viernes, 20 de abril de 2012

DESPERTA FERRO

En el año 1242 la Corona de Aragón alcanzaba el río Segura en su avance reconquistador  y puso sus ojos en el Mediterráneo.
A la cabeza de las tropas aragonesas iban las temidas y admiradas  tribus de indomables Almogávares.

Eran tropas ligeras de infantería que actúan agrupados en bandas o compañías acaudilladas por un capitán, que suele ser el guerrero más valeroso, y que mantiene una férrea disciplina entre sus hombres. Son gentes que provienen de las serranías ibéricas y de los valles pirenaicos, en dónde se habían ganado el derecho a subsistir guerreando a muerte contra los moros.
Los almogávares vivían de lo que saqueaban de los campamentos enemigos tomados al asalto y arrasados y por eso jamás hacían prisioneros. Vencían o morían.
Sus armas eran una lanza corta, los dardos o azcones, que lanzaban con tal fuerza que atravesaban los escudos del enemigo y el famoso y terrible chuzo. Con el mismo y cara al enemigo solían golpear las rocas del suelo y así levantaban chispas candentes de las piedras al tiempo que gritaban todos a una: ¡Desperta ferro!

Vistos así al amanecer sobre una colina y corriendo como posesos hacia el enemigo, debían causar y de hecho causaban, un tremendo pánico entre las tropas sarracenas.
De ellos, de los moros, es de donde les viene el nombre: al- mugavir, que viene a significar algo así como: “los que organizan algaradas…”, o sea los que montan el cirio a la mínima.

En el año mil doscientos ochenta y dos, el pueblo Güelfo pone en el trono de Sicilia al pedante y creído gabacho Carlos de Anjou, entonces va el partido contrario y le  pide ayuda al poderoso rey de Aragón, Pedro Tercero, que sin dudar ni un segundo y agarrándose a los derechos sucesorios que tiene su parienta sobre la isla, la invade, derrota severamente a los franceses y se proclama soberano. ¡Con dos cojones!
Son las llamadas  “Vísperas Sicilianas” y es el primer capítulo de la dilatada presencia española en Italia.
La victoria del rey aragonés se logra, casi por completo, gracias a las invencibles compañías de almogávares, que con sus chuzos habían destrozado a los franceses.

Acabada la campaña siciliana y alcanzada la paz con los gabachos, al heredero del rey Pedro, Federico, se le plantea ahora el problemón de que hacer con los miles de almogávares que pululan por Sicilia, aburridos y de brazos cruzados, buscando todos como locos algún francés al que degollar.

La solución se la da Andrónico Segundo que es el Emperador de los bizantinos y que tiene a un poderosísimo ejército turco a pocas jornadas de Constantinopla, dispuestos a tomarla y acabar con los cristianos. El menda le pide ayuda al líder almogávar, Roger de Flor, que había sido a esas alturas, templario, cruzado y pirata. El arquetipo de aventurero medieval.

De Flor acepta el reto y acude con siete u ocho mil almogávares hasta Constantinopla, allí lo reciben como a un salvador y es nombrado Mega-Duque y no sé cuántos títulos más, además de desposar a una sobrina, jovencita y guapísima del Emperador.

Las tropas almogávares pese a que están en inferioridad numérica, siempre se lanzan entre las chispas de sus chuzos contra el enemigo, al que destrozan en cada ocasión y consiguen liberar de los asedios a los que estaban sometidas las ciudades de Filadelfa y Thira, después siguen  persiguiendo y matando turcos sin descanso por las cuatro esquinas de la Península de Anatolia.

En menos de un año los aguerridos almogávares, que siguen con sus viejas costumbres de no hacer prisioneros, han causado pavor y han estremecido los cimientos del poderoso Imperio Otomano. Los aragoneses se enseñorean por las tierras del imperio saqueando sin compasión y arrasando todo lo que encuentran a su paso. Parece que nada pueda detenerles.

Los turcos les salen al encuentro con un ejército de cuarenta mil hombres muy cerca del monte Tauro y vienen dispuestos a aniquilar a los almogávares, a no dejar ni uno vivo, a borrarlos de la faz de la tierra.
Pero de nuevo el valor extremo y el desprecio por la muerte llevan a nuestros antiguos compatriotas a derrotar de forma aplastante a los turcos, los pocos que logran sobrevivir huyen espantados de la terrible carnicería.  Se cuenta que a la sombra del Monte Tauro los chuzos almogávares pasaban más tiempo dentro de las tripas del enemigo que bajo el sol otomano.

Es el año mil trescientos cuatro y cuando Roger de Flor y sus tropas regresan a Constantinopla son recibidos como héroes, a Roger le nombran ya hasta César.
Pero también el poder y la fama que ostenta Roger le granjean peligrosos enemigos, uno de ellos es el propio hijo del Emperador.
Una noche invita a los principales caudillos almogávares a una opípara cena en la ciudad de Adrianópolis, y allí los adula y los emborracha con mujeres y vino. Luego y casi sin poder defenderse son todos asesinados como perros. Roger el primero.

La respuesta de los almogávares que lejos de llorar como plañideras o quedarse desorientados por la falta de líderes, hará temblar al Mundo.
La llamada “Venganza Catalana” tiñe de sangre Bizancio.
Ramón Muntaner que por allí andaba el hombre a espadazos, explica la terrible degollina y justifica el saqueo indiscriminado:

“Fue hecha tan gran venganza, pues valía más morir peleando con honor que vivir en deshonra”

Una españolísima reacción aquella. La honra antes que la vida. Para que luego digan algunos…

Andrónico Segundo, espantado por el cariz que están tomando los acontecimientos. ordena llamar a su ejército y sale, muy chulo, al encuentro con aquellos salvajes que le estaban dejando el reino hecho una piltrafa.
De nuevo los chuzos quedan ensangrentados y el flamante ejército bizantino destrozado.

Los almogávares con la inercia de la degollina entran en Grecia a sangre y fuego y eso que van ya muy mermados de caudillos y de guerreros, pero pareciese que cuanto más decrecía su número más aumentaba su peligro.
De la razzia por Grecia se escapan tan sólo los monasterios. Y gracias.

Entre escabechina y escabechina, los almogávares que quedan vivos forman el llamado  Consell de Doze y deciden que lo mejor para subsistir es ponerse al servicio de los barones francos que controlaban el sur de Grecia desde los remotos tiempos de las Cruzadas.

Uno de aquellos Barones, (que no debía ser muy listo), un tal Gualterio de Brienne, va al hombre y se le ocurre traicionar a los almogávares y  dejar de pagarles su sueldo. ¡Gravísimo error, mesié!

Los chuzos otra vez levantan chispas contra las piedras de Grecia y en una rápida campaña, los almogávares aniquilan a las tropas de los francos, se cepillan a los barones, se pasan por la piedra a las viudas y fundan así los Ducados de Atenas y Neopatria.

Allí seguirán estos apéndices de la Corona de Aragón, que es como decir, apéndices de España, hasta el siglo quince, cuando caiga Constantinopla y toda Grecia detrás, en manos turcas.

Estoy seguro de que los últimos almogávares estarían allí cuando llegaron los turcos, de pie sobre las rocas de los acantilados, golpeándolas con los chuzos, levantando chispas y mirando arrogantes y valientes a la marea de sarracenos que tenían enfrente, sonrientes.
Y luego los imagino persignándose, poniéndose  a bien con Dios para correr luego hacia el enemigo, saliendo por sus gargantas embravecidas aquel viejo grito, el mismo que habían dado sus antepasados en los Mallos de Riglos:

¡¡¡Desperta Ferro!!!

© A. Vilegas Glez.






martes, 10 de abril de 2012

EL VIEJO ALMIRANTE

La vía de agua era imparable, ya no había remedio, el barco se hundía…

El ganado, aterrorizado, mugía desquiciado en la bodega, conscientes las pobres bestias de que habían llegado al matadero un poco antes de lo previsto, la escora era tan pronunciada que provocaba que las vacas se apelotonasen a estribor en un irreconocible revoltillo de pezuñas, hocicos y enormes ojos desorbitados por el espanto.

El agua helada de la desembocadura del río Magdalena inundaba toda la sala de máquinas.

En el puente, tan inclinado que los hombres debían flexionar las rodillas para poder mantener el equilibrio, un marinero panameño, de la misma nacionalidad que el pabellón del barco y negro como el hollín de la chimenea, tiraba del brazo de su capitán, intentando que el hombre abandonase el barco y se pusiera a salvo en la última lancha salvavidas.

Pero el viejo con la gorra ladeada sobre la cabeza y un caliqueño metido entre los labios, sacudió desabrido la oscura mano que aferraba su antebrazo.
La expresión de su rostro era dura y áspera como una aduja de cabos marineros.
El panameño insistía, pero los ojos de su capitán eran como dos charcos de agua helada.
Igual que debían ser los que helaban sobre las losas de la plaza de su pueblo allá en España.
Aquella vieja tierra que había tenido que abandonar para siempre, aquella que amaba tanto que, cuando la recordaba, solo podía acabar con los fantasmas ahogándolos en ron jamaicano.

Porque, aunque hubiesen ganado ellos, el viejo marino hubiese tenido que irse igual. 
O quizá sus camaradas no le hubiesen dado la oportunidad, como a tantos otros.
Al menos los del otro bando lo habían dejado irse con vida, respetado y hasta admirado por sus compañeros marinos, cuando había rendido la isla de Menorca. 

Él jamás había entendido aquella estupidez de los bandos, de los colores enfrentados, de la sempiterna manía española de enfrentar las ideas a palos y no mediante la palabra.
Jamás había tomado partido por nadie, él solamente era un militar de vocación, un marino que amaba el mar y a la Armada.

El viejo capitán nunca se había callado ante nadie, por muy Secretario del Partido que fuese o por mucho poder que presumieran tener toda aquella turba de incompetentes, ignorantes, descreídos y golfos que medraban en el gobierno.
Por eso, a pesar de su gran valía como marino y militar, muy poco tiempo después de lograr su hazaña más sonada -mandar a pique el flamante Crucero “Baleares”- fue relegado a insustanciales y poco importantes labores de oficina y burocracia, atracado de mala manera en un rincón del ministerio y, encima, mal mirado por aquellos inútiles que no aguantarían ni una hora de servicio de serviola en un navío…

Al viejo marino el asunto del “Baleares” no le hacía sentirse bien en absoluto.

Aquellos marinos que navegaban en el barco, a pesar de la guerra que los consumía, al fin y al cabo eran españoles como él.
¿Y el barco…?, lo había podido ver en la grada mientras estaban construyéndolo junto su hermano el también Crucero “Canarias”. Y los dos habían sido unos barcos cojonudos.

Todo aquello le provocaba una pena profunda que se acumulaba dentro del alma salada del viejo marinero.

Sin embargo, como buen soldado, también sabía que así eran las cosas de la guerra. 
Unas veces se ganaba y otras se perdía.

Que se lo contasen si no a los doscientos marinos que iban abordo del Destructor “Almirante Antequera”, hundido por el “Canarias” en aguas del Estrecho apenas hubo empezado todo el follón y a él, Capitán de Fragata, le había pillado la cosa destinado en Cartagena ultimando los detalles de una ambiciosa expedición científica al Amazonas que planeaba la Armada.

Después se desataron la locura y la debacle. 
De nuevo los españoles nos dedicábamos a matarnos entre nosotros, a no dejar títere con cabeza, a destruir, a destrozar, a fusilar, a saquear, a arrasarlo todo y a todos…
Matándonos con saña en nombre de Dios, de la libertad, o por vaya usted a saber por qué…

Mientras el carguero se hundía lentamente en las negrura del río, la tripulación superviviente, a los que el viejo capitán había sacado casi a patadas del barco antes de encerrarse en el puente de mando, bogaban lentamente, empapados por la tormenta, hacia la orilla y la salvación.

Agarrado con fuerza a la caña del timón un marinero, negro como el hollín de la chimenea, lloraba desconsolado mientras contemplaba impotente, desolado y orgulloso de haber conocido a tan valiente capitán, cómo desaparecían bajo las aguas, tras un último relámpago de las luces que parecían gritar aterrorizadas ante la muerte inminente, las cristaleras del puente.

Dentro, aferrado al timón  durante su postrer travesía y mirando la muerte a la cara estaba el viejo marino.
Mientras al barco se lo tragaba el agua negra y revuelta de la desembocadura del río Magdalena, y las luces titilaban por última vez, el marino, mientras se ponía a bien con Dios, entonaba bajito la antigua plegaria marinera:


- ... Reina de los mares…

Fin

A. Villegas Glez. 2012

Dedicado a la memoria del Vicealmirante Don Luis González Ubieta.






LOS TRES HERMANOS

Esta es la historia de tres hermanos que nacieron en un proyecto que pretendía que la industria naval española -que había sido la mejor del Mundo- recuperase el prestigio y la justa fama, ganada a pulso desde antiguo, de construir los mejores y más bellos navíos que surcaban los mares

En medio del desgobierno, del abandono, de las luchas por el poder, de revueltas revolucionarias un día sí y al otro también, de la guerra en Marruecos que provocaba Semanas Trágicas y Barrancos del Lobo, en mitad de los intentos por enderezar el rumbo de la nación y formando parte de uno de los tropecientos mil planes de reestructuración y modernización que afectaron a nuestros Ejércitos, nacieron nuestros tres hermanos.

Todas las Armadas del mundo ya construían acorazados bautizados como de la clase: “Dreadnougt”, definiéndose así en honor al navío inglés que fue el primero de su serie y que revolucionó los diseños navales al incorporar torres armadas con una poderosa artillería y un sistema de propulsión de modernas turbinas de vapor.
A este barco se le considera el padre de todos los acorazados.

Nuestros tres hermanos serían los “Dreadnougt” más pequeños del mundo.
No podíamos aspirar a más, ¡qué se le iba a hacer!, acabados desde hacía mucho los tiempos en los que España construía “Escoriales de los Mares”, como lo fue el impresionante navío de cuatro puentes, único en el mundo de su clase, “Santísima Trinidad”

Nuestros tres hermanos, a pesar de su corto tonelaje resultarían barcos de muy hermosa factura. 

Cubiertas corridas solamente rotas por el puente de mando y una solitaria chimenea.
Además, y ésta era una característica única de los navíos hispanos, eran capaces de disparar sus ocho piezas principales a la vez, o podían abrir fuego tres torres al unísono si el barco navegaba en retirada, lo que era un alivio para la dotación y una prueba más del buen hacer y profesionalidad de los astilleros españoles.

Fabricados en El Ferrol tornillo por tornillo y plancha por plancha no saldrían, en absoluto, malos barcos.
Haciendo así honor a la antigua tradición y a la vieja reputación española en la fabricación de navíos la recién creada Sociedad Española de Construcciones Navales.

Montaban cuatro torres armadas con cañones de trescientos cinco milímetros, veinte cañones de ciento cinco milímetros y dos montajes anti-aéreos. 

El único defecto del que adolecían era que carecían de aviación embarcada y los proyectos para montarla se perdieron en los cajones de oscuros despachos y el asunto, por poco importante, se iría abandonado. 
¿Qué raro, verdad...?

Los tres hermanos serían bautizados: “España”, “Alfonso XII” y "Jaime I”.

Construidos con la ilusión y las ganas de que todo mejorase, el triste final de nuestros tres hermanos se puede convertir en lección provechosa para quien la quiera buscar o, al menos, será un entretenido recuerdo sobre la enésima vez en las que, las ilusiones y las esperanzas de nuestra tierra se fueron al fondo del mar y allí se perdieron para siempre.
Igual que los tres hermanos de nuestra historia:

Acorazado: "ESPAÑA"

Entregado a la Armada en septiembre de 1913.

Su primera misión fue realizando labores diplomáticas en representación de nuestro país por puertos de todo el mundo.
Participa en el despliegue de nuestra Armada para la vigilancia y el control de las costas españolas durante la Primera Guerra Mundial. 

Era el mes de agosto de mil novecientos veintitrés y estábamos enfangados en plena Campaña de África. 
El acorazado regresaba a la península después de haber apoyado con su artillería el desembarco en las playas de Afrau.

La madrugada del veintiséis, muy cerca de la ciudad de Melilla, el buque chocaría contra las afiladas piedras del Cabo Tres Forcas. 
La niebla, al menos así consta en las declaraciones del juicio, tuvo la culpa del fatal despiste de los vigías que encallaron el barco hasta el palo mayor.
Se salvaría todo lo salvable, que hasta los grifos se llevaron, dejando solo al mar la cáscara rota del que había sido el primer acorazado español.
Aquel invierno las galernas y los temporales que golpean el Estrecho deshicieron y acabaron por hundir lo que quedaba del vapuleado cuerpo del primero de nuestros hermanos.

Hoy en día los aficionados al submarinismo todavía encuentran en el fondo algunas viejas chapas corroídas por el mar, el tiempo y el olvido.

Acorazado: "ALFONSO XII"


Entregado a la Armada en agosto de 1915. 

Se le encargaría la vigilancia de nuestras costas durante la IGM.

Tras el conflicto hace un viaje hasta el continente americano, convirtiéndose en el primer navío de guerra español que atracaba en Cuba desde la independencia de la isla. Después recalaría en la cercana Puerto Rico. 

En las dos antiguas provincias se recibió a los españoles como a hermanos que regresaban de un largo viaje.

Más tarde el "Alfonso XII" formaría parte de la escuadra combinada durante el Desembarco de Alhucemas. 
Poco después representaba a nuestro país en la Exposición Universal de Barcelona de 1929.

En 1931 el gobierno de la República rebautizaría al acorazado como: "España".

Menos mal que no se les ocurrió ponerle detrás el número dos.

También ordenaba el gobierno republicano que el navío quedase, hasta nueva orden, amarrado a un mulle del Ferrol 
con los cañones oxidándose convertido en cuartel flotante. 
Allí se quedaría pudriéndose el flamante navío hasta que, el año treinta y seis, la marina nacional lo vuelve a poner en funcionamiento.
El "Alfonso" regresaba al mar y muy pronto se le conocería  con el sobrenombre de: “El Abuelo”.

Al principio brillaría una buena estrella para nuestro segundo hermano porque, de todos los bombazos que le tiraron, que no fueron pocos, apenas algunos consiguieron alcanzarle.
Pero el treinta de abril de 1937 la buena estrella se le apagaría.

 
En persecución de un carguero inglés que intentaba burlar el bloqueo, el acorazado se dio de bruces contra una mina a pocas millas del Cabo Galizano.
De inmediato el navío se escoró sobre una de sus bandas. El "Alfonso" estaba perdido sin remedio y la tripulación a pique de irse al fondo con el buque.


Pero los hombres del destructor “Velasco”, que hacía de escolta del poderoso acorazado, echándole dos pelotas como dos balas de a veinticuatro, se abarloaron con el buque herido y sin prestar atención al hecho de que, si el otro se hundía los arrastraría al fondo, lograron salvar a casi toda la dotación del acorazado.

Nuestro segundo hermano sigue allí, lo que quede, desdeñado en las frías y oscuras aguas del Cantábrico


Acorazado: "JAIME I"


Era el más joven de los tres hermanos.
Botado en 1919 debió esperar amarrado en su muelle hasta el año veintiuno para que lo pudiesen terminar.
La culpa del retraso la tuvo la confrontación europea ya que, comprensiblemente, los proveedores ingleses estaban muy ocupados fabricando 
por un tubo piezas y municiones para su propia nación que estaba metida hasta el pescuezo en las sangrientas y embarradas trincheras del Somme o Ypres.

Así que desde el principio la vida del último de los hermanos resultó accidentada.


Amarrado en el puerto de Estambul, el barco velaba por los intereses españoles durante la revolución de Atartuk, fue abordado por un despistado carguero austriaco que dañaría muy seriamente el navío hispano.
Se dice que, tras comprobar que los dos barcos seguían a flote, la dotación española se dedicó a agradecer a los austriacos la gentileza.

En 1925 participa en el famoso Desembarco de Alhucemas, que fue la primera operación que combinaba fuerzas terrestres, aéreas y marítimas de la Historia.

En 1934, y al servicio de la República, bombardea a los revolucionarios de Asturias. Curiosamente el nuevo gobierno no había rebautizado al "Jaime".


Durante la guerra civil, tomado el navío por la marinería revolucionaria, sus baterías se usaron contra Algeciras, Melilla, La Línea y Ceuta.
Su labor principal era la del bloqueo naval del Estrecho.


En 1937 estaba atracado en el puerto de Almería y sufrió un ataque aéreo en el que, tres certeros impactos, lo dejaron muy dañado y casi listo de papeles.
Remolcado con muchas dificultades hasta Cartagena sería amarrado a un muelle en espera de reparaciones.

El diecisiete de junio una enorme explosión retumbaba en todo el puerto y la ciudad.
Era el "Jaime I" al que, inexplicablemente, le había reventado un pañol de municiones.
La explosión mató a más de trescientos hombres y dejó el buque con la quilla apoyada en el fondo y los inútiles cañones asomando, como si se negaran a ahogarse, con la bajamar.

Allí se quedaría durante el resto de la guerra convertido en criadero de anémonas y sirviendo de refugio a pulpos y abadejos.
No hubiese sido mal final, ¿verdad...?

Sin embargo el destino del "Jaime I" sería distinto.


Acabada la contienda fue reflotado y la poderosa artillería que montaban sus torres aprovechada como baterías costeras. 
Estas piezas han servido durante muchísimos años en nuestra Armada.
El casco de nuestro tercer hermano fue desguazado y vendido como chatarra allá por el año 1941.

Así termina la amarga historia de nuestros tres hermanos, tres conglomerados de acero, madera, hélices,
 calderas, hierro y sangre.
Tres simples barcos.

Perdidos, abandonados, desguazados. 

No podía ser de otra manera porque
nuestros tres hermanos nacieron españoles...

A. Villegas Glez. 2012


Imagen: El "España" y el "Alfonso XII" amarrados en la Base Naval de Cartagena.


sábado, 7 de abril de 2012

LA CARGA DEL ALCÁNTARA

El Teniente Coronel Primo de Rivera y Orbaneja contempla desolado la riada de soldados españoles que huyen aterrorizados, abandonando en su alocada carrera pertrechos, armamento y heridos. Un desastre.

El Teniente Coronel manda de forma accidental el Regimiento de Cazadores de Alcántara, que se encuentra destacado en Drius y cuyo Coronel Jefe, estaba con el General Silvestre en Annual y presumiblemente muerto a estas horas.

Los moros habían ocupando posiciones elevadas y masacraban, como a patos en un estanque, a los soldados que a duras penas intentaban superar las barrancas del río Igán.
Desde sus posiciones los rifeños estaban causando enormes bajas entre los soldados que huían espantados… La matanza y el caos eran indescriptibles.

Entonces, elevándose por encima de los disparos y de los gritos enardecidos de los que mataban y los lamentos de los que morían, sonaron los clarines del Regimiento de Caballería de Alcántara...

El Teniente Coronel se puso al frente de sus tropas, el caballo calcorreando nervioso, sacó el sable del tahalí, saludó marcialmente al Regimiento, a los cuatrocientos sesenta y un valientes jinetes que tenía bajo su mando, y les dijo:

- “Ha llegado la hora del sacrificio, que cada uno cumpla con su deber. Si no, nuestras madres, nuestras novias y nuestras hermanas pensarán que somos unos cobardes. Vamos a demostrarles lo contrario… ¡Viva España...!

La corneta tocó entonces a carga y cuatro escuadrones de sables galopando sin vacilar se lanzaron sin miedo a la muerte contra el muro de plomo rifeño que tenían por delante.
Y los sables se tiñeron de sangre mora y el suelo de la sangre de los valerosos jinetes españoles, que caían bajo el fuego enemigo uno tras otro pero que, con su valor y empuje, destrozaron las posiciones de tiro del enemigo.

Entre la polvareda y los gritos de los rifeños que eran pasados a cuchillo, los caballos y jinetes del Regimiento rehicieron las filas, cubrieron los huecos y se lanzaron de nuevo a la carga. Los rifeños se espantaban por el valor y la abnegación de aquellos españoles que no corrían como los otros, sino que cargaban contra ellos sin miedo, a pecho descubierto y sableando turbantes como hacía siglos que no hacían los españoles.

El choque durante la segunda carga fue tan brutal que los primeros enemigos cayeron pisoteados por los caballos, el Regimiento de Alcántara se cubría de honra y de gloria protegiendo a sus hermanos infantes que seguían intentando pasar, a centenares, el obstáculo mortal del río Igán.

Las pobres bestias estaban agotadas, sudando y sangrando por mil heridas, el Regimiento a estas alturas contaba ya con menos de la mitad de sus efectivos… Pero los moros seguían disparando contra los desgraciados que huían por el río, y los estaban masacrando.

Por eso Primo de Rivera, aún consciente de lo que su orden iba a suponer, con los moros enrocados en sus peñas, con el difícil y pedregoso terreno que había que subir, con los hombres y los caballos agotados, pero todos dispuestos a morir por su patria, ordena la tercera carga…

Se hace casi al paso porque los caballos no pueden con sus quijadas, y a pesar del fuego enemigo que recibe el Regimiento, causando que los caballos y jinetes caigan abatidos uno tras otro como naipes de una baraja, se alcanzan las posiciones enemigas y los sables, otra vez, se empapan de sangre sarracena.

Cuando el Regimiento vuelve a reagruparse son apenas un puñado de agotados soldados a los que les quedan solamente unos pocos caballos. 
Muchos de aquellos hombres estaban heridos o mutilados...
Hombres que se lanzaron otra vez, sin dudas ni miedo, contra las posiciones enemigas. Algunos iban caballo, otros iban pie, iban cojos, iban mancos, iban tuertos, iban con las tripas colgando… Pero todos fueron.

Lo que quedaba del Regimiento de Alcántara se lanzó contra el enemigo.
Hasta los mismos rifeños que les disparaban rezaban a Alá por el alma de aquellos valientes jinetes españoles, ejemplo de valor y de hombría.
El Regimiento dejó de existir como fuerza de combate pues habían luchado hasta el sacrificio total. Hasta que el grueso de los que huían hubo pasado el obstáculo del río Igán.

La Caballería había cumplido su deber como lo que eran, caballeros, y ahora, subían todos juntos al cielo galopando en Escuadrones, allí les esperaban verdes pastos y días de vino y rosas en el sitio que en el Paraíso reservan a los más valientes.

Ni siquiera los seiscientos de Balaclava tuvieron tanto valor. Pero ellos si tenían un Tenysson que contase su gloria, su carga.

Aquí pocos se acuerdan de que fueron cuatrocientos sesenta y un jinetes españoles, los que realizaron la carga de caballería más valerosa, honrosa, gloriosa y heroica de toda La Historia Militar. Y que diga Tenysson lo que quiera.

© A.Villegas Glez. 2012










viernes, 6 de abril de 2012

EL ÚLTIMO CAÑONAZO

21 de octubre de 1805...
A bordo del "Santísima Trinidad", a mediodía poco más o menos:

- ¡Ahora sí que estamos jodidos, Cisneros…!
- Ni que lo digas, Uriarte, ni que lo digas… ¡Maldito gabacho inútil…!
- ¿Sabe lo que más me fastidia, Comandante…?

- ¿El qué...?
- Un servidor fue el que pagó la pintura.
- ¡Joder, qué país…!

Manuel Velasco es solamente un criado, un sirviente que no porta espada ni se ha arrimado jamás en la vida ni a un mosquete ni a un cañón, tampoco se había visto nunca en tan apurada y peligrosa situación como la de ese día de octubre.
Enrolado en la Real Armada tras haberse visto entregado, cual baratija de mercadillo por la Señorita, a la que le habían dado lo mismo sus muchos y leales años de callado trabajo y abnegado servicio a ella y a su familia.
Pero ya se sabe que dos tetas tiraban más que dos carretas y como el Almirante Uriarte le tiraba los tejos descaradamente ella, claro, se dejaba querer:

-Manuel te será útil, es fuerte, discreto y servicial - le dijo.
- No sé cómo podría agradecérselo, Señorita Ruíz....- le respondió el marino con la mira apuntada al abundante corpiño.

Por eso estaba ahora sobre aquel enorme montón de madera, hierro, cáñamo y lona que crujía y se balanceaba sin detenerse jamás, haciendo que las náuseas se convirtiesen en eternas compañeras. 
Para colmo de males la conversación que había oído entre los dos oficiales le había puesto los pelos de punta y le había encogido los testículos.
¡Qué locos! -se decía a sí mismo- aquellos marinos estaban dispuestos a dejarse hacer fosfatina por los ingleses y navegaban hacia la muerte con la cabeza alta y sin miedo aparente.
¡Qué locos!- se repetía una y otra vez-, sin embargo, algo que moraba muy  dentro de sus tripas -y sin él saberlo,¡qué cosas!- un sentimiento desconocido y brutal que apretaba y retorcía sus entrañas con nudos gordianos que le dejaban sin aliento, mientras el corazón se le encogía tanto en el pecho que parecía desvanecerse y la piel se le erizaba recorrida por un escalofrío sorprendentemente ardiente.
Aquella sensación embriagadora saltaba como un resorte cuando miraba la bandera roja y amarilla que ondeaba en lo más alto del más alto de los palos que se alzaban, desafiantes, hacia el cielo rodeados por una inmensidad de jarcia y de velas. 

Manuel Velasco deseaba en lo más íntimo de su ser poder subir hasta allí arriba para contemplar el mundo como lo contemplaba un gaviero y no verlo como lo había visto siempre, como un simple lacayo.
Aunque, por el momento, las numerosas velas enemigas que ya estaban casi encima tan solo le provocaban pánico, terror y un sudor frío como la muerte.

Sostenía entre las manos el sable de guerra del Almirante, que estaba limpio, brillante y afilado como una cuchilla de matarife, lo sabía pues él mismo había usado la piedra y sabía que tajaría y cortaría la carne como si fuese mantequilla en caso de abordaje inglés.
¡Por favor Dios que no nos aborden!- rezaba- al tiempo que los oficiales del navío comenzaban a gritar órdenes como si, de repente, hubiesen sido todos poseídos por mil demonios enloquecidos:

- ¡¡¡ Meter gavias en facha!!! -gritaba desaforado Uriarte- ¡... que el puto inglés se nos quiere colar por el hueco de popa…! 


Crujía la madera dolorida por la maniobra cuando el tiempo se detuvo y la atronadora voz del almirante, fuerte y varonil, la misma que tenía loquita a su Señorita, recorrió, como un reguero de pólvora encendida, los cuatro puentes del barco:

- ¡¡¡ FUEGOOOOOO!!! ¡¡¡FUEGOOO!!!

Entonces el mundo entero estalló cuando las bocas de los setenta cañones de una de las bandas abrieron fuego contra el barco inglés más cercano.

El ruido era infernal mezcla de los crujidos del navío que se quejaba y gritaba dolorido con cada impacto, los gritos de los hombres heridos por las astillas que volaban por todas partes, los mosquetazos crepitaban y sonaban como clavos clavándose en cientos de ataúdes todos al mismo tiempo, resaltaban los gritos espeluznantes de quienes caían mutilados con una pierna o un brazo volatilizados por la metralla, los cañonazos ensordecían, la pólvora quemada ahogaba y el mar golpeaba inquieto contra los costados de los navíos que se estaban destrozando a mientras docenas de hombres caían al agua y se ahogaban sin remedio. 

Manuel Velasco estaba con 
los dientes apretados, la cara tiznada de negro y los ojos inyectados en sangre. Ojos que apuntaban un mosquete hacia las cofas de uno de los muchos barcos ingleses que los rodeaban. 
A Manuel le parecía que hubiese cientos y cientos de navíos, un bosque de palos atestados de tiradores con más de doscientos cañones.
Y todos aquellos barcos intentaban abordar al navío español. 

Pero el "Trinidad" se batía como un león acorralado sin dejar de escupir fuego por sus cuatro puentes o lo que de ellos quedaba. 
Igual que Manuel, ¡quién se lo iba a decir!
Pero es que lo de aquellos grumetes desparramados sobre las tablas ensangrentadas había sido una imagen demasiado terrible y al contemplarla las tripas le habían gritado cobarde. 
Así que, sin saber muy bien cómo usarlo, había agarrado un mosquete de los muchos que había tirados sobre la cubierta y ahora estaba allí, con aquel sucio pañuelo cubriendo la herida de su frente y disparando, recargando y disparando, como si lo llevase haciendo toda la vida. 
Y lo hacía bien. 
Ya se había llevado por delante a varios marineros ingleses.

Ahora, cuando miraba arriba, ya no estaban los palos a los que poder aferrarse y toda la lona y todas las cuerdas y todos los hierros y toda la sangre del mundo estaban sobre la cubierta del barco.
Y los perros ingleses seguían atacando, aunque, eso sí, ninguno podía, todavía, arrimarse a las bordas del "Trinidad".

Eran pasadas las cuatro de la tarde cuando Manuel Velasco, que había sido de los últimos hombres en abandonar el alcázar, llevándose en volandas al almirante que iba listo de papeles por culpa de un astillazo en la cabeza, regresaba de nuevo a la arrasada cubierta del navío.
Allí arriba los charcos de 
sangre se balanceaban con el barco. 
Desde las entrañas le rebosaba el alma una ira densa y pesada mientras los pulmones apenas podían contener un aire cargado del olor de la pólvora quemada y de la muerte. 
La casualidad o el destino le llevaron justo al lado de un cañón que estaba cebado y listo para disparar. Alrededor de la pieza había varios cuerpos retorcidos en extrañas posturas.
Delante, a apenas unos metros de la borda, un navío inglés de setenta y cuatro cañones disparaba contra el "Trinidad" que ya apenas podía responder al fuego.

Manuel Velasco, el antiguo criado de la Señorita, agarra un botafuego y lo arrima al ojo del cañón. 
El estampido retumba en su corazón, dentro, muy dentro, acerrojándose en sus tripas a la vez que inunda su mente de entendimiento.
Ahora comprende lo que decía el almirante. 
De lo que hablaba en el alcázar, la honra y todas aquellas cosas que antes, hasta hacía muy poco tiempo, solamente le habían parecido una sarta de tonterías, pero que ahora veía muy diferentes y desde una nueva perspectiva.

El hombre sonríe asomado a la borda y con el botafuego en la mano. 
Puede ver con claridad cómo su disparo destroza un buen trozo de pasamanos del barco inglés y junto a él a algunos marineros que acaban hechos hechos trizas en el mar.
Entonces mira hacia lo que queda de la popa española y allí, un segundo antes de que lo alcance la andanada inglesa, ve la bandera acribillada y rota que sigue todavía ondeando orgullosa al viento.
La sonrisa de Manuel Velasco se ensancha y los proyectiles enemigos alcanzan, una vez más, el navío "Santísima Trinidad".


A. Villegas Glez. 2012



Imagen: Navío Santísima Trinidad desarbolado pero aún peleando, en Trafalgar.



miércoles, 4 de abril de 2012

CABO SICIÉ. EL TRAFALGAR INGLÉS

Amarrados desde hacía meses en el puerto de Tolón los marinos de las armadas francesa y española contemplaban como el sol se ponía un día más y ellos seguían allí, mano sobre mano y con los ingleses enseñoreándose del Mediterráneo como si fuese suyo.

Para no variar, España estaba en guerra contra el inglés, una guerra que duraba siglos y que no parecía tener fin. 

En éste nuevo capítulo, como casi siempre desde hacía mucho tiempo, los hijos de La Pérfida llevaban ventaja, con su imperio que se extendía mientras que el nuestro declinaba ahogado en bancarrotas, bajo gobiernos ladrones e inútiles y reyes abúlicos que dejaban los asuntos de estado en cualquier mano valiese para ello o no.
Pero ahí seguíamos, ojo, que una cosa era una cosa y la otra, otra… Pardiez, pobres sí, pero jamás rendidos…

Los meses en Tolón tan sólo habían servido para que el lastimoso estado de algunos de los barcos de La Real Armada se hubiese multiplicado por mil, estaban casi todos hechos una piltrafa y las fragatas era solamente un montón de madera podrida.
Los navíos de mayor porte se habían logrado mantener a salvo gracias al fervor y el respeto que en todos causaba el Almirante Navarro, que era el Jefe de la escuadra española.

- Que si hay que arreglar esto, capitán… Que si los hombres tienen que ser instruidos con la artillería…. Que si las jarcias y los palos de éste navío hay que apañarlos, que si los de aquel otro…

Todo el mundo le obedecía como al viejo padre que la pobre España nunca había tenido, tan disciplinados que parecíamos tudescos, tan serios, profesionales y eficaces que hasta los  alieés gabachos arrugaban el labio contrariados cuando durante los ejercicios de tiro los españoles les mojaban la oreja.
Y de esta manera, como siempre había sido, la Armada de España, se sostenía gracias al esfuerzo y sacrificio de sus dotaciones, de sus capitanes, de los gavieros, artilleros, oficiales e infantes embarcados de toda aquella gente anónima que llenaban los navíos. Olvidados del rey y de la Historia, perdida entre toneladas de otras cosas menos importantes y honrosas su memoria.


Era el mes de febrero del año mil setecientos cuarenta y cuatro cuando la flota combinada franco-española zarpó por fin del puerto de Tolón.

Lo de Flota Combinada es una forma de hablar, un eufemismo, porque los franceses navegaban a toda vela en la vanguardia y en centro de la formación dejando la retaguardia a los navíos españoles, mucho más lentos y mucho más maltratados durante la larga estancia en puerto, sin haber gozado durante tantos meses de bloqueo compartido más que del desprecio de los franceses.


Poco a poco la línea de navíos se va estirando y muy pronto hay huecos enormes entre ellos. Fuerzan las velas unos, amarran otros y más pronto que tarde entre el primer barco español y el último francés hay ya una distancia considerable.
Los franceses siguen navegando a todo trapo y sin dejar de mirar al frente… No mirarán para atrás ni cuando empiecen  a retumbar los primeros cañonazos.
Porque las salvas inglesas llegan y llegan pronto…


La flota inglesa que había estado navegando en paralelo a la Combinada, como los lobos alrededor de los corderos, nada más ver que a los pobrecitos navíos españoles los han dejado solos y sin línea de batalla definida, se lanzan al ataque con sus barcos de setenta y cuatro cañones, con sus temibles carronadas preparadas en los castillos y alcázares y con la infantería de marina babeando sobre las cubiertas.

¡Otro Cabo Passaro!- van pensando los hijos de la gran... Bretaña, mientras las velas se hinchan contra el viento y alza en blando movimiento…


Entonces es cuando van los chulos de los ingleses y se dan de bruces contra el navío “Real Felipe”, que escupe fuego por sus ciento diez cañones como un dragón de los que salían en los libros medievales.

El navío inglés “Malbourougt” recibe una andanada horrorosa y no se va a pique de inmediato porque los pocos tripulantes que habían sobrevivido al cañoneo español se ponen todos de inmediato a darle a las bombas de achique, negros de hollín y rojos por la sangre y las vísceras de sus camaradas destrozados:

- ¡Por San Jorge, James…¡Qué salvajes!

- ¡Calla y achica, Richard, calla y achica…!

El mismo trato recibe todo aquel barco inglés que tiene la osadía de arrimarse a la nave capitana española, que atacada por las dos bandas recibía heridas terribles pero que asestaba dentelladas mortales impasible en mitad del mar a sus enemigos.


Por popa defiende a su nave capitana, peleando como un jabato, el navío “Hércules”, que se bate contra tres enemigos al tiempo, incapaz ninguno de ellos de abarloarse y abordar al español que se defiende y defiende a su buque insignia como un gato panza arriba.

A proa el navío “Constante”, haciendo gala de su nombre, no ceja en su empeño de defender su bandera y la de su capitana,  combatiendo también contra tres navíos ingleses de porte superior. 

Al “Constante” tampoco hay inglés que se arrime.

Todo es un revoltillo y una locura de humo, cañonazos, mosquetazos, de astillas volando en todas direcciones, de madera crujiendo y de hombres ahogándose o chillando de dolor sobre las cubiertas ensangrentadas.

De la flota española solamente seis navíos eran barcos de guerra, los otros seis que formabann la escuadra eran de los llamados Merchantes. Barcos de transporte de mercancías a los que se había dotado de artillería para poder defenderse de los piratas y corsarios en La Carrera de Indias.


Ahora estaban allí en mitad del berenjenal, con inferior artillería a de los ingleses pero con el mismo nivel de valor y honra... 

O más, pues habría que haber visto a Nelson pelear, sin carronadas y sin piezas de “a veinticuatro” en sus naves.

Uno de estos barcos mercantes es el “Poder”.
Al primer inglés que se le arrima, muy confiado pues sus altas bordas de 
flamante  navío de guerra de dos puentes, casi sobrepasan la cubiertas del barquichuelo español… 
Al “Princess”, que así se llamaba el navío inglés, la manta de palos que recibe le escuece tanto y la escabechina es tan espantosa a bordo que su capitán rinde la bandera por dos veces, para que se enterasen bien aquellos españoles que le habían dejado el barco convertido en corcho y matadero.

Al “Somerset”, que se acercaba también muy enteradillo, arrogante y dispuesto a vengar a su primo se le dispensa, por supuesto, el mismo tratamiento: cañonazo va y cañonazo viene hasta que el inglés se retira chorreando sangre por los imbornales.

Tres navíos se lanzan a por barco español como perros dispuestos a mandarlo al fondo y vengar tan terrible afrenta. El “Poder”, en una peritísima maniobra no solamente consigue burlar a los tres enemigos, sino que encima los cañonea a bocajarro antes de escapar de entre sus garras:


-¡Touch yours balls, James...! 


El navío “Neptuno” se batía mientras contra cinco enemigos al tiempo, borda contra borda pero sin permitir la heroica dotación española el abordaje, sin dejar que pusieran los ingleses los pies en las tablas del navío español.


Tres horas estuvieron españoles e ingleses dándose estopa de la buena frente al Cabo Sicié. Tres horas de heroísmo, pericia marinera y eficacia artillera por parte de nuestros navíos y nuestros marinos.
Tres horas en las que los poderosos ingleses chocaron contra el muro infranqueable en el que se habían convertido los barcos españoles.

El Almirante inglés ordenó entonces una retirada momentánea, para reparar las vías de agua y lamerse las muchas heridas. El maltrato que los españoles habían infringido a su flota había sido espantoso. ¡Quién lo iba a pensar de estos españoles zarrapastrosos…!

Los navíos españoles estaban también todos muy tocados: el “Real” y el “Hércules” estaban desarbolados, el “Neptuno” había quedado un poco apartado reparando sus muchas averías, y al “Poder” lo habían capturado los ingleses tras mucha porfía. Había hecho falta un navío de setenta y cuatro cañones para poder capturarlo, eso y que a los españoles del "Poder" se les hubiesen agotado la pólvora de la santa bárbara y las balas de cañón…
Los ingleses remolcaban un colador mientras dejaban atrás, sin fijarse mucho en ellos, a los navíos humeantes que el “Poder” se había cruzado antes en su camino.

A la orgullosa y valiente flota francesa se la veía muy lejos, intentando virar - o haciendo como que lo intentaban- y poder así ayudar a los españoles… 

Pero no cogían viento, no había, contaron...

- ¡Que pena François!… No podemos virar...

- Pas de probleme, mon ami...

Caía la tarde y el Almirante inglés, tras el té de las cinco, decide intentarlo otra vez, porque puede ver que está el navío insignia español, el “Real”, prácticamente solo e indefenso en mitad del mar, sin palos, sin gobierno y se oyen desde lejos los gemidos y los lamentos de los muchos heridos que tiene a bordo.


El inglés ataca sin dudarlo, porque si consigue capturar el barco insignia español podría pintar el vapuleo que había recibido como una victoria, si lograba hacerse con el “Real Felipe”, podría hasta pavonearse en Londres.


Como se fiaba muy poco de los españoles, y a pesar de que el navío hispano gemía herido y humeante, el inglés atacó con su buque insignia, el “Namur”, acompañado por si las moscas, de tres navíos más, además de utilizar para la ocasión un brulote incendiario que cargado de explosivos lanza directo contra el barco español que apenas contaba con capacidad maniobrera para poder esquivarlo. 
Todo parecía perdido.

Entonces y como salido de la nada, aparece el barco español “Brillante”, que cañonea al brulote incendiario y lo hunde, antes de que alcance al "Real", vienen también de refuerzo los navíos “Santa Isabel” y “San Fernando”, que igual que sus homónimos habían detenido a los moros, ellos detienen y expulsan a puros cañonazos a los ingleses de las cercanías del “Real Felipe”, dándoles otra lección de valor y de pericia marinera. 

Además de otra buena paliza para que se fuesen calientes del todo.

Y ahora sí, cuando ya los ingleses se retiraban apresurados y su rumbo los llevaba muy lejos de la batalla y de aquellos bravos y honrosos marinos españoles, aparecieron por allí las primeras velas gabachas.
Igual que el bravucón que llega cuando ya la pelea está acabada queriendo comérselos a todos…

- ¿Ahora llegas, François…?

- Es que… No había viento...

- Al menos remolca a los heridos anda, sé útil…

- Por supuesto… Faltaría más… Pero que conste que los ingleses han huido cuando nos han visto venir a nosotros, ¿eh?…

- Sí hombre, sí… Pero abrevia que viene temporal …

De ésta manera se venció a los ingleses aquel día de febrero… Ellos y los franceses, y es más, algunos españoles rebaten discuten y opinan… 

Todos coinciden en que aquello no fue victoria, dicen como excusas variadas que si no es por los franceses no nos salvamos, que si no es porque entre los jefes ingleses había rencillas y odios que impidieron el apoyo mutuo y el uno no intervino para fastidiar al otro.Dicen...
Todos están de acuerdo en opinar cualquier cosa y toda versión es válida menos la de que Cabo Sicié fue una victoria española.

Que digan lo que quieran...

Aquel día los que se fueron con el rabo entre las patas y corrieron espantados hasta sus seguros fondeaderos fueron los poderosos e invencibles navíos de la Armada Real inglesa.
Y si éso no es una victoria…

© A. Villegas Glez. 12







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