martes, 20 de diciembre de 2011

LA CARGA

La Albarrada. Chile. 1631.

Aquel día de enero, en los insalubres y peligrosos pantanos de La Albarrada, muy al sur del Virreinato del Perú, el Santo Patrón de España estuvo, otra vez, al lado de sus soldados predilectos.
De nuevo cabalgó junto a nosotros y de nuevo nos llevó a la victoria.
Los Araucanos eran los indígenas más peligrosos del Nuevo Mundo. Desde el principio habían sido correosos y difíciles de doblegar y se diría que peleábamos contra españoles.

Hacía muy poco tiempo, en el paraje conocido como: Las Cangrejas, una Compañía entera había sucumbido contra la masa enorme de guerreros que se les echaron encima y que los anegaron entre mazas, flechas y lanzas. Ni uno vivo habían dejado los indígenas y, a algunos, los sirvieron como menú en la cena de la victoria.

Nuestro Escuadrón de Caballería estaba rodeado en mitad del territorio enemigo. 
Miles de mapuches cercaban el Fuerte Arauco y dentro, los ochocientos españoles que formábamos las filas, nos disponíamos a entrar en combate y a morir como lo que éramos, leales y bravos soldados del Rey Católico.
Los indígenas nos superaban en tres a uno y 
ninguno esperábamos salir con vida del combate, por eso, guiados por nuestro Capitán Laso de la Vega, tomamos todos la Extremaunción y nos confesamos como buenos cristianos...

Después de la silenciosa Misa montamos en los caballos que bufaban y resoplaban excitados y nerviosos, sabiendo las pobres bestias en dónde nos íbamos a meter. 
Al paso atravesamos las puertas del fuerte, nos colocamos en formación de carga, sacamos los sables, preparamos las pistolas de arzón... Y cargamos…

El muro Mapuche resultaba impenetrable, eran miles de indígenas, valientes y decididos los que teníamos enfrente y l
os huecos que dejaban las brutales acometidas de la caballería se cubrían de inmediato con otros guerreros, los heridos se arrastraban, los caballos corrían desventrados y cada carga era rechazada y, tras cada una, menos hombres y caballos galopábamos contra el enemigo.

Entonces De la Vega hizo caracolear su corcel, sudaba a chorros y el brazo le pesaba treinta arrobas-como a todos- pero gritaba enardecido una sola palabra:


-¡¡¡SANTIAGO, SANTIAGO!!!

Para abalanzarse, sin apenas respiro, contra la turba de mazas, lanzas, piedras y flechas que le esperaban.

Muchos lo negarán. Otros dirán que nada vieron. 

Pero yo les juro a vuestras mercedes que, al lado de nuestro Capitán, apareció de pronto, un desconocido jinete montando un soberbio corcel blanco.
Aquel caballero fue el que abrió la brecha que provocaría que el valor de los mapuches se quebrase, porque por aquella brecha entramos todos los demás como un estilete y nos despachamos a gusto enviando enemigos al infierno. 

Los pantanos impidieron huir a los aterrorizados indios que se pisoteaban y se apuñalan los unos a los otros buscando, cada cual, su propia salvación.
Cuando la carnicería terminó más de mil mapuches yacían muertos o malheridos por entre los pantanos y la selva.

Laso de la Vega se arrodilló contra el suelo empapado de lodo y sangre, estábamos todos agotados, cubiertos de sangre, con los brazos entumecidos de manejar la espada y las piernas ardiendo por las interminables cabalgadas pero e
l honor permanecía intacto.
Nuestro Capitán, y nosotros, le dábamos gracias al Apóstol por su ayuda y protección y desde el cielo un trueno nos saludaba. 

Santiago nos miraba. Éramos sus hijos, sus soldados. Sus caballeros predilectos y cien voces rotas y roncas le saludábamos desde la conquistada tierra de Nueva Extremadura...

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Efigie de Santiago Apóstol.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

AMBERES

Mucho han escrito los enemigos del Rey y de la Verdadera Fe sobre lo ocurrido en la villa de Amberes el año de mil quinientos setenta y seis.
La furia española y toda esa murga.

Y, si bien es cierto que al principio no quedó varón holandés, ni alemán, ni inglés, ni ningún otro que no rezara a la Santísima Virgen con la cabeza sobre el tronco, y que muchas mujeres fueron violentadas y casi todas las casas saqueadas, bien cierto es también que los herejes se lo habían ganado a pulso.


Además los que acudieron en nuestro auxilio llevaban sin oler un doblón desde que el Duque de Alba era Cabo.

Así que, háganse cargo.

En el mes de octubre los rebeldes metieron en la ciudad veinte mil infantes: holandeses, alemanes, ingleses y demás gentuza que desfilaron por las calles aplaudidos y jaleados por los habitantes que, a gritos, pedían las cabezas de los españoles que defendíamos el Castillo.
Arrojaban flores al paso de las tropas y las recatadas flamencas abrían sus corpiños como promesa de premio por la victoria.

En el Castillo nos mirábamos los unos a los otros sorprendidos del festival que habían montado los herejes y los ingleses llegaron gritando y berreando, los alemanes, más callados, venían detrás.
Imagínense a una turba 
enorme de enemigos intentando escalar los muros, imaginen los escopetazos, el humo, los miembros amputados, las tripas de uno por aquí, los sesos del otro por allá.
Los españoles gritando: ¡Cierra y Santiago!, dando cuchilladas como demonios y arrojando enemigos almenas abajo y recibiendo, claro está, nuestra ración de balazos y de puñaladas.

A muy pocas varas los confiados y enardecidos ciudadanos de Amberes miraban el espectáculo, comían golosinas y aplaudían fervorosamente cada vez que un cañonazo nos desbarataba a algún hombre. 
La mala leche, ya de por si natural entre nosotros, se tornó en un peligroso, negro y espeso odio que se pegaba a las tripas como el alquitrán.

Lo que ni los holandeses, ni nosotros, ni el mismo Papa se podía imaginar es que, a pocos kilómetros de allí, en la ciudad de Alost, mil seiscientos españoles se habían puesto en camino directos hacia Amberes, con la intención de romper el cerco al que nos tenían sometidos aquellos herejes hideputas.

Algo que resulta natural entre hijos de la misma patria se dirán vuestras mercedes, por supuesto, digo yo, pero lo especial del gesto viene porque los hombres que se habían levantado y agarrado sus armas dispuestos a ayudar a sus compatriotas, llevaban varias semanas amotinados y sin reconocer ni Bandera ni Tercio ni Rey. 
Flandes entero estaba a pique de caer en poder de los rebeldes pero aquellos hombres no habían movido un dedo. 
¡Pagas o Flandes al carajo...!, era su grito de guerra.

Sin embargo en cuanto se enteraron de que en el Castillo de Amberes resistíamos los soldados de Sancho Dávila y que estábamos a punto de ser vencidos, se pusieron en marcha llevando como Estandarte la Cruz y el Pendón de Nuestra Señora ya que, en lo formal, nadie había regresado a la disciplina del Rey y, en España, las formas eran una religión.

Desde el Castillo vimos el revuelo que se armaba por donde estaban apiñados los civiles, tan contentos esperando ver nuestras cabezas clavadas en una pica. 
Ya no se reían, en sus caras se leía ahora el miedo y el desconcierto.
El asalto de los ingleses queda paralizado bajo los muros:

-¿Qué es lo que se acerca por retaguardia, James?
-Parecen españoles, Edward, y parecen cabreados…

Una escopetada monumental inicia la desbandada general de la gente que miraba el espectáculo,todo se convierte de repente en gritos de pánico y carreras alocadas, mezclándose la sorpresa y el canguelo en un enorme caos.
Los ingleses que asaltaban los muros se ven sorprendidos entre dos fuegos.

Son los amotinados de Alost que, formados en cuadro y arrasándolo todo a su paso, han conseguido traspasar las líneas enemigas y llegar hasta las puertas de la Ciudadela.
Desde las murallas gritamos enardecidos viendo a los herejes huir despavoridos. 

Los bravos capitanes Julián Romero y Alonso de Vargas entran en el Castillo de Amberes tras haber atravesado las líneas enemigas a sangre y fuego.
Dávila, Vargas y Romero se abrazan en el Patio de Armas mientras los demás españoles gritamos de júbilo y de rabia.
En un rápido cónclave se decide que lo mejor es salir a combatir a las calles y morir de pie mejor que allí encerrados como ratas...

El resto pueden imaginarlo.

Los herejes lejos de luchar reculan y retroceden. Nadie se queda a defender a las de los corpiños.

Unos ingleses enrocados en el Ayuntamiento, cabezones, no quieren salir y los españoles le metemos fuego al edificio.
De uno a otro edificio el fuego se propaga con extrema rapidez. 


Y, qué quieren que les diga, allí de todo hubo.
 
Cada uno en su conciencia lleve lo que hiciere. 

Pero ya me explicaran vuestras mercedes cómo se derrota a un enemigo superior en número y armamento si no es peleando tan cruel y fieramente que al otro se le quiten las ganas de luchar. 
O, pregúntense, si ellos hubiesen ganado a cuántos de los que allí peleábamos en el Castillo nos hubiesen perdonado la vida.

Las flamencas ofrecían gustosas sus encantos a quién demostrase haber matado a un español, las tabernas invitaban a cerveza  a los ingleses, franceses y alemanes que estaban allí, tan sólo, para desjarretar españoles.
Luego lloriquean como niñas, que si la furia, que si la crueldad, que si el saqueo indiscriminado... 
Abrumados por la respuesta y escribiéndonos Leyendas Negras.

Olvidándose de recordar Badajoz o Córdoba. En dónde ellos se comportarían como bestias sanguinarias.
Los franceses lanzaban al mundo sus Derechos del Hombre y del Ciudadano mientras sus tropas saqueaban, robaban, violaban y mataban por toda Europa... 

Los ingleses expandieron su imperio a sangre y fuego...

Luego se quejan del Saco de Amberes, llevan siglos haciéndolo. 
Y nosotros tragando. ¡Es verdad, qué malos fuimos…!
Y mientras la vieja Furia perdida y acumulando polvo. Enterrada con paletadas de ingratitud y de olvido.

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Castillo de la Ciudadela de Amberes. Bélgica.


lunes, 12 de diciembre de 2011

DON JUAN DE AUSTRIA

El suicida sistema matrimonial de los Austrias, les llevaría a tener hijos deformes, enfermos y casi todos ellos afectados por algún signo de locura o imbecilidad.
El ejemplo más claro y más dramático para la pobre España sería el de Carlos II, llamado piadosamente, “El Hechizado”. 
Cosas de la genética.

Menos mal que plantaron también su simiente en otros campos. Porque las aventuras amorosas con señoras de alcurnia o con fulanas de tres al cuarto eran cosa común entre nuestros avispados monarcas. Y de aquellas aventurillas a veces salían hombres, o mujeres, irrepetibles.
Don Juan de Austria es una de estas personas.

Hijo del emperador Carlos y de una noble y hermosa alemana, Bárbara de Blomberg. 
Ambos se conocieron durante el viaje que hizo el emperador a Ratisbona para La Dieta de la ciudad del año 1546.

Para disimular, la Blomberg, contrae matrimonio con un noble alemán que oculta y consiente los amoríos de su joven esposa con el ardoroso emperador a cambio de una bolsa de suculentos ducados castellanos cada mes. 
De aquel hombre recibiría don Juan su primer nombre: Jerónimo o Jeromín para los conocidos y allegados.

Era expreso deseo del emperador que su hijo se criase en España -sabía las de Caín, Carlitos- dónde se iban a comparar el solecito, el vino y las mujeres de España con el frío helado de Alemania.
Así que, junto con unos padres adoptivos, se instalaría en Leganés.

Educado en el espíritu humanista de la época, el Arte y las Ciencias. Alumno aplicado y ventajoso de la Universidad de Alcalá de Henares. 
También cuenta con un carácter ardoroso y valiente, y está deseoso de entrar en combate.

En 1565 intentaría embarcarse en las galeras que acudían en socorro de Malta. Pero su intento se vio frustrado. 
Sin embargo su hermanastro Felipe comprendería que el joven Juan no iba para cura.
Le nombra Capitán General del Mar y pone a su lado a hombres sabios y valientes como Bazán y Requesens.
Durante aquella época combatiría a los turcos y berberiscos en el Mediterráneo y se vería envuelto -muy a su pesar- en las intrigas palaciegas del Príncipe Carlos. 
El rey, cegado por el falso y traidor Antonio Pérez, desconfiaría de Juan, que no paraba de solicitar el título de Alteza Real, que era su máxima aspiración pero que Felipe le negaba, impávido, una y otra vez.

En 1568 se morían, casi al tiempo, el Infante Carlos y doña Isabel de Valois. 
Don Juan que les tenía sincero aprecio y cariño quedaría sumido en el dolor y, destrozado, decide ingresar en el monasterio de los Abrojos para dedicarse al estudio y la meditación.

Pero la sublevación de los moriscos en las Alpujarras lo pondría en acción. 
Como Capitán General acabaría con la revuelta con mano de hierro, única forma de doblegar a un enemigo que se había comportado durante la guerra de igual manera.
No hubo durante la campaña cuartel ni piedad por ninguna de las partes. 
Pese a todo en sus cartas don Juan nos revela su lado más humano y piadoso cuando describe las filas de moriscos, hombres, mujeres y niños, camino del exilio y el maltrato que recibían de todo el mundo. Don Juan lo calificaba como: “la mayor miseria humana”.

Al poco tiempo llagaría su victoria más sonada. Lepanto. 
Donde se detuvo el poderío sarraceno. 
De Juan fue la idea de repartir a los veteranos arcabuceros entre las naves venecianas, lo que a la postre, llevaría a la Liga a la victoria.

Pelearía en las arrumbadas como cualquiera y durante el abordaje a la capitana turca se las vio negras y tuvo que luchar a brazo partido por su propio pellejo.
Cuando le llevaron la cabeza del Almirante turco, tinto en sangre y chorreando sudor, la miró con gesto de asco y dijo:
-¿Qué queréis que haga con ella…? -  ordenó tirarla al mismo mar en el que se ahogaba la mitad de la flota sarracena.


Se convertiría en un héroe para toda Europa. 
Su figura joven, aguerrida, atractiva, gentil y noble despertaba los celos de su hermanastro abrumado por la carga imperial.
Fruto de aquella desconfianza, y después de haber conquistado de camino de regreso la plaza de Túnez, es enviado, casi exiliado, a Italia
Acataría con nobleza y lealtad la decisión del Rey y comenzaría de inmediato la labor diplomática que le habían encomendado viajando por toda Italia. 
Es muy poco conocido pero gracias a su trabajo se soliviantaron graves problemas que, de otra forma, solamente se habrían arreglado con los Tercios de por medio.

Y los Tercios estaban en Flandes. 
Y Flandes estaba que ardía. 
Los soldados llevaban sin cobrar desde que el difunto emperador se había encerrado en Yuste, acojonado por el avispero que era aquella España, habían asaltado Amberes llevándose hasta los floreros y dejando tras ellos un sinfín de herejes muertos y de hermosas casas flamencas achicharradas hasta los cimientos.

Y todos luchaban ahora contra los españoles que lejos, abandonados y solos, eran como manadas de lobos hambrientos -y lo de hambrientos no es una forma de hablar- se habían vuelto más peligrosos y díscolos todavía.

Don Juan llegaría a Flandes como Gobernador, pero al frente de tropas y refuerzos, sino disfrazado de refugiado morisco. Había atravesado toda Francia hasta llegar a Luxemburgo y de allí a Bruselas, en donde entra ría asombrando a todo Dios. 
Llegó don Juan con intenciones pacificas y firmaría el llamado Edicto Perpetuo, que la verdad duraría bien poco. 
Con el edicto se hicieron concesiones inauditas a los rebeldes pero estos se tomaron aquello como debilidad española y exigieron la completa retirada de las tropas españolas de todo Flandes.

Don Juan mandaría llamar de urgencia a los Tercios Viejos, los más duros, que encima acababan de cobrar los atrasos y subían, contentos, alegres y a marcha forzada el Camino Español dispuestos a no dejar hereje vivo.
Destrozaría a los rebeldes en la batalla de Gembloux en donde no quedó vivo ni el apuntador y lograría recuperar lo que habíamos perdido en Luxemburgo y la provincia de Brabante.

De inmediato las provincias del sur regresaron a la obediencia del Rey.


Pero el abandono y la falta de dineros llevarían al glorioso ejército a perder lo que tanta sangre había costado. 
Otra vez se pierden los caudales y los Tercios dejan de recibir su soldada.
De nuevo la Corte se toca las narices, hirviendo en su propio jugo de traiciones, ambiciones y prebendas, mientras en Flandes -como dice Marquina- el sol había empezado a ponerse.

Durante el sitio de Namur, que estaba en manos gabachas, dentro de una humilde y triste cabañuela, sobre un jergón de paja húmeda, moriría don Juan de Austria en el año 1578.
No murió solo lo hizo rodeado por sus soldados que le querían como un padre y, para un buen Capitán, no hay mejor lugar para morir que ese.

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: El joven Juan de Austria. 1545-1578



viernes, 9 de diciembre de 2011

UNA BICOCA

La palabra Bicoca en español significa Chollo o cosa que se gana sin demasiado esfuerzo.
Nuestro idioma se ha enriquecido a lo largo de los siglos con palabras y términos de muy diversa procedencia. Así los extranjerismos se adaptan y con el tiempo son reconocidos por académicos y lumbreras y, una vez asimilados, pasan a ser cosa nuestra.
Esto le sucede a la palabra bicoca que procede del barrio milanés del mismo nombre: Bicocca.



Hace quinientos y pico de años -en 1522- era un bonito y pintoresco pueblo alejado pocos kilómetros de Milán.
Prospero Colonna se había enrocado y atrincherado en el pueblo plantando defensas fuertes y bien guarnecidas en espera del ejército gabacho.
los mercenarios suizos al servicio de Francia se empeñaron en asaltar las defensas españolas.
Llevaban los suizos sin cobrar un doblón desde que llegaron a la Lombardía y pretendían saquear el campamento imperial para resarcirse a costa de los españoles. 
Estaban segurísimos de que los iba a arrollar y a aplastarlos como a hormigas...

¿Arcabuces -decían- quién los teme...?

Y se reían, arrogantes, seguros de sí mismos y cegados de orgullo. 
Eran la infantería más temida y famosa.
Los impenetrables cuadros de piqueros suizos habían arrollado y aniquilado a sus enemigos por toda Europa.

Por eso la mañana del veintisiete de abril salieron de su campamento y formaron en dos enormes cuadros. 
Las malas lenguas aseguraban que entre los suizos había surgido la competencia y que sus capitanes habían apostado entre ellos sobre quién sería el primero en llegar y hacer pedazos las líneas españolas.

La masa humana resultaba impresionante. 
Con las largas y afiladas picas sobre el hombro avanzando impasibles al ritmo del tambor que retumbaba en cada estómago mientras marchaban impertérritos contra el pequeño muro de piedra que defendían los arcabuceros españoles, que estaban agachados, bala en caño y cuerdas encendidas esperando pacientes a que los suizos se arrimasen, todavía más, justo hasta el alcance de las bocas negras de sus arcabuces...

Primero la artillería imperial abrió boquetes en los cuadros suizos. 
Las balas de cañón segaban miembros y cabezas, demasiado lejos todavía, como para tirar con metralla. 

¡Gracias a Dios...!-empezaron a pensar los suizos.

Unos mil poco más o menos se quedarían atrás muertos o mutilados, pero los cuadros se rehacían y seguían avanzando. Eran valientes los suizos. Valientes y temerarios.

Los que consiguieron alcanzar el terraplén que había justo delante del muro de piedra que defendían los españoles cargaron con saña y ferocidad gritando cada cual en el idioma de su Cantón.
Entonces fue cuando se asomaron sobre el muro los barbudos, impasibles y certeros arcabuceros españoles. 


La primera escopetada fue terrorífica y los suizos cayeron como naipes de una baraja.
Y detrás de la primera manga de arcabuceros, había otra, y luego otra... 

Así hasta contar tres mil bocas de fuego disparando, recargando, rompiendo las llaves y gastando más plomo que un fontanero.

Los suizos caían como patos en mitad de la humareda y de los alaridos horribles que daban los desgraciados a los que la pelota de plomo había arrancado un brazo o una pierna.
En mitad de todo el desbarajuste había cientos de picas suizas desparramadas por el suelo. Inútiles...

Durante media hora larguísima los suizos aprenderían la lección. Ellos y Europa entera.

A partir de aquella batalla ningún General entraba en batalla sin contar con arcabuceros entre sus filas.

Y en España la palabra bicoca adquirió un significado nuevo y glorioso.

 A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Batalla de Bicoca. 27 abril 1522


lunes, 5 de diciembre de 2011

EL CONQUISTADOR OLVIDADO

Algunas veces los más grandes, los más tenaces, los que más aventuras vivieron, los que sin arcabuces ni caballos tan sólo con su astucia e ingenio conquistaron un imperio, permanecen escondidos y en segundo plano.
A la sombra de los Pizarro o los Cortés.
El hombre del que hoy les hablaré pertenece a este tipo, a esta clase.

Embarcó muy joven y, como tantos otros hidalgos españoles, con la barriga vacía y la cabeza llena de sueños de oro y de gloria. Nuestro protagonista era de noble corazón, generoso amigo de sus amigos, inteligente y cultivado.
Sin embargo la expedición a la que se uniría estaba abocada al fracaso desde el principio, casi desde que salieron de Sanlúcar.
La dirigía un hombre valiente pero desquiciado, un hombre al que la avaricia le nublaba la razón. Pánfilo de Narváez.

Después de estar dos 
largos años entre vueltas y revueltas por el Golfo de México, de sufrir un desastroso naufragio, de guerrear contra indios que redujeron la expedición a la mitad, de sufrir miseria y calamidades sin cuento, Narváez y los pocos supervivientes que le quedaban, perdidos en tierra extraña y hostil, deciden fabricar unas canoas al estilo indígena para intentan buscar una salida hacia el mar. 
Pero la mala fortuna seguía persiguiendo a la expedición y casi todos los hombres se ahogarían en el intento.
Pánfilo de Narváez moriría aquí y quizá por el camino encontró, por fin, su ansiado oro al llegar al fondo.

Mueren todos excepto tres hidalgos españoles y un sirviente negro. 
Estaban, sin ellos saberlo, claro, muy cerca del río Colorado. Perdidos, solos y acosados por los peligrosos indígenas, sin pólvora, ni arcabuces. Tan sólo les quedaban sus cruces y su valor.

Nuestro protagonista era uno de aquellos tres hombres, y muy pronto, gracias a su condición despierta y generosa, los demás le nombraron Capitán de la diminuta expedición.
Su primera decisión es la de abandonar la costa para alejarse de los sanguinarios salvajes que la habitan.
Los cuatro se internan en el territorio inexplorado del sureste de los futuros Estados Unidos. 
Llegan hasta el río Bravo -Grande- y lo remontan.

A aquellas alturas todo el territorio indio conocía la existencia de los cuatro magos que viajaban por sus tierras imponiendo las manos y curando a los enfermos, ayudando a las ancianas y contando junto al fuego historias fantásticas trufadas de palabras en un idioma incomprensible. 
Portan unas extrañas armas puntiagudas y afiladas fabricadas de un mágico material que jamás usan contra nadie, pero que desuellan la piel de un bisonte en un santiamén. 
Se había corrido la voz entre los indígenas de que aquellos hombres, y sobretodo su jefe, eran enviados de los mismísimos Dioses.

Así, pasito a paso y siempre en el coche de San Fernando, recorrían todo el sureste norteamericano hasta la costa del Golfo de California, para luego desde allí y siempre rumbo al sur, alcanzar el río Sinaloa y darse de bruces con una patrulla de soldados españoles:

- Si no es por el morrión, la toledana y las barbas les damos a vuestras mercedes un arcabuzazo...

Y era natural ya que con aquellas pieles de bisonte y aquellas plumas parecían cualquier cosa menos hidalgos.
Al pobre Estebanillo, por ser negro, le habían reconocido enseguida. Por cierto, aquel esclavo, sirviente de Andrés Dorantes -otro de los supervivientes- se convertiría en el primer hombre de raza negra que pisaba suelo americano. 
Y bien que lo pisó, el pobre.
El viaje había durado ocho años.

Nuestro protagonista escribiría un libro titulado: “Naufragios”, que es lectura recomendable y provechosa además de ser la primera narración histórica de los Estados Unidos de América.
Un libro que, como es natural, acumula polvo en los estantes de nuestras bibliotecas sin que nadie lo consulte.

¿Piensan vuestras mercedes que con aquella aventura extraordinaria nuestro héroe se dio por satisfecho...?

Pues no.

Tan sólo cuatro años después aprovechando su fama y fortuna saldría de Cádiz rumbo a Santa Catalina, en el Brasil. 
Desde allí, por tierra, pretendía llegar hasta Asunción del Paraguay que era la capital de la Gobernación del Río de la Plata.
Cruzaría ríos gigantescos, selvas impenetrables y montañas y selvas cuajadas de peligrosos indígenas.
Por el camino descubriría las maravillosas cataratas de Iguazú. 
Y solamente por contemplar aquella maravilla ya había merecido la pena el viaje.

Llegaría nuestro explorador a La Asunción y allí, sus ideas de colonización pacífica y de respeto escrupuloso en el cumplimiento de las Leyes de Indias, chocarían contra el Gobernador, Martínez de Irala y contra la mayoría de la población, que no quería granjas sino oro y esclavos.
Es acusado de los disturbios y el posterior incendio de la ciudad de Asunción del año mil quinientos cuarenta y tres.
Humillado lo enviarían a España cargado de cadenas.
En el juicio el Consejo de Indias lo sentencia al destierro en la plaza de Orán, en Berbería.
Su vida se convirtió en un eterno juicio y apelación por su caso. Luchaba ya tan sólo por restablecer su honor ya que su hacienda estaba perdida. Fagocitada por la burocracia vil y ambiciosa del Consejo.

Apenas se sabe nada de sus últimos días. 
Se cuenta que murió en un monasterio de Jerez de la Frontera y que terminó su tiempo en el silencio de la vida retirada.
Se llamaba Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Lo imagino en su celda añorando los abiertos espacios americanos, las manadas de bisontes, la vida primitiva pero equilibrada de los indios, añorando el sabor de la sal y del mar, del viento y de la sangre en su espada.

Y es que aquí siempre preferimos al burócrata ladrón, al gobernador servil y cruel, al pueblo ambicioso cegado por el oro fácil, renegando del esfuerzo, envilecido por la envidia y la avaricia. Aquí los que roban y van a la cárcel escriben la historia de su latrocinio y los convertimos en héroes y en ejemplos.
Mientras, la vida y el recuerdo de hombres como Álvar Núñez se pierde y se diluye. Se olvida...

A. Villegas Glez. 2011

Imagen: Busto de Alvar Núñez en la ciudad de Houston, Texas, EEUU.



LEPANTO

En mil quinientos setenta los turcos iniciaron una ofensiva en el Mediterráneo que pondría los pelos de punta al Papa Pío V y haría temblar al Dux de la Serenísima República.

Los otomanos cercaron la isla de Chipre y arrasaron las posesiones venecianas incluso se enseñorearon del sur de Italia.
Los venecianos, alarmados, pidieron ayuda urgente al resto de la Cristiandad pero Francia, queriendo debilitar el imperio español, se negaría en redondo, es más, incluso prestaría apoyo logístico a los barcos otomanos.
Una vergüenza y un deshonor para la “Grandeur de la France”.
Aunque ellos se lo callen, claro.

España era caso aparte.
Nunca se habían tragado los españoles y los venecianos pero el poder del turco crecía en el Mare Nostrum y el mismísimo Papa de Roma reclamaría al rey Felipe su ayuda en lo que había nombrado como Cruzada.
El Rey Prudente estaba dispuesto a detener el avance sarraceno en Europa y solamente impondría una condición al Pontífice:
El mando de la flota conjunta lo ostentaría su valiente hermano, Juan de Austria. 

Al unirse España a la llamada del Papa sus aliados naturales, Génova y los caballeros de la Orden de San Juan se sumarían también a lo que se denominaría de allí en adelante, la Liga Santa.
Pero como siempre pasa cuando se reúnen los cristianos para combatir por la cruz había disparidad de opiniones y de proyectos, surgían las discusiones, los celos, las envidias y las rencillas entre los generales y estaban a la orden del día las cuchilladas y duelos entre españoles, venecianos y genoveses que había en el puerto de embarque.

Es mucho lo que el Señor nos ayuda en tales situaciones porque si no uno no se explica las victorias.

Poco antes de la partida de la combinada llegaron noticias escalofriantes desde la ciudad de Famagusta, en Chipre. 
Allí, tras aguantar once meses de durísimo asedio, la ciudad había caído en poder de los turcos que no habían dejado cristiano con vida.Aquella matanza impresionaría tanto a la flota combinada que se juramentaron los hombres para vengar la masacre de Famagusta o morir en el intento.

La escuadra de la Liga resultaba impresionante.
La componían doscientas seis galeras, once galeazas, que eran unas naves de invención veneciana cargadas de artillería hasta los topes, a las que se sumaban más cien naves menores.
La flota llevaba embarcados a los soldados de los temidos Tercios Españoles al mando de capitanes como: Lope de Figueroa, Pedro de Padilla, Diego Enríquez, y Miguel de Moncada.
Veinte mil infantes españoles que eran el verdadero poder y la mejor fuerza de combate de toda la escuadra.
Era tanta la desconfianza que tenía Juan de Austria en los aliados venecianos -que más de una vez y de dos habían llegado a pactos y acuerdos con los turcos- que ordenaría que las galeras de aquella nacionalidad se intercalasen con las líneas españolas mientras durase el combate. 
Luego repartiría por las galeras de la Serenísima cuatro mil arcabuceros veteranos, entre españoles, italianos y alemanes.

Amanecía el siete de octubre de mil quinientos setenta y uno. Juan de Austria se arrodillaba sobre las arrumbadas de la nave capitana, “La Real”, y los cincuenta mil hombres de la flota cristiana le imitaron. 
Entre ellos, en la galera "Marquesa", el grandísimo Miguel de Cervantes.

En aquel momento el viento que empujaba las naves turcas a toda vela se detuvo y el mar se quedó como una balsa de aceite.
La circunstancia obligaría a los turcos a tener que cambiar a la tracción de los forzados, a pesar de lo cual, las galeras de Alí Bajá continuaron volando sobre el agua.
Los turcos iban derechos y formados en una extensa media luna a por el centro cristiano. 

Por el camino las galeazas venecianas atestadas de cañones y de pedreros se despacharían a gusto sobre los barcos sarracenos consiguiendo que la línea turca se rompiese y que el primer contacto de ambas flotas se produjese en el ala izquierda cristiana.

Aquella banda la mandaba el bravo almirante veneciano Barbarigo, que, a costa de su propia vida, consiguió detener el impulso turco.

Mientras, en el centro de la formación don Juan se alegraba -y mucho- de la decisión que había tomado de embarcar a sus fieles arcabuceros en las galeras de Venecia. Las descargas cerradas y continuas desde las naves cristianas resultaba mortalmente eficaz.
Aunque Juan de Austria no tuvo mucho tiempo para preocuparse por el ala izquierda.
“La Sultana”, galera del mismísimo almirante Alí Bajá, había logrado poner su espolón contra la proa de la capitana española. 
Entonces fue cuando empezó la verdadera carnicería. 

Otras galeras -de uno y otro bando- se fueron abarloando a sus capitanas y así se formó una piña irreconocible de naves entrelazadas, aferradas las unas a las otras, con cientos y cientos de hombres que se acuchillaban sin piedad sobre las tablas ensangrentadas.
El combate duraría dos terroríficas horas.

Los turcos habían confiado en sus arqueros que disparaban cientos de saetas envenenadas por minuto pensando que los arcabuces en el mar no serian útiles.
Pero se equivocaron.

La impasible disciplina de fuego de los arcabuceros españoles causaría una terrorífica mortandad entre los turcos y el mismo Alí Bajá recibió siete pelotazos de plomo que lo tumbaron sobre las ensangrentadas tablas de su galera.
La infantería embarcada española demostró su disciplina bajo el fuego, la impasible arrogancia de los que habían conquistado un Nuevo Mundo, el desprecio por la muerte y un valor extremo durante todos los abordajes de aquel largo día.
Es la que vence en Lepanto digan lo que digan los italianos y los tudescos.

Habría un pequeño triunfo turco en el ala derecha cuando Uluch Alí, que era el último de los grandes capitanes sarracenos que quedaban con vida, atacó las galeras de Malta y por poco vuelve la tortilla del combate cuando estaba ya casi ganado.
Pero por allí estaba el Álvaro de Bazán, que mandaba la reserva, para desbaratar la intentona otomana.
Bazán socorrió a las de Malta y envió a Uluch Alí al fondo del Mediterráneo.

La victoria de Liga fue aplastante. Hasta el anochecer duró la persecución y degollina de turcos.
Muchos huyeron por tierra ya que la entrada al Golfo de Lepanto estaba en manos cristianas.
La Sublime Puerta había perdido más de treinta mil de sus fieles, doscientas naves de su escuadra y se desherraron a más de doce mil galeotes cristianos, muchos de los cuales se habían sublevado y ganado las naves que los aprisionaban durante la batalla.

La victoria en Lepanto frenó en seco -o en húmedo mejor dicho- el avance turco por el Mediterráneo y el sultán Selim II aprendió a temer, más que a nadie, a aquellos soldados barbudos y valientes que correteaban sobre las tablas de las galeras de España.

Después se disolvería la Liga y cada mochuelo a su olivo pero el Papa y Venecia podían respirar tranquilos porque ya no llegarían los infieles hasta las puertas de San Pedro.
Y no llegarían mientras estuviesen por allí los feroces e invencibles soldados del Rey Católico.

Porque para eso contaba la cristiandad con los soldados más duros y temibles de la Historia.
Aunque ni el Papa, ni Venecia, ni el propio Rey los merecían allí estaban siempre las espadas, las dagas, los arcabuces y los redaños de la fiel y leal infantería española.

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Lepanto...


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