miércoles, 23 de noviembre de 2011

CUANDO SALÍ DE CUBA



Amanecía el primero de julio de 1898...

En el fortín de “El Viso”, el General Joaquín Vara de Rey se paseaba impasible sobre las débiles murallas.
Cuuenta para la defensa con quinientos soldados, dos cañones Krupp con escasa munición y la consigna de su jefe, el General Linares, que es clara como el agua de un manantial: contener a los norteamericanos todo lo que se pueda o más.
Vara de Rey no está dispuesto a retroceder ni un palmo de terreno.

En el otro lado el norteamericano Shafter ordena a su subordinado, Lawton, que junto con seis mil infantes, acompañados de abundante y moderna artillería tomen de inmediato la posición española.
A las siete de la mañana empieza un feroz, aunque impreciso, bombardeo artillero mientras la infantería avanza confiada por la manigua cubana.
Marchan los yanquis seguros, arrogantes y comentando entre ellos el último partido de los "Nicks".
La prensa amarilla de su país y el orgullo de joven nación les han hecho creer que los sucios, crueles y cobardes españoles -que así nos pintaban los periódicos- huirán como ratas de un barco hundiéndose a los primeros tiros.
Se equivocaban...

Los españoles rechazan uno tras otro todos los intentos del enemigo. Lawton había calculado que en dos horas lograría tomar “El Viso”.
Necesitará doce.

En mitad del combate el valeroso General español se paseaba, más chulo que un ocho, por lo alto de las murallas. Orgulloso, impasible, arengando a sus soldados con el fusil en una mano y su sempiterno bastón en la otra, bastón que usa para señalar los objetivos a nuestra escasa pero eficacísima artillería y sin hacer puñetero caso a los que le gritan que se cubra:

- ¡Mi general agáchese coño, que me lo matan!

- ¡Qué no me agacho, cojones...!- a Vara de Rey le brillaban los ojos en llamaradas como las del mismo infierno.

El día se hacía muy largo y pasaba muy lento para el ejército norteamericano que estaba aprendiendo, a base de sangre y sudor, lo que significaba combatir contra los más valerosos soldados del mundo.
A pesar de nuestra mísera condición y de que España ya no era, desde hacía mucho tiempo, lo que había sido.
Pero allí seguían aquellos españoles, defendiendo lo nuestro, y defendiéndolo como gatos panza arriba, arañando y mordiendo hasta el final.
A las cuatro de la tarde los norteamericanos logran acercar los cañones a poco metros del fortín. La artillería yanqui posee las más modernas piezas del mundo y a aquella distancia, no más de quinientos metros, resulta demoledora.
Los muros caen derruidos, machacados sin piedad por el enemigo que no deja de disparar salvas, ahora mucho más precisas y mortales, hasta que el fortín del Viso queda convertido en un montón irreconocible de piedras desparramadas empapadas de sangre española.

A pesar del horror y de la certeza de la muerte los españoles pelean durante el postrer asalto al fuerte, o de lo que él quedaba, con fiereza y bravura, así, para cuando los norteamericanos consiguen entrar tan solo encuentran muertos, heridos que agonizan y los dos cañones inutilizados.
El General había sido herido de mucha gravedad ya que hasta el último momento, con los yanquis muy encima de la posición, se le había podido ver saltando como un gamo por encima de los muros que se resquebrajaban.

Unos sanitarios, casi a la fuerza, tienen que tumbarlo sobre una camilla para intentar sacarlo de allí.
Algunos hombres se arremolinan alrededor de la camilla para brindarle protección pero el enemigo los ve y abre fuego contra ellos.
Morirán todos protegiendo el cuerpo de su General que había caído acribillado.

Al mismo tiempo que todo aquello sucedía en “El Viso” las poderosas columnas de los generales Kent y Wheeler, que también marchaban al frente muy confiadas y arrogantes, atacaban las lomas de San Juan.
Veinte mil norteamericanos con artillería por un tubo contra mil setecientos españoles y dos piezas sin apenas munición.
La única ventaja con la que contaban nuestros compatriotas era el robusto, preciso y fiable fusil, máuser español.
Aunque la munición era poca, el agua mala y las defensas débiles.
Como siempre había sido…

Al amanecer comenzaría el bombardeo, intenso y brutal, contra las lomas de San Juan.
Pero, igual que en "El Viso", allí también los españoles se defienden como leones.

La casi ridícula artillería española -sólo había dos piezas- no paraba un momento con la rutina artillera: carga, apunta y dispara, y lo hacía con muchísima más precisión y acierto que los numerosos cañones que había traído el enemigo.
La mucho más ineficaz artillería yanqui disparaba salvas continuas pero erráticas que acertaban en todas partes menos en donde debían.
El Coronel del Regimiento de Artillería de Arkansas se comía el ala de su sombrero vaquero mientras se preguntaba por qué le habían tocado a él todos los inútiles del reemplazo.

Los artilleros españoles logran derribar a cañonazos el globo aerostático que sirve de observatorio al enemigo. El inevitable recochineo hispano lo pueden oír los norteamericanos, perfectamente y en forma de carcajadas estruendosas, saliendo desde las trincheras que defendían San Juan.
Los oficiales americanos estaban que trinaban como pajarillos, o mejor dicho, graznaban como cuervos espantados, porque resultaba que aquellos españolitos estaban aguantando como lo que siempre habían sido, unos valientes.
Y que contase la prensa las mentiras que quisiera.

Sin embargo a pesar de la feroz resistencia hispana la inmensa y poderosa marea norteamericana resulta imparable.
Poco a poco, metro a metro, se va cediendo terreno.
Muy pasadas las cuatro de la tarde los norteamericanos toman las colinas de San Juan.
Pero los yanquis se quedan desolados ya que aquellas trincheras y blocaos no son, en absoluto, las vitales y estratégicas posiciones que, una vez conquistadas, les hubieran abierto el camino de la capital, Santiago.
Y llegar hasta allí arriba les ha costado mucha sangre y mucho esfuerzo, mucho, muchísimo más del que habían asumido y planificado.

Detrás de las lomas de San Juan los estadounidenses se encuentran con otra de aquellas posiciones defendidas por irreductibles españoles: "La Canosa". 

A aquellas alturas del día y con muchos de sus camaradas panza arriba o tirados en la manigua agonizantes hasta el más bisoño soldado americano sabe que los españoles pueden estar sucios y llenos de piojos pero, ¿que sean unos cobardes...?
¡No, señor, nada de eso!

Defendiendo "La Canosa" morirá heroicamente el Coronel Caula y resultará herido muy grave el General Linares.
Ya no quedaban reservas ni refuerzos.
Todo estaba perdido salvo el honor.

Aquella misma noche cien infantes de marina intentarían -con dos huevos- reconquistar las lomas de San Juan.

Cuando el día termina seiscientos españoles han muerto. 
Los norteamericanos contabilizan dos mil bajas entre heridos y caídos.
Los oficiales norteamericanos, como es natural, se sienten muy orgullosos de sus soldados, de su reconocido valor mientras avanzaban bajo el certero fuego español.
Pero también todos ellos recuerdan, con profundo respeto y admiración, la figura menuda de aquel General español que, erguido, orgulloso, valiente y sereno, les había plantado cara desde las murallas del fortín de “El Viso”.

A.Villegas Glez. 2011


Imagen: El General Vara de Rey.










2 comentarios:

  1. El y sus hombres defendieron con valor un pedazo de Epaña, pero creo que ellos sabía que todo estaba perdido y que ese día moririan.
    Como siempre...... Me ha encantado leer lo que escribes.

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  2. Ahora hace falta que España se dé cuenta de la injusticia cometida con nuestras tropas en Cuba y en África y repare el honor de cuantos allí cayeron; y que lo haga de forma orgullosa, triste, sí, pero con la mirada levantada ante todo el mundo.

    Bien escrito y bien llevado; gracias.

    ResponderEliminar

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