sábado, 10 de diciembre de 2011

NUMANCIA

Cayo Cicerón llevaba media vida destinado en Hispania y desde que había desembarcado en Tarraco, hacía ya tanto tiempo, y empezado a pelear contra los habitantes de aquel hermoso país sabía que moriría allí, en aquella tierra indómita llena de riquezas y de tesoros.

Sabía que en Hispania se quedarían sus huesos para siempre, lo que Cayo no podía saber era cuándo pasaría, aunque con aquellos íberos de por medio podía suceder en cualquier instante.

Las distintas tribus eran de lo que no había en todo el Imperio. Solían pelear entre ellos a muerte, llegando a hacer tratos y alianzas con los romanos con tal de joder a sus vecinos, se envidiaban y se odiaban tanto que parecía que jamás podrían conseguir más que desaparecer como pueblo.
Pero, a pesar de todo aquello, cada dos por tres van los tíos y se juntaban en consejo de tribus, bebían, cantaban, bailaban y más cosas hasta el amanecer para después ir todos juntos alegres y contentos, unidos como hermanos, a degollar legionarios romanos como salvajes, y no parar nunca de matar hasta que no dejaban nadie vivo.
Ni los mismos Dioses entendían a aquellos íberos que resultaban más duros que el pedernal y nunca jamás se rendían.

Muchos amigos habían caído en batalla contra las distintas tribus que no cejaban en su feroz resistencia a la romanización, ninguna otra provincia había resultado tan difícil de doblegar. 
Los íberos atacaban, mataban como lobos y luego desaparecían entre los bosques y las barrancas.
Las noches eran una pesadilla y atravesar los caminos era como lanzar una moneda al aire, porque desde cada piedra, desde cada matojo o desde cada recoveco oscuro podía aparecer de repente un guerrero dando alaridos que espantaban, enarbolando la temible falcata, que abría a los hombres en canal como a los gorrinos, y mandarte al otro barrio en un decir Júpiter Santo.

Vivían de forma salvaje y habitaban los páramos, las montañas y las lindes de los ríos, que en Hispania no eran gigantescos y caudalosos como en la Galia o en Germania, sino que eran pequeños y rápidos, llenos de recovecos y meandros que generaban barrancas y cortaduras, llenos de huecos desde los que los íberos emboscaban, como una mosca cojonera que el caballo era incapaz de matar, a las gloriosas e invencibles Legiones de Roma.
Era una tierra hermosa y dura.
Una tierra que sería de Roma sí o sí, puesto que no había resistencia posible.
Aunque les costase muchos años y mucho esfuerzo, los romanos lo conseguirían.
Roma era la luz y el progreso.

Cayo Cicerón imaginaba cómo serían sus hijos si los tuviese con alguna de aquellas hermosas e indomables mujeres íberas.
Eran las más hermosas del mundo.

Mientras se ponía el peto de cuero, hastiado de la guerra y de la vida, la voz del centinela, que está de guardia en lo alto de la torre, le informa alertado:
- ¡Centurión… Algo está pasando en la ciudad…!

Cayo acaba apresurado de apretar las correas, comprueba que su espada, la copia romana de la falcata ibérica, sale y entra con facilidad del tahalí, se ajusta el calzón y camina, sin aparente prisa, hacia la torre.
Cuando llega arriba y ve lo que sucede, Cayo comprende al instante.

Desde la sitiada ciudad hispana se eleva una gigantesca nube de humo, se distinguen las llamaradas iluminando la mañana. 
La ciudad arde por los cuatro costados.
Gritos agónicos de mujeres y de niños se elevan junto al humo.

Cayo mira atónito como, desde las murallas, los valerosos defensores de la ciudad se arrojan uno tras otro sobre el fuego.
El ataque previsto para aquella mañana ha quedado paralizado frente a las ardientes murallas de Numancia.

Las filas de legionarios, que habían avanzado en posición de tortuga, permanecen ahora con los pilum clavados en la tierra, apoyados en los escudos y contemplando cómo los habitantes de la ciudad se inmolan.
Los legionarios sienten en sus corazones una sensación extraña, mezcla de alivio, victoria y también de admiración por aquellos íberos que los habían mantenido en jaque, ¡a ellos!, los mejores soldados del mundo, durante tanto tiempo.
Nadie dice palabra, no hay consignas ni gritos de victoria, los legionarios han quedado mudos ante el sacrificio.
El silencio se rompe solamente por los gritos atroces que salen de la ciudad y por el crepitar del fuego que lo consume todo.

Hasta la nariz de Cayo Cicerón, centurión romano y viejo soldado veterano de mil batallas, llega el inconfundible olor de la carne humana quemándose.
Tras veinte largos y sangrientos meses, al fin, los enemigos de Roma han sido doblegados.
Pero Roma no ha ganado.

Roma se había aliado con el hambre y la enfermedad pues Roma, por sí sola, nunca había tenido poder suficiente para vencer a aquella díscola, rebelde y heroica ciudad.
Roma perdía y Numancia ganaba.

Roma que se había estrellado una vez y otra contra la determinación suicida, contra el valor extremo y contra la resistencia a ultranza de aquella ciudad hispana que se reía, una vez y otra, del Senado Romano, la ciudad que vencía a sus ejércitos sin despeinarse y que humillaba a los Cónsules, a los Pretores, a las Legiones y a todo el que se acercaba a sus inexpugnables murallas.
La ciudad de Hispania que no se dejaba pisotear por la todopoderosa Roma y que había preferido mil veces la muerte a la esclavitud.

Cayo Cicerón pide a sus Dioses por el alma de aquellos valientes que, seguro, van todos camino del Elíseo envueltos entre los laureles de la gloria escoltados por los legionarios romanos a los que habían matado durante aquellos, casi dos años, de asedio.
Ruega para que le otorguen a él mismo aquel valor y aquella determinación cuando le llegue la hora, que sepa morir de la misma forma tan brava y sabiendo mirar directamente a la cara al barquero.

Desde la torre ve llegar a su General, Escipión el Joven, que se dispone a entrar en la ciudad rodeado por su guardia.
Va el General erguido, arrogante y orgulloso.

- ¿Qué se creerá -piensa Cayo- sonriendo con malicia- ¡Qué trabajito va a costarle encontrar cincuenta cautivos para el carro de la victoria...!

A. Villegas Glez. 2011



Imagen: "El Último día de Numancia". Óleo de Alejo Vera. 1881


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Follow by Email

Google+ Badge

Gadget

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.