lunes, 20 de mayo de 2013

El Primer Rey de España


Aquellos años fueron terribles, oscuros, llenos de infamia, de traición, de cobardías, años en los que el reino de los Godos y la vieja tierra que ocupábamos los descendientes de los romanos se vieron arrollados por la marea musulmana que desde las tierras de Oriente se extendía imparable por el Mundo, obligando a todos los que encontraban a su paso a adoptar la religión de Mahoma y a abandonar la de Cristo o a morir si no lo hacían.

Fueron años en los que juramos que aquella tierra no desaparecería, años en los que junto al  gran líder que contaba con la hidalguía y el valor suficientes como para llamarlo rey nuestro demostramos a los musulmanes que no nos rendiríamos jamás, que no cejaríamos aunque nos hubiesen empujado hasta el Cantábrico y las montañas, aunque muchos nobles godos ahora convertidos se hubiesen declarado nuestros enemigos, aunque muriésemos todos enarbolando la cruz, aunque no quedásemos ninguno para contarlo, allí estábamos dispuestos a que nuestra sangre y nuestro orgullo prevaleciesen y luchar y luchar por recuperar lo que todos considerábamos nuestra tierra.

El día que conocí a Don Pelayo casi acabamos a puñaladas, éramos los dos unos imberbes. Había llegado a Asturias huyendo del rey Witiza que había conspirado para asesinar a su padre y a él mismo si no llega  a refugiarse en casa de mi prima Romira, a la que el muy galán le tiró los tejos nada más verla y claro, yo perdía los vientos por ella, así que le desafié en duelo y todo, lo que pasa es que el padre de Romira, que también era familia de Pelayo, puso paz entre los dos a base de darnos a ambos de guantazos y luego ponernos de sidra hasta la gola tras lo cual Don Pelayo y yo nos hicimos formalmente amigos.
Romira acabó casándose por cierto, con un noble exiliado de la Andalucía que la embelesó con ese acento cantarín de los de allí abajo.

Pelayo no se sentía seguro en España y por eso me propuso acompañarle en viaje de peregrinación a Tierra Santa, dónde permanecimos empapándonos de santidad (y de otras cosas que me callo), hasta que llegaron noticias de que el rey Witiza había pasado a mejor vida y que los nobles, tras mucho discutir y marear la perdiz, habían elegido nuevo rey a Rodrigo.

Así que regresamos a la patria cargados de entusiasmo y de nuevas experiencias y para encontrarnos el desolador espectáculo de los nobles enzarzados en intestinas disputas y al país patas arriba. Llegamos justo a tiempo para unirnos al ejército de Rodrigo que marchaba hacia el sur para repeler una invasión de sarracenos que apoyados por sus contrarios habían cruzado el Estrecho y ocupado Gibraltar. El rey nombró a Don Pelayo capitán de espatarios y avanzamos directos hacia un lugar llamado Guadalete.
Luchamos con ferocidad, luchamos con denuedo, pero los sarracenos y sus traidores aliados nos vencieron. Luego ya todo fue una huída hacia el norte. Primero a la capital, Toledo dónde todo el mundo pregonaba la derrota en vez de la resistencia y desde dónde contemplamos cómo los moros se iban apropiando de más y más tierras y los nobles, y con ellos sus súbditos se iban convirtiendo en masa con tal de conservar sus privilegios.

De esta manera Toledo cayó en manos enemigas y Pelayo y yo, junto algunos otros caballeros, soldados y familiares continuamos nuestra retirada hacia el norte, hacia las montañas del reino astur, hacia el último bastión, hacia el refugio de las peñas y las barrancas, hacia un futuro incierto del que tan sólo conocíamos una cosa, nuestra voluntad férrea de resistir y morir todos como cristianos.

Fue muy complicado, mucho. De siempre es sabido que los montañeses somos gentes poco dadas a someternos a un rey o a que nos obliguen a acatar algo por la fuerza, sin embargo Don Pelayo era guerrero reconocido y hombre muy respetado, admirado y hasta querido. No cejó un instante en su determinación de que los cristianos nos uniésemos para expulsar de nuestra Hispania a aquellos caldeos que habían llegado para quedarse, destruyendo nuestras iglesias y llevándose a nuestras mujeres.

En Cangas de Onís dónde los nobles astures y cántabros que quedaban vivos y fieles a la cruz eligieron a Pelayo como rey.  Fue el año del Señor de setecientos y dieciocho y hacía tan sólo once que habíamos sucumbido junto al río Guadalete.
Bajo su férreo mando comenzamos a hostigar y a matar a nuestros enemigos, los soldados del gobernador Munuza, que desde Gijón intentaba acallar aquella revuelta que hacía arder sus dominios.
Atacábamos, hacíamos tremenda degollina contra alguna guarnición o columna enemiga y desaparecíamos entre los montes como jabalíes. El terror comenzó  a apoderarse de los musulmanes, que aunque no nos daban la más mínima importancia, permanecían de noche en vela y cuando salían de las ciudades lo hacían en cuadrilla numerosa y siempre temerosa de ver aparecer a aquellos “asnos salvajes”, pues así nos llamaban, que se arrojaban valerosos contra ellos para degollarlos sin piedad.

El gobernador Munuza pidió ayuda entonces a Córdoba y un ejército de miles de sarracenos llegó hasta Asturias para acabar de una vez con nuestra rebelión. Se ve que aquellos asnos de las montañas dábamos unas coces terribles, por eso el ejército que llegó venía dispuesto a no dejar cristiano vivo, pero no contaban con nuestra astucia y nuestro valor.

Allí arriba en la Cova Doménica les estábamos esperando y Nuestra Señora nos miraba y alentaba, abriéndonos los brazos como  a hijos predilectos mientras por los desfiladeros y las barrancas sonaba el eco de los tambores y las trompetas enemigos acercándose.
Don Pelayo sabía que nuestra única oportunidad de vencer, aparte de echarle al asunto corazón, cabeza y cojones, era aprovechándose del terreno y de la arrogancia con la que los sarracenos avanzaban por aquellas nuestras peñas. Nos desplegamos cerca de trescientos guerreros a lo largo del desfiladero que llevaba hasta la cueva y en ésta otro grupo que alentaba al enemigo a acercarse más y entablar combate:
-        ¡Si tenéis cojones, sarracenos!- les gritaban.

Y los soldaos de Alkama, que así se llamaba el general moro empezaron a desplegar catapultas y  a ocupar sus posiciones, con sus gallardetes verdes ondeando al viento y sus cimitarras brillando al sol. Venía con ellos un traidor, uno que decíase obispo estando al servicio de los caldeos.

El Obispo Opass, así arda en el infierno por blasfemo, traidor y converso, acompañaba a la hueste sarracena y se adelantó para intentar convencer  a Don Pelayo de que se rindiese, que sería perdonado y agasajado por los nuevos amos árabes.
Lo que Pelayo le contestó es mejor ni transcribirlo, pues hasta los cabreros que componían nuestra hueste se pusieron colorados como monjas por las palabras que nuestro rey le dedicó al obispo, que regresó hacia las líneas enemigas cabizbajo e irritado y desde la que de inmediato empezaron  a arrojarnos piedras con sus máquinas de guerra.

Yo mismo no creía lo que veía. Y eso que soy buen cristiano y devoto. Pero es que aquello desafiaba las leyes de la naturaleza.
Las piedras que los sarracenos lanzaban con buen tino contra la Cova Doménica no alcanzaban su objetivo, es más, algunas daban en los filos del desfiladero provocando que poco  apoco, a cada golpetazo más y más piedras cayesen desde lo alto y se empezaron a agrietar las paredes de roca y empezó el mundo a temblar y de repente, en un instante, el mundo se vino abajo.

Don Pelayo permanecía en la boca de la cueva, con la espada alzada en la mano, cubierto de polvo pero sin un rasguño igual que ninguno de nosotros que mirábamos maravillados la masa informe de enemigos que la avalancha había dejado. Luego Pelayo grito: ¡Cierra! y los trescientos y pico nos lanzamos desde las peñas con las espadas y las lanzas y las hachas y los cuchillos y los corazones y las almas y empezamos a matar enemigos sin piedad, sin detenernos pese al cansancio y a la sangre que te hacía resbalar a cada paso.

Los moros que quedaban con vida, en la parte de atrás de la columna, la que no había sido alcanzada por el derrumbe, veía llegar  a sus camaradas ensangrentados y espantados y del otro lado de las rocas se escuchaban los gritos terroríficos que proferían los cristianos y los alaridos aterrados de sus compañeros mientras morían. Y lo que quedaba del flamante ejército sarraceno empezó  a correr rumbo al sur, a correr sin mirar atrás.
Estábamos derrengados, exhaustos, cubiertos de polvo, sangre y sudor y maravillados por la victoria conseguida, observando todavía como los últimos enemigos desaparecían por el horizonte. Y Pelayo que estaba iluminado por extraña y portentosa luz nos gritó que nada de descanso, que nada de sentarse que estábamos construyendo un reino que estábamos plantando los cimientos de una nueva tierra, heredera de los godos y los romanos y que no era lugar ni momento de sentarse.

-        ¡Al sur!- dijo, y hacia allí nos dirigimos con la intención de acabar con todos nuestros enemigos y de ganarnos el derecho de plantar aquella semilla que Don Pelayo soñaba.

Fue terrible persecución, en cada recodo encontrábamos sarracenos que pasábamos por las armas y en cada recodo se nos unían cristianos que, enterados de la derrota musulmana, apartaban sus miedos y se sumaban a la noble causa que estábamos comenzando, la de reconquistar la Hispania perdida.
Munuza, el gobernador que había huido cobardemente de Gijón fue interceptado y muerto junto a sus más fieles y aguerridos guerreros.

Poco después, entre aclamaciones y vítores entrabamos en Gijón victoriosos, con el derecho adquirido de llamar a aquel pedacito de tierra nuestro reino y a aquel hombre que nos había llevado  a la victoria nuestro rey.
De esta manera singular, entre peñas, a caballo, siempre en el filo de la cimitarra, siempre amenazados pero siempre erguidos y dispuestos a luchar nació este pequeño reino, rescoldo de lo que fue y germen de lo que será.
Entre rocas, rezos, sangre y valor, entre brumas y leyendas, entre sonidos de metal entrechocando y entre los pliegues de la bandera de la resistencia indómita, así nació España y así era su primer rey, Don Pelayo de Asturias.

Ramiro de Lezcano. Capitán de Espadarios de Favila I. Un rato antes de salir con el rey  a cazar osos…  A.D. 739

© A. Villegas Glez.     


viernes, 17 de mayo de 2013

Un Revellín en Logroño


Se veía venir desde hacía tiempo, las cosas cuando se baraja el título de emperador entre varios pretendientes no pueden terminar más que a arcabuzazos.
Al francés Francisco I le había sentado como una patada en semejante la parte el nombramiento hacía poco más de un año en Aquisgrán, con mucha trompeta y boato, del flamenco Carlos de Austria como Emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, “casi ná” como dicen mis amigos de la Andalucía.

Ahora el gabacho se veía rodeado por todas partes por posesiones imperiales y encima Carlos se choteaba de él paseando su corona imperial por Flandes y Alemania. Su único consuelo era que al sur, en España, una revuelta que hacía peligrar la estabilidad del nuevo emperador, una protesta de los castellanos que se habían visto desplazados, arrumbados y humillados por la cohorte de extranjeros, ávidos de poder y de oro que el nuevo Rey de España había traído consigo, bullía en el corazón del Imperio.

Por eso el ladino francés aprovechó la circunstancia y apoyando al pretendiente  al trono Navarro ordena a uno de sus mejores capitanes Andrés de Foix, Señor de Asparrot que cruce la frontera, ocupe Navarra y de paso lo que pueda de Castilla.
El de Asparrot cruza los Pirineos, aprovechando que Navarra está casi desguarnecida de tropas debido al conflicto de las Comunidades, al mando de un contingente de veinticinco  mil hombres y treinta cañones con el que pone sitio a Pamplona a mediados de mayo de mil quinientos veintiuno.
Allí será herido el capitán Ignacio de Loyola defendiendo la ciudad, pero ésta se rinde con relativa facilidad. Asparrot está exultante, la victoria le ha costado pocas bajas y los españoles huyen hacia el sur gritando no sé qué de ¡los herejes, los herejes!, y encima a su ejército se han unido los navarros que apoyan  a Enrique.

Alegre, confiado, sonriente y arrogante el ejército invasor sigue su avance hacia el sur. Su siguiente objetivo es la pequeña ciudad de Logroño, a la que han ido llegando los soldados de las guarniciones en retirada y los refugiados desde Navarra.

La ciudad estaba en pie de guerra desde que las primeras noticias habían llegado. El Concejo había nombrado capitán de la defensa a Don Pedro Vélez de Guevara en una apoteósica reunión popular en la iglesia de Santiago, dónde el pueblo de Logroño había expresado su ferviente deseo de defender su ciudad hasta la muerte.
Don Pedro organizó la Junta de Defensa, que reunió armas, pólvora y plomo, estableció los pelotones y los centinelas y envió emisarios hacia Valladolid y Burgos.

El veinticuatro de mayo llegó hasta la ciudad un refugiado que contó que los franceses estaban a cuatro pasos y que ya habían tomado Viana. De inmediato se llenaron las murallas de soldados y paisanos armados, asomando valientes desde los fuertes que cubren el puente del Ebro, desde las tapias y ventanas del convento de San Francisco, con las cuadrillas de trabajadores y soldados despajando el campo de tiro arrancando árboles y derribando casas extramuros, igual que el hospital, que es incendiado con tal de que no sea usado por el enemigo.
Logroño está dispuesto para la defensa. ¡Con dos cojones!

El día veinticinco de mayo se inundaron las lomas de enemigo que aparecieron muy temprano, tomando posiciones, desplegando sus banderas, comprobando arrogantes que aquella pequeña ciudad no era más que una piedrecita de nada en su victorioso camino.
Hasta el puente del Ebro llega un pelotón, emperifollado y emplumado, mirando al cielo luminoso riojano como quien va de paseo en domingo, traen un pliego exigiendo la rendición de la ciudad. La respuesta de nuestro capitán Guevara es lapidaria, lo recuerdo porque yo fui uno de los que llevó el papel en la mano hasta la muralla, decía así:

“La ciudad de Logroño y todos sus habitantes pertenecen al Emperador y Rey Don Carlos y no se entregarán ni darán paso a ése ejército enemigo mientras tenga en su poder las llaves de sus puertas, que son tan pesadas, que por numerosos que sean los soldados que traéis, no podréis llevároslas.”

Como pueden maginar el ataque enemigo fue inmediato y brutal. Atacaron el puente con sus cuadros de piqueros y sus arcabuceros, pero allí estábamos, y nuestras picas y nuestros arcabuces eran los mejores del Mundo, y combatíamos en casa. Así que los franceses chocaron contra aquel muro de determinación y empezaron entonces a cruzar el río cerca de Varea y a rodear la ciudad.

Se toma entonces una terrible decisión, las mujeres y los niños deben salir de Logroño y huir hacia el sur, pues el enemigo trae abundante artillería, se escucha a los artilleros enemigos enclavando sus cañones, y sería terrible verlos morir entre los cascotes y la metralla, pero es mucho peor eso que verles ahora partir llorando y gritando de rabia, abrazándose las esposas a los maridos, los hijos a los padres a los que quizás no vuelvan a ver jamás. En larga procesión plañidera casi todas las mujeres y niños de la ciudad la abandonan mientras los soldados y sus familias les despiden con pañuelos desde el revellín y las murallas.

Al día siguiente, el veintiséis el silencio del amanecer se vio roto por los toques de trompetas y clarines y por los pasos que daban los cuadros enemigos desplegándose para el ataque, se veían encendidas las mechas de los arcabuces y brillar petos y moharras, se veían los botafuegos encendidos en las manos de los artilleros.
Y otra vez un pelotón, bajo bandera blanca se acercó hasta las murallas. Y Don Pedro Vélez de nuevo les respondió como merecían:

“Logroño no abrirá sus puertas a sus enemigos, ínterin uno sólo de sus habitantes tenga vida para combatir. Nos defenderemos hasta la muerte.”

El fuego que se desató sobre la ciudad fue horroroso. La artillería no cesaba de disparar y de causar daños y bajas, camaradas, paisanos y soldados destrozados por las balas de cañón o por las esquirlas de piedra que volaban por todas partes y los cuadros franceses que se acercaban, y desde cada punto de la defensa los fogonazos de nuestros arcabuces y de la escasa y pequeña artillería de la que disponíamos.
También disponíamos , eso sí del valor y la tenacidad y la rabia y el orgullo, pues cada asalto de aquel primer y larguísimo día de asedio fue rechazado y cuando llegó la noche el campo estaba cubierto de cadáveres enemigos y de heridos que se arrastraban. En las murallas nos pasábamos la bota cargada de buen vino riojano al tiempo que plomo hecho pelotas para repartir entre nuestros enemigos, a los que habíamos enseñado que vencernos no les iba  a salir barato.

Además para que los franceses se enterasen las campanas de la Virgen de la Esperanza, de Santiago, de Palacio, de Redonda y de cada templo o ermita tañeron durante toda la noche y por las calles los monjes y frailes rezaban a gritos pidiendo a Dios la victoria sobre nuestros enemigos y casi en cada esquina los hombres se clavaban de rodillas para rezar con ellos.
Los rezos ayudarían no sea yo quién lo ponga en duda, pero nuestra firme decisión de vencer, la hermandad entre nosotros, españoles al fin y al cabo atacados en su propia casa, el valor desmedido, los actos de heroísmo anónimos, el sacrificio supremo que cada uno de nosotros estaba dispuesto a realizar nos hizo invencibles.

Y así resistimos brutales asaltos franceses bajo el fuego incesante de sus cañones los días que quedaban del mes de mayo, causándoles cientos de bajas y demostrándoles que aquella piedrecita en mitad de su camino se les había clavado bien profunda en el talón. El general Asparrot como podrán entender, estaba el hombre que se subía por las paredes.
Y más debió subirse, o cagarse vivo cuando el primero de junio se extendió por la ciudad y por el campamento francés la noticia de que un poderoso y reunificado ejército español venía en socorro de Logroño.

Somos la repanocha los españoles. No acabamos de matarnos unos a otros como acababa de suceder en Villalar, dónde se habían degollado muy a base de bien los españoles comuneros y los españoles imperiales, para tras enterarse de la invasión enemiga, abandonar rencores y odios, apartar humillaciones y mirarse a los ojos, decirse unos a otros ¡estamos gilipollas!, y lanzarse en dura marcha hacia el norte para salvar de la degollina a sus hermanos logroñeses.
Lo dicho somos de lo que no hay.

Sabiendo que el tiempo se le agotaba y humillado por no haber podido tomar la ciudad Aparrot ordena el día dos de junio atacar en todos los frentes y con todos sus efectivos.
En la puerta de la Abendía consiguen abrir brecha y la lucha se torna cuerpo a cuerpo, se mata en aquel punto con inusitado entusiasmo por ambas partes y cuando la puerta está a punto de caer, un capitán español grita desaforado lanzándose contra el enemigo:

-        ¡¡¡Que no se hagan con la puerta del Camino!!! ¡¡¡SANTIAGOOO!!!!

Y los paisanos y los soldados con palos, cuchillos, piedras, uñas, dientes, navajas, picas y arcabuces, siguiendo a aquel loco que grita arrollan a los franceses que se colaban ya por la brecha y los hacen pedazos.
No es el único combate desesperado del terrible día dos, por toda la ciudad se rechazan asaltos. Por San Francisco los franceses han abierto otra brecha contra la que Asparrot envía todas las reservas que tiene, la lucha es terrorífica, con los hombres pisoteando muertos y heridos y la artillería se concentra casi toda en aquel punto,  pero los españoles pelean en la brecha de San Francisco con tal valor y desprecio por la muerte  que los enemigos convencidos de que allí morirán todos antes de penetrar en Logroño, se retiran derrotados.

Puede ser que no me crean, que piensen que deliro, pero los defensores entonces decidimos pasar al ataque.
Se decidió que a  partir de aquella noche se diesen rebatos y pequeñas encamisadas contra el campo francés. Pardiez, no hay cosa que se nos dé mejor que estas razzias, debe venirnos de cuando el tiempo de los moros.
El caso es que desde la noche del día tres, y tras aguantar los asaltos diurnos de nuestros enemigos, a distintas horas, alternando la magnitud del ataque, o simulándolo, no dejábamos descansar a los franceses que pasaban las noches en vela esperando ver aparecer a los espectros españoles con la daga en la mano.
La salida del día cinco fue muy diferente. Esta sí fue de verdad.

En dos columnas armadas hasta los dientes salimos de la ciudad en silencio absoluto, y para cuando los enemigos quisieron darse cuenta ya estábamos en mitad de su campamento degollando a mansalva, entre gritos de terror y de sorpresa. No sé ni a los que llegamos a matar, pero como la operación era cosa de milicia en cuanto sonaron los clarines de retirada lo hicimos, dejando el campo enemigo desolado y saqueado, lleno de muertos y con el resto corriendo por los cuatro puntos cardinales.
Les habíamos tomado una bandera, que ahora flameaba en el balcón del consistorio llenándonos a todos el corazón de orgullo. Los enemigos no nos habían vencido y por dentro sabíamos que ya no lo lograrían.
Los días seis y siete de junio los franceses nos bombardearon sin importarles el gasto de pólvora, pero el ocho y el nueve se les notaba ya muy desmoralizados y hundidos pues cada asalto que intentaban era rechazado y en cada uno se desangraban contra las viejas piedras de Logroño.

A los logroñeses se nos ocurre entonces otra estratagema para terminar de rematar a nuestros enemigos y joderles bien jodidos, una salida como la de la noche del cinco de junio, pero a plena luz del día y tras anegar el campamento contrario.
Fue larga la espera, muy larga. Desde que habían salido los encargados de desviar las acequias hasta que el capitán Guevara dio la orden de atacar pasamos una noche en vela, mirando el caminar de la luna en el cielo y deseando que amaneciese.

La  noche se llenó del rumor del agua al correr y de los gritos de los franceses espantados y empantanados. Tras los muros no podíamos contener ni la risa ni la impaciencia por atacar. Por eso con las primeras luces abrimos las puertas y salimos en tromba dispuestos a comernos crudos a los franceses, pero ¡pardiez!, estos se largaban ya puente del Ebro adelante en larga columna, sucia, deslucida y acribillada a palos y por supuesto mucho menos arrogante que cuando habían llegado diecisiete días antes.
Acabamos con los desgraciados que intentaban sacar del barro sus cañones y hostigamos a los que huían, los perseguimos un poco, hasta que la noticia llegó a Logroño y las campanas empezaron a repicar a victoria.

Todo el mundo se abrazaba y reía por la alegría indescriptible de haber entrado por la puerta grande en la lista de las ciudades heroicas que nos llenaba el alma de orgullo a todos.
Logroño había resistido el envite, convirtiéndose en inexpugnable revellín y en tumba de nuestros enemigos. Convirtiéndose en bastión de España.

Alguien me pasó una bota, bebí hasta hartarme mientras los rayos de sol incidían sobre el chorro rojo intenso del vino. Rojo intenso como la sangre que manchaba las piedras del revellín que habíamos defendido durante el asedio.  Era el día once de junio de mil quinientos y veintiuno…

Un anónimo defensor del revellín de Logroño

Para mis amigos de la Asociación Nueva Época de Logroño. Abrazos Rojigualdos.


Follow by Email

Share it