viernes, 26 de abril de 2013

EL ASEDIO OLVIDADO

Ciudad Rodrigo, febrero de 1810.

El Mariscal gabacho Michel Ney sale de Salamanca, en la que estaba desplegado su Sexto Cuerpo de Ejército, dispuesto a encontrar a los ingleses, que están al otro lado de la frontera y darles un escarmiento de padre y muy señor mío, así el Emperador le pasará la mano por el lomo a él y no a ése Massena, que le cae fatal.

Para conseguir llegar hasta los ingleses primero debe tomar la plaza de Ciudad Rodrigo que está defendida por cinco mil españoles que- piensa Ney- se rendirán seguro nada más verles aparecer a ellos, los franchutes. No pueden quedarles moral ni ganas de pelea a los españoles-piensa el Mariscal- después de las últimas tundas que han recibido. Ney peca de desconocimiento y de desprecio hacia un pueblo que es el único de Europa entera que ha tenido el valor de plantarle cara a su Emperador.
Con diez mil hombres llega frente a Ciudad Rodigo y envía una carta de rendición para su Gobernador, el eficacísimo militar don Andrés Pérez de Herrasti, que le contesta muy educadamente que nada de rendición y que: aquí os estamos esperando, si tenéis los huevos de venir, claro.

Ney recibe la respuesta y ordena el ataque inmediato, para encontrarse que el valiente Pérez de Herrasti se le ha adelantado en las intenciones y los españoles han salido de la ciudad con las bayonetas caladas y repartiendo lanzazos como si fuese aquello una corrida de toros. Entonces van los invencibles franceses y huyen y se desparraman por los cuatro puntos cardinales. Hasta que no caiga la noche, y los españoles se retiren intramuros no podrán arrimarse a Ciudad Rodrigo ni montar sus cañones.
En el cerro conocido como el Teso Grande los franceses montan de manera precipitada una batería, de tan mala manera la emplazan que por la mañana es silenciada por dos certeros cañonazos españoles.

Los franceses se retiran de Ciudad Rodrigo, rumiando la derrota y con Ney muy cabizbajo a lomos de su caballo. ¡Volveré!- va pensando.

Ciudad Rodrigo, 25 de abril de 1810.

El mariscal Ney ha regresado junto a su Sexto Cuerpo casi al completo, cuarenta mil hombres, con caballería y artillería, pero bajo mando, para más rabia de Ney de su odiado Mariscal Massena.
Así que ha llegado a las puertas de Ciudad Rodrigo de una mala leche que te cagas.

Pérez de Herrasti no tiene intención ninguna de rendirse a los franceses pese a la manifiesta inferioridad de los españoles. Al contrario, tiene bajo su mando al afamado guerrillero “El Charro” que con sus voluntarios hacen salidas en las que causan espanto entre las filas imperiales. Don Julián Sánchez, sus lanceros y los de ataques de noche y de día que efectúan las tropas españolas casi sin descanso sacan de quicio al ejército napoleónico.

A mediados de mayo el mariscal Ney envía una nueva carta a su oponente español. Herrasti le contesta desde las murallas que el que se acerque será recibido a balazos.


Herrasti tiene la esperanza de que los ingleses, que están a cuatro pasos en la frontera, se decidan a venir en ayuda de sus aliados españoles. Pero los ingleses pasean por la campiña portuguesa silbando al viento y disimulando mucho, y de esta manera transcurre todo el mes de mayo. Encima lloviendo a mares, con los caminos embarrados y los franceses pasando más hambre que el perro del afilador, los españoles también, claro, pero nosotros tenemos más costumbre.

El día treinta de mayo, que es la festividad de San Fernando y para celebrar la onomástica del Rey a los españoles se les ocurre una estratagema. En honor del monarca se disparan una serie de salvas de pólvora por la mañana y otra más por la tarde...
La salva de la noche, con los franceses confiados en su campamento y asomados a las tiendas, irá cargada de bala y de metralla y dirigida directa contra el enemigo que observa tan pancho, (y hasta alegre), el espectáculo de las salvas españolas.

- Mira François, qué monos los espagnoles...

Las carcajadas desde las murallas de Cuidad Rodrigo las podrán oír los ingleses desde el otro lado de la frontera, aunque ninguno acude a ver qué pasa, mientras los franceses huyen despavoridos dejando atrás heridos y muertos.

El primero de junio llegan hasta Ciudad Rodrigo Massena y el general Eblé, que es el jefe de la artillería imperial y que de inmediato traza un plan para abrir una brecha en las murallas.
Eblé es competente militar y deja discutiendo a los dos celosos mariscales sobre quién tiene el paquete más grande y ordena establecer posiciones de tiro sobre los cerros Teso Grande y Teso Chico, desde allí puede batir las murallas directamente y de forma eficaz.

Transcurre todo el mes de junio entre las encabezonadas salidas españolas, la lluvia y los avances franceses que el día veinte tienen sus baterías emplazadas.
Herrasti ordena entonces al Charro que abandone la ciudad para que así sus lanceros y él mismo no caigan en manos enemigas, pues serán mucho más útiles combatiendo que prisioneros en Burdeos. O peor, muertos.

El día veintitrés por la noche los franceses atacan con todas sus fuerzas las posiciones españolas extramuros de los arrabales del Puente y de San Francisco y los conventos de Santa Clara y Santo Domingo. 
El asalto es ferozmente rechazado por los defensores.

En el Convento de Santa Clara apenas cien españoles han logrado rechazar el ataque de tres columnas enemigas.

El día veinticinco las baterías francesas perfectamente posicionadas comienzan a escupir fuego contra Ciudad Rodrigo. Los disparos son certeros y mortales, pero los habitantes no se arredran, hombres, mujeres y niños participan de la defensa apagando incendios, atendiendo heridos y moviendo piezas de artillería.

El día veintisiete cae el Torreón del Rey y se empieza a abrir una brecha en la muralla. Los españoles no dejan de combatir contra todo lo que se acerca a ella, pero los franceses cañonean, cañonean y cañonean sin descanso. Los ingleses del otro lado de la frontera continúan silbando, tomando el té y mirando hacia Lisboa.

El dos de julio la brecha está abierta y los franceses con sus paralelas muy cerca de ella.
El seis se reciben noticias extramuros, noticias desalentadoras. Los ingleses no tienen la más mínima intención de venir a socorrer la ciudad ni a pelear contra los franceses.

El día ocho reforzadas las baterías enemigas con más cañones el fuego se intensifica todavía más y la situación se torna insostenible por momentos. Andrés Pérez de Herrasti toma entonces la decisión de capitular. Su otra opción, seguir resistiendo, tan sólo hubiese provocado una matanza entre los civiles cuando los franceses hubiesen atravesado la brecha, que era ya enorme y batidida sin descanso por la artillería.
Así que el día nueve ordena a las tropas que defienden la brecha que se retiren.

Al siguiente diez de julio de mil ochocientos diez la heroica ciudad se rendirá al enemigo tras setenta y seis días de asedio formal.
Los compatriotas capturados con su bravo general Pérez Herrasti al frente serán llevados a Francia como prisioneros en dónde pasaran el resto de la guerra.

Y al igual que Zaragoza, que Gerona, que Tarifa y que tantas otras, Ciudad Rodrigo gritó aquello de: ¡No se rinde!
No se dejó pisotear ni amedrentar por el temido Napoleón que había encontrado, en aquella tierra dura y ancestral que se llamaba España,  la horma de su zapato.

A. Villegas Glez.


sábado, 20 de abril de 2013

EMBOSCADA

Aquella marcha no la olvidaré en la vida. Duró toda la tarde y toda la noche del veinticuatro de mayo de mil ochocientos doce. Recorrimos el camino desde Estella hasta el puerto de Arlabán para darles un rebato a los gabachos que no olvidasen en la vida, el que dejásemos vivo, claro.

Era el cuarto año de la guerra contra el francés, una guerra sin cuartel en la que los españoles de las cuatro esquinas nos habíamos levantado en armas contra el invasor, cuatro años de pelea despiadada en la que el pueblo español había decidido, sin reyes ni gobernantes, solamente dirigidos por las Juntas y por los mejores 
capitanes,  que en España Napoleón no se saldría con la suya.

El camino de la guerra me había llevado por muchos y peligrosos senderos durante aquellos cuatro años, había vivido la gloriosa victoria de Bailén y después la terrible derrota en Ocaña, en la que peleé como soldado, aunque, a decir verdad, aquel tipo de lucha entre formaciones cerradas, maniobras de infantería y caballería, parafernalias, plumas y trompetazos no me atraía lo más mínimo. 
No era cobardía tan sólo que mi mente me impelía a luchar de otra forma, menos espectacular quizás pero muy efectiva y muy nuestra. 
A mí, en verdad, lo que me pedía el cuerpo, para qué les voy a mentir, era hacerme guerrillero.
Por eso después de la carnicería de Ocaña no me alisté de nuevo en el Ejército, que, como el Ave Fénix renacía de sus cenizas tras cada derrota cabezón e impávido como buen español que era, sino que me enrolé con una partida y me eché al monte.

Aquella primera experiencia sería un desastre ya que aquella panda de hideputas no perseguían la libertad de la patria ni los nobles ideales, solamente eran unas bestias de rapiña que lo mismo les daba matar a un francés que a un español mientras llevase la bolsa repleta. 
Así que una noche con mucho sigilo y decisión, como me había enseñado un sargento que había muerto en Ocaña, degollé al cabecilla del grupo, le quité la pesada bolsa y como un fantasma me perdí entre la niebla de la noche.

Luego los vaivenes de la confrontación, que se tornó oscura, cruel, sangrienta y sin piedad por ninguna de las partes me llevarían hasta el norte de nuestra península, a las montañas ancestrales de la vieja y noble Navarra. 
Allí entraría a formar parte del grupo, numeroso, bien organizado y valiente que operaba bajo el mando de un vascongado al que llamaban: “Dos Pelos” y que era a su vez, la mano derecha del audaz capitán de guerrillas Espoz y Mina, que era de los mejores jefes guerrilleros de España junto al Empecinado.

Por aquella razón estaba vestido de paño marrón con mi sombrero de copa que llevaba clavada la escarapela rojigualda atravesando las montañas a paso forzado, sujetando con fuerza mi mosquete francés modelo setenta y siete, que le había quitado, por supuesto, a un gabacho muerto, y junto a otros tres mil camaradas que nos disponíamos a interceptar el convoy del mariscal Massena.
Era una enorme columna que entre Madrid y Valladolid había reunido más de ciento cincuenta carruajes que iban rebosantes de los tesoros españoles que habían robado los franceses, llenos de heridos y de viajeros que aprovechaban para subir a París por el, en teoría, segurísimo Camino Real, además la columna llevaba en cuerda de presos a unos mil prisioneros entre portugueses, españoles y sobretodo ingleses.

La inmensa columna había hecho un alto en la ciudad de Vitoria y la salida hacia Francia estaba prevista para el veinticuatro de mayo.
Espoz, el “Dos Pelos” y todos los demás no deseábamos otra cosa más que interceptar el convoy y enseñarles a nuestros enemigos que allí, tan cerca de la frontera, el león español mordía y arañaba con más fuerza, además no era cuestión de dejar que se llevasen lo que habían robado ni tampoco a los camaradas prisioneros.
Por eso nos desplegamos en el Puerto de Arlabán que es un pequeño paso de montaña entre las provincias de Álava y de Guipúzcoa. Arlabán no era el típico puerto entre barrancas y desfiladeros como otros que hay en esta tierra fértil, hermosa y hospitalaria, aunque al principio parecen fríos y distantes las gentes del norte peninsular son de corazón noble y sencillo, y una vez que penetras en su alma se convierten en camaradas “pa los restos” como decimos los del sur.Arlabán era un puerto con ligera y suave pendiente, rodeado de robledales espesos y paso obligado para el inmenso convoy que lentamente subía desde Vitoria. 

Entre aquellos árboles y matojos nos desparramamos los tres mil españoles con la orden tajante de no mover un músculo, pestaña o ceja hasta que se diese la señal de ataque, que sería un pistoletazo que daría el mismo Espoz y Mina. 
Hasta entonces las ordenes eran de quietud total, de hablar menos y rezar mucho pero bajito, aguantarse los espasmos de los músculos de piernas y brazos y las ganas de mear y, lo que resultaba mucho peor, las de fumar.
Aquella espera no la olvidaré en la vida.
Era muy de madrugada cuando me aposté, junto a varios camaradas, bajo unos enormes robles, y allí permanecimos ocultos por la espesura y sin mover un músculo.
Los minutos pasaban lentos y agónicos, tan despacio que casi se podía percibir el desplazamiento de la luna sobre el cielo claro de mayo. Todos nos mirábamos y abríamos mucho los ojos hablándonos sin palabras:

- ¡Estoy hasta los cojones compañeros!
- ¡Y yo!
- ¡Me duelen hasta las uñas compadres!
- ¡Jodíos gabachos!

De aquella manera tan entretenida fueron pasando las horas y la noche dejó paso al día. Con las primeras luces el enorme convoy francés empezó a rebasar las posiciones que ocupábamos. 
Se escuchaba el trinar de los pájaros y el ulular del viento vasco entre las montañas, también se oían los pasos cansados pero confiados de los mil y pico soldados imperiales que custodiaban el convoy, se oía el relinchar de los caballos de los coraceros y de las pobre mulas que tiraban trabajosamente de los pesados carros.
Automáticamente nos pusimos todos tensos como varas, apretando el fusil entre las manos y con las orejas tiesas como los lobos esperando el pistoletazo que daba la orden de ataque. 
Pasó un carro entoldado rodeado de soldados imperiales de aire hastiado y cansino, pasó otro, luego unos coraceros y al quinto o sexto carruaje, cuando ya se nos salían los ojos de las órbitas y nos iban a estallar los nervios, retumbó entre las montañas de Arlabán el disparo de Espoz y Mina.

No pueden imaginarse lo que sucedió 
después, parecía que lo hubiésemos estado ensayando durante meses ya que, de entre los árboles y los matojos, asomaron al tiempo y sincronizadas tres mil bocas de fuego que dispararon contra los franceses.
Franceses que se habían quedado espantados al oír aquel primer disparo. Luego y sin recargar que para eso llevábamos las bayonetas caladas, tras la humareda gris y apestosa de pólvora los franceses contemplaron horrorizados a la turba enfervorecida que se les echaba encima.

Fue una carnicería terrorífica, pero así son la guerra y la vorágine que origina, figúrense si fue espantoso que murieron allí algunas mujeres y sus hijos que viajaban en el convoy y fíjense si es todo caos y dar bayonetazos casi sin mirar y sin descanso que, a unos prisioneros ingleses que se habían armado y que en teoría eran aliados, se les ocurrió disparar contra nosotros y los pasamos a todos a cuchillo sin hacer caso a sus voces que espantados gritaban algo así como: “surrender” y “aliees, aliees”.
Estuvimos largas horas peleando, desentumeciendo los músculos tras la larga espera a base de desjarretar franceses, hasta que se rindieron o huyeron corriendo más allá de la frontera.

Sobre el terreno se empezaban a saquear los carruajes que iban a rebosar de joyas y de obras de arte, de cuberterías de plata y de crucifijos de oro. Los franceses supervivientes eran reunidos a palos y pinchazos en el culo en un circulo mientras los guerrilleros  gritaban eufóricos revolviendo las maletas y baúles de los carros y desparramando su contenido entre risas y jolgorio.
Yo estaba deshecho, así que me senté al borde del camino sobre una piedra que estaba manchada de sangre, otra mancha más no me importaba pues estaba empapado de ella hasta el guardamonte del fusil, que dejé apoyado a mi lado mientras me liaba un cigarro. 
Me costó horrores secarme las manos, y aún así, deje el papelillo rojizo y sucio, pero no me importaba, estaba deseando fumar.
Cuando solté el humo de la primera calada, que había sido larga y profunda y aspirando muy hondo, se mezcló con el aire de aquella tierra norteña que sentía tan mía y que ahora me traía los lamentos de los heridos y los gritos de mis compatriotas mientras el sol de mayo se reflejaba sobre los cascos y los petos de los coraceros que estaban muertos sobre la hierba.
Al poco rato se puso a mi lado mi amigo Andoni, que me arreó un golpetazo en el hombro que casi me lo descoyunta mientras decía:

- ¡Vamos a saquear coño, que nos quedaremos sin nada!

Permanecí entonces un momento quieto y él mirándome muy fijo y muy serio, para luego sonreír enseñando los dientes renegridos hasta que me puse en pie y eché a andar hacia el carromato más próximo...

© A. Villegas Glez.




viernes, 19 de abril de 2013

EL SARGENTO ZARRALUQUI

Nació nuestro héroe en la pequeña villa murciana de El Palmar y a la edad de veinte años se alistó voluntario en el Ejército, en un tiempo en el que nadie quería ser soldado Carlos Zarraluqui Sáez ingresaría en las filas de la milicia, empujado por su patriotismo y la fuerza de sus convicciones.

Lo hace en el Batallón de Cazadores de Llerena nº 11 en el año mil novecientos y trece. Para junio de aquel mismo año, acabada la instrucción, Zarraluqui está destinado en Tetuán junto a su Batallón recorriendo lugares de nombres exóticos y sangrientos como Laucién o el Barranco de Laure.
A principios de mil novecientos catorce es ascendido al empleo de Cabo por elección de sus superiores que vieron en aquel joven un constante ejemplo de valor y abnegación. 
Participaría de forma muy destacada en la toma de Izarduy, poco después, durante los enconados y sangrientos combates de Beni Hozmar en diciembre de aquel año recibiría como prueba de su bravura dos Cruces al Mérito con distintivo rojo.

Después de casi tres años de servicio en el Batallón de Llerena causa baja y solicita destino en las Fuerzas Regulares a las que se incorporaría en mil novecientos quince en el Tetuán nº 1. 
Allí llega estrenando sus bien ganados y merecidos galones de Sargento.

El cinco de abril de mil novecientos diecinueve, el Sargento Zarraluqui estaba desplegado en los llanos de Beni Salach en un frente demasiado abierto que era muy difícil de cubrir, aunque pese a todo, los Regulares avanzaron y ocuparon sus posiciones.

La Tercera Compañía se había quedado demasiado rezagada y los moros se estaban cebando con ella, defendiéndose con honor habían caído el Capitán, los Tenientes y uno de sus Suboficiales, además de diez o quince Soldados.
No quedaba más remedio que ordenar el repliegue y proteger el mismo en lo que se pudiera, retrasar las líneas y al día siguiente intentarlo de nuevo.
Zarraluqui recibe la orden de ocupar una loma que dominaba todo el campo de batalla y proteger el repliegue de sus compañeros:

- ¡Será jodido Zarraluqui, muy jodido! - le advirtió su oficial. 
- ¡Descuide mi Teniente, se hará...! respondería el valeroso Sargento.

Acompañado de su pelotón ocupa la loma que, de inmediato, empiezan a escupir fuego contra el enemigo. Un enemigo que, hasta aquel momento, disparaba a placer contra los que se retiraban. 
La pequeña fuerza de Zarraluqui, con él animándolos y saltando de peña en peña esquivando las balas morunas, consigue que los que se replegaban lo hagan con mayor seguridad y rapidez.

Los rifeños cayeron en la cuenta de que, con aquel pelotón allí arriba no iban a poder masacrar a placer a los que se retiraban, muy al contrario los de la loma les estaban jodiendo y bien...
Así que concentran todo su fuego contra la posición que ocupaban aquel Sargento y su pelotón que empiezan a recibir una terrorífica y nutrida lluvia de balas sobre ellos.

Pero los del pelotón no se amilanan ni acobardan, al contrario, con Zarraluqui arengando como un poseso a sus hombres:

- ¡Olé vuestros cojones mis valientes...! -los soldados aprietan los dientes y siguen respondiendo al fuego enemigo sin fijarse en los camaradas que ya estaban mirando al cielo con los ojos muy abiertos.

Entonces le dan el primer tiro al Sargento, lo recibe en la mano izquierda que la bala atraviesa de parte a parte. Sin prestar atención al dolor ni a la sangre que gotea el Suboficial sigue disparando su fusil y dando ánimos a sus soldados:

- ¡Esto no es ná... Seguid disparando hasta que se retiren todos los camaradas!

Justo en aquel momento la última Sección de la Tercera Compañía rebasaba su posición retirándose en orden hacia las líneas españolas. Los Regulares, al pasar, vitorean y animan a sus compañeros que les protegen.
Los rifeños, enrabietados con aquel pelotón que les estaba amargando la fiesta, redoblaron el fuego contra la posición del Sargento y sus valerosos hombres.

Ahí es cuando le pagan el segundo tiro. Justo en la boca, dolorosísimo y que hace pensar a sus hombres que al Sargento lo habían matado. 
Sin embargo el duro murciano se pone de pie, escupe una mezcla de dientes, carne, sangre y babas y, aunque ya no puede casi hablar, continúa disparando su fusil.

Los últimos escalones ya habían sobrepasado la loma, y Zarraluqui ordena a los suyos empezar el repliegue propio. 
A pesar de que sus Cabos insisten en que se vaya, que sea él el que salga primero, el bravo Suboficial se niega en redondo:

- ¡Qué os vayáis coño...!- grita soportando el dolor de su boca destrozada.

Aguantará el dolor disparando hasta que solamente queden él y unos pocos hombres a su lado.
Entonces ve que los moros han ocupado otra loma, más alta y dominante, desde la que serán capaces de abatir como a conejos a los camaradas del Tetuán.
Herido dos veces, una de ellas muy grave, no duda en calar la bayoneta y lanzarse al asalto de la loma que habían ocupado los rifeños.
Allí morirá cara al enemigo de un tercer disparo en el pecho no sin antes conseguir con su valor y sacrificio desalojar la posición y salvar la vida de otro buen número de soldados.

El Sargento de Infantería de las Fuerzas Regulares Indígenas Tetuán nº 1, Carlos Zarraluqui Sáez recibiría por su noble y valerosa acción la Cruz Laureada de San Fernando.
Otra más para enganchar al glorioso Guión de las Fuerzas Regulares...

A. Villegas Glez. 2013


Imagen: Fotografía del Sargento Zarraluqui. Autor desconocido.



martes, 16 de abril de 2013

LA FUENTE DE LA JUVENTUD

Me van a perdonar vuestras mercedes que me ría, pero es que leo las cosas que sobre mí se escriben hoy en día y me descojono. Que si loco, que si cruel, que si ahogado por la ambición… ¡Pueden decir lo que les plazca!

Me llamo Juan Ponce de León y tengo quinientos cincuenta y tres años exactos, hace poco que los cumplí, celebrando la ocasión como se merecía con buenos amigos y mozas de buen ver que en ésta tierra que descubrí, hace ya tanto tiempo, siempre dio de forma generosa.

Nací hace ya tantísimo tiempo que casi ni me acuerdo en un pueblecito de Valladolid y nací en noble cuna, tan noble que desde muy pequeño entré a servir en la Corte de Juan II de Aragón como paje de su hijo Fernando, del que me hice gran amigo y que después se convertiría en el Católico junto a la hermosa Isabel de Castilla, que aquí entre sus mercedes y yo, les confesaré que lo traía loco.

A su lado combatí en la Guerra de Granada, ¡qué tiempos aquellos, pardiez!, y estando por allí abajo fue cuando escuché hablar por vez primera de la nueva ruta que pretendía tomar, camino de las especias y del Cibao, un tal Cristóbal Colón. 

También escuché contar otras maravillas y fábulas, cuentos sobre imperios en dónde el oro relucía a kilómetros en inmensos palacios, bestias gigantescas que se tragaban a los hombres enteros y también oí hablar por vez primera de la Fuente de la Eterna Juventud.

Yo no me creía ni una sola palabra, para qué les voy a mentir, joven guerrero con ganas de aventura pero pardillo lo justo. Sin embargo la idea de embarcarme y explorar aquellas tierras me sedujo al instante. 

Pero me apunté para segundo viaje, por si las moscas.

La verdad es que cuando Colón regresó lo que traía no era muy esperanzador, cuatro indios enflaquecidos, tres loros y una muela de oro que había pertenecido al Piloto que se acababa de morir de un infarto al ver las costas de España otra vez. 
Pero, a pesar de todo aquello, algo en las tripas me gritaba que me embarcase y que diese el paso de cruzar el Océano Tenebroso, ahora que al menos sabía que al otro lado había algo.

Así que en mil cuatrocientos noventa y tres me subo en una carabela y llego a Las Indias, aunque Colón ni quería oír nombrar aquellas tierras de aquella manera, más que Maese De la Cosa le dijese que aquello de la China nones pero nones. 

El caso es que me distinguí en la conquista de la isla de La Española y para el año mil quinientos diez me encontraba rumbo a otra isla vecina a la que se había bautizado San Juan Bautista pero que los indígenas llamaban Borinquén de toda la vida. 
Era una isla preciosa -todavía lo es- Puerto Rico se llama hoy en día.

Allí la suerte la tuvimos de cara, pues el cacique local más poderoso se hizo mi amigo y Agüeybaná, que así se llamaba, nos recibió con los brazos abiertos y nos trató como a hermanos. Hasta se convirtió al catolicismo y todo con un fervor que ya quisieran muchas beatas de San Apapucio.

Sin embargo las cosas pronto se torcieron y la obligación de trabajar que les impusimos a los indígenas, que no habían tenido aquella necesidad de trabajar en la vida pues todo lo que necesitaban lo extraían de la naturaleza, hizo que muchos se rebelasen y tomasen las armas contra los españoles. 

 Luego se murió el cacique y claro, una cosa llevó a la otra.

Matamos y morimos, que los indios no eran mancos, lo que pasa era que nuestro armamento superior nos llevaba a la victoria irremediable. 
Luego me acusaron de todo, de sanguinario, de cruel, de matarife… En fin, a más de uno quisiera verlo yo en mitad de una selva ignota esperando el ataque de unos indios astutos y valerosos, o teniendo que tomar decisiones terribles que nadie sabe la razón ni el por qué hay que tomarlas en aquel instante y en aquel lugar, pero que hay que tomarlas.

La rebelión se atajó como era mi obligación hacer como Gobernador de la isla. 

Y punto.

Total, para lo que me sirvió.

En el año mil quinientos once, la Corte le da la razón a Diego Colón en los pleitos que mantenía contra mí y consiguió que lo nombrasen Gobernador de Puerto Rico y a mí me diesen la patada. 

Como pueden imaginar aquello me sentó como un pistoletazo y me negué a servir bajo las órdenes de aquel arribista hideputa.

La Corona entonces me concedió permiso, pagando yo por supuesto, que la Corona mucho decir: “Vuestra merced explore y pague el quinto real pero gástese lo suyo que de la hacienda nada verá”, o sea que me tocó gastarme casi todo el oro que había reunido en Santo Domingo para aparejar tres naves y pagar unas tripulaciones medio decentes y poder tomar el rumbo norte de Cuba para ver con qué me encontraba.

Aunque la verdad yo sabía muy bien lo que buscaba. 

¡Sí, lo han acertado!, la perdida Isla de Biminí y la Fuente de la Juvencia, que me daría el poder de conservarme siempre joven y fuerte, pasasen los siglos que pasasen… 
Una fábula, había pensado yo, pero las historias que me había contado un morisco converso que con nosotros viajaba, me habían convencido. El moro lo había leído en la biblioteca de la Alhambra de Granada, en unos viejos pergaminos amarillos por el tiempo y en un incomprensible idioma que un amigo suyo le traducía. 
Yo le había creído a pie juntillas.

El día dos de abril de mil quinientos trece alcanzamos la Tierra de la Pascua Florida y contactamos con unos curiosos indígenas que se hacían llamar “Miamis”, ¡hay que ver lo que son las cosas!

Después me tocó regresar a la patria, para meterme de lleno entre las covachuelas de los escribanos, los laberintos cortesanos y la fuente de oro que significaba pedir un permiso de Adelantado entre el maremágnum de burocracia y papeleo en el que se estaba convirtiendo la Corona y que acabaría ahogándola entre la pluma de tanto buitre.

Conseguí los permisos necesarios aplicando ya saben el explore vuestra merced, y así conseguí los títulos de Adelantado para Guadalupe y para La Florida.

Lo de Guadalupe fue un fracaso estrepitoso, tanto que tuve que refugiarme durante un tiempo en Puerto Rico, hasta que conseguí de nuevo los necesarios avales y los dineros para embarcar una expedición colonizadora hacia las tierras de la Florida.
Allí llegamos y tomamos posesión en nombre de España el año de mil quinientos veintiuno.

Cuentan que durante un combate contra los indígenas una flecha envenenada acabó conmigo, que me morí en La Habana ese mismo año y que allí me enterraron.

Pues vuestras mercedes crean lo que quieran, o lo que les cuenten, más sepan que no les miento al decirles quién soy, ¡pardiez que no…!

Juan Ponce de León es mi nombre, Gobernador de Puerto Rico, Adelantado de Guadalupe, la Florida y Bímini, primer europeo que pisó lo que serían años más tarde los Estados Unidos de América…

Descubridor -aunque no me crean- de la Fuente de la Eterna Juventud...

Juan Ponce de León. Miami Beach. Siglo XXI...


© A. Villegas Glez. 2013


viernes, 12 de abril de 2013

LA TRAVESÍA. La Escuadra Arregui V

La proa del galeón cortaba las crestas de las olas espumosas del Canal de la Mancha y la madera crujía mientras las velas hinchadas empujaban la nave rumbo a España.
Se llamaba “San Cristóbal”, y en lo alto de su más alto palo bailoteaba con el viento la vieja aspa roja junto a otros gallardetes y banderolas que identificaban el barco como galeón de Su Majestad Católica.
Era una máquina impresionante y eso que era el menor de los galeones que componían la pequeña flota y que había salido de Dunquerque rumbo a España unos, y para afrontar la campaña del corso los otros, los valerosos marinos de la Villa, fieles súbditos del Emperador y feroces enemigos de los herejes holandeses e ingleses a los que acosaban en sus mismas costas causándoles no pocos daños y quebrantos.
Guzmán de Sevilla no nos había mentido y gracias a sus contactos habíamos acabado enrolados en una compañía de arcabuceros de las que iban de dotación en los galeones, galeras y demás embarcaciones del Rey, bueno alistados quedaron el cabo Arregui y el mismo Guzmán de Sevilla, porque yo tan sólo cambié de título que no de condición, pues de mochilero pasé a ser grumete que viene a ser lo mismo pero en mitad de la mar.
Mucho cepillar y baldear las cubiertas, mucho cargar cosas de nombres incomprensibles y mucho subir por los cordajes aquellos que llaman los marineros gavias y que he de confesar a vuestras mercedes que era lo que más me gustaba, subir hasta arriba, hasta las cofas y desde allí mirar el mundo tan alto casi como el mismísimo Dios, o al menos así podía sentirme.

Estando subido allí arriba, haciendo compañía a Braulio de Huelva que era un marinero viejo, arrugado y reseco como la mojama de su tierra, en mitad de su turno de guardia fue cuando vimos aparecer las velas. Braulio oteó con ojo experto el horizonte y me dijo:

- Ingleses... Cinco galeones reales… Y vienen directos a por nosotros.
Después puso las manos alrededor de la boca a modo de bocina y dio la voz de al arma al resto del “San Cristóbal:

- ¡¡¡Velas a estribor!!!- gritó con toda la fuerza de sus pulmones, no había un ápice de miedo en la voz del viejo marino.

A su lado, mientras el viento atlántico me golpeaba en la cara me fijé en la flota propia que iniciaba las maniobras de defensa. 
La mala mar de los días anteriores había hecho que la pequeña armada, de tres galeones y cinco carracas de transporte -los aliados flamencos se habían desgajado del convoy la noche anterior, para atacar a la flota arenquera holandesa- navegase algo desperdigada, con los galeones “San Matías” y “San Cipriano", adelantados y muy despegados el uno del otro, en medio iban las urcas, lentas, pesadas y casi indefensas y detrás, en retaguardia, íbamos nosotros, el “San Cristóbal”.

Yo no sabía nada de la guerra en el mar, pero mi experiencia en Mastrique me había enseñado que cuando el enemigo atacaba en cuadro cerrado y decidido contra un grupo de gente suelta y deshilada ya llevaban más de la mitad de la batalla ganada, y de esta manera se nos estaban acercando, con todas las velas desplegadas, los cinco galeones ingleses que, encima y en palabras de Braulio, nos tenían ganado el barlovento.
Yo algo había aprendido de vientos y sabía que aquello del barlovento ganado por el enemigo no era cosa baladí y que, por la cara que ponía el viejo marinero, nuestra situación no era para nada halagüeña:

- ¡Esos hideputas son marinos desde la cuna, chaval! - me dijo, admirado por aquellos herejes que nos acosaban -el "San Cristóbal" está perdido... - remató.
- No serán para tanto Maese Braulio- yo siempre le llamaba así porque cuando lo hacía podía ver brillar sus ojillos de viejo.
- Cierto es que no siempre vencieron... Pero nos tienen ganado el barlovento.
- ¡Jodío barlovento...!- dije mirando al mar que estaba negro como la boca de un lobo.
- ¡Pues anda que el sotavento, chaval! - y el marino se rió a carcajadas dejándome ver su boca sin dientes y casi su humanidad al completo.

Descendía por las gavias y el corazón me palpitaba muy fuerte en el pecho mientras sonreía de oreja a oreja ya que estaba a punto de vivir mi primer combate naval y enganchado en los cordajes del galeón, que escoraba un poco a estribor mientras avanzaba sobre las olas y ponía proa al enemigo, la emoción me embriagaba.
Me sentía ansioso por entrar en combate y ver por mí mismo de lo que era capaz aquella conjunción de madera, hierro, cuerdas, velas y cañones sobre las que ondeaba orgullosa la bandera de mi Rey, de mi imperio y de mi patria. 
Les juro que en aquel momento no sentía miedo ni otro sentimiento más que orgullo.

Poco antes de saltar sobre la cubierta pude ver cómo los otros dos galeones españoles viraban muy trabajosamente intentando poner también la proa cara al enemigo, mientras las urcas forzaban el trapo, viraban y cogían las de Villadiego para intentar poner toda el agua que pudiesen entre ellas y los lobos ingleses. 
Los hijos de la Pérfida venían muy directos hacia el “San Cristóbal” formados en una cuña.

En nuestro barco todos nos habíamos visto hechizados por una actividad frenética. 
Los artilleros cargaban los cañones, en los palos se desplegaban éstas o se recogían aquellas velas según ordenaba el Segundo tras recibir instrucciones del Capitán que observaba, con el catalejo clavado en la cara, los movimientos de los barcos enemigos, la infantería embarcada preparaba los mosquetes, los sables, las hachas y las picas de abordaje muy serios y atentos a las órdenes del oficial que los mandaba.

Entre ellos estaban Arregui y Guzmán de Sevilla que me guiñó un ojo cuando me acercaba, justo en el momento en que el oficial, de espesas barbas, renegrido de mar y con una cicatriz que le recorría la frente de lado a lado, arengaba a sus hombres:

- Ya saben vuestras mercedes que los ingleses intentarán mantener la distancia para cosernos a cañonazos y después, cuando ya no quedemos ninguno vivo o casi, darnos el abordaje. El trabajo de vuestras mercedes consiste en mantenerse con vida y cuando aborden, si abordan, darles lo que se merecen y un poco más. 
De arrimarse hasta ellos con poco daño y darnos la oportunidad de abordar nosotros ya se encargará el capitán Pérez de la Gomera. 
Si cualquiera de estas dos cosas sucediese, que quede claro cuál es la más mortífera y valiente infantería del Mundo. ¿...¡Lo han entendido vuestras mercedes!..?

Nadie dijo una palabra solo se escuchó un murmullo de general asentimiento y algún que otro pardiez musitado entre dientes. Después el oficial miró al cura que estaba a su lado, Fray Tomás de Ávila que era pequeño, enjuto y que portaba su hábito de San Francisco ciñendo espada y daga como un soldado más.
El Páter nos bendijo a todos con dos movimientos de brazo y una mirada al cielo gris como el plomo que teníamos sobre nuestras cabezas.
El tambor empezó a redoblar tocando a zafarrancho de combate y la actividad sobre la cubierta del “San Cristóbal” se hizo entonces vertiginosa. 
Se esparció la arena y los hombres la miraban sabiendo que pronto estaría absorbiendo los cuajarones de su propia sangre. Olía a sal y a mar, a pólvora, olía a rabia, a miedo mezclado con valor, olía tan intenso que mi alma batía tambores de orgullo por sentirme al lado de aquellos hombres. 

Los españoles teníamos la mirada fija en la proa del primer barco enemigo que se nos había echado ya muy encima. 
Recuerdo perfectamente la humedad de las gotas del mar que el viento traía hasta mi cara junto al olor inconfundible de los botafuegos encendidos y de las mechas de arcabuz, que humeaban dejando hilos grises que el viento se llevaba bailando más allá de las cofas.
Aquel olor tuvo la virtud de infundirme valor, pues sabía que estando entre aquellos hombres barbudos, malolientes, pícaros, buscavidas, hidalgos, hambrientos, orgullosos, vocingleros, generosos, alegres y los más bravos y valerosos soldados del Mundo, sabía que estando entre aquellos compatriotas que soplaban con ojo experto las mechas de sus arcabuces, sabía que nada podría pasarme.

El cabo Arregui y Guzmán estaban destinados en el alcázar de popa, formando parte de uno de los trozos de infantería y a unirme a ellos me dirigía cuando el oficial de la cicatriz echó mano de mí y me asignó otra misión:

- ¡Grumete! -me dijo- tú que pareces espabilado dirigirás a los mozos de la pólvora, que no les falte ni a los cañones ni a los mosquetes- dicho esto me golpeó afectuoso el hombro y se fue tras unos hombres que movían la cureña de un cañón.
El oficial era un portento de amable disciplina y de eficacia pues por dónde iba pasando sus órdenes se cumplían a rajatabla y los hombres pugnaban por ganarse su respeto.
Yo no iba a ser menos y aunque lo que más deseaba era estar junto a Arregui y Guzmán me sumergí de inmediato en el interior del barco buscando la santa-bárbara.

Ni qué decirles a vuestras mercedes que desde el primer día de embarque, y en cada rato libre que había tenido que no fueron muchos, me había dedicado a recorrer el barco desde las sentinas hasta las cofas y ahora aquella curiosidad mía me ayudaba a sortear los estrechos pasadizos puesto que me conocía de cabo a rabo las tripas del barco.

Estado allí abajo en la batería, tras un breve silencio, en el que se podía escuchar el chapoteo de las olas contra el casco del galeón, todo retumbó de repente en mil estallidos y el “San Cristóbal” se estremeció de punta a punta al recibir la primera andanada enemiga.
El mundo se tornó un continuo golpeteo, un repiqueteo mortal que estremecía las cuadernas del barco, tras la primera andanada recibimos otra por la banda contraria y luego otra más.

Las tablas del galeón se hacían pedazos y volaban en todas direcciones, clavándose en la carne de los hombres que, sudando a mares y sangrando a chorros, estábamos allí abajo intentando esquivar la lluvia de astillas y de disparar las cinco piezas de a dieciocho que montaba en cada costado el “San Cristóbal”. 
La batería estaba llena del humo acre de la pólvora quemada y los oídos pitaban tanto que apenas podías oír nada.
Pasado un rato los gritos de rabia y de dolor, los insultos, los berridos animales de los heridos, todo quedaba apagado en tus orejas por el continuo batir de los cañones propios y los cebolletazos que, uno tras otro, el galeón español iba recibiendo.

Entonces el oficial artillero me gritó, pude oírle porque berreaba muy cerca de mi oreja derecha:

- ¡Sube la provisión para los mosquetes!... ¡Balas y pólvora!, ¡corre, corre!- los ojos inyectados en sangre ardían bajo el gorrillo marinero que el oficial utilizaba. 

Comprobé que sangraba por un costado pero él no parecía darle importancia alguna.
Estaba cubierto de la pólvora quemada que se pegaba a mi cuerpo sudado, sin aliento pues no había dejado de bajar las escalerillas que se hundían hasta las entrañas del barco, para subirlas luego cargado de sacos de pólvora y de balas de cañón oxidadas, que de inmediato ordenaba pulir a dos chiquillos de apenas siete u ocho años cada uno que, con los mocos colgando y en una esquina de la batería baja, se dedicaban a tal menester. 
También había ayudado a mover una de las pesadas cureñas cuando un pepinazo inglés se había llevado por delante a tres de los sirvientes, que ahora estaban muy desparramados por la arena sin que a nadie le importase un pimiento aquel espectáculo de la anatomía humana.

Bajé de nuevo hasta la santa-bárbara y me colgué del cuello dos bolsas de pelotas de plomo y dos sacos de pólvora que pesaban como mil borricos muertos, avancé pesadamente por entre los astillazos que volaban, el humo de los cañones y los pedazos de hombre que había por todas partes, hasta que logré asomar la cabeza por el portillo que comunicaba la cubierta del galeón con la batería baja.

Allí afuera se había desatado el mismo infierno sobre la tierra.
Los palos a los que tanto me gustaba subir habían desaparecido. El mayor colgaba de la borda y había varios hombres cortando los cabos que lo unían al galeón, por todas partes había restos de madera destrozada, de hierros retorcidos, de redes y de cadenas, por todos lados había charcos de sangre y trozos de ser humano flotando sobre ellos. 
Por todas partes granizaban la metralla de los cañones y los arcabuzazos que, desde tres galeones ingleses, uno de ellos tan destrozado como nosotros, nos disparaban sin descanso, lanzando los ganchos de abordaje mientras machacaban la cubierta española sin piedad.

Miré a popa y el alcázar estaba hecho astillas casi por completo, sobre los escalones que subían había varios cuerpos cosidos a tiros y caídos en posturas inverosímiles.
En mitad de los restos un grupo de españoles resistían muy arrimados a la acribillada bandera con la Cruz de San Andrés, disparaban sus mosquetes alternándose con mortal precisión contra uno de los barcos enemigos.
Las culebrinas que guarnecían el alcázar habían sido volatilizadas y junto con ellas casi todo el trozo de infantería que lo defendía.

Al principio sentí temor, pero luego, entre los que se asomaban con el arcabuz y disparaban contra los ingleses pude ver al cabo Arregui y a Guzmán de Sevilla, y junto a ellos el capitán De la Gomera que herido en un brazo, ordenaba hasta desgañitarse abrir fuego a las tres piezas que todavía quedaban útiles en la cubierta española. 
Mientras, en la batería baja el fuego no cesaba y cada cañonazo inglés era convenientemente respondido.
A proa, el oficial que me había ordenado encargarme de la pólvora, peleaba como un jabato al lado de los hombres que le quedaban vivos, manejaban un cañón que no dejaban de disparar contra el alcázar y los oficiales enemigos.
Oficiales y marineros a los que podíamos distinguir las caras pues se abalanzaba su borda contra la nuestra a ritmo vertiginoso.

Un poco antes de que los costados se tocasen mi cerebro reaccionó, salí de mi agujero, tomé impulso y empecé a correr agachado hacia lo que quedaba del alcázar de popa, para morir allí junto a los que consideraba mi padre y mi padrino. Las bolsas en mi cuello pesaban como piedras de molino y cuando llegó el estruendo de las maderas tocándose y la fuerza de las dos bestias entrechocando entre sí se desató la inercia me empujó y casi me abro la cabeza contra un cañón que había volcado, pero quiso Dios que no fuese así y aquel mismo empujón me llevó hasta los sangrientos escalones que subían al alcázar. 

Aquello era una carnicería, una exposición de los interiores del ser humano, los médicos y filósofos cuentan no sé qué historias de que existen cuatro humores en el cuerpo, ¡pardiez!, que en todos mis años de servicio puedo jurar que solamente pude ver el humor sanguíneo.

Casi no podía respirar y el peso de las bolsas me machacaba, a mi espalda empezaron a escucharse los gritos del enemigo que nos abordaba, el ¡clinc, clanc, clonc! de las espadas y los gritos en lengua hereje que daban los hideputas viéndose victoriosos.
Aquello fue lo que terminó de empujarme para subir los escalones que resbalaban de sangre y saltar dentro del pequeño reducto en que se había convertido aquella popa destrozada del “San Cristóbal”.

Entonces fue cuando mataron a mi maestro y amigo Guzmán de Sevilla.
Los ingleses habían acabado con la gente de proa que se había defendido a cuchilladas hasta perecer todos y ahora disparaban contra nuestra posición y nos gritaban que nos rindiésemos, pero nosotros les respondíamos a arcabuzazos y ellos se iban arrimando y así fue la cosa hasta que se nos echaron encima.

Guzmán, Arregui, el capitán López y todos los que quedábamos vivos nos pusimos en pie y comenzamos a acuchillar con las espadas con las dagas y con las medias picas a todo el inglés que se nos acercaba.
El sevillano parecía un demonio manejando la espada y la daga, pinchaba y tajaba usando toda la destreza adquirida y toda su audacia que eran muchas, tanta que los ingleses no tuvieron más remedio que matarlo de varios arcabuzazos y de lejos para luego, cuando ya había caído al suelo, atravesarlo de parte a parte con un sable de abordaje. 
Así murió el pobre Guzmán. Peleando hasta el fin con su pelo ralo y sus manos como rayos mortales.
Luego le acertaron al cabo Arregui. ¡Maldita fuese la estampa de aquellos ingleses!

Estaba cerca de la bandera y junto al capitán López que sangraba como un verraco por el brazo izquierdo, o lo que de él le quedaba, puesto que le colgaba del hombro por cuatro pellejos sanguinolentos.
El arcabuzazo le dio al vascongado Arregui en el hombro izquierdo justo por encima del corazón y lo tumbó como a un fardo.

Lo último que pude ver fueron sus manos alzándose al cielo y los cuajarones de sangre que le salían de la boca y caían sobre las barbas bermejas cada vez que respiraba.

Con los ojos arrasados por las lágrimas tan rabiosas que me quemaban las tripas y al tiempo tan tristes que se me partían el corazón, intenté acercarme hasta el cabo Arregui. Me levanté para salir corriendo pero antes de lograr dar el primer paso algo me golpeó muy fuerte en la cabeza. 
Se apagó la luz del Universo y caí de bruces sobre la sangre todavía fresca de mi amigo y padrino Guzmán de Sevilla.

Los hideputas de los ingleses nos habían vencido.

Mientras caía sobre las tablas recuerdo que encomendaba mi alma a Dios y le pedía que me dejase reunirme en el cielo con el único padre que había conocido, el cabo Arregui.


© A. Villegas Glez. 2013

Imagen: Galeón y Galera españolas del siglo XVI.






martes, 9 de abril de 2013

LICENCIA. La Escuadra Arregui IV

El asedio de Mastrique había terminado.

No voy a contarles a vuestras mercedes los días que se sucedieron cuando, por fin, los españoles conseguimos atravesar los glacis enemigos y superar los adarves y tomar, a base de huevos, la ciudad que, por cuatro meses, había resistido todos nuestros envites.
No voy a relatárselos no por vergüenza ni nada por el estilo, pues el saco sobre una ciudad que no se había rendido era costumbre natural en la guerra y si llegamos a ser nosotros los de dentro nos hubiesen saqueado de la misma manera. No puedo relatárselos puesto que yo no participé apenas en aquellos últimos asaltos y la escuadra del cabo Arregui tuvo que apañárselas sin su mochilero durante aquellos últimos días.


Yo andaba estropeado del brazo derecho, que casi pierdo por la puñalada que me había dado aquel maldito vizcaíno que ahora criaba malvas en algún punto entre Mastrique y el río, así ardiese el hideputa en el infierno, me llamo Miguel y soy mochilero en la escuadra del mejor soldado que jamás conocí, el vascongado Arregui.

La herida del brazo curó a muy buen ritmo, sin embargo los temores de mi amigo y maestro Guzmán de Sevilla se habían hecho realidad. A pesar de que la carne se curó y cerró sin infecciones, mi brazo jamás pudo volver a ser el mismo. Pese al duro entrenamiento y a los cuidados del sevillano mi hombro se negaba, contumaz, a pasar de cierta altura y jamás pude ya volver a sobrepasar la de mi propia cabeza desde aquel malhadado día en la cabañuela al lado del río, cuando el vizcaíno me dijo que le limpiase las botas y yo me había negado provocando su ira y el pinchazo en el brazo que me lo dejaría lisiado para el resto de la vida.
Aunque mucho peor le había ido a él, que había sacado los sesos de paseo invitados por el pistolón del cabo Arregui.

Al principio fue muy duro, mucho.
Yo era apenas un niño que empezaba a vivir y mi deseo de convertirme en soldado se había visto truncado de golpe, tan sólo deseaba morirme y durante las primeras semanas me convertí en un guiñapo llorón y destrozado que mendigaba de comer con lágrimas en los ojos adaptándome a mi nuevo papel de tullido inútil.

Sin embargo allí estaban el bueno de Guzmán de Sevilla y el mejor del Cabo Arregui, que el primero con sus cuidados e instrucciones y el segundo con sus silencios y miradas hicieron que éste que les escribe pudiese -éso- manejar con soltura la pluma y la espada aprendiendo a hacerlo con la mano zurda:

- Que si adquieres buena maña Miguelillo, es más peligrosa que la diestra pues nadie se espera los relámpagos por esa banda- me repetía machacón el Maestro de Esgrima.

Fueron muy largos aquellos meses de trabajos y de decepciones una tras otra. Manejar la mano siniestra si no es de nacimiento es difícil destreza y pueden jurar vuestras mercedes que me acordé un millón de veces de los Santos Sacramentos y renegué de mí mismo, del Maestro y del cabo Arregui en otro millón de ocasiones.
Cada tarea, cada faena, cada rascarme la inexistente barba, cada puntada de costura, cada cepillado a los cintos, cada pasada a la piedra por las mellas de las espadas, toda tarea, toda, debía realizarla con la mano izquierda y luego Guzmán me hacía repetirlo cien veces, para después, de postre, obligarme a repetir las mismas faenas usando la diestra en cuya muñeca me había atado un canto rodado:

- Para que no se te atrofie Miguel, que una cosa es perder movimiento y otra fuerza, ¿o acaso no quieres clavar la daga bien dentro de las tripas de tus enemigos...?- me decía sonriente el sevillano.

- Sí, maestro- le contestaba yo mientras repasaba con grasa un cinto.

- Pues eso muchacho… ¡Más lustre a ese correaje de cuero, que brille para el viaje!
Cada día entrenaba con Guzmán y con Arregui en el uso de la espada y, sin casi darme cuenta, en unos meses adquirí fuerza y destreza en el brazo izquierdo como si hubiese nacido con aquella virtud y mi brazo derecho, pese al defecto en el movimiento -aquel tendón segado que me había dejado el vizcaíno de recuerdo- también se recuperó de buena manera, pudiendo manejar sobradamente la daga, que como iba dirigida a las tripas del enemigo aquella altura la alcanzaba de sobra y con fuerza más que suficiente para atravesar a cualquiera.
De hecho tanto entrenamiento y tanto trabajo extra me habían convertido, a mis recién cumplidos trece años, calculados así a ojo pues nunca supe el año exacto de mi nacimiento, en mozo recio que ya se afeitaba el bozo esperanzado en poder lucir pronto -pardillo de mí- los bigotazos de soldado viejo.

Nunca podré agradecerle bastante al pícaro, simpático y culto buscavidas sevillano lo que hizo por mí durante aquellos meses.
Nunca le dije una palabra agradecida, aunque supongo que él leería el agradecimiento en mis ojos cuando, por ejemplo, tras toda una de aquellas tardes dale que te pego a la espada de madera, se llegaba hasta mí sin aliento y con el pelo escaso y rubio pegado a la frente por el sudor y el viejo Maestro revolvía mi melena rizada, morena y abundante y yo lo miraba como si mirase al mismo Dios y él debía verlo reflejado en mis ojos, pues sonreía contento y me miraba como quien mira a su propio hijo. 
Yo jamás había conocido a mi padre, muerto en aquella misma tierra que yo ahora pisaba, pero aquellos años en Flandes me dieron dos padres a los que jamás podré olvidar.

Jamás le dije una palabra agradecida, ¡pardiez, si hubiese sabido que su final estaba tan cerca!, pero claro eso nadie puede saberlo y estas cosas se ven a toro pasado, cuando los años te hacen recordar y pensar en lo que hubiese pasado si hubieses actuado de una manera y no de otra, ejercicio inútil que debe venir pegado con la vejez.

Habían pasados unos meses desde la toma y saqueo de Mastrique, que quedó en manos del Emperador y la situación en Flandes se había estabilizado un poco. Por tanto ya no se requerían tantos soldados en aquellas tierras y además no había dineros para pagar a tanto arcabucero y la palabra encadenada -puesto que era sólo una- "motínpagasputaqueosparió", se oía cada vez más en los campamentos españoles, así que el mando decidió licenciar a una parte del Tercio, otros serían enviados a guarniciones y otros, los menos afortunados, a Berbería.

Arregui y Guzmán habían decidido licenciarse una temporada y meter más inútiles hojas de servicio en los abollados canutos de hojalata que todo soldado español llevaba al cinto junto a la espada y la daga con los que se los habían ganado. Aquellos canutos, yo mismo cargaría los míos con el tiempo, representaban la más miserable condición de nuestra patria, pues pese a llevar dentro la gloria y la honra de toda la nación, a nadie les importaban una mierda. Al Rey o a sus Validos menos que a nadie.

Sin embargo no conocerán vuestras mercedes a ningún soldado español que no se los muestre orgulloso, un punto arrogante, el pecho henchido y la barbilla alta, pese al hambre y la falta de pagas, pese al abandono y las miserias, ningún soldado español escupiría jamás sobre sus canutos de hojalata, pues esto sería cómo escupir contra la honra de España o lo que es lo mismo, contra la honra propia.

Fue Guzmán de Sevilla el que selló su propio destino.

En un principio íbamos a regresar por el Camino Español para una vez en Lombardía embarcarnos para España, pero al sevillano aquello de andar le gustaba menos todavía que cavar caponeras, así que avalado por sus trapicheos, sus contactos y su picaresca andaluza, nos había conseguido tres pasajes en un galeón que saldría, en poco más o menos un mes, 
desde Dunquerque.
Recuerdo con toda claridad las palabras del cabo Arregui mientras Guzmán nos lo contaba:

- La ruta marítima es peligrosa Guzmán…
- Iremos en un galeón artillado no en una achacosa carraca…
- Eso jamás detuvo a los herejes...- entonces el sevillano soltó una de sus pullas andaluzas que hizo que el vascongado lo mirase un segundo irritado, casi a punto de echar mano a la espada, para luego sonreír bajo la espesa barba bermeja.

- ¡Ozú compadre!... ¡Nunca vi un vascongado con miedo al agua!

De esta manera lo que quedaba de la antigua escuadra Arregui nos encaminamos, un día de mayo de mil quinientos ochenta, en larga carretada de bueyes, caballerías, carros de bastimentos cargados hasta arriba de heridos y enfermos, hacia el puerto católico de Dunquerque, en dónde una flota de corsarios, carracas de transporte y galeones del Rey se preparaba para atravesar el Canal de la Mancha, que era un avispero de herejes embarcados y su travesía uno de los mayores peligros a los que los españoles debíamos enfrentarnos durante aquel tiempo, pues a los buitres enemigos había que sumarle que aquellas aguas eran las más traicioneras y peligrosas del Mundo y los barcos que se había tragado aquel trozo de mar, tanto amigos como enemigos, eran incontables.

Yo sin embargo como pueden imaginar vuestras mercedes, iba dando saltos de alegría pues en mi corazón esperaba con ansia verme dentro de uno de aquellos enormes galeones, que imaginaba portentosa e invencible máquina de guerra.
Mientras caminaba en mi estropeado brazo derecho manejaba, haciendo malabarismos que pareciese un bufón, la gruesa y redonda piedra -debía ser la única de todo Flandes- que Guzmán me había dado:

- Hasta que veamos el mar no quiero que dejes de mover la piedra, Miguelillo- me dijo
- Y si se te cae al suelo te arreo un guantazo... - apostilló el vascongado.

Ni que decir tiene que no dejé caer el canto rodado al suelo de Flandes ni una sola vez durante todo el camino…
© A. Villegas Glez. 2013

Imagen: Asedio de Mastrique, 1579.




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