jueves, 25 de octubre de 2012

ZELUÁN DE LOS HÉROES

El día 22 de julio del año 1921 los sesenta y cuatro hombres de la guarnición de Zeluán, con el Capitán Serrano de la Policía Indígena al frente, contemplaban horrorizados cómo hasta la alcazaba comenzaba a llegar un reguero inacabable de hombres enloquecidos de terror, rotos, heridos y rodeados de mulos y caballos sueltos y espantados que daban coces al aire como desquiciados.

Mucho más enteros y en formación de combate llegan a la Alcazaba los jinetes de uno de los Escuadrones del Regimiento de Alcántara. Son los hombres del teniente Cantalapiedra y el alférez Maroto, que traen
escalofriantes noticias del desastre que se abate sobre la Comandancia de Melilla:
Silvestre estaba muerto, Navarro retrocedía a duras penas hasta Monte Arruit y las líneas defensivas españolas habían caído como un castillo de naipes. Los moros enardecidos y tintos en sangre avanzaban sin apenas oposición hacia Melilla.

La guarnición de Zeluán iba así recibiendo el goteo de hombres, como el teniente de Veterinaria, Tomás López Sánchez, comisionado desde la posición de Monte Arruit en busca de municiones y que se quedará 
cercado en Zeluán . 
El bravo oficial lo primero que hace es buscarse un fusil máuser y abundante munición, pese a ser de la Intendencia el teniente López es un tirador de primera clase y los moros no tardarán en conocerle.

El aeródromo de Zeluán estaba a escasos tres kilómetros de la alcazaba y allí, dos oficiales y unos pocos soldados del Cuerpo de Aviación eran los que defendían las pistas y los aeroplanos, por eso el capitán Carrasco pide voluntarios para reforzar la defensa del aeródromo. 
El alférez Maroto- del Alcántara- con treinta jinetes seleccionados se presenta voluntario para la misión, a todas luces casi suicida, pero los treinta hombres impasibles desmontan, dejan atrás sus caballerías y como infantes toman posiciones en el aeródromo.
La jauría rifeña sedienta de sangre española estaba cada vez más cerca de Zeluán, los que iban llegando hasta ella en busca de refugio y amparo contaban relatos escalofriantes sobre matanzas sin freno. 
Los oficiales de Zeluán se juramentan para resistir hasta la muerte.

La noche del veinticinco de julio la mayoría de los soldados indígenas de Policía y Regulares intentan desertar y pasarse al enemigo saltando desde las almenas de la alcazaba, pero los oficiales que están de servicio los ven y sin dudas ni miramientos disparan sus pistolas sobre los desertores que, claro, se revuelven contra ellos, los dos hombres morirán sobre la arena del patio de la alcazaba pero con su gesto de valentía consiguen alertar al resto de la guarnición y cuarenta traidores caerán abatidos por los soldados que salían medio dormidos 
desde los barracones:

- ¡Qué desertan!¡Han matado al Teniente...! ¡Fuego, fuego, no dejéis ni uno que después vendrán a por nosotros…!

Dentro de la alcazaba ya solamente quedaban españoles y un reducido número de soldados rifeños que se habían mantenido leales a sus oficiales, desde fuera se podían escuchar los gritos de los que habían logrado escapar mientras corrían hacia las líneas rifeñas que rodeaban la posición:
 
- ¡No disparéis hermanos, no disparéis...! decían los hideputas…

Aquella misma mañana del veinticinco de julio de 1921 quedaban completamente rodeados por miles y miles de combatientes y saqueadores la alcazaba 
y el aeródromo de Zeluán .

Los moros atacaron con arrojo suicida desde el primer momento, pero allí resulta que no pasaría como en Annual, allí los españoles resistirían los asaltos como fieras, defendiendo su bandera con honra y valor inauditos.
Los cuatrocientos y pico defensores que había entre la alcazaba y el aeródromo eran como cuatrocientos demonios que no dejaban de disparar y de dar gritos que espantaban a los moros que por miles se iban concentrando sobre las laderas y los riscos pedregosos que había alrededor de la posición.

El teniente López, nuestro bravo veterinario, ocupaba el sector del Cementerio. López y sus tiradores del Alcántara resultaban terroríficamente certeros y la posición que ocupaba el enemigo se convierte en zona mortal para todo moro que asome el turbante.

El día veintiséis ya no quedaba agua en la alcazaba, y el teniente López se presenta voluntario para hacer la aguada. 
Para ello debía desalojar a los enemigos que ocupaban la posición frente que protegía el acceso al pozo.
A cuchilladas y bayonetazos, en una maniobra de flanqueo para poner en los libros, López y sus hombres aniquilan al enemigo, llenan las carricubas y ocupa el lugar hasta bien entrada la tarde. ¡Con dos huevos!
El día treinta, con miles de enemigos rodeando Zeluán, el bravo teniente, de nuevo, sale en descubierta para hacer la aguada y de nuevo, acuchilla y acuchilla junto a sus hombres hasta que al lado del pozo solo quedaron montones de enemigos muertos o moribundos, y de nuevo, logra llenar las cubas de agua:

- “Mientras yo viva a las mujeres y los niños no les faltará el agua”- eso había jurado.

El teniente se convertiría en la peor pesadilla de los rifeños, tirador consumado contaba a bala por muerto y encima tenía más huevos que el caballo de Espartero. 
Una noche saltó las murallas, mató a unos moros que excavaban unas trincheras bajo ellas y les robó los picos y las palas.
Llegando casi al final del asedio, con los niños de la posición mirándole con las bocas resecas, bajo una inmensa lluvia de fuego que, ríase usted de la playa Omaha, el Teniente López Sánchez saltaría los muros de la alcazaba de Zeluán por última vez. 
Iba en busca, como no, del preciado líquido para dárselo a los críos.
Jamás regresaría... 
Las leyendas morunas cuentan que un valeroso guerrero "arrumí" había muerto en el pozo de Zeluán tras haber enviado a muchos hermanos por la vía directa al paraíso.

Era verano y el calor sofocante, los muertos insepultos que llenaban el ambiente con el olor de la muerte, la sed terrible y el hambre convierten la resistencia en un infierno. 
En el aeródromo se seguía combatiendo con fiereza pero escaseaban las municiones, así que a través de mensajero se concierta un intercambio: 

Los de el aeródromo darán parte de su agua y los de la alcazaba les mandarán municiones y comida. El plan consiste en que un camión aljibe salga desde el aeródromo llegue a la alcazaba, deje la preciada agua y se cargue hasta los topes de municiones y víveres, y luego regresen al aeródromo.
Es una misión por completo suicida. 

El soldado Isaac Eguiluz del Servicio Aeronáutico se presenta voluntario para conducir el camión, el mecánico del Servicio de Automóviles, Francisco Martínez no lo duda, agarra su fusil y ocupa sin decir palabra el asiento del copiloto.
Los dos valientes rechazan la escolta de caballería que les ofrecen y que sería un inútil gasto de hombres, la cosa era sorprender a esos y así tener una oportunidad.
Los dos hombres se miran un instante,  miran el camino polvoriento y el débil puente sobre el río... 
Entonces Eguiliz acelera a fondo, Martínez acerroja su arma, y el camión sale a toda pastilla por el camino de la alcazaba.
Los moros se quedan solamente un instante patidifusos ante el derroche de valor, pero luego conscientes de las intenciones españolas, concentran un horroroso fuego de fusilería sobre el vehículo:

¡PANG, PONG, CLINC, PANG, PIÑAAAOOOO, ZIIIIIIIIANG, CLANG, CLONG!

Contra todo pronóstico el camión consigue llegar y entrar en la alcazaba bajo las aclamaciones de los asediados.
Ahora tocaba regresar. 

Isaac y Paco se miraban muy serios, el capitán Carrasco los había abrazado como a hijos suyos y ahora el camión estaba repleto de municiones y de comida... Y las dos cosas las necesitaban urgentemente los camaradas que defendían el aeródromo.
Así que, otra vez los acelerones en el motor y en los corazones, la garganta seca, los testículos apretados… 
Y el camión que se encabrita mientras desde las almenas de la alcazaba y desde el aeródromo los camaradas intentan proteger en lo que pueden a sus dos valientes camaradas abriendo fuego graneado sobre las posiciones enemigas.
El camión volaba sobre la pista de tierra y durante un momento pareció que iban a lograrlo, pero muy cerca del terraplén que llevaba ya a la puerta del aeródromo el fuego enemigo se intensifica y crea una muralla infranqueable. 
Los moros habían puesto unos pedruscos en el camino y el camión se detiene. 
Los dos hombres se miran el uno al otro, el motor se ahoga, entre la polvareda inmensa que habían levantado ven llegar a los primeros moros.
Martínez dispara su fusil sin cesar los tienen muy encima. 
Isaac caerá acribillado sobre el volante, Martínez se defenderá hasta el final a culatazos.

Desde la alcazaba los jinetes del capitán Fraile, del mil veces glorioso Regimiento de Alcántara, hacen una salida para salvar a aquellos dos valientes, el fuego enemigo abate a muchos de ellos, incluido su capitán, pero conseguirán llegar hasta el camión, arrancarlo y  llevarlo hasta la posición con su preciada carga.

El asedio a Zeluán continua. 
La resistencia no cede pese a la sed, el hambre y a la muerte que ronda cada día por encima de las cabezas de los defensores, la bandera sigue ondeando sobre la posición española.

El dos de agosto de 1921 en la alcazaba ya no quedaban municiones y el aeródromo, tomado por el enemigo, había ardido hasta los cimientos incluidos los aparatos. Los muertos se amontonaban por todas partes y los heridos gemían en la enfermería. 
Sobre los muros los defensores exhaustos habían metido el último peine de munición en el máuser. Después ya solamente quedarían las piedras.

El día tres de agosto lo que quedaba de la valerosa guarnición de Zeluán, capitulaba. Entonces comenzaría el horror.

Los moros, traicioneros, ladinos y sedientos de sangre no respetan el acuerdo de rendición, enrabietados por la tenaz y durísima resistencia en Zeluán, que les había costado más bajas que en toda la campaña junta, cuando la columna de heridos y de soldados desarmados salía de la alcazaba comenzaron a disparar a bocajarro y a acuchillar sin piedad. 
Será una carnicería, una terrible matanza, un final ignominioso para aquellos valientes que fueron torturados hasta la muerte de mil horrendas maneras. 
Cayeron así bajo la brutalidad rifeña todos: soldados y civiles, mujeres y niños.
Muy pocos supervivientes lograrían alcanzar La Restinga y desde allí, Melilla.

A la Plaza llegarán de la mano junto a los supervivientes de otras matanzas indiscriminadas que habían perpetrado los rifeños. Monte Arruit y Nador en donde los cabileños había incumplido también los acuerdos y se había lanzado a asesinar sin freno ni piedad.
La alcazaba y el aeródromo de Zeluán habían resistido nueve días de largo y duro asedio, nueve días de fuego sin descanso, de asaltos, de cuchilladas y de bayonetazos, de sed y de hambre, de miedo y de horror. Nueve días que convirtieron a todos aquellos valientes compatriotas reunidos allí por mil diferentes circunstancias, en Héroes y Mártires de su patria.
Por eso este relato se titula así: "Zeluán de los Héroes", porque a pesar de que solamente el soldado Martínez Puche fuese condecorado con la Laureada, incomprensiblemente nadie se acordaría de incluir a Isaac Eguiluz, ni al Teniente López, para este juntaletras todos aquellos valientes sin excepción, son héroes.

Y siendo españoles no pueden ser otra cosa que héroes olvidados y por ellos y gente como ellos nació ésta página.
Para que su recuerdo permanezca indeleble en el tiempo y su ejemplo nos aliente a ser mejores, a intentar que sus ideales regresen a nuestros corazones.
Para que nos colme el orgullo de sabernos hijos de una nación vieja que ahora observa con temor, pena y espanto cómo la despreciamos y la abandonamos, pisoteando el recuerdo de valientes como los de Zeluán, mancillando la memoria de unos hombres que eran muchísimo mejores que cualquiera de nosotros, repudiando su valor y su sacrificio...

Y por eso, entre otras muchas razones, así de bien nos va a los españoles de hoy en día…

A. Villegas Glez. 2012






lunes, 22 de octubre de 2012

MADERA, VELAS, JARCIA, SANGRE Y GLORIA

No hace tantos años y a pocas millas del Cabo Trafalgar los españoles defendíamos nuestro honor y nuestra bandera a cañonazos.
Pese al lamentable estado en el que se encontraba la Armada, con navíos alistados a toda prisa y con las dotaciones rebañadas en cada tugurio, cárcel y callejuela oscura del Campo de Gibraltar y aledaños, hombres de leva forzosa que, muchos de ellos, jamás habían pisado las tablas de un barco. 

Pese a que todos sabían que era mejor no salir de la bahía de Cádiz y obligar al inglés a un bloqueo largo y tedioso, a desgastarlo y esperar el momento propicio para atacar.

Así lo aconsejaron hombres de la talla de Gravina, Escaño, Cisneros y Churruca, pero los “alieés francaiçes” se tomaron la prudencia a cobardía, mentaron aquella salva parte, sacro-santa para todo español -los cojones, o la falta de ellos- y claro, la flota salió de inmediato…

Basta recordar que poco antes, en el combate de Finisterre, los españoles - y todo esto según relatos ingleses- que ya es reconocer por parte de los rubios y en palabras textuales dicen:

“Los españoles se batieron como leones”


… Mientras los franceses ni se arrimaban al enemigo, tirando de lejos y con las velas dispuestas para ceñir el viento y largarse de allí como al cabo hicieron. 


Además el Almirante en Jefe de la flota combinada era más inútil que un traje de Armani en la selva tropical y su indecisión y pésimo mando le buscaría la ruina a todos.


En Finisterre y en Trafalgar nuestros compatriotas enfilaron su destino, y se batieron como jabatos, cañoneando a los ingleses sin tregua, cayendo uno a uno rodeados de enemigos, desarbolados, chorreando la sangre por los imbornales y escupiendo con rabia fuego hasta el final.
Mucha gente piensa que en Trafalgar fue donde murió el poderío naval hispano. Solamente es cierto en parte. 
Los navíos que no se perdieron en el temporal que llegó tras la batalla y que golpeó a todos por igual uniendo en la desgracia a amigos y a enemigos, permanecieron anclados en los puertos, abandonados mientras España se sacudía la mosca cojonera napoleónica.
Antes, nuestros tatarabuelos, españoles cabezones, indomables, cerriles,valientes, abandonados de gobiernos y de reyes, salieron a la mar para defender su bandera y su honra.

Y lo hicieron, pardiez que lo hicieron…

A continuación una relación de los navíos que combatieron aquella mañana de octubre de no hace tanto tiempo, cuando los españoles salieron con sus barcos a defender la patria vieja, cansada y dura en la que habían nacido.

Porque aquella era su obligación y su deber… Y hace doscientos siete años, los españoles todavía, sabíamos lo que era el deber y la obligación…

Igualito que hoy.


Honor y Gloria a todos ellos, desde el Almirante Cisneros hasta al último grumete que aquel día lucharon por nuestro honor y nuestra patria:

Navío Bahama: 


Setenta y cuatro cañones. Dionisio Alcalá Galiano, muerto en combate. Ochenta muertos, setenta y cinco heridos. Peleó el Bahama contra varios navíos enemigos hasta el final, pero fue finalmente capturado y ocupado por los ingleses. 
Sin embargo los prisioneros se amotinan y consiguen represar el barco que queda a la deriva en manos del temporal. 
Una de las fragatas inglesas consigue rescatar a algunos marineros, pero casi todos los heridos se quedarían allí abajo, en las baterías oscuras y anegadas. 
La suerte llevará el barco hasta la desembocadura del río Guadalquivir en dónde los pescadores locales lograrán rescatar a los heridos. Unos cuentan que fue apresado después por los ingleses y otros que no, que varado en la costa se perdería para siempre el Bahama.

Navío Monarca: 
Setenta y cuatro cañones. Teodoro Argumosa, herido grave. Cien muertos y ciento cincuenta heridos. Capturado hecho astillas tras haber peleado con honra y valor inauditos. Los supervivientes de la tripulación española se sublevan y recapturan el barco, que queda a merced de la tempestad que lo lleva hasta la costa en dónde se queda tumbado de un costado, allí le prenderán fuego los ingleses.

Navío Montañés: 
Ochenta Cañones. Francisco Alsedo y Bustamante, muerto en combate y su segundo al mando, también. Treinta muertos y veinticinco heridos. 
Retirado a Cádiz, formará parte de los barcos que participan en la valiente salida de represa que hicieron los españoles tras la batalla y que lograron arrebatarles a los ingleses los pontones arrasados que eran ahora el Santa Ana y el Neptuno. 
En el año 1810 el Montañés se perderá frente a Cádiz durante un temporal.

Navío Neptuno: 
Ochenta cañones. Cayetano Valdés y Flores, herido grave. Cincuenta muertos y ciento sesenta heridos. Formaba parte de la columna de Dumanoir que había huido cobardemente del combate. 
El Neptuno desobedeció las órdenes del francés y puso proa al Trinidad. Peleó con bravura rodeado de enemigos. 
Fue capturado y después represado. Debido a su estado lamentable tras la batalla se hundió frente al Puerto de Santa María.

Navío Príncipe de Asturias: 
Ciento doce cañones. Federico Gravina, herido muy grave-moriría poco después a causa de sus heridas. Antonio de Escaño, herido grave. Sesenta muertos y ciento diez heridos. 
Combate ferozmente contra el enemigo y organiza -en vista del desastre- la retirada hacia Cádiz y la posterior salida para represar los barcos capturados. 
Se fue a pique en el puerto de La Habana en el año 1814 y fue desguazado en 1817.

Navío Rayo: 
Ciento diez cañones -el abuelo de la escuadra- Enrique Mcdonnell. Cinco muertos y quince heridos. 
Se quedó muy rezagado y en muy mala posición tras la virada ordenada por el Almirante Villenueve. 
Participó muy poco en los combates, cañoneándose de lejos con el enemigo. Después y durante la operación de rescate naufragó frente a la costa.

Navío San Agustín: 
Ochenta cañones. Felipe Jado Cagigal. Ciento ochenta muertos y doscientos heridos. 
Combate bravamente contra numerosos enemigos rechazando los abordajes con tanto valor que fueron los mismos ingleses los que propusieron la rendición del barco, que el Capitán aceptaba con la condición de que la Enseña de España nos se arriase hasta que el barco se hundiese… 
Y allí se quedó la bandera, hasta que el veintinueve de octubre, en vista de que era imposible de remolcar, los ingleses lo incendiaron.

Navío San Francisco de Asís: Setenta y cuatro cañones. Luis Flores Pereira. Cinco muertos y doce heridos. 
En la funesta maniobra de virada se queda descolgado y solo, cañoneándose de lejos con el enemigo. Retirado a Cádiz participará en la represa del Neptuno y del Santa Ana.
Se perderá en la costa debido al temporal.

Navío San Ildefonso: 
Setenta y cuatro cañones. José Vargas Varáez. Treinta y cinco muertos y ciento veinticinco heridos. Tras sostenerse contra varios enemigos fue capturado. 
Su bandera de combate se encuentra expuesta hoy en día, en el Museo Británico de Londres, en ella se pueden ver todavía los balazos y desgarrones producidos por la metralla inglesa.
Navío San Juan Nepomuceno: Setenta y cuatro cañones. Cosme Churruca, muerto en combate. Cien muertos y ciento cincuenta heridos. Llegó a batirse el San Juan hasta con seis enemigos a la vez, a los que mantenía en respeto y bien vapuleados. 
Cuando lo consiguieron capturar a ningún capitán inglés se entregó el sable de Churruca, pues a ninguno de ellos por sí solos se hubiese rendido jamás el San Juan Nepomuceno, y los ingleses lo sabían. 
Se llevaron el casco raso hasta Gibraltar y una vez allí pusieron una placa con letras de oro en la puerta de la que había sido la cámara de Churruca. Los oficiales de la Navy se descubrían al entrar en señal de admiración y respeto hacia aquel bravo capitán español que tan negras se las había hecho pasar en la batalla.

Navío San Justo: 
Setenta y seis cañones. Miguel Gastón. 
En la virada queda muy perdido y rezagado, huye a Cádiz. 
Fue el último superviviente de los navíos de Trafalgar, se perdió en Cartagena, desfondado y podrido, en el año 1828.

Navío San Leandro: 
Setenta y cuatro cañones. José Quevedo. Diez muertos y veinte heridos. Otro que se quedó rezagado, desperdigado y sin poder arrimarse al combate. Se cañoneó de lejos con el enemigo y sufrió después el temporal que lo desarboló, llegando a Cádiz de milagro. 
Acabó sus días en La Habana desarmado y medio podrido hacia el año 1813.

Navío Santa Ana: 
Ciento veinte cañones. José Gordoqui-Ignacio María Álava. Cien muertos y ciento cuarenta heridos. Libró un épico combate contra el Royal Sovereing, al que hizo astillas, obligando al almirante Collingwood a tener que cambiar de barco. 
El Santa Ana resistió como gato panza arriba hasta que la abrumadora superioridad enemiga le obligó a arriar el pabellón. Capturado, fue después represado por el Rayo y consiguió llegar a Cádiz. 
Trasladado a La Habana allí morirá por falta de carena en 1816. Cuentan que todavía se podía distinguir su casco pudriéndose sobre el fango en el año 1834.

Navío Santísima Trinidad: 
Ciento cuarenta cañones, único navío de cuatro puentes del mundo, llamado el Escorial de los Mares. Hidalgo de Cisneros- Francisco Uriarte. Doscientos cinco muertos y ciento veinte heridos. 
El Trinidad peleó contra media flota enemiga que pretendían todos ellos convertirse en los héroes que capturasen el símbolo del poderío español. 
Como perros rabiosos se abalanzaron contra el barco español, pero el Trinidad vendió muy cara su madera. 
Fue capturado arrasada la cubbierta y hecho astillas, mocho de palos y con cientos de impactos entre sus cuadernas. Con los ingleses intentando mantenerlo a flote el Trinidad venció su última batalla y se hundió a veinte millas de la costa. 
Sus cañones pueden verse en el Panteón de Marinos Ilustres.


© A. Villegas Glez. 2012



sábado, 13 de octubre de 2012

LA CARTA PERDIDA


Reyno de Granada, Año de Nuestro Señor de 1492

Querido Fernando:

¿Qué tal va tu viaje por tus hermosas tierras aragonesas?, espero que todo marche bien y que tus súbditos catalanes no den mucho por saco y suelten los ducados y los maravedíes que les toca, en fin, que ya te apañas tú con ellos, que les conoces.

El caso, querido Fernando, es que hasta la Corte ha llegado un misterioso marinero, viene desde Portugal, de la que el Rey vecino le ha echado a patadas, porque resulta que si idea es descabellada, arrojada y totalmente desquiciada…


¡Pretende llegar al Cipango por el Oeste!
Atravesar el horrendo y desconocido Océano Tenebroso que llega hasta el fin del Mundo.

Se llama Cristóbal Colón y asegura que la Tierra no es plana sino redonda, una pelota que se sostiene en mitad del espacio vacío…¿Habráse visto herejía posible...?

Tuve que atar muy corto a Torquemada, que ya conoces la predilección de este hombre de encender hogueras y hacer honor a su apellido -que viene de “Toasquemásvivas"-  y su afición a fabricar carbón de bruja y torrezno de hereje.

Se pasa siete pueblos y cuatro aldeas a veces el santo varón, el Cardenal Cisneros no puede ni verlo, dice que tanto fanatismo es exagerado y perjudicial y que las cosas de la vida ni son todas blancas ni todas negras, que una cosa es luchar contra el mahometano y otra perseguir y atemorizar a los propios súbditos de nuestras majestades, a veces creo que Cisneros lleva mucha razón en la cosas que me dice. Ahora pienso que si haber autorizado el Santo Tribunal habrá sido una buena idea...


Querido esposo, a veces no sé hasta dónde podrá llegar esta tierra nuestra… ¿Quién sabe lo que la Historia nos depara...? 
En fin, nosotros al menos hemos conseguido que todos ellos se sientan y vayan por el mundo presumiendo de españoles, que al fin y al cabo es lo que somos todos nosotros desde tiempos de los godos… O antes.

Te sigo contando lo de éste Colón…


Dice que llegará a las tierras de Oriente por el Oeste, en una ruta más corta que la que ahora usan los portugueses por África, que necesita bastimentos y dineros, Naos y marineros, lo avalan unos frailes y algún navegante famoso como De La Cosa Y Alaminos...


¡No se qué hacer Fernando!, éste Colón me pone ojitos y creo que me tira los tejos, hasta hace malabarismos con un huevo -de gallina, ojo- no pienses mal y acudas presto con la espada desenvainada que te conozco aragonés, y a cabezón y desconfiado a tí, nadie te gana.

Yo creo que voy a ir a casa de Isaac, sí el judío… ¡Ya sé que mandé expulsarlos a todos ellos!, pero Isaac es converso, y además sus intereses sobre los préstamos son bajísimos -al euribor más cero veinticinco- ¡un chollo!, tratándose de un hebreo, claro. Aunque peores son los genoveses...
Además si se pone muy pesado o insolente siempre le puedo soltar a Torquemada, que está el hombre siempre deseando montar lumbres y candelas.

¿Tú qué piensas mi amor…?

Estoy deseando que regreses, te bañes en los baños moros de la Alhambra y me des un meneo de ésos tuyos… A ver si procreamos mucho y bien y luego hacemos alianzas europeas y plantamos la semilla de un gran imperio…

Porque me da a mí en la nariz que el Colón éste algo de razón lleva…
Vete tú a saber lo que hay más allá del horizonte… 


Y además somos los Reyes de la nación más poderosa de Europa, o camino llevamos de serlo… Y sería un golpe tremendo para los vecinos portugueses…

Muchos besos y abrazos de tu Reina… 


No olvides traerme un par de butifarras y vino de Logroño, y tú amado mío, no te enredes con malas mozas -ni buenas- ni te pases el día cazando y bebiendo en la tienda con tus amigotes, que te conozco. Te quiere…

Isabel de Castilla.


Carta encontrada en un cajón de un viejo mueble que estaba criando polvo y telarañas en los sótanos del Museo del Prado…

© A.Villegas Glez. 2012



jueves, 11 de octubre de 2012

EL PRADO DE MASTRIQUE. La Escuadra Arregui I

El trabajo de mochilero es un asco… 

Pero mucho peor era estar en el pueblo viendo morir de frío y hambre a mis hermanillos y a Madre cada día más flaca y demacrada mendigando en la puerta del convento unas migajas a las monjas… Y gracias a ellas, porque el cura del pueblo, gordo seboso que miraba más los corpiños que las Sagradas Escrituras, nunca jamás dio limosna a nadie, el hideputa.
Al contrario, enviaba a sus matones para que apaleasen al desgraciado que se atreviera a sentarse a mendigar sobre los escalones de piedra gastada que accedían al templo.
Más hambre pasábamos que el perro del afilador que comía caliente, el pobre, solamente cuando saltaban las chispas de la piedra.

Por eso cuando pasaron cerca del pueblo aquellos soldados que iban camino de Barcelona, con sus petos y sus morriones relucientes, con sus espadas al cinto que bamboleaban con cada uno de sus pasos, con aquellas picas altísimas y con las bolsas tintineando que daba gloria oírlas, no lo dudé un momento.
Metí en un hatillo mis magras posesiones, un jubón de lana, una medallita de San Mateo y un mendrugo de pan duro como una piedra y otro de queso añejo más duro todavía, además de un poco de vino en una vieja bota que tenía reservado para una gran ocasión y ésta, había llegado.

Besé a los hermanos que me quedaban vivos. 
Anita, la mayor, me miraba muy seria con los lagrimones luchando por salir a borbotones de sus preciosos ojos verdes:

- ¿Te vas Miguel...?- me dijo muy seria y compungida
- Si… ¿Se lo dirás a Madre..?... - en aquel instante se me hizo un tremendo nudo en el pecho…- Dile que la quiero... -rematé casi sin voz.

Entonces Anita se abalanzó sobre mí y me dio un abrazo que hoy, tanto tiempo después, todavía caldea mi corazón al recordarlo. Pepito y Lucía rompieron a llorar yo me separé a duras penas de mi hermana, a la que el llanto limpiaba los churretes de la cara, le di un beso en la mejilla y salí de la humilde choza que nos servía de hogar.
De lejos creí reconocer, subiendo por el polvoriento camino, la figura delgada y oscura por el luto de mi madre, pero no quise esperar o no pude pues si no, no habría sido capaz de marcharme... 

Por una revuelta del camino se perdían de la vista los últimos soldados y carromatos que en larga columna atravesaban las montañas para llegar hasta Barcelona y su puerto, y desde allí hasta Génova y luego Milán.
Por supuesto yo no conocía nada de todo aquello, imberbe chiquillo de once años que empezaba a caminar, él solo, detrás de una columna de soldados españoles, sin importar a dónde se dirigiesen mientras pudiese cada día llenarme la barriga con algo, con lo que fuese, yo estaba dispuesto a hacer lo que hiciese falta para, como se decía entonces, “buscarme la escudilla de garbanzos”.

Al principio no fue así… Pardiez, ¡qué hambre pasé!

Cuando se detiene la columna cada cual se avía para comer.
¡Cada cual se avía...!
Y yo, una vez acabado el pan duro, el queso y el vino, que se terminaron bien pronto ya que aquellos soldados no se detenían jamás hasta completar la jornada marcada en el calendario y tanta caminata y tanto trajín multiplicaba el hambre por ciento y por eso muy pronto ya no me quedaba nada para comer.
 
Al principio rebuscaba entre los desperdicios que dejaban los soldados y mendigaba con cara de pena -la cara de hambre ya la tenía grabada en el rostro- esperanzado en que alguno se apiadase de aquel flaco chiquillo de ojos hundidos.
Pero pocos la hacían, apiadarse digo, y aquellos primeros días de marcha acabaron con las pocas fuerzas que mi cuerpecillo atesoraba.

Cerca de Barcelona, pasando por las increíbles peñas del paso del Bruch, me caí redondo al suelo. 
Las piernas, que tenía flacas como las patitas de un jilguero, se negaron a dar un paso más, los ojos se me nublaron y caí de bruces, mientras caía pensaba en mi cuerpo devorado por los lobos en aquel recodo de tierra catalana y rezaba todas las oraciones que había aprendido de pequeño que no eran demasiadas. 
¿Les había dicho a vuestras mercedes que el cura del pueblo era un hideputa?

Caí como un fardo y todavía me viene a la boca el sabor áspero de la tierra y el olor de los pinos y la sensación de ir muriéndome poco a poco mientras a mi lado pasaban las carretas, los bueyes, los caballos y los soldados para apenas dirigirte una triste mirada.
No sé el tiempo que pasé allí tirado, luego sentí como mi cuerpo se elevaba y me preparé para la entrevista con San Pedro, pude sentir unas manos recias que me levantaban y luego un chorro milagroso de agua fresca que me empapaba la cara y bajaba como un néctar divino por mi garganta, después sentí que me arrojaban dentro de un carromato y que caía sobre sacos de harina y de garbanzos. 
Allí dentro, con el traqueteo soporífero y la esperanza de sobrevivir anclada en mi pecho, me quedé profundamente dormido.

Cuando desperté los vi por vez primera, barbas cerradas sobre mi rostro, cicatrices de a palmo y ojos ferozmente curiosos de soldados veteranos que me miraban de arriba a abajo.
Unas manos recias sostenían mi cabeza y me daban de beber un poco de vino aguado. Mis ojos anegados en lágrimas de agradecimiento hablaban por mi boca que estaba ocupada en trasegar una escudilla de garbanzos con tocino que me habían dado.
Los veteranos soldados me miraban comer y sonreían:

- ¡Pardiez!, parece que gastaba hambre el mozo…
- Más que lobo camarada, más que lobo, mire vuestra merced cómo rebaña el barro... Si da hambre mirarle...

Así conocí a la Escuadra del Cabo Arregui y a los veteranos soldados que la componían. 
Ellos habían sido los que me recogieron al borde del camino y nunca jamás me explicaron la razón, solamente me enteré de que Arregui me había visto allí tirado como un perro y había decidido recogerme:

- Nos vendrá bien un mochilero en la escuadra…- eso me contaron luego que había dicho.

Ya había pasado más de un año desde todo aquello pero para mí era como si hubiese pasado un siglo entero, y mi vida había cambiado radicalmente.
Y en Flandes aquella vida de mochilero español no valía nada ni siquiera el plomo de un arcabuzazo.
Hijo de España como era estaba acostumbrado, desde la cuna, a trabajos y fatigas, pero aquel año y pico al servicio de la escuadra forjaron mi cuerpo y mi carácter. No paraba uno en todo el día. 
Que si limpiar los arcabuces de los camaradas, que te daban terrible pescozón si dejabas la pletina sucia o el serpentín sin engrasar, que si darle lustre a cintos y arneses, que si coser jubones y calzas, que si traer agua fresca del río, que si aguantar a unos y a otros, que ya era una prueba dura, pues aquella escuadra del Tercio Viejo de Nápoles era una pequeña España en miniatura y como tal, cada cual, y no podía ser de otra manera, era de su padre y de su madre y todos, pese a las miserias arrastradas, se consideraban descendientes del Gran Capitán o del mismísimo Rey Fernando de Aragón.

Lo más peligroso era cuando salíamos a forrajear, es decir, a internarnos en campo enemigo para saquear granjas, huertos, cobertizos y todo lo que se nos pusiese por delante para así abastecernos y poder comer, pues el Rey nos tenía ayunos de dineros y de abastecimiento y por eso el forrajeo era de las misiones más necesarias y en Flandes eran casi diarias, pues a diario había que alimentar las rugientes tripas de tres mil españoles que por allí rondábamos. 

Aquella vez estábamos desplegados en los alrededores de la ciudad de Mastrique que se encuentra a orillas del río Mosa, y menos mal que era verano, y aunque el sol hereje no calienta ni apenas ilumina, al menos el campo estaba repleto de cebollas y de nabos y en las granjas enemigas se podían oír a las gallinas cacareando.

Y un Tercio entero de españoles hambrientos se imaginaba aquellas aves humeantes y ensartadas sobre el fuego, y un Tercio entero de españoles, y claro, también a nosotros los mochileros, se nos hacía la boca agua solamente de imaginarlo.

El camino al principio resultaba fácil jaleados por las posiciones adelantadas mientras cincuenta mochileros iniciábamos la marcha hacia las líneas enemigas, hacia aquellos prados y granjas en encamisada diurna. 
Cincuenta figuras delgadas y menudas que salíamos dispuestos a traernos llenos hasta arriba, los sacos de enea que llevábamos atados a la cintura.
A mí algo en el estómago me gritaba y una extraña sensación de vértigo me zumbaba en los oídos, sentía un pellizco clavado en los huevos que no llegaba a doler, pero que allí estaba, pinchándome con cada cada paso.

El prado al que llegamos era de un verde lujurioso, con las matas de nabos y cebollas diciendo: ¡coséchame! 
Un poco alejada había una casa con un cobertizo adosado y en la puerta picoteaban unas gallinas gordas como pavos. 
También podíamos escuchar, haciéndonos gritar las tripas de hambre, los gruñidos de un cerdo que hozaba tranquilamente por allí cerca.
Nos desparramamos por el campo escarbando como topos mientras desenterrábamos las viandas a un ritmo vertiginoso, algunos fuimos corriendo hasta la casa para agarrar las gallinas con eficacia gitana:

- ¿Coooooccc?... ¡Al saco!

Con el marrano la cosa fue diferente…
Empezó a patalear y a chillar, y en un santiamén se plantó en la puerta de la casa un holandés grande con una espada en la mano y dando voces terribles en su enrevesado idioma hereje.

A mí se me pusieron los pelos de punta ya que aquello no era una indefensa granja sino un cuartel holandés y el rubio no un simple campesino, sino un soldado enemigo, seguramente un oficial sorprendido al ver su cosecha saqueada y sus animales secuestrados por aquella panda de sucios pilluelos españoles.

Del bosquecillo que rodeaba el prado empezaron a surgir pelotas de plomo calientes como sartenes de asar castañas y que empezaron a zumbar alrededor nuestro como moscones ansiosos de sangre. 
El holandés que estaba en la puerta ensartó al mochilero que tenía más cerca, un chiquillo pequeñajo y renegrido que no tendría más de nueve años, automáticamente como una jauría de perros salvajes, algunos compañeros se abalanzaron contra el holandés al que hicieron pedazos con sus dagas y sus cuchillos de matarife, luego cayeron bajo los pistoletazos de dos o tres enemigos que habían salido de la casa.

El prado se llenó de holandeses que nos perseguían y nos acuchillaban, se escuchaban los gritos infantiles cuando llegaban hasta ellos y los cosían a lanzazos, o los destrozaban con las moharras sin compasión alguna por nuestra tierna edad.
Los más mayores intentaron defenderse con las dagas y cuchillos formando un pequeño cuadro como habían visto hacer tantas veces a sus mayores pero los holandeses los arcabucearon sin piedad.

Yo corrí con mi saco al hombro y sentí un par de pelotas que daban en él y llegaban hasta mi espalda, calientes hasta quemarme la piel pero sin fuerza para matarme.
Con los pulmones ardiendo vi caer a uno de mis camaradas con los sesos salpicando el aire mientras corría y era alcanzado por un arcabuzazo.
Continué mi alocada carrera sin mirar atrás mientras a mi espalda escuchaba los gritos agónicos de los mochileros que se habían quedado atrapados en aquel prado.

Al campamento, en dramático goteo, conseguimos regresar solamente doce mochileros de los cincuenta que habíamos salido aquella mañana.
Ninguno de los doce supervivientes habíamos soltado el saco con las provisiones… 
Y desde aquel día los viejos veteranos empezaron a mirarnos de diferente manera.

El cabo Arregui, cuando le di el saco con los nabos agujereados y con las gallinas alcanzadas por los arcabuzazos holandeses -mejor vosotras que yo, pensé- me puso la recia mano vascongada sobre el hombro, apretó lo justo y me miró a los ojos sonriente:
- ¡Qué Señor mochilero con un par de cojones que tiene la escuadra, pardiez…!- dijo.

Y aquellas rudas palabras me llenaron el corazón de orgullo y el alma de honra. 

Arregui me pasó un barro con vino y pude, 
por primera vez y  junto a aquellos soldados viejos y curtidos, brindar por el alma de los camaradas que habían caído en la escaramuza.

Y aquel vino me supo a gloria…

(Continuará...)

© A. Villegas Glez.

Imagen: Detalle del óleo: Rocroi, el último cuadro, del maestro Ferrer Dalmau.



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