jueves, 24 de julio de 2014

EL ÚLTIMO RELUMBRÓN

Van algunos diciendo por ahí que fue en Rocroi en dónde perdimos la honra y el halo de imbatibilidad que lucíamos los españoles desde hacía más de un siglo. Lo dicen ellos, claro, porque no es cierto.
La honra la perdimos nosotros solos, empujados por la avaricia, el mal gobierno, las corruptelas, las envidias, los curas fanáticos, el pueblo embrutecido, la arrogancia, la insolidaridad, los trapicheos, la picaresca y la desvergüenza.
La imbatibilidad en la guerra es como las mareas del mar, va y viene, pues unas veces se gana y otras se pierde. Pero nosotros hasta en el perder siempre mantuvimos las maneras y no hubo enemigo que nos viese las espaldas.
¿Si no fuese así?, ¿por qué en Rocroi permitieron irse a los que habían quedado vivos con las acribilladas banderas desplegadas al viento?
Semejante cosa jamás se había visto antes en ninguna otra batalla campal.
Pero claro, los franceses pintan luego en sus cuadros a su piadoso y noble General salvando a los desgraciados y vapuleados españoles de la degollina, pero olvidan sacar en el óleo a los dos mil compatriotas suyos hechos filetes o a los tres mil más que se retorcían de dolor delante, casi todos ellos, de lo que había quedado del cuadro español.


Así que ya ven allí perdimos la batalla, sí, pero no la honra ni mucho menos.
Ni con todos los cañones gabachos del mundo disparando al tiempo, ni con cientos de caballos acorazados encima el Tercio daba su brazo a torcer. Y contra menos quedaban en pie, peores zarpazos daban…
Y los franceses venga hacer propuestas de rendición y el Tercio erre que erre:

- ¡Qué no, coño, que no nos rendimos…!

De remate los franceses no pudieron tomar la ciudad que quedaría en manos españolas durante unos años más.
Fíjense como serán las cosas de la guerra y de la propaganda que lo que sucedió unos pocos años después en la cercana plaza de Valenciennes, ni está recordado en cuadros en el Louvre, ni glosado en patrióticos versos por poetas y dramaturgos. 
Pasan los franceses  la página rápido y directamente a la posterior humillación del Tratado de los Pirineos. 
La única derrota de su glorioso e invicto, dicen, Vizconde de Turenne apenas si la recuerdan, ni la nombran ni la cuentan. Un petit resbalón.

La plaza de Valenciennes estaba defendida por una guarnición española, pequeña, mal pagada y como todas, olvidada. Pero dispuestos los españoles que la defendían a dejarse matar hasta el último aliento. Por España y por Santiago. 
El Vizconde de Turenne, que contaba con un poderoso ejército,puso cerco a la ciudad y la atacó sin contemplaciones.
Dentro los de la guarnición rezaban mucho, comían poco y mataban gabachos hasta que les tocaba el turno y morían sobre los adarves y así, de esta forma tan entretenida, pasó un mes.
La heroica guarnición estaba a punto de capitular cuando la mañana del día dieciséis de julio del año mil seiscientos cincuenta y seis, las banderas con la buena y vieja Cruz de Borgoña aparecieron de repente sobre el horizonte de Flandes.
Eran los Tercios de Juan José de Austria que acudían en auxilio de los sitiados. 

Lo que quedaba del poderoso ejercito de Flandes. Los mismos que habían empezado en Granada e Italia hacía ya tantísimo tiempo. Picas y arcabuces, espadas y dagas, valor y honra. 
Murallas y castillos humanos como los había llamado un enemigo admirado.
“La mejor infantería contra la que jamás luché”, que había dicho otro.

Allí estaban de nuevo, formados los cuadros y avanzando impasibles hacia el enemigo.
Los franceses aprestaron sus cañones, prepararon sus Escuadrones de Caballería mientras la infantería formaba cuadros apresurados. 

Eran más, muchos más que los españoles que se acercaban, pero en el ambiente flotaba la vieja sensación de miedo, el antiguo temor que recorría Europa cuando retumbaba, dentro de las tripas enemigas, el sonido de los tambores españoles.

- ¡Ya vienen François…!

- ¡Pas problema, mon amí, que es ancha Flandes "pa" poder correr…!

Trece años después de Rocroi los Ejércitos del Rey Católico seguían produciendo pavor entre los enemigos de España. 

Herida de muerte, apuñalada una y otra vez, con saña y odio por todos nuestros enemigos, todavía alzábamos las garras para asestar zarpazos demoledores.
Como aquella mañana junto al Escalda, el río que iría para siempre unido a España. Como el Mosa, como el Rin…

Juan José de Austria espoleó su caballo y encabezó la carga contra las filas del señor de La Ferté, que era el Segundo al mando del ejército francés.
La vieja fuerza le acompañaba y lograron arrollar a los artilleros y alcanzar la orilla del río, matando sin cuartel ni piedad ni para con el tamborilero. 

Los que quedaban vivos corrieron espantados mientras los perseguían los jinetes españoles.
La Ferté y sus oficiales nada pudieron hacer para detener la estampida. Solamente podían rendirse si querían salvar la vida. Y se rindieron, claro, abatieron sus espadas como había hecho Francisco en Pavía.


Turenne nada podía hacer por ayudar a su Segundo, puesto que bastante tenía él mismo con aguantar lo que se le había venido encima. Que era ni más ni menos que la guardia vieja, el núcleo duro y el alma del Ejército Imperial.
Los Tercios Viejos españoles y sus afamados, certeros y fríos como el hielo arcabuceros y piqueros.
Al Vizconde no le quedó más remedio que replegarse. 

Es decir unirse a la masa aterrada de sus dos mil soldados que habían arrojado las armas y que huían en desbandada con el rabo entre las piernas.

Mientras Turenne corría podía oír los gritos de victoria de los españoles. El Santiago aquel y la madre que lo había parido.
Nos hemos comportado igualito, igualito que ellos en Rocroi -iba pensando el de Turenne- mientras corría sin atreverse a mirar atrás y rojo de vergüenza.

De esta manera aquel dieciséis de julio los Tercios de España relumbraron de nuevo sobre los campos de Europa. Y nadie pintó cuadros, ni nadie lo recuerda.
Habíamos llegado al final de un camino, empobrecidos, con los campos yermos y abandonados, la gente mísera y miserable, el país vacío, desangrado por guerras y pestes. Pero sabiendo caer de pie como lo que siempre habíamos sido. 

Vencidos, sí, pero no doblegados. Derrotados más por nosotros mismos que por nuestros enemigos.
Trece años después de Rocroi la bandera del Aspa de Borgoña volvía a vencer en el campo de batalla. Acribillada, rota y tinta en la sangre de los abanderados muertos.
Los herejes temblaron y Europa entera contuvo el aliento.


- ¿Éstos...?, ¡Pardiez que capaces son de armarla otra vez...

Fue nuestro último relumbrón antes de sumergirnos en las sombras que nos cubren y nos ahogan desde hace tanto tiempo.

© A.Villegas Glez.  2012








7 comentarios:

  1. Soberbia narración. Y en ello seguimos maestro dividiendonos cada día mas.

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  2. Impresionante cada relato, capaz de poner los pelos de punta hasta aquellos que están ahora velando por nuestra Patria allá en la otra vida. Mi más sincera admiración y respeto. Sabe Dios la de películas que habrían en el cine ya si todas estas historias nuestras abandonadas fueses de esos que descienden de nosotros al otro lado del mundo, ahora llamados yankis. Viva España!!

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  3. Eso de las avaricias, mal gobierno,insolidarios, corruptelas, pueblo embrutecido, picaresca...etc, me parece a mi o no ha variado en 300 y pico de años? Encima ahora somos progrespacifistas...Pena me da España! Lo que conseguimos con malos gobernantes y un pueblo inculto, pues imaginaos si hubiésemos tenido buenos gobernantes y un pueblo menos bruto e ignorante!!! Seguiríamos siendo una potencia!
    Pena me da España y dolor de leer lo que fuimos y ver lo que somos ahora. Ojalá algún día en este país se piense con grandeza, sin complejos de lo que fuimos...Viva España!
    Saludos Jesús de Granada

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  4. No estoy de acuerdo con el titulo, ni con el final. No ha sido el último relumbrón. Quizás si de los Tercios, pero no de los Ejercitos de España. Hubo muchas otras victorias gloriosas despues de aquel, derrotas heroicas y no tanto. Pero todavia queda España. Todavía queda historia. Ojala nunca más haya que empuñar las armas, y las luces sean en otros campos, pero mientras quede un español con vergüenza, habrá quien se lo deba de pensar dos veces. Yo lo sé. Lo he visto.

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  5. Que es la patria , desde luego no es lo que pretenden que sea , los que se envuelven en la bandera y desde su posición se lucran , a costa del sudor y la sangre de los que piensan en la lealtad , el sacrificio y el honor como valores indispensables al servicio del bien comun .

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