lunes, 30 de enero de 2012

MONTELEÓN

- ¡La madre que lo parió...!

Juan García López, natural de Madrid, destinado en el Cuerpo de Voluntarios del Estado no puede reprimir la expresión mientras ve al Capitán de Artillería, Pedro Velarde, dándole unas voces terribles, y en su misma cara, al Coronel del Regimiento.
Le dice de todo menos bonito y el viejo Coronel está rojo como un clavel reventón.
Rojo de ira y de vergüenza:
- ¿No escucha usía los tiros?... ¿No oye cómo los gabachos están aniquilando a nuestro pueblo…?

Todo aquello le reprocha el Capitán Velarde con mas razón que un Santo, porque desde primera hora de la mañana se pueden escuchar los estampidos de los cañones, las salvas de los mosquetes y los gritos de la gente indefensa y horrorizada ante la crueldad francesa que, una vez abierta la veda, disparaban contra todo lo que se movía.

Y los militares, aquellos que han jurado defender al pueblo permanecen encerrados en los cuarteles, acatando a Murat y escondiendo la cabeza. Algunos...
Porque el capitán artillero y otros muchos como él llevan pregonando la resistencia y el degüello de gabachos desde que estos ocuparon la fortaleza de Figueras.

Formados en el patio hay treinta y tres soldados del Regimiento. La Compañía al completo del Capitán Goicoechea, que está el hombre en la cabeza de la formación tieso como una vara y viéndolas venir.
A su lado, igual de tiesos, los Tenientes Ontoria y Ruiz, que apenas puede el pobre contener las toses asmáticas pero al que le brillan los ojos con el fuego de la cólera, 
miran a su capitán que sin palabras les dice:

- Nos tocará la china, ya lo verán ustedes...

El artillero ya le ha mirado varias veces consecutivas y de manera muy elocuente: ¿Está usted dispuesto...?, parece preguntarle cada vez que se cruzan sus miradas y Goicoechea, claro, le ha respondido:

- ¡A mandar que para eso estamos...! ¡Pero maldita la gracia que me hace…!

Velarde logra convencer al Coronel y, como se temía Goicoechea, a su Compañía, que es la del Soldado García, le toca la papeleta.

Cuando salen en orden cerrado con el tambor batiendo el parche los oficiales al frente y los mosquetes en alto, la Compañía de Voluntarios del Estado es aclamada por los cientos de paisanos que hay frente al cuartel:

- ¡Viva el Ejército!, ¡Viva España…! , ¡Muera Napoleón...!-grita la multitud enfervorecida.

Casi todos los civiles van armados con navajas, cuchillos, trabucos o escopetas de caza, tijeras, agujas, hoces y espadas oxidadas. 
El pueblo se ha armado con lo que ha pillado.
Desde la Puerta del Sol y el Palacio Real se multiplican los disparos y los gritos. 
Madrid entero está en pie de guerra.

En mitad de la formación el Soldado García se repite una vez y otra la misma frase que se lleva repitiendo toda la mañana, ahora con aquellas palabras abarcaba a toda su gente, a todos sus paisanos que ahora gritaban por las calles dispuestos a morir por su suelo, por su dignidad, por un rey ingrato, por una patria dura de la que todos renegaban muchas veces y criticaban casi siempre, pero que todos habían salido a defender con uñas y dientes:

- ¡La madre que nos parió...!

Se dirigen resueltos hacia el Parque de Artillería de Monteleón.
Allí hay mosquetes, bayonetas y cañones… 
Y una débil tapia, edificios, cuadras y almacenes. No es el Parque plaza fortificada o bastión defensivo ni mucho menos.
El antiguo palacio de los Duques de Monteleón y Terranova quemado en el año 1723 y que había sido residencia del abdicado Felipe V y de su esposa Isabel de Farnesio.
No era, desde luego, el mejor lugar para organizar una defensa pero no había otro. Además en el Parque había cañones y con cañones los gabachos pagarían el precio estipulado por pisotear el orgullo de los españoles.

Al llegar hay alrededor de tropecientos millones de civiles pidiendo armas, gritando, con los ojos desorbitados por el odio y deseando agarrar a uno de los ochenta soldados franceses que hay dentro del Parque para poder hacerlos pedazos con sus propias manos.
Todos gritan de júbilo, orgullo y rabia cuando ven llegar a la Compañía con el Capitán Velarde al frente, al que abrazan, besan y alzan en vilo los paisanos.
El ambiente alrededor del Parque de Artillería es denso y caliente como el de una olla a pique de explotar. 
Los civiles congregados exigen sangre francesa y la exigen por litros.

Dentro del Parque el Teniente Rafael Arango había conseguido, a base de mucha mano izquierda, aplacar los ánimos de los oficiales que mandaban el destacamento de franceses que guarnecían el recinto. A duras penas el joven había conseguido contener a los civiles para que no entrasen y practicasen la esgrima navajera con los gabachos.

Poco rato después, para alivio de Arango, había llegado el Capitán Luís Daoiz, veterano militar, experto artillero y español lúcido y cabal que sentía en las tripas la necesidad de alzarse contra Napoleón, pero que, también entendía, que había que hacerlo bien porque el precio a pagar era desorbitante.
El veterano sostiene las riendas de la tensa situación con mucha templanza y mucha sangre fría.
Sin embargo, el Oficial que manda el destacamento francés está irritado, herido en su orgullo y también un poco acojonado por el cariz que están tomando los acontecimientos:
- ¡Mon Dieu...!, ¡Qué desfachatez!, ¡Perros espagnoles traidores...!

Estaba el gabacho a un tris de ordenar a sus hombres que calasen las bayonetas y se abriesen paso entre la turba de civiles, de ojos desorbitados y manos crispadas, cuando, de repente, las puertas dobles del Parque se abren de par en par y entran Velarde -como un toro del chiquero- y la tropa española que le acompaña.
En la calle retruena el millón y pico de voces gritando que quieren criadillas de francés para el desayuno.

Velarde, ni corto ni perezoso, se encara con el oficial gabacho al que mira de arriba abajo y casi le grita a la cara:

- ¡O te rindes o te suelto al pueblo para que os destripen a navajazos a ti y a tus hombres...!

El gabacho, que había combatido contra los prusianos, los egipcios y los ingleses y que siempre había defendido a su Emperador frente a todos y contra todos, oía los gritos inhumanos que llegaban desde la calle, veía las manos como garras que se agarraban a la tapia intentando escalarla y veía, entre la multitud, el brillo funesto de mil navajas de palmo y medio que allí, en aquella España atrasada y brutal, llevaba todo el mundo metida en la faja.
Prudentemente decide entregar su sable. 
Capaz es éste -piensa- de soltarme a esos salvajes.

Luis Daoiz, que había visto entrar a su amigo e irse derechito a por el francés como un búfalo y que había visto boquiabierto al gabacho rendirse y dejarse conducir, manso como un cordero, hasta el calabozo, siente muy dentro de las tripas que han llegado el momento y el lugar. 
No debería ser así, pero ya no había remedio.

Entre los disparos, los cañonazos y los gritos que inundan las calles, Daoiz saca su sable y mira al cielo:

- ¡Las armas al pueblo...! ¿Es que no son nuestros hermanos…?

Entre gritos de júbilo y de alegría se reparten los mosquetes, la pólvora, los cartuchos, las bayonetas y se prepara la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, Madrid, España.

Se cubren las tapias y las ventanas de los edificios más altos.
Al soldado Juan García le toca en suerte una ventana que da a la calle San José y desde la que puede ver los cañones que se están preparando tras las puertas, con los Capitanes Daoiz y Velarde y el Teniente Ruiz rodeados por una multitud de civiles que se mezclan con los uniformes militares:

- ¡La madre que nos parió…!- se repite el joven soldado orgulloso de su pueblo.

Los primeros franceses que llegan hasta el Parque de Artillería son los que forman la Brigada Lefranc, que llegan arrogantes y sobrados hasta la misma puerta para luego llamar educadamente:

¡Toc, Toc!
¿Quién es...?

¡El Ejército Imperial...!

¡Bienvenue, François...!

¡BATABUMMMMM...!

El primer cañonazo destroza a los franceses que estaban frente a las puertas de madera, después, y sobre la sangre y los mondongos desparramados del enemigo, se posicionan los cañones en mitad de la calle, sin protección, ni parapeto ni barricada alguna. 
A pecho descubierto.
Como es natural los franceses envían más hombres, más Regimientos que chocan uno tras otro contra las débiles tapias del Parque de Artillería.
Los cañones de la puerta baten sin descanso a los enemigos y salvan, de paso, el honor de todo el Ejército, porque del honor del pueblo se encargaba él mismo con valor inusitado.

Desde su ventana, sin dejar de morder cartuchos y de disparar como le habían enseñado en la instrucción, el Soldado García ve caer abatido al valiente Teniente Ruiz, que herido muy grave, había seguido mandando el cañón que servía. 
Su cuerpo desmadejado se mezcla con los cuerpos de los paisanos, mujeres y hombres del pueblo llano, que están muriendo y matando junto a ellos.
Los poderosos franceses no han podido todavía rendir el Parque de Monteleón.
A las once de la mañana las fuerzas francesas que convergen, desde cada calle hacia los cañones que defienden el Parque, cuadriplican a los defensores en número y armamento.
Pero era tanto el ardor, el valor y la determinación de los españoles que ni la Brigada Lefranc, ni el Batallón de Westfalia, ni el Primer Regimiento Provisional, todas ellas tropas veteranas y fogueadas en mil combates, son capaces de doblegar la defensa, muy al contrario, los franceses se desangran contra Monteleón.

Las bajas se cuentan por decenas y a los imperiales no les queda más remedio que solicitar apoyo de la Artillería.
Traen cañones hasta la calle San José y empiezan a batir con metralla la expuesta posición española.
Los defensores, exhaustos, han logrado rechazar el asalto -especialidad de "Chez Armée"- de tres columnas de infantería atacando a la vez y con toda la fuerza del ejercito napoleónico.
Los de la puerta rechazaron el asalto a la bayoneta y a la navaja peleando como jabatos.

- ¡La madre que nos parió…!

El General Legrange, que se ha tenido que hacer cargo del mando está que echa chispas.
¡Nes pas posible...!, se repite una vez y otra cada vez que ve salir de entre la humareda a sus soldados vapuleados, chorreando sangre y gritando que allí no hay quién coño entre porque están aquellos salvajes que no les dejan…
El general gabacho ordena a su artillería que rocíe 
de metralla sin descanso la posición española, y que no dejen de disparar los cañones hasta que la columna de dos mil hombres, que él mismo encabezará, se encuentre a tan sólo dos pasos. 

Esta vez los gabachos alcanzan la línea de cañones y por un instante parece que va a ser rechazados de nuevo...
Pero la marea de bayonetas resulta imparable para los pocos defensores que quedan con vida junto a los cañones, los muertos se amontonan y el postrer cañonazo de metralla se acaba de disparar.
Desde su ventana el joven soldado ve morir al Capitán Velarde. Cae el Oficial en la misma puerta cuando salía, sable en mano y al frente de sus hombres, a contener la marea francesa.
También puede ver a Luís Daoiz apoyado sobre el tubo del cañón, sangrando por una fea herida en la pierna, el sable todavía en alto y gritando palabras que García no puede escuchar pero que entiende perfectamente:

- ¡España, España…!

Puede ver a sus paisanos que, mientras huyen por el patio disparan y se acuchillan con los franceses.
Dispara su mosquete -¡bang!- un bigotudo zapador menos, lo está recargando cuando ve a un emperifollado oficial francés que se acerca hasta la pieza sobre la que se apoya el malherido Daoiz.
El gabacho golpea con su sable, arrogante y desconsiderado, la cabeza del español que, de repente, sacando fuerzas de donde no quedan, se apoya dolorido sobre la pierna buena y le lanza una estocada al francés que acierta en carne y lo hace retroceder cuatro apresurados pasos más blanco que la nieve:
¡Mon Dieu, mon Dieu!

Al Capitán Daoiz lo cosen a bayonetazos los granaderos franceses.
Los dos últimos cartuchos que muerde y dispara el Soldado Juan García se los envía, entre lágrimas, a los que ensartan al valiente oficial.
Los franceses se desparraman por todo el recinto mientras algunos defensores mueren luchando hasta el final, otros se rinden, algunos logran escapar y otros muchos son capturados.
La resistencia en el Parque de Artillería de Monteleón ha terminado.

Cuando sale al patio el García contempla la verdadera magnitud de la resistencia. 
Los muertos, los heridos, los cascotes por todas partes y el aire lleno de los lamentos de los moribundos.
Los soldados de la Compañía que han logrado salir vivos van formando delante del Capitán Goicoechea. 
Se les ve agotados, sucios y roncos de gritar pero al mirarlos, al joven soldado, una punzada de orgullo le llena el corazón y el alma.
A pesar de la derrota y a pesar del dolor.

Los gabachos también les miran, irritados, coléricos y pensando en el buen número de camaradas que les ha costado tomar aquel miserable reducto rodeado de tapias y defendido por cuatro gatos y dos cañones.
Pensando en lo duro que ha sido y en la férrea e indómita voluntad de morir o vencer que han demostrado aquellos españoles.

Al joven soldado la cabeza y el corazón se le inundan con lo que lleva toda la mañana sintiendo y que él resume en una sola frase, la misma que lleva repitiéndose todo el día, desde que había aparecido el Capitán Velarde:

- ¡La madre que nos parió…!

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Defensa de Monteleón. 2 mayo 1808


jueves, 26 de enero de 2012

EL NOMBRE DE MI PATRIA

Durante muchos años se ha tomado por buena la tesis expuesta por el erudito francés Bochart -que además de entendido y gabacho era hereje- para explicar de donde procede el nombre que nuestra nación ostenta desde hace milenios. 
Porque no es cosa del franquismo o de los Reyes Católicos.
Viene de mucho, mucho más atrás…

Decía el gabacho -pienso que con muy mala leche- que cuando los fenicios llegaron a la península se encontraron que rebosaba de conejos a millares.
En fenicio, caldeo y hebreo antiguo la raíz "Sphan" significa, entre otra muchas cosas: conejo.
A aquello se agarró el francés -y hereje- para presuponer que,  decir España, era lo mismo que decir: “Tierra de los conejos…”

Menos mal que un compatriota se dejó las cejas entre viejos legajos y antiguos documentos requisados por la Inquisición, que de otra cosa no, pero al menos sirvió para dejarnos toneladas de papel y documentos escritos, b
uscando y rebuscando -debía escocerle lo de los conejos lo mismo que a mí- dio con unos antiquísimos documentos escritos en hebreo bíblico. 
Aquel hombre se llamaba Cándido María Trigueros y, el año mil setecientos sesenta y siete, descubre en aquellos viejos papiros que la raíz hebraico-fenicia: "Sphan", no solamente significa conejo, sino que se puede entender también como: "La Tierra del Norte".
Y la Península Ibérica queda al septentrión de Fenicia...

Desde luego, para mi modesto entender, es una teoría mucho más acorde con la realidad… 

¿O se imaginan a los fenicios recién desembarcados gritando como locos el nombre de un bicho que, encima, no habían visto en la vida...?

Quizá es que yo soy muy novelero pero me gusta más imaginarlos sobre las cubiertas mientras el sol calentaba la legendaria “Tierra del Norte” de cuyas riquezas ya hablaban los libros antiguos.

Los griegos denominaron el occidente mediterráneo: Magna Grecia.
A la península la llamaron: Hesperia. 
Contaron que era una tierra maravillosa comparable al Olimpo de sus Dioses. 
Una tierra cuajada de bellezas naturales y de riquezas inagotables de oro, plata, cobre, hierro y estaño.
Aquí es donde estaban -están- las famosas Columnas de Hércules.

Iberia es un vocablo muy antiguo que procedente de las tribus madres de todos nosotros, los que habitaban esto antes que nadie, antes que los cartagineses y que los romanos. 
Significa: "Tierra del Río" -el Ebro, claro, el más grande y caudaloso de la península.
Aunque también se puede traducir como: "La Tierra de los Ríos", de muchos... 
Y aquí riachuelos, arroyos, torrenteras y ríos tenemos a espuertas aunque sean chicos y formen barrancas profundas y tajos intransitables. 

El Span-Ya púnico evolucionó hasta el Hispania romano cuando llegó el Latín que nos amalgamó a todos.
Los primeros hispano-romanos no hablaban, por supuesto, un latín de Academia Romana de la Lengua, las cosas se adaptan a quién las usa y el lenguaje no puede ser menos. 

Así los vocablos del latín culto que empezaban con la raíz -s- más una consonante -Sponsa, Stadium- no resultaban nada fáciles de pronunciar para aquellos íberos reciclados que se apañaron añadiendo una -i- al principio de cada palabra, luego aquella evolucionaría hacia la más sencilla y fácil de pronunciar letra -e- (Estadio, Esposa, Espina...)

Así se pasó del Hispania al España por comodidad y por la evolución natural de las lenguas y de quienes las hablan.
Existen otras dos teorías respecto a la posible procedencia del nombre de nuestra nación.

Una dice que viene por vía directa del euskera, de la palabra: Ezpaina, que significa: labio, aunque también puede entenderse como: confín o lugar lejano.
Quizás la cosa viene de tanto que escuchaban los legionarios decir a los vascongados:

-¡Le reventé los ezpainas al romano, Patxi!

¿Pudo ser aquella la razón de que la palabreja vascongada calase tanto entre la tropa romana...?

¿Se imaginan...?

-Destino: Segunda Legión, Primera Cohorte… 

¡A Ezpaina a que te partan los ídem…!

Vaya usted a saber.
Las cosas de la Historia nunca sabe uno a ciencia cierta ni cómo pasaron ni el por qué sucedieron de una forma y no de otra.

La segunda teoría dice que, cuando Amílcar Barca fundó el campamento de Spal, aquel se convertió más tarde en el Híspalis de los romanos y de ahí al Hispania...

Pero lo peor de todo este asunto es que tuvo que ser un francés -y hereje- el primero en preocuparse de investigar el asunto… Para variar.

Además pienso que lo más importante es saber quienes somos, de dónde venimos y a dónde queremos llegar. 
Cosas todas ellas que no hacemos últimamente. O que no hicimos nunca. 

Ahora que somos un Conjunto de Autonomías Históricas me viene a la mente la imagen de los buitres sobre la carroña, ¡lo siento, no puedo evitarlo…! 
Ahora que nos hemos federado en la desvergüenza y en el recochineo y que no somos más que un puñado de Taifas arrogantes, empobrecidas, ahogadas en deudas y escándalos de corrupción, generando leyes absurdas y embrutecidos por la televisión basura, ahora que la mierda brilla por doquier y que huelen nuestras esquinas a orines y a vómitos, ahora que vagamos sin rumbo y somos despreciados por el mundo entero, ahora que volvemos a ser jirones rotos, esperanzas perdidas y futuro incierto... Ahora no sé si nos merecemos seguir llamándonos así.
No sé si en esto en lo que nos hemos convertido merece seguir llamándose España.

No sé si al hacerlo les estaremos faltando al respeto a tantos y tantos que hay detrás nuestro, a tantos que nos precedieron, a tantos que, mientras luchaban y morían, de sus labios resecos y roncos solamente salía el antiguo nombre de su vieja patria...

A. Villegas Glez. 2012


Imagen: La Península Ibérica a vista de satélite.

martes, 10 de enero de 2012

CUANDO CORREN LOS INGLESES

El principio del siglo dieciocho no fue nada fácil para la arruinada y vapuleada España.

El último rey de la Casa de Austria se moría sin dejar herederos, envuelto en la locura, rodeado de buitres y de cortesanos que eran los que habían mantenido viva la pantomima de la Corte de Madrid.
En su testamento Carlos II nombraría heredero a José Fernando de Baviera. 
Los países europeos se frotaban las manos ante el enorme y rico pastel que se quedaba sin dueño. Francia, Inglaterra y Holanda firmaban acuerdos secretos para repartirse el Imperio Español como llevaban deseando desde hacía siglos.

Pero resulta que el de Baviera la casca prematuramente y el listo de Luis XIV rompe los acuerdos y propone como candidato al trono español a su nieto Felipe de Anjou.
La guerra resulta inevitable.
 
Los buitres europeos se disputarán la carroña a picotazos y muy pronto el continente entero hierve sumido en una guerra atroz, otra más en esta vieja y ensangrentada tierra.
En España cada uno barrería para su casa y, siguiendo nuestras viejas costumbres, tomaríamos partido por uno de los lados, dedicándonos a luchar entre hermanos mientras las tropas extranjeras saqueaban, robaban, mataban y violaban sin importarles un pimiento si apoyábamos a Felipe de Borbón o a Carlos de Austria.
Unos pidiendo fueros y libertades apoyando al Austria como siempre hicieron. Los otros de lado del nuevo rey, aliado de la todopoderosa Francia, al que veían como única solución para evitar el desmembramiento del Imperio y la pérdida de las Provincias en América.

Empezaba la Guerra de Sucesión Española.

Una de las primeras acciones sería el ataque anglo-holandés contra Cádiz en agosto de mil setecientos y dos.
Llegaron a la bahía cincuenta navíos junto con numerosos barcos de transporte que cargaban más de quince mil hombres. Al mando estaba el almirante Sir George Rooke y llegaban dispuestos a desembarcar en Cádiz para luego tomar toda Andalucía.
España imaginen vuestras mercedes como estaba. 
Ni Andalucía ni ningún otro sitio estaba ni prevenido ni preparado para un ataque de aquella magnitud.

En Cádiz, el Comandante Militar contaba con apenas trescientos soldados regulares. 
El Gobernador de Andalucía, Francisco Castillo, Marqués de Villadarias, sólo consigue reunir una pequeña fuerza de ciento cincuenta lanceros.

Así los ingleses tomaron con facilidad Rota y El Puerto de Santa María. 
En las dos poblaciones saquearon, asesinaron y violaron sin freno ni piedad, profanaron las iglesias, abrieron los conventos y forzaron a las monjas que fueron ultrajadas por Compañías enteras para después ser degolladas sin compasión.

Aquella salvajada provocaría que, desde toda la comarca, la provincia y desde toda Andalucía, acudiesen hombres, a veces armados solamente con su navaja, para alistarse en las milicias y defender Cádiz.
Porque Cádiz aguantaba.
 
La artillería de los fuertes y baluartes mantenía la flota enemiga bien lejos de las murallas.
Los defensores tenían poca pólvora pero la que gastaban, la gastaban bien. 
Muchos barcos habían sufrido desperfectos y averías y muchas barcazas, cargadas de casacas rojas, se habían ido a pique.

Los ingleses atacaron el Fuerte de Matagorda, casi abandonado antes de que llegasen, y solamente gracias al valor de las galeras de Ferrán Nuñez que machacaron las trincheras inglesas sin descanso se consiguió repeler el asalto.

Cádiz se defiendía con uñas y dientes.

En la orilla de Rota había más de dos mil casacas rojas dispuestos a avanzar, sin embargo, los mantenía allí la incertidumbre.
No sabían a cuantos españoles se podían encontrar si avanzaban.

Cada día se alzaban enormes columnas de polvo sobre el horizonte y cada noche se veían arder cientos de fuegos de campamento justo frente a sus posiciones.
Además, para más "incertidumbre", cada dos por tres aparecían los lanceros locos que ensartaban sin piedad todo lo que se les ponía por delante para luego desaparecer como fantasmas.
Los ingleses creían que tenían enfrente a todo el ejército español.

Sin embargo no eran más que los ciento cincuenta jinetes de Villadarias y los paisanos que iban reuniéndose en la otra orilla dispuestos a degollar ingleses en cuanto el Señor Marqués se lo permitiese.

Todo lo que tenía a los ingleses tan en suspenso, tan expectantes, tan tensos y tan acojonados no resulta más que un artificio del marqués, que había mandado levantar polvaredas, encender fuegos y hacer incursiones contra las trincheras enemigas. 
Incursiones que ponían los pelos de punta a los ingleses.

Así estuvieron un mes entero. 
Cañonazo va, cañonazo viene, lanzazo va lanzazo viene...

Hasta que el mando anglo-holandés, que por cierto no podían verse ni en pintura los unos a los otros, pero que se habían unido en la ocasión para jodernos como buenos piratas y herejes que eran, decide que lo mejor era reembarcar las tropas y largarse de aquella bahía que estaba desangrando, poco a poco, gota a gota, la antaño flamante expedición.

Hay orden general de abandonar las trincheras y de que la tropa agarre el camino de Rota y se prepare para el reembarque…
Desde siempre han fardado mucho los ingleses de disciplinados bajo el fuego. 
De cuando corren, no fardan.

Al poco rato de empezar la retirada -dos mil casacas rojas- los lanceros se lanzaron al ataque y a ensartar ingleses a pares.
Para ampliar la degollina el Marqués, por fin, les dio rienda suelta a las milicias locales que eran casi todos los padres, tíos, primos y hermanos de las forzadas en El Puerto y en Rota.
Lo que al principio eran pasos apresurados- ¡Go, James, go,go...!- se convirtieron muy pronto en carreras alocadas y poco después en pánico desaforado.
Corrieron los ingleses que se las pelaban y sin mirar atrás hacia las barcas que les esperaban que, muy pronto, rebosaban de ingleses con ojos desorbitados que remaban, con las culatas de los mosquetes y con sus propias manos, desesperados.
Muchos intentarían alcanzar sus barcos a nado y se ahogarían a docenas.
Los lanceros recorrían las calles de Rota buscando ingleses que ensartar y los milicianos degollaban sin compasión y sin dejarse nadie vivo detrás de ellos, ni tampoco anillo, cadena o diente de oro...

El agua se torno roja como en una almadraba con los cuerpos flotando acuchillados de mil maneras.
La sangre empapaba a los milicianos y a los lanceros que contemplaban alejarse las atestadas barcazas. 
Detrás el campo rebosaba de enemigos muertos o agonizantes que eran rematados sin piedad.

Dos hombres se miraban el uno al otro con los sables chorreando sangre inglesa.
Nunca habían sido amigos. 
Uno era leal al Archiduque de Austria, el otro al nuevo rey.
Mil veces habían discutido y casi llegado a las manos, mil veces uno contra el otro peleando cada cual por sus convicciones y sus ideas.
Cabezones, fanáticos y cerriles. 
Como buenos españoles.

Ahora se miraban respirando entrecortados, secándose los cuajarones de sangre sobre la ropa civil ya que ni uniforme tenían:
- ¡Jozú que jartá de matar!- le dice uno ofreciéndole una petaca de licor al otro.

- ... De los tuyos eran.

- ¿De los míos...?

- Sí, del Archiduque... Ingleses, holandeses...

- ¿Sabes compadre...?

-¿Qué...?

- Los míos son los que vivían el el Puerto y en Rota.

- Pues los mismos que los míos...

- Esos lo han aprendido bien...

- ¡Jozú de verdad...!


Las barcazas inglesas, cargadas de heridos que se lamentan y chorreando sangre se alejan de la bahía de Cádiz sobre la que flotan, hechos pedazos, los cuerpos de sus compañeros muertos.

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Cádiz...


viernes, 6 de enero de 2012

DÍA DE REYES EN MONTEVIDEO

En Montevideo amanecía el seis de enero de mil setecientos sesenta y tres...

Los Reyes de Oriente le habían traído a la guarnición española un regalo envenenado en forma de flota anglo-portuguesa que llevaba algunas semanas enseñoreándose del estuario del Río de la Plata buscando el mejor lugar en el que clavar los colmillos.
Una flota que había atacado nuestras posesiones sin previa declaración  de guerra. 

La Compañía de las Indias Orientales era la que organizaba y pagaba a los aventureros, ladrones, asesinos y demás escoria hereje que componían las tropas reclutadas bajo la consigna del saqueo sin freno y la promesa del degüello de españoles.
La mandaba un inglés de nombre Macnamara que navegaba en un viejo navío, el "Kinston", al que había rebautizado pomposamente: “Lord Clive”. 
Un buen barco de sesenta y cuatro cañones al que daba apoyo en la ocasión la fragata de cuarenta, “Ambouscade”.

A los hijos de la Pérfida se les habían unido los portugueses ansiosos como estaban en recuperar la Colonia de Sacramento y así poder poner los pies, por fin, más allá del Brasil. Aunque para ello hubiesen tenido que hacer tratos con los ingleses que los repudiaban y despreciaban tanto como a los españoles. 
O más.

En Río se habían unido a los piratas ingleses la fragata portuguesa: “Nuestra Señora de Gloria” y algunas otras naves de apoyo además de ochocientos infantes con los que la expedición alcanzaba el millar y medio de efectivos con abundante pólvora, mosquetes, pertrechos y el puerto de Río a dos pasos. 
O a dos soplidos del viento que para el caso es lo mismo.
Todo parecía estar de cara y viento en popa para los enemigos de España. 
Porque en el ancho mar no había ni rastro de barcos españoles y las defensas de tierra no serían ningún obstáculo. ¡Total -pensaban- son cobardes españoles los que hay tras las débiles murallas!

- ¡Nos los vamos a comer con potatoes, my friend! -le decía MacNamara al General Gomes Freire.

- ¡Y un carallo teu vas a comer...!- le contestaba el portugués pensando en sus vecinos y en cómo se las solían gastar.

Pero su Rey le había ordenado aliarse con aquellos apestosos y él había tenido que obedecer sin chistar, como buen soldado que era, ¡carallo! 
A seguir porfiando con los vecinos por el Río de la Plata... Que así llevaban desde los tiempos del Tratado de Tordesillas.

Amanecía el día de Reyes sobre la bahía de Montevideo y los tres principales navíos de la flota enemiga tomaban posiciones de combate, cada uno de ellos enfrentado a uno de los baluartes de tierra: Santa Rita, San Pedro de Alcántara y San Miguel.

A cuatrocientos metros los anglo-portugueses abrieron fuego y el humo empezó a cubrir la bahía.

Los ingleses habían trazado su plan de batalla basándose en la seguridad de que, los muy católicos habitantes y la soldadesca española, estarían rezando, rosario en mano, celebrando la Epifanía de los Reyes.
Pensaban que bastaría con pegar cuatro cañonazos, espantar a los adormilados y seguramente borrachos centinelas y desembarcar a las aguerridas tropas que arrollarían a los defensores en un decir Jesús...

Y no le faltaba razón a los ingleses...

Porque los niños, las mujeres y los muy ancianos estaban rezando en la iglesia sí, pero los hombres, soldados o no, estaban todos desplegados en los baluartes y dispuestos a rechazar cualquier intento de desembarco.
Pero no hizo falta...

Los barcos disparaban salvas una tras otra de bala y de metralla pero no acertaban ni queriendo o lo hacían por pura probabilidad estadística, ya que, de cada cien disparos alguno tenía de dar donde debía.
Todo lo contrario le sucedía a la artillería española de los baluartes, que disparaba y recargaba y disparaba una lluvia de hierro y de plomo que convertía las cubiertas enemigas en mataderos.

Después de cuatro horas de recibir el cañoneo mortalmente certero de las baterías españolas los tres barcos estaban desarbolados, con las pocas velas hechas jirones, las dotaciones convertidas en masas sanguinolentas sobre las cubiertas arrasadas y las bombas achicando al límite.

El “Lord Clive” flotaba como un corcho lleno de agujeros en mitad de la bahía.
Los españoles cargaron una andanada de “Bala Roja”, que es una bala calentada al rojo vivo que se dispara con la intención de provocar incendios o, si hay suerte, hacerlo estallar en un millón de astillas si se consigue acertar en la santa bárbara.

Un disparo que requiere mucho valor y mucha destreza por el peligro de estallido que representa la complicada operación.
Aunque de aquellas dos virtudes andaban sobrados los artilleros del Baluarte de Santa Rita.

Los certeros cañonazos españoles provocan primero el incendio y la posterior explosión del navío inglés. Trescientos súbditos de Su Graciosa se volatilizan en un instante consumidos por el fuego que se extiende inexorable de la proa hasta la popa.
Entre los torreznos estaba el mismísimo Capitán MacNamara.

Los pocos supervivientes que logran poner los pies en la isla serán posteriormente juzgados como lo que son, simples piratas, y ahorcados sin más trámites.

La “Ambouscade”, convertida en un colador y chorreando sangre por los imbornales, consigue escapar de milagro.
Navega junto al navío portugués: “Gloria”, que va también seriamente averiado y dañado.
Desde el alcázar de popa el General Gomes Freire puede ver salir la humareda de los cañones españoles que siguen disparando desde los baluartes.
Lo que queda del “Lord Clive” se hunde entre llamaradas y gritos de terror:

- ¡Madre de Deu...! ¡Ya teu decía, que te ibas a comer un carallo…!

A. Villegas Glez. 2012


Imagen: El Lord Clive arde ante las defensas de Montevideo. 1763



domingo, 1 de enero de 2012

FRANCISCO DE RIVERA

Hay en nuestra historia hombres que son completamente desconocidos, más que héroes olvidados son héroes jamás reconocidos. Hombres valientes a los que nuestra desagradecida y desmemoriada España ha dejado fuera de la gloria, huérfanos del reconocimiento y del recuerdo.

Francisco de Rivera es uno de esos hombres...

De orígenes muy humildes la única salida que tenía para aliviar sus miserias era la Milicia. Antes de ingresar en los Ejércitos del Rey malvivía como pícaro buscavidas 
igual que tantos otros de aquella generación de compatriotas irrepetibles.

Se enroló como soldado embarcado en la escuadra de don Luis Fajardo. La flota tenía su base en Cádiz y allí se le conocía como pendenciero, espadachín, mujeriego y vividor, ostentaba el empleo de alférez, que se había ganado a pulso combatiendo contra los piratas berberiscos, y tenía la fama bien ganada de ser un avezado marinero, astuto en las maniobras y valiente durante los abordajes.

En alguna de las muchas bacanales que se organizaban en la cosmopolita y enriquecida Sevilla conoció al no menos amigo de fiestas, mujeres y vino, Pedro Téllez de Girón, el Gran Duque de Osuna -el mejor noble que jamás dio España- que le ofreció, sin dudarlo, el mando de uno de sus galeones.
Rivera destacaría tanto sobre los demás Capitanes durante la toma de La Goleta que el mismo Duque -impresionado por su valía- le ascendió a Capitán de Escuadra otorgándole el mando de una de sus divisiones.
Con ella Rivera llevará la guerra hasta las mismas costas del enemigo sarraceno.

Con sus cinco galeones y un patache -un tipo de embarcación menor de apoyo- costea arriba y abajo la isla de Chipre hasta que, harto de buscar un buen fondeadero, ordena a su escuadra que ancle frente al Cabo Celidonia, en la que estaba situada una de las más importantes bases de la flota otomana.
Arrogante, orgulloso y provocador Rivera fondea sus naves y les lanza el guante a los turcos que, cabreadísimos ante la desfachatez de los cristianos que se atreven a fondear en sus mismas narices, envían contra aquellos españoles impertinentes una flota de cincuenta y cinco galeras.
Doce mil turcos contra mil doscientos españoles:

¡No habrá entenas para colgar tanta cabeza...! -pensaban los sarracenos.

14 julio de 1616: 


Los turcos formados en su conocida media luna atacan sin miramientos la línea de barcos españoles. 

Tres galeones y el patache que permanecen impávidos con las portas abiertas y apuntando, con mucho cuidado, sus cañones.
Hasta la caída de la noche duró la batalla sin que los turcos se pudiesen ni acercar a los galeones.
El fuego de artillería preciso, continuo y mortal los mantuvo a raya y tuvieron que retirarse con ocho galeras 
peligrosamente escoradas sobre el mar oscuro, hechas añicos y con mucha gente muerta a bordo.

15 de julio de 1616:

Por la mañana, muy temprano, los turcos que se habíann pegado toda la noche entonando cánticos guerreros y tocando chirimías y panderos, atacan con ferocidad.
Esta vez los rebencazos de los cómitres en las espaldas de los forzados les llevan, más para su desgracia que para otra cosa, a tiro de arcabuz de los galeones españoles.
La artillería, precisa y eficaz, a la que se han sumado más de mil arcabuces y mosquetes, detienen en seco a los turcos que se retiran otra vez vapuleados y con muchas galeras haciendo agua o hechas astillas.

Algunos capitanes sarracenos ni se atreven a acercarse a los españoles, acojonados de miedo después de haber visto saltar hechos pedazos a muchos de sus camaradas.

16 de julio de 1616:

Los otomanos atacan aquella mañana con todas las fuerzas que les quedan.
Gritan y cantan mientras rocían los barcos españoles de bombazos y de flechas. 
Con el empuje fanático y con su honra en juego consiguen alcanzar las tablas de la nave capitana española.
Pero nada logran más que encontrar su terrible final.
Desde el flanco, la reserva del astuto Rivera, que no había abandonado su puesto de combate en ningún momento, destroza a los turcos a cañonazos.
Algunas galeras estallan en mil pedazos y se hunden en segundos, otras se alejan tan maltrechas que apenas pueden navegar convertidas en tablazones flotantes cubiertos de muertos.
Los otomanos se retiran definitivamente...

La escuadra de Rivera, cargada de gloria, regresa a sus bases.
Desde Lepanto no habían recibido una paliza naval de tal calibre los turcos, y en sus propias aguas, en las mismas narices del Sultán, y para más recochineo y deshonra, en inferioridad numérica.
Rivera será recompensado por el Duque de Osuna con el Almirantazgo y el hábito de Santiago.

Su gesta causó admiración en toda Europa.

En el año 1617 el Almirante Rivera zarpa con sus quince galeones de patrulla por el Adriático.
En noviembre, muy cerca de la isla de Ragusa, los españoles son interceptados por la escuadra veneciana que mandaba el reconocido Almirante Veniero, que contaba en su flota con dieciocho galeones, seis galeazas y treinta y cuatro galeras.
Los venecianos, sin dudar de su victoria, se lanzaron
 al ataque.

Un ligero viento se había levantado y los galeones y las galeras venecianas que los remolcaban empezaron a volar sobre el agua, iban a la turca formados en media luna.
Los galeones españoles estaban dispersos y cada cual a su aire justo antes del ataque, pero con una rapidez y maestría marinera admirable, se agrupan, ciñen el viento y ponen proa al enemigo.
La maniobra deja al almirante veneciano aturdido por la eficacia y el arrojo de su homólogo español. 
Veniero empezó a rezarle a todos los Santos del cielo.

Los españoles se formaron en una línea recta mientras los barcos venecianos empezaban a apelotonarse haciéndose señales desesperados los unos a los otros.
Con otra maniobra impecable -Veniero se cagó patas abajo- los galeones españoles viraron sobre la línea y pusieron la banda de babor apuntando contra al enemigo, abrieron las portas y, todos a la vez, abrieron fuego una salva horrorosa de bala y cadena sobre los barcos venecianos.

Las galeras enemigas cortaron desesperadas los cabos que las unían a sus galeones y trataron de bogar desesperadas buscando ponerse muy lejos del alcance de los arcabuceros y de los artilleros españoles que disparaban y recargaban con mortal cadencia y eficacia.
Con prisas y sin pausas las enormes bocas negras de los cañones españoles asomaban y disparaban sin detenerse un momento.
La flota de La Serenísima y sus marineros que correteaban despavoridos sobre las cubiertas se convirtieron en pato de feria para los artilleros e infantes embarcados españoles.

Tras largas y sangrientas horas aguantando el cañoneo el Almirante Veniero decidió retirarse, más de dos mil venecianos habían muerto y su buque insignia, el "San Marcos", navegaba remolcado, hecho un colador, flotando de milagro y chorreando sangre por las dos bandas.
Su desgracia no terminaría con la derrota. En el camino hasta puerto una espantosa tormenta les daría la puntilla a los sempiternos enemigos de España.

Francisco de Rivera había vencido a los turcos y a los venecianos en inferioridad de condiciones a base de buen hacer marinero y valor, atacando siempre y retrocediendo jamás.
Fue uno de nuestros más grandes Almirantes.

Cuando el Gran Duque de Osuna cayó vapuleado por los envidiosos, los mentirosos y los hijos de mala madre -que esta tierra germinan como los cardos borriqueros- junto a él caerían también todos sus amigos y protegidos. 

Hasta el reconocido escritor Francisco de Quevedo sería desterrado de la Corte.
Rivera, pese a su reconocida valía, es exiliado a las olvidadas escuadras caribeñas y su pista se perdió para siempre de la Historia.

Unos cuentan que murió en Cádiz, solo y en la miseria. Otros dicen que murió en el Caribe combatiendo contra piratas y corsarios.


A mí me gusta pensar que fue allí, peleando.

Pero, habiendo nacido aquí no me extrañaría que hubiese muerto indigente, miserable, muerto de hambre y despreciado por cuantos se cruzaban en su camino por las calles de Cádiz. Y que sus huesos estén perdidos para siempre en ese pozo oscuro, profundo y maloliente en el que los españoles solemos arrojar a nuestros más grandes compatriotas. 

El pozo del olvido...

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Galeón San Mateo. 1582



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