sábado, 14 de abril de 2012

LAS VÍAS DE HOLGUÍN



La patrulla de soldados españoles avanzaba despacio mientras el sol cubano comenzaba a iluminar el cielo.
Los trece soldados, el cabo y el bigotudo sargento tienen la misión de proteger, vigilar y defender la línea de ferrocarril que une Holguín con Gíbara, y que es vital para el Ejército.


Los hombres avanzan alerta y pendientes de todo lo que se mueve pues toda la zona hierve de insurrectos. Algunos todavía se están recuperando de las cagaleras y la fiebre, pero es mejor estar allí que en la enfermería, devorado por los mosquitos, cocido de calor y secándote como un sarmiento.

De improviso se oyen gritos salvajes que salen de lo profundo de la selva, miles de gritos. Gritos que hacen que a los hombres de la patrulla se les ericen los pelos del cogote y que los testículos se les encojan hasta dejarlos convertidos en bolitas de alcanfor.

La patrulla se encuentra en el paraje conocido como Piedra Picada muy cerca de un puente que cruza el arroyo “Aguas Claras”… Los quince españoles ven venir contra ellos a una masa vociferante de dos mil insurrectos que se les echan encima enarbolando los temidos machetes azucareros.

El veterano sargento, más frío que el acero vizcaíno, ordena hacer dos líneas y abrir fuego para defender la posición… Las descargas cerradas y certeras de los españoles clavan al enemigo al suelo bajo una lluvia de plomo y arrestos.
Pero los cubanos son muy superiores en número y son -como no iban a serlo- valientes y astutos.


Poco a poco y pese al fuego intenso y mortífero que hace la patrulla, iban flanqueando su posición, intentando copar y cercar a los españoles.

- ¡Hay que irse…!- grita el sargento, que se ha dado cuenta de las intenciones del enemigo disparando su fusil contra un mambí que estaba muy encima de ellos.

El suboficial ordena el repliegue escalonado, o sea unos protegiendo a los otros y viceversa, mientras alrededor de los hombres silban las balas y se pueden oír -con perfecta y aterradora nitidez- los machetazos que dan los insurrectos mientras van desbrozando selva.


Los compañeros se van retirando y cinco soldados se han quedado atrás, cerca del puente, para proteger su repliegue:

- ¡Nos tocó la china, Antonio…!


- ¡Perra suerte…!


Los cinco hombres que se quedan atrás, rodeados de enemigos, sabiendo que van a morir por el resto de sus compañeros, se apellidan: Carril, Fial, Blanco, Rama y Cancela.

Rama y Cancela contemplan horrorizados como los insurrectos capturan y machetean sin piedad a sus tres compañeros, capturados en la huída desesperada que habían iniciado los cinco, una vez sus camaradas se habían alejado lo suficiente .

- ¡Chast, chast, chast…!- sonaba la carne desgarrada y lo miembros amputados mientras la sangre española regaba la vieja y querida tierra cubana.

El dantesco espectáculo tan sólo consigue que en las tripas gallegas de los dos soldados la ira se expanda como el fuego y que en sus cabezas y sus corazones el valor y la bravura se multipliquen por ciento, y deciden plantar los pies y quedarse allí disparando contra los hideputas que han matado a sus amigos:

- ¡Nos van a hacer rodajas como a pulpos, carallo!
- Es posible, pero… ¿Es que tienes ganas de correr...?
- ¡Non…!
- ¡Pues un traguín de oruxo y a seguir disparando, carallo…!

Y siguen disparando…


Hasta que agotan su último cartucho sin haber dado ni un paso atrás, defendiendo su posición y acabando con todos los enemigos que habían osado acercarse. Heridos los dos habían continuado sosteniendo el fuego durante una hora. Hasta que sus cartucheras de cuero se habían quedado vacías y estaban rodeados de casquillos humeantes.

Luego la turba de insurrectos los engulle y Rama y Cancela pelearon a culatazos y bayonetazos hasta el final, hasta que los machetes cayeron definitivamente sobre sus cuerpos.

Poco después llegan los refuerzos españoles, y alcanzan las vías de Holguín, consiguiendo detener el ataque enemigo.

Cuando recogen a los cinco camaradas muertos, destrozados por los machetes, el aire se llena de silencio respetuoso y lágrimas retenidas. Los cadáveres se envuelven en banderas españolas y todo el mundo se descubre a su paso. Los héroes no merecen otro trato.


Y allí en las vías de Holguín cinco héroes habían dado su vida por defender su lejana patria.

Una patria lejana e ingrata que hoy los ha olvidado, que hoy ni agradece ni recuerda su sacrificio, su valor y su honor.
Pudieron haberse rendido y haberse salvado y no lo hicieron, porque lo habían jurado, porque lo habían prometido.


Y al menos antes en España, la palabra se cumplía y el deber y el honor, eran palabras que tenían significado y que provocaban respeto y admiración. Hoy en éste esperpento que hemos creado sólo provocan risa y desprecio…

Quizás es que ya no queda gente como Rama y Cancela, que prefirieron morir a rendirse, que prefirieron sacrificar lo más valioso que tenían, su vida, por un ideal más grande, su patria… La nuestra…


¡España!

© A.Villegas Glez. 2012





2 comentarios:

  1. A Rama y Cancela, todo el reconocimiento que se les ha hecho, ha sido una estrofa en la que se les menciona en la marcha heroica de la Infantería de Marina, y en algunas ocasiones cambian esta estrofa.

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  2. viva¡¡españa¡¡viva el rey¡¡ viva todos los que dieron su vida por españa

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