jueves, 16 de abril de 2015

EL CABLE DE ALBORÁN

12 de diciembre de 2010. Isla de Alborán, España.

El Sargento Primero de la Armada Carlos Trujillo leía las páginas de Cabo Trafalgar y mientras en su corazón de marino veterano retumbaban las últimas salvas disparadas por el "San Juan Nepomuceno", su navío favorito de la época, en las tripas se le clavaba una pregunta: ¿qué habría hecho de haberse visto en mitad de semejante batalla naval, de los astillazos, de las balas y de la muerte rondando por todas partes?
Trujillo se sentía tan valiente como cualquier otro y contaba con la suficiente lucidez para saber que, hasta no verse en una situación semejante, no se sabía nunca cómo podía uno reaccionar. 
Sin sospecharlo el veterano marino estaba a punto de responderse a aquella pregunta.

Justo en el momento que cerraba las guardas del libro llamaron a su puerta.
El oficial que acuda usted urgentemente, le dijo el infante de marina. Alertas extrañas y alarmas desconocidas comenzaron a resonar dentro de su cabeza, algo sucedía y no era nada bueno.

Al llegar al centro de mando y control, que era una habitación más de la casona que ocupaba el destacamento, con desconchones en la cal de las paredes y la humedad marina metida en los cimientos, el oficial hablaba por la radio con el barco de Salvamento Marítimo:

chiissstttttttchiiisssstttttss...
- ... No podemos acceder a la zona del rompiente con esta embarcación, cambio, chiissstttttchiiissstttssss...
- ... En el destacamento no hay equipos de rescate, cambio...
chisssstssschisttsss
- Hay que hacer algo o esas personas van a ahogarse todas... chisssssstttssss... Hay mujeres y niños en la patera, cambio...
chissstssssssttssss
- ¡Haremos lo que podamos!, cambio y corto...

La radio se quedó entonces emitiendo chasquidos, chirridos metálicos y estacionaria vacía y muerta como iban a estar pronto aquellos desgraciados si no hacían algo y lo hacían ya.
La alertas que el sargento había empezado a oír hacía un rato retronaron con más fuerza y urgencia dentro de su mente, fuera el viento helado hacía que el mar se debatiese con furia contenida, los borreguillos de espuma sobre las olas avisaban al marino de la tormenta que se avecinaba. Durante un segundo permaneció inmóvil, los ojos clavados en los de su oficial que, igual que él mismo, se debatía entre lo que le gritaba la razón y lo que el corazón le estaba exigiendo.

Luego todo sucedió como en una película de Hollywood, solo que allí el frío y el peligro eran tan reales que dolía la piel y se estremecía el cuerpo.
El destacamento de Alborán al completo miraba a su sargento mientras descendía la escalinata del muelle y se echaba los prismáticos a la cara. 
Allí estaban, apiñados sobre las rocas, ateridos de frío, empapados y aterrorizados. Las olas rompían contra las piedras afiladas meciendo la goma deshinchada de la zodiac que les había llevado hasta allí y los rociones empapaban a los hombres, mujeres y niños que se aferraban a las rocas como cangrejos que no sabían nadar.
Las manos del sargento temblaban de rabia y de un sentimiento que le roía las entrañas y le quemaba el alma como en una hoguera. Las lentes de los binoculares se empañaron con las lágrimas de un hombre valiente:

- ¡Vamos a sacarlos de ahí...!- dijo y su voz la llevó la brisa hasta los que se aferraban a las piedras resbaladizas y que, a su vez, redoblaron sus gritos de angustia.

El griterío era indescriptible, vencía el ulular del viento helado y el golpeteo incesante del mar. Los niños con sus chillidos agudos y espantados llenaban de congoja a los hombres de la guarnición española.
La única manera posible de sacarlos del peligroso rompiente era mediante un cable, como un hilo de vida que se extendería entre aquellos desgraciados y el muelle del pequeño puerto de la isla.
Un cable del que debía colgarse un hombre, meterse en el agua, llegar hasta el rompiente venciendo a las olas para luego regresar con una persona aferrada a su cuerpo.

El sargento Trujillo se puso el traje de neopreno y se amarró al cable sin dudar ni un segundo. El agua negra y fría del Mediterráneo parecía la boca de un pozo. Pensó en su madre, en su mujer y en sus hijos, pensó que si se ahogaba allí ya nunca los vería crecer, ni conocería a sus nietos ni volvería a ver a sus amigos, ni a nadie...

El llanto lastimero de un recién nacido inundó el muelle sobre el que los soldados españoles preparaban la misión de rescate. Un cable, unos mosquetones, un arnés, algunos neoprenos viejos y el corazón y el valor indomable -par de cojones lo nombraban algunos- eran todo lo que tenían. Focos, linternas, mantas comida, agua y ropa seca esperando a los rescatados y un único objetivo: salvarlos a todos. 

Con el llanto del bebé todavía flotando en el aire el sargento Trujillo se arrojó al agua. Estaba helada como la muerte y sus músculos en seguida bramaron doloridos. El niño seguía llorando pero ahora, cada vez que el oleaje le permitía ver a los que estaban sobre las rocas, podía verlos animándole, mirando esperanzados a aquel loco que tiraba un cable para poder rescatarlos a todos.
Cuando alcanzó las rocas no pudo creer lo que estaba viendo. El grupo había colocado en la parte más seca a una mujer que acababa de dar a luz y que apretaba el bultito oscuro que manoteaba contra su pecho. A pesar de la catástrofe y el peligro, la madre sonreía.
Era una niña y sería la primera en ser rescatada. El sargento tardó un poco en convencer a la madre, pero sus ojos sinceros y valientes lograron convencerla:

- Volveré a por ti- le dijo- volveré a por todos...

Y así lo hizo. 
Tras regresar con la pequeña, cuyo cordón umbilical todavía estaba tibio y calentaba el corazón del veterano con un calorcillo que curaba todos los dolores del mundo y quitaba todo el frío del agua del mar, el sargento Trujillo y los hombres del destacamento de Alborán se cubrieron de honor y de gloria.
Una a una las treinta y tres personas condenadas a ser tragadas por el mar fueron sacadas del peligroso rompiente, una a una, venciendo el frío, el oleaje y el miedo se salvaron gracias al cable de vida que habían extendido los españoles entre la salvación y el abismo.

La noche ya había cerrado del todo cuando el sargento Trujillo envuelto en una gruesa y áspera manta militar, el frío del mar se le había metido en los huesos y la piel de sus manos estaba todavía arrugada y blanquecina y apenas sentía el calor que despedía la taza de caldo de gallina que llevaba entre ellas y que hacía, sin embargo, que su estómago rugiese de hambre. Estaba exhausto, pero no podía irse a dormir hasta que el barco no se llevase a los emigrantes. Sobretodo a la madre y a su pequeña.

Mientras se acercaba hasta donde estaban ellas, el sargento veía los ojos agradecidos de aquella madre que le miraban fijos y llenos de lágrimas de felicidad. Al veterano sargento un escalofrío le recorrió el corazón. 
Aquella mirada era la mejor recompensa que podían ofrecerle y tuvo que hacer un soberano esfuerzo para que la emoción no inundase sus ojos. 
¡Gracias, gracias, gracias!- decían- ¡gracias por salvarnos a mí y a mi hija!

En la isla de Alborán el viento seguía ululando con fuerza y el mar golpeando incesante contra las rocas. 
En la casona del destacamento, apiñados unos a otros, los refugiados trataban de entrar en calor y devoraban los alimentos que les habían ofrecido. 
Vestían con la ropa que había donado cada soldado.
Uno de los hombres, un joven que no superaría los trece o catorce años, recorría ensimismado con los dedos el dibujo de la camiseta que le había tocado en suerte: un ancla y un fusil que se cruzaban.
Alzó la mirada hacia el grupo de hombres que le habían salvado la vida, sonrió de oreja a oreja y luego su mano derecha se cerró en un puño con el pulgar señalando hacia arriba...

A. Villegas Glez. 2015

Dedicado a los hombres de la Armada Española que estaban de guarnición aquella noche en la isla de Alborán. 





























2 comentarios:

  1. En nombre del sargento primera Carlos Javier Trujillo García, quisiera trasladarle su agradecimiento por esta entrada en su blog, donde se ha relatado su historia en el rescate de la isla de Alborán. Un acontecimiento como este no se olvida jamás y, según sus palabras, usted ha sabido relatar todo lo que allí aconteció de forma fidedigna. Es reconfortante saber que aún existen personas que no desean que este suceso caiga en el olvido, pues actos de heroicidad como este, deberían estar presentes en las mentes de la sociedad, quien se encuentra hastiada de conocer actos humanos que, por supuesto, no son tan loables como este. Por ello, en su nombre y en el de que lo conocemos, nuestro más sincero agradecimiento.

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  2. Permita vuestra merced que le felicite por tan emotivo relato y justo homenaje. Ya va quedando poca gente de bien, pero ésta es de gran calidad. Por otra parte, os escribo para participaros los más efusivos saludos y mejores deseos de un buen amigo mío, Don Fernando Fajardo, altísimo caballero que ha poco dejó caer sus excelsos huesos de poeta por estos pagos y quedo admirado de lo leído. En su nombre, y en el mío, tendemos la mano en señal de amistad y gratitud, a la par que ponemos espada, vida y alma al servicio de vuestra causa, que es la nuestra.
    Quedad con Dios, don Antonio. Él nos ampare a todos. Siempre vuestro m´s humilde servidor,

    Segismundo Delantro, alférez del Último Tercio Viejo del ejército de Su Católica Majestad don Filipo Cuarto.

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