domingo, 26 de junio de 2016

HIJOS DE SANTIAGO. Breve Historia de los Tercios Españoles.

Durante la Guerra de Granada los Reyes Católicos adoptaron  el modelo suizo de Infantería formada por piqueros a los que unieron los Escudados y los Ballesteros. 
Poco a poco la evolución de las armas de fuego convertiría a estos en los temidos arcabuceros y mosqueteros.

El Gran Capitán en las Campañas de Italia destrozaría una vez tras otra a la poderosa, y hasta aquel momento invencible, Caballería Pesada francesa con un nuevo concepto basado en unidades divididas en Coronelías, lo que les daba más flexibilidad y maniobrabilidad,  y fomentando el uso de los arcabuces y la Artillería.
Con aquellos soldados que se quedaron destinados y diseminados en las posesiones españolas de Italia se formarían los primeros Tercios tras la reforma del Ejército del año 1534 y la Ordenanza de Génova de 1536.

Nacían  los Tercios de Nápoles, de Sicilia y de Lombardía, uniéndoseles poco después los de Cerdeña y el Tercio de Galeras, germen de la actual Infantería de Marina. Todos serían conocidos como Tercios Viejos.

La denominación “tercio” no tiene claro su origen. Unos dicen que fue en honor a la Legión romana que tuvo su base en Hispania: La Tercia.
Otros aseguran que se debió a la división de los soldados en tres especialidades, piqueros, arcabuceros y coseletes, y hay quien dice que el nombre viene porque cada Tercio estaba compuesto por tres mil hombres.

El caso es que nació una Unidad militar destinada a revolucionar el concepto de la guerra y que hizo temblar de pavor a sus enemigos. 
Y a copiarlos, ya que el modelo de los Tercios se propagaría por los ejércitos de toda Europa como la pólvora de los arcabuces.

Una Unidad que aunaba el poderío del cuadro de piqueros contra la caballería pesada con la potencia de fuego, la flexibilidad y la movilidad de las mangas de arcabuceros que, llegado el caso, combatían a espada y daga asestando mortales dentelladas entre las filas de los piqueros enemigos o los jinetes caídos.

Los enemigos de España lo aprendieron en lugares como: Mühlberg, San Quintín o Gravelinas.

La organización del Tercio varió mucho a lo largo de los años, pero más o menos conservaría siempre la estructura de diez o doce Compañías -entre piqueros y arcabuceros- de unos doscientos cincuenta hombres. Aunque estos números nunca se alcanzaron del todo y era muy normal encontrarse Compañías de cincuenta hombres cuando España se quedó vacía de soldados.

El Tercio lo mandaba un Maestre de Campo. El cargo normalmente lo ostentaban soldados viejos muy distinguidos en campaña, con muchos años de experiencia militar y fama bien ganada. El cargo lo concedía el propio Rey y ostentaba el mando indiscutible del Tercio. 
Cada Maestre nombraba  a su Sargento Mayor, que no tenía Compañía propia pero sí mando sobre todos los Capitanes de cada una de ellas. Organizaba los campamentos, llevaba las órdenes del Maestre y disponía el cuadro durante el combate.

Cada una de las Compañías del Tercio la mandaba un Capitán. Normalmente era un soldado viejo y distinguido al que el Rey le había concedido una “Conducta”, por la que, bajo su coste, formaría una tropa para combatir en los Ejércitos del Rey. 
El Capitán escogía si su Compañía portaría picas o arcabuces –variaba según la bolsa- y nombraba a los Cabos.
El Capitán solía ser un soldado veterano al que los demás hombres obedecían sin rechistar y al que seguían hasta las mismas puertas del averno. Debía reunir unas cualidades muy especiales para bregar con una tropa como la española. 
El Capitán nombraba  a su Sargento -que portaba una gineta- y que se encargaba de la disciplina y la buena marcha y conducta de la Compañía.

En cada Tercio había un Alférez. Soldado viejo y de la plena confianza del Maestre era el encargado de sostener en alto la bandera del Tercio durante el combate. Su misión era de las más peligrosas ya que solían convertirse en objetivo prioritario de los arcabuceros enemigos, ya que, si caía la enseña, la moral del Tercio se desmoronaba. 
Hubo casos de alféreces que, heridos o amputados los brazos, sostuvieron el trapo con los dientes con tal de mantenerlo en alto.
Los Maestres solían contar con una camarilla de Mantenidos, hijos de la nobleza o segundones que buscaban la gloria y la fama en la Milicia. Sin Compañía propia solían intentar destacarse en la pelea para conseguir una de las que quedase vacante.

En cada Tercio había tambores, cajas y pífanos que servían para trasmitir las órdenes durante el combate y marcar el ritmo en las marchas, los avances o las retiradas. Solían ser críos pequeños.
Había un Furriel Mayor del Tercio y furrieles por cada Compañía. Debían ser soldados que supiesen leer, escribir y las cuatro reglas. También debía haber un cirujano o barbero y un fraile o capellán en cada Compañía.
A todos estos soldados y oficiales se unía siempre una larga caravana de familiares, taberneros, tahúres, pícaros, putas, cantineras y mochileros que seguían a cada Tercio allí a dónde iba.

Los Ejércitos del Rey Católico contaron entre sus filas con soldados de cada esquina del Imperio. Así combatieron juntos alemanes, italianos, valones, suizos, borgoñones, flamencos y hasta ingleses, sin embargo a los que más temían los enemigos era a los Tercios de españoles.
Nuestros compatriotas exigían siempre encontrarse en los lugares de mayor riesgo y fatiga, en el punto más peligroso y resolutivo del combate. Ningún Tercio español permitía que lo dejasen en segunda línea de combate y ninguno, de los muchos motines que protagonizaron sus hambrientos y desharrapados soldados, lo hizo antes de combatir –y vencer- a los enemigos de España y ninguno deshonró nunca a sus banderas o al Rey.

Nuestros enemigos siempre tacharon a los soldados españoles de bravucones y salvajes durante los saqueos, escribiéndonos leyendas negras y pintando falacias en cuadros flamencos. Olvidando que ellos jamás dieron tregua ni cuartel, y el mismo trato recibieron.
Por ejemplo el famoso Saco de Amberes sucedió en mitad de la vorágine de la guerra y los mismos herejes que se rasgan las vestiduras fueron los que abandonaron a su suerte a los malogrados habitantes cuando corrieron como conejos en vez de intentar detener la oleada española.

Hablar de los Tercios es hablar de guerra, de muerte, de sangre, de barro, pero también de valentía, de bravura, de resistencia, de gallardía, de hazañas que llenarían salas de cine, de gestas que escribirían mil novelas,  de españoles, de hombres valientes, quisquillosos en asuntos de honra, pendencieros y temibles en combate. 
De hombres duros que batieron sus tambores y gritaron: ¡Santiago! ¡Cierra! ¡España!, en mitad de terribles cargas de caballería francesa y holandesa, rodeados de astillas que volaban por todas partes y saetas envenenadas, empapados de sangre, sudor y sal como en el Golfo de Lepanto.

Españoles que agarraron la pica y el arcabuz, que dejaron sus huellas en el Camino que habían abierto en mitad de las tripas de Europa y que formaron los cuadros más gloriosos y efectivos desde los tiempos de las Legiones de Roma.
Y al igual que aquellas, nuestros Tercios de Infantería, desde Flandes hasta Berbería, desde el Danubio hasta las Filipinas, hicieron temblar al Mundo bajo un mar embravecido de picas españolas.

A. Villegas Glez. 2014


Imagen: Secuencia de la película: Alatriste (2006) de Agustín Díaz Yanes










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