viernes, 21 de octubre de 2011

LA MISA DE ECOUCHE

Ecouché. Francia, agosto de 1944


- ¡Los españoles están todos como chévres...!

Tal afirmación se la hace, echándose las manos a la cabeza, el Teniente del Ejército de la Francia Libre, Jean Philippe Marceau, mientras a su alrededor caen los obuses del ochenta y ocho y están todos agazapados como ratas, cubiertos de polvo y de escombros.


A su lado, sucios, renegridos de sol y de intemperie, con el sempiterno cigarrillo que casi todos ellos suelen llevar colgando -en prodigioso equilibrio- sobre los labios, el Sargento García Morales, el Cabo Puyol Pérez y el Soldado Cortés Heredia, entonan bajito, con retranca y palmeando suavemente con las palmas de las manos, una copla de cuando la guerra en España. 

Algo de una tal Carmela...
Marceau que entiende el idioma lo justo, aquellos españoles malencarados, que se había encontrado a cientos entre las filas de la flamante Demi-Brigade, le habían matado a un par de antepasados durante la llamada Guerra Peninsular, el tío Philipe que la había diñado en Bailén y el abuelo François al que habían hecho filetes los guerrilleros, por eso no había sido plato de su gusto encontrárselos bajo sus órdenes y así se lo había expresado con la corrección y la indignación propias de un oficial francés, al Capitán Dronne.

Pero éste quería a aquellos combatientes españoles como si fuesen sus propios hijos y claro le había denegado la solicitud riéndose de él en su misma cara.
Así que para el Teniente Marceau los sueños de dirigir avezadas y aguerridas tropas francesas se habían esfumado y sus ilusiones venido abajo de golpe cuando lo destinaron a la Neuf Compagnie, mucho más conocida en toda la División por su numeral en español. La Nueve.

A Marceau casi le dio un ataque cerebral.

Cuando la guerra en España terminó, miles de españoles se exiliaron a la Francia continental y otros miles al África colonial francesa, principalmente a Túnez y Argelia.

En todos y cada uno de aquellos lugares a los españoles se les trató peor que a los animales.
Se abrieron campos de concentración en los que el hambre, la miseria, las humillaciones y el maltrato eran la moneda corriente de cada día.
Después sería peor. 

Ante la inminencia del ataque alemán se crearon las llamadas Brigadas de Trabajo, en las que se trabajaba de sol a sol por tan sólo un chusco de pan. Así muchos españoles fueron los que se deslomaron reforzando la Línea Maginot en condiciones que no habían sufrido ni los esclavos de los faraones. ¡Total, para lo que después les sirvió a los gabachos la famosa y según ellos inexpugnable línea defensiva…!

Algunos compatriotas se alistaron en la Legión Extranjera y morirían en las frías tierras nórdicas. En África serían los españoles encuadrados en los Regimientos de Marcha los que limpiaron los arenales y las peñas ardientes alrededor de Bizerta antes de su liberación.
En agosto del año cuarenta y cuatro desembarcaban las tropas de la Francia Libre en Normandía.
Entre los chirridos de las cadenas de los carros, los bocinazos de los camiones, los gritos de los policías militares encargados del tráfico y el oleaje del mar, se podía escuchar a los españoles que cantaban: "la cucaracha, la cucaracha...".

La Nueve recibirá su bautismo de fuego durante el cierre de la bolsa de Falaise. En la zona de Rennes , Le Mans y Aleçon caerían los primeros hombres, impasibles y valerosos bajo el fuego, como lo habían hecho sus antepasados antes que ellos.

Durante la toma del pueblo de Ecouché las tropas norteamericanas habían sido rechazadas por los alemanes. 
Entonces los españoles de la Nueve irrumpieron con sus semiorugas dándoles estopa a los alemanes hasta que capturaron el pueblo y a más de doscientos prisioneros, fue una gran victoria que demostraba a todos aquellos guiris que los españoles, pintados de verde, de rojo, de azul o de fucsia, resultaban tremendamente peligrosos.

Lo malo es que al poco rato de tomar el pueblo los alemanes contraatacan con su artillería pesada.
Cuando termina el bombardeo, con los oídos silbando doloridos y la garganta seca como el desierto, el Teniente Marceau se queda pasmado cuando ve a los españoles saliendo de los agujeros y de entre las piedras derruidas, cubiertos de polvo, riéndose -los muy cabrones- sueltan la guitarra, la ristra de embutido y la inseparable bota de vino que siempre les acompaña a todas partes, agarrar los fusiles, ametralladoras y granadas para rechazar, tan fríos y terribles que da miedo mirarlos, el asalto de los alemanes. 
Al menos por el momento...

Porque la situación en Ecouché se hace insostenible con los proyectiles alemanes, precisos y mortales, cayendo del cielo sin pausa y con muchas prisas, con todos los hombres apretando los testículos esperando el pepinazo que los haga a todos pedazos.

Los refuerzos ingleses llegan justo a tiempo de salvarlos. 
Y los hispanos, siempre los primeros en afrontar su destino, son también siempre los primeros en celebrar su suerte.

Pero, para sorpresa de todo el mundo, en silencio y respetuosos, los españoles acuden casi todos a la derruida iglesia del pueblo y una vez allí, sobre los escombros, le dan Gracias a Dios por seguir vivos...
Rezan con tanto fervor y fe que más bien parecen un Batallón Carlista que la heterogénea mezcla de socialistas, anarquistas, comunistas, republicanos y anticlericales que hay en la Nueve.
Aquella devoción inesperada, hija de la cultura y de los siglos, aquel hincarse de rodillas todos aquellos descreídos y ateos declarados, hacen que el joven Teniente Marceau se repita lo mismo que lleva diciéndose desde que llegó destinado a la Compañía:

- ¡Están como puñeteras chevrés estos españoles…!
A. Vilegas Glez. 2011



Imagen: El semi-oruga: "España Cañí" durante el desfile tras la liberación de París. 26 agosto 1944







3 comentarios:

  1. Excelente relato, dan ganas de seguir leyendo más, enhorabuena!

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  2. Sentirse orgulloso de ser español.. es poco. Nos ha temido el mundo entero, se están riendo de nosotros y los vamos a coger cargando.. que se vayan confiando.
    Sus relatos son extraordinarios. Siga así.
    Gracias

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