domingo, 13 de mayo de 2012

MANILA 1574

Los gritos desesperados y agónicos llegaban desde la playa acompañados del batir de tambores y de pífanos mientras los escuadrones de piqueros avanzaban hacia la desprevenida ciudad de Manila, que dormía tranquila sin advertir que tres mil piratas chinos habían desembarcado pocos kilómetros al norte y avanzaban, a sangre y fuego, contra la capital de las islas que los españoles habían bautizado como Filipinas en honor a su lejano monarca.

El Capitán Martín de Goiti, que se encontraba muy enfermo en cama, recibe las noticias de que la marabunta china se encuentra ya a las puertas de la ciudad, pero el viejo maestre español no hace caso a las advertencias hasta que es demasiado tarde. 
Su casa es rodeada por los piratas que acabarán con todos los de dentro, incluidas las mujeres y los niños, y después le prenderán fuego.

Los piratas habían logrado coger por completo desprevenidos a los
españoles y se desparramaron por Manila incendiando y matando a cuanto habitante encontraban a su paso.
Muchos escaparon junto a sus familias, otros no tendrían esa suerte y morirán en sus casas o en mitad de las las calles… Los piratas no hacían prisioneros, solamente mataban y mataban sin descanso.

Pero muy pronto se encnntraron también, en mitad del caos y del terror, de los gritos y del fuego, con la legendaria impavidez de la Infantería española, con el carácter que siempre nos había definido en tales situaciones: 
¡Morir o vencer, rendirse jamás…!

Desde las esquinas y formando pequeños cuadros de picas, arcabuces y redaños, los españoles, en grupos que iban sumándose los unos a los otros, avanzaban fríos y mortales y lograron hacer retroceder a los piratas chinos causándoles muchas bajas.
Manila temblaba de miedo pero también de orgullo, con las picas españolas tintas en sangre y cada español que había caído rodeado de una buena porción de enemigos muertos. 

Cuando los piratas vapuleados se retiraron, el Gobernador de la ciudad, Guido de Levazares, ordenó construir con tablones, carros volcados y todo cuanto pudiese servir, una especie de plaza fuerte con sus correspondientes frentes, revellines y bastiones. La provisión de pólvora y balas era muy escasa, la gente civil estaba aterrorizada, había pocos hombres y se temía lo peor. 
Pero todos estaban allí, a pie firme, esperando el ataque enemigo.

Como esperanza y refuerzo consigue burlar a los piratas y entrar en la ciudad el bravo Capitán Juan Salcedo, que había acudido a toda prisa desde otra aldea en auxilio del Gobernador y de su capital. 
Su Compañía la formaban cincuenta arcabuceros, pero a los atacantes chinos les pareció que hubiesen llegado miles de soldados, pues Salcedo se había plantado en Manila tocando los tambores y los pífanos por mitad de la selva, y hasta al último de los mochileros le había dado un cabo de cuerda encendida para que simulase ser un arcabucero.

Pero la treta, aunque había conseguido que Salcedo y sus hombres entrasen en la capital, no había amedrentado al jefe de los piratas, el astuto Limahón, que había venido a las islas dispuesto a expulsar a los españoles para proclamarse su soberano.
Para conseguirlo había traído consigo sesenta naves y a sus tres mil soldados, armados con picas, arcabuces, artillería y artificios de fuego.

Como era costumbre entre los piratas del sudeste asiático Limahón esperó tres días para lanzar su ataque definitivo. Su mejor capitán, el japonés Sioko sería el encargado de aniquilar a los españoles.

El asalto contra la exigua posición española fue brutal, atacando los chinos por los cuatro puntos cardinales, atacando por cientos valerosamente y muy bien organizados, rellenando los huecos de sus filas una y otra vez, acercándose cada vez más al "fuerte" español y metiendo fuego a la ciudad a su paso.

La iglesia de San Agustín ardió hasta los cimientos y junto con ella todos los libros y manuscritos, los pendones, los objetos sagrados y los valiosos regalos que había donado a la ciudad el mismísimo Rey Felipe. 
Todo se quemó a la vista de los soldados españoles, que lloraban de rabia y de pena, pero que mientras no dejaban de ensartar enemigos y de defender como leones el fortín de carretas volcadas.

Pero los piratas eran cientos, miles y consiguieron abrir una brecha en la débil e improvisada muralla española... Ya subían sobre los carros gritando como posesos.

Sobre aquella brecha se arrojó sin dudarlo el Alférez Sancho Ortíz armado solamente con su partesana, y allí moriría destrozando a los enemigos que se habían quedado detenidos de repente sobre los carros volcados, espantados de ver la moharra de Ortíz descabezando a sus compañeros y a éste tinto en sangre y rodeado de muertos y de trozos de muertos con la partesana tajando miembros como la cuchilla del carnicero corta el lomo:

- ¡¡¡CHAS, CHAS, CHOF, CHAF, CROCK, CRACK!!!

A Ortíz los chinos tuvieron que matarlo desde lejos y de unos cuantos arcabuzazos. 
Mientras el cuerpo del bravo Alférez caía a tierra acribillado, el Gobernador -que lo ha visto todo- agarró una pica y se lanzó enardecido, formando un pequeño y último cuadro con los hombres que le quedaban vivos contra la brecha, entre la maraña de españoles brillaban las moharras de un par de partesanas.

Los piratas vieron venir contra ellos a aquellos españoles locos que morían matando y que jamás se rendían, y que llegaban todos gritando: ¡Santiago!

Los piratas debieron pensar que el tal Santiago era familia o conocido, o amigo, del barbudo que había desjarretado a medio Regimiento de piratas él solito en la brecha y presas del pánico, recularon y echaron a correr, convencidos de que no saldría ni uno de ellos con vida de Manila.
Los piratas conocieron el reverso de la moneda, huyeron aterrorizados hasta las playas pero cuando llegaron allí no había barca ninguna, los que estaban eran los arcabuceros españoles, que se les habían adelantado y tomado posiciones de tiro, y que masacraron como a patos a los piratas. 
Los refuerzos que envió a la playa el jefe Limahón cayeron también aniquilados y los españoles se tiraban de las barbas al descubrir sus barcos, que habían sido quemados por los rebeldes isleños que habían aprovechado la circunstancia.

- ¡Menos mal!- pensaba Limahón- porque si estos agarran sus barcos huevos tienen de hundirme la flota entera.

Con su jefe al frente los piratas supervivientes huyeron de Manila para no volver jamás.

Los españoles se hincaron de rodillas en la tierra y dieron gracias a Dios por la victoria.

La ciudad de Manila se quedaría en manos de España para convertirse, con el paso de los años, en una próspera y hermosísima ciudad con una original y bellísima arquitectura.
Convirtiéndose durante siglos en la perla más exótica de aquel Imperio en dónde el sol no se ponía jamás.

© A. Vilegas Glez. 12



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