndome en un pontón del Támesis, prisionero de los ingleses quizá para el resto de la vida y resultaba que no, que estaba en un galeón de España y con rumbo a casa.

El hombre que había descendido por la escalera tenía el porte distinguido y noble, ojos limpios y verdes como las esmeraldas de Las Indias, vestía muy espartano y a lo soldado, con la banda roja de oficial muy gastada sobre un jubón de buen paño pero que no llevaba adornos ni florituras, portaba un sable de abordaje y una daga vizcaína con una pequeña gema roja engarzada en la cruz.

Las eran manos recias y encallecidas y me habían revuelto el pelo con cariño indisimulado cuando el hombre había llegado a mi lado y hasta la mesa que ocupaba el cabo Arregui, que lo miraba respirando con dificultad:

- Hola Miguel - dijo el vasco.

- Hola Antonio… Te veo fatal camarada.

- ¡Pardiez, perros ingleses!- Arregui hizo una mueca que parecía una sonrisa.

Mi tocayo se acercó hasta el cabo Arregui y los hombres se agarraron de los antebrazos, rudos y al tiempo derramando cariño y respeto mutuo. 
Al capitán del barco se le quedaban bailoteando las lágrimas en los párpados. Se quedaron así mucho rato, tan sólo mirándose el uno al otro. 
En la sentina de los heridos todos contemplábamos la escena emocionados y no se escuchaba más que el respirar entrecortado del cabo Arregui, al que la herida del pecho le había comenzado a sangrar de nuevo...


Epílogo

La luna rielaba en el cielo y las lonas gualdrapeaban en los palos y un millón de estrellas enjugaban mi llanto. A mi lado el capitán Miguel López de Ayala permanecía en silencio mientras observaba la difusa y desdibujada línea de la costa.

Hacía dos días que habíamos enterrado al cabo Arregui en el mar, envuelto su cuerpo en un coy y con una bala de cañón atada en los pies, arrojado a aquel mismo Cantábrico que le había visto nacer. Al cabo no había sido la herida del pecho sino la infección en la pierna la que había acabado con él. 
Y el vascongado se había negado a perder la pierna y perdió la vida, aunque como decía, en España siendo soldado mejor muerto y enterrado que tullido y olvidado.

Para mí era como haber perdido al padre que jamás había conocido, el dolor me corroía y me machacaba, me pudría los sentimientos, arrasaba mi corazón y destruía mi alma.


Por más que le había rogado y suplicado, Antonio Arregui Paredes que así se llamaba, se había negado en redondo a que el cirujano del galeón, “Nuestra Señora del Pilar”- que fue el que nos había rescatado cuando ya el “San Cristóbal” había arriado la bandera tras morir sobre su cubierta la mayoría de los defensores y estaba en manos inglesas,- le amputase la pierna y murió de gangrena unos pocos días después, entre fiebres y sufrimientos que mi padre soportó como lo que había sido siempre, un hombre valiente.

Su amigo y capitán del galeón, tampoco había podido hacer nada para convencerlo. 

Me acuerdo de la conversación de la última noche, con Arregui ya muy debilitado y que hasta el último momento pensaba en mí. Supe entonces que desde el día que había mandado recogerme en aquel camino de Barcelona, el viejo y duro Cabo de los Tercios, me había querido y me había considerado como su propio hijo. 
Aquella noche le rogué a Dios que le respetase la vida llorándole como una plañidera a la luna mientras mi pobre padre agonizaba en la cámara del capitán. Fue la misma noche que me dejó a cargo de Miguel López de Ayala:

- Prométeme que te encargarás del chico- le dijo.

- Lo juro por Dios y por mi sangre, amigo mío.

- Es buen muchacho, valiente y despierto. Maneja la toledana con la zurda pues se estropeó el brazo en Mastrique, haz de él buen soldado.

- Lo haré Antonio, palabra de hidalgo y de español.

- ... Gracias Miguel...

- No ha de darlas quien para mí no es sino un hermano…

- Pásame el aguardiente entonces que me duele horrores la pierna…

- Hiede a cabrales que tira de espaldas, camarada…

- Lo sé amigo, lo sé...

- ¡Pardiez Antonio!... ¡maldita cabezonería!


- Anda, dame la jarra... ¿Recuerdas Nápoles, Miguel...?- Arregui se llevó trabajosamente el barro a los labios y bebió despacio. Mientras bebía, sonreía.
En aquel instante fue cuando salí de la cámara a gritarle a Dios que no se lo llevara, pero el Señor andaría ocupado en otras lides de más enjundia que la de escuchar y atender los lamentos y ruegos de un simple mochilero, imberbe y desharrapado, aunque fuese un mochilero de Su Católica Majestad. 
Y no me escuchó.

Ahora lloraba manso y destrozado, irritado con el Mundo entero, enrabietadas las tripas, ennegrecida el ánima por funestos pensamientos mientras la costa iba tomando forma delante de mí, montañas verdes que sobresalían sobre la bruma:

- ¡España!- dijo Miguel López de Ayala y en su voz pude percibir un tremendo orgullo y una inmensa alegría. 


Yo sentí como las tripas se me revolvían de asco y de vergüenza al pensar en al cabo Arregui, que había preferido morir antes que verse desamparado, cojo y pidiendo limosna delante de las iglesias y despreciado por todo el mundo:

- No me alegro de volver... ¡Mierda de tierra...! - dije.

Entonces el capitán me dio una colleja que debieron escuchar hasta en la Corte de Madrid y que hizo que me temblasen hasta las quijadas y que casi cayese de cabeza al agua, el pescuezo me escocía horrores, pero luego lo que más me escoció fue mi propia vergüenza:

- ¡Parece mentira que vuestra merced se haya batido el cobre en Flandes!. ¿Por qué cojones crees que se combate allí, Miguel?- me dijo el capitán López mirándome muy fijo.

Yo no me atrevía a contestar pues no sabía qué decir, sentía el calor en el cuello pero mi sentimiento era de rabia y desconsuelo contra mi propia patria, mi alma me gritaba que tal tierra desagradecida no merecía ni una gota de la sangre de hombres como Antonio Arregui. El capitán López de Ayala pareció leerme el pensamiento:

- Eso que sientes por dentro es natural, Miguel... Pero has de aprender que esta tierra a la que ahora llegamos, con sus cosas negras -que toda tierra tiene- y sus cosas blancas - que aquí relucen como el sol-  esta tierra es tu madre y es tu raíz y es el hogar de tus ancestros y lo será de tus hijos. Esta tierra Miguel es España y ahora asómate por la borda y dime lo que sientes cuando la miras…

Y miré... 


Al principio nada cambió en mi corazón, pero poco a poco el sol comenzó a iluminar la costa y el aire a traer olores desde la tierra y algo se removió muy dentro de mi barriga y juro a vuestras mercedes que pude entonces escuchar, nítida y clara, la voz del cabo Arregui, que gritaba desaforado, igual que cuando peleaba en mitad del cuadro de infantería, igual que cuando defendía aquella tierra a la que ahora regresaba, pude oírle gritar muy fuerte:

- ¡¡¡España!!!

Entonces yo también lo grité llorando lágrimas como uvas, de rabia, de pena y de emoción porque, por fin, después de tanto tiempo, regresaba a casa.

A mi lado el capitán López sonreía y la misma mano maciza y fuerte que antes me había golpeado, revolvió mi pelo igual que había hecho aquel día en la sentina de los heridos. Mi corazón empezó a latir acompasado, seguro y firme, apreté las mandíbulas y aclaré la mirada.

- ¡...España...!- musité.  Ahí estabas...


FIN

© A. Villegas Glez. 2013


Dedicado a Don Diego Alatriste y Tenorio, soldado del Tercio Viejo de Cartagena y al Maestro Don Arturo Pérez Reverte. Gracias por abrirnos el alma y el corazón, y enseñarnos a sentirnos orgullosos de ser descendientes de tan bravos e irrepetibles compatriotas.



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