martes, 28 de febrero de 2012

PICA, BALLESTA Y MAR

Los remos rompían la quietud de las aguas del Atlántico a un ritmo frenético mientras el chasquido del látigo caía una vez y otra sobre las espaldas de los forzados.
Había orden de silencio y de no hacer luz alguna a bordo.

Las galeras del Rey de España navegaban en orden de batalla, silenciosas, rápidas y letales hacia su objetivo que era l
a Cala de las Muelas de la Isla Tercera de las Azores, que se había convertido en nido y bastión de los rebeldes portugueses a los que daban apoyo los franceses y los ingleses, que como siempre estaban dispuestos a mojar sopas en pucheros ajenos y más si con ello podían ofender a nuestra nación. 
Que ya lo decía el viejo refrán:
 “Dios los cría…”

A pesar de que hacía cosa de un año más o menos, el viejo león del Marqués de Santa Cruz les había dado a los gabachos un repaso naval de los que marcaban época, hundiendo varios de sus flamantes galeones y enviando al fondo del mar -matarile, rile, rile- a dos mil y pico de sus marineros con su estirado Almirante al frente, l
os franceses seguían, a pesar de tan gran descalabro, con su plan de apropiarse de las islas lusas y por eso estábamos allí los de la Infantería Embarcada, para reclamarlas como nuestras a pique de alcanzar la orilla…

Por el horizonte clareaba el alba y hasta donde alcanzaba la vista se podían distinguir las siluetas de las galeras remolcando los esquifes que iban atestados de picas, arcabuces, escapularios, medallas de la Virgen, dagas, espadas y valor.
En cada nave se había montado un ingenioso sistema que permitiría a los infantes saltar a la orilla sin tener que mojarse demasiado. 
Desde cada espolón asomaban unas tablazones, ahora colocadas verticalmente para  que sirviesen de protección, que luego se abatían sobre la arena haciendo su papel de plataforma. 
Rampas de desembarco las había bautizado algún espabilado compatriota y, ¡pardiez!, qué atino tuvo el camarada.

Las defensas de Terceira no eran moco de pavo. 
Contaba con cuarenta Fuertes unidos los unos a los otros con una tupida red de enrevesadas trincheras, parapetos y bastiones que defendían diez mil portugueses, ingleses y franceses. 
Más de doscientos cañones estaban dispuestos a hacer pedazos cualquier intento español o de quién fuese.
Lo que no podían esperar ni imaginar los defensores de la isla eran ni la audacia extrema ni el valor suicida de la Infantería Embarcada española. 

Había sido una idea genial la del rey Felipe, que había continuado los primeros pasos que en aquel sentido ya había dado su augusto padre, de incluir soldados de infantería como parte de la dotación de cada navío, galeón, galera, barca o barquilla de la Armada de España.  
Así los enemigos del imperio podían ser atacados en su propia casa, arrancados del sueño por los arcabuzazos de un Tercio entero avanzando en cuadro al grito unánime de: 
¡Cierra...!

La primera oleada alcanza la playa, se extienden las rampas y saltan los primeros hombres sobre la arena.
Entonces a uno de los Alféreces Abanderados se le va la olla -ha debido ser la travesía- y se lanza en solitario enarbolando el trapo, audaz y temerario contra las trincheras del enemigo que, sin poder llegar a creerse lo que está contemplando -las galeras vomitando gente sin parar y aquel loco de la bandera corriendo desaforado hacia ellos- dan la voz de alarma y, lo que es peor, empiezan a cargar sus numerosos cañones.
La mayoría de los soldados españoles cargaron como locos detrás del Alférez y de la bandera y como ya no hacía falta disimular más por aquello de la sorpresa, el viejo y terrorífico grito de guerra de la infantería española hizo temblar la Cala de las Muelas, la isla Tercera y el archipiélago de las Azores.

La primera trinchera enemiga sería fácilmente 
rebasada y aniquilados todos sus espantados defensores.
Los portugueses, ingleses y franceses que acudían para apoyar a sus camaradas de aquella trinchera, se quedarían paralizados de espanto cuando comprobaron desolados que los españoles ocupaban casi toda la playa y que de sus camaradas de la trinchera solamente quedaban restos sanguinolentos.
Las fuerzas españolas se extendían como una ola irrefrenable de fuego y de muerte desde las rampas de las galeras y esquifes hacia adelante.
Las defensas enemigas intentaban vanamente resistir el envite pero los Tercios Embarcados habían formado los inexpugnables cuadros erizados de picas y ya nada podría detenernos.

El Marqués de Santa Cruz y los Maestres de Campo de cada Tercio desembarcarían con la segunda oleada reforzando la cabeza de playa.
Se contaban ya por miles los españoles desembarcados y desparramados por toda la playa.

Durante dieciséis horas los portugueses aguantarían en sus posiciones resistiendo como buenos hijos de Iberia que eran. 
Pero la operación anfibia española había resultado implacable.
Realizada como se debían hacer aquellas cosas, con sorpresa, valentía y audacia. 

Hasta los mismos enemigos lo reconocerían:

“Desembarcan y, de inmediato, se ponen en batalla…”

La vieja y fiel infantería…

La más vieja, fiera y leal del Mundo… 
Herederos de los gloriosos Tercios de Nápoles y de Sicilia y de los temidos Tercios de Galeras.

Presentes en mil batallas, en mil victorias y en mil honrosas derrotas, siempre defendiendo su antigua tierra, siempre llevando muy dentro el orgullo de su sangre y de su antigua estirpe. 
Enterrados bajo la tierra extraña de mil rincones del Mundo.
Ojalá que allí en dónde os encontréis sobre vuestros venerables huesos, llenos de honor y de gloria, germine, agradecida y orgullosa una flor roja y gualda.

© A. Villegas Glez. 12

Dedicado a los Infantes de Marina de ayer, de hoy y de mañana…



jueves, 23 de febrero de 2012

PUENTE SAMPAYO

-          ¡Carallo!... Estos gabachos no escarmientan…
-          A ver qué te crees tú rapaz, que se van a ir sin pelea…

El río Verdugo baja espumoso este día de verano de mil ochocientos nueve, al viejo puente se le han volado sus antiguos arcos para impedir así el paso de los franceses.
En la orilla sur los diez mil españoles, entre milicianos y soldados regulares y sus cinco cañones, bajo mando del admirado y valiente Coronel Morillo, afilan sus navajas, preparan los sacos de metralla, miden las distancias los artilleros y con los oficiales intentando meter en cintura a los díscolos paisanos que quieren salir ya, sin pérdida de tiempo, a desjarretar gabachos.
Los españoles contemplan como doce mil franceses, relucientes los petos, las tricolores al viento y en perfecta formación napoleónica, con el emplumado mariscal Ney al frente, van tomando posiciones justo delante de ellos.

Pese a lo horroroso que ha sido el año para los imperiales en España desde que los madrileños habían dicho basta y la rebelión y la caza del francés había corrido como la pólvora por todo el país, con ciudades que resistían los asedios, con los caminos convertidos en trampas mortales, con los gabachos expulsados de Portugal y retrocediendo en España hasta más allá del Ebro, con el rey José corriendo que se las pelaba desde Madrid.

Pese a todo ello, el ejército francés era el mejor y más poderoso de su tiempo, con soldados que avanzaban en recias y valerosas columnas hacia el enemigo, con zapadores bigotudos y caballería y mamelucos que daba pavor ver en mitad de la batalla. Francia no era lo que era por casualidad, ni Napoleón tampoco… Toda Europa había claudicado, menos los ingleses cabezones y orgullosos hasta la médula, enrocados desde hacía siglos en su británica isla.

Pero ahora los “mesiús” estaban metidos hasta el cuello en España, y aquí no valían derrotas ni saqueos, ni represiones brutales, ni arrogancias de vencedor. Esto era España, y cada recoveco del camino, cada campesino, cada soldado, cada mujer y cada niño, se había convertido en enemigo declarado del francés.
Y todos sin excepción daban su vida, sin miedo, con tal de llevarse a un enemigo de su rey y de su Patria por delante.

Los diez mil españoles de Puente Sampayo son los mismos que han tomado Vigo y Marín y han obligado a los gabachos a retirarse a Santiago.
Ahora, cortan el avance de Ney sobre el viejo puente.

Los franceses observan, evalúan y no ven en Morillo y sus cinco cañoncitos ningún obstáculo para su avance.

Gritando ¡Vive L´Emperateur!, los franceses lanzan sus temibles columnas de infantería de frente contra las posiciones españolas.
Los cañones y la fusilería continua y eficaz de los españoles dejan pronto el río Verdugo lleno de cadáveres. El ardor francés choca de bruces contra el valor español.
Las filas francesas sucumben una tras otra bajo el bravo fuego de los hombres de Morillo, los pocos franceses que consiguen alcanzar la posición española caen cosidos a bayonetazos y sablazos.

La caballería francesa es incapaz de abrir brecha. Los coraceros caen rodando uno tras otro contra el duro suelo gallego: ¡Clang , Cling, clong!
Y cuando termina el concierto de armadura rodando, un gallego que huele a sal y a percebes, le rebana el pescuezo al gabacho con su navaja, la misma que usa para cortar el queso de tetilla.

Ney ordena entonces a sus tropas que se replieguen. Pues por allí (está claro) no podrán pasar, aquellos españoles que hablan tan raro no van a permitírselo.

Pero Ney sabe por sus espías que hay otro puente un par de millas al norte. Un puente que los españoles no han volado, un puente defendido tan solo por paisanos llegados desde Pontevedra, El Morrazo y La Lama, paisanos sin preparación militar que huirán, sin duda, cuando los mamelucos carguen contra ellos.

El ocho de Junio Ney ordena a sus mamelucos, los mismos que se cagaron patas abajo, cierto día, hace un un año poco más o menos en La Puerta del Sol de Madrid, que ataquen el puente de Caldelas y pasen sin piedad a cuchillo a los defensores.

Tres cargas consecutivas resisten los valerosos hombres de Caldelas. Tres cargas terroríficas de los afamados mamelucos.
Los pocos jinetes egipcios que consiguen regresar vivos, llegan temblando y con los ojos espantados.
Moros, habían dicho aquellos salvajes, moros- cuentan- y llamando a un tal Santiago se habían lanzado contra los caballos y los mamelucos con tal furia que hasta los animales retrocedían ante ellos:

-¡A por los moros, carallo!- gritaban y movían las manos como demonios, con aquellas navajas enormes que portaban los españoles desde El Ferrol hasta Tarifa.

Ney no da crédito. Sus flamantes y aguerridas tropas son desangradas ante aquel riachuelo gallego.
Hasta los temibles mamelucos, que hasta a él mismo le daban miedo, habían caído desollados por aquellos locos y bestias españoles.

Porque aunque entre ellos mismos ( los españoles) hacían esfuerzos por distinguirse los unos de los otros, yo soy de aquí, el otro de allá, mi tierra es más hermosa, en la mía hay mejor vino, y demás etcéteras, a la hora de combatir  a los franceses, los españoles lo hacían de la misma manera allí en Galicia que en Cádiz o en Cataluña… No había diferencias ni en los gritos que daban ni en su fe inquebrantable en obtener la victoria. Españoles indomables de las cuatro esquinas de la Península.

El día nueve, el cabizbajo mariscal del imperio, ordena la retirada.
Será una pesadilla, hostigados noche y día por los guerrilleros. Los pocos franceses que consigan pasar y atravesar las sierras llegarán hasta sus líneas  enloquecidos y exhaustos. Los guerrilleros no han dejado por un momento de perseguirles y de matarlos allí donde los encontraban.

Galicia, queda limpia de franceses. Y los defensores de Puente Sampayo se convertirán en héroes.

Olvidados y escondidos. Como todos.

© A. Villegas Glez. 




sábado, 18 de febrero de 2012

ASTORGA 1810

¡Malditos gabachos…!
Apoyado en las vigas renegridas de lo que había sido una 
casa, Pedro López contemplaba absorto la brecha de la muralla por la que, sin duda, atacarían mañana los franceses…
Astorga resistía irreductible y aguantando firme el envite de los treinta mil soldados del mejor ejército del mundo que la rodeaban. Los mismos gabachos que los habían vapuleado en Rioseco, en Zozorna, en Espinosa.

Habían tardado los franceses un mes, pasito sí, pasito no, en cercar las murallas de la ciudad, encerrando dentro a los defensores y aislándolos del mundo exterior. Astorga se sumaba a las ciudades españolas que se enrocaban contra el gabacho.
Porque al contrario que en el resto de Europa, en España, pese a las derrotas y a la represión, el ejército renacía una y otra vez de sus cenizas y el pueblo, bueno, desde los niños hasta los viejos todos los españoles odiaban a los gabachos y no perdían la oportunidad de cepillarse a alguno. El puesto de enlace o correo no era el más solicitado en España:

- François, lleve estos pliegos al Mariscal Dupont…

- ¿Atravesando las sierras, mon Caporal…?

- Ouí… ¡Faltaría mais...!

- ¡Glups, glups…!


El veintiuno de marzo de mil ochocientos y diez llegaron los franceses a Astorga… En seguida cortaron los accesos a la ciudad y empezaron los trabajos de cavar sus trincheras, trazar sus paralelas y arrimarse a la muralla.
El Coronel Santocildes que era nuestro comandante y un hombre valiente, desde el primer momento decide que la mejor táctica es la de estorbar los trabajos del enemigo a base de golpes de mano y encamisadas nocturnas que ponían los pelos de punta a los zapadores franceses.
Como la espectacular salida del día treinta en la que trescientos españoles, despreciando el fuego enemigo, 
bayoneta calada y pecho descubierto hicieron montería de franceses y destrozaron lo que tanto trabajo les había costado construir.

Sin embargo, a pesar de tanto derroche de bravura y valor la situación era desesperada. No había apenas qué comer y la poca agua disponible era salobre, desde que los gabachos habían tomado Fuente Encalada… Pero lo peor de todo era la falta de municiones para los cañones y los mosquetes. Se podían contar con los dedos de la mano los cartuchos y los sacos de pólvora que quedaban.


Sin embargo, la guarnición y los voluntarios seguían dispuestos a resistir hasta la última bala. Y como se ve que los miles de franceses que rodeaban Astorga, a pesar de estar lamiendo las murallas, eran incapaces de tomarla al asalto, el mismo General Junot se desplaza desde Valladolid con gruesos cañones de asedio y más tropas.
Llega a la ciudad el día diecisiete de abril. Ordena que se emplacen los morteros y el inmediato y continuado bombardeo de la ciudad… El día veinte de abril, con sus baterías ya dispuestas, los cañones franceses abren fuego
 a las cinco de la mañana… No dejarán de disparar hasta bien pasado el mediodía.
La guarnición de Astorga resiste impasible pese a que se ha abierto una brecha enorme en la muralla muy cerca de la Catedral.

Los españoles responden al fuego de la artillería francesa recargando sus cañones con las bolas de hierro del enemigo que no habían estallado… Reciclaje de campaña.
Impávidos los astorganos resisten un bombardeo que se podía escuchar desde la Loma del Calvario, que estaba en León a casi cincuenta kilómetros de distancia.

Amanece el veintiuno de abril y para desayunar los astorganos tienen hierro y plomo francés. De postre, seguro de sí, Junot envía un emisario:

- Capitulación incondicional o degüello…- dice.

El coronel Santocildes le responde:

- “La guarnición espera el asalto…”

Disparan los defensores un cañonazo, de bala reciclada, con tan buen tino y poca fortuna que el proyectil le vuela el sombrero de la cabeza al general gabacho -¡Mon Dieu!- aquello es el buen tino y no le arranca la cabeza de milagro, aquí la mala fortuna…

Junot decide enviar a dos mil hombres para que ataquen por la zona de Rectivía, pensaba que de esta manera los defensores dejarían más desguarnecida la brecha de la muralla. Pero se equivocaba porque mientras los dos mil franceses eran rechazados durante horas sin que pudiesen romper la defensa española de Rectivía, otros mil soldados, tropas de élite de los prestigiosos Regimientos: Sesenta de Línea y el Batallón Irlandés atacaban sin éxito la brecha de La Catedral…
La carnicería resultó espantosa. Los defensores agotaron los últimos sacos de metralla y los últimos cartuchos de mosquete que les quedaban sobre los franceses.
Muy pocos llegarían hasta los escombros de la muralla y los que llegan se encuentran allí con que habían quedado al descubierto y expuestos a los fusiles españoles. Solamente unos pocos hombres, de los mil que componían el asalto, lograrán sobrevivir refugiándose tras los cadáveres de sus camaradas.
Ni uno solo había logrado poner los pies tras la muralla…El asalto francés había sido rechazado. Pero los españoles tenían las cartucheras vacías y solamente les quedaban las navajas y las bayonetas.
Algunos quieren inmolarse matando enemigos, como en Numancia -dicen- pero el Coronel logra
 convencerlos de lo contrario… Seréis más útiles vivos que queda todavía mucha guerra que dar todavía- les dice.
Así el veintidós de abril Astorga se rinde, pero sin haber sido derrotada.

El General Junot, aunque él es un revolucionario y un soldado del Emperador y no cree en aquellas cosas, entra en la bombardeada Catedral y enciende una vela:

- Gracias Dios mío por permitir que se les agotasen las municiones a estos locos… No sé qué hubiese pasado si llegan a tener más…

A. Villegas Glez. 2012


miércoles, 15 de febrero de 2012

LA GRAN EVASIÓN

Un sol pálido que apenas calienta, ilumina las viejas banderas que, enhiestas y ondeando al frío viento, están clavadas en la arena. Alrededor nueve mil españoles juran, sobre aquellas telas sagradas, que no pararán hasta llegar a su patria y morir en su suelo por su libertad y por su Rey.

Desde los barcos los ingleses contemplan boquiabiertos el espectáculo mientras se dan codazos unos a otros admirados, pues los españoles, que eran el enemigo hasta hace dos semanas, habían conquistado toda la isla, tomado un importante puerto y escapado de los franceses y los daneses delante de sus narices.

Porque resulta que, los que están
 alrededor de sus gloriosas banderas eran, hasta hace muy poco, aliados de Napoleón y los habían llevado allí para combatir contra los suecos y, de paso, apretar el dogal del bloqueo marítimo a los británicos.

Todo empezó el día que el todopoderoso Napoleón exigió a los Reyes
y a su favorito, Godoy, que le proporcionasen tropas españolas para la Campaña del Norte y los otros, claro, habían tragado sin rechistar.
De aquella manera conseguía el Emperador sacar a las mejores fuerzas militares que había en la península. 
Porque siempre lo había tenido muy claro Bonaparte con respecto a España.
Lo que no se esperaba fue la reacción, valiente y unánime, de aquel pueblo embrutecido y atrasado.

Así, usando las tropas hispanas destacadas en el ilusorio Reino de Etruria, más las que estaban de guarnición en Cataluña -¡qué casualidad, François...!- se creó un Cuerpo Expedicionario.
El mando recayó en el Capitán General de Cataluña, Pedro Caro y Sureda, más conocido por su título, Marqués de la Romana.
El Marqués era un hombre ilustrado, valiente soldado del Rey que había ascendido en el escalafón por méritos y conocimientos. 
Empezó su vida como marino bajo las órdenes de Churruca pero se cambió al Ejército cuando la Guerra de la Convención… 
Quería el Marqués oler la pólvora a ras de suelo.

Los quince mil españoles del Cuerpo Expedicionario fueron enviados de inmediato a Alemania.
En la ciudad de Manguncia a los españoles les pasan revista Maximiliano de Baviera y los Mariscales de Francia. 
Todos se quedan pasmados ante la marcialidad, disciplina y lúcida presentación que realizan las tropas españolas. 
El Rey bávaro, impresionado, le comenta al oído al General gabacho que tiene más próximo:

- A la vista de esta tropa se puede explicar uno las hazañas de Carlos V…

Al francés le vienen
a la memoria nombres como: Gravelinas, Garellano o Pavía y entonces traga saliva. 
Menos mal -piensa- que ahora: ils sont les alliés…

La División española se destacaría sobre todas las demás, incluidas las afamadas filas azules, por su arrojo y disciplina bajo el fuego durante el asedio de Stralsud en agosto de 1807.

Los franceses, que ya andaban ocupando Figueras, humillando al pueblo y metiendo tropas y más tropas en la adormilada España, deciden que, lo más prudente, es dispersar a aquellos peligrosos quince mil españoles que tienen a su lado.
Así las Unidades quedan aisladas las unas de las otras y diseminadas entre la Península de Jutlandia y las Islas de Fionia.
Rodeados de franceses y cada día más mosqueados.

Los quince mil españoles podían sentir, muy dentro de las tripas, que algo malo estaba sucediendo en casa y que ellos estaban allí riéndole las gracias a los gabachos.
El correo de los españoles se había retirado y hasta al mismo Marqués le negaban la correspondencia. Algo raro estaba sucediendo y no era nada bueno.
Entonces los acontecimientos se precipitaron.

Los franceses exigen, de muy malos modos, que los españoles de la División juren a un nuevo Rey de España, un tal José I, que llega para traer la prosperidad y la paz. 
Casualmente, es hermano de Napoleón.

En la región de Seeland los Regimientos de Asturias y de Guadalajara se niegan en redondo a jurar a nadie: ¿quién coño es ése gabacho...?, preguntaron, y al no recibir respuesta agarran los mosquetes se cepillan a los franceses y se ponen en marcha directos hacia Copenhague.
Pero, claro, todo el Ejército francés y todo el Ejército danés, al servicio de Napoleón, se les echa encima los rodean, desarman y cogen prisioneros.
Casi todos se pudrirán en campos de concentración de Alemania. Algunos cientos, enrolados en la Gran Armada, llegarán hasta Moscú.

En Jutlandia al sentirse engañados por el General Kindelán, que es tirando a afrancesado, la soldadesca le obliga a poner tierra de por medio para salvar la vida.

En las islas de Fionia y Langeland, durante el acto de juramento, mal necesario que el Marqués acepta solamente para llevar a cabo sus astutos planes, unos juran, otros no.
No se dan los vivas reglamentarios y la mayoría hace lo que casi todos los oficiales hacen, o sea, permanecer en silencio.
Los Zapadores, apartados de la formación, se han negado en redondo a participar y los Dragones de Almansa gritan desaforados: ¡Viva España! y ¡Muera Napoleón...!

El Regimiento de la Princesa se agrupa en masa alrededor de su bandera. 

De la formación se adelanta un Cabo que rígido y marcial le dice a su Comandante:

- ¡Mi General, mi Compañía no jura ni a José ni a ningún otro, tan sólo a esa Bandera…!

Los oficiales del Regimiento de Cataluña envian como emisario al Subteniente Fábregas que, jugándose las pelotas, roba una barca de pescadores y se lanza al mar en busca de los navíos ingleses.
En el barco Fábregas se encuentra con el enviado de la Junta de Galicia, desplazado a Dinamarca para negociar con los ingleses el reembarque de los españoles.

La Gran Evasión comenzaba a tomar forma.

Se escogió, como mejor punto de embarque, la Isla de Langeland y su puerto, Nyborg, que deberían ser asaltados y tomados a las bravas.

La noticia del levantamiento popular en Madrid y en toda España había corrido como la pólvora entre los distintos destacamentos. 

Así, la rabia y las ganas de ajustar cuentas inundaron quince mil barrigas españolas.

Los primeros en llegar a Langeland serían los del Regimiento Princesa, los Voluntarios de Barcelona, dos Escuadrones del Almansa y casi toda la artillería a caballo.
Atacaron sin miramientos el puerto y se desparramaron por toda la isla tomando el control de la misma. La gran evasión había empezado.

Gracias a la información que les proporciona el traidor Kindelán, que vendería sin empacho a sus camaradas, sería capturado, en el Estrecho de Belt, el Regimiento del Algarbe.
Muchos compatriotas morirían intentando vadear el paso. 

Por culpa de Kindelán se quedaban atrás cinco mil compatriotas prisioneros de los franceses.

Las tropas que más difícil lo tenían eran las que estaban estacionadas en la Península de Jutlandia.
Debían atravesar terrenos abruptos y boscosos rodeados de enemigos porque en la península danesa era donde más gabachos había desplegados.
Los Regimientos de Zamora, Del Rey y Del Infante recorrerían cien kilómetros en veintiuna horas peleando casi por cada metro de terreno.

Y lo consiguieron...
Llegarían justo a tiempo para el asalto final al puerto de Nyborg y resultaría decisiva su actuación en los combates.

Los últimos en escapar del cerco franco-danés y en conseguir llegar a la isla serían: los Dragones de Villaviciosa, el Batallón Ligero de Barcelona y el Batallón Ligero de Cataluña.

Nueve mil y pico españoles que se habían fugado ante las mismas narices del mejor ejército del mundo. 
¡Tócate las narices, Bonaparte!

El veintiuno de agosto de mil ochocientos ocho los hombres de la División la Romana embarcaban en barcos ingleses con rumbo a Santoña y Santander. 

Se tuvieron que dejar atrás los caballos pero se llevaban toda la artillería y todos los mosquetes. 
Además de las banderas orgullosas de su hazaña.

Dejaron atrás a unos enemigos admirados y boquiabiertos y a un pueblo, el danés, que les recordaría para siempre como aquellos soldados llegados del Sur, alegres, hidalgos y valientes.

Mientras Europa entera claudicaba ante Napoleón y todos le lamían las botas, los soldados españoles de Dinamarca le enseñaron lo que eran el valor y el amor por su patria.

El mismo Emperador, en sus memorias, recordaría a aquel pueblo pobre, atrasado, agarrado a sus cruces y a sus Reyes, como el que le había buscado la ruina:

- Maldita ulcera espagnola... - le decía a su biógrafo- ¡no veas como te revienta las tripas…!

El Emperador se coloca la mano en la panza, en aquella postura tan de que lo saquen en óleos, se palpa el estómago que le duele horrores:

- ¿Sabes, Les Casses...?

- ¿Ouí, mon Emperateur…?

- Antes de meterme en el avispero espagnol… ¡Tenía Europa agarrada por las pelotas…!

-¡Ouí, Sire…!

-... Y podía salir en los cuadros sin tener que ponerme la mano aquí…


A. Villegas Glez. 2012



Imagen: La División la Romana lista para el embarque. 1808


martes, 7 de febrero de 2012

VALDEPEÑAS 1808. ¡NO PASARÁN!

Mes de junio en La Mancha...
Hacía más calor que el que tiene que hacer en las calderas del averno y las tropas francesas, en su camino hacia Andalucía, solamente habían encontrado las miradas atravesadas de una población que los observaba con odio contenido.
Después de los sucesos del dos de mayo en Madrid todo el país hervía como una olla a punto de explotar.

Se habían creado Juntas de Defensa en cada ciudad, en cada pueblo y en cada aldea. 
De cada tres Correos o Enlaces uno se quedaba por el camino destripado contra una encina gracias a las partidas de guerrilleros que habían surgido como hongos -muy perjudiciales para la salud francesa- por toda le geografía española.

A pesar de todo los franceses se movían como si estuviesen en terreno conquistado: robando, matando, violando, profanando las iglesias y sordos ante el rechinar de dientes y ciegos ante los puños apretados de un pueblo que, por una vez y para desgracia de los gabachos, se había unido bajo el objetivo común de echar a los franceses de España.
Algunos oficiales y soldados, los más lúcidos, miraban a su alrededor y se estremecían.

Aquellos españoles de mirada atravesada, de navaja de siete palmos metida en la faja, con cara de mucha hambre y de mucho orgullo, no eran, ni mucho menos, como los italianos ni como los alemanes o los austriacos que se habían plegado, casi sin chistar, al dominio napoleónico.
Algunos miraban y veían, en aquellas caras sucias y hambrientas, algo más que miseria. Veían el fuego y la furia que ardían en el fondo de aquellos ojos oscuros que presagiaban que, aquellas llamas, los consumirían a todos.
El General Ligier-Belair no era de esos.

Por eso había rechazado con mucho desprecio y arrogancia a los representantes de la Junta de Valdepeñas que, hidalgos, habían cabalgado hasta el Camino de Madrid para advertir a los franceses de la espantosa carnicería a la que se enfrentaban si persistían en su empeño de querer atravesar una villa que se había declarado leal a Fernando.

Ligier estaba en Valdepeñas junto a sus quinientos y relucientes Coraceros porque le había llamado con urgencia y más miedo que gallardía, su compadre el General Roize.

Que le había contado con pelos y señales que, del flamante y recién estrenado almacén de Intendencia que la Grande Armée había montado en el pueblo de Santa Cruz de Mudela, un punto imprescindible y vital para el abastecimiento del ejército gabacho en su camino a Andalucía, no quedaban más que las brasas y que, los pocos soldados que habían sobrevivido, se dieron patadas en el culo hasta Manzanares con una turba de paisanos enloquecidos que los perseguía y que los iban degollando sin piedad según les daban caza.

Todo esto había sucedido el día cinco de junio, y ahora, al amanecer del día seis, la columna francesa ,con los quinientos Coraceros de Ligier, a los que se habían sumado doscientos cincuenta Dragones y más de trescientos soldados de Infantería, estaban desplegados sobre una loma que dominaba el pueblo de Valdepeñas.
Villa que atravesaba el Camino Real de Andalucía y que debían cruzar los franceses por fuerza
Valdepeñas tenía poco más de siete mil habitantes que vivían de la producción de vino. Era un pueblo pacífico hasta que llegaron los gabachos.

Los dos hombres que se alejaban, los dos emisarios de la Junta, son el “Cura Calao” y otro vecino apodado: “El Chaleco”.
Como en toda España aquella guerra será una guerra visceral en la que todo el mundo reaccionaría de la misma manera, desde Ferrol hasta Almería, desde Valencia hasta Badajoz.
Los que, con dolor de tripas y rabia contenida, orgullo herido y honor pisoteado, tomaron las armas y se echaron al monte, fuimos nosotros, el pueblo español.

El general francés, ante la heterogénea tropa de paisanos que tiene delante, armados con hoces, palos, trabucos viejos, escopetas de caza y aperos de labranza, ante las mujeres que se asomaban por las ventanas armadas con macetas y ollas humeantes de aceite o agua hirviendo, ante las pobres barricadas fabricadas con carros y paja, ante el ardor y el valor, ante las mandíbulas apretadas y los ojos chispeantes de aquellos desgraciados, no duda un instante y ordena el ataque inmediato:

¡Una buena rociada de plomo francés y listo...! -se dice a sí mismo el confiado Ligier.

Los soldados franceses se lanzan al asalto tocando las cornetas, los tambores y con las tricolores y las águilas al viento.
En el pueblo de Valdepeñas las campanas de todas y cada una de las iglesias empiezan a repicar:

- ¡¡¡¡Tolón, Tolón, Tolón...!!!

Los aguerridos franceses, vencedores de Europa entera, chocan de bruces contra la determinación de un pueblo.
A escopetazos, puñaladas, pedradas, mordiscos y patadas en los huevos, con un inmenso desprecio por el peligro y ningún miedo a la muerte, los habitantes de Valdepeñas logran rechazar el asalto del mejor ejército del Mundo. 
Tan feroz y brutal resulta la defensa que, de las primeras filas francesas, solamente consigue escapar con vida un tamborilero que regresa empapado en sangre, con los ojos llenos de imágenes espantosas y balbuceando palabras incomprensibles aterrado por lo que ha contemplado.

El general Ligier, ofuscado, ordena atacar a sus coraceros: 
- ¡Una carga de estas bestias apisonadoras y listo...! -se dice.

Pero no...

Todo el pueblo Valdepeñas está en las barricadas.
Las mujeres se habían organizado en grupos de defensa y hacían pedazos a los jinetes franceses desde las ventanas achicharrándolos con aceite hirviendo para luego arrojarse sobre ellos como leonas enfurecidas que los descuartizaban sin piedad.
Entre todas se destacaría la que llamaban, “La Galana”, que armada con una cachiporra de madera gruesa y nudosa machacaba cráneos gabachos como quien pisaba las uvas tras la vendimia.
La Galana se convirtió en la pesadilla de los franceses.
La carga de coraceros fue rechazada.

Ya que por el centro del pueblo los franceses no podían vencer la resistencia de los de las barricadas  que les enseñaban las navajas ensangrentadas, deciden que lo mejor será atacar por las calles laterales y meterle fuego a todas las casas que puedan.
Así a los que huyan de las llamas los podrán cazar como a conejos, o eso, al menos, es lo que piensan los franceses.

Porque la batalla se vuelve más encarnizada y más sanguinaria todavía y durante todo el día y parte de la noche se combate por todo Valdepeñas sin cuartel ni descanso, chocando los franceses, una vez tras otra, contra el muro inamovible en que se habían convertido los habitantes de Valdepeñas.

Después de muchas horas, con la madrugada teñida de sangre y rota por los mosquetazos, agotados los contendientes pactan un acuerdo de alto el fuego.
Los franceses no podrán cruzar Valdepeñas ni usar el Camino Real y tendrán que rodearlo, a cambio se les entregarán víveres y se atenderá a sus muchos heridos.

El acuerdo se cumplirá caballerosamente por ambas partes.

Cuando el General Ligier, cabizbajo sobre su montura, rodee con sus tropas Valdepeñas, queda el Camino Real a su izquierda -¡y sin poder cruzar, mon Dieu...!- casi todo el pueblo todavía arde como Troya y lo seguiría haciendo durante tres días.

Los combatientes españoles, negros de hollín y manchados de sangre contemplaban orgullosos la columna francesa mientras se alejaba vapuleada...

A mí me gusta imaginar, si es que en aquellos años hubiese estado inventada la fotografía a los invencibles soldados franceses, orgullo de su Emperador y de su patria, terror de Europa y vencedores de Austerlitz, alejándose cabizbajos y derrotados, con los heridos y mutilados cojeando al final de la columna arrastrando los vendajes ensangrentados sobre el polvo manchego.
Humillados, vencidos, machacados por unos pueblerinos en teoría indefensos y tras ellos el fuego y el humo que sale del pueblo que sigue ardiendo por los cuatro costados, los cascotes y los restos del combate que alfombran el suelo que pisan fuerte unos paisanos sucios de pólvora, sangre y sudor, impávidos, arrogantes y valientes que miran alejarse a los franceses.

Y, aunque resulte un anacronismo y nada tenga que ver una cosa con la otra, me imagino en esa hipotética foto, flameando con la brisa candente de La Mancha sobre las cabezas de aquellos heroicos compatriotas, una sabana pintarrajeada, agujereada de balazos y sucia de pólvora y sangre seca con el lema -gabacho por cierto- : “Ils ne passeront pas¡”

Un cartelón que podíamos haber colocado bien alto en los Pirineos para que nuestros vecinos se hubiesen enterado.
Así Napoleón Bonaparte se habría ahorrado los dolores y retortijones que le producían su famosa úlcera española.

A. Vilegas Glez. 2012

Imagen: Efigie de "La Galana" en Valdepeñas. España.



viernes, 3 de febrero de 2012

EL BRUCH

Hace doscientos años en España las cosas eran muy diferentes.
Por ejemplo en Cataluña se gritaba sin empacho: ¡Viva España y Viva el Rey!, mientras los catalanes degollaban gabachos y combatían valientemente por su hermosa tierra catalana y por el honor de toda su nación: España.

Cuando llegaron las invencibles tropas de Napoleón su intención era que Cataluña volviese a ser Marca o frontera entre la civilizada Francia y la salvaje España, o mejor todavía, que pasase a ser el no sé cuántos Departamento de Francia, por eso Napoleón había desplegado en la región más tropas que en ningún otro lugar pensando que los catalanes le recibirían con los brazos abiertos.
Pretendía el Emperador que lo nombrasen Conde de Barcelona… 
Pero le salió el tiro por la culata.

En Manresa a los franceses no se les ocurre otra cosa que quitar el nombre de Carlos IV de unos Timbres Oficiales para poner el del odiado Murat, que era el gabacho que había masacrado a los compatriotas en Madrid…
Aquello provoca que a los catalanes les entre un dolor de barriga tremendo. ¿Su legítimo Rey cambiado por un don Nadie…? No lo soportaron y le metieron fuego a la partida de papel y, al francés que se encontraron, le dieron palos hasta en el deneí, y eso que tal documento no estaba inventado.

Desde Barcelona salió de inmediato una columna de castigo. ¡Perros catalanes, traidoges...!

Formaban la columna tres mil quinientos hombres con dos piezas de artillería.
Subían por el camino de Zaragoza confiados, arrogantes como en terreno conquistado.

La noticia de la presencia francesa corre como el viento por toda la comarca y las campanas de las iglesias empiezan a tocar a somatén que es lo mismo que a rebato, pero en catalán.
Somatén se denomina también a la partida de hombres armados que, desde tiempos de Mari Castaña, se juntan para proteger sus tierras y ganado de los ataques de las partidas de bandoleros y salteadores que, en aquella España, pululaban más que chinches en un colchón viejo.

En Martorell -ahora allí se fabrican los “Seillas”- las tropas francesas se vieronn obligadas a hacer un alto porque se desató una furiosa tormenta. 
La Moreneta que echaba una mano.

El retraso francés permite a los casi dos mil españoles que se han reunido, apostarse en el Alto del Bruch.
Las campanas de los pueblos catalanes no habían dejado de tocar a somatén…

Los hombres que se han atrincherado en la posición llamada: la Casa Masana son un abigarrado grupo de paisanos y de soldados desertados que se habían echado al monte.
Entre ellos hay un destacamento del Regimiento de Infantería Suiza Wimpffen nº 1, al mando del Teniente Francisco Krutter, un grupo de soldados del Segundo Batallón de Guardias Valonas, al mando del Capitán Carlos Vicente y del Sargento Mayor Justo de Bérriz.

El resto son paisanos que acuden a defender su patria.

El seis de junio de mil ochocientos y ocho el General Schwartz sale de Martorel y enfila la subida del puerto del Bruch… Van los gabachos confiados y tranquilos ya que ninguno espera que nadie les haga frente.

De repente truenan disparos y la primera andanada derriba varios coraceros de la vanguardia francesa.
Entre los franceses empieza a reinar el desconcierto y la desconfianza, sin embargo son los mejores soldados del mundo así que rápidamente forman pelotones y desalojan a los españoles del bosque que ocupaban… 
¡Han corrido como liebres…! 

Los franceses, confiados, victoriosos y arrogantes se ponen a comer…
Entra en escena Antonio Franch, que regresaba desde Villafranca, a la que había ido en busca de armas, y trae consigo a doscientos hombres mientas sube de nuevo hacia Manresa…
A mitad de camino se encuentran con los que huían de Casa Masana… 

Sin decir ni pío los dos grupos se juntan, se abrazan y se dan la vuelta para atacar a los gabachos que siguen tan tranquilos con su paté y su fromage:

- Quest que cest aquello que bruilé…?

- Pas possible, Gastón… Cest les espagnols cabreés…!

Al grito de: ¡Cullons!, ¡Espanya!, ¡Viva el Rey!, y demás etcéteras -aunque algunos no me crean- aquellos catalanes obligaron a toda una columna francesa, de la mejor infantería del mundo, a tener que formar un cuadro para poder salir del avispero en que se había convertido el Paso del Bruch.

Desde cada pueblo y cada masía acudía la gente dispuesta a despachar franceses, así que aquel cuadro francés perseguido, acosado se fue deshaciendo como un azucarillo.
Los supervivientes llegaron a Barcelona a la deshilada y en estado lastimoso, aterrados por lo que habían visto.
La guerra en España acababa de empezar.

Una semana después, el catorce de junio, el General Schwartz, avergonzado y resentido acompañado de más tropas, más caballos y más cañones, subía de nuevo por el camino de Zaragoza.
Esta vez los franceses iban desplegados en dos columnas con las plumas de las águilas imperiales al viento y muy dispuestos a vengar la afrenta recibida.
Esta vez los que defendían el Bruch tenían cañones y estaban impregnados del espíritu combativo de los almogávares. 
Por eso la lucha y el cañoneo artillero serían encarnizados. 

Los españoles eran muchos menos, tocaban a dos gabachos y pico por cada uno, y la presión napoleónica se volvía insoportable. Estaban los gabachos a punto de romper la resistencia cuando, de repente, entre las montañas, se escucha el retumbar de mil tambores. O más.

Los franceses, el flamante General Schwartz el primero de todos, se quedan paralizados por el miedo -como decimos aquí, acojonaditos, acojonaditos- pensando que se les echa encima toda Cataluña y la mitad de España.
Entonces los invencibles soldados de Napoleón huyen espantados, otra vez, camino de Barcelona y sin poder pasar del Bruch.

Por primera vez le daban estopa a los invencibles ejércitos franceses, por primera vez se humillaban sus águilas, por primera vez, alguien tenía los huevos de plantar cara a Napoleón.

Sucedió todo esto que les cuento en la región de Cataluña hace poco más de doscientos años. Porque los catalanes no quisieron ver pisoteada su dignidad, ni su orgullo, ni su patria.
Como el resto de España, Cataluña se cubrió de honor y de gloria, aunque al igual que el resto lo hayan olvidado.
 
En eso de olvidar, esconder y repudiar no podrán negar nunca que nacieron españoles.
Porque hace doscientos años en las montañas del Bruch se gritaba: ¡Viva España!

Aunque algunos no me crean…

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: El Timbalier del Bruch.


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