jueves, 17 de mayo de 2012

EL JOVEN CAPITÁN

El Capitán de Ingenieros revisaba una de las nuevas linternas “Magin” que habían llegado junto con la última remesa de material enviada desde la Península, estaba contento como un niño con zapatos nuevos porque las nuevas lámparas resultaban imprescindibles en aquel frente estirado y débil, cubierto solamente por las pequeñas y endebles posiciones bautizadas como blocaos y que se comunicaban entre ellas con los heliógrafos de día, si hacía sol, claro, y con las nuevas linternas, de noche, con niebla o con lo que fuese, porque a veces, poder comunicarse entre las posiciones era la única diferencia entre la vida y la muerte.

Entonces suena el teléfono que el oficial tiene sobre la mesa y el timbrazo le hace dar un salto en la silla. Cuando cuelga el auricular, el hombre tiene la tez pálida y una expresión incrédula y horrorizada que le brilla en la mirada. La sonrisa juvenil se le ha borrado del semblante para siempre.
De repente entra en su despacho como una tromba el Teniente Coronel Ugarte, que es su superior y que igual que el Capitán también está pálido como la cera, con el rostro ceniciento y desencajado y la expresión compungida de quien había perdido a un ser querido dibujada en la cara.

Sin apenas dirigirse palabras los dos oficiales, que se encontraban en la Plaza a salvo, se suben en el automóvil de Ugarte y cogen la carretera de Nador y el camino de Drius a toda pastilla, con los ejes del coche a pique de romperse en mil pedazos. Los oficiales corren dispuestos a incorporarse a su Unidad que estaba desplegada por todo el frente.

No consiguen llegar hasta Drius, porque cerca de Batel se topan con la inmensa riada de camiones y de coches, de gente a pie, de mulos y de caballos desquiciados, con la manada imparable que huía despavorida.
Un oficial del Escuadrón del Regimiento de Alcántara, que protegía la retaguardia de aquella columna enloquecida, les informa de la terrible situación y del completo derrumbe de la Comandancia:

- ¡Ha caído todo como un castillo de naipes!- explica muy gráficamente los sucesos que estaban sucediendo en aquel mismo momento por toda la línea española.

Los moros habían arrollado Annual, luego las Posiciones Intermedias, después Drius y continuaban su sangriento avance sin detenerse ante nada y sin dejar nadie vivo tras ellos.

Los dos hombres, asombrados, incrédulos y desolados por lo que les cuenta su compañero y por lo que contemplan a su alrededor, deciden ceder su vehículo para que lo usen en el transporte de los heridos, que los había ya a cientos, y seguir su camino a caballo.
Muy pronto se irán encontrando más gente que huía, soldados sin amas, algunos malheridos y todos aterrorizados, perdidos, sin mando ni guía, huyendo aterrados empujados por el más viejo de los instintos, el de la propia supervivencia.

El joven Capitán le entrega su montura a un veterano Sargento que renqueaba arrastrando la pierna sobre el polvoriento camino africano. Al mismo tiempo se separa de su compañero, el Teniente Coronel Ugarte, que se encamina en solitario para también afrontar su destino.

Decide el Capitán dirigirse hacia la cercana posición de Tistutin, a la que consigue llegar esquivando rifeños enloquecidos que seguían con su salvaje orgía de saqueo y de muerte.
En la posición se encuentra con su amigo y camarada, el Capitán Aguirre, que también pertenece al Cuerpo de Ingenieros y, como es más moderno que él en el escalafón, le entrega el mando. Aguirre le cuenta con detalle todo lo que había pasado, y estaba pasando todavía, con la línea de posiciones defensivas creada por el arrogante General Silvestre.
Lo resume en una sola frase:

- ¡Se ha ido todo al carajo…!

Tampoco es que hiciese falta que su amigo le explicase mucho el panorama, ya lo había visto por sí mismo desde el momento en que habían salido de Melilla. Los rifeños habían atacado en todo el frente y avanzaban imparables arrollando cada posición y cada blocao.

Tistutin no iba a ser diferente.
Los hombres que defendían la posición no habían huido aterrados, muy al contrario que otros, y alentados por sus valerosos oficiales, habían aguantado el primer y brutal empujón del enemigo defendiéndose como leones ante las oleadas kabileñas.

Aquella misma noche el joven Capitán en compañía de un Cabo y un Soldado, dirige una arriesgada salida contra el campo enemigo.
Avanzaban los tres en silencio, sigilosos, con la boca seca, el corazón acelerado y los huevos encogidos, llevan con ellos siete u ocho bidones de petróleo con los que empapan unos almiares de paja c
onvertidos en unas excelentes posiciones de tiro desde las que los moros habían causado muchas bajas:

-¡Venga Cabo, métele fuego!

- A la orden mi capitán...!

La noche se llenó entonces de luz rojiza y amarilla, como la bandera mancillada, y de los gritos horrendos de los moros que se quemaban vivos. También ardieron, de paso, un buen montón de cadáveres de hombres y bestias que hedían como el demonio y llevaban sus efluvios hasta la posición.
Por la mañana tan solo quedaban el humo y los huesos calcinados.
Los hombres de la posición aclamaban al joven y valiente Capitán y a sus dos camaradas que regresaban negros de tizne y sonrientes como niños traviesos.

Al poco llega la orden de repliegue general hacia la posición de Monte Arruit, en ella se encontraba el General Navarro, que era el oficial de mayor rango que quedaba con vida.
La retirada habría que hacerla bajo fuego enemigo porque los rifeños, envalentonados por el derrumbe español, continuaban con la orgía de sangre. Todas las kábilas, o casi, se habían unido a la revuelta, aumentando el número de enemigos que atacaban sin descanso las posiciones españolas.
El joven Capitán se presenta voluntario para mandar la retaguardia que es el puesto de mayor riesgo. Él, su amigo Aguirre y doscientos valientes formarán la escuadra de protección de la columna que marcha hacia Arruit.

Desde que asoman por la puerta de Tistutin los españoles son atacados por cientos y cientos de kabileños.
El joven Capitán con una serenidad pasmosa y un valor frío como el acero, serenidad y valor que contagia a todos sus hombres, retrocede paso a paso, sosteniendo un fuego vivo, constante y disciplinado, escalonadamente, impasibles bajo la lluvia de balas rifeñas y rodeados por los espeluznantes gritos de agonía de los heridos, entre los berridos escalofriantes de los moros, entre los: ¡viva España!, ¡adelante, adelante!, ¡con cojones, vamos, vamos, vamos!, que gritaban hasta desgañitarse los oficiales, entre los relinchos doloridos de las mulas cosidas a tiros, entre el polvo y los charcos cuajados de sangre, entre cientos de chilabas pardas que se les echaban encima desde todas direcciones, el joven Capitán y sus doscientos hombres, paso a paso, metro a metro, retroceden sin volver la espalda al enemigo.

Con su coraje y sus vidas permiten que el resto de sus compañeros puedan llegar hasta la posición, a salvo, de momento.

Los supervivientes de la retaguardia española se encontraban a trescientos metros del bonito arco de entrada de Arruit.
Muy cerca unos artilleros intentan defender una batería del setenta y cinco, estaban prácticamente rodeados de moros con las afiladas gumías entre las manos.

El joven oficial ve la escena y no duda, mientras su amigo Aguirre se llevaba sobre los hombros al agonizante Alférez Maroto, el Capitán y los pocos soldados que le quedan vivos atacan sin contemplaciones a la turba de rifeños que hay sobre el cañón, algunos rifeños despojaban el cuerpo del valiente oficial de Artillería que había muerto enredado con la turba de moros a cuchilladas.

Durante un instante hasta los mismos rifeños se quedaron paralizados, admirados por el valor inaudito de aquel joven Capitán español que, sabiéndolo todo perdido, encaraba la muerte de aquella manera tan gallarda y honrosa.
 

Después la marabunta del combate siguió su curso y nuestro joven Capitán morirá disparando su máuser hasta el final, defendiendo con su vida aquellos cañones y a los hombres que corrían a refugiarse tras los endebles muros de Arruit.
Él solo, con su ejemplo de valor y desprecio por la muerte entregando su vida por la de sus compañeros,
salvó el honor de nuestra mancillada bandera.

Los últimos oficiales que consiguieron entrar en la posición de Monte Arruit, gracias casi todos al heroico sacrificio del joven Capitán, entraron pidiendo a gritos:

- ¡La Laureada, la Laureada, la Laureada...!

Nuestro joven Capitán se llamaba Felix Arenas Gaspar y había nacido en la hermosa isla de Puerto Rico, Provincia de España, en el año 1891.

Que su entereza nos sirva de ejemplo y de acicate a todos los que tenemos el honor de haber nacido españoles y que su recuerdo no se pierda jamás entre los barrotes de nuestra desmemoria y nuestra ingratitud...

A. Villegas Glez. 2012.

Del libro: Ni un Pedazo de Tierra sin una Tumba Española.

Imagen: Óleo de Augusto Ferrer Dalmau. El Capitán Arenas en Monte Arruit.



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