sábado, 19 de mayo de 2012

LOS ÚLTIMOS LAUREADOS

Hacía mucho frío aquella mañana de enero, frío del desierto que es el peor del mundo, pues hasta las piedras se partían en mil pedazos cuando el sol se escondía y el aire gélido recorría las dunas llegando hasta el Océano Atlántico.

La columna estaba preparada y con los motores arrancados, dispuestos a iniciar la marcha que les llevaría hasta la zona de Edchera, que se encontraba a veintitantos kilómetros de la capital -El Aaiún- y de dónde habían llegado noticias de que andaban los marroquíes -para no variar- dando mucho por saco.

Después de observar un rato a sus hombres, el Comandante Rivas ordena avanzar a la columna y la Treceava Bandera de La Legión se puso en marcha.
En uno de los todo-terreno viajaba el veterano Brigada, Francisco Fadrique Castromonte, que siente un escalofrío recorrer su espina dorsal, gotas heladas que provocan que bajito, apenas sin mover los labios, se ponga a cantar, "El Novio de la Muerte".

Avanza la columna legionaria sobre las ardientes arenas, con las saharianas, con las alpargatas y con las cartucheras repletas de munición. 
Al frente, en vanguardia, la Segunda Compañía del Capitán Jáuregui.

La columna atraviesa la Acequia Colorada o Saguia el Hamra, que es un antiguo río seco, rodeado de viejos cauces y arroyuelos igual de secos -o al menos así se pasan la mayor parte del año- y que forman barrancas y trincheras naturales, invadida toda la zona de matojos, chumberas, pitas y arbustos espinosos. La acequia misma es un tajo en mitad del camino muy difícil de atravesar.

De repente se oyen unos disparos, que van creciendo como una traca valenciana, la vanguardia es detenida en seco por el fuego de fusilería y ametralladoras de los moros que están apostados entre las peñas de la acequia. 
Al Capitán legionario que manda la vanguardia no le queda otra opción que clavarse al suelo y pasar a la defensiva.
El enemigo se encuentra muy bien atrincherado y ocupando posiciones dominantes, mientras que la columna española se había quedado en mitad del llano y sin apenas obstáculos naturales con los que poder protegerse del fuego enemigo. Como patitos de feria.
A pesar de ello los legionarios, fieles a su espíritu, se defienden como leones.

Con esfuerzo y valor se consigue llegar hasta dónde están los sitiados del Capitán Jáuregui, los que llegan son los hombres de la Tercera Compañía. Pero la situación es desesperada y peligrosa, así que el Capitán intenta realizar un movimiento envolvente, para intentar flanquear al enemigo y poder alcanzar mejores posiciones de tiro. 
Pero la mala fortuna hace que el inicio del movimiento español coincida con la llegada de más refuerzos enemigos, que acudían en enjambres exaltados hacia el combate en la acequia. Una Sección es casi aniquilada al completo. La sangre española, una vez más, riega las arenas ardientes del Sahara.

Mientras tanto, las otras Secciones de la Compañía seguían peleando sin descanso con los fusiles y las ametralladoras soltando fuego sin detenerse, recalentándose los cañones y los hombres. 
El enemigo apretaba muy fuerte, las ráfagas continuas y certeras causaban continuas bajas entre los legionarios.
Sin embargo nada amedrentaba a aquellos novios de la muerte que mantenían el fuego y que, cada vez que los moros intentaban asaltar la débil posición defensiva española, eran rechazados a tiros, a bayonetazos, a mordiscos y a pedradas. 
¡Con dos cojones!

¡¡¡TRACATACATACATÁ, BOOUM, BANG, BOOM, ZIIIANG, ZIIANG, TACATATÁ, CLONC, BONG, CLINCS, CRAS, ZIIIIIIIANG, BANG!!!

- ¡Otro cargador, Paco…!

- ¡Ahí va…!

- ¡Agáchate Gallego que te volarán el carallo!

- ¡ Joder, le dieron al Teniente…!

Y así iba pasando la mañana, con los moros apretando las clavijas a la columna española y ésta aguantando el envite con valor y pundonor.

- A los de la "Tercera" hay que mandarles refuerzos como sea y cueste lo que cueste - comenta, como para sí mismo, el Comandante Rivas. 

Y sin que tenga que repetirlo dos veces, el Brigada Fadrique se presenta voluntario para la peligrosa misión.

Como es un suboficial muy respetado y muy querido por la tropa sus hombres le siguen sin rechistar, silenciosos, calando las bayonetas sin decir esta boca es mía. 
Todos detrás de su Brigada así los llevase al mismo infierno. 
Que los lleva...

Ofreciendo un admirable ejemplo de valor y de espíritu militar, el veterano suboficial aprovecha las escasas protecciones que le brinda el terreno y avanza, con sus hombres tras él, hacia la posición que ocupan sus camaradas. 
Pero el enemigo se encuentra por todas partes, tan pegado, tan encima de ellos, que las bayonetas de los legionarios de Fadrique muy pronto gotean empapadas de sangre.

El avance resulta imposible, no hay forma humana de llegar hasta dónde están el Capitán Jáuregui y los suyos, que, por cierto, seguían batiéndose como jabatos.

Al Brigada no le queda más opción que pasar a la defensiva. 
En una posición expuesta al fuego, sin apenas cubiertas o abrigos, sus bravos legionarios consiguen rechazar a los enemigos que ya se les estaban echando muy encima gritando como posesos. 
Manteniendo el suboficial la serenidad, dando las órdenes frío como el acero, siempre en el punto de mayor riesgo, a pesar de que lo habían herido en el hombro con las primeras ráfagas y a su alrededor sus hombres caían como moscas: 

- ¡Aquí nos acaban, Oleaga! - le grita el Brigada a uno de sus hombres- ¡hay que largarse…!
Con la mitad de sus soldados muertos o heridos y el frente que defienden alfombrado de enemigos agonizantes, el Brigada Fadrique ordena el repliegue. 

Él, junto a sus cuatro Cabos, se quedará en la exigua posición manteniendo el fuego y protegiendo la retirada de los demás.
Porque los contrarios siguen atacando, intentando tomar aquella posición y acabar con todos los que están allí, pero el fuego de los cinco hombres, intenso y certero, no se lo permite. 
Protegerán a sus camaradas así les cueste la vida.

Los cinco juntos aguantarán un buen rato las embestidas de los moros, hasta que el suboficial ordena a sus hombres que retrocedan:

- ¡Yo me quedo aquí, con “La Máquina” y con usted, mi Brigada -le dice, con los ojos rojos de rabia, el joven Cabo legionario Juan Maderal Oleaga.

Al viejo Brigada se le escapan dos lagrimones como dos uvas moscateles, lágrimas de emoción, de agradecimiento y de orgullo. Ahora comprendía el escalofrío de aquella mañana, la campanita que repicaba insistente dentro de su cabeza de soldado viejo:

- ¡Viva España, muchacho!

- ¡Viva, mi Brigada...!

- ¡Viva la Muerte!

- ¡Viva...!


La entereza, el valor y el espíritu de sacrificio de estos dos valientes detienen en seco a los que intentaban tomar la posición y permite que sus compañeros consigan alcanzar las líneas españolas.

Muere primero el leal Cabo Maderal Oleaga, sin dejar de disparar la ametralladora hasta que su cuerpo cae desmadejado sobre ella.

El Brigada Fadrique, con los ojos arrasados en llanto, unas lágrimas que no eran de miedo, sino que eran de orgullo y de rabia, el llanto de un hombre valiente muriendo, orgulloso y erguido por su patria, 
continuó disparando sin cesar hasta que lo mataron.

El Brigada Francisco Fadrique Castromonte y el Cabo Juan Maderal Oleaga son los últimos españoles en ganarse la Cruz Laureada de San Fernando.

Ocurrió todo esto que les he contado entre el trece y el catorce de enero de mil novecientos cincuenta y ocho.Han pasado escasamente cincuenta y pico años de todo aquello. Cincuenta y pocos años…

Y al mirar atrás tan sólo me viene un pensamiento a la cabeza:

¡Pardiez, como hemos cambiado!

© A. Villegas Glez. 2012




martes, 8 de mayo de 2012

PEDRO ZUBIAUR

A finales del siglo dieciséis un vasco de Rentería no ponía en duda su españolidad y el mayor honor al que podía aspirar, amén de ser casi la única oportunidad que tenía para poder mejorar su condición, aparte de entrar a formar parte de la iglesia, claro, era entrar a servir al Rey en la milicia.
Miles de vascongados entraron a formar parte de los ejércitos españoles, ganándose justa fama de bravos, temerarios, nobles, cabezones y buenos camaradas… En aquellos tiempos se les conocía genéricamente a todos como "Vizcaínos"… Y de vizcaínos y españoles hacían gala y defendían su honra.

Hoy les hablaré de uno de ellos, también perdido de la Historia y sin más recompensa que el olvido.

Se llamaba Pedro de Zubiaur y era hijo segundón en una familia de marineros de Rentería, se había criado al aire del Cantábrico y empapado del viejo Bilbao, que estaba siempre pendiente de los posibles ataques de los gabachos o de los ingleses.
Pedro, muy joven, se alista en la flota de Filibotes que servían de escolta a los mercantes españoles que realizaban la peligrosa ruta hacia Flandes por el Canal de la Mancha. 

Muy pronto dio muestras de su valentía, arrojo y pericia marinera cuando, frente al importante puerto de La Rochela, base de la armada francesa, se encontró con una escuadra gabacha que le cerraba el paso, eran más de cuarenta barcos de toda clase, incluidos poderosos galeones de guerra. Zubiaur se lanzó al ataque y logró pasar entre los navíos franceses a cañonazo limpio, sorprendidos y acogotados por la audaz maniobra del español, los franceses apenas pudieron hacer nada más que contemplar como Zubiaur forzaba sus velas rumbo a Inglaterra, que en aquellos días era aliada nuestra, salvando el valioso cargamento de ducados y doblones que escoltaba.

Poco tiempo después, en un espectacular golpe de mano, logra tomar el importante puerto hereje de Flesinga, dejando a los holandeses, que pensaban inexpugnable la plaza, con dos palmos de narices.

Tras esta hazaña viaja hasta Inglaterra en misión diplomática con la intención de recuperar ciertos caudales robados por el famoso pirata Francis Drake y de paso liberar a algunos prisioneros.
Pero los ingleses al ver los cañones que monta la pinaza española los reclaman como suyos, robados por los españoles… El tira y afloja va tensando la invisible cuerda del odio, la tensión se puede palpar en el ambiente con los ingleses y los españoles diciéndose de todo menos bonito.Varios días están las cosas de esta manera.

Hasta que una mañana, Pedro, que está ya hasta las narices de aguantar a los ingleses y a la madre que los parió, ordena reembarcar su artillería, que había sido sacada de la pinaza, y subir a bordo a los prisioneros que venía a rescatar, y abandona el puerto sin pedir permiso a nadie. Como saludo de despedida cañonea hasta hundirla a la balandra inglesa que, muy chula ella, había acudido a cerrarle el paso.
Cinco galeones reales ingleses salen tras ellos a toda vela. Cuando les dan alcance y los rodean, la superioridad inglesa es tan exagerada que resistirse sería locura- piensa el mando británico- los españoles lejos de hacerlo van y se lían a cañonazos y a realizar maniobras con la pinaza que ponen los pelos de punta al almirante inglés, a sus oficiales y a las dotaciones.
Los españoles se esfuman, sin dejar de disparar sus cañones -¡Boom, Baum, Boom- entre la bruma  inglesa del Canal de la Mancha.

Cuando la embarcación española consiga llegar al puerto de La Coruña, serán aclamados como héroes. 
Será la única recompensa para el bravo marino y sus tripulaciones.Pero eso a Pedro no le importa, aunque le duela el desprecio en lo más profundo de su alma valiente y honrosa, aunque, como buen español que es, tan buen vasallo no tenga buen señor. 
Zubiaur sigue a lo suyo, desjarretando franceses o ingleses según toque, o los dos al tiempo, que también sucede, ambas naciones unidas contra nosotros y recibiendo las dos que para todas hay de sobra buen acero vizcaíno o español, que tanto monta.

El año mil quinientos noventa resulta especialmente bueno. 
Rumbo a Flandes, cargada de oro y pólvora para los Tercios y a la altura de Bayona es sorprendida la flota mercante española por los corsarios holandeses. La flota está amparada y protegida por tan sólo tres Filibotes, que eran naves de porte menor al galeón y pensadas para transporte de carga, que los españoles habíamos artillado y usábamos como escolta.

Los mandaba Pedro Zubiaur y se lanzaron sin dudarlo contra los corsarios holandeses, Mendigos del Mar, que huyeron despavoridos, pese a su manifiesta superioridad en barcos, gracias al manejo de la artillería por parte española, que acertaba cada cañonazo con mortal precisión y eficacia, desarbolando o llenando las cubiertas enemigas de hierro y de plomo. Siete naves holandesas fueron capturadas y llevadas prisioneras hasta el puerto de El Ferrol.

Pedro Zubiaur siguió viaje a Flandes protegiendo a los mercantes que entregaron su preciada carga sin más novedad.
El regreso sería tranquilo hasta que los españoles de Zubiaur se toparon con una flota inglesa compuesta por nueve poderosos galeones de guerra que los estaban esperado frente a las costas de Muxía.

Nueve horas duró el combate en inferioridad numérica y artillera. Perdiéndose todas las naves españolas en el envite, solamente quedó el barco de Zubiaur, acribillado y raso de palos, pero que consigue espantar a los también vapuleados barcos ingleses de las costas españolas.

Durante todos estos años nuestro héroe no ostenta más título que el de: “Cabo de los Filibotes de La Armada que sirven en Bretaña”.
La llamada Flota de Bretaña mantenía el hilo de unión entre Flandes y los fuertes hispanos de Blavet y Brest. Mantenía con su sacrificio y su valor el imperio en el que el sol no se ponía y la honra de los marinos españoles.

En noviembre del año noventa y dos del siglo, durante otra de sus innumerables travesías se da de bruces con una flota mercante inglesa a la que ataca sin dudar y le causa graves daños. 
Luego -que para chulo don Pedro- les planta cara a los seis galeones reales que la escoltaban y escapa del cerco inglés a cañonazos… 
Zubiaur se había convertido en el terror de los enemigos de España. 
Aquello, por supuesto, le granjea poco beneficio, mucha envidia y mala leche contra su figura.

En abril de mil quinientos noventa y tres acude a socorrer la plaza francesa de Blaye, que estaba en manos católicas y asediada desde hacía meses por los herejes.
Cuando llegan las pinazas españolas se encuentran la entrada al puerto bloqueada por seis galeones reales ingleses que les superan ampliamente en tonelaje y artillería. 
Pero aquella circunstancia jamás había sido obstáculo para Zubiaur y sus audaces tripulaciones, así que se lanzan al ataque sin dudarlo un instante, para pasmo y cagalera de los ingleses que no podían dar crédito a tal derroche de temeridad:

- ¡Que vienen, Sir James…!

- Ya veo… ¿Sabes nadar, William?

Embistiendo como en Lepanto y luego abordando como salvajes los españoles acaban con los ingleses. 
Mandan al fondo a las naves capitana y almiranta enemigas, que habían ardido previamente, con toda la tripulación dentro.

Mientras, los barcos de transporte desembarcan el socorro a los agradecidos y admirados franceses de Blaye. De improviso aparecen once naves de guerra enemigas, gabachos herejes esta vez de los que asedian la ciudad, y que cañonean a los barcos españoles que descargaban…

Pedro Zubiaur, sus hombres y el par de huevos que le ponen al asunto de la guerra, consiguen de nuevo y contra todo pronóstico, desbaratar y espantar el enemigo.
Es, sin embargo, un enemigo cabezón y el resquemor de tanta derrota lo mantiene bien escocido así que durante toda aquella misma noche, cuarenta naves rebuscan por todo el mar a la escurridiza flota española. Les cogerá a todos una enorme tormenta que desparrama las dos flotas y estrella algunas naves, enemigas -bendito sea Dios-, contra las rocas de los acantilados.
Zubiaur consigue burlar a los enemigos y en pocos días atracará sus barcos en el puerto de Pasajes.

Pedro Zubiaur no era solamente un valiente hombre de armas, también es un ingeniero tocado por la genialidad y trabajó como 
espía, ocupación ésta de nuestro héroe que merecería un libro entero para explicar sus peripecias, y por ejemplo él fue quien inventó el usadísimo y reconocido mundialmente por centinelas y vigilantes, “santo y seña”. 
Su labor de espionaje para que el rey Felipe conociese de primera mano las defensas inglesas antes del asalto de La Felicísima, fue inestimable.

Había estado Pedro Zubiaur más de cien veces prisionero de los ingleses. Y durante una aquellas estancias obligatorias -para pasar el rato y alimentar y distraer su mente inquieta- había puesto su atención en el ingenio mecánico que subía las aguas del Támesis y que irrigaban los huertos y campos que alimentaban la capital inglesa. 

Pedro se aprendió de memoria hasta la última pieza del artefacto, el cual construirá después, muy mejorado y perfeccionado en su funcionamiento y robustez, en la Villa de Valladolid el año de 1602.Los gastos de la obra corrieron todos de su propio bolsillo, pues el proyecto no había interesando a nadie -cosa rara en España-y a nadie había llamado la atención tamaño adelanto tecnológico.

En 1605 nuestro héroe se encuentra de nuevo a bordo de sus queridos barcos, encarando al enemigo frente a las costas de Dover.

La flota inglesa resulta muy superior y ha conseguido acorralar y poner contra las cuerdas a la española, pero de nuevo, Pedro de Zubiaur ataca impávido a los galeones enemigos y consigue desbaratar su formación.

Aunque el bravo marino vasco esta vez no lo conseguirá y morirá a causa de las heridas recibidas durante el combate. No se había movido de su puesto ni aún después de herido. 
Sus hombres le lloraron como quien pierde a un padre y España se quedó sin uno de sus mejores hijos.

Esta es la historia de don Pedro de Zubiaur, vasco y español, soldado y marinero, Cabo de las Escuadras del Rey, espía, comerciante e ingeniero…
No creo que tengamos calles con su nombre.
Igual que le negaron en vida los honores que merecía, nosotros le negamos el recuerdo y el homenaje, perdida su memoria entre los oscuros intereses, mancillado su valor por la estúpida idea de que siendo vasco no se puede ser español, cuando la realidad es que, todo español se siente vasco… O como decían en tiempos de Zubiaur, vizcaíno...

Así al menos me siento yo cuando me imagino con la sal del mar salpicándome el rostro, el sable de abordaje apretado en la mano, cortando la proa el agua en busca de nuestros enemigos y gritando, junto con mil voces diferentes, de rabia y de orgullo.
Mientras todos podemos sentir muy dentro de las tripas el león rugiendo tras las almenas del castillo…

© A.Villegas Glez. 2012



miércoles, 2 de mayo de 2012

LAS NAVAJAS Y EL HONOR

Hace tan sólo doscientos seis años y a estas mismas horas de la mañana, en las calles de la capital de España la sangre corría entre los adoquines, los gritos llenaban el aire y la metralla francesa segaba vidas mientras nosotros, a navajazos, defendíamos nuestro honor y nuestra libertad.
Napoleón era el amo y señor de Europa y tenía a los Reyes retenidos en Bayona, a su pérfido hijo y al gobierno en pleno, y a todos, enfrascados en sus propias ambiciones, rencillas y rencores los tenía bien sujetos del pescuezo.

A la fuerza había obligado al valido Godoy, que era quien realmente mandaba, a firmar el vergonzoso Tratado de Fontainebleau, por el que la Grande Armée podría atravesar toda España en su camino para invadir Portugal y además se enviaba a una División de españoles, casi las mejores tropas con las que contábamos, al mando del Marqués de la Romana a combatir en Dinamarca.

Desde el primer momento los franceses se comportaron en España como en terreno conquistado - ¡y sin pegar un solo tiro François!- , se ocupan ciudades y fuertes que nada tenían que ver con su camino hacia Portugal, por ejemplo la fortaleza de Figueras, cosa que les sienta a los catalanes y al resto de compatriotas, (en aquellos tiempos los de esquerra no decían ni mú, ni en catalán ni en castellano), como una patada en los mismísimos cullons.

Además los soldados franceses, que vienen de pasarse por la piedra a las mejores tropas del mundo y de enseñorearse por toda Europa como conquistadores, están acostumbrados a que todo el mundo les lama los pies y se comportan en España como bestias, violando mujeres y asesinando hombres, ancianos y niños, cometiendo mil abusos y tropelías pero sin fijarse ninguno en las gotas de odio negro que iban destilando, una a una, aquellos atrasados, sucios y analfabetos españoles.

Para colmo de males en un país donde el fervor religioso era tan fuerte y profundo como lo era en España, a los franceses no se les ocurre otra cosa que dedicarse a profanar los templos y las imágenes de los Santos, de la Virgen y de Cristo mismo, forzando conventos enteros y asesinando sacerdotes.

El pueblo español rechinaba los dientes…

El país estaba como siempre, o casi, estuvo, abandonado de sus reyes y gobernantes e indeciso entre la necesidad de cambiar cosas y el enroque suicida en las viejas ideas. Lastrado por siglos de gobernantes avariciosos, incultura, bancarrotas, pestes, abandono y despreocupación, de años cayendo en el ocaso sin llegar jamás al fondo.
Muchos pensaban que Napoleón traería la prosperidad y los cambios necesarios y llevaban en parte razón. 
Porque las intenciones del corso eran otras muy distintas.
Hasta en la misma Francia había acabado con la revolución -que se había convertido en una sanguinaria lucha por el poder- para proclamar el Imperio y a él, claro, como Emperador de toda Europa.

España no sería más que otra pieza de su vasto imperio. Y encima sería una pieza que le saldría barata, o eso pensaba el Emperador…

Total, a los españoles lo mismo les daba un rey que otro, lo mismo les daba que la ruina y la miseria la administrase Fernando que José. Lo mismo les daba que los franceses andasen como Pierre por su casa, y robasen y matasen y humillaran y pisotearan. Lo mismo les daba…
Pero Napoleón se equivocaba.
En esta vieja y dura tierra, en éste solar siempre a medio construir, siempre a medio terminar, habitado por unos que, entre ellos mismos, jamás dejaban de tirarse de las barbas, volviéndose arrogantes e insolidarios, que sólo buscaban medrar, aparentar y pasearse muy tiesos por la calle, que entre ellos se sacaban los ojos a la menor ocasión, en aquel pedazo de tierra -que ya los romanos llamaron España, más que esto del nombre les pese a algunos y expongan sesudamente que no, que si entidad política no éramos y que si pepinos en vinagre- en aquel pedacito de tierra, Napoleón se encontró con lo que no esperaba.
La resistencia a ultranza, el valor desmedido y la lucha feroz y a muerte de un desgraciado pueblo que no quiso dejarse avasallar ni pisotear y que demostró al Emperador la razón por la que, a pesar de todo, España y los españoles seguían presentes en la Historia y en el Mundo, la razón por la que, aquel pueblo miserable y venido a menos, había tenido agarrado de la gorja al mundo entero durante un siglo y pico.

Aquella mañana de mayo se llevaban a los Infantes, aquella mañana la gente que se había arremolinado a las puertas de Palacio gritaba y protestaba, los ánimos estaban muy caldeados, las caras desencajadas, las manos crispadas, las miradas cargadas de rabia, la sangre hirviendo, los corazones acompasándose unidos por el cemento del odio al invasor que iba fraguándose en el alma de todos aquellos compatriotas.
La válvula de la olla -¡ppsssttppssstttpptttsss!- a puntito de reventar…

Y a Murat, gobernador de facto de la capital, que era un arribista guaperas al que Napoleón había puesto al mando y que, secretamente, ambicionaba para sí la Corona de España, no se le ocurrió otra cosa que enviar contra la multitud a un pelotón de fusileros con sus mosquetes y a unos artilleros acompañados de sus cañones del dieciocho y muchos saquetes de metralla… 

Se pusieron, los hideputas, muy marcialmente en posición, cebaron las piezas, cargaron los mosquetes - ¡attention, objetif... Feu!- y dispararon sin contemplaciones contra las cientos de personas que había reunidas en la puerta del Palacio de los Reyes de España.
La primera sangre española regó el suelo aquella mañana de mayo de hace doscientos y pocos años.
Por supuesto se armó la de Dios es Cristo…
No podía ser de otra manera.

“El volcán de sus iras estalló”, como alguien dejó escrito muy acertadamente, porque eso precisamente, es lo que sucedió.

Un volcán de ira y de odio cuya lava ardiente compuesta por gente armada con palos, piedras, trabucos, escopetas, cuchillos, agujas, macetas, las uñas, los dientes y las navajas de siete palmos, se desparramó por toda la capital achicharrando a cuanto francés se encontraba en su camino. Las calles y las plazas se convirtieron en almadrabas y en carnicerías.

Murat muy pronto se dio cuenta de que allí, en Madrid, las cosas no iban a ser igual que en El Cairo, en dónde la población, declarada también en rebeldía, había huido espantada por la brutalidad francesa, a los primeros cañonazos.
Allí no.

Le llegaban continuos informes sobre soldados y oficiales pasados a cuchillo en el mismo lugar en el que la multitud enloquecida los habían encontrado, y de que por las calles de todo Madrid se pedían, a gritos que aterraban, criadillas de gabacho para el desayuno.

La lucha fue feroz y sin cuartel.
Los soldados franceses se espantaban ante la brutalidad de la pelea y por la temeraria bravura y valentía de aquellos españoles que preferían morir antes que rendirse, que destripaban con sus navajas a los caballos y a los jinetes, sin importarles los sablazos que les daban en molinetes mortales que abrían cráneos y cercenaban miembros, con mil pares de manos ensangrentadas que los arrojaban al suelo y los degollaban sin piedad como a cerdos.

En la Puerta de Toledo la caballería pesada francesa, caballos y jinetes acorazados -los panzers de la época- casi fue rechazada por las heroicas mujeres que arrojaban agua hirviendo y aceite desde los balcones y macetas, piedras y todo lo que pillaban, mientras a pie de calle los coraceros se las veían negras para poder abrirse paso ante la inmensidad de turba inamovible que formaban aquellos desquiciados que les disparaban y que se arrojaban ante los caballos impasibles y mortalmente decididos a matar y morir.
Era La misma caballería pesada que había destrozado a los austriacos y a los rusos.

En la Puerta del Sol, para qué les voy a contar nada, ahí están Goya y su magnífico y educativo cuadro: "Carga de los Mamelucos". Basta decir que ni siquiera durante la batalla de Austerlitz las habían pasado tan canutas los multicolores jinetes egipcios del ejército imperial.
Imaginen tanta gente o más que durante las campanadas de fin de año, pero en vez de uvas y espumoso con tiros, caballos, coraceros, mamelucos, gente enloquecida con las manos convertidas en garras, sablazos, mutilaciones, navajazos, mondongos desparramados y más sangre cubriéndolo todo que confeti. La Puerta del Sol…

Aquella mañana de mayo los españoles lo que hicimos fue decirle al que mandaba en el Mundo, al jefe del cotarro, al poderoso Napoleón, que allí no podía hacer lo que quisiera y que de aquellas maneras, menos todavía.
Éramos la atrasada y embrutecida España, vieja pisoteada y despreciada por todas las naciones europeas, sumida en su caos propio y particular, maltratada por ella misma, ahogada por su propia estupidez. Pero que no permitía, como nunca había permitido, que viniesen de fuera a ponernos un pie en el pescuezo y a obligarnos a hacer lo que no queríamos hacer.

La España que se unió contra el invasor aquella mañana del mes de mayo salvó el honor a base de navajazos. Y hasta el mismo Napoleón tuvo que reconocerlo.

Ni todos los Wellintongs juntos del mundo le daban tanto miedo y pavor a los generales y soldados franceses, como miedo les daba escuchar el sonido metálico de los siete muelles -¡crakcrakcrak!- de una navaja española mientras su dueño la abría con calma.

Por eso doscientos y seis años después de que, a ésta misma hora poco más o menos, Daoíz y Velarde, junto a un puñado de soldados, paisanos y un par de cañones, rechazaban heroicamente, defendiendo el Parque de Artillería de Monteleón, los asaltos de las invencibles columnas de ataque imperiales, mientras daban cañonazos, mosquetazos y luchaban, morían y por encima de los disparos y los cañonazos y los otros mil gritos que llenaban el aire, sus voces roncas y rotas atronaban en un sólo grito unánime.
Uno que quiero gritar junto a ellos -porque me llena el alma de orgullo poder hacerlo- mientras me acerco al cañón caliente y humeante, aprieto los dientes y encaro el mosquete contra los franceses que se acercan:
¡¡¡ VIVA ESPAÑA!!!


© A.Villegas Glez. 2012



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