En la orilla occidental del río Ishora el paisaje embarrado y removido enmarcaba las figuras de dos hombres, dos camaradas, dos amigos que, aprovechando una de las pocas pausas en el combate, calentaban un poco de agua con la que poder lavarse y así librarse, al menos un poco, de los miles de piojos que les acompañaban en las trincheras.
Al otro lado del río la artillería soviética había hecho también una pausa en el bombardeo, quizás Iván también estaba quitándose los piojos que no entendían de más ideologías que la de alimentarse y multiplicarse por millares.
Era el mes de abril del año cuarenta y tres, los dos hombres llevaban en Rusia desde hacía más de un año, pero a ellos les parecía que habían pasado diez, o más...
En aquel año y pico de vida habían aprendido más cosas y madurado más que en todo lo que llevaban vivido y quizás en todo lo que les quedaba por vivir.
Habían aprendido que cuando callaban las trompetas y los tambores de los desfiles y se apagaban los vítores de la gente, cuando estos cambiaban por los gritos desgarradores y el sonido de los huesos haciéndose añicos partidos por la metralla, en aquellos momentos de locura desatada y con la muerte segando sin compasión, solamente se peleaba por el camarada que estaba a tu lado, hombro con hombro, sudor con sudor y sangre con sangre.
Porque al fin y al cabo, al final, mientras estallaban cientos de granadas y silbaban miles de balas alrededor, lo único que se tenía eran el miedo, la resignación, la rabia y el valor compartidos.
Y aquellos dos camaradas que se lavaban la cabeza el uno al otro lo habían aprendido con creces desde que habían llegado a Rusia, pero sobretodo desde que los soviéticos habían lanzado su ofensiva hacía dos meses.
Ofensiva que, a costa de mucha sangre y sacrificio, aquellos dos hombres junto a otros muchos compatriotas habían detenido.
El cubo con agua caliente estaba casi listo y uno de los hombres le dice al otro que se prepare:
- Tú primero Rafa...
- No, que tú eres suboficial...
- no me toques los cojones y siéntate anda...
De repente el instinto de soldados veteranos se dispara y ambos se arrojan a tierra. Pero ya es demasiado tarde, además la granada de mortero ha caído muy cerca de los hombres.
Rafael Bravo Espejo siente una brasa ardiente que se le clava en la pierna y un dolor intenso y lacerante que se expande por todo su cuerpo como una llamarada, los oídos le sangran y apenas puede ver más que una nube polvorienta en la que, curiosamente nítido, resalta el cubo de lata que sostenía su amigo.
¿Dónde estará...? - se pregunta.
Pero no alcanza a ver más que un bulto inmóvil y desmadejado entre la polvareda. Luego, con el cuerpo convertido en una marioneta dolorida pierde el conocimiento.
Horas más tarde, en la camilla del hospital de campaña, lo primero que hace al despertar es tocarse la pierna herida y comprobar aliviado que seguía en su sitio y entera.
Luego recuerda la explosión y el cuerpo de su amigo.
Entonces grita desolado sabiendo sin querer saber. Otro camarada de la Compañía le certifica la noticia sin demasiada delicadeza, porque amigo, aquello es Rusia y allí todos los día se moría la gente:
- Al Sargento Paulo le han matao, Rafa...
Sabiendo sin querer saber, a Rafael Bravo Espejo los ojos se le llenan de lágrimas. Su compañero seguía hablando, pero él apenas podía oírle:
- A ti te han "arreao" fuerte amigo, casi pierdes la pata... ¡Pero te vas a España, camarada!
¡A España...!
Sin embargo a Rafael le quedaba todavía un largo trecho y mil peligros que afrontar antes de poder regresar.
Roto por la pérdida de su amigo y herido grave le metieron en un tren alemán de heridos.
Un tren que llevaba su Cruz Roja pintada en el techo y que solamente serviría para que los pilotos de los temibles Sturmovick soviéticos atinasen mejor el blanco y lo ametrallasen hasta hacerlo estallar en mil pedazos.
Los supervivientes del tren se refugiaron en un bosque cercano y se ayudaron los unos a los otros durante dos días con sus noches, solos y perdidos en mitad de territorio hostil, heridos, desarmados y sin apenas comida ni agua ni abrigo.
Gracias a Dios les encontrarían antes los alemanes que los soviéticos y casi todos lograron regresar a su lejana y hermosa patria.
Rafael Bravo lo primero que haría, todavía con la pierna dolorida y que apenas podía apoyar, sería llevarle a la familia de su amigo las pocas pertenencias que éste guardaba: unas cartas manuscritas, un reloj de pulsera, una crucecita de plata, dos camisas, cuatro fotos...
En su pueblo le recibieron con banda de música y declararon el día de fiesta, el alcalde le abrazaba, el cura le bendecía y las mozas se lo comían con los ojos.
Sin embargo a Rafael Bravo Espejo, a pesar de la alegría y el orgullo que sentía, una vocecita le susurraba y el corazón se le encogía deseando no estar allí sino con sus camaradas del frente.
La voz le decía:
- Acuérdate de que, en Rusia están...
Fin
A. Villegas Glez.
Dedicado a la memoria del Sargento Paulo y al señor D. Rafael Bravo Espejo, de noventa y tres años, herido en el frente de Leningrado en abril de 1943.
Muchísimas gracias a su hijo por permitirme contar su historia.
Imagen: D. Rafael Bravo Espejo. Fotografía cedida por la familia.
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miércoles, 2 de septiembre de 2015
lunes, 17 de agosto de 2015
LA VIDA POR OTROS
Arrabales de Leningrado, diez de febrero de 1943...
Al soldado de zapadores Antonio Ponte Anido los oídos le pitaban de un millón de maneras distintas, los ojos le lloraban lágrimas terrosas y en aliento se le ahogaba por culpa del barro y de la nieve derretida que saltaba por todas partes.
Aquel día de febrero un hombre normal, con ilusiones y sueños, joven y con ganas de seguir vivo decidió que lo más noble era dejar de hacerlo ya que con su muerte muchos compatriotas podrían seguir viviendo.
Y ése es el más hermoso sentimiento que puede albergar un corazón humano.
Valgan mis letras de tributo y homenaje para mi tocayo, sirvan ellas como las avenidas y las plazas que jamás tendremos en su honor.
Sirvan también para todos aquellos españoles que hace setenta y pico años detuvieron -y serían los únicos en conseguirlo- una ofensiva soviética de diez mil cañones, cien tanques y cuarenta mil hombres.
¡Con dos cojones!
¡Gloria para los Dvisionarios!, ¡Gloria para los valientes de Krasny Bor!
A. Villegas Glez. 2013
Al soldado de zapadores Antonio Ponte Anido los oídos le pitaban de un millón de maneras distintas, los ojos le lloraban lágrimas terrosas y en aliento se le ahogaba por culpa del barro y de la nieve derretida que saltaba por todas partes.
El dedo anular de la mano derecha le dolía a horrores de tanto pegar tiros y los huesos le crujían como miles de ramas partiéndose al tiempo.
Antonio no podía creerse que todavía estuviese con vida después de haber visto caer a tantos y tantos camaradas destrozados por la metralla, de que la tierra se hubiese abierto bajo los pies de toda la División y que, desde el cielo, hubiesen llovido durante tres eternas horas miles y miles de proyectiles de la artillería soviética.
Pero allí estaba.
Antonio no podía creerse que todavía estuviese con vida después de haber visto caer a tantos y tantos camaradas destrozados por la metralla, de que la tierra se hubiese abierto bajo los pies de toda la División y que, desde el cielo, hubiesen llovido durante tres eternas horas miles y miles de proyectiles de la artillería soviética.
Pero allí estaba.
Simple soldado que trataba de esquivar la muerte que le perseguía con ahínco.
Hasta aquel momento la esquivaba bien, danzando entre los proyectiles de todos los calibres, saltando de cráter a cráter, disparando y recargando sin cesar su fusil defendiendo la línea española.
La cosa no pintaba nada pero nada bien, pero como decía a voces el Sargento Satrústegui, que era un vasco atípico, flaco y seco como un bacalao vizcaíno: nos matarán a todos sí, pero no les va a salir gratis...
Antonio Ponte sentía el miedo corroerle las entrañas, como cualquier hijo de vecino el joven soldado no quería morir allí, o peor todavía, quedar lisiado para el resto de la vida. Él deseaba volver sano y entero a su amada Galicia, conocer alguna linda moza y tener hijos… Pero allí estaba, y como decía el Sargento, cobrándole el peaje a los soviéticos.
La cosa no pintaba nada pero nada bien, pero como decía a voces el Sargento Satrústegui, que era un vasco atípico, flaco y seco como un bacalao vizcaíno: nos matarán a todos sí, pero no les va a salir gratis...
Antonio Ponte sentía el miedo corroerle las entrañas, como cualquier hijo de vecino el joven soldado no quería morir allí, o peor todavía, quedar lisiado para el resto de la vida. Él deseaba volver sano y entero a su amada Galicia, conocer alguna linda moza y tener hijos… Pero allí estaba, y como decía el Sargento, cobrándole el peaje a los soviéticos.
Eran cerca de la cuatro de la tarde y ya no había frente definido, todo era un inmenso revoltillo de soldados y de carros rusos tratando de avanzar que se encontraban, una vez y otra, con pequeñas bolsas de resistencia española que se clavaban en su avance como cuñas sangrientas.
Aquellos españolitos llegados del Mediterráneo resultaban tan duros y eficaces que los soviéticos, acostumbrados a que todo el mundo saliese huyendo delante de sus tanques, no daban crédito a lo que estaban viviendo y enviaban Regimientos y más Regimientos, siberianos, de la Guardia y hasta a los cocineros para intentar doblegar a aquellos soldados bajitos y duros que nunca jamás se rendían.
Antonio Ponte ve a uno de los temibles carros T-34 que avanzando imparable empieza a cañonear y ametrallar el polvorín, la caseta del Mando, y lo que es peor, el pequeño hospitalillo de madera en el que estaban hacinados más de cien compatriotas entre heridos y moribundos. Las balas del enemigo hacían crujir y saltar en mil astillas las endebles tablillas de la cabañuela…
Algunos soldados le arrojan botellas incendiarias pero el carro, imperturbable, sigue ametrallando el hospital con saña. Antonio ve desolado girar la torreta apuntando directamente al hospital.
Algunos soldados le arrojan botellas incendiarias pero el carro, imperturbable, sigue ametrallando el hospital con saña. Antonio ve desolado girar la torreta apuntando directamente al hospital.
Los heridos estaban perdidos…
Y entonces algo se activa dentro del corazón del soldado, algo heroico y ancestral, un sentimiento que le empuja, sin dudar ni vacilar, a agarrar fuerte contra el pecho dos minas "T" y a echar a correr directamente contra la mole blindada.
Y entonces algo se activa dentro del corazón del soldado, algo heroico y ancestral, un sentimiento que le empuja, sin dudar ni vacilar, a agarrar fuerte contra el pecho dos minas "T" y a echar a correr directamente contra la mole blindada.
Muchos de los camaradas del zapador y muchos de los agradecidos heridos contemplan, entre el orgullo, la rabia y la pena, al soldado Ponte que alcanza el carro enemigo, arranca los seguros de las minas y pega el pecho contra el metal.
Luego la terrible explosión que desparrama los restos del valiente compatriota, el fuego que lo inunda todo y los atroces gritos de la tripulación del carro que se estaban achicharrando entre los hierros retorcidos.
Los camaradas mientras siguen rechazando el asalto soviético, lograrían hacerlo aunque ahora les pareciese mentira, lloraban emocionados mirando los restos de su camarada esparcidos por la nieve -un trozo del tronco con una mano apuntando al cielo- y luego miraban hacia el hospital, en dónde los heridos se habían salvado gracias a que un muchacho sencillo, humilde y tranquilo había decidido que su propia vida era mucho menos importante que la de sus camaradas.
Por ellos, por sus compatriotas indefensos, se había sacrificado y ahora los demás le lloraban mientras el alma de Antonio Ponte les seguía apoyando desde el cielo de los valientes.
Al soldado de zapadores le sería concedida, con todo merecimiento, la Cruz Laureada y hoy, aunque debería ser recordado y homenajeado como ejemplo del máximo sacrificio que uno puede realizar por los demás, Antonio Ponte Anido se encuentra relegado al olvido y mancillada su memoria por las modernas políticas y leyes que permiten que se remuevan huesos convenientes y otros permanezcan hundidos en el barro de la ignominia.
Por ellos, por sus compatriotas indefensos, se había sacrificado y ahora los demás le lloraban mientras el alma de Antonio Ponte les seguía apoyando desde el cielo de los valientes.
Al soldado de zapadores le sería concedida, con todo merecimiento, la Cruz Laureada y hoy, aunque debería ser recordado y homenajeado como ejemplo del máximo sacrificio que uno puede realizar por los demás, Antonio Ponte Anido se encuentra relegado al olvido y mancillada su memoria por las modernas políticas y leyes que permiten que se remuevan huesos convenientes y otros permanezcan hundidos en el barro de la ignominia.
Antonio Ponte era solamente un soldado que demostró tener más valor, hombría y buenos sentimientos que todos ésos que hoy en día berrean y se rasgan las vestiduras pidiendo que se arranquen las placas de las calles...
Aquel día de febrero un hombre normal, con ilusiones y sueños, joven y con ganas de seguir vivo decidió que lo más noble era dejar de hacerlo ya que con su muerte muchos compatriotas podrían seguir viviendo.
Y ése es el más hermoso sentimiento que puede albergar un corazón humano.
Valgan mis letras de tributo y homenaje para mi tocayo, sirvan ellas como las avenidas y las plazas que jamás tendremos en su honor.
Sirvan también para todos aquellos españoles que hace setenta y pico años detuvieron -y serían los únicos en conseguirlo- una ofensiva soviética de diez mil cañones, cien tanques y cuarenta mil hombres.
¡Con dos cojones!
¡Gloria para los Dvisionarios!, ¡Gloria para los valientes de Krasny Bor!
A. Villegas Glez. 2013
Imagen: Antonio Ponte Anido, Caballero Laureado. Sin calles a su nombre en La Coruña ni en el resto de España.
sábado, 7 de marzo de 2015
EL CRÁTER II
4-
Pocos días después mi nombre estaba en los listados de los que se iban a casa… ¡Por fin!
Llevaba en Rusia desde el principio y añoraba el aire de mi tierra, añoraba mi viento, mis sierras, a mi Virgen del Pilar, añoraba los viajes a Pamplona con Pedro el arriero, añoraba el vino de Logroño. Añoraba mi patria, mi vieja y destrozada tierra, la añoraba tanto que mi corazón se arrugaba y los ojos se me llenaban de lágrimas cuando pensaba en ella.
Igual que al cocinero gaditano, que volvía también a casa y que no dejaba de llorar como un niño, con lagrimones gordos como uvas que le caían por la cara aceitunada:
- ozú picha -me decía- ¡qué jartá de llorar me voy a dar en cuanto crusemo los Pirineos…!
Pero La Suerte, ésa perra caprichosa, nos dio la espalda.
Empezó mal todo cuando, de casi mil tíos que nos íbamos para casa, fue a los de mi Compañía a los que nos tocó la papeleta de quedarnos, con cara de haba, de pie en el andén de la estación viendo cómo se alejaba el tren en el que se apiñaban los camaradas.
No había más sitio, dijeron, y a alguno le tiene que tocar, dijeron, y nos tocó a nosotros...
Durante los primeros momentos nos mirábamos unos a los otros con desconfianza, tratando de averiguar quién de nosotros era el cenizo, el gafe que había provocado aquella situación.
Después son la impaciencia y la rabia las que te inundan el alma y ganas nos daban de acercarnos hasta el Cuartel General para quejarnos muy a la manera española.
Pero, al rato, llegaron los tres camiones que nos habían prometido y todos, casi al unísono, suspiramos aliviados.
Eran tres viejos Renault de la campaña del año cuarenta, cuando parecía que los alemanes se iban a comer el mundo entero.
Ahora el mundo se los estaba comiendo a ellos.
Y se los estaba comiendo crudos.
Algunos compañeros comenzaron de inmediato a rezarle a San Apapucio y al Copón Bendito, rezaban bajito pero el murmullo llenaba, lúgubre, el cajón del camión, que estaba en un estado lamentable, completamente destartalado, la lona sucia, vieja y recosida, también chirriaba lastimosamente la suspensión mientras rebotaba con cada bache del camino, pero al menos las ruedas rodaban y en cada giro nos alejaban del frente y nos acercaban a la añorada España.
Pocos días después mi nombre estaba en los listados de los que se iban a casa… ¡Por fin!
Llevaba en Rusia desde el principio y añoraba el aire de mi tierra, añoraba mi viento, mis sierras, a mi Virgen del Pilar, añoraba los viajes a Pamplona con Pedro el arriero, añoraba el vino de Logroño. Añoraba mi patria, mi vieja y destrozada tierra, la añoraba tanto que mi corazón se arrugaba y los ojos se me llenaban de lágrimas cuando pensaba en ella.
Igual que al cocinero gaditano, que volvía también a casa y que no dejaba de llorar como un niño, con lagrimones gordos como uvas que le caían por la cara aceitunada:
- ozú picha -me decía- ¡qué jartá de llorar me voy a dar en cuanto crusemo los Pirineos…!
Pero La Suerte, ésa perra caprichosa, nos dio la espalda.
Empezó mal todo cuando, de casi mil tíos que nos íbamos para casa, fue a los de mi Compañía a los que nos tocó la papeleta de quedarnos, con cara de haba, de pie en el andén de la estación viendo cómo se alejaba el tren en el que se apiñaban los camaradas.
No había más sitio, dijeron, y a alguno le tiene que tocar, dijeron, y nos tocó a nosotros...
Durante los primeros momentos nos mirábamos unos a los otros con desconfianza, tratando de averiguar quién de nosotros era el cenizo, el gafe que había provocado aquella situación.
Después son la impaciencia y la rabia las que te inundan el alma y ganas nos daban de acercarnos hasta el Cuartel General para quejarnos muy a la manera española.
Pero, al rato, llegaron los tres camiones que nos habían prometido y todos, casi al unísono, suspiramos aliviados.
Eran tres viejos Renault de la campaña del año cuarenta, cuando parecía que los alemanes se iban a comer el mundo entero.
Ahora el mundo se los estaba comiendo a ellos.
Y se los estaba comiendo crudos.
Algunos compañeros comenzaron de inmediato a rezarle a San Apapucio y al Copón Bendito, rezaban bajito pero el murmullo llenaba, lúgubre, el cajón del camión, que estaba en un estado lamentable, completamente destartalado, la lona sucia, vieja y recosida, también chirriaba lastimosamente la suspensión mientras rebotaba con cada bache del camino, pero al menos las ruedas rodaban y en cada giro nos alejaban del frente y nos acercaban a la añorada España.
Los que rezaban pedían que la aviación rusa no viese a aquellos tres camioncitos que, vistos desde el aire, serían un regalo para cualquier piloto de Sturmovick.
Pero Dios debía andar ocupado en asuntos de mucha más enjundia e importancia que cuarenta españolitos que iban camino de su casa, porque poco más o menos a la media hora de haber iniciado la marcha, y con algunos ya roncos de rezar, los pilotos soviéticos localizaron el convoy y se abatieron sobre nosotros sin contemplaciones.
El mortal ronroneo que producían los aviones enemigos que iniciaban el picado se mezclaba con los lamentos de los que íbamos en la caja del camión:
- ¡Virgen Santa!, ¡Maldita Suerte!, ¡Me cago en esto y en lo otro!
Se oían blasfemias de todos los colores.
No me extraña lo más mínimo que Dios no nos hubiese hecho ni puto caso.
Del primer camión nadie logró salir vivo ya que explotó en mil pedazos rodeado por una inmensa bola de fuego.
Nuestro vehículo de repente elevó del suelo el eje trasero mientras una enorme llamarada convertía en torreznos a los que viajaban en la parte trasera, como un chicharrón se queda uno si te atrapa una bomba incendiaria de las que tiran los rusos.
Ayuda norteamericana, dicen. Digo yo que los yanquis podrían haber ayudado a su puñetera madre.
El caso es que el camión voló por los aires y el trompazo resultante resulta terrorífico.
Se retuercen los hierros y los hombres, como muñecos manejados por manos invisibles, salen despedidos trazando extrañas parábolas en el aire, otros resultan aplastados bajo el chasis retorcido.
Y entre el caos del camión dando vueltas de campana, el polvo y la sangre, el piloto soviético sigue ametrallando los restos que se desparramaban sobre el camino a quinientos metros bajo sus alas.
Contra todo pronóstico y con la ayuda de Dios, de nuestro camión logramos salir vivos cinco hombres, tres íbamos sin daños demasiado graves, el mareo, las náuseas y las contusiones por todo el cuerpo.
Uno de los camaradas llevaba el brazo derecho colgando de dos hilos de pellejo sanguinolento, era Matías, un gitano del barrio del Perchel que gemía: ¡ay mi arma, ay mi arma!
El otro camarada estaba más grave todavía, a Pedro de Alcaudete, las tripas le colgaban y rozaban el suelo mientras lo llevábamos casi en volandas.
Había otros tres compatriotas, supervivientes del tercer Renault. Uno de ellos arrastraba el muñón de la pierna izquierda mientras los otros dos, más enteros, le agarraban por los hombros.
Mientras metían y sacaban mi cabeza del hielo me convertí en un muñeco rígido entre las manos de aquellos salvajes, solamente pensaba en mi pobre madre, y cuando me sacaban la cabeza, que se helaba de inmediato al contacto con el aire, dando la sensación de que te la fuesen a arrancar de cuajo, podía ver al soldado que seguía enrollado, mirando el espectáculo, tan pancho, en la manta que mi madre había tejido para mí.
Entonces la impotencia y la rabia me dolían en el alma, más todavía, que todas las torturas del mundo juntas.
Pero no podía hacer nada, porque ya estaba muerto desde hacía rato y aquel martirio era solamente la antesala del Purgatorio del que tanto hablaban los curas.
Ya mismo iba a comprobar por mí mismo si todas las letanías, rezos y devociones servían para algo. Desde luego esperaba que sí, ya que teniendo la muerte tan cerca no era poco el consuelo que daba pensar en un paraíso y en un cielo.
Algo me decía que la funesta premonición de mi joven oficial -"...yo no saldré de Rusia, González..." -se había cumplido.
- Sí…
- Lo mataron hace dos días…
- Descanse en paz… ¿Cómo pasó...?
- Lo de siempre, ataque soviético con carros, infantería y artillería por un tubo. Ruíz y algunos de sus hombres se quedaron copados y resistieron como jabatos hasta que el último hombre cayó sobre la ametralladora que les quedaba. Aquel hombre era el Teniente Ruíz…
De nuevo me ofreció la petaca y esta vez sí que la cogí para vaciarla de un trago.
Tan claro estaba el asunto, aquella fría noche de febrero, que el Capitán Miranda le había pedido al Páter que nos bendijese a todos.
Yo creo que les había dado apuro darnos la Extremaunción, aunque todos sospechábamos que, la Misa y la Comunión de aquella noche, hacían el mismo avío.
La muerte planeaba sobre todos nosotros y aquella noche de febrero la banda sonora la ponían los rusos con sus martillos, sus preparativos y sus risas anegadas de vodka.
Cuando salí del hospital el Batallón de Regreso estaba al completo y yo debería esperar al próximo, si es que había algún otro.
El Teniente De Las Heras sí que embarcó, con su sempiterna sonrisa y sus muñones horribles.
A la patria regreso -me dijo- que tengas mucha suerte González…
Y me regaló su petaca de plata mientras nos miraba a los que nos quedábamos con envidia:
- Dos piernas nuevas daría por quedarme a pelear con vosotros…
Luego el tren hizo “chú-chú”, como en la canción, para alejarse entre la humareda con los camaradas relevados y los heridos de dentro que regresaban a España cantando a pleno pulmón.
No imaginan la envidia que me dieron.
A mi lado el Sargento Peláez mordisqueaba un trozo de pan duro que chupeteaba hasta poder reblandecerlo para luego engullirlo con parsimonia, aquella era su dieta principal, pan duro, aguardiente de cualquier clase y sangre de ruso.
Una de las veces que abrí los ojos, sólo pensaba en mi madre y en los paseos que daba con mi padre, asesinado por aquellos mismos comunistas que ahora me arrojaban todas las bombas del mundo, estaba ante mí el Sargento Peláez.
Podía ver su boca moverse con los dientes amarillentos y grandes como los de un caballo muy cerca de mi cara, pero tan sólo oía un pitido continuo, como el silbato de los marineros pero mucho más intenso.
El Sargento me tenía agarrado de la pechera y me zarandeaba, me sentía un muñeco de trapo entre sus manazas, pero solamente cuando me arreó un guantazo pude empezar a escuchar una voz lejana, atenuada todavía por el pitido, que me decía:
- ¡González, González!... ¡Vamos Cabo, a dar la cara, coño, vamos “joputa”!,que no puedes dejarme solo… -pero yo no reaccionaba, seguía entre las nieblas, atontado por el bombardeo.
- ¡Me cago en la manta que te tejió tu puta madre, González!
Aquello lo pude escuchar perfectamente y mi puño se lanzó automático hacia el rostro del Sargento.
Dentro de la barriga el caos y la desorientación y en las orejas el pitido se tornaron en una oscura y lúcida mala leche que recorrió todo mi cuerpo como un calambrazo.
Sin embargo el Sargento Peláez que era perro viejo, atajó el golpe, sonrió, me palmeó afectuoso el hombro, levantando una pequeña polvareda al hacerlo, y me dijo:
- Así me gusta, González… ¡Venga, a matar comunistas…!
Cuando se levantó le pateó el culo a otros dos soldados que, como yo, estaban aturdidos y llenos de escombros y sin saber muy bien quién era aquella bestia verdosa que se les arrojaba encima gritando:
-¡Venga mariconas!... ¡Que no se diga que los españoles no sabemos morir…!
Cuando salí del refugio me quedé desolado.
Nada era reconocible, ni trincheras ni pozos de tirador ni búnkers ni nada…
Una masa informe de tierra removida y de cráteres de artillería eran ahora las posiciones españolas.
De la tierra asomaban algunos restos destrozados de los pocos vehículos de los que disponíamos y las retorcidas puntas de los cañones anticarro, posiciones aquellas batidas con mortal preferencia y eficacia por los rusos.
Quedábamos con vida cuarenta españoles de distintas unidades, unos de aquí, otros de allá, unos traían un mortero, otros, minas, aquellos una ametralladora y munición y cada cual tenía sus granadas y su fusil. Eso era todo.
Cuarenta españolitos bajo el mando de un Sargento y un Cabo, pues el refugio de los oficiales era ahora un enorme boquete sanguinolento en mitad la tierra.
A tres kilómetros de nuestra posición los carros soviéticos se pusieron en marcha y detrás una masa inacabable de uniformes pardos.
El Sargento llega hasta una pequeña loma en la que, un impacto de artillería había formado un gran cráter justo en la cima, formándose una especie de baluarte natural, de bastión que nos protegía un poco del fuego enemigo:
- ¡Aquí una máquina, allí la otra, fuego, fuegoooo…!- Peláez era una bestia desatada que dirigía la defensa
Porque los primeros rusos estaban muy encima y sobre nosotros caían las balas como el granizo. Los carros habían fijado todas sus miras en nosotros.
Los rusos inundaban el cráter…
Sobre nosotros, mientras matábamos y moríamos ondeaba la manta roja y gualda que mi madre me había tejido en la lejana y querida España.
Pero Dios debía andar ocupado en asuntos de mucha más enjundia e importancia que cuarenta españolitos que iban camino de su casa, porque poco más o menos a la media hora de haber iniciado la marcha, y con algunos ya roncos de rezar, los pilotos soviéticos localizaron el convoy y se abatieron sobre nosotros sin contemplaciones.
El mortal ronroneo que producían los aviones enemigos que iniciaban el picado se mezclaba con los lamentos de los que íbamos en la caja del camión:
- ¡Virgen Santa!, ¡Maldita Suerte!, ¡Me cago en esto y en lo otro!
Se oían blasfemias de todos los colores.
No me extraña lo más mínimo que Dios no nos hubiese hecho ni puto caso.
Del primer camión nadie logró salir vivo ya que explotó en mil pedazos rodeado por una inmensa bola de fuego.
Nuestro vehículo de repente elevó del suelo el eje trasero mientras una enorme llamarada convertía en torreznos a los que viajaban en la parte trasera, como un chicharrón se queda uno si te atrapa una bomba incendiaria de las que tiran los rusos.
Ayuda norteamericana, dicen. Digo yo que los yanquis podrían haber ayudado a su puñetera madre.
El caso es que el camión voló por los aires y el trompazo resultante resulta terrorífico.
Se retuercen los hierros y los hombres, como muñecos manejados por manos invisibles, salen despedidos trazando extrañas parábolas en el aire, otros resultan aplastados bajo el chasis retorcido.
Y entre el caos del camión dando vueltas de campana, el polvo y la sangre, el piloto soviético sigue ametrallando los restos que se desparramaban sobre el camino a quinientos metros bajo sus alas.
Contra todo pronóstico y con la ayuda de Dios, de nuestro camión logramos salir vivos cinco hombres, tres íbamos sin daños demasiado graves, el mareo, las náuseas y las contusiones por todo el cuerpo.
Uno de los camaradas llevaba el brazo derecho colgando de dos hilos de pellejo sanguinolento, era Matías, un gitano del barrio del Perchel que gemía: ¡ay mi arma, ay mi arma!
El otro camarada estaba más grave todavía, a Pedro de Alcaudete, las tripas le colgaban y rozaban el suelo mientras lo llevábamos casi en volandas.
Había otros tres compatriotas, supervivientes del tercer Renault. Uno de ellos arrastraba el muñón de la pierna izquierda mientras los otros dos, más enteros, le agarraban por los hombros.
Tras ellos el camión ardía con el hierro tan recalentado que chirriaba y gemía.
Soldado para siempre contra la puerta metálica se había quedado el cuerpo carbonizado del conductor, un letón que solamente había aprendido a decir lo típico en español: “puta madre”, “sangría” y “olé”.
Desde las cuencas vacías y renegridas de su cráneo convertido en torrezno nos miraba con reproche.
Soldado para siempre contra la puerta metálica se había quedado el cuerpo carbonizado del conductor, un letón que solamente había aprendido a decir lo típico en español: “puta madre”, “sangría” y “olé”.
Desde las cuencas vacías y renegridas de su cráneo convertido en torrezno nos miraba con reproche.
Para colmo de males estábamos rodeados de rusos por todas partes…
Fueron unos artilleros, con sus respectivos comisarios políticos al lado, los que nos encontraron y nos regalaron, faltaría más, la primera mano de palos nada más dar con nosotros.
Y mucha suerte tuvimos los seis que la recibimos.
Y mucha suerte tuvimos los seis que la recibimos.
Porque a los tres heridos, Matías, Pedro y al otro, uno de Albacete apellidado, Suárez, los habían matado como a perros, mientras se reían muy fuerte y nos miraban, a los que quedábamos vivos, con lúgubres y funestas promesas reflejadas en sus oscuros ojos soviéticos.
Ya les había dicho en alguna ocasión que en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones, ¿Verdad?, pues ahora sí que podíamos sentir cómo nos helábamos por segundos mientras los rusos nos llevaban, en cuerda de presos, descalzos y casi desnudos hasta sus líneas.
Allí nos esperaba el interrogatorio más feroz y luego Siberia, si no nos mataban, claro…O si antes no nos moríamos de frío, que camino llevábamos.
Yo me estremecía y una rabia demoníaca me corroía las entrañas cuando veía cómo, uno de los soldados rusos, un mongol llegado de más allá de los Urales, se arrebujaba entre los pliegues de la manta que mi madre había tejido junto a la lumbre allí, en la vieja y lejanísima España.
5-
Ya les había dicho en alguna ocasión que en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones, ¿Verdad?, pues ahora sí que podíamos sentir cómo nos helábamos por segundos mientras los rusos nos llevaban, en cuerda de presos, descalzos y casi desnudos hasta sus líneas.
Allí nos esperaba el interrogatorio más feroz y luego Siberia, si no nos mataban, claro…O si antes no nos moríamos de frío, que camino llevábamos.
Yo me estremecía y una rabia demoníaca me corroía las entrañas cuando veía cómo, uno de los soldados rusos, un mongol llegado de más allá de los Urales, se arrebujaba entre los pliegues de la manta que mi madre había tejido junto a la lumbre allí, en la vieja y lejanísima España.
5-
Las agujas de hielo se me clavaban en la cabeza y en los pulmones, podía sentir cómo mi corazón se iba deteniendo, igual que un reloj al que la cuerda se le estuviese agotando.
Ya no sentía como propios ni los brazos ni las piernas ya que los tenía helados, entumecidos y empapados.
No debía de quedarme mucho tiempo.
Julián, el murciano amable y callado, estaba en silencio para siempre, tirado a un lado como un saco inservible y con la nieve, que llegaba hasta el lago en gélidos ventisqueros, cubriendo parte de su cuerpo.
Los rusos reían y bebían vodka sin parar, mientras abrían el agujero en el hielo, mientras nos iban agarrando y metiéndonos allí de cabeza por turnos, no dejaron de reír y de beber los hideputas.
Ya no sentía como propios ni los brazos ni las piernas ya que los tenía helados, entumecidos y empapados.
No debía de quedarme mucho tiempo.
Julián, el murciano amable y callado, estaba en silencio para siempre, tirado a un lado como un saco inservible y con la nieve, que llegaba hasta el lago en gélidos ventisqueros, cubriendo parte de su cuerpo.
Los rusos reían y bebían vodka sin parar, mientras abrían el agujero en el hielo, mientras nos iban agarrando y metiéndonos allí de cabeza por turnos, no dejaron de reír y de beber los hideputas.
No nos habían preguntado nada en absoluto pues nada necesitan saber de nosotros, aquello era solamente un divertimento, una crueldad más que sumar a otras crueldades de la guerra.
Lo malo era que me había tocado a mí…
Lo malo era que me había tocado a mí…
Pero ya se sabe que la suerte se va siempre con quién menos te lo esperas y suele ser caprichosa y voluble.
Lo mismo te da la espalda que te abraza para llevarte en volandas hasta los lugares más maravillosos.
De los seis hombres que habíamos logrado sobrevivir de entre los restos carbonizados de los camiones, solo quedábamos tres con vida.
Y a ninguno nos quedaba mucho tiempo.
Lo mismo te da la espalda que te abraza para llevarte en volandas hasta los lugares más maravillosos.
De los seis hombres que habíamos logrado sobrevivir de entre los restos carbonizados de los camiones, solo quedábamos tres con vida.
Y a ninguno nos quedaba mucho tiempo.
Mientras metían y sacaban mi cabeza del hielo me convertí en un muñeco rígido entre las manos de aquellos salvajes, solamente pensaba en mi pobre madre, y cuando me sacaban la cabeza, que se helaba de inmediato al contacto con el aire, dando la sensación de que te la fuesen a arrancar de cuajo, podía ver al soldado que seguía enrollado, mirando el espectáculo, tan pancho, en la manta que mi madre había tejido para mí.
Entonces la impotencia y la rabia me dolían en el alma, más todavía, que todas las torturas del mundo juntas.
Pero no podía hacer nada, porque ya estaba muerto desde hacía rato y aquel martirio era solamente la antesala del Purgatorio del que tanto hablaban los curas.
Ya mismo iba a comprobar por mí mismo si todas las letanías, rezos y devociones servían para algo. Desde luego esperaba que sí, ya que teniendo la muerte tan cerca no era poco el consuelo que daba pensar en un paraíso y en un cielo.
Luego sucedió todo en un instante, tan rápido y acelerado que apenas me di cuenta de lo que pasaba…
Paco de Jaén, al que le había llegado el turno de que le metiesen la cabeza en el agujero del hielo, sería, para su desgracia, el que menos se enteró de todos.
Los rusos que le sujetaban cabeza abajo cayeron acribillados y allí se quedó el pobre Paco, pataleando como un pollo descabezado hasta que sus pies empezaron primero a batir muy rápidos, golpeteando el hielo con furia, para luego quedarse muy quietos y muy rígidos, temblequear espasmódicamente un par de veces y detenerse para siempre.
Los rusos que le sujetaban cabeza abajo cayeron acribillados y allí se quedó el pobre Paco, pataleando como un pollo descabezado hasta que sus pies empezaron primero a batir muy rápidos, golpeteando el hielo con furia, para luego quedarse muy quietos y muy rígidos, temblequear espasmódicamente un par de veces y detenerse para siempre.
Las lágrimas de rabia y de impotencia se helaron contra mi rostro cuando vi morir, de aquella terrible manera a mi camarada.
Con los primeros tiros el instinto de soldado te empuja a buscar refugio, aunque sea arrastrándote con los dientes, así que junto a Miguel Pedraza, que era el otro compatriota que quedaba vivo, empecé a arrastrarme sobre la nieve en dirección hacia el lugar del que habían salido los disparos, había varios bultos pardos tirados aquí y allá y su sangre creaba pequeños riachuelos y charquitos que brillaban sobre el hielo.
Uno de aquellos bultos llevaba enrollada la manta de mi madre y sin dudar ni un segundo, cambié de dirección y me arrastré hacia él:
- ¿Dónde coño vas, González...? ¡Deja la puta manta!
- ¡No…!
Seguí arrastrándome sobre un costado ya que tenía las manos atadas a la espalda y el hielo se clavaba en mi piel desgarrándola, el aire quemaba en los pulmones y por todas partes se oían silbar las balas, las explosiones de las granadas lo regaban todo de metralla y de nieve licuada y sobre el lago helado se extendían, en ecos mortales, los gritos de los hombres que morían y mataban.
Estaba a dos metros del ruso que me había robado la manta, cuando un alarido espeluznante me hizo mirar hacia atrás.
- ¡No…!
Seguí arrastrándome sobre un costado ya que tenía las manos atadas a la espalda y el hielo se clavaba en mi piel desgarrándola, el aire quemaba en los pulmones y por todas partes se oían silbar las balas, las explosiones de las granadas lo regaban todo de metralla y de nieve licuada y sobre el lago helado se extendían, en ecos mortales, los gritos de los hombres que morían y mataban.
Estaba a dos metros del ruso que me había robado la manta, cuando un alarido espeluznante me hizo mirar hacia atrás.
Dos rusos estaban cosiendo a bayonetazos a Pedraza, que era de Ávila y añoraba sobre todas las cosas del mundo la bellísima Sierra de Gredos.
Las cuchillas entraban y salían de la barriga con los dos soviéticos pinchando como dos máquinas de coser.
Luego, después de dejar al compañero convertido en una masa sanguinolenta, volvieron la mirada hacia donde me arrastraba, los ojos de los soldados brillaban homicidas y, automáticamente, me puse a rezar sabiendo que mi hora había llegado.
Pero quiso Dios -o de nuevo, la suerte- que no fuese así.
Yo nunca he sido especialmente creyente, pero tanto vaivén de la vida y tanta fortuna me estaban haciendo cambiar de idea.
A los rusos de las bayonetas los hizo pedazos el mismísimo Sargento Peláez.
Jamás en mi vida me alegré tanto de verle como aquella mañana.
Había aparecido como un indio caribe entre la arboleda, gritando: ¡Santiago! -cosa curiosa en alguien que fardaba de anarquista-, con las barbas escarchadas, el vaho ocultaba su rostro cosido de cicatrices y los ojos rojos, encendidos de odio, como dos carbones en mitad de unas cuencas hundidas y oscuras como un pozo.
En una mano empuñaba la bayoneta de su máuser, que yo sabía afilada hasta la exageración y en la otra un palo tallado que usaba a modo de maza.
No sé si les había dicho alguna vez que el Sargento Peláez era una bestia salvaje.
Entonces las fuerzas me abandonaron, debió ser la tranquilidad de verme bajo la protección del Sargento, poco a poco la oscuridad me cubrió y las energías se me agotaron de golpe. Me sentí como una bombilla que se apagaba con un último chispazo.
Lo último que vi fue al Sargento que me echaba algo por encima y lo enrollaba alrededor de mi cuerpo.
Las cuchillas entraban y salían de la barriga con los dos soviéticos pinchando como dos máquinas de coser.
Luego, después de dejar al compañero convertido en una masa sanguinolenta, volvieron la mirada hacia donde me arrastraba, los ojos de los soldados brillaban homicidas y, automáticamente, me puse a rezar sabiendo que mi hora había llegado.
Pero quiso Dios -o de nuevo, la suerte- que no fuese así.
Yo nunca he sido especialmente creyente, pero tanto vaivén de la vida y tanta fortuna me estaban haciendo cambiar de idea.
A los rusos de las bayonetas los hizo pedazos el mismísimo Sargento Peláez.
Jamás en mi vida me alegré tanto de verle como aquella mañana.
Había aparecido como un indio caribe entre la arboleda, gritando: ¡Santiago! -cosa curiosa en alguien que fardaba de anarquista-, con las barbas escarchadas, el vaho ocultaba su rostro cosido de cicatrices y los ojos rojos, encendidos de odio, como dos carbones en mitad de unas cuencas hundidas y oscuras como un pozo.
En una mano empuñaba la bayoneta de su máuser, que yo sabía afilada hasta la exageración y en la otra un palo tallado que usaba a modo de maza.
No sé si les había dicho alguna vez que el Sargento Peláez era una bestia salvaje.
Entonces las fuerzas me abandonaron, debió ser la tranquilidad de verme bajo la protección del Sargento, poco a poco la oscuridad me cubrió y las energías se me agotaron de golpe. Me sentí como una bombilla que se apagaba con un último chispazo.
Lo último que vi fue al Sargento que me echaba algo por encima y lo enrollaba alrededor de mi cuerpo.
Era la manta de mi madre…
Al final iba a servirme de mortaja, pensé, luego dejé que la oscuridad me engullera.
6-
6-
¡¡¡FFFFIIIIIIIIIIIIUUUUUUUUUU…!!!
¡¡¡BOOOOOUUUUUUUMMMMM!!!
¡¡¡FFFFIIIIIIIIIIIUUUUUUUUUUU…!!!
¡¡¡BOOOOOUUUUUUUUMMMM!!!
El suelo retumbaba y las camas de campaña, que eran unas simples lonas amarradas a un esqueleto metálico, saltaban y se estremecían con cada impacto.
¡¡¡BOOOOOUUUUUUUMMMMM!!!
¡¡¡FFFFIIIIIIIIIIIUUUUUUUUUUU…!!!
¡¡¡BOOOOOUUUUUUUUMMMM!!!
El suelo retumbaba y las camas de campaña, que eran unas simples lonas amarradas a un esqueleto metálico, saltaban y se estremecían con cada impacto.
Caían los proyectiles cerca, muy cerca y en cadencia de uno o dos zambombazos cada cinco minutos, una minucia si lo comparabas con las descargas, cerradas, interminables y horrorosas que solía disparar la artillería soviética:
- Solamente están afinando, demarcando los sectores de cada batería… Esto es sólo morralla, lo gordo llegará después…
El que me hablaba era un Teniente de Artillería, un hombre maduro de pelo ralo y cráneo tostado por el sol, con los ojos marrones claros limpios, honrados y con un punto de amargura en el fondo de los iris, de vez en cuando aquellas pupilas bajaban hasta los muñones en los que se habían convertido sus piernas, se quedaban allí un instante y luego volvían a mirarme…
Yo me estremecía ante aquella mirada, porque en los ojos del oficial no había resentimiento sino resignación, no había odio ni lástima, solamente estoicismo, solamente la certeza de que le había tocado la china, de que había salido su número en la rifa.
Y el teniente no se quejaba, aquella misma granada que le había segado a él las piernas había convertido en pedacitos sanguinolentos a todos los hombres de su batería.
Y aquello era mucho peor, sí señor, mucho peor.
Igual que los compañeros que se habían subido conmigo a aquellos camiones y de los que, solamente yo, había sobrevivido.
Ellos habían acabado peor, sí señor, mucho peor, porque estaba vivo y entero, tumbado en una cama del hospital y con los huesos despegándose poco a poco el frío, enrollado como un canelón entre ásperas mantas militares y bajo ellas, en íntimo contacto con mi piel, la manta roja y gualda que mi madre me había tejido.
No imaginan cómo calentaba…
De mis pensamientos vino a sacarme la mano vigorosa del oficial mutilado que me ofreció una brillante petaca de plata:
- Solamente están afinando, demarcando los sectores de cada batería… Esto es sólo morralla, lo gordo llegará después…
El que me hablaba era un Teniente de Artillería, un hombre maduro de pelo ralo y cráneo tostado por el sol, con los ojos marrones claros limpios, honrados y con un punto de amargura en el fondo de los iris, de vez en cuando aquellas pupilas bajaban hasta los muñones en los que se habían convertido sus piernas, se quedaban allí un instante y luego volvían a mirarme…
Yo me estremecía ante aquella mirada, porque en los ojos del oficial no había resentimiento sino resignación, no había odio ni lástima, solamente estoicismo, solamente la certeza de que le había tocado la china, de que había salido su número en la rifa.
Y el teniente no se quejaba, aquella misma granada que le había segado a él las piernas había convertido en pedacitos sanguinolentos a todos los hombres de su batería.
Y aquello era mucho peor, sí señor, mucho peor.
Igual que los compañeros que se habían subido conmigo a aquellos camiones y de los que, solamente yo, había sobrevivido.
Ellos habían acabado peor, sí señor, mucho peor, porque estaba vivo y entero, tumbado en una cama del hospital y con los huesos despegándose poco a poco el frío, enrollado como un canelón entre ásperas mantas militares y bajo ellas, en íntimo contacto con mi piel, la manta roja y gualda que mi madre me había tejido.
No imaginan cómo calentaba…
De mis pensamientos vino a sacarme la mano vigorosa del oficial mutilado que me ofreció una brillante petaca de plata:
- ¿Esto es que lo regalan al salir de la Academia?- le pregunté intrigado.
El otro por un momento pareció que no sabía muy bien de lo que le estaba hablando, luego miró un instante la petaquita y comprendió pero no dijo nada, se bebió otro sorbito y me la volvió a ofrecer con una sonrisa dibujada en la cara. Parecía un niño travieso.
- Es que el teniente Ruíz tenía una igual…- le dije y al nombrar al que había sido mi oficial, al mutilado se le entristeció todavía más la mirada, nubes negras que recorrieron su mente, recuerdos recientes que le removían cosas oscuras por dentro, cosas desagradables que provocaron que le diese otro trago a la petaca.
La debe haber dejado lista -pensé- lástima no haber aprovechado y haber catado el licor:
- ¿El Teniente Ruiz de la Espada...?- me preguntó y dentro de mí saltaron cientos de chillonas alarmas .
- Es que el teniente Ruíz tenía una igual…- le dije y al nombrar al que había sido mi oficial, al mutilado se le entristeció todavía más la mirada, nubes negras que recorrieron su mente, recuerdos recientes que le removían cosas oscuras por dentro, cosas desagradables que provocaron que le diese otro trago a la petaca.
La debe haber dejado lista -pensé- lástima no haber aprovechado y haber catado el licor:
- ¿El Teniente Ruiz de la Espada...?- me preguntó y dentro de mí saltaron cientos de chillonas alarmas .
Algo me decía que la funesta premonición de mi joven oficial -"...yo no saldré de Rusia, González..." -se había cumplido.
- Sí…
- Lo mataron hace dos días…
- Descanse en paz… ¿Cómo pasó...?
- Lo de siempre, ataque soviético con carros, infantería y artillería por un tubo. Ruíz y algunos de sus hombres se quedaron copados y resistieron como jabatos hasta que el último hombre cayó sobre la ametralladora que les quedaba. Aquel hombre era el Teniente Ruíz…
De nuevo me ofreció la petaca y esta vez sí que la cogí para vaciarla de un trago.
Al mutilado de guerra no pareció importarle porque volvió a sonreír como un infante, para agarrar la petaca de entre mis manos temblorosas, girarse sobre sí mismo en hábil movimiento y alcanzar algo que ocultaba debajo de la cama.
Estando el oficial en aquella postura pude contemplar, en todos sus horrendos detalles, la piel recosida y rojiza, los moratones y las venas azuladas que iban a morir en los muñones, la horripilante visión de un hombre sin piernas, un hombre que jamás volvería a caminar.
Estando el oficial en aquella postura pude contemplar, en todos sus horrendos detalles, la piel recosida y rojiza, los moratones y las venas azuladas que iban a morir en los muñones, la horripilante visión de un hombre sin piernas, un hombre que jamás volvería a caminar.
El futuro del teniente era más negro que la boca del mortero que lo había lisiado para siempre.
Pero, impasible al desaliento, o sabiendo disimularlo muy bien, sonriendo como si estuviésemos en el Retiro madrileño y no en un sucio y maloliente hospital de campaña del frente del Este, rellenó la petaca con la botella de brandy que escondía bajo la cama y me la pasó con un guiño:
- Es que disimula más la petaca -me dijo con su cara de niño travieso- que estos médicos son peores que los comisarios políticos… ¡Qué he perdido las piernas no el estómago, coño…!
Luego se reía, con risa fuerte y valiente pero un punto amarga, miraba al techo y su mandíbula se endurecía.
Pero, impasible al desaliento, o sabiendo disimularlo muy bien, sonriendo como si estuviésemos en el Retiro madrileño y no en un sucio y maloliente hospital de campaña del frente del Este, rellenó la petaca con la botella de brandy que escondía bajo la cama y me la pasó con un guiño:
- Es que disimula más la petaca -me dijo con su cara de niño travieso- que estos médicos son peores que los comisarios políticos… ¡Qué he perdido las piernas no el estómago, coño…!
Luego se reía, con risa fuerte y valiente pero un punto amarga, miraba al techo y su mandíbula se endurecía.
Bebía entonces sorbito a sorbito, despacio, con los ojos muy lejos de allí, para después regresar de golpe, desde el lugar en el que se encontrase hasta la cama del hospital ofrecerme más licor y volver a bromear sobre los médicos, sobre sus piernas, o la falta de ellas- ¡menos mal, González que los cojones siguen ah!- sobre la guerra, sobre Hitler -y la puta austriaca que lo trajo a éste mundo- y sobre la vida, sus reveses y sus sorpresas.
Así pasamos aquella tarde del mes de enero del año mil novecientos cuarenta y tres el Teniente Gutiérrez de Las Heras, mutilado por la patria y este que les escribe, congelado grave en proceso de recuperación, aunque dos dedos del pie izquierdo, otro del derecho y el meñique de la mano diestra ya no los podría recuperar nadie, ya que me los habían amputado en el acto y arrojado luego junto al montón de brazos y piernas congeladas que había en la parte de atrás del hospital.
Allí estarían también, heladas como carámbanos, las extremidades inferiores del Teniente Gutiérrez, mezcladas entre el batiburrillo de carne congelada que me habían recordado a unos bacalaos que una vez, hacía siglos, vi descargar desde un mercante noruego en el puerto de Bilbao.
Muy pronto me darían el alta y ya no se iba nadie a casa y el relevo se podía solicitar pero nadie te hacía ni puto caso, así que volvería a mi Compañía. No quería por supuesto, quería regresar a mi casa, pero de allí solamente se largaba uno en caja de pino, hecho fosfatina como el Teniente o poco a poco, paso a paso, metro a metro, como siempre se había retirado, cuando se retiraba, la vieja y fiel infantería española.
7-
Hacía tanto frío que los rusos no detenían los motores de sus carros, desde las trincheras los podíamos escuchar ronroneando mientras los soviéticos mantenían calientes los vehículos y se preparaban para el asalto y amontonaban la munición junto a los cañones, se podía escuchar perfectamente el martillear de los artilleros mientras enclavaban las piezas…
Kolpino era un hervidero de rusos afilando las bayonetas.
Todo el mundo sabía que iban a venir, que se lanzarían valientes y decididos a por el pueblo de Krasny Bor, para romper el cerco de San Petersburgo, la antigua, hecha pedazos y hambrienta ciudad de los zares.
Allí estarían también, heladas como carámbanos, las extremidades inferiores del Teniente Gutiérrez, mezcladas entre el batiburrillo de carne congelada que me habían recordado a unos bacalaos que una vez, hacía siglos, vi descargar desde un mercante noruego en el puerto de Bilbao.
Muy pronto me darían el alta y ya no se iba nadie a casa y el relevo se podía solicitar pero nadie te hacía ni puto caso, así que volvería a mi Compañía. No quería por supuesto, quería regresar a mi casa, pero de allí solamente se largaba uno en caja de pino, hecho fosfatina como el Teniente o poco a poco, paso a paso, metro a metro, como siempre se había retirado, cuando se retiraba, la vieja y fiel infantería española.
7-
Hacía tanto frío que los rusos no detenían los motores de sus carros, desde las trincheras los podíamos escuchar ronroneando mientras los soviéticos mantenían calientes los vehículos y se preparaban para el asalto y amontonaban la munición junto a los cañones, se podía escuchar perfectamente el martillear de los artilleros mientras enclavaban las piezas…
Kolpino era un hervidero de rusos afilando las bayonetas.
Todo el mundo sabía que iban a venir, que se lanzarían valientes y decididos a por el pueblo de Krasny Bor, para romper el cerco de San Petersburgo, la antigua, hecha pedazos y hambrienta ciudad de los zares.
Tan claro estaba el asunto, aquella fría noche de febrero, que el Capitán Miranda le había pedido al Páter que nos bendijese a todos.
Yo creo que les había dado apuro darnos la Extremaunción, aunque todos sospechábamos que, la Misa y la Comunión de aquella noche, hacían el mismo avío.
La muerte planeaba sobre todos nosotros y aquella noche de febrero la banda sonora la ponían los rusos con sus martillos, sus preparativos y sus risas anegadas de vodka.
Cuando salí del hospital el Batallón de Regreso estaba al completo y yo debería esperar al próximo, si es que había algún otro.
El Teniente De Las Heras sí que embarcó, con su sempiterna sonrisa y sus muñones horribles.
A la patria regreso -me dijo- que tengas mucha suerte González…
Y me regaló su petaca de plata mientras nos miraba a los que nos quedábamos con envidia:
- Dos piernas nuevas daría por quedarme a pelear con vosotros…
Luego el tren hizo “chú-chú”, como en la canción, para alejarse entre la humareda con los camaradas relevados y los heridos de dentro que regresaban a España cantando a pleno pulmón.
No imaginan la envidia que me dieron.
A mi lado el Sargento Peláez mordisqueaba un trozo de pan duro que chupeteaba hasta poder reblandecerlo para luego engullirlo con parsimonia, aquella era su dieta principal, pan duro, aguardiente de cualquier clase y sangre de ruso.
No había querido regresar a España con ningún relevo y junto a mí era de los pocos que quedaban de los que habíamos llegado a Grafenwort -o como coño se dijese- aquel día ya tan lejano de mil novecientos cuarenta y uno:
- Nos vamos a tragar los tres actos, González -me dijo entre dos mordiscos
- Con entremeses y todo, mi Sargento…
Los guripas recién llegados me miraban con mucho respeto, además me habían ascendido a Cabo y los tres galones rojos, aparte de las noticias y los rumores que sobre mí circulaban, hacían que para los recién llegados mis órdenes fuesen como las del Papa y las del Sargento como las del mismo Dios.
En mi cabeza, a aquellas alturas de la película, el único deseo que me acuciaba era el de mantenerme vivo y regresar a casa, en dónde mi madre se estaría retorciendo las viejas y arrugadas manos por la angustia, mientras el Tío Emilio esperaba paciente heredar una hacienda que jamás le había importado un carajo, pero que ahora, muerto mi padre, en Rusia yo y su hermana vieja y desvalida, pasaría sin duda a sus manos.
Tenía él que haber venido a Rusia…
- Con entremeses y todo, mi Sargento…
Los guripas recién llegados me miraban con mucho respeto, además me habían ascendido a Cabo y los tres galones rojos, aparte de las noticias y los rumores que sobre mí circulaban, hacían que para los recién llegados mis órdenes fuesen como las del Papa y las del Sargento como las del mismo Dios.
En mi cabeza, a aquellas alturas de la película, el único deseo que me acuciaba era el de mantenerme vivo y regresar a casa, en dónde mi madre se estaría retorciendo las viejas y arrugadas manos por la angustia, mientras el Tío Emilio esperaba paciente heredar una hacienda que jamás le había importado un carajo, pero que ahora, muerto mi padre, en Rusia yo y su hermana vieja y desvalida, pasaría sin duda a sus manos.
Tenía él que haber venido a Rusia…
Hasta al General Muñoz habían enviado a casa con el relevo, ahora otro General, Esteban Infantes, nos mandaba. Menudo marronazo que le había caído, al pobre.
Porque los rusos habían estado acumulando reservas y material sin descanso desde la última ofensiva que les habíamos fastidiado.
Pero claro, como lo que les sobraba a los soviéticos eran cañones y tanques y gente para lanzarse al asalto por millares, pues a una ofensiva brutal le sucedía otra y luego otra y así hasta que vencían.
En combate el Ejército Rojo te apabullaba, te ahogaba por su número ingente, por la ola de gente, de tanques y de bombas que se lanzaban contra ti.
Porque los rusos habían estado acumulando reservas y material sin descanso desde la última ofensiva que les habíamos fastidiado.
Pero claro, como lo que les sobraba a los soviéticos eran cañones y tanques y gente para lanzarse al asalto por millares, pues a una ofensiva brutal le sucedía otra y luego otra y así hasta que vencían.
En combate el Ejército Rojo te apabullaba, te ahogaba por su número ingente, por la ola de gente, de tanques y de bombas que se lanzaban contra ti.
Pero nosotros éramos españoles, como decía el Capitán Huidobro, que iba el hombre por todo el campamento gritando: ¡No pasarán!, como habían dicho los rojos -que al fin y al cabo eran españoles- durante la batalla de Madrid.
Cuando el Capitán gritaba muchos lo miraban riéndose, otros lo miraban como si el oficial estuviese loco de remate, algunos con desprecio mal disimulado, pero a todos, a todos sin excepción, se nos hacía un nudo en el pecho y se nos apretaban los huevos contra el culo cuando oíamos aquello tan sencillo y tan cierto:
“¡Qué somos españoles, coño!”…
Cuando el Capitán gritaba muchos lo miraban riéndose, otros lo miraban como si el oficial estuviese loco de remate, algunos con desprecio mal disimulado, pero a todos, a todos sin excepción, se nos hacía un nudo en el pecho y se nos apretaban los huevos contra el culo cuando oíamos aquello tan sencillo y tan cierto:
“¡Qué somos españoles, coño!”…
Y era verdad, llevaba razón el Capitán Huidobro: ¡No pasarían!
El Sargento Peláez resumía el sentir de la tropa cuando se cruzaba con el Capitán.
El Sargento Peláez resumía el sentir de la tropa cuando se cruzaba con el Capitán.
El viejo y feroz suboficial, ex regular, ex legionario y ex miliciano, se cuadraba muy marcial con las hirsutas barbas heladas que le llegaban al pecho y gritaba:
- ¡Olé sus cojones, mi Capitán!… ¡No pasará ni uno!
Enrollado en mi manta rojigualda, que estaba manchada con la sangre del ruso que me la había quitado, sucia de barro y quemada en una esquina por algún fogonazo, contemplaba el campo enemigo que estaba a tres escasos kilómetros.
El río Ishora levantaba brumas heladas aquella madrugada del diez de febrero del año mil novecientos cuarenta y tres.
- ¡Olé sus cojones, mi Capitán!… ¡No pasará ni uno!
Enrollado en mi manta rojigualda, que estaba manchada con la sangre del ruso que me la había quitado, sucia de barro y quemada en una esquina por algún fogonazo, contemplaba el campo enemigo que estaba a tres escasos kilómetros.
El río Ishora levantaba brumas heladas aquella madrugada del diez de febrero del año mil novecientos cuarenta y tres.
No sé si les he comentado alguna vez que en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones, como en las sierras de mi tierra, pero con mucha, muchísima más mala leche.
Tenía la petaca casi acabada, el Teniente De Las Heras -sus iniciales estaban grabadas en el metal- estaría ya en Alemania o camino de España.
A mi mente llegaron entonces como un relámpago las imágenes de los muñones que eran ahora sus piernas. Dos masas horripilantes azules y rojas con la piel recosida, dos informes pedazos de carne y de hueso aserrado.
Recé a Dios para no verme de aquella manera, mutilado para el resto de mi vida, pues por muy gloriosas que fuesen mis heridas, por muy valerosa y sacrificada que hubiese sido mi acción defendiendo mi patria, aquella vieja alcahueta desagradecida y olvidadiza me pagaría solamente con las miradas de pena y de desprecio de mis paisanos, con una vida relegada a ser el tullido del pueblo, que malviviría de limosnas y al que, una vez al año, cuando el aniversario de lo que fuese, sacarían a pasear como a un puto mono de feria.
Tenía la petaca casi acabada, el Teniente De Las Heras -sus iniciales estaban grabadas en el metal- estaría ya en Alemania o camino de España.
A mi mente llegaron entonces como un relámpago las imágenes de los muñones que eran ahora sus piernas. Dos masas horripilantes azules y rojas con la piel recosida, dos informes pedazos de carne y de hueso aserrado.
Recé a Dios para no verme de aquella manera, mutilado para el resto de mi vida, pues por muy gloriosas que fuesen mis heridas, por muy valerosa y sacrificada que hubiese sido mi acción defendiendo mi patria, aquella vieja alcahueta desagradecida y olvidadiza me pagaría solamente con las miradas de pena y de desprecio de mis paisanos, con una vida relegada a ser el tullido del pueblo, que malviviría de limosnas y al que, una vez al año, cuando el aniversario de lo que fuese, sacarían a pasear como a un puto mono de feria.
Sin embargo cuando pensaba en desertar y largarme con los rusos, como ya habían hecho algunos, algo dentro de las tripas se me retorcía tanto que me dejaba paralizado y sin aliento. Dentro de la cabeza una voz me gritaba traidor, perro, cobarde y me susurraba que no merecería si desertara, el título de español, que allí ostentábamos todos como máximo orgullo.
Era tan fuerte la sensación como un disparo e igual de dolorosa, aquel sentimiento que me invadía cuando pensaba en arrojar el fusil, tirar el casco y correr hacia la líneas rusas.
En las noches de centinela solitaria, cuando era más sencillo escaparse y lo imaginaba arrobado por el frío, la sensación de vértigo era tan fuerte que alguna vez hasta había vomitado, y luego al acabar la guardia, el regusto amargo en la garganta duraba hasta bien entrada la mañana, hasta que veía izarse la vieja bandera y el sentimiento de orgullo barría al egoísmo y a la cobardía.
Allí estabas junto a tus hermanos, lejos de casa y luchando por las vidas de todos, protegiéndose los unos a los otros, españoles en territorio hostil, españoles solos que solamente tenían la espalda de otro español para poder apoyarse y subsistir.
Y aquel sentimiento de hermandad y de patria nos hacía fuertes y peligrosos.
A las seis de la mañana llegó mi relevo, era un guripa recién llegado con los ojos fanáticos, dispuesto a comerse a todos los comunistas del mundo.
Un hijo de papá que quería ganar puntos para su expediente, para que después, bien colocado en algún puesto importante, no le echasen en cara que estaba dónde estaba gracias a su padre.
Al menos había tenido los cojones de alistarse en la División.
Aquel muchacho, que tendría mi edad, yo acababa de cumplir los veintiún años, tenía ojos de soñar con medallas y menciones y allí se quedó muy atento, soltando vaho por la boca y soplándose las manos intentando calentárselas, cosa imposible en Rusia en donde hasta el aire de los pulmones sale helado como la muerte.
En las noches de centinela solitaria, cuando era más sencillo escaparse y lo imaginaba arrobado por el frío, la sensación de vértigo era tan fuerte que alguna vez hasta había vomitado, y luego al acabar la guardia, el regusto amargo en la garganta duraba hasta bien entrada la mañana, hasta que veía izarse la vieja bandera y el sentimiento de orgullo barría al egoísmo y a la cobardía.
Allí estabas junto a tus hermanos, lejos de casa y luchando por las vidas de todos, protegiéndose los unos a los otros, españoles en territorio hostil, españoles solos que solamente tenían la espalda de otro español para poder apoyarse y subsistir.
Y aquel sentimiento de hermandad y de patria nos hacía fuertes y peligrosos.
A las seis de la mañana llegó mi relevo, era un guripa recién llegado con los ojos fanáticos, dispuesto a comerse a todos los comunistas del mundo.
Un hijo de papá que quería ganar puntos para su expediente, para que después, bien colocado en algún puesto importante, no le echasen en cara que estaba dónde estaba gracias a su padre.
Al menos había tenido los cojones de alistarse en la División.
Aquel muchacho, que tendría mi edad, yo acababa de cumplir los veintiún años, tenía ojos de soñar con medallas y menciones y allí se quedó muy atento, soltando vaho por la boca y soplándose las manos intentando calentárselas, cosa imposible en Rusia en donde hasta el aire de los pulmones sale helado como la muerte.
Eran más o menos las siete menos cuarto de la mañana cuando el estruendo me despertó, había caído sobre mi mugriento rincón del refugio y me había quedado dormido al instante, tras haberme calentado las tripas con el último trago de la petaca.
El infierno había caído sobre nosotros.
Aquello no era una preparación artillera, aquello era el dios Zeus lanzando rayos y la tierra temblaba y el cielo temblaba…
Aquello no era una preparación artillera, aquello era el dios Zeus lanzando rayos y la tierra temblaba y el cielo temblaba…
Dentro del agujero rezaba ya que no podía hacer otra cosa, mientras llovía del cielo la muerte, sin descanso, sin pausa, regando de fuego y de metralla nuestras líneas y nuestras trincheras, cada centímetro de ellas.
La nieve se derritió convirtiéndolo todo en lodazal, las trincheras quedaron despedazadas, hechas añicos las posiciones y volatilizados los hombres.
El mundo parecía derrumbarse mientras a mi alrededor gritaban los camaradas con las gargantas que se les llenaban de la arena que no dejaba de caer del techo, con los ojos desorbitados bañados en lágrimas, el sudor convertido en fango que se pegaba a la piel y el olor del miedo, acre y pesado, que llenaba el pequeño refugio.
¡BOOM!, ¡BAAAUMMMM!, ¡BAUMM!, ¡BOOOOOOOOOOUUUUMMMMM!
Uno tras otro caían los pepinazos soviéticos de todos los calibres y sin otro objetivo que el de no dejar metro de terreno sin batir, con la intención de enterrarnos vivos a todos, los hideputas.
La nieve se derritió convirtiéndolo todo en lodazal, las trincheras quedaron despedazadas, hechas añicos las posiciones y volatilizados los hombres.
El mundo parecía derrumbarse mientras a mi alrededor gritaban los camaradas con las gargantas que se les llenaban de la arena que no dejaba de caer del techo, con los ojos desorbitados bañados en lágrimas, el sudor convertido en fango que se pegaba a la piel y el olor del miedo, acre y pesado, que llenaba el pequeño refugio.
¡BOOM!, ¡BAAAUMMMM!, ¡BAUMM!, ¡BOOOOOOOOOOUUUUMMMMM!
Uno tras otro caían los pepinazos soviéticos de todos los calibres y sin otro objetivo que el de no dejar metro de terreno sin batir, con la intención de enterrarnos vivos a todos, los hideputas.
Al poco rato, “La Parrala”, que así llamábamos a la aviación enemiga, se sumaba también al ataque, los bombarderos en picado daban pasadas ametrallando el suelo y dejando caer sus bombas en los pocos huecos que dejaba la artillería, que seguía a lo suyo dispara que te dispara, se ve que el camarada Estalin tenía sobrante de municiones.
Perdí la noción del tiempo y del espacio, me retumbaba la cabeza y apenas sabía dónde me encontraba, me miraba las manos que me temblaban y que apenas podía reconocer como propias, a mi alrededor podía sentir más que ver los bultos encogidos que eran ahora mis camaradas, llenos de polvo y mierda, temblando acurrucados unos contra otros, con rosarios entre las manos y los dientes y los huevos apretados esperando la bomba que nos mandase a todos al infierno.
Perdí la noción del tiempo y del espacio, me retumbaba la cabeza y apenas sabía dónde me encontraba, me miraba las manos que me temblaban y que apenas podía reconocer como propias, a mi alrededor podía sentir más que ver los bultos encogidos que eran ahora mis camaradas, llenos de polvo y mierda, temblando acurrucados unos contra otros, con rosarios entre las manos y los dientes y los huevos apretados esperando la bomba que nos mandase a todos al infierno.
Una de las veces que abrí los ojos, sólo pensaba en mi madre y en los paseos que daba con mi padre, asesinado por aquellos mismos comunistas que ahora me arrojaban todas las bombas del mundo, estaba ante mí el Sargento Peláez.
Podía ver su boca moverse con los dientes amarillentos y grandes como los de un caballo muy cerca de mi cara, pero tan sólo oía un pitido continuo, como el silbato de los marineros pero mucho más intenso.
El Sargento me tenía agarrado de la pechera y me zarandeaba, me sentía un muñeco de trapo entre sus manazas, pero solamente cuando me arreó un guantazo pude empezar a escuchar una voz lejana, atenuada todavía por el pitido, que me decía:
- ¡González, González!... ¡Vamos Cabo, a dar la cara, coño, vamos “joputa”!,que no puedes dejarme solo… -pero yo no reaccionaba, seguía entre las nieblas, atontado por el bombardeo.
- ¡Me cago en la manta que te tejió tu puta madre, González!
Aquello lo pude escuchar perfectamente y mi puño se lanzó automático hacia el rostro del Sargento.
Dentro de la barriga el caos y la desorientación y en las orejas el pitido se tornaron en una oscura y lúcida mala leche que recorrió todo mi cuerpo como un calambrazo.
Sin embargo el Sargento Peláez que era perro viejo, atajó el golpe, sonrió, me palmeó afectuoso el hombro, levantando una pequeña polvareda al hacerlo, y me dijo:
- Así me gusta, González… ¡Venga, a matar comunistas…!
Cuando se levantó le pateó el culo a otros dos soldados que, como yo, estaban aturdidos y llenos de escombros y sin saber muy bien quién era aquella bestia verdosa que se les arrojaba encima gritando:
-¡Venga mariconas!... ¡Que no se diga que los españoles no sabemos morir…!
Cuando salí del refugio me quedé desolado.
Nada era reconocible, ni trincheras ni pozos de tirador ni búnkers ni nada…
Una masa informe de tierra removida y de cráteres de artillería eran ahora las posiciones españolas.
De la tierra asomaban algunos restos destrozados de los pocos vehículos de los que disponíamos y las retorcidas puntas de los cañones anticarro, posiciones aquellas batidas con mortal preferencia y eficacia por los rusos.
Había restos humanos por todas partes, trozos de camaradas repartidos aquí y allá, una pierna, un torso, una cabeza, media mano, unas tripas, montones rojizos y malolientes que horas antes habían sido compañeros, camaradas, compatriotas…
Las tripas se te revolvían, los guripas nuevos, poco acostumbrados a la casquería de la guerra echaban hasta los calostros con que los habían alimentado sus madres y hasta el duro Sargento Peláez había perdido el color cuando al salir del agujero había contemplado con sus ojillos astutos el horror y el caos absoluto en el que se habían convertido nuestras posiciones defensivas.
Luego se escuchó un alarido enorme de cuarenta mil gargantas enemigas que gritaban: “¡Hurra!” y “¡Povieda!” y también que nos iban a arrancar los huevos a todos los que encontrasen, si es que encontraban alguno, pues hasta ellos mismos estaban anonadados después de las tres horas consecutivas de bombardeo combinado de artillería y de aviación.
Las tripas se te revolvían, los guripas nuevos, poco acostumbrados a la casquería de la guerra echaban hasta los calostros con que los habían alimentado sus madres y hasta el duro Sargento Peláez había perdido el color cuando al salir del agujero había contemplado con sus ojillos astutos el horror y el caos absoluto en el que se habían convertido nuestras posiciones defensivas.
Luego se escuchó un alarido enorme de cuarenta mil gargantas enemigas que gritaban: “¡Hurra!” y “¡Povieda!” y también que nos iban a arrancar los huevos a todos los que encontrasen, si es que encontraban alguno, pues hasta ellos mismos estaban anonadados después de las tres horas consecutivas de bombardeo combinado de artillería y de aviación.
Quedábamos con vida cuarenta españoles de distintas unidades, unos de aquí, otros de allá, unos traían un mortero, otros, minas, aquellos una ametralladora y munición y cada cual tenía sus granadas y su fusil. Eso era todo.
Cuarenta españolitos bajo el mando de un Sargento y un Cabo, pues el refugio de los oficiales era ahora un enorme boquete sanguinolento en mitad la tierra.
A tres kilómetros de nuestra posición los carros soviéticos se pusieron en marcha y detrás una masa inacabable de uniformes pardos.
La tierra temblaba cuando hasta nosotros llegaron las vibraciones de las cadenas, durante un instante nos quedamos todos petrificados, mirando como imbéciles la enorme avalancha de fuerzas que se abatía sobre nosotros:
- ¡Dios nos asista... !-dijo alguien.
Y en gesto automático, los cuarenta españoles que mirábamos al enemigo que se aproximaba, nos persignamos y dijimos “Amén”, tan al unísono, tan juntas nuestras almas, que llenando el aire todavía aquellas palabras sagradas, nos miramos unos a otros y sonreímos.
Después un tanque hizo el primer disparo que se llevó por delante a dos o tres camaradas, luego el Sargento Peláez gritó: ¡Viva España! y se lanzó corriendo directo hacia el enemigo.
¡Está loco, nos van a hacer pedazos! -pensaba mientras echaba a correr tras el Sargento y detrás nuestro se lanzaban los otros treinta y pico españoles, gritando que sí que: ¡Viva España!, y que vivan nuestros cojones!
- ¡Dios nos asista... !-dijo alguien.
Y en gesto automático, los cuarenta españoles que mirábamos al enemigo que se aproximaba, nos persignamos y dijimos “Amén”, tan al unísono, tan juntas nuestras almas, que llenando el aire todavía aquellas palabras sagradas, nos miramos unos a otros y sonreímos.
Después un tanque hizo el primer disparo que se llevó por delante a dos o tres camaradas, luego el Sargento Peláez gritó: ¡Viva España! y se lanzó corriendo directo hacia el enemigo.
¡Está loco, nos van a hacer pedazos! -pensaba mientras echaba a correr tras el Sargento y detrás nuestro se lanzaban los otros treinta y pico españoles, gritando que sí que: ¡Viva España!, y que vivan nuestros cojones!
El Sargento llega hasta una pequeña loma en la que, un impacto de artillería había formado un gran cráter justo en la cima, formándose una especie de baluarte natural, de bastión que nos protegía un poco del fuego enemigo:
- ¡Aquí una máquina, allí la otra, fuego, fuegoooo…!- Peláez era una bestia desatada que dirigía la defensa
Porque los primeros rusos estaban muy encima y sobre nosotros caían las balas como el granizo. Los carros habían fijado todas sus miras en nosotros.
Un carro subía por la pequeña ladera exponiendo la panza, el fuego enemigo resultaba terrible pero el nuestro no lo es menos, con las ametralladoras tan al rojo que ni meándolas conseguíamos enfriarlas.
El carro ruso sigue subiendo la ladera, inapelable, entonces veo cómo dos de los guripas nuevos, que llevan entre las manos sendas minas anticarro, se arrastran ladera abajo, a uno lo acribillan nada más asomar y se queda allí tirado panza arriba y con los ojos muy abiertos, pero el compañero consigue llegar hasta el tanque enemigo, pega la mina al metal, arranca el seguro y estalla en mil pedazos junto con el tanque, que empieza a arder y del que salen gritos espeluznantes.
Nos quedamos todos cuajados como el requesón contemplando el sacrificio de nuestro camarada, pero su gesto nos enardece y nos da fuerzas para resistir el asalto de la infantería a la que tenemos encima por decenas… Llegan gritando como salvajes.
Es inenarrable el combate cuerpo a cuerpo… Espeluznante.
Hombres que se matan como bárbaros y contra más sangre mejor.
Te conviertes en una bestia, una bestia que mata y mata hasta que otra bestia acaba con ella. Peleas con el fusil, con la bayoneta, con las manos y con los dientes, entre sangre y gritos, solamente sangre y gritos y bultos que llegan hasta dónde estás y los agarras y te enzarzas con aquellos bultos en una pelea a muerte, sin piedad ni cuartel.
Matar o morir, todo se reduce a eso.
Y aquella mañana del diez de febrero los españoles de la improvisada posición íbamos a morir todos, nadie esperaba salvación alguna, pero moriríamos matando.
Y de esta manera logramos contener a los rusos hasta más allá de la una del mediodía.
No teníamos radio ni noticias de las demás posiciones españolas, copados por el enemigo, que no dejaba de atacarnos y de querer tomar aquel pequeño reducto que se negaba a entregarse, aquel puñado de españoles habíamos decidido que aquel cráter sería nuestra sepultura.
Y de repente, empezó el bombardeo propio…
Las pocas posiciones artilleras que debían quedar intactas, o la retaguardia o vaya usted a saber quién era, empezó a hacer fuego sobre nuestra posición.
Supongo que nadie se esperaba que estuviésemos resistiendo treinta españoles locos en aquel cráter. Pero allí estábamos.
Y la artillería alemana nos estaba machacando, los pepinazos ya se habían llevado por delante a algunos camaradas.
Entonces el Sargento Peláez se quedó mirándome muy fijo.
La manta, me dijo.
Y yo tardé un momento en entender…
¡Claro!, la manta roja y gualda que me había tejido mi madre y que conocía todo Cristo en la División, siendo historieta adornada que se contaba a los reclutas.
- A los soviéticos no les va a gustar ver ondear una bandera, mi Sargento…
El carro ruso sigue subiendo la ladera, inapelable, entonces veo cómo dos de los guripas nuevos, que llevan entre las manos sendas minas anticarro, se arrastran ladera abajo, a uno lo acribillan nada más asomar y se queda allí tirado panza arriba y con los ojos muy abiertos, pero el compañero consigue llegar hasta el tanque enemigo, pega la mina al metal, arranca el seguro y estalla en mil pedazos junto con el tanque, que empieza a arder y del que salen gritos espeluznantes.
Nos quedamos todos cuajados como el requesón contemplando el sacrificio de nuestro camarada, pero su gesto nos enardece y nos da fuerzas para resistir el asalto de la infantería a la que tenemos encima por decenas… Llegan gritando como salvajes.
Es inenarrable el combate cuerpo a cuerpo… Espeluznante.
Hombres que se matan como bárbaros y contra más sangre mejor.
Te conviertes en una bestia, una bestia que mata y mata hasta que otra bestia acaba con ella. Peleas con el fusil, con la bayoneta, con las manos y con los dientes, entre sangre y gritos, solamente sangre y gritos y bultos que llegan hasta dónde estás y los agarras y te enzarzas con aquellos bultos en una pelea a muerte, sin piedad ni cuartel.
Matar o morir, todo se reduce a eso.
Y aquella mañana del diez de febrero los españoles de la improvisada posición íbamos a morir todos, nadie esperaba salvación alguna, pero moriríamos matando.
Y de esta manera logramos contener a los rusos hasta más allá de la una del mediodía.
No teníamos radio ni noticias de las demás posiciones españolas, copados por el enemigo, que no dejaba de atacarnos y de querer tomar aquel pequeño reducto que se negaba a entregarse, aquel puñado de españoles habíamos decidido que aquel cráter sería nuestra sepultura.
Y de repente, empezó el bombardeo propio…
Las pocas posiciones artilleras que debían quedar intactas, o la retaguardia o vaya usted a saber quién era, empezó a hacer fuego sobre nuestra posición.
Supongo que nadie se esperaba que estuviésemos resistiendo treinta españoles locos en aquel cráter. Pero allí estábamos.
Y la artillería alemana nos estaba machacando, los pepinazos ya se habían llevado por delante a algunos camaradas.
Entonces el Sargento Peláez se quedó mirándome muy fijo.
La manta, me dijo.
Y yo tardé un momento en entender…
¡Claro!, la manta roja y gualda que me había tejido mi madre y que conocía todo Cristo en la División, siendo historieta adornada que se contaba a los reclutas.
- A los soviéticos no les va a gustar ver ondear una bandera, mi Sargento…
- ¡Que se jodan los rusos, González!... Al final va atener razón el teniente Ruíz… ¿Te acuerdas…?
Yo me acordaba perfectamente de las palabras del oficial aquella noche de guardia junto al Volchov: “...Puede servir de bandera...”, había dicho, y había acertado, igual que había acertado cuando dijo que él no saldría jamás de Rusia.
Yo me acordaba perfectamente de las palabras del oficial aquella noche de guardia junto al Volchov: “...Puede servir de bandera...”, había dicho, y había acertado, igual que había acertado cuando dijo que él no saldría jamás de Rusia.
Se le había olvidado avisarnos de que, de allí, no saldríamos ninguno.
Busqué un trozo de madera que me sirviese de mástil y me costó poco trabajo encontrarlo aunque casi me matan por alcanzarlo.
Seguían cayendo los bombazos, pero, gracias a Dios, la artillería propia era mucho menos numerosa que la enemiga, aunque no menos efectiva ni mortal.
Volaban también las balas rusas y la metralla por todas partes, dos carros Kauve habían reventado en mil pedazos alcanzados de lleno y muy cerca de la cresta de nuestra posición.
Entre toda aquella humareda y toda aquella carnicería, primero tímida para después flamear orgullosa, izamos la manta rojigualda sobre aquel campo de horror y muerte en que se había convertido el frente de Krasny Bor.
Un grito de veinte gargantas sedientas resonó por encima de la batalla:
¡¡¡VIVA ESPAÑAAAAAAAAA!!!
La artillería propia, que nos machacaba, cesó el fuego al instante y los veinte españoles que quedábamos vivos nos hincamos de rodillas bajo aquella bandera improvisada.
En el aire se olía la pólvora, el combustible quemado, la carne destrozada y la sangre coagulándose mientras los veinte españoles que quedábamos con vida nos mirábamos unos a otros estoicos y resignados.
Busqué un trozo de madera que me sirviese de mástil y me costó poco trabajo encontrarlo aunque casi me matan por alcanzarlo.
Seguían cayendo los bombazos, pero, gracias a Dios, la artillería propia era mucho menos numerosa que la enemiga, aunque no menos efectiva ni mortal.
Volaban también las balas rusas y la metralla por todas partes, dos carros Kauve habían reventado en mil pedazos alcanzados de lleno y muy cerca de la cresta de nuestra posición.
Entre toda aquella humareda y toda aquella carnicería, primero tímida para después flamear orgullosa, izamos la manta rojigualda sobre aquel campo de horror y muerte en que se había convertido el frente de Krasny Bor.
Un grito de veinte gargantas sedientas resonó por encima de la batalla:
¡¡¡VIVA ESPAÑAAAAAAAAA!!!
La artillería propia, que nos machacaba, cesó el fuego al instante y los veinte españoles que quedábamos vivos nos hincamos de rodillas bajo aquella bandera improvisada.
En el aire se olía la pólvora, el combustible quemado, la carne destrozada y la sangre coagulándose mientras los veinte españoles que quedábamos con vida nos mirábamos unos a otros estoicos y resignados.
Las voces del enemigo, que había redoblado su ánimo al ver izarse aquella extraña enseña, se habían multiplicado por mil y volvieron a retumbar contra la tierra las cadenas de los carros...
La mano me dolía horrores de sujetar el retroceso de la ametralladora pero aguanté hasta terminar la última cinta, con el cañón ya casi torcido, para luego ponerme de pie con la bayoneta en la mano.
La mano me dolía horrores de sujetar el retroceso de la ametralladora pero aguanté hasta terminar la última cinta, con el cañón ya casi torcido, para luego ponerme de pie con la bayoneta en la mano.
Los rusos inundaban el cráter…
Sobre nosotros, mientras matábamos y moríamos ondeaba la manta roja y gualda que mi madre me había tejido en la lejana y querida España.
A su lado el Sargento Peláez manejaba su estaca con furia y junto a él vi caer a los últimos compatriotas.
Acuchillando sin parar me fui acercando hasta ellos, para poder morir bajo aquella bandera y al lado de mis camaradas.
Aquellos soldados valientes conocidos en el orbe entero como españoles…
FIN
© A. Villegas Glez. /2012
Lámina: Krasny Bor. Augusto Ferrer Dalmau.
Acuchillando sin parar me fui acercando hasta ellos, para poder morir bajo aquella bandera y al lado de mis camaradas.
Aquellos soldados valientes conocidos en el orbe entero como españoles…
FIN
© A. Villegas Glez. /2012
Lámina: Krasny Bor. Augusto Ferrer Dalmau.
jueves, 5 de marzo de 2015
EL CRÁTER. I
1-
¡Qué frío hacía…!
Igual que en mi tierra pero con más mala leche…
Nunca pude imaginar que en Rusia hiciese más frío que en el helado Teruel, esta debe ser la razón por la que los “rusquis” consumen vodka a hectolitros y también será porque no tienen otra cosa con la que acallar los rugidos hambrientos de sus tripas.
Se cuenta que en Leningrado se están comiendo a los muertos… ¡Rediós, pobre gente!
Los rusos me recuerdan mucho a nosotros mismos: hambrientos, famélicos, empobrecidos y despreciados por todo el mundo pero, aquí están, defendiendo su tierra con valor y determinación.
Por eso es quizá por lo que hemos congeniado tan bien con ellos. Nos respetan pues han aprendido que somos muy diferentes de los brutales y arrogantes alemanes que se creen los amos del mundo.
Los españoles hacemos buenas migas con todo Cristo y, a pesar de que somos como somos allí en casa, lejos de la patria todas las rencillas se olvidan y las cicatrices sanan como por ensalmo, ya que no existe mejor Bálsamo de Fierabrás, para curar nuestra endémica costumbre de matarnos y pelearnos entre nosotros, que tener a mano a algún enemigo.
Que ya lo había dicho el mismísimo Napoleón en persona tras cuando haber salido escaldado de España: “Les dí a ésos bestias una razón y un motivo para que se uniesen, y unidos los españoles resultan invencibles…”
Y era verdad…
Me había alistado en la División, aparte de por tener más hambre que el perro del afilador, igual que estaban todos los demás españoles, porque el hambre no entendía de colores ni de ideas políticas, también resultaba que tenía un Tío, hermano de mi madre, que había sido “rojo” y estado en lo del Ebro y en otras escabechinas.
Al Tío Emilio lo iban a encerrar unos cuantos años y eso que solamente era un pobre infeliz al que le había pillado la guerra en un lado y no en el otro.
Pero las cosas eran así, en el otro bando, mientras hubo otro bando, los asuntos no se resolvían de manera distinta.
El caso es que se certificaba que a los voluntarios que fuesen a Rusia se les iban a perdonar todos los pecadillos políticos del pasado, quedando él y su familia, limpios de polvo y paja.
De momento nos ha encerrado en los cuarteles y puesto en estado de alerta.
¡A saber qué es lo que pasa!
Radio Macuto dice que nos vamos al frente de Moscú, para tomar la Plaza Roja y devolver la visita a los comisarios políticos que habían estado en España y que se convirtieron en el terror de amigos y de enemigos.
También había rumores de que nos iban a hacer División Motorizada, pero se quedaron en eso, en rumores.
Tras un muy corto viaje en tren, llegamos hasta una aldeucha polaca de la que no recuerdo ni el nombre en la que nos estaban esperando
Fue muy jodida aquella inacabable marcha desde Polonia hasta los arrabales de Leningrado, porque resultaba que a Moscú ya no íbamos ni nosotros ni nadie.
Ya era inalcanzable la capital de los rusos para los exhaustos alemanes.
El polvo y treinta kilos de equipo fueron nuestros compañeros, polvo amarillo que te cubría por entero y que, en otoño -que nos pilló a medio camino- se convirtió en un barrizal intransitable en cuanto cayeron las primeras cuatro gotas.
Tres decenas de compatriotas se habían quedado por el camino, agotados, reventados, con la nostalgia de la patria en los labios y dos paladas de tierra extraña sobre el rostro:
Los alemanes, que se han atascado en su avance, no dejan de asombrándose por nuestro valor y el desprecio por la muerte de la que hacemos gala los soldados españoles.
A despecho del inminente invierno -que ya se empezaba a sentir con las primeras heladas y con las primeras nieves- pese a los botes de playa con los que tuvimos que cruzar el río, los españoles habíamos tomado la cabeza de puente y allí nos quedamos defendiéndola, mientras que la todopoderosa Whermacht había retrocedido y nos había dejado con el culo al aire.
A mí me había tocado en una aldea que se llamaba Possad -es que tengo la suerte de cara- y el General Muñoz ordenó defender aquello como si se tratase del mismísimo Alcázar de Toledo, así que ya pueden imaginarse el panorama.
A los soviéticos les había sentado fatal el audaz paso del río y se dedicaron, con mucho empeño, a hacernos la puñeta.
Asaltaron todas las aldeas y todos los pueblos que habíamos tomado con todo lo que tenían: infantería a espuertas, carros T-34, carros KV-1, que eran enormes y duros como peñones de granito y a los que nuestros cañoncitos del treinta y siete ni siquiera lograban arañar el blindaje.
Luego estaban los lanza-cohetes, los “Katiusas” los llamaban, que chirriaban y silbaban cuando salían del tubo los proyectiles poniéndote los pelos de punta.
El Páter los llamaba: “Los órganos de Stalin”, o sea -decía- del mismo demonio…
En aquellas aldeas rusas perdimos a muchos y buenos camaradas. Aguantando como jabatos el envite de nuestros enemigos, resistiendo el frío, el barro, las explosiones y la continua masa de soldados que los comisarios lanzaban contra nosotros.
Miles de bultos pardos que se arrojaban valientemente contra nuestras posiciones.
Los cañones de las ametralladoras “emegé -unas armas cojonudas- segaban rusos como su hoz el trigo y se recalentaban tanto que, entre cambio y cambio de cañón, había que mearse sobre ellos con el consecuente riesgo de que te volasen los huevos.
Pero mucho peor era dejar que se acercasen los rusos y tener que calar la bayoneta o agarrar el zapapico y enredarte a golpes y cuchilladas oliéndole muy de cerca el aliento al enemigo.
Paco, Pedro, Juan… Allí se quedarían para siempre.
Al final no nos había quedó más remedio que replegarnos porque los rusos presionaban mucho y fuerte.
La avalancha soviética era imparable y a las unidades alemanas, que no habían podido cruzar el río, las habían hecho pedazos con la artillería.
Nosotros no nos habíamos quedado sin recibir lo nuestro y el enemigo también había pagado el peaje estipulado, que una cosa era retirarse y otra dar la espalda.
Por eso el repliegue había sido tan duro como el paso del río y la defensa de las aldeas, o más.
A mí la Suerte pareció que me daba la espalda y en el peor momento, cuando ya me creía a salvo, alejándome para siempre del barro, de la mierda, de la sangre y de la muerte.
Aunque bien mirado no podía quejarme, pues conservaba intactos los miembros, la cordura y la vida.
¡Qué frío hacía…!
Igual que en mi tierra pero con más mala leche…
Nunca pude imaginar que en Rusia hiciese más frío que en el helado Teruel, esta debe ser la razón por la que los “rusquis” consumen vodka a hectolitros y también será porque no tienen otra cosa con la que acallar los rugidos hambrientos de sus tripas.
Se cuenta que en Leningrado se están comiendo a los muertos… ¡Rediós, pobre gente!
Los rusos me recuerdan mucho a nosotros mismos: hambrientos, famélicos, empobrecidos y despreciados por todo el mundo pero, aquí están, defendiendo su tierra con valor y determinación.
Por eso es quizá por lo que hemos congeniado tan bien con ellos. Nos respetan pues han aprendido que somos muy diferentes de los brutales y arrogantes alemanes que se creen los amos del mundo.
Los españoles hacemos buenas migas con todo Cristo y, a pesar de que somos como somos allí en casa, lejos de la patria todas las rencillas se olvidan y las cicatrices sanan como por ensalmo, ya que no existe mejor Bálsamo de Fierabrás, para curar nuestra endémica costumbre de matarnos y pelearnos entre nosotros, que tener a mano a algún enemigo.
Que ya lo había dicho el mismísimo Napoleón en persona tras cuando haber salido escaldado de España: “Les dí a ésos bestias una razón y un motivo para que se uniesen, y unidos los españoles resultan invencibles…”
Y era verdad…
Me había alistado en la División, aparte de por tener más hambre que el perro del afilador, igual que estaban todos los demás españoles, porque el hambre no entendía de colores ni de ideas políticas, también resultaba que tenía un Tío, hermano de mi madre, que había sido “rojo” y estado en lo del Ebro y en otras escabechinas.
Al Tío Emilio lo iban a encerrar unos cuantos años y eso que solamente era un pobre infeliz al que le había pillado la guerra en un lado y no en el otro.
Pero las cosas eran así, en el otro bando, mientras hubo otro bando, los asuntos no se resolvían de manera distinta.
El caso es que se certificaba que a los voluntarios que fuesen a Rusia se les iban a perdonar todos los pecadillos políticos del pasado, quedando él y su familia, limpios de polvo y paja.
Y ya ven, con diecinueve años recién cumplidos, habiéndome criado entre las bombas y los disparos, entre la miseria y el hambre, en medio de aquella contienda fratricida que, en España era costumbre enraizada y vieja, me vi un soleado día ante un falangista de postal, o sea: camisa azul impecable, bigote recortado y pelo engominado que me solicitaba mis datos y filiaciones igual que una ametralladora escupía las balas.
Se le pusieron los ojos finos, como puñaladas en un cartón, cuando me preguntó si yo tenía familiares encarcelados por motivos políticos y le dije que sí…
Pero aquel hombre del bigotillo permaneció imperturbable, anotó mis datos en la libreta azul y me deseó suerte y, aunque parezca mentira, aquel hombre me deseó buena fortuna de corazón, al menos así lo leí en sus bonitos ojos del color del caramelo.
Y es que, a fin de cuentas, la bondad, la hidalguía y el honor residen en el corazón de las personas y no en el color de sus camisas.
Además, por paradójico que sonase, en aquella España que surgía tras la guerra no era raro encontrar a un antiguo camarada comunista que se había reconvertido, como por arte de magia, en falangista de toda la vida, y por sistema solían convertirse en los más intolerantes y crueles perseguidores de sus antiguos camaradas del Partido.
Las curiosas cosas de España.
Fui de los primeros.
Era julio del año cuarenta y uno cuando nos metieron en aquel tren que, desde Madrid, nos llevaría a Irún y desde allí a la Francia ocupada por los alemanes.
Recuerdo que un silencio sepulcral y una rabia profunda se extendían por los vagones cuando el tren pasaba cerca de uno de aquellos campamentos rodeados de alambradas y torres de vigilancia.
Allí dentro, nos contaron, estaban encerrados los exiliados españoles.
Algunos espectros delgados venían hasta las vías para apedrearnos mientras no paraban de gritarnos: fascistas, hijos de puta y otras lindezas de las que nuestro idioma está sobradamente surtido.
Pero luego, cuando les tirábamos desde los vagones las hogazas de pan, las latas de atún y el tabaco dejaron de hacerlo.
Supongo que estarían muy ocupados recogiéndolo todo.
Se le pusieron los ojos finos, como puñaladas en un cartón, cuando me preguntó si yo tenía familiares encarcelados por motivos políticos y le dije que sí…
Pero aquel hombre del bigotillo permaneció imperturbable, anotó mis datos en la libreta azul y me deseó suerte y, aunque parezca mentira, aquel hombre me deseó buena fortuna de corazón, al menos así lo leí en sus bonitos ojos del color del caramelo.
Y es que, a fin de cuentas, la bondad, la hidalguía y el honor residen en el corazón de las personas y no en el color de sus camisas.
Además, por paradójico que sonase, en aquella España que surgía tras la guerra no era raro encontrar a un antiguo camarada comunista que se había reconvertido, como por arte de magia, en falangista de toda la vida, y por sistema solían convertirse en los más intolerantes y crueles perseguidores de sus antiguos camaradas del Partido.
Las curiosas cosas de España.
Fui de los primeros.
Era julio del año cuarenta y uno cuando nos metieron en aquel tren que, desde Madrid, nos llevaría a Irún y desde allí a la Francia ocupada por los alemanes.
Recuerdo que un silencio sepulcral y una rabia profunda se extendían por los vagones cuando el tren pasaba cerca de uno de aquellos campamentos rodeados de alambradas y torres de vigilancia.
Allí dentro, nos contaron, estaban encerrados los exiliados españoles.
Algunos espectros delgados venían hasta las vías para apedrearnos mientras no paraban de gritarnos: fascistas, hijos de puta y otras lindezas de las que nuestro idioma está sobradamente surtido.
Pero luego, cuando les tirábamos desde los vagones las hogazas de pan, las latas de atún y el tabaco dejaron de hacerlo.
Supongo que estarían muy ocupados recogiéndolo todo.
Llegamos por fin, tras mucha parada en estaciones abandonadas y mucha espera en andenes de servicio, a un lugar llamado Grafenwort -no sé si lo escribo bien porque el tudesco no hay Cristo que lo entienda- llegamos digo, y allí nos enteramos, y bien, de lo que era la disciplina prusiana.
En un mes poco más o menos tuvimos que aprender las nuevas tácticas de los alemanes, a manejar las ametralladoras, los cañones anticarro y a desfilar tan marciales que daba gusto vernos, todos marchando con nuestros flamantes y nuevecitos uniformes “feldgrau” y con nuestras camisas azules debajo, pues nadie había conseguido que nos las quitásemos, igual que nadie había impedido que cosiésemos el emblema rojo y gualda que llevábamos en el brazo de la guerrera, banderita que cosimos todos y cada uno de nosotros con lágrimas en los ojos…
En un mes poco más o menos tuvimos que aprender las nuevas tácticas de los alemanes, a manejar las ametralladoras, los cañones anticarro y a desfilar tan marciales que daba gusto vernos, todos marchando con nuestros flamantes y nuevecitos uniformes “feldgrau” y con nuestras camisas azules debajo, pues nadie había conseguido que nos las quitásemos, igual que nadie había impedido que cosiésemos el emblema rojo y gualda que llevábamos en el brazo de la guerrera, banderita que cosimos todos y cada uno de nosotros con lágrimas en los ojos…
Y les juro que hasta los más recalcitrantes veteranos de la guerra civil, convencidos comunistas, que se habían alistado solamente con la idea de desertar y llegar de aquella manera a su soñado paraíso del proletariado, cosían aquel emblema con tanto amor y devoción como el más ardoroso falangista de la División.
En mi Sección el Teniente era rígido y fascista hasta la médula, buen militar y mejor persona, Ruiz de Espada se llamaba y siempre cantaba el Cara al Sol a voz en grito cuando se despertaba por las mañanas.
Luego estaba el Sargento Peláez que había estado en África con los Regulares y luego como oficial de La Legión, expulsado del Cuerpo por acuchillar a su Comandante, más tarde se había hecho miliciano anarquista y ahora era un divisionario que te ponía los pelos de punta cuando te gritaba.
Daba miedo y grima observarlo mientras afilaba su bayoneta, deseando echarse a la cara a: “aquellos comunistas cabrones”, como él mismo decía.
Era una auténtica joya el Sargento Peláez.
Los alemanes se quedaban pasmados cuando veían a los oficiales españoles de compadreo con la tropa, que si ahora el Capitán de una Compañía estaba con sus soldados fumando y riendo o veían al General Muñoz Grandes con su flamante Mercedes-Benz que se paseaba por el campamento deteniéndose a charlar, amigable y campechano, con sus soldados.
En mi Sección el Teniente era rígido y fascista hasta la médula, buen militar y mejor persona, Ruiz de Espada se llamaba y siempre cantaba el Cara al Sol a voz en grito cuando se despertaba por las mañanas.
Luego estaba el Sargento Peláez que había estado en África con los Regulares y luego como oficial de La Legión, expulsado del Cuerpo por acuchillar a su Comandante, más tarde se había hecho miliciano anarquista y ahora era un divisionario que te ponía los pelos de punta cuando te gritaba.
Daba miedo y grima observarlo mientras afilaba su bayoneta, deseando echarse a la cara a: “aquellos comunistas cabrones”, como él mismo decía.
Era una auténtica joya el Sargento Peláez.
Los alemanes se quedaban pasmados cuando veían a los oficiales españoles de compadreo con la tropa, que si ahora el Capitán de una Compañía estaba con sus soldados fumando y riendo o veían al General Muñoz Grandes con su flamante Mercedes-Benz que se paseaba por el campamento deteniéndose a charlar, amigable y campechano, con sus soldados.
Los alemanes no se lo podían creer, ellos que eran tan marciales, rígidos y prusianos.
No les entraba en su cuadrada cabeza que los indisciplinados españoles, que les recordaban a los gitanos con sus campamentos de ropas tendidas al aire, pucheros en las fogatas que se encendían por todas partes y el rasgar de guitarras cada noche, pudiésemos agarrar sus cañones, sus ametralladoras, sus granadas y su moderno equipamiento y los usáramos como quien llevaba haciéndolo toda la vida.
Los tudescos se quedan boquiabiertos con la División…
¡Olé nuestros cojones!
Y encima, en las granjas y los pueblos de alrededor hemos dejado muy grato recuerdo y alguna que otra semilla plantada. ¡Que no se diga que por dónde vamos no dejamos huella!
Aquellos días en Grafenwhort -o como rayos se escriba- fueron maravillosos.
En Baviera las mozas son rubias, pechugonas y para nada remilgadas, al contrario que las españolas que te piden matrimonio antes incluso de que les des la mano.
Yo siempre fui buen mozo, un aragonés de mediana estatura, ancho de hombros y piernas como columnas dóricas, pelo negro y ojos verde oliva, agitanados y seductores -todo esto no es que lo diga yo, me lo decía mi Señora Madre, ojo- así que a las alemanas las volví locas desde el principio
Tampoco faltaron las peleas con los alemanes que nos consideraban inferiores y no se escondían en demostrarlo, sobre todo los de la “ese-ese”.
Altos, rubios y fuertes se doblaban sin embargo como navajas albaceteñas cuando les acertabas de lleno, con las botas claveteadas de la Whermacht, en mitad de los huevos.
No les entraba en su cuadrada cabeza que los indisciplinados españoles, que les recordaban a los gitanos con sus campamentos de ropas tendidas al aire, pucheros en las fogatas que se encendían por todas partes y el rasgar de guitarras cada noche, pudiésemos agarrar sus cañones, sus ametralladoras, sus granadas y su moderno equipamiento y los usáramos como quien llevaba haciéndolo toda la vida.
Los tudescos se quedan boquiabiertos con la División…
¡Olé nuestros cojones!
Y encima, en las granjas y los pueblos de alrededor hemos dejado muy grato recuerdo y alguna que otra semilla plantada. ¡Que no se diga que por dónde vamos no dejamos huella!
Aquellos días en Grafenwhort -o como rayos se escriba- fueron maravillosos.
En Baviera las mozas son rubias, pechugonas y para nada remilgadas, al contrario que las españolas que te piden matrimonio antes incluso de que les des la mano.
Yo siempre fui buen mozo, un aragonés de mediana estatura, ancho de hombros y piernas como columnas dóricas, pelo negro y ojos verde oliva, agitanados y seductores -todo esto no es que lo diga yo, me lo decía mi Señora Madre, ojo- así que a las alemanas las volví locas desde el principio
Tampoco faltaron las peleas con los alemanes que nos consideraban inferiores y no se escondían en demostrarlo, sobre todo los de la “ese-ese”.
Altos, rubios y fuertes se doblaban sin embargo como navajas albaceteñas cuando les acertabas de lleno, con las botas claveteadas de la Whermacht, en mitad de los huevos.
Ahora, si te agarraba alguno de ellos estabas perdido, a no ser que la jauría de lobos españoles te salvara a dentelladas de entre las garras del alemán.
Estas cosas pasaban casi cada noche en las tabernas del pueblo y yo creo que el Almirante Doenitz, que andaba por allí de visita, nos debió de ver y aplicó la táctica española a sus submarinos.
Las peleas sucedían más o menos de la misma manera:
Algún alemán se molestaba porque la rubia camarera, de pechos abundantes y estrecho corpiño, se paseaba durante más rato y con más picardía, por entre las mesas que ocupaban los españoles de la Doscientos Cincuenta División -que ésta es nuestra numeración en el organizado ejército alemán- que por delante de las mesas en las que se sentaban los aguerridos e invictos conquistadores de Polonia y de Francia.
Algún alemán nos llamaba: “unterchmen”, que en tudesco significa inferior, rata de alcantarilla, desecho y varias cosas más… Y claro, que te llamasen rojo, pase, que te llamasen rata, ya no.
Y éramos españoles, con siglos de solera a la espalda en el asunto de discutir a puñetazos contra quién nos insultaba.
Así que los germanos de Grafenwhort -o como coño se escriba- lo aprendieron, y bien.
Luego, por las mañanas, se quedaban los oficiales alemanes boquiabiertos cuando desplegábamos las Secciones y atacábamos la loma Tal o Pascual, con las bocas secas por la resaca, entre vendas, cabestrillos y ojos morados.
Así estuvimos durante un mes y pico, hasta que el General Muñoz Grandes se quedó ronco de tanto gritarles a los alemanes que estábamos ya preparados y ansiosos por entrar en combate.
La verdad es que podría haberse quedado calladito el General y así haber alargado el tiempo de estancia en Grafenwhold -o como se diga- pero no habíamos ido hasta allí para repoblar aquello, sino para luchar contra los bolcheviques, aunque esta fuese una misión mucho menos agradable.
Espero que el Tío Emilio me lo agradezca y emigre a las Américas, allí se haga rico con el ron o el azúcar y me deje en herencia una hacienda cubana llena de mulatas hermosas y cofres cuajados de oro.
Espero...
Estas cosas pasaban casi cada noche en las tabernas del pueblo y yo creo que el Almirante Doenitz, que andaba por allí de visita, nos debió de ver y aplicó la táctica española a sus submarinos.
Las peleas sucedían más o menos de la misma manera:
Algún alemán se molestaba porque la rubia camarera, de pechos abundantes y estrecho corpiño, se paseaba durante más rato y con más picardía, por entre las mesas que ocupaban los españoles de la Doscientos Cincuenta División -que ésta es nuestra numeración en el organizado ejército alemán- que por delante de las mesas en las que se sentaban los aguerridos e invictos conquistadores de Polonia y de Francia.
Algún alemán nos llamaba: “unterchmen”, que en tudesco significa inferior, rata de alcantarilla, desecho y varias cosas más… Y claro, que te llamasen rojo, pase, que te llamasen rata, ya no.
Y éramos españoles, con siglos de solera a la espalda en el asunto de discutir a puñetazos contra quién nos insultaba.
Así que los germanos de Grafenwhort -o como coño se escriba- lo aprendieron, y bien.
Luego, por las mañanas, se quedaban los oficiales alemanes boquiabiertos cuando desplegábamos las Secciones y atacábamos la loma Tal o Pascual, con las bocas secas por la resaca, entre vendas, cabestrillos y ojos morados.
Así estuvimos durante un mes y pico, hasta que el General Muñoz Grandes se quedó ronco de tanto gritarles a los alemanes que estábamos ya preparados y ansiosos por entrar en combate.
La verdad es que podría haberse quedado calladito el General y así haber alargado el tiempo de estancia en Grafenwhold -o como se diga- pero no habíamos ido hasta allí para repoblar aquello, sino para luchar contra los bolcheviques, aunque esta fuese una misión mucho menos agradable.
Espero que el Tío Emilio me lo agradezca y emigre a las Américas, allí se haga rico con el ron o el azúcar y me deje en herencia una hacienda cubana llena de mulatas hermosas y cofres cuajados de oro.
Espero...
De momento nos ha encerrado en los cuarteles y puesto en estado de alerta.
¡A saber qué es lo que pasa!
Radio Macuto dice que nos vamos al frente de Moscú, para tomar la Plaza Roja y devolver la visita a los comisarios políticos que habían estado en España y que se convirtieron en el terror de amigos y de enemigos.
También había rumores de que nos iban a hacer División Motorizada, pero se quedaron en eso, en rumores.
Tras un muy corto viaje en tren, llegamos hasta una aldeucha polaca de la que no recuerdo ni el nombre en la que nos estaban esperando
caballos, carros y mulos, que es lo que nos trajeron los alemanes y también arrugados mapas que señalaban un camino polvoriento hacia el Este.
Iniciamos así una marcha de mil kilómetros hasta el frente:
Iniciamos así una marcha de mil kilómetros hasta el frente:
- ¡Los “espanien”, que caminen...!- al menos eso debió pensar algún gerifalte alemán.
¡Así le salgan a él en los huevos, las ampollas que me salieron a mí en los pies!
¡Así le salgan a él en los huevos, las ampollas que me salieron a mí en los pies!
Fue muy jodida aquella inacabable marcha desde Polonia hasta los arrabales de Leningrado, porque resultaba que a Moscú ya no íbamos ni nosotros ni nadie.
Ya era inalcanzable la capital de los rusos para los exhaustos alemanes.
El polvo y treinta kilos de equipo fueron nuestros compañeros, polvo amarillo que te cubría por entero y que, en otoño -que nos pilló a medio camino- se convirtió en un barrizal intransitable en cuanto cayeron las primeras cuatro gotas.
Tres decenas de compatriotas se habían quedado por el camino, agotados, reventados, con la nostalgia de la patria en los labios y dos paladas de tierra extraña sobre el rostro:
- ¡Adiós Paco…! Que tengas más suerte por allí arriba camarada…
Los alemanes se quedaban petrificados de asombro.
En cada alto y en cada parada del camino nos reuníamos los españoles alrededor del fuego sobre el que asábamos chorizos o trozos de panceta y el olor hacía relamerse hasta a los mulos la División, sacábamos las botas de vino y cantábamos y reíamos pese a saber que, al día siguiente, volveríamos a marchar y quizá alguno de nosotros se quedaría para siempre al borde del camino mirando hacia el Oeste, hacia donde se ponía el sol, hacia donde estaba nuestra lejana, dura y amada patria.
Una patria que todos llevábamos muy dentro del corazón y del alma. Pues no existe mejor remedio contra la costumbre española de disgregarse que llevarte a aquellos mismos españoles lejos y meterlos en mitad de una tierra extraña a jugarse los huevos.
Nada más llegar al frente nos desplegaron en la ribera de un río que se llamaba Volchov.
Era octubre de mil novecientos cuarenta y uno, y en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones.
Como en mi tierra, pero con mucha, mucha más mala leche…
2-
En cada alto y en cada parada del camino nos reuníamos los españoles alrededor del fuego sobre el que asábamos chorizos o trozos de panceta y el olor hacía relamerse hasta a los mulos la División, sacábamos las botas de vino y cantábamos y reíamos pese a saber que, al día siguiente, volveríamos a marchar y quizá alguno de nosotros se quedaría para siempre al borde del camino mirando hacia el Oeste, hacia donde se ponía el sol, hacia donde estaba nuestra lejana, dura y amada patria.
Una patria que todos llevábamos muy dentro del corazón y del alma. Pues no existe mejor remedio contra la costumbre española de disgregarse que llevarte a aquellos mismos españoles lejos y meterlos en mitad de una tierra extraña a jugarse los huevos.
Nada más llegar al frente nos desplegaron en la ribera de un río que se llamaba Volchov.
Era octubre de mil novecientos cuarenta y uno, y en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones.
Como en mi tierra, pero con mucha, mucha más mala leche…
2-
Los rusos lo llaman “raputitsa” pero aquello no es más que fango pegajoso, barro oscuro que te atrapa y ya no te suelta, lodo como el del Ebro, aunque eso sí, el río Volchov era mucho más ancho y mucho más caudaloso que cualquiera de nuestros ríos. Y las riberas eran un fangal impracticable que se tragaba enteros los camiones alemanes.
¡Me cago en el Tío Emilio y en la madre que lo parió...!, y que me perdone la abuela.
Su hermana, mi madre, está cosiendo una manta de lana para enviármela, sigue muy preocupada, la pobre, por el único hijo que le queda vivo.
A su lado estará el Tío Emilio - como si lo estuviese viendo- junto al fuego y tocándose los cojones, bebiendo vino mientras juega a las cartas con el vecino, que anda el hideputa, detrás de la viuda.
Menos mal que dentro del último paquete enviado desde casa, que, ¡hay que ver lo bien que funciona La Posta Militar!, se había acordado de meter entre los chorizos y el jamón, un par de botellas del licor que mi padre fabricaba.
Antes de que todo se fuese a tomar por saco y al viejo lo sacaran una noche a rastras y lo fusilaran porque sabía leer y escribir.
Ahora estaba en Rusia, al borde de un inmenso río y de barro y de mierda hasta las orejas, preparando junto a los camaradas unos botes neumáticos que daba risa mirar y con los que debíamos atravesar el enorme río que teníamos delante.
Se conoce que los alemanes al ver aquellos ridículos botes de goma, dijeron:
- ¡Los spanien, los spanien…!
Y allí estábamos, venga darle a los infladores y venga acordarnos de la puñetera madre de los “Fritzs” y de nuestro General, que mucho pasearse en Mercedes pero que a las barcas no se arrimaba ni en pintura.
Eso sí, al menos invita el hombre a tabaco del bueno, a café y a coñá, mientras nos dice que a los rusos nos los vamos a comer con papas.
¡Me cago en el Tío Emilio y en la madre que lo parió...!, y que me perdone la abuela.
Su hermana, mi madre, está cosiendo una manta de lana para enviármela, sigue muy preocupada, la pobre, por el único hijo que le queda vivo.
A su lado estará el Tío Emilio - como si lo estuviese viendo- junto al fuego y tocándose los cojones, bebiendo vino mientras juega a las cartas con el vecino, que anda el hideputa, detrás de la viuda.
Menos mal que dentro del último paquete enviado desde casa, que, ¡hay que ver lo bien que funciona La Posta Militar!, se había acordado de meter entre los chorizos y el jamón, un par de botellas del licor que mi padre fabricaba.
Antes de que todo se fuese a tomar por saco y al viejo lo sacaran una noche a rastras y lo fusilaran porque sabía leer y escribir.
Ahora estaba en Rusia, al borde de un inmenso río y de barro y de mierda hasta las orejas, preparando junto a los camaradas unos botes neumáticos que daba risa mirar y con los que debíamos atravesar el enorme río que teníamos delante.
Se conoce que los alemanes al ver aquellos ridículos botes de goma, dijeron:
- ¡Los spanien, los spanien…!
Y allí estábamos, venga darle a los infladores y venga acordarnos de la puñetera madre de los “Fritzs” y de nuestro General, que mucho pasearse en Mercedes pero que a las barcas no se arrimaba ni en pintura.
Eso sí, al menos invita el hombre a tabaco del bueno, a café y a coñá, mientras nos dice que a los rusos nos los vamos a comer con papas.
La verdad, prefiero las “papas con choco” que hace el cocinero gaditano del Batallón, aunque muchas veces y como él mismo dice:
- “Er choco za quedao en Cái, pisha…”
Que a veces no hay Cristo que entienda a los andaluces que hablan más raro y enrevesado todavía que los mismos “ruskis”, con tanta zeta, tanta cé y tanta ese entrelazada, tanto cortar las palabras que parecen carniceros de la lengua. Ahora, también es verdad, que no hay mejores camaradas y junto a ellos siempre acabas riendo, lo que, en mitad de dónde estamos, no es cosa baladí.
- “Er choco za quedao en Cái, pisha…”
Que a veces no hay Cristo que entienda a los andaluces que hablan más raro y enrevesado todavía que los mismos “ruskis”, con tanta zeta, tanta cé y tanta ese entrelazada, tanto cortar las palabras que parecen carniceros de la lengua. Ahora, también es verdad, que no hay mejores camaradas y junto a ellos siempre acabas riendo, lo que, en mitad de dónde estamos, no es cosa baladí.
Cuando los botes, o aquellas cosas negras que parecen botes, están preparados, llega el Coronel Esparza nos pega cuatro voces y: ¡maricón el último…!
Los alemanes alucinaban en colores.
Primero una, luego la otra, seguidas después en lenta procesión por el resto de la flotilla de endebles barquichuelas y con nosotros dentro dando paletadas furiosas, los españoles logramos cruzar el cauce del río Volchov.
Y lo hacemos bajo los morterazos y los pepinazos de la artillería rusa que es la más efectiva del mundo, por calidad y por la abrumadora cantidad de cebolletazos que disparan por minuto.
Las ametralladoras llenan el aire de balas que silban alrededor como moscones, algunas aciertan en los botes- ¡pssssssssssssssshhhhht!- hacenn, para hundirse después al fondo helado del río como plomos sin dar tiempo a los que viajan encima ni de persignarse.
Íbamos todos rezando a La Santísima Virgen y a Dios Bendito, descreídos, anarquistas y comunistas incluidos.
Todos con los huevos bien encogidos y rema que te rema hasta la otra orilla, a la que conseguimos llegar -los que llegamos- empapados, con un cabreo de mil pares de huevos y unas enromes ganas de revancha que nos cocinan las entrañas a fuego lento, y claro, fueron las defensas y los defensores soviéticos los que pagaron el pato.
Los rusos siempre ofrecen una dura y enconada resistencia, en eso se parecen a nosotros pues jamás retroceden, claro que detrás tienen a los batallones del “enekáuvedé”, con la sola misión de cargarse a los que reculen durante las ofensivas y claro está, aquella circunstancia anima mucho a la infantería enemiga.
Los alemanes alucinaban en colores.
Primero una, luego la otra, seguidas después en lenta procesión por el resto de la flotilla de endebles barquichuelas y con nosotros dentro dando paletadas furiosas, los españoles logramos cruzar el cauce del río Volchov.
Y lo hacemos bajo los morterazos y los pepinazos de la artillería rusa que es la más efectiva del mundo, por calidad y por la abrumadora cantidad de cebolletazos que disparan por minuto.
Las ametralladoras llenan el aire de balas que silban alrededor como moscones, algunas aciertan en los botes- ¡pssssssssssssssshhhhht!- hacenn, para hundirse después al fondo helado del río como plomos sin dar tiempo a los que viajan encima ni de persignarse.
Íbamos todos rezando a La Santísima Virgen y a Dios Bendito, descreídos, anarquistas y comunistas incluidos.
Todos con los huevos bien encogidos y rema que te rema hasta la otra orilla, a la que conseguimos llegar -los que llegamos- empapados, con un cabreo de mil pares de huevos y unas enromes ganas de revancha que nos cocinan las entrañas a fuego lento, y claro, fueron las defensas y los defensores soviéticos los que pagaron el pato.
Los rusos siempre ofrecen una dura y enconada resistencia, en eso se parecen a nosotros pues jamás retroceden, claro que detrás tienen a los batallones del “enekáuvedé”, con la sola misión de cargarse a los que reculen durante las ofensivas y claro está, aquella circunstancia anima mucho a la infantería enemiga.
Los alemanes, que se han atascado en su avance, no dejan de asombrándose por nuestro valor y el desprecio por la muerte de la que hacemos gala los soldados españoles.
A despecho del inminente invierno -que ya se empezaba a sentir con las primeras heladas y con las primeras nieves- pese a los botes de playa con los que tuvimos que cruzar el río, los españoles habíamos tomado la cabeza de puente y allí nos quedamos defendiéndola, mientras que la todopoderosa Whermacht había retrocedido y nos había dejado con el culo al aire.
A mí me había tocado en una aldea que se llamaba Possad -es que tengo la suerte de cara- y el General Muñoz ordenó defender aquello como si se tratase del mismísimo Alcázar de Toledo, así que ya pueden imaginarse el panorama.
A los soviéticos les había sentado fatal el audaz paso del río y se dedicaron, con mucho empeño, a hacernos la puñeta.
Asaltaron todas las aldeas y todos los pueblos que habíamos tomado con todo lo que tenían: infantería a espuertas, carros T-34, carros KV-1, que eran enormes y duros como peñones de granito y a los que nuestros cañoncitos del treinta y siete ni siquiera lograban arañar el blindaje.
Luego estaban los lanza-cohetes, los “Katiusas” los llamaban, que chirriaban y silbaban cuando salían del tubo los proyectiles poniéndote los pelos de punta.
El Páter los llamaba: “Los órganos de Stalin”, o sea -decía- del mismo demonio…
En aquellas aldeas rusas perdimos a muchos y buenos camaradas. Aguantando como jabatos el envite de nuestros enemigos, resistiendo el frío, el barro, las explosiones y la continua masa de soldados que los comisarios lanzaban contra nosotros.
Miles de bultos pardos que se arrojaban valientemente contra nuestras posiciones.
Los cañones de las ametralladoras “emegé -unas armas cojonudas- segaban rusos como su hoz el trigo y se recalentaban tanto que, entre cambio y cambio de cañón, había que mearse sobre ellos con el consecuente riesgo de que te volasen los huevos.
Pero mucho peor era dejar que se acercasen los rusos y tener que calar la bayoneta o agarrar el zapapico y enredarte a golpes y cuchilladas oliéndole muy de cerca el aliento al enemigo.
Paco, Pedro, Juan… Allí se quedarían para siempre.
Resulta terrible y el alma se te cae al suelo de rabia y de miedo cuando ves volar en pedazos al hombre que estaba a tu lado mientras la sangre de sus miembros amputados te empapa de arriba a abajo.
Tiemblas como un pajarillo y piensas que qué coño haces tú allí. En aquellos instantes me cagaba en el Tío Emilio como nunca antes.
Pero aguantas, mientras no te acierte un bombazo o una bala, o se te hielen los pies en una guardia, o se te caiga un mulo encima y te aplaste, o mil cosas más que te pueden suceder en la guerra, mientras no salga tu boleto, aguantas, ¡Qué remedio!, que también están allí Alfredo, El “Perlas”, “El Gaditano”, “El Gallego”, Jordi el catalán, que revende las botas de los rusos muertos -unas botas de fieltro cojonudas- y todos están igual que tú: sucios y cansados, con los ojos enrojecidos, roncos y la boca seca, con la mirada perdida, llena de imágenes de su tierra, de nuestra tierra, España, a la que todos sospechamos que jamás regresaremos.
Tiemblas como un pajarillo y piensas que qué coño haces tú allí. En aquellos instantes me cagaba en el Tío Emilio como nunca antes.
Pero aguantas, mientras no te acierte un bombazo o una bala, o se te hielen los pies en una guardia, o se te caiga un mulo encima y te aplaste, o mil cosas más que te pueden suceder en la guerra, mientras no salga tu boleto, aguantas, ¡Qué remedio!, que también están allí Alfredo, El “Perlas”, “El Gaditano”, “El Gallego”, Jordi el catalán, que revende las botas de los rusos muertos -unas botas de fieltro cojonudas- y todos están igual que tú: sucios y cansados, con los ojos enrojecidos, roncos y la boca seca, con la mirada perdida, llena de imágenes de su tierra, de nuestra tierra, España, a la que todos sospechamos que jamás regresaremos.
Al final no nos había quedó más remedio que replegarnos porque los rusos presionaban mucho y fuerte.
La avalancha soviética era imparable y a las unidades alemanas, que no habían podido cruzar el río, las habían hecho pedazos con la artillería.
Nosotros no nos habíamos quedado sin recibir lo nuestro y el enemigo también había pagado el peaje estipulado, que una cosa era retirarse y otra dar la espalda.
Por eso el repliegue había sido tan duro como el paso del río y la defensa de las aldeas, o más.
Casi me cazan…
Sucedió en la misma orilla.
“El Gallego” y yo nos vimos rodeados por tres rusos que iban armados con aquellos subfusiles de cargador redondo que tanto me recordaban al “Naranjero” que el Tío Emilio había arrojado al pozo nada más acabada la guerra en España.
Sucedió en la misma orilla.
“El Gallego” y yo nos vimos rodeados por tres rusos que iban armados con aquellos subfusiles de cargador redondo que tanto me recordaban al “Naranjero” que el Tío Emilio había arrojado al pozo nada más acabada la guerra en España.
Solo duró un instante y casi ni me enteré de lo que pasaba.
En lo que tardé en parpadear y de empezar a rezar un Ave María, “El Gallego” había logrado degollar de oreja a oreja al ruso que tenía más cerca, después había lanzado su bayoneta, con mortal precisión y rapidez, contra el más alejado, que puso los ojos como platos hasta que la hoja se le hundió muy profunda en mitad del pecho, al tiempo el gigante celta se abalanzó contra el tercer hombre y le partió el pescuezo como aun pollo de corral.
¡CRACK! -hizo el hueso quebrándose mientras “El Gallego”decía: “¡carallo!”, y al oír aquella palabra se me escapó una carcajada, tan desquiciada, que mi camarada me miró de arriba abajo diciéndome:
- ¡Estáis locos todos los aragoneses, carallo…!
En lo que tardé en parpadear y de empezar a rezar un Ave María, “El Gallego” había logrado degollar de oreja a oreja al ruso que tenía más cerca, después había lanzado su bayoneta, con mortal precisión y rapidez, contra el más alejado, que puso los ojos como platos hasta que la hoja se le hundió muy profunda en mitad del pecho, al tiempo el gigante celta se abalanzó contra el tercer hombre y le partió el pescuezo como aun pollo de corral.
¡CRACK! -hizo el hueso quebrándose mientras “El Gallego”decía: “¡carallo!”, y al oír aquella palabra se me escapó una carcajada, tan desquiciada, que mi camarada me miró de arriba abajo diciéndome:
- ¡Estáis locos todos los aragoneses, carallo…!
Yo seguí riéndome un rato, con la risa histérica de quién se había visto muy de cerca la muerte.
También me reía de la cara que había puesto el último de los enemigos cuando la bestia gallega le había atrapado como a un muñeco y lo había apretado tan fuerte como para partir el boj.
También me reía de la cara que había puesto el último de los enemigos cuando la bestia gallega le había atrapado como a un muñeco y lo había apretado tan fuerte como para partir el boj.
Luego tuve que callarme porque habíamos llegado a un lugar llamado Udernik.
Aquel era el sitio en el que se había establecido la llamada Posición Intermedia. Allí se había establecido el punto de defensa para intentar detener la enorme ola soviética que se nos echaba encima.
Aquel era el sitio en el que se había establecido la llamada Posición Intermedia. Allí se había establecido el punto de defensa para intentar detener la enorme ola soviética que se nos echaba encima.
En el frente de Novgorod no había soldados más duros y valientes que los indisciplinados españoles.
Tanto y tan bien aguantamos en la posición de Udernik que los alemanes aprovecharon nuestras agallas para embolsar a unos miles de soldados soviéticos y hasta a un General famoso logramos capturar los españoles.
Porque en Teremez también estuvimos, capturando rusos a cientos, a miles, soldados que se pasaban sin rechistar al bando alemán.
Los que más suerte tenían eran a los que les tocaba entrar a completar nuestras filas, casi todos ucranianos que, al igual que antes habían sufrido nuestra dureza en combate, ahora disfrutaban de nuestra hospitalidad y nuestra camaradería, que estaban muy alejados del desprecio de los alemanes.
Tanto y tan bien aguantamos en la posición de Udernik que los alemanes aprovecharon nuestras agallas para embolsar a unos miles de soldados soviéticos y hasta a un General famoso logramos capturar los españoles.
Porque en Teremez también estuvimos, capturando rusos a cientos, a miles, soldados que se pasaban sin rechistar al bando alemán.
Los que más suerte tenían eran a los que les tocaba entrar a completar nuestras filas, casi todos ucranianos que, al igual que antes habían sufrido nuestra dureza en combate, ahora disfrutaban de nuestra hospitalidad y nuestra camaradería, que estaban muy alejados del desprecio de los alemanes.
Los españoles pasábamos los días peleando y las noches cantando alrededor del fuego, los alemanes seguían sorprendiéndose por la familiaridad con la que los soldados y los oficiales se trataban, siempre había gilipollas claro, pero en mi Sección, la del Teniente Ruiz y el durísimo Sargento Peláez siempre hubo buen ambiente.
Disciplina bien administrada por el oficial que hacía las veces de policía bueno, el malo claro, era Peláez…
Aunque en el fondo fuese un cacho de pan.
En Navidades había recorrido veinte kilómetros de territorio enemigo solamente para llevar comida a una familia que había conocido cuando la ofensiva del otro lado del río.
Llegó al amanecer corriendo como un gamo y esquivando las balas de una ametralladora rusa.
Todos le animábamos desde las trincheras mientras el viejo Peláez, ex Regular, ex Legionario, ex Miliciano y ahora Divisionario, con sus barbas hirsutas de moro mahometano, su tez tostada y su cara de limón agrio, corría haciendo zigzag con las balas que le buscaban el trasero mientras el viejo veterano las esquivaba y se reía de ellas.
Disciplina bien administrada por el oficial que hacía las veces de policía bueno, el malo claro, era Peláez…
Aunque en el fondo fuese un cacho de pan.
En Navidades había recorrido veinte kilómetros de territorio enemigo solamente para llevar comida a una familia que había conocido cuando la ofensiva del otro lado del río.
Llegó al amanecer corriendo como un gamo y esquivando las balas de una ametralladora rusa.
Todos le animábamos desde las trincheras mientras el viejo Peláez, ex Regular, ex Legionario, ex Miliciano y ahora Divisionario, con sus barbas hirsutas de moro mahometano, su tez tostada y su cara de limón agrio, corría haciendo zigzag con las balas que le buscaban el trasero mientras el viejo veterano las esquivaba y se reía de ellas.
Tenía los huevos de acero el Sargento y el corazón de oro, pese a que, si te pillaba dormido de guardia, te despertaba de una patada en mitad de las pelotas y si te oía blasfemar, a pesar de que él fardaba cuando se emborrachaba -dos noches de cada tres- de que era anarquista y en nada creía salvo en Dios, La Patria y el Rey, te arreaba una hostia de las de ocho duros.
Un día se me había ocurrido decirle que lo que él pregonaba que era y sentía no se trataba de anarquismo, sino que se llamaba, Carlismo, como lo había sido un tío abuelo segundo,por parte de padre, muerto durante una de las tropecientas mil guerras civiles que los españoles habíamos sufrido el siglo pasado.
El sargento me miró de arriba a abajo muy serio y me dijo:
- González… ¡Yo soy lo que me sale de los cojones!
3-
Un día se me había ocurrido decirle que lo que él pregonaba que era y sentía no se trataba de anarquismo, sino que se llamaba, Carlismo, como lo había sido un tío abuelo segundo,por parte de padre, muerto durante una de las tropecientas mil guerras civiles que los españoles habíamos sufrido el siglo pasado.
El sargento me miró de arriba a abajo muy serio y me dijo:
- González… ¡Yo soy lo que me sale de los cojones!
3-
No sé si les he dicho que en Rusia hacía un frío de mil demonios.
La División había recibido órdenes de trasladarse más al Norte todavía, más cerca de los suburbios de la ciudad de Leningrado.
Muy cerca de un lago que se llamaba Ilmen y que, por supuesto, estaba helado.
La División había recibido órdenes de trasladarse más al Norte todavía, más cerca de los suburbios de la ciudad de Leningrado.
Muy cerca de un lago que se llamaba Ilmen y que, por supuesto, estaba helado.
Las temperaturas habían caído en picado con la llegada del famoso invierno ruso y un puñado de españoles, lejos de casa, solos y rodeados de enemigos, nos apiñábamos unos a otros como hermanos, compartiendo la vida y la muerte mientras demostrábamos a nuestros enemigos y a nuestros aliados que el hueso español siempre había sido muy duro de roer.
A mí la Suerte pareció que me daba la espalda y en el peor momento, cuando ya me creía a salvo, alejándome para siempre del barro, de la mierda, de la sangre y de la muerte.
Aunque bien mirado no podía quejarme, pues conservaba intactos los miembros, la cordura y la vida.
Muchos de mis compañeros no podían decir lo mismo y yacían bajo dos metros de tierra rusa, o mejor dicho de hielo ruso, porque todo estaba helado, el suelo, la ropa, el aire, la sangre y el alma.
El invierno ruso era tan duro, o más, de lo que nos habían contado y para colmo nuestros aliados alemanes -así revienten como el Lagarto de Jaén- ni nos abastecen ni nos amparan.
No hay ropa de abrigo, ni botas, ni combustible, ni víveres frescos, ni municiones, ni armas antitanque efectivas.
No hay ropa de abrigo, ni botas, ni combustible, ni víveres frescos, ni municiones, ni armas antitanque efectivas.
Tan solo recibíamos las migajas arrancadas a puros huevos por el General Muñoz.
Encima los rescatamos y les salvamos el honor a costa de morir muchos compatriotas en el intento, a costa de muchos camaradas helados como bacalaos del Cantábrico.
Encima los rescatamos y les salvamos el honor a costa de morir muchos compatriotas en el intento, a costa de muchos camaradas helados como bacalaos del Cantábrico.
Que se lo contasen al Capitán Ordás y a sus valientes esquiadores que habían atravesado el lago Ilmen para rescatar a unos alemanes que ya se veían degollados por los comunistas:
- ¡Danke, kameraden, danke! - decían los jodíos mientras abrazaban a los congeladísimos españoles que habían atravesado treinta y pico kilómetros de infierno blanco, admirando y dejando patidifusos hasta a los endurecidos y famosos Regimientos Siberianos.
Gracias a Dios que desde la patria no se nos olvida y pese a que allí las están pasando igual de negras que aquí, o más, cada familia se esfuerza por enviar al frente lo poco que tienen: mantas, abrigos, pellizas, chorizos, jamones y orujo para que, con todo ello, se nos pase un poco la morriña y el frío y podamos saciar nuestra hambre con el aliento de España.
Con los últimos paquetes ha llegado la manta que mi madre me ha tejido con tanto amor.
Es mullida y cálida, de pura lana de oveja merina, que no sé cómo se las habría apañado la vieja para conseguir tan preciado vellón estando como están.
Siempre había sido una mujer de recursos, murciana de armas tomar, cartagenera para más señas, con los ojos negros y profundos que su pasado púnico había dejado en su estirpe, con ellos había enamorado al aragonés, pequeño y recio que había visto un día bajar desde la escalinata del “Vicente Puchol”, el carguero sucio y destartalado, del que mi padre había sido Primer Oficial en tiempos de María Castaña, como él mismo me contaba mientras hablábamos durante las mañanas de cacería y el viento helado turolense se calentaba alrededor de mi progenitor y de las cosas que me contaba.
Me parecía que hacía siglos de todo aquello.
Ahora todas aquellas imágenes se agolpaban en mi cabeza mientras me arrebujaba en la manta, roja con una franja amarilla, que mi madre había tejido junto a la lumbre en mi lejanísima y amada España.
La manta rojigualda gustó tanto que algunos oficiales falangistas quisieron comprármela, pero claro, aquello no se vendía.
Además era cálida y bien confeccionada y también me había enviado unos calcetines de lo mismo que fueron la envidia del Regimiento entero.
El Tío Emilio había dejado caer en el paquete varias botellas de aguardiente de guindas que duraron -licor y guindas- menos que un caramelo en la puerta de un colegio…
No sé si les he comentado que en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones.
- ¡Danke, kameraden, danke! - decían los jodíos mientras abrazaban a los congeladísimos españoles que habían atravesado treinta y pico kilómetros de infierno blanco, admirando y dejando patidifusos hasta a los endurecidos y famosos Regimientos Siberianos.
Gracias a Dios que desde la patria no se nos olvida y pese a que allí las están pasando igual de negras que aquí, o más, cada familia se esfuerza por enviar al frente lo poco que tienen: mantas, abrigos, pellizas, chorizos, jamones y orujo para que, con todo ello, se nos pase un poco la morriña y el frío y podamos saciar nuestra hambre con el aliento de España.
Con los últimos paquetes ha llegado la manta que mi madre me ha tejido con tanto amor.
Es mullida y cálida, de pura lana de oveja merina, que no sé cómo se las habría apañado la vieja para conseguir tan preciado vellón estando como están.
Siempre había sido una mujer de recursos, murciana de armas tomar, cartagenera para más señas, con los ojos negros y profundos que su pasado púnico había dejado en su estirpe, con ellos había enamorado al aragonés, pequeño y recio que había visto un día bajar desde la escalinata del “Vicente Puchol”, el carguero sucio y destartalado, del que mi padre había sido Primer Oficial en tiempos de María Castaña, como él mismo me contaba mientras hablábamos durante las mañanas de cacería y el viento helado turolense se calentaba alrededor de mi progenitor y de las cosas que me contaba.
Me parecía que hacía siglos de todo aquello.
Ahora todas aquellas imágenes se agolpaban en mi cabeza mientras me arrebujaba en la manta, roja con una franja amarilla, que mi madre había tejido junto a la lumbre en mi lejanísima y amada España.
La manta rojigualda gustó tanto que algunos oficiales falangistas quisieron comprármela, pero claro, aquello no se vendía.
Además era cálida y bien confeccionada y también me había enviado unos calcetines de lo mismo que fueron la envidia del Regimiento entero.
El Tío Emilio había dejado caer en el paquete varias botellas de aguardiente de guindas que duraron -licor y guindas- menos que un caramelo en la puerta de un colegio…
No sé si les he comentado que en Rusia hacía un frío de mil pares de cojones.
Una noche estando de centinela llegó hasta mi posición el Teniente Ruiz, que era alto y desgarbado y parecía un junco doblándose bajo el gélido frío ruso.
Le di las novedades cuadrándome cuanto podía, que no era mucho pues el frío terrible de la madrugada te dejaba doblado igual que una navaja oxidada:
Le di las novedades cuadrándome cuanto podía, que no era mucho pues el frío terrible de la madrugada te dejaba doblado igual que una navaja oxidada:
- Con esos colores se te ve mucho, González… Algún francotirador te pegará un tiro... -me dijo al tiempo que me alargaba una petaca plateada.
Venía en compañía del feroz Sargento Peláez.
- Así se ahorrarán la mortaja, mi Teniente…- dije y luego le di un trago al licor, que era un brandy del bueno, de Jerez, un trago largo que dejó temblando la petaca en forma de lágrima de plata que tenía las iniciales del Teniente grabadas sobre el metal.
Miraba el oficial hacia el campo enemigo que estaba más allá del río y del lago Ladoga.
Los rusos lejos de rendirse o amilanarse cada día eran más fuertes y más audaces y cada día también recibían trenes y más trenes llenos de suministros desde más allá de los Urales.
Era un hombre joven, tan sólo un poco mayor que yo, veintitantos años, un niño bien de los que jamás les había faltado de nada.
Yo me preguntaba si el Teniente Ruiz tendría también un Tío Emilio por el que estar allí.
Igual que todos los demás parecía diez años más viejo, en medio de las turbonadas de nieve rusa, con la ventisca helándonos hasta el tuétano de los huesos parecía más muerto que vivo, sucio, lleno de piojos, hambriento, con la nostalgia de su hogar en los labios y con muchas papeletas de que esa nostalgia se quedase allí pegada para siempre:
Venía en compañía del feroz Sargento Peláez.
- Así se ahorrarán la mortaja, mi Teniente…- dije y luego le di un trago al licor, que era un brandy del bueno, de Jerez, un trago largo que dejó temblando la petaca en forma de lágrima de plata que tenía las iniciales del Teniente grabadas sobre el metal.
Miraba el oficial hacia el campo enemigo que estaba más allá del río y del lago Ladoga.
Los rusos lejos de rendirse o amilanarse cada día eran más fuertes y más audaces y cada día también recibían trenes y más trenes llenos de suministros desde más allá de los Urales.
Era un hombre joven, tan sólo un poco mayor que yo, veintitantos años, un niño bien de los que jamás les había faltado de nada.
Yo me preguntaba si el Teniente Ruiz tendría también un Tío Emilio por el que estar allí.
Igual que todos los demás parecía diez años más viejo, en medio de las turbonadas de nieve rusa, con la ventisca helándonos hasta el tuétano de los huesos parecía más muerto que vivo, sucio, lleno de piojos, hambriento, con la nostalgia de su hogar en los labios y con muchas papeletas de que esa nostalgia se quedase allí pegada para siempre:
- Ya mismo te largas con el relevo… Aguanta y regresa a casa González, allí hacen falta hombres listos y honrados como tú...- me dijo.
- Y como usted, mi Teniente- respondí, y era sincero porque el oficial era valiente, decidido, justo y ecuánime con sus hombres, siempre amable y educado, siempre dispuesto a palmear la espalda de sus subordinados como un buen padre.
Le dio un nuevo trago a la petaca, que debía andar ya en las últimas, luego volvió a hablar y cada palabra resultaba pesada como el plomo.
El Teniente parecía resignado a su suerte y convencido de su destino:
- Yo me quedaré para siempre aquí, jamás saldré de Rusia…
- No diga usted eso, mi Teniente…
- Yo ya morí junto al Ebro ensangrentado, esto es solamente tiempo prestado, días y horas regalados...
No había terminado de hablar y se arreó otro lingotazo de brandy que -éste sí- dejó la petaca seca:
- ¡Me gusta tu manta! -dijo ahora sonriente- ...en caso de necesidad podría servir de Bandera…
- Y como usted, mi Teniente- respondí, y era sincero porque el oficial era valiente, decidido, justo y ecuánime con sus hombres, siempre amable y educado, siempre dispuesto a palmear la espalda de sus subordinados como un buen padre.
Le dio un nuevo trago a la petaca, que debía andar ya en las últimas, luego volvió a hablar y cada palabra resultaba pesada como el plomo.
El Teniente parecía resignado a su suerte y convencido de su destino:
- Yo me quedaré para siempre aquí, jamás saldré de Rusia…
- No diga usted eso, mi Teniente…
- Yo ya morí junto al Ebro ensangrentado, esto es solamente tiempo prestado, días y horas regalados...
No había terminado de hablar y se arreó otro lingotazo de brandy que -éste sí- dejó la petaca seca:
- ¡Me gusta tu manta! -dijo ahora sonriente- ...en caso de necesidad podría servir de Bandera…
Continuará...
A. Villegas Glez./ 2012
Lámina: Que en Rusia están. Augusto Ferrer Dalmau.
Lámina: Que en Rusia están. Augusto Ferrer Dalmau.
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