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viernes, 12 de junio de 2015

ALAS DE ACERO

En el año veintiséis del siglo pasado la aviación todavía era una aventura. Los aparatos, aunque muy avanzados con respecto a la bicicleta con alas de los hermanos Wright, y gracias en buena parte a la primera conflagración mundial, todavía resultaban máquinas peligrosas que requerían de mucha pericia y de mucho valor para ser pilotados.
Los aviadores buscaban nuevos desafíos y gracias a ellos nacieron las grandes rutas aéreas del mundo.

Los Raids estaban de moda y por todo el orbe hombres y mujeres valerosos se subían en aviones y arriesgaban sus vidas en aventuras extraordinarias, igual que habían hecho Colón y los grandes exploradores del pasado, pero ahora conquistando el cielo que era de lo poco que nos quedaba por conquistar a los seres humanos.

España, aunque parezca mentira, se dejaría seducir por la aeronáutica y aquí nacerían hombres tan importantes para la nueva ciencia como lo fueron Torres Quevedo o De La Cierva.

Además nuestros pilotos serían los primeros en usar aquellos conglomerados de madera, alambre y tela para combatir a los enemigos de su patria. Durante la Campaña del Rif, nuestros valientes pilotos se dejarían la vida en muchas ocasiones.

También protagonizaron expediciones que llevarían el nombre de España hasta el fin del mundo. 

Aventuras que pretendían unir a la vieja metrópoli con sus antiguas colonias y fortalecer así los lazos que nos unen.
Sería el caso del raid Madrid-Manila que recorrería diecisiete mil kilómetros cruzando una 
peligrosa e inexplorada ruta que cruzaba África, Medio Oriente, la India y Vietnam para alcanzar las Islas Filipinas.

La expedición sería bautizada como: Escuadrilla Elcano. 
La componían seis hombres que contaban con tres aparatos "Breguet XIX" equipados con unos nuevos motores marca "Lorraine" que generaban cuatrocientos cincuenta caballos de fuerza.
Además a los tres aviones se les instalaron unos nuevos y flamantes depósitos de combustible con capacidad para novecientos litros. 
Los aviones se distinguían entre ellos solamente por su numeral: el número "4", capitán Martínez a los mandos y el mecánico Calvo, número "29", capitán Loriga y mecánico Pérez y el número "30" pilotado por Gallarza y Arozamena de “aprieta-tuercas”.

El día cinco de abril de mil novecientos veintiséis los tres aparatos despegaban del aeródromo de Cuatro Vientos en Madrid para encarar la primera etapa de su viaje. 

En teoría era la más sencilla pues sobrevolarían el norte del continente africano que era casi la segunda casa de los aviadores españoles.
Tras superar sin novedad la primera etapa que les había llevado hasta Argel, a Bengasi, destino final del segundo tramo, solamente llegarían los aparatos "4" y "29". 
Gallarza había sufrido una avería en el motor y había tenido que aterrizar de emergencia en Túnez.
Hasta el nueve de abril no podrían reunirse los tres aviones en El Cairo. 
Desde la capital egipcia debían encarar la etapa más complicada y peligrosa del viaje, atravesar el árido y solitario desierto. 
Nuestros compatriotas contarían, como única referencia en tierra, con los solitarios, somnolientos y desperdigados aeródromos que la RAF mantenía operativos para que funcionase el correo Cairo-Bagdad. 

El día once de abril despegaban los tres Breguet con la escarapela rojigualda brillando contra el fuselaje y con rumbo a la exótica ciudad de Bender-Abbas que estaba en el actual Irán.
Tan solo consiguen llegar dos aparatos.

El número "4" de Estévez y Calvo había desaparecido en mitad del desierto y se temía lo peor.
Sus compañeros decidieron esperar varios días en Bagdad antes de continuar el raid. 

Nada se sabía del destino de los dos aviadores españoles que pasarían cinco largos días bajo el sol del desierto intentando reparar el puñetero motor que se negaba a arrancar. 
Me puedo imaginar al mecánico con los brazos negros de aceite, apretando juntas y purgando circuitos, ajustando las bombas de alimentación y cagándose en el diseñador gabacho del motor, en la arena del desierto y en todos los Santos del cielo. 
Un avión inglés localizaría su posición y los españoles serían rescatados. 
Después los mismos ingleses, entre mucha excusa, mucha envidia y mucha arrogancia denegarían el permiso de despegue a los pilotos españoles. 
Calvo y Estévez se quedaban en Oriente Medio y la Escuadrilla Elcano, igual que la expedición de su homónimo, iba perdiendo expedicionarios por el camino.
La siguiente etapa, que tenía como punto de destino Karachi, empezaría muy bien cuando los españoles recibieron la noticia del rescate con vida de sus camaradas. 
Con aquella alegría, que contagiaría a los mismos aviones, se llegaría sin novedad hasta Saigón. 
Los aparatos españoles habían sobrevolado Agra, Calcuta y Rangún, después y a través del Golfo de Bengala, a Bangkok y desde allí a Saigón solamente había unas horas de vuelo. 
Habían pasado veinte días desde el inicio de la aventura.

Pero aún no había terminado.
Nada más despegar de la capital vietnamita empezarían los problemas para la expedición hispana. 

Una espesa nube de mosquitos se cruza por delante y obtura el motor del aparato que pilotaba Loriga que se vio obligado a regresar de inmediato hacia el aeródromo con el motor petardeando, ahogado y a punto de detenerse. 
Gallarza y Arozamena lograrían llegar hasta Hanoi.

El día veintisiete, una vez reparado y limpio el motor, el aparato número "29" llegaría también a Hanoi. 
Una vez allí y para más desgracias, al pobre Arozamena le salió un flemón más gordo que la cúpula de San Pedro. 
No quedaba mas remedio que retrasar la salida.
El primero de mayo se reiniciaría la expedición pero parecía que la mala suerte quería cebarse con el raid español. 
Los dos aviones se vieron obligados a aterrizar de emergencia por causas mecánicas. 
El "29" aterrizaría en el pequeño aeródromo de Tien Pack por culpa de una fuga en el circuito de refrigeración del motor. 
A Gallarza y Arozamena -con una muela de menos- se les pararía el motor en pleno vuelo. 
Manteniendo la sangre fría Gallarza conseguiría planear hasta que logran tomar tierra muy cerca de la colonia portuguesa de Macao.

La pista de aterrizaje no era más que un campo de fútbol que poco antes había sido patatal y que terminaba en una fila de gruesos y frondosos árboles.
Solamente la pericia de Gallarza lograría que los dos hombres no se dejasen los sesos pegados contra la línea de árboles, aunque el avión quedaría seriamente dañado. Arozamena, auxiliado por los mecánicos portugueses que habían ofrecido su ayuda a los camaradas españoles, se pusieron de inmediato a reparar los muchos daños del Breguet número "30".

El día cuatro de mayo llegarían a Macao los compañeros Loriga y Pérez. 

Alcanzaron el pequeño aeródromo de la arboleda con el motor renqueando, soltando humo negro y además el mecánico Pérez llegaba muy enfermo de fiebres. 
Al día siguiente el aparato de Gallarza ya estaba reparado y listo para afrontar la última etapa de la aventura.

Arozamena cedería su puesto en el avión al capitán Loriga… Que
donde manda patrón…
Sin embargo lo más importante era que el raid español debía terminar y terminar con éxito, dando igual quien estuviese a los mandos del aparato. 
Estaban a un paso de lograr la hazaña y la expedición española había admirado y tenido pendiente de la aventura al mundo entero.
Por eso navíos de la Armada francesa y portuguesa escoltaron al solitario avión español durante la travesía marítima.

Luego, muy poco antes de alcanzar los cielos de Luzón, una escuadrilla de aparatos norteamericanos les rendiría escolta de honor hasta que aterrizaron en el aeropuerto de Manila.
Los pilotos españoles fueron aclamados como héroes.
Era el once de mayo de mil novecientos veintiséis.
Los valientes pilotos españoles habían demostrado que nuestra nación seguía siendo pionera y descubridora, adelantada, valiente y enamorada hasta el tuétano de aquellos frágiles aparatos.
Aeroplanos pilotados por los corazones de acero de aquellos hombres valientes que paría un tierra lejana que se llamaba España.

A. Villegas Glez. 2012.









domingo, 26 de enero de 2014

PER ASPERA AD ASTRA

Desde la dificultad hasta las estrellas…
Así reza el hermoso lema del Ejército del Aire Español. 

Hermoso y realista, porque desde el principio de toda aquella aventura, tuvieron que vencer dificultades y problemas sin fin: material obsoleto, falta endémica de presupuestos para cualquier cosa, instalaciones improvisadas y demás etcéteras tipycal espanis.
Ya saben, nuestra querida tierra… 

Hasta los mismos aviones se tenían que comprar por suscripción popular o eran, en algunas ocasiones, donados por pudientes particulares apasionados de la aeronáutica.
Sin embargo aquí contábamos con una materia prima de la que carecían otras naciones. Aquí teníamos la ilusión, el espíritu de sacrificio y el valor de nuestros aviadores.

Esta es su pequeña historia.

El primer español que -digamos- alzó el vuelo, se llamaba Diego Marín y allá por el año 1793, (que ya ha llovido), construye un artefacto fabricado con varillas y plumas de ave y con el que se lanza, resuelto a surcar el aire, desde lo alto de una torre del castillo de su pueblo. Consiguió recorrer cuatrocientos metros antes del aterrizaje -forzoso claro- del que milagrosamente sobrevivió. 
Diego seguirá toda su vida obsesionado con la idea de volar como los pájaros. 
No era el único en el Mundo ya que aquel anhelo lo arrastraba toda la humanidad desde los tiempos de Ícaro.

Un día los hermanos Wright lo lograron y la pasión de volar caló al planeta entero, y enseguida surgieron los inventos y las mejoras y con ellos las gestas aeronáuticas. 

Aquí no fuimos menos, aunque parezca mentira, y también hubo pioneros, ingenieros y pilotos contagiados por la nueva y espectacular tecnología. 
Algunos de ellos eran de los mejores y más reconocidos del Mundo. 
España echaba a volar.

El día veinte de abril del año mil novecientos diez y por Real Orden, se crean los Servicios de Aerostación, Aeronáutica y Aviación y además, como guinda tecnológica, un soberbio laboratorio de Aerodinámica. 

El nuevo Servicio se le asigna al Cuerpo de Ingenieros y en el año 1911 empieza el curso de la primera promoción de pilotos.
En 1913 nacía el Servicio de Aeronáutica Militar, que quedaba dividido entre Aviación y Aerostación.

El dieciséis de abril de aquel mismo año se aprobaba el emblema que luciría el Cuerpo, el mismo que hoy en día llevan en las guerreras y que es diseño e idea de la bellísima Infanta doña Beatriz de Sajonia, esposa de don Alfonso de Orleans, que fue, a la sazón, uno de nuestros primeros pilotos militares y padre de la Aeronáutica militar española.

La Infanta era, además de hermosa, una brillante egiptóloga y cierta noche en la que en su casa, su marido y algunos de los primeros oficiales del Cuerpo de Aviación discutían sobre el emblema que debían lucir en sus uniformes, ella recordó los escarabajos alados que, en el Antiguo Egipto, protegían los templos de la entrada de malos espíritus y entonces dibujó un círculo rojo con alas de plata y encima del conjunto la Corona Real. 

El diseño fue aplaudido de inmediato y adoptado por nuestra aviación. Luego lo copiarían casi todas las Fuerzas Aéreas del mundo. ¿Les había dicho que Beatriz además de guapa, era lista?, pues eso, ahí está el emblema por ella inventado tan hermoso, y como querían nuestros pilotos, imperecedero.

Con los años el emblema adoptó el sobrenombre de “Rokiski”, y esto es también curiosa y españolísima anécdota. 

El apodo es en honor de don Luis Rokiski, que era un brillante grabador amén de avispado comerciante y que fue el fabricante de los emblemas que los aviadores lucían, brillantes como soles de mayo en el pecho de las guerreras.

Pero sigamos con nuestra pequeña historia.

El cinco de noviembre del año mil novecientos trece, aparatos "Lohner B-1" realizan la primera acción aérea de guerra de la Historia. Por vez primera se utilizan los aviones para combatir contra el enemigo de forma organizada y pocos días después, nuestros aviadores, realizan el primer bombardeo contra posiciones enemigas. Los picados para arrojar las bombas, que se tiraban a mano, eran pruebas irrefutables del valor de nuestros aviadores.

En noviembre del año mil novecientos quince la aviación española se apunta otro tanto al registrar en sus anales el primer vuelo de un hidroavión militar. Son el Capitán White Santiago y su Curtiss JN-Z.

En 1922 el Cuerpo recibe su primera Medalla Militar Colectiva, en agradecimiento a su inestimable trabajo y su valeroso papel en el frente africano:

“Por su eficientísimo trabajo apoyando a las otras unidades y su acción de fuego sobre el enemigo…”

El ocho de septiembre de 1925 la aviación participa brillantemente -y resulta decisiva para la victoria final- durante el famoso desembarco de Alhucemas. 
Desembarco, por cierto, que es el primero de la Historia que reunía fuerzas de tierra, mar y aire. Diecinueve años antes que Omaha beach y toda la murga anglosajona.

En mil novecientos veintiséis un hidroavión español, el “Plus Ultra”, cruza el Atlántico Sur y aterriza en Buenos Aires. Es la primera aeronave y los primeros pilotos que lo consiguen en el mundo.

En abril de ese mismo año, los capitanes Loriga y González Gallarza consiguen alcanzar Manila con su "Breguett XIX". Formaban parte de la famosa “Escuadrilla Elcano”, que en diecinueve días y tras muchos avatares y aventuras, habían recorrido los diecisiete mil y pico kilómetros que separaban Madrid de la capital filipina. 
Otro hito más que apuntar en el libro de las glorias de nuestra aeronáutica.

En 1928 el ingeniero La Cierva presenta su autogiro "C-6", que se convierte en un exitazo inmediato y que es el padre de los helicópteros modernos. El libro sigue engordando.

Después llegó la Guerra Civil y como en todo lo demás quedaron las fuerzas divididas y España pasó a convertirse en el campo de pruebas de los alemanes y de los rusos. Los aviadores españoles de uno y otro bando derrocharon valor y ganaron justa fama de valientes y decididos entre sus homólogos de las otras naciones.


Al acabar la contienda y crearse el Ministerio del aire, el Cuerpo alcanza el grado de Ejército, el día siete de octubre de 1939.

Su primera misión será proteger el espacio aéreo español y el de su Protectorado durante la Segunda Guerra Mundial.

Hubo muchas, muchísimas provocaciones por parte de los contendientes, sobretodo de los Aliados y hubo bajas en los dos lados durante aquellos días oscuros en los que a España la miraban con desprecio, mientras Europa ardía por los cuatro costados.

En noviembre de 1943 un hidroavión Catalina de los norteamericanos atacó a un "CR- 32" nuestro, y éste, pilotado por el capitán Ferrer, respondió al fuego sin dudarlo, obligando al otro a amerizar de emergencia y con daños tan graves que el aparato norteamericano acabaría hundiéndose. ¡Toma John que es de espumillón!

Tras este incidente y otros que se sucedieron, se firmó el acuerdo llamado de “las tres millas”, denominado así porque los aviones aliados no debían acercarse a menos de esa distancia de las costas españolas.

Se crea el Servicio Aéreo de Rescate que será equipado con hidroaviones "Dornier-24", y que lograron rescatar de las aguas y salvar de la muerte a cientos de pilotos y marineros en el Mediterráneo, rescatando náufragos y a pilotos derribados de todos los contendientes sin distinción. Y encima jugándose la vida cada vez que despegaban subidos en un aparato de fabricación alemana y con los cielos infestados de “Spitfires” y de “Hurricanes” ingleses que patrullaban el Mediterráneo desde sus bases de Malta y Gibraltar.

Todavía están esperando los del SAR que alguno de los gobiernos inglés, alemán, francés, italiano y demás les den las gracias por su labor humanitaria… 
Y lo que les queda que esperar, me temo.

En los combates aéreos sobre los cielos de Europa participaron españoles encuadrados en la llamada “Escuadrilla Azul”, debido a la División homónima que combatía en tierra, y que logró derribar 170 aparatos enemigos y realizó incontables misiones durante su estancia en el frente ruso. 
En el que también combatieron cuarenta o cincuenta pilotos españoles encuadrados entre las filas de la aviación soviética y que estaban mucho más fogueados y curtidos que sus camaradas rusos, logrando muchos de ellos alcanzar el título de As y Héroe de la Unión Soviética.
Aunque luego muchos fueron destinados a los campos de Siberia.

Después llegó la paz, y al principio a la pobre y miserable España las naciones le dieron la espalda: ¡qué se mueran de hambre!- pensaban.

Por eso durante la posguerra seguimos fabricando el material alemán, los "Me-109" y los "JU-52", versiones hechas aquí de aquellos fiables aparatos, que llegarían a participan incluso en la Guerra de Ifni del año cincuenta y tantos porque, a pesar de que ya se había recibido material norteamericano, estos nos negaron el permiso para poder utilizarlo contra Marruecos. 
¡Tócate los cojones, Andrés!

Construcciones Aeronáuticas,(CASA), fabrica los transportes “Azor” y “Alcotán”… En España trabajaba el famoso ingeniero alemán Willy Messerschmitt, padre de los 109 y del primer caza a reacción del mundo el Me-262.

En el año mil novecientos cincuenta y tres llegan los primeros reactores, los "T-33" y los "F-86 Sabre" de fabricación norteamericana. 

Con la Guerra Fría empezando a caldearse los norteamericanos habían puesto sus ojos, (y sus dólares), en España.
Ya todo lo que vendría será material norteamericano… Los "F-104", los "F-5", los "F-4 Phamtom".

En España fabricábamos el mejor avión de transporte ligero del mundo, el "C-212 Aviocar", que era heredero directo del viejo y robusto Junkers alemán.

Luego llegarían los “Mirage” franceses con sus distintas versiones y mejoras… Basta decir que los más modernos aparatos que adquirimos en aquellos tiempos los compramos en el zoco moruno de Qatar. ¡Casi ná, Paco, una ganga!

Y sin embargo, con trabajo, tesón, profesionalidad y dos huevos, el Ejército del Aire español estaba considerado -y está- como entre los mejores y más capacitados del Mundo.

Hoy en día tenemos los "F-18" y el ultra-moderno y carísimo “Eurofigther”, aparte de otros cientos de aparatos de todas las clases.
Y seguimos conservando lo más importante…

Tenemos a la gente, heredera de todos aquellos hombres que los precedieron, de todos aquellos que lucieron orgullosos antes que ellos, esas hermosas alas en el pecho, siempre dispuestos y preparados para defender los cielos de su patria. Siempre en guardia, siempre alerta.
Dispuestos a gritar su lema al viento, ése viento que les empuja y que les lleva:

"Desde la dificultad hasta las estrellas…"

© A. Villegas Glez. 2012







sábado, 15 de diciembre de 2012

GLORIA,TRAGEDIA Y MISTERIO: El Vuelo del "Cuatro Vientos"

Diez de junio de 1933.
El Breguet XIX Grand Raid “Super-Bidón” con una raya roja y su nombre “Cuatro Vientos” pintado en el fuselaje atraviesa toda la pista del aeródromo sevillano de Tablada y despega con el motor Hispano-Suiza de seiscientos cincuenta caballos y doce cilindros en uve rugiendo en la madrugada andaluza.
Los ingenieros de la empresa española CASA, que han trabajado como monos para preparar el aparato, que ha sido modificado casi por completo y cuenta con la más moderna instrumentación para la navegación de la época, respiran aliviados y orgullosos.

El “Cuatro Vientos” carga cinco mil litros de combustible y doscientos de aceite para el motor, cuenta con depósitos auxiliares que son fruto del esfuerzo de los ingenieros de la empresa aeronáutica española, por eso en la cola y junto a la bandera tricolor de la recién nacida -y ya desahuciada República- luce el emblema de la Compañía.

En la cabina cerrada viajan el Capitán Mariano Barberán, director de la Escuela de Observadores del Ejército y héroe de la Guerra de Marruecos, y el Teniente Joaquín Collar, profesor de la Escuela de Caza de Alcalá de Henares. 
El mecánico especialista y conocedor hasta del último tornillo del aparato, Modesto Madariaga, viajará vía marítima hasta el primer destino del “Cuatro Vientos”, que no es otro que la isla antillana de Cuba.

El proyecto, del que es padre el propio Barberán, pretende abrir una ruta aérea, atravesando el Atlántico sin escalas y que siga el camino que había hecho Cristóbal Colón quinientos años antes, y así unir más a la antigua metrópoli con sus viejas colonias americanas.

Además Barberán tiene clavada la espina de que después de haberse visto metido hasta las cejas en el proyecto “Plus Ultra”, del que fue también promotor y padre, no haber podido embarcar junto a su amigo Ramón Franco en la aventura. Desavenencias y motivos personales impidieron que el capitán se embarcase en el hidroavión y saliese en los periódicos y noticiarios.
Ahora con este primer vuelo transatlántico sin escalas la cosa quedará equilibrada. Además el proyecto recibe las bendiciones y la financiación de la joven República. Miel sobre hojuelas para Barberán, aunque él sea monárquico de toda la vida.

En la noche oceánica solamente se escucha el ronroneo agradable y somnífero del fiable motor que empuja la hélice con rumbo directo a Camagüey, primer lugar dónde debe tocar tierra el aparato español.

El once de junio sobre el cielo cubano aparece la figura del hermoso avión español que alabea saludando a los miles de personas que le esperan. 
Apenas les quedan unos pocos litros de combustible, pero el vuelo ha sido tranquilo, sin correcciones de ruta ni tormentas ni vientos contrarios. Han totalizado treinta y nueve horas de vuelo y siete mil trescientos kilómetros. El recibimiento en Camagüey resulta apoteósico.
Pero no es nada comparado con el que reciben los aviadores españoles en La Habana, a dónde se han trasladado escoltados por cuatro cazas de la Fuerza Aérea de Cuba.

Durante nueve días los pilotos reciben el agasajo de las multitudes y de las autoridades, mil fiestas y saraos, dos mil recepciones y diez mil personas amontonadas sólo por verles pasar cada día. Hasta se cuenta que el seductor Teniente Collar le levantó una amante al mismísimo presidente cubano, el mismo Collar que le diría a su amigo Barberán, al acabar la ola de agasajos y fiestas, que “pagaría un brazo por un camión de bicarbonato”.

Mientras el mecánico Madariaga se había estado dando de palos contra una fea avería que había aparecido en el depósito principal del avión. Una grieta que lo había tenido entretenido, lleno de grasa, los ojos rojos de arrimar el soplete, blasfemando y acordándose del que le había aconsejado aprender mecánica de aviones:

- Es sencillo -le decían- como un coche, pero con alas… ¡La madre que los parió!-pensaba Madariaga cada vez que la grieta se hacía un poco más grande y el trabajo de horas se iba a tomar por donde el pepino amargaba.


El veinte de junio el aparato está otra vez preparado para el despegue, no hace buen tiempo en el Golfo de México por lo que algunos aconsejan posponer el vuelo al menos veinticuatro horas, sin embargo los dos pilotos son expertos veteranos y deciden emprender la última etapa, la que les ha de llevar a México D.F y a los brazos de la multitud que les espera.
A las nueve menos cuarto de la mañana del veinte de junio, el “Cuatro Vientos”, despega de La Habana y encara su trágico destino.
A las nueve son vistos sobrevolando Ozita, a las diez horas sobre Sabancu, y a las once pasando Ciudad del Carmen, cerca de Villahermosa, en la región de Tabasco…

Poco después el Breguet XIX y sus dos tripulantes desaparecieron para siempre. 
Volatilizados de la faz de la Tierra, hombres y máquina.

Cuando los aviadores españoles no aparecieron a la hora prevista en Ciudad de México, ni las horas siguientes, ni las posteriores, se temió lo peor y se organizó una de las mayores operaciones de rescate de la Historia, con las Fuerzas Aéreas de México, Cuba y Nicaragua buscando los restos del aparato perdido.
Jamás encontraron nada, ni el más mínimo rastro, ni la más mínima pista. 
Al “Cuatro Vientos” se lo había tragado la tierra y no había dejado detrás ni el menor rastro.

Hoy día, ochenta años después de la tragedia se barajan dos hipótesis sobre lo ocurrido. 
La oficial dice que el “Cuatro Vientos” se estrelló en el mar desapareciendo para siempre en las aguas caribeñas, hundido junto a otros miles de huesos españoles que yacen en aquel osario que es el Mar Caribe.

La oficiosa dice que tras estrellarse en la serranía mexicana contra un gran árbol, los pilotos españoles fueron encontrados y asesinados por los lugareños, creyendo que sacarían un gran botín de aquel accidente y que luego aterrados ante la búsqueda y la insistencia de los representantes estatales, los restos mortales de los dos hombres y los de su avión fueron enterrados juntos en algún remoto lugar de las selvas mexicanas.
Lo único que está claro de todo esto es que los dos valientes pilotos terminaron su misión, cruzar el Atlántico sin escalas, luego, la muerte les atrapó, haciendo lo que más les gustaba, volar.

Lo que está cristalino es que aquella expedición, pese a la muerte y el drama, no terminó en fracaso. 
Lo de estrellarse y matarse a fin de cuentas eran gajes del oficio y estoy seguro que ni Barberán ni Collar chillaron ni patalearon como histéricos mientras el Breguet perdía sustentación y caía como un plomo.
Estoy seguro de que lucharon hasta el final, agarrado a los mandos uno, apretando el otro su hombro desde atrás:

- ¡Agárrate Collar que nos vamos al suelo!


- ¡A ver si puedes meterte en ése claro!


- ¡A ver..!


- Un honor volar contigo compañero…


- Lo mismo te digo, lo mismo te digo…

Y luego la ramas quebrándose, las alas partiéndose, el combustible saliendo a borbotones por la grieta reparada, los cristales haciéndose añicos, el hierro retorciéndose,  un rezo en voz baja, un aullido de dolor al rasgarse la carne, un estruendo en mitad de la selva y luego… 
El silencio.

Cuentan los habitantes de la región que en las noches de luna clara, cuando las estrellas brillan más en el cielo, se puede ver dibujada 
contra el disco lunar la silueta de un avión y sobre la selva se escucha eterno el ronroneo del motor Hispano-Suiza de doce cilindros en uve y seiscientos cincuenta caballos...

© A. Villegas Glez. 12




sábado, 18 de agosto de 2012

ALAS ROTATIVAS

Todos hemos podido ver en documentales o películas imágenes de la Guerra de Vietnam. Los infantes norteamericanos desembarcando de sus helicópteros bajo el fuego enemigo o la espectacular secuencia del ataque de la caballería aérea, al ritmo de la música de Wagner en el film "Apocalipsis Now".

Pues resulta que si no es por el genio, el talento y la perseverancia de un español, los norteamericanos hubiesen tenido que ir en burro.


Se llamaba Juan de La Cierva y había nacido en Murcia allá por el año1895. Era hijo de un conocido empresario y político que había sido ministro en los diversos gobiernos del reinado de Alfonso XIII.


En su hogar el ambiente era de cultura a espuertas y contaba entre sus familiares y allegados con grandes ingenieros y muy pronto Juan se sintió seducido por una nueva y espectacular tecnología, la aeronáutica, al asistir con su abuelo a las exhibiciones aéreas que el francés Mamet hizo en Barcelona y en Madrid. Devoraba las publicaciones que hablaban de los pioneros de la aviación,
el viejo sueño del hombre hecho realidad, volar por el cielo como las aves…

En el año 1904 se traslada a Madrid por causa de las obligaciones de su padre, y allí conoce a un grupo de chavales que comparten su pasión, entre ellos está su hermano pequeño Ricardo, que miraba a Juan como si mirase al mismo Dios. 
Sus amigos, José Barcala, Martín Barbadilo y Pablo Díaz, le ayudarán en su primer y audaz proyecto. Son apenas unos críos con mucha ilusión y muy pocos medios.

Con cuatro maderas, tres lonas y un manojo de cuerdas de piano, construyen un aeroplano, el BCD-1, al que llamaron “El Cangrejo” y que -increíblemente- logró alzar el vuelo en Cuatro Vientos en 1912.
Fue el primer avión de construcción nacional.
Todo el mundo se quedó boquiabierto con De La Cierva y sus locos amigos… Todavía no había acabado los estudios de ingeniería.

Compaginando sus estudios de ingeniería de caminos, pues no había de aeronáutica, diseña y construye el BCD-2, monoplano que fue para todos un verdadero quebradero de cabeza. Leía a todas horas los libros de Lanchester y Jonkowski.

Corre el año 1919 y Juan presenta su espectacular proyecto de fin de carrera. Un avión, claro, un biplano trimotor, espectacular y puede que fuese el primero de esa clase diseñado en el Mundo.

Pero ocurre una terrible desgracia durante la exhibición, al aterrizar el aparato se estrella, el piloto muere, y Juan de la Cierva queda muy afectado, aunque sabe que el error había sido humano y no de diseño se promete a sí mismo que inventará un modo de volar más seguro y eficaz.
La aeronáutica se había cobrado ya un buen puñado de vidas.

Sueña entonces con unas alas giratorias que hagan que el aeroplano no pierda sustentación. 
Los primeros diseños y prototipos son decepcionantes… Demasiada rigidez, demasiada presión en los rotores…

Y entonces, se le enciende la bombilla… Cuando articula libremente los rotores su invento consigue alzar el vuelo. 
Lo llamará Autogicóptero, pero como resulta demasiado largo y complicado, lo cambiará por Autogiro.
Se convertirá en un éxito inmediato.

En 1923 recibe el certificado del nuevo Laboratorio Aeronáutico de Emilio Herrera, y Juan su ansiado título de piloto.

Según los que vuelan en el aparato, resulta como estar en la “alfombra de Aladino”. 
Juan no deja de añadir mejoras y poco después consigue el despegue y el aterrizaje verticales. 
Ya no hacen falta siquiera pistas de aterrizaje.

En 1925, mientras el gobierno español que como siempre no les hacía ni puñetero caso a nuestros inventos e inventores, el Ministerio del Aire Británico llama a Juan y lo pone a trabajar entregándole fondos en buenas libras esterlinas.

Nace así la “Autogiro Cierva Company” y muy pronto se abre su filial en Norteamérica, en dónde el invento de Juan estaba causando furor.
Allí pretenden construirlo en serie, pero será siempre bajo licencia, pues la patente por deseo expreso de Juan, es de España.
Por eso hoy al helicóptero se le llama así y no Autogicóptero o Autogiro, por un tema de derechos, que hay que ver lo que son las cosas.
Juan de la Cierva es ya una celebridad internacional, admirado por su genio y su talento. 
Ha ganado el trofeo Collier y en La Exposición Universal de Chicago de 1932, recibe La Medalla Guggenheim.
Antes de todo esto había cruzado el Canal de La Mancha con su Autogiro, y también realizado un vuelo entre Inglaterra y España.

En 1934 la expedición del almirante Bird al Polo Sur llevaba entre su dotación un utilísimo autogiro. 
Un año después los aparatos Cierva aterrizaban en la azotea del Post Office Building de Filadelfia, acortando el tiempo que tardaba el correo norte americano en ser procesado y entregado.

Edison dijo sobre De la Cierva y su invento, que tras el vuelo de los Wright, era el mayor logro aeronáutico del ser humano… Para 1932 se habían construido más de ciento veinte autogiros y acumulaban más de treinta mil horas de vuelo.

El año 1936 acabó con los sueños y los vuelos, con las ilusiones y con los diseños futuros. 
España se desgaja en bandos irreconciliables- así andamos todavía- mira que somos gilipollas, en facciones, en bandas armadas.

Todo el mundo tomó partido, por convicción, por conveniencia o por miedo. Pero todo el mundo tomó partido… 
Hasta Juan, que ayudó a encontrar el avión que trasladó al general Franco desde Canarias hasta Tetuán, en dónde se puso al frente de los Regulares y Legionarios.

Juan lo pagaría muy caro.


Su hermano Ricardo, el pequeñajo, el que que le había acompañado tantas veces en el garaje construyendo aviones, estaba en Madrid y como era seguidor de las ideas políticas de su padre hacía poco tiempo que se había afiliado a Falange.
Lo fusilaron en Paracuellos del Jarama en noviembre de 1936.

En diciembre de ese mismo año en el aeropuerto de Croydon en el Reino Unido, un avión mixto de carga y pasaje despegaba por la pista… 
De repente al intentar levantar el vuelo llegó el desastre.
Nadie sobrevivió al accidente.
En el avión viajaba con destino Ámsterdam el padre del helicóptero moderno… 
Al que gracias podemos verlos hoy por el cielo como libélulas de metal.

El Destino quiso que el hombre que ideó y construyó un mejor y más seguro método de volar, muriese víctima de uno de aquellos aparatos ruidosos e inseguros.

Siendo como fue un pionero no creo que le importase acabar así… Quizá pensó mientras oía resquebrajarse el metal y veía el fuego extenderse:

- ¡Si hubieseis usado alas rotativas, cabrones…!

Don Juan de La Cierva y Codorrníu… 
Otro héroe sin pica ni arcabuz, sin pluma y sin pincel, pero con el talento impresionante de los Da Vinci, de los Newton, de los Openheimer…
Todos estos no tuvieron sin embargo la desgracia -ni la suerte- de haber nacido en la desmemoriada y descastada España.


© A. Vilegas Glez. 12


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