Del Diario de Alí Ben Sahar, Capitán de Al Quama.
Año 103 de la Hégira.
Asnos salvajes los llaman...
No sé si es cierto. Solamente sé que en estas montañas y despeñaderos, en estos desfiladeros cerrados, entre estas rocas, el poder de nuestros ejércitos no servirá de nada.
Que Alá nos ayude...
28 de Mayo del año 722. Asturias. España...
Apoyado sobre un saliente de la Cova Dominica, el líder de los rebeldes contemplaba el poderoso ejército que había acampado a los pies de la cueva. Quince o veinte mil sarracenos se agolpaban contra el estrecho desfiladero. Los pendones verdes ondeaban al viento asturiano y el silencio de la madrugada se rompía con los rezos de los agarenos. Los tambores y chirimías bereberes retumbaban contra las viejas piedras y a cada soldado cristiano se le estremecía el alma ante el poder musulmán:
- Acojona, ¿verdad, Pelayo?
- No podrán vencernos amigo... Su número y arrogancia les costará mañana mucha, mucha sangre. Además Nuestra Señora nos protegerá...
- Lo sé amigo... Pero da pavor verlos...
- No podemos dejarles vencer... Hay que resistir y recuperar lo que es nuestro.
- ¿El Sur...?
- Aunque nos cueste años y años conseguirlo.
- Que Dios nos ayude...
- Lo hará...
La luna iluminaba el paisaje asturiano, haciendo que las piedras brillasen y los lagos y ríos refulgiesen con una luz espectral. Las tinieblas cubrían el desfiladero y hacían bailotear sombras grises entre los matojos y la arboleda. El aire soplaba haciendo estremecerse las ramas y crujir la madera como si algún Ente las arrancase de cuajo de sus raíces, las piedras gemían, las montañas se estremecían y en la cueva la roca se agitaba mientras los soldados de Pelayo afilaban sus espadas y ensebaban las astas de sus lanzas.
Los cien hombres que había dentro de la cueva, los escogidos, los más valientes y decididos, miraban de cuando en cuando hacia donde su líder hablaba con uno de sus Capitanes.
El resto, no más de trescientos guerreros, permanecía desplegado y en silencio alrededor del ejército moro que había atravesado la vieja calzada romana para plantarse allí, frente a la Cueva de Nuestra Señora, con el único propósito de acabar con aquellos asnos salvajes que habían decidido rebelarse contra el poder del Islam.
Amaneció aquel día muy despacio, como si el sol no quisiera contemplar la masacre que se avecinaba, Las nubes cubrían el cielo y las sombras tardaron en disiparse, la bruma de la mañana se quedó mucho rato sobre las aguas como si pretendiese con su velo que los hombres no se matasen los unos a los otros.
Entre la bruma, como si flotase por algún magnífico prodigio, apareció la figura engalanada del traidor Opas.
El líder de los rebeldes tuvo que sujetar a sus hombres para que no rompiesen la formación ya que querían todos ellos abalanzarse sobre aquel hombre que había vendido su religión y a sus compatriotas:
- ¡Pelayo, Pelayo!- gritó el antiguo Obispo.
- ¿Qué quieres renegado...?- Pelayo le miraba con odio incontenible. Él mismo habría bajado desde su posición para matar a aquel desgraciado vendido a los agarenos, pero la estrategia estaba clara desde hacía días y era la única opción para vencer a tan superior enemigo, así que se contuvo.
- Debes abandonar tu rebeldía. Estos moros nos traen paz y prosperidad. Entrega tus armas y serás nombrado gobernador de toda Asturias...
- ¡Jamás...!- los ojos del líder godo refulgían como el sol que comenzaba a brillar entre las nubes.
- Pues entonces prepárate para morir...
Diario de Alí Ben Sahar...
Atacamos. Atacamos con valor, con toda nuestra fuerza. Los arqueros regaban de saetas la entrada de la cueva en la que los cristianos se refugiaban, las piedras de nuestros honderos barrían las cornisas sobre las que se apostaban los enemigos, las lanzas volaban por todas partes y nuestras tropas enardecidas ocupaban todo el desfiladero con forma de hoz en el que estábamos desplegados...
De nada sirvieron los consejos que algunos Capitanes le dimos a Alqama. De nada sirvieron los ruegos a Munuza para que nos retirásemos a una mejor posición.
El Gobernador despreciaba profundamente a los "asnos salvajes" y no nos prestó la menor atención hasta que fue demasiado tarde...
Pelayo contemplaba el avance agareno. Sonreía. Los moros habían caído en su trampa y aquel día, pese a la superioridad técnica y numérica del enemigo, sería el primero de una larga lista que, él sabía, no había hecho más que empezar a escribirse.
Las antorchas llevaron sus órdenes hasta los hombres que permanecían agazapados entre los riscos.
La avalancha cristiana destrozó las primeras filas enemigas mientras las saetas sarracenas no conseguían alcanzar siquiera la entrada de la cueva y desde los riscos una marea de rocas caía incesante sobre las filas de Munuza aplastando por decenas a sus, hasta hacía poco, aguerridas tropas.
Los hispanos que se abalanzaban contra sus soldados bajaban gritando poseídos por una fuerza sobrenatural, impelidos por el instinto de conservación, impregnados de bravura saltaban de entre los recovecos de la montaña degollando sin detenerse a cuánto enemigo se encontraban en su camino.
Las piedras enormes rodaban por las laderas sepultando a los hombres que miraban hacia atrás y no tenían a dónde huir. Las flechas, espadas y lanzas de los cristianos, goteando sangre, seguían abalanzándose sobre cada nueva fila que cubría el frente agareno.
Pelayo, el líder de los rebeldes, junto a sus cien escogidos, se dejó caer por entre los riscos de la cueva y su furor y valor deshizo lo que quedaba de la vanguardia enemiga.
Los moros retrocedieron espantados ante la avalancha de acero que se abatía sobre ellos, las filas se arrollaron las unas a las otras y nadie se ocupó de proteger al general Al Quama que pereció entre un mar de espadas con forma de cruz.
La estampida provocó que los poderosos e invencibles sarracenos se disgregasen y corriesen entre las peñas y los valles buscando una salida ante la masacre que les estaban infringiendo aquellos rebeldes.
- ¡Corre Alí, corre por tu vida...!
- ¿Hacia dónde Hamed...?
Del diario de Ben Sahar.
Fue una carnicería. Los cristianos se abalanzaron sobre nosotros desde cada recoveco de aquellas enormes montañas. Blandían sus espadas con valor inaudito, convencidos de que la madre del Nazareno les protegía y amparaba. Convencidos de que peleaban por algo mucho más grande y lejano. Convencidos de que, aquel combate en Asturias era el principio de algo mucho más grande, mucho más importante.
La retirada resultó horripilante.
Una vez conocida la noticia de que los cuerpos de cientos de compañeros se pudrían sobre aquellas piedras, los antaño sumisos pueblos y villas se alzaron contra nuestro poder. Agarraron sus armas y nos persiguieron sin compasión, sin tregua, sin piedad por entre aquellas enormes montañas del norte peninsular.
Cayó Munuza, aterrorizado por lo que contemplaba, cayeron muchos capitanes y muchos, muchos soldados. Cayó allí el orgullo del Califato y, a pesar de considerarlos menos que a borricos, escoria o perros infieles, los cristianos habían plantado una semilla envenenada que, por mucho tiempo que pasara, ya nunca dejaría de florecer hasta que abandonásemos esta tierra, este paraíso que habíamos conquistado casi sin esfuerzo.
La tarde caía sobre la Cova Dominica y el desfiladero estaba alfombrado de cadáveres. Una profunda hondonada había quedado cubierta casi hasta el borde de cuerpos de agarenos muertos y sobre ella revoloteaban los buitres en una danza macabra.
Pelayo, el líder de los rebeldes, tinto en sangre y sudor contemplaba el paisaje. Su alma temblaba ante el dantesco espectáculo y al tiempo se estremecía de agradecimiento.
Nuestra Señora, como había prometido, había peleado junto a ellos contra los infieles invasores.
En el cielo rojizo del atardecer vio brillar una cruz entre las nubes. Sin dudar ni un momento agarró dos ramas de roble y formó con ellas aquella misma Cruz que, desde el cielo, le susurraba que su pelea no había hecho más que comenzar y que aquella victoria no era sino el primer paso para hacer de aquella vieja tierra de los godos algo mucho más grande, mucho más gloriosos y mucho más importante de lo que ahora era.
Cuando juntó los dos humildes palos y formó la cruz, desde cada recoveco, desde cada peña, desde cada rincón de aquel lugar de Asturias un bramido se elevó al cielo, un grito unido de las gargantas que habían sobrevivido a la batalla, roncas, enardecidas y rotas, aquellas voces se elevaron al cielo por encima de las peñas de Covadonga y juraron no detenerse jamás hasta expulsar de su tierra a los agarenos.
Y ya podían pasar siglos enteros que, aquel germen que acababa de nacer, aquel río incontenible, ya no se detendría jamás.
Desde las peñas y barrancas Pelayo oía su nombre y se estremecía de orgullo al saberse el iniciador de la enorme gesta que su pueblo acababa de comenzar.
Era el Año del Señor de 722 en la Cueva Dominica, Asturias. España.
A. Villegas Glez. 2016
Imagen: Estatua de Don Pelayo en el Santuario de Covadonga. Obra de Eduardo Zaragoza, 1964.
Fotografía: Autor desconocido.
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miércoles, 29 de junio de 2016
jueves, 23 de junio de 2016
LA DE CUTANDA...
Calatayud. Año del Señor de 1120...
El aire reverberaba a causa del calor creando pequeños espejismos sobre el horizonte, no corría apenas la brisa y el rey Alfonso se había despojado de la cota de malla y permanecía sentado en un humilde escabel mientras se refrescaba los brazos y el torso con el agua fresca que le habían traído del río.
De pie, cerca, por si el Rey reclamaba alguna cosa su criado de confianza permanecía mudo, observando cómo el Batallador pasaba ensimismado los dedos sobre la cicatriz que tenía en el antebrazo derecho. Una más de tantas como cubrían su cuerpo, pruebas de su valor en la guerra y de que, por muy monarca que fuese, siempre encabezaba las cargas de sus caballeros.
Emperador de España le llamaban y Alfonso de Aragón se había ganado aquel título con sangre y sudor, jugándose la vida en sus muchas peleas contra los moros.
Él había sido el único capaz de vencer a los temibles Almorávides que casi habían logrado tomar de nuevo toda la Península.
De pronto se escucharon gritos por el campamento del ejército cristiano que sitiaba la fortaleza de Calatayud. Gritos de sorpresa ante el veloz galopar de un jinete que se detuvo justo ante la tienda del rey.
Alfonso, con el torso desnudo y la espada en la mano apartó la lona y se asomó, curioso, a ver lo que sucedía.
El jinete descabalgó de un salto y antes de que la polvareda se disipase se postró de rodillas ante Alfonso:
- Mi Rey... Yusuf sube por el Jiloca al frente de un ejército de diez mil almorávides...No dejan cristiano vivo a su paso...
Alfonso el Batallador sintió el corazón latir fuerte y acompasado, no sintió miedo ni temor. Aquella era la oportunidad que estaba esperando, el momento final de su pelea contra los terribles y fanáticos guerreros africanos que se vestían con pieles de cabra y habían logrado vencer a tantos y tan buenos reyes en el pasado.
- ¡Pelayo!- gritó el rey. El criado, que había salido tras él de la tienda se puso rígido y sintió cómo las manos comenzaban a temblarle. Ya sabía lo que su Señor iba a decirle.
- ¿Sí, mi Rey...?
- Ve en busca de mis caballeros y pídeles que se reúnan conmigo... Y que ordenen a sus hombres prepararse... ¡Corre!
El sol ya se había ocultado por el horizonte y el campamento cristiano estaba casi levantado, con los jinetes preparados, los carros dispuestos y la Infantería de peones formada en cuadros apretados y silenciosos. Todos y cada uno de los hombres del ejército sabían que algo se estaba cociendo en la tienda del rey en la que, en aquel momento, los caballeros y capitanes discutían la estrategia a seguir en la batalla que muy pronto sucedería.
Todos sabían que bajo las órdenes de tan ardoroso y valiente monarca no había más camino que el de la pelea contra los sarracenos y que, tan sólo gracias a aquella bravura, no estaban todos ellos islamizados o peor, degollados como perros infieles.
Los Almorávides causaban espanto entre las filas cristianas y los trovadores cantaban la terrorífica derrota de Sagrajas de hacía un siglo en la que los cristianos fueron masacrados por millares.
Sin embargo las filas permanecían tranquilas, sin miedo aparente, apoyándose los hombres hombro contra hombro:
- ¿Verdad Alonso que venceremos a los moros...?- le preguntaba un joven soldado al compañero, más curtido y veterano que formaba a su lado.
- Tenlo por seguro... Con El Batallador al frente nadie podrá detenernos, ni siquiera esos salvajes...
En la puerta de la tienda flameaban al viento los pendones de Aragón junto al de Guillermo de Aquitania que había acudido, con seiscientos caballeros, en apoyo de tan famoso rey en su pelea contra los muslines. El aire provocaba que los colores y Escudos de Armas bailoteasen alegres y henchidos.
Dentro el rey escuchaba los consejos de sus capitanes mientras rumiaba un astuto plan para derrotar a Yusuf y su poderoso ejército.
Son miles -decían unos- pelean con bravura y tesón -apostillaban los otros- son fanáticos y jamás se rinden y su Comandante, Ibrahim Yusuf es experto y valeroso soldado...
Alfonso escuchaba a todos y miraba muy serio a todos. No temía a la muerte, ni temía a los sarracenos, solamente la deshonra lograba quitarle el sueño.
Despacio se levantó de su silla y dio dos o tres pasos por la arena mientras miraba a los ojos de sus oficiales y caballeros:
- Nada temáis hermanos míos... Saldremos al encuentro de los mahometanos y los venceremos...
- ¿Salir a su encuentro, mi Rey...?- preguntó alarmado el de Aquitania.
- Sí mi querido Guillermo, directos a por su centro y derechos a la victoria. Les vamos a preparar una celada que no van a olvidar en la vida...
Campos de Cutanda. 17 de Junio de 1120...
Para Ibrahim Yusuf, Caid de Ishbiliya había sido toda una sorpresa encontrarse de bruces con aquellos cristianos en mitad de su camino a Zaragoza. Para el resto de su poderoso ejército formado por sus leales almorávides y unos miles de musulmanes del sur peninsular la sorpresa había sido aún mayor.
El temor supersticioso se había apoderado de las aguerridas filas sarracenas:
- ¿Cómo ha llegado hasta aquí el Batallador?- se preguntaban- que Alá nos ayude- rezaban.
Sin embargo pasado el mediodía habían avanzado espoleados por sus oficiales dispuestos a vencer a los infieles que les cortaban el paso a la hermosa Saragusta.
Yusuf dividió el ejército en tres poderosas columnas y envió por delante a su temible caballería de arqueros.
Aquel Batallador, tan famoso y respetado, había encontrado su final.
Los almorávides avanzaron gritando como posesos enarbolando los alfanjes y las lanzas con las banderas verdes ondeando al viento aragonés.
Estaban seguros de su victoria y el choque contra las filas cristianas resultó brutal y demoledor.
Chocaban las espadas empapadas de sangre, las lanzas se removían entre las filas ensartando tripas y arrancando miembros. El chillerío se elevaba al cielo en el que el sol turolense fustigaba por igual a unos y a otros:
¡Clinc, clanc, clong, Alá agbar, por Cristo y por la Virgen, clinc, clonc clang...!
Caían abatidos los hombres por cientos, destrozados por el furor de la batalla, el suelo se empapaba de sangre en regueros infinitos, en borbotones que salpicaban las armaduras y los escudos, volaban las flechas sarracenas y las cristianas y en los campos de Cutanda la locura de la guerra y el caos de la muerte campaban a sus anchas.
¡Clinng, cloong, clanng, agggg...!
El centro cristiano pareció tambalearse y retroceder, pero solamente lo pareció, ya que los soldados del Batallador tapaban cada hueco entre las filas y ocupaban, pisando tripas y cadáveres, el frente que cubría el enemigo.
Yususf envió a su poderosa Caballería que había reservado para aquel momento. Igualito que en Sagrajas, pensó...
Los moros atravesaron un pequeño paso entre dos cotas y sintieron cómo la tierra retumbaba y el suelo vibraba al tiempo que un grito desgarrador, casi inhumano, se elevaba sobre el campo de batalla:
- ¡¡¡Santiagoooo... Españaaaaaaaa!!!
Alfonso iba el primero de todos. Guillermo de Aquitania le miraba admirado por entre los recovecos de su yelmo repujado.
Lanzas en ristre la Caballería del rey arrasó a la almorávide.
Relinchaban los caballos enardecidos con los ijares cubiertos de espuma, brillaban las lanzas y las espadas, refulgían las armaduras y bailaban los pendones al viento.
El avance cristiano no se detuvo... Yusuf contempló desolado como sus mejores soldados y capitanes caían abatidos, ensartados por las lanzas o decapitados por las espadas con forma de cruz.
La infantería, enardecida ante el valor de su Rey, avanzó degollando sin piedad todo lo que por delante se le ponía. La sangre lo cubría todo y el fanático griterío sarraceno se tornó en escándalo de derrota.
Alfonso y sus caballeros no se detenían, avanzaban imparables hacia el campamento moro arrasándolo todo a su paso.
La guardia de Ibrahim Yusuf le rodeaba, Alfonso estaba ya a dos pasos.
El líder almorávide lloraba de rabia y de impotencia cuando ordenó la retirada hacia Valencia.
Tras él la matanza continuaba y sus antaño valientes soldados se habían convertido en una manada de borregos que huía ante la apisonadora cristiana que seguía sin detenerse.
Los campos de Cutanda estaban alfombrados por cientos de muertos y moribundos. El sol empezaba su camino hacia el horizonte mientras Alfonso I el Batallador, seguido por sus más leales caballeros que le aclamaban continuaba su cabalgada entre las tiendas sarracenas que habían sido apresuradamente abandonadas.
Ibrahim Yusuf miró atrás un instante con las lágrimas inundando su rostro curtido:
- Adiós para siempre Zaragoza...
Fin
A. Villegas Glez. 2016
Imagen: Alfonso I de Aragón. Óleo de Francisco Pradilla (1879). Ayto. de Zaragoza
El aire reverberaba a causa del calor creando pequeños espejismos sobre el horizonte, no corría apenas la brisa y el rey Alfonso se había despojado de la cota de malla y permanecía sentado en un humilde escabel mientras se refrescaba los brazos y el torso con el agua fresca que le habían traído del río.
De pie, cerca, por si el Rey reclamaba alguna cosa su criado de confianza permanecía mudo, observando cómo el Batallador pasaba ensimismado los dedos sobre la cicatriz que tenía en el antebrazo derecho. Una más de tantas como cubrían su cuerpo, pruebas de su valor en la guerra y de que, por muy monarca que fuese, siempre encabezaba las cargas de sus caballeros.
Emperador de España le llamaban y Alfonso de Aragón se había ganado aquel título con sangre y sudor, jugándose la vida en sus muchas peleas contra los moros.
Él había sido el único capaz de vencer a los temibles Almorávides que casi habían logrado tomar de nuevo toda la Península.
De pronto se escucharon gritos por el campamento del ejército cristiano que sitiaba la fortaleza de Calatayud. Gritos de sorpresa ante el veloz galopar de un jinete que se detuvo justo ante la tienda del rey.
Alfonso, con el torso desnudo y la espada en la mano apartó la lona y se asomó, curioso, a ver lo que sucedía.
El jinete descabalgó de un salto y antes de que la polvareda se disipase se postró de rodillas ante Alfonso:
- Mi Rey... Yusuf sube por el Jiloca al frente de un ejército de diez mil almorávides...No dejan cristiano vivo a su paso...
Alfonso el Batallador sintió el corazón latir fuerte y acompasado, no sintió miedo ni temor. Aquella era la oportunidad que estaba esperando, el momento final de su pelea contra los terribles y fanáticos guerreros africanos que se vestían con pieles de cabra y habían logrado vencer a tantos y tan buenos reyes en el pasado.
- ¡Pelayo!- gritó el rey. El criado, que había salido tras él de la tienda se puso rígido y sintió cómo las manos comenzaban a temblarle. Ya sabía lo que su Señor iba a decirle.
- ¿Sí, mi Rey...?
- Ve en busca de mis caballeros y pídeles que se reúnan conmigo... Y que ordenen a sus hombres prepararse... ¡Corre!
El sol ya se había ocultado por el horizonte y el campamento cristiano estaba casi levantado, con los jinetes preparados, los carros dispuestos y la Infantería de peones formada en cuadros apretados y silenciosos. Todos y cada uno de los hombres del ejército sabían que algo se estaba cociendo en la tienda del rey en la que, en aquel momento, los caballeros y capitanes discutían la estrategia a seguir en la batalla que muy pronto sucedería.
Todos sabían que bajo las órdenes de tan ardoroso y valiente monarca no había más camino que el de la pelea contra los sarracenos y que, tan sólo gracias a aquella bravura, no estaban todos ellos islamizados o peor, degollados como perros infieles.
Los Almorávides causaban espanto entre las filas cristianas y los trovadores cantaban la terrorífica derrota de Sagrajas de hacía un siglo en la que los cristianos fueron masacrados por millares.
Sin embargo las filas permanecían tranquilas, sin miedo aparente, apoyándose los hombres hombro contra hombro:
- ¿Verdad Alonso que venceremos a los moros...?- le preguntaba un joven soldado al compañero, más curtido y veterano que formaba a su lado.
- Tenlo por seguro... Con El Batallador al frente nadie podrá detenernos, ni siquiera esos salvajes...
En la puerta de la tienda flameaban al viento los pendones de Aragón junto al de Guillermo de Aquitania que había acudido, con seiscientos caballeros, en apoyo de tan famoso rey en su pelea contra los muslines. El aire provocaba que los colores y Escudos de Armas bailoteasen alegres y henchidos.
Dentro el rey escuchaba los consejos de sus capitanes mientras rumiaba un astuto plan para derrotar a Yusuf y su poderoso ejército.
Son miles -decían unos- pelean con bravura y tesón -apostillaban los otros- son fanáticos y jamás se rinden y su Comandante, Ibrahim Yusuf es experto y valeroso soldado...
Alfonso escuchaba a todos y miraba muy serio a todos. No temía a la muerte, ni temía a los sarracenos, solamente la deshonra lograba quitarle el sueño.
Despacio se levantó de su silla y dio dos o tres pasos por la arena mientras miraba a los ojos de sus oficiales y caballeros:
- Nada temáis hermanos míos... Saldremos al encuentro de los mahometanos y los venceremos...
- ¿Salir a su encuentro, mi Rey...?- preguntó alarmado el de Aquitania.
- Sí mi querido Guillermo, directos a por su centro y derechos a la victoria. Les vamos a preparar una celada que no van a olvidar en la vida...
Campos de Cutanda. 17 de Junio de 1120...
Para Ibrahim Yusuf, Caid de Ishbiliya había sido toda una sorpresa encontrarse de bruces con aquellos cristianos en mitad de su camino a Zaragoza. Para el resto de su poderoso ejército formado por sus leales almorávides y unos miles de musulmanes del sur peninsular la sorpresa había sido aún mayor.
El temor supersticioso se había apoderado de las aguerridas filas sarracenas:
- ¿Cómo ha llegado hasta aquí el Batallador?- se preguntaban- que Alá nos ayude- rezaban.
Sin embargo pasado el mediodía habían avanzado espoleados por sus oficiales dispuestos a vencer a los infieles que les cortaban el paso a la hermosa Saragusta.
Yusuf dividió el ejército en tres poderosas columnas y envió por delante a su temible caballería de arqueros.
Aquel Batallador, tan famoso y respetado, había encontrado su final.
Los almorávides avanzaron gritando como posesos enarbolando los alfanjes y las lanzas con las banderas verdes ondeando al viento aragonés.
Estaban seguros de su victoria y el choque contra las filas cristianas resultó brutal y demoledor.
Chocaban las espadas empapadas de sangre, las lanzas se removían entre las filas ensartando tripas y arrancando miembros. El chillerío se elevaba al cielo en el que el sol turolense fustigaba por igual a unos y a otros:
¡Clinc, clanc, clong, Alá agbar, por Cristo y por la Virgen, clinc, clonc clang...!
Caían abatidos los hombres por cientos, destrozados por el furor de la batalla, el suelo se empapaba de sangre en regueros infinitos, en borbotones que salpicaban las armaduras y los escudos, volaban las flechas sarracenas y las cristianas y en los campos de Cutanda la locura de la guerra y el caos de la muerte campaban a sus anchas.
¡Clinng, cloong, clanng, agggg...!
El centro cristiano pareció tambalearse y retroceder, pero solamente lo pareció, ya que los soldados del Batallador tapaban cada hueco entre las filas y ocupaban, pisando tripas y cadáveres, el frente que cubría el enemigo.
Yususf envió a su poderosa Caballería que había reservado para aquel momento. Igualito que en Sagrajas, pensó...
Los moros atravesaron un pequeño paso entre dos cotas y sintieron cómo la tierra retumbaba y el suelo vibraba al tiempo que un grito desgarrador, casi inhumano, se elevaba sobre el campo de batalla:
- ¡¡¡Santiagoooo... Españaaaaaaaa!!!
Alfonso iba el primero de todos. Guillermo de Aquitania le miraba admirado por entre los recovecos de su yelmo repujado.
Lanzas en ristre la Caballería del rey arrasó a la almorávide.
Relinchaban los caballos enardecidos con los ijares cubiertos de espuma, brillaban las lanzas y las espadas, refulgían las armaduras y bailaban los pendones al viento.
El avance cristiano no se detuvo... Yusuf contempló desolado como sus mejores soldados y capitanes caían abatidos, ensartados por las lanzas o decapitados por las espadas con forma de cruz.
La infantería, enardecida ante el valor de su Rey, avanzó degollando sin piedad todo lo que por delante se le ponía. La sangre lo cubría todo y el fanático griterío sarraceno se tornó en escándalo de derrota.
Alfonso y sus caballeros no se detenían, avanzaban imparables hacia el campamento moro arrasándolo todo a su paso.
La guardia de Ibrahim Yusuf le rodeaba, Alfonso estaba ya a dos pasos.
El líder almorávide lloraba de rabia y de impotencia cuando ordenó la retirada hacia Valencia.
Tras él la matanza continuaba y sus antaño valientes soldados se habían convertido en una manada de borregos que huía ante la apisonadora cristiana que seguía sin detenerse.
Los campos de Cutanda estaban alfombrados por cientos de muertos y moribundos. El sol empezaba su camino hacia el horizonte mientras Alfonso I el Batallador, seguido por sus más leales caballeros que le aclamaban continuaba su cabalgada entre las tiendas sarracenas que habían sido apresuradamente abandonadas.
Ibrahim Yusuf miró atrás un instante con las lágrimas inundando su rostro curtido:
- Adiós para siempre Zaragoza...
Fin
A. Villegas Glez. 2016
Imagen: Alfonso I de Aragón. Óleo de Francisco Pradilla (1879). Ayto. de Zaragoza
jueves, 16 de julio de 2015
JUNTOS Y REVUELTOS
Las Navas de Tolosa. 16 de julio de 1212…
El tercer jinete había llegado a última hora y agobiado por su propia conciencia que le había impulsado y empujado a apoyar a los castellanos, a pesar de que no le gustase la alianza, algo por dentro le había retorcido las tripas a Sancho de Navarra al pensar en que podría no haber estado allí aquel día, como no estaba el Rey de León...
- Dejaros de pamplinas -dice Sancho- ¡Habrá que hacer algo…!
- ¿Y qué hacemos…? -le interroga Alfonso.
- ¡Cargar…! -el navarro permanece impávido.
- ¿Cargar…?... ¡Mare de Deu!- contesta Pedro de Aragón mientras se persigna.
- ¡Que Ella nos ayude...!- musita Alfonso de Castilla.
- ¡Lo hará, pardiez, que lo hará!, por algo somos todos hermanos… O lo seremos...
Los otros dos hombres miran entonces al Rey de Navarra como si se hubiese vuelto loco de repente pero en el fondo de sus almas saben que el montañés tiene más razón que un Santo.
Mientras tanto sobre el llano siguen volando miles las flechas sarracenas y continúa la Caballería almohade ensartando cristianos a pares, la carnicería y la matanza no se habían detenido en ningún momento.
Los fanáticos almohades habían barrido toda resistencia a su paso y regresado a la más férrea ortodoxia islámica, gritaban enardecidos y seguros de que la victoria estaba, una vez más, al alcance de su mano.
Entre la inmensa y densa polvareda, con la cara desencajada, sin mirar atrás y cubiertos de sangre asomaron los primeros soldados cristianos que huían despavoridos. Los gritos de cien mil voces retumbaban por todo el llano de las Navas con quejidos de rabia y de espanto, de dolor y de muerte alaridos terroríficos que helaban la sangre en la venas.
El centro cristiano se estaba derrumbando…
El centro cristiano se estaba derrumbando…
Sobre una loma tres jinetes contemplaban la espeluznante escena, consternados, la pinza almohade se cerraba inexorable sobre el centro cristiano en el que, De Haro y los Caballeros de las Órdenes Militares, combatían a la desesperada y por su propio pellejo.
Uno de los hombres, hablando el castellano con marcado acento catalán, le dice a otro, que es rubito, guapote y que miraba desolado el campo de batalla:
- ¡Mira Alfons, está pasando igual que en Alarcos…!
Uno de los hombres, hablando el castellano con marcado acento catalán, le dice a otro, que es rubito, guapote y que miraba desolado el campo de batalla:
- ¡Mira Alfons, está pasando igual que en Alarcos…!
- ¡No me toques los cojones, haz el favor, Pedro…!
El tercer jinete había llegado a última hora y agobiado por su propia conciencia que le había impulsado y empujado a apoyar a los castellanos, a pesar de que no le gustase la alianza, algo por dentro le había retorcido las tripas a Sancho de Navarra al pensar en que podría no haber estado allí aquel día, como no estaba el Rey de León...
- Dejaros de pamplinas -dice Sancho- ¡Habrá que hacer algo…!
- ¿Y qué hacemos…? -le interroga Alfonso.
- ¡Cargar…! -el navarro permanece impávido.
- ¿Cargar…?... ¡Mare de Deu!- contesta Pedro de Aragón mientras se persigna.
- ¡Que Ella nos ayude...!- musita Alfonso de Castilla.
- ¡Lo hará, pardiez, que lo hará!, por algo somos todos hermanos… O lo seremos...
Los otros dos hombres miran entonces al Rey de Navarra como si se hubiese vuelto loco de repente pero en el fondo de sus almas saben que el montañés tiene más razón que un Santo.
Mientras tanto sobre el llano siguen volando miles las flechas sarracenas y continúa la Caballería almohade ensartando cristianos a pares, la carnicería y la matanza no se habían detenido en ningún momento.
Los fanáticos almohades habían barrido toda resistencia a su paso y regresado a la más férrea ortodoxia islámica, gritaban enardecidos y seguros de que la victoria estaba, una vez más, al alcance de su mano.
Su primer envite les había llevado hasta las fronteras del Tajo y casi a conquistar la capital cristiana, Toledo. Su plan, cuando destrozasen a los cristianos de la Península, era seguir hacia el Norte, más allá de los Pirineos y como Aníbal llegar hasta la misma Roma donde Al Nasir, que era el líder almohade, pretendía clavar la bandera blanca y verde del islam y que su caballo abrevase sobre las destrozadas pilas bautismales de la Basílica de San Pedro.
Y estaban los sarracenos a un paso de conseguirlo, porque si vencían en Las Navas ya nadie sería capaz de detenerlos.
Solamente se interponían en su camino aquellos españoles que, igual que las taifas musulmanas, resultaban avariciosos y envidiosos y entre ellos se daban de puñaladas traperas traicionándose a la menor ocasión.
A pesar de que habían acudido casi todos a lo que habían nombrado como Cruzada, Al Nasir, estaba seguro de que nada podrían lograr frente al poder fanático de los almohades que combatían todos unidos bajo un mismo ideal.
Los intereses mezquinos de los cristianos no podrían vencer a la unidad inquebrantable de los que rezaban al Profeta.
Los tres jinetes de la loma continuaban su conversación mientras la segunda línea de infantería cristiana acudía a toda prisa para reforzar el centro e intentar detener la apisonadora almohade, que destrozaba las Milicias.
- ¿Quién es el Abanderado de Castilla, Alfonso…?
- López de Haro…
-¡Vaya par de cojones…!
- Vascongado ya se sabe, ¡estos montañeses, pero qué te voy a contar que tu no sepas, Sancho…!
- Tus almogávares no dejan detrás más que desolación y muerte, Pedro…
-Ya ves… Si es que son unos bestias…
- ¿Bestias...? Para salvajes y valerosos los leoneses, asturianos y gallegos que han venido “de estrangis”, sin que su rey se entere…
- Al final voy a tener que darte la razón, Alfonso… Esto de juntarse para degollar moros te hace sentir dentro cosas. Cosas extrañas- Pedro de Aragón miraba el centro cristiano que se deshacía como un azucarillo:
Solamente se interponían en su camino aquellos españoles que, igual que las taifas musulmanas, resultaban avariciosos y envidiosos y entre ellos se daban de puñaladas traperas traicionándose a la menor ocasión.
A pesar de que habían acudido casi todos a lo que habían nombrado como Cruzada, Al Nasir, estaba seguro de que nada podrían lograr frente al poder fanático de los almohades que combatían todos unidos bajo un mismo ideal.
Los intereses mezquinos de los cristianos no podrían vencer a la unidad inquebrantable de los que rezaban al Profeta.
Los tres jinetes de la loma continuaban su conversación mientras la segunda línea de infantería cristiana acudía a toda prisa para reforzar el centro e intentar detener la apisonadora almohade, que destrozaba las Milicias.
- ¿Quién es el Abanderado de Castilla, Alfonso…?
- López de Haro…
-¡Vaya par de cojones…!
- Vascongado ya se sabe, ¡estos montañeses, pero qué te voy a contar que tu no sepas, Sancho…!
- Tus almogávares no dejan detrás más que desolación y muerte, Pedro…
-Ya ves… Si es que son unos bestias…
- ¿Bestias...? Para salvajes y valerosos los leoneses, asturianos y gallegos que han venido “de estrangis”, sin que su rey se entere…
- Al final voy a tener que darte la razón, Alfonso… Esto de juntarse para degollar moros te hace sentir dentro cosas. Cosas extrañas- Pedro de Aragón miraba el centro cristiano que se deshacía como un azucarillo:
- Claro... ¡España...!- a Alfonso de Castilla le brillaban los ojos.
- ¿Quién…?- el navarro se hacía el despistado…
- ¡Joder, Sancho…!
-¡Estos navarros...!
Y una carcajada sincera, franca, amistosa sale de las gargantas de los tres hombres que, por un instante, logra acallar los terribles sonidos de la batalla.
- ¡Joder, Sancho…!
-¡Estos navarros...!
Y una carcajada sincera, franca, amistosa sale de las gargantas de los tres hombres que, por un instante, logra acallar los terribles sonidos de la batalla.
La risa de los tres hombres sube hasta el cielo y el sol hace brillar castillos y leones con reflejos rojos y amarillos mientras las nubes forman unas cadenas y en el corazón de los tres hombres germina una certeza.
Si vencen, si consiguen doblegar a su enemigo, aquello será un final y un principio. El final de la ansiada meta que había marcado Don Pelayo y el principio de algo mucho más grande y más hermoso, de algo inexplicable y que les convertía a todos en hermanos de la misma madre.
Si vencen, si consiguen doblegar a su enemigo, aquello será un final y un principio. El final de la ansiada meta que había marcado Don Pelayo y el principio de algo mucho más grande y más hermoso, de algo inexplicable y que les convertía a todos en hermanos de la misma madre.
Los Reyes se miraron.
Las monturas estaban nerviosas igual que los caballeros que tenían tras ellos, hombres que, desde hacía mucho rato, observaban a sus reyes y afilaban sus espadas.
Sancho iba a hacer el gesto de alzar el Estandarte y ordenar la carga, pero se detiene y mira al Rey de Castilla, que era el principal Reino cristiano y el que más tropas y dineros había puesto para la empresa, y por tanto, debía ser su Rey y no otro, el que diese la orden de ataque.
Sancho iba a hacer el gesto de alzar el Estandarte y ordenar la carga, pero se detiene y mira al Rey de Castilla, que era el principal Reino cristiano y el que más tropas y dineros había puesto para la empresa, y por tanto, debía ser su Rey y no otro, el que diese la orden de ataque.
Al paso se despliegan los caballeros de Castilla, de Aragón y de Navarra con sus tres Reyes al frente, en rápida sucesión pasan al trote y luego al galope. El llano de Las Navas retumba bajo los cascos de la Caballería cristiana que se lanza imparable a la carga, resuenan las trompetas y se llena el aire con las voces enardecidas de los jinetes mezcladas con los bufidos de las bestias.
La masa almohade los ve venir y los soldados de la infantería cristiana, que huían, los ven venir y el tiempo y el espacio se funden durante un instante con todos los ojos fijos en las tres figuras que cabalgan hombro contra hombro, espuela contra espuela y con las lanzas apuntando hacia el enemigo
La masa almohade los ve venir y los soldados de la infantería cristiana, que huían, los ven venir y el tiempo y el espacio se funden durante un instante con todos los ojos fijos en las tres figuras que cabalgan hombro contra hombro, espuela contra espuela y con las lanzas apuntando hacia el enemigo
Luego llega el estruendo indescriptible cuando la cuña, encabezada por los tres hombres, se incrusta como un estilete en el centro de la infantería almohade. Los cristianos acuchillan como salvajes y el miedo se torna en temeridad.
Las cartas cambian de golpe de manos y son ahora los soldados sarracenos los que huyen espantados, pues todo el cristiano que había podido agarrar una espada, lanza o hacha, había seguido enardecido y valiente a sus tres Reyes.
Las cartas cambian de golpe de manos y son ahora los soldados sarracenos los que huyen espantados, pues todo el cristiano que había podido agarrar una espada, lanza o hacha, había seguido enardecido y valiente a sus tres Reyes.
Sancho de Navarra y sus guerreros exterminan a la temida guardia negra del Sultán, obligando a Miramamolín a tener que correr hasta Jaén dándose patadas en el culo.
Pedro de Aragón alcanza su posición, llega el aragonés cubierto de sangre y jaleado por sus almogávares.
Pedro le pregunta a Sancho si no se va a llevar algún recuerdo de la victoria:
Pedro le pregunta a Sancho si no se va a llevar algún recuerdo de la victoria:
- Una cadena de esas de los negros estaría bien para tu Escudo, Sancho.
- ¡Cierto es…!- Sancho miraba las cadenas ensangrentadas con las que los guardias negros se ataban al suelo para morir defendiendo al Sultán. Y lo habían hecho. No había quedado ni uno vivo.
- ¡Cierto es…!- Sancho miraba las cadenas ensangrentadas con las que los guardias negros se ataban al suelo para morir defendiendo al Sultán. Y lo habían hecho. No había quedado ni uno vivo.
Cuando Alfonso de Castilla se une a ellos los tres hombres se funden en un apretado abrazo, luego desmontan para clavar las espadas y las rodillas en la tierra y darle gracias a Dios por haberles concedido la victoria.
A su alrededor el peligro almohade se había desintegrado y miles de muertos tapizaban el llano de Las Navas de Tolosa:
- ¡No sé ni cómo hemos podido lograrlo…! ¡Cien mil sarracenos…!- Alfonso contemplaba el campo de batalla.
- ¡Yo sí lo sé…!
- ¿Tú, Sancho?... El último que ha llegado…
- ¿Que tiene que ver?… Vine, ¿no?, pues eso… ¡No me toques los huevos, Pedrito…!
- ¡Calma…! No empecemos… A ver Sancho, cuéntanos…
Sancho miraba atravesado a Pedro de Aragón, sus tierras eran fronteras y habían tenido más de un encontronazo los soldados navarros y los aragoneses.
- ¡No sé ni cómo hemos podido lograrlo…! ¡Cien mil sarracenos…!- Alfonso contemplaba el campo de batalla.
- ¡Yo sí lo sé…!
- ¿Tú, Sancho?... El último que ha llegado…
- ¿Que tiene que ver?… Vine, ¿no?, pues eso… ¡No me toques los huevos, Pedrito…!
- ¡Calma…! No empecemos… A ver Sancho, cuéntanos…
Sancho miraba atravesado a Pedro de Aragón, sus tierras eran fronteras y habían tenido más de un encontronazo los soldados navarros y los aragoneses.
Sin embargo el sentimiento de hermandad era demasiado fuerte todavía.
Mañana, Dios diría:
- Hemos ganado porque hemos permanecido unidos- dice Sancho.
- Otras veces nos hemos aliado contra el infiel- le contesta Alfonso.
- Pero no como ésta, Alfonso, no como ésta…
- ¿Y qué tiene esta vez de distinta…?- replica Pedro de Aragón.
La luna estaba casi sobre el campo que olía a muerte y en el que miles de cadáveres se descomponían desnudos tras haber pasado sobre ellos la rapiña y el saqueo. Mañana serían los buitres los que llegasen y se abatiesen sobre todos los muertos.
- Hemos ganado porque hemos permanecido unidos- dice Sancho.
- Otras veces nos hemos aliado contra el infiel- le contesta Alfonso.
- Pero no como ésta, Alfonso, no como ésta…
- ¿Y qué tiene esta vez de distinta…?- replica Pedro de Aragón.
La luna estaba casi sobre el campo que olía a muerte y en el que miles de cadáveres se descomponían desnudos tras haber pasado sobre ellos la rapiña y el saqueo. Mañana serían los buitres los que llegasen y se abatiesen sobre todos los muertos.
También sobre la frágil unidad que los cristianos habían conseguido.
Pero aquella noche no.
Aquella noche del dieciséis de julio de mil doscientos y doce, dentro de los corazones de cada uno de los miles de hombres que habían combatido juntos sobre aquel polvoriento llano de Jaén, una llamita les hacía sentir que lo habían hecho por algo mucho más grande y mucho más especial, algo que quizás ninguno de ellos alcanzara a entender, pero que ahí estaba, brillando dentro de cada uno de sus corazones.
Sancho de Navarra seguía mirando impasible al aragonés, luego se rasca el cogote sorprendido de sí mismo y de su propio pensamiento, ¡y mira que le fastidiaba reconocerlo, pardiez!, a él que era un montañés de Navarra pero así eran las cosas, luego, impávido, mira a sus camaradas y les dice:
- Hemos ganado la batalla a los moros porque los españoles de cada una de las cuatro esquinas hemos peleado juntos y revueltos…
Fin
© A. Villegas Glez. Del Libro: "Ni un Pedazo de Tierra sin una Tumba Española". Glyphos Publicaciones. 2015
Pero aquella noche no.
Aquella noche del dieciséis de julio de mil doscientos y doce, dentro de los corazones de cada uno de los miles de hombres que habían combatido juntos sobre aquel polvoriento llano de Jaén, una llamita les hacía sentir que lo habían hecho por algo mucho más grande y mucho más especial, algo que quizás ninguno de ellos alcanzara a entender, pero que ahí estaba, brillando dentro de cada uno de sus corazones.
Sancho de Navarra seguía mirando impasible al aragonés, luego se rasca el cogote sorprendido de sí mismo y de su propio pensamiento, ¡y mira que le fastidiaba reconocerlo, pardiez!, a él que era un montañés de Navarra pero así eran las cosas, luego, impávido, mira a sus camaradas y les dice:
- Hemos ganado la batalla a los moros porque los españoles de cada una de las cuatro esquinas hemos peleado juntos y revueltos…
Fin
© A. Villegas Glez. Del Libro: "Ni un Pedazo de Tierra sin una Tumba Española". Glyphos Publicaciones. 2015
Imagen: Tapiz de las Navas de Tolosa.
domingo, 31 de agosto de 2014
El Galeote
Una vez fui galeote, hace ya muchos años, y todavía conservo sobre la piel las huellas de los rebencazos que nos daban los sarracenos. ¡Tachat, tachat, tachat!, restallaba el látigo mientras nos desollaban las espaldas.
La galera “Mahoma” era el orgullo de su capitán, Uluch Ahmed, y el hijo de mala madre tenía por honra que su nave fuese la más rápida y mortífera de toda la flota de La Sublime Puerta, y lo era, ¡Vive Dios que lo era!, ahí están mis cicatrices que lo demuestran.
Me llamo Gonzalo de Guzmán y Arregui y una vez fui galeote.
El día que los otomanos nos capturaron volvíamos de Chipre, a dónde habíamos llevado a varios caballeros de La Religión, que así es como llamamos a los miembros de la Orden de San Juan de Jerusalén.
Aparecieron los turcos de repente, tres galeras y una galeaza que nos hizo mucho daño con sus cañones.
Una de aquellas galeras era la “Mahoma”, y ya les dije que era rápida como el viento, pues se distinguían sus remos avanzando cortando el agua rítmicos y acompasados. Disciplinados.
Los de la galera “Santiago”, como buenos hidalgos y españoles bien nacidos no íbamos a dejar que nos capturasen sin lucha, por eso durante tres horas nos batimos con furia, pero los jenízaros nos inundaron las arrumbadas y pronto Cristo empezó a abrirnos las puertas del cielo.
No sé si fue por mis ropas caras de hidalgo pudiente -que había ganado en una partida de desencuadernada- por lo que me encadenaron a un remo y no me degollaron como a un perro a proa, junto al espolón, como habían hecho con otros prisioneros, quizá los turcos suponían que mi supuesta familia rica pagaría mi rescate en buenos doblones del Rey.
¡Si estos infieles conociesen la realidad...!
En pocos días aprendí que en galera turca remar y callar es ley, a mi lado me habían tocado de compañeros de banco, dos tudescos grandes como bueyes e igual de inteligentes, un renegado maltés que hablaba solamente en lengua franca y al que no entendía ni la misma madre que lo parió y el de más allá que era un griego delgado y taciturno y que no dijo palabra en cinco meses, que fue el tiempo justo que tardó el brutal cómitre en hacerle trizas los riñones a rebencazos, para que luego lo tirasen por la borda sin más ceremonias.
El tiempo al remo es tiempo de mucho pensar, pues ingenias mil planes irrealizables de fuga, recuerdas cada instante bueno y malo de tu existencia, rezas mucho e imaginas, cada vez que nos cruzamos con alguna galera cristiana, que ésa será la que te saque de allí.
También hay días en los que reniegas de todo y tan sólo deseas llegar de una puñetera vez a Constantinopla o a dónde sea, y que te quiten los grilletes oxidados que te están corroyendo los huesos.
Es bueno pensar y repensar e intentar que nada te afecte, así quizás la cabeza logre escapar de todo aquello y puede ser que no te vuelvas loco y acabes como algunos que gritan, o se ríen sin motivo aparente, o lloran desesperados mientras se arrancan las uñas a mordiscos.
Tampoco se hacen muchos amigos en galera pues apenas da lugar para ello ya que los turcos no permiten a los españoles juntarnos a más de tres a la vez.
La galera “Mahoma” era el orgullo de su capitán, Uluch Ahmed, y el hijo de mala madre tenía por honra que su nave fuese la más rápida y mortífera de toda la flota de La Sublime Puerta, y lo era, ¡Vive Dios que lo era!, ahí están mis cicatrices que lo demuestran.
Me llamo Gonzalo de Guzmán y Arregui y una vez fui galeote.
El día que los otomanos nos capturaron volvíamos de Chipre, a dónde habíamos llevado a varios caballeros de La Religión, que así es como llamamos a los miembros de la Orden de San Juan de Jerusalén.
Aparecieron los turcos de repente, tres galeras y una galeaza que nos hizo mucho daño con sus cañones.
Una de aquellas galeras era la “Mahoma”, y ya les dije que era rápida como el viento, pues se distinguían sus remos avanzando cortando el agua rítmicos y acompasados. Disciplinados.
Los de la galera “Santiago”, como buenos hidalgos y españoles bien nacidos no íbamos a dejar que nos capturasen sin lucha, por eso durante tres horas nos batimos con furia, pero los jenízaros nos inundaron las arrumbadas y pronto Cristo empezó a abrirnos las puertas del cielo.
No sé si fue por mis ropas caras de hidalgo pudiente -que había ganado en una partida de desencuadernada- por lo que me encadenaron a un remo y no me degollaron como a un perro a proa, junto al espolón, como habían hecho con otros prisioneros, quizá los turcos suponían que mi supuesta familia rica pagaría mi rescate en buenos doblones del Rey.
¡Si estos infieles conociesen la realidad...!
En pocos días aprendí que en galera turca remar y callar es ley, a mi lado me habían tocado de compañeros de banco, dos tudescos grandes como bueyes e igual de inteligentes, un renegado maltés que hablaba solamente en lengua franca y al que no entendía ni la misma madre que lo parió y el de más allá que era un griego delgado y taciturno y que no dijo palabra en cinco meses, que fue el tiempo justo que tardó el brutal cómitre en hacerle trizas los riñones a rebencazos, para que luego lo tirasen por la borda sin más ceremonias.
El tiempo al remo es tiempo de mucho pensar, pues ingenias mil planes irrealizables de fuga, recuerdas cada instante bueno y malo de tu existencia, rezas mucho e imaginas, cada vez que nos cruzamos con alguna galera cristiana, que ésa será la que te saque de allí.
También hay días en los que reniegas de todo y tan sólo deseas llegar de una puñetera vez a Constantinopla o a dónde sea, y que te quiten los grilletes oxidados que te están corroyendo los huesos.
Es bueno pensar y repensar e intentar que nada te afecte, así quizás la cabeza logre escapar de todo aquello y puede ser que no te vuelvas loco y acabes como algunos que gritan, o se ríen sin motivo aparente, o lloran desesperados mientras se arrancan las uñas a mordiscos.
Tampoco se hacen muchos amigos en galera pues apenas da lugar para ello ya que los turcos no permiten a los españoles juntarnos a más de tres a la vez.
O se matan entre ellos, o peor, capaces son de tomar el barco a puros huevos, que con éstos nunca se sabe, así deben de pensar los turcos, porque es vernos a dos galeotes charlando en buen castellano y comenzar de inmediato a darnos latigazos, mientras nos enseñan las gumias y se señalan el gaznate, los hideputas.
Y de esta manera tan entretenida van pasando los días y los meses y los años.
De Constantinopla nada de nada, solamente algún atraque en puerto aliado de La Sublime para reabastecernos y soltar esclavos, aunque a mí nadie me deshierra, a mí me dejan encadenado al remo en cada ocasión.
Durante este tiempo encadenado, la galera "Mahoma" había sostenido combates duros- con nosotros dentro, claro- verdaderas batallas en las que piensas que hasta allí habías llegado, mientras chorrea la sangre y caen los hombres destrozados a tu alrededor.
Es para cagarse, y perdonen vuestras mercedes, pero es que es así, pues amarrado a las tablas si se va a pique la galera, tu te vas con ella irremediablemente al fondo y con tanta gente acuchillándose a mansalva y sin piedad a tu alrededor quedas expuesto a llevarte uno de los mil tajos que cortan el aire o de que te acierte una de las cien pelotas de plomo o de las quinientas saetas que vuelan por todas partes, y tú allí amarrado e indefenso.
Y de esta manera tan entretenida van pasando los días y los meses y los años.
De Constantinopla nada de nada, solamente algún atraque en puerto aliado de La Sublime para reabastecernos y soltar esclavos, aunque a mí nadie me deshierra, a mí me dejan encadenado al remo en cada ocasión.
Durante este tiempo encadenado, la galera "Mahoma" había sostenido combates duros- con nosotros dentro, claro- verdaderas batallas en las que piensas que hasta allí habías llegado, mientras chorrea la sangre y caen los hombres destrozados a tu alrededor.
Es para cagarse, y perdonen vuestras mercedes, pero es que es así, pues amarrado a las tablas si se va a pique la galera, tu te vas con ella irremediablemente al fondo y con tanta gente acuchillándose a mansalva y sin piedad a tu alrededor quedas expuesto a llevarte uno de los mil tajos que cortan el aire o de que te acierte una de las cien pelotas de plomo o de las quinientas saetas que vuelan por todas partes, y tú allí amarrado e indefenso.
Un infierno para los nervios, créanme.
Sin embargo un suceso inesperado nos había sacado de la rutina, al menos de la rutina de navegar sin rumbo en busca de presas.
La inmensa flota turca se había reunido. Galeras y galeazas por decenas y cientos de tahonas y naves menores con miles de gargantas embarcadas y todas gritando : “Alá es grande” cinco veces al día. Cantando alegres y confiados, tocando chirimías y panderos hasta la madrugada.
Algo gordo se cocía.
Entre los esclavos los rumores corren como el viento, que si los turcos se estaban reuniendo para entablar un gran combate contra los cristianos, que si el Papa había convocado una Liga, que si el Rey Felipe de España enviaba a su propio hermano como Capitán General, y mil chascarrillos más que corrían de banco en banco, de galera a galera, como un rayo de luz y de esperanza.
Todo esto no eran más que rumores y muy pocos les hacíamos caso y menos caso se hacía todavía a los cuatro locos que andaban propagando la rebelión entre nosotros, entre los galeotes, pregonan que cuando llegase el momento habría que intentar morir luchando. Yo estaba dispuesto pero, ¿y los grilletes…?
Sin embargo los rumores se convirtieron en realidad el día siete de octubre del año mil quinientos setenta y uno, nunca jamás olvidaré la fecha, era el día de la celebración de Nuestra Señora del Rosario y fue el día en que me liberé, por fin, del yugo sarraceno.
Las tablas saltaban hechas pedazos y los remos partidos eran ahora solamente inútiles estorbos, más de la mitad de los galeotes de la "Mahoma" yacían muertos.
A mi alrededor todo era un caos de tripas y sangre, de madera y astillas, de cabos y lonas desparramados, de locura y de matanza.
La flota cristiana -gracias a Dios- estaba destrozando a los turcos.
Los gritos desquiciados de los que mandaban nuestra galera así me lo indicaban, pues corrían todos como locos por las arrumbadas muy poco antes del brutal choque que dimos contra las naves cristianas.
Los galeotes remábamos desquiciados y con la espalda chorreando sangre, pues como en cada ocasión, la galera de Uluch Ahmed navegaba de las primeras.
Sin embargo un suceso inesperado nos había sacado de la rutina, al menos de la rutina de navegar sin rumbo en busca de presas.
La inmensa flota turca se había reunido. Galeras y galeazas por decenas y cientos de tahonas y naves menores con miles de gargantas embarcadas y todas gritando : “Alá es grande” cinco veces al día. Cantando alegres y confiados, tocando chirimías y panderos hasta la madrugada.
Algo gordo se cocía.
Entre los esclavos los rumores corren como el viento, que si los turcos se estaban reuniendo para entablar un gran combate contra los cristianos, que si el Papa había convocado una Liga, que si el Rey Felipe de España enviaba a su propio hermano como Capitán General, y mil chascarrillos más que corrían de banco en banco, de galera a galera, como un rayo de luz y de esperanza.
Todo esto no eran más que rumores y muy pocos les hacíamos caso y menos caso se hacía todavía a los cuatro locos que andaban propagando la rebelión entre nosotros, entre los galeotes, pregonan que cuando llegase el momento habría que intentar morir luchando. Yo estaba dispuesto pero, ¿y los grilletes…?
Sin embargo los rumores se convirtieron en realidad el día siete de octubre del año mil quinientos setenta y uno, nunca jamás olvidaré la fecha, era el día de la celebración de Nuestra Señora del Rosario y fue el día en que me liberé, por fin, del yugo sarraceno.
Las tablas saltaban hechas pedazos y los remos partidos eran ahora solamente inútiles estorbos, más de la mitad de los galeotes de la "Mahoma" yacían muertos.
A mi alrededor todo era un caos de tripas y sangre, de madera y astillas, de cabos y lonas desparramados, de locura y de matanza.
La flota cristiana -gracias a Dios- estaba destrozando a los turcos.
Los gritos desquiciados de los que mandaban nuestra galera así me lo indicaban, pues corrían todos como locos por las arrumbadas muy poco antes del brutal choque que dimos contra las naves cristianas.
Los galeotes remábamos desquiciados y con la espalda chorreando sangre, pues como en cada ocasión, la galera de Uluch Ahmed navegaba de las primeras.
Y así nos dieron...
Las galeazas cristianas nos hicieron migas con sus cañones mucho antes de poder acercarnos, pero la inercia, pues allí a aquellas alturas no remaba nadie, nos había llevado contra el espolón de una galera española.
A través de un boquete de la tablazón podía ver a mis antiguos camaradas cargar y disparar sus arcabuces. Impasibles y certeros eran una muralla de hierro y de plomo.
Eran la Ira de Dios.
Tengo que confesar que el orgullo que sentí en aquel momento por mi patria y por mis compatriotas valía todo el oro de las Indias y pagaba, sobradamente, todas las miserias y privanzas sufridas durante aquellos largos años de cautiverio.
La imagen de aquellos arcabuceros españoles disparando sobre los turcos, aquel día de octubre, hacía que mi corazón henchido diese gracias a Dios por haber nacido en aquella tierra dura e ingrata, en aquellos campos yermos y abandonados, en aquellos páramos llenos de ovejas, en aquel lugar en dónde relumbraban con igual fuerza, la gloria y la miseria.
Entonces me puse a gritar:
-¡¡¡SANTIAGO!!!!....¡¡¡¡CIERRA, CIERRA!!!!
Y el Apóstol me escuchó, porque unos soldados viejos, que segaban turcos como descosidos, me oyeron, y paso a paso se acercaron hasta dónde yo estaba.
Daba miedo verlos venir dando tajos y pegando tiros con los arcabuces mientras chorreaba la sangre turca de sus espadas:
-¿Español, eres?- me dice uno con barbas y cara de fiera y me parece que respondo que sí.
- ¡Vamos pues!- y de un tiro certero me libra de los grilletes que me aprisionaban.
Los huesos vibran y duelen pero mi corazón salta de alegría y más todavía cuando me dieron una espada.
Pensaba yo que tantos años sentado al remo me habrían hecho perder la destreza, pero no, y además allí había sarracenos a cientos para poder practicar, ya que a mi alrededor la batalla continuaba.
Nadie daba cuartel, aunque al asomarme a la borda pude comprobar que los turcos buscaban más escapar que combatir, y no me extraña, porque casi toda la flota otomana ardía y las naves que quedaban se batían desesperadas a saetazos contra el poder de fuego de los cristianos que barrían las cubiertas enemigas a mosquetazos.
Por allí había un tal Miguel de Cervantes que, herido en una mano, manejaba la espada con la otra haciendo gran escabechina de turcos y a su magnífica e irrepetible pluma les remito.
A fin de cuentas yo no soy más que un pobre hidalgo segundón y simple soldado del Rey.
Gonzalo de Guzmán y Arregui...
Y una vez fui galeote.
Golfo de Lepanto, año del Señor de Mil Quinientos Setenta y Uno.
© A. Villegas Glez.
Las galeazas cristianas nos hicieron migas con sus cañones mucho antes de poder acercarnos, pero la inercia, pues allí a aquellas alturas no remaba nadie, nos había llevado contra el espolón de una galera española.
A través de un boquete de la tablazón podía ver a mis antiguos camaradas cargar y disparar sus arcabuces. Impasibles y certeros eran una muralla de hierro y de plomo.
Eran la Ira de Dios.
Tengo que confesar que el orgullo que sentí en aquel momento por mi patria y por mis compatriotas valía todo el oro de las Indias y pagaba, sobradamente, todas las miserias y privanzas sufridas durante aquellos largos años de cautiverio.
La imagen de aquellos arcabuceros españoles disparando sobre los turcos, aquel día de octubre, hacía que mi corazón henchido diese gracias a Dios por haber nacido en aquella tierra dura e ingrata, en aquellos campos yermos y abandonados, en aquellos páramos llenos de ovejas, en aquel lugar en dónde relumbraban con igual fuerza, la gloria y la miseria.
Entonces me puse a gritar:
-¡¡¡SANTIAGO!!!!....¡¡¡¡CIERRA, CIERRA!!!!
Y el Apóstol me escuchó, porque unos soldados viejos, que segaban turcos como descosidos, me oyeron, y paso a paso se acercaron hasta dónde yo estaba.
Daba miedo verlos venir dando tajos y pegando tiros con los arcabuces mientras chorreaba la sangre turca de sus espadas:
-¿Español, eres?- me dice uno con barbas y cara de fiera y me parece que respondo que sí.
- ¡Vamos pues!- y de un tiro certero me libra de los grilletes que me aprisionaban.
Los huesos vibran y duelen pero mi corazón salta de alegría y más todavía cuando me dieron una espada.
Pensaba yo que tantos años sentado al remo me habrían hecho perder la destreza, pero no, y además allí había sarracenos a cientos para poder practicar, ya que a mi alrededor la batalla continuaba.
Nadie daba cuartel, aunque al asomarme a la borda pude comprobar que los turcos buscaban más escapar que combatir, y no me extraña, porque casi toda la flota otomana ardía y las naves que quedaban se batían desesperadas a saetazos contra el poder de fuego de los cristianos que barrían las cubiertas enemigas a mosquetazos.
Por allí había un tal Miguel de Cervantes que, herido en una mano, manejaba la espada con la otra haciendo gran escabechina de turcos y a su magnífica e irrepetible pluma les remito.
A fin de cuentas yo no soy más que un pobre hidalgo segundón y simple soldado del Rey.
Gonzalo de Guzmán y Arregui...
Y una vez fui galeote.
Golfo de Lepanto, año del Señor de Mil Quinientos Setenta y Uno.
© A. Villegas Glez.
sábado, 5 de noviembre de 2011
ASEDIO DE MALTA. 1565.
Cada ocho de septiembre recorre las calles de La Valeta una procesión en la que desfilan, tras el Estandarte de la Religión, la Espada y la Daga del Valor.
La Sublime Puerta ansiaba expandirse hasta el corazón de Europa y su ofensiva resultaría demoledora. Atacaron todas las posesiones cristianas en el Mediterráneo menos las de Francia...
El día veintiocho de junio, Juan de Cardona, Capitán de las Galeras de Sicilia, conseguiría burlar el cerco de los turcos y metería en Malta un muy necesario refuerzo de seiscientos hombres, pólvora y mosquetes.
El General otomano al mando creía que la fuerza expedicionaria era mucho más pequeña y débil de lo que en realidad era y que, además, los infantes españoles no eran tan fieros como los pintaban.
A. Villegas Glez. 2011
Fabricadas con el mejor acero toledano y adornadas con fornituras de oro y piedras preciosas se las regaló Felipe II al Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén por el arrojo y coraje demostrados durante el Gran Asedio del año mil quinientos sesenta y cinco.
El Rey Prudente continuaba así con la tradición que había empezado su padre protegiendo a los Caballeros Hospitalarios que, tras ser expulsados de la isla de Rodas por los otomanos, el Emperador les arrendó la isla.
La Sublime Puerta ansiaba expandirse hasta el corazón de Europa y su ofensiva resultaría demoledora. Atacaron todas las posesiones cristianas en el Mediterráneo menos las de Francia...
Los puertos gabachos servirían de refugio y de atracadero a la flota turca porque el Sultán había llegado a un acuerdo con el rey francés, todo por fastidiar a España, y así, mientras las galeras otomanas llevaban las bodegas atestadas de cautivos cristianos, miraban para otro lado y se hacían los sordos con los lamentos y los ruegos de los galeotes, muchos eran gabachos, y la flota otomana descansaba y se aprovisionaba en los puertos de Francia para escándalo y bochorno de Europa entera.
En el año mil quinientos cincuenta los habitantes de la población de Pollensa, en las Baleares rechazaron heroicamente un ataque sarraceno, pero otras muchas poblaciones fueron saqueadas, los habitantes esclavizados y sacerdotes crucificados.
En el año mil quinientos cincuenta los habitantes de la población de Pollensa, en las Baleares rechazaron heroicamente un ataque sarraceno, pero otras muchas poblaciones fueron saqueadas, los habitantes esclavizados y sacerdotes crucificados.
En mil quinientos sesenta los turcos y piratas bereberes comandados por Dragut destrozaron la flota española en la isla de Djerba.
Cogidos por sorpresa el desastre hispano resultó mayúsculo, más de la mitad de las galeras se perdieron y miles de hombres perecieron.
Al tener noticias del desastre en Djerba, en Malta reforzaron las defensas y esperaron el que, suponían, inminente ataque de los turcos.
Pero Dragut decidió no atacar Malta en aquel momento y deja pasar cinco años.
Durante aquel tiempo la Armada española se ha rehecho y reforzado.
En mayo de mil quinientos sesenta y cinco la todopoderosa flota otomana echaría sus anclas frente a Malta.
La formaban ciento treinta galeras, galeazas y galeotas, naves de apoyo y mahonas de transporte.
Los turcos se habían traído un tren de sitio compuesto de más de sesenta piezas: torres de asedio, ballestas, catapultas, bombardas, pedreros, morteros, cuatro cañones gigantescos que disparaban enormes proyectiles de ciento treinta libras de peso y un mortero que lanzaba pedruscos de dos metros y medio de diámetro.
Cogidos por sorpresa el desastre hispano resultó mayúsculo, más de la mitad de las galeras se perdieron y miles de hombres perecieron.
Al tener noticias del desastre en Djerba, en Malta reforzaron las defensas y esperaron el que, suponían, inminente ataque de los turcos.
Pero Dragut decidió no atacar Malta en aquel momento y deja pasar cinco años.
Durante aquel tiempo la Armada española se ha rehecho y reforzado.
En mayo de mil quinientos sesenta y cinco la todopoderosa flota otomana echaría sus anclas frente a Malta.
La formaban ciento treinta galeras, galeazas y galeotas, naves de apoyo y mahonas de transporte.
Los turcos se habían traído un tren de sitio compuesto de más de sesenta piezas: torres de asedio, ballestas, catapultas, bombardas, pedreros, morteros, cuatro cañones gigantescos que disparaban enormes proyectiles de ciento treinta libras de peso y un mortero que lanzaba pedruscos de dos metros y medio de diámetro.
Más de treinta mil combatientes formaban sus filas y entre ellos centenares de Jenízaros y de Cipayos que eran las tropas más fanáticas y letales del Imperio Otomano.
Los de Malta oponían tres mil y pico combatientes de la milicia local llenos de ardor y de ganas de pelear pero con muy poco valor militar.
La verdadera fuerza de combate la componían quinientos Caballeros de la Orden, ochocientos soldados, entre italianos, griegos, alemanes y de otras esquinas del imperio y otros ochocientos españoles, soldados de tierra y a los que había pillado el bloqueo turco con sus galeras ancladas en el puerto de Sanglea.
Dragut, el temible y eficaz general turco, primero ataca el pequeño Fuerte de San Telmo.
Los de Malta oponían tres mil y pico combatientes de la milicia local llenos de ardor y de ganas de pelear pero con muy poco valor militar.
La verdadera fuerza de combate la componían quinientos Caballeros de la Orden, ochocientos soldados, entre italianos, griegos, alemanes y de otras esquinas del imperio y otros ochocientos españoles, soldados de tierra y a los que había pillado el bloqueo turco con sus galeras ancladas en el puerto de Sanglea.
Dragut, el temible y eficaz general turco, primero ataca el pequeño Fuerte de San Telmo.
Allí hay solamente quinientos hombres entre caballeros y soldados y piensa que, en un par de días podrá doblegar a los pocos defensores.
Pero Dragut se equivocaba...
Los turcos necesitarían un mes para acabar con la resistencia en San Telmo.
Cuando lo consiguen habían perdido siete mil hombres y, lo que era más importante, al mismo Dragut en persona.
Pero Dragut se equivocaba...
Los turcos necesitarían un mes para acabar con la resistencia en San Telmo.
Cuando lo consiguen habían perdido siete mil hombres y, lo que era más importante, al mismo Dragut en persona.
El día veintiocho de junio, Juan de Cardona, Capitán de las Galeras de Sicilia, conseguiría burlar el cerco de los turcos y metería en Malta un muy necesario refuerzo de seiscientos hombres, pólvora y mosquetes.
Con Cardona venían voluntarios de toda la Cristiandad para pelear contra los sarracenos.
El siete de agosto los turcos atacaron con valentía los Fuertes de San Miguel y de San Ángel y consiguen sobrepasar las murallas, se combatía cuerpo a cuerpo sobre los adarves. Todo parecía perdido cuando, de repente, los otomanos vacilaron en su ímpetu y retrocedieron espantados...
Hasta las murallas llegaban los alaridos horripilantes de sus heridos y enfermos que estaban siendo masacrados por las cuadrillas de milicianos que andaban sueltos por toda la isla.
Aquel ha sido otro error de los turcos.
Hasta las murallas llegaban los alaridos horripilantes de sus heridos y enfermos que estaban siendo masacrados por las cuadrillas de milicianos que andaban sueltos por toda la isla.
Aquel ha sido otro error de los turcos.
Habían dejado Malta infestada de grupos rebeldes que atacaban, se escondían y volvían a atacar sin mostrar piedad ni para con los escribanos.
El bombardeo sobre el Birgu se tornaría continuo y sin descanso desde el día diecinueve hasta el día veintiuno de agosto.
Luego se lanzaron al asalto con toda la fuerza de la que disponían.
Dice la Historia que la isla se salvó porque, cuando los Estandartes turcos ya se asomaban sobre las murallas, el Maestre La Valette y unos cuántos caballeros se arrojaron sobre la marabunta otomana y lograron rechazarlos. Aunque -digo yo- que los piqueros y los arcabuceros que les acompañaban en la función algo tendrían que ver con salvar la isla, a la Orden y al Maestre.
El bombardeo sobre el Birgu se tornaría continuo y sin descanso desde el día diecinueve hasta el día veintiuno de agosto.
Luego se lanzaron al asalto con toda la fuerza de la que disponían.
Dice la Historia que la isla se salvó porque, cuando los Estandartes turcos ya se asomaban sobre las murallas, el Maestre La Valette y unos cuántos caballeros se arrojaron sobre la marabunta otomana y lograron rechazarlos. Aunque -digo yo- que los piqueros y los arcabuceros que les acompañaban en la función algo tendrían que ver con salvar la isla, a la Orden y al Maestre.
Aunque hoy nadie les recuerde, y mucho menos sus compatriotas, allí estuvo, como siempre impasible ante el enemigo la más leal y fiera Infantería del Mundo.
El treinta de agosto llovía a cantaros y los turcos supusieron que, con la pólvora empapada, los cristianos se rendirían.
El treinta de agosto llovía a cantaros y los turcos supusieron que, con la pólvora empapada, los cristianos se rendirían.
Pero no contaron con las espadas ni con las dagas, ni con el heroico valor de los agotados defensores que rechazaron, una vez más, la marea turca que escalaba los bastiones.
Llegó así el mes de septiembre con los Generales turcos desesperados:
¿Cómo le iban a explicar semejante derrota al Sultán...?-se preguntaban.
Sin imaginarse que les quedaba otra sorpresa.
Llegó así el mes de septiembre con los Generales turcos desesperados:
¿Cómo le iban a explicar semejante derrota al Sultán...?-se preguntaban.
Sin imaginarse que les quedaba otra sorpresa.
La peor de todas.
Los españoles habían desembarcado nueve mil hombres al mando de García de Toledo, Marques de Villafranca y Virrey de Sicilia.
De inmediato se habían puesto en marcha, formados en los famosos, temibles e impenetrables cuadros de infantería española, directos a socorrer el Birgu y a sus bravos defensores.
Los españoles habían desembarcado nueve mil hombres al mando de García de Toledo, Marques de Villafranca y Virrey de Sicilia.
De inmediato se habían puesto en marcha, formados en los famosos, temibles e impenetrables cuadros de infantería española, directos a socorrer el Birgu y a sus bravos defensores.
El General otomano al mando creía que la fuerza expedicionaria era mucho más pequeña y débil de lo que en realidad era y que, además, los infantes españoles no eran tan fieros como los pintaban.
Parecía mentira que el otomano llevase tantos y tantos meses viendo morir a sus hombres bajo las murallas de Sanglea, el Birgu o Kalkara.
Muy seguro de la victoria y, sin pensárselo demasiado, ordena a sus tropas que salgan a recibir a ésos españoles que se acercan...
La vanguardia la mandaba Álvaro de Sande, que cuando ve venir la ola otomana que se abate contra la, supuestamente desprevenida, columna hispana, se pone el tío a correr contra el enemigo enarbolando la espada y gritando: ¡Santiago...!
Automáticos, como si resortes candentes se hubiesen encendido en sus entrañas, toda la Compañía de arcabuceros de Sande le sigue dando las mismas voces y con poca piedad -o ninguna- pasan a cuchillo a todos los sarracenos que encuentran a su paso. Provocan tanto espanto que los demás, aterrados ante la cuchilla hispana que taja, corta y desuella, presas del terror y del pánico, huyen despavoridos en todas direcciones.
Muy seguro de la victoria y, sin pensárselo demasiado, ordena a sus tropas que salgan a recibir a ésos españoles que se acercan...
La vanguardia la mandaba Álvaro de Sande, que cuando ve venir la ola otomana que se abate contra la, supuestamente desprevenida, columna hispana, se pone el tío a correr contra el enemigo enarbolando la espada y gritando: ¡Santiago...!
Automáticos, como si resortes candentes se hubiesen encendido en sus entrañas, toda la Compañía de arcabuceros de Sande le sigue dando las mismas voces y con poca piedad -o ninguna- pasan a cuchillo a todos los sarracenos que encuentran a su paso. Provocan tanto espanto que los demás, aterrados ante la cuchilla hispana que taja, corta y desuella, presas del terror y del pánico, huyen despavoridos en todas direcciones.
Las unidades turcas se derrumban castillos de naipes y corren desesperados en busca de los atracaderos tirando las armas al suelo o arrodillándose pidiendo clemencia.
Pero no habrá piedad para nadie, hasta que el doce de septiembre de mil quinientos sesenta y cinco la última vela otomana abandone las aguas de Malta.
Pero no habrá piedad para nadie, hasta que el doce de septiembre de mil quinientos sesenta y cinco la última vela otomana abandone las aguas de Malta.
Así la isla podía seguir siendo el hogar de los Caballeros Hospitalarios, porque España así lo quería.
La Sublime Puerta había encontrado a su peor enemigo en el Mediterráneo.
Y les costaba, solamente, un halcón al año...
Y les costaba, solamente, un halcón al año...
A. Villegas Glez. 2011
jueves, 20 de octubre de 2011
BATALLA DE CLAVIJO.

Las palabras del muhecín recorrían las enardecidas filas mientras todos al tiempo le daban gracias a Dios. El murmullo de las miles de voces unidas iba subiendo en intensidad y en poco rato el éxtasis religioso electrizaba a todos y cada uno de los hombres que formaban el poderoso ejército de Abderramán II.
Desde las almenas del Castillo de Clavijo el rey de León contemplaba la escena mientras un escalofrío de certeza le recorría la espina dorsal.
Aquella misma mañana se había visto obligado a correr -o galopar- para poder salvar la vida.
Tras haber lanzado su órdago al rey moro negándose a pagar el llamado Tributo de las Cien Doncellas -cien cristianas vírgenes y hermosas que debían ser entregadas para solaz del Califa- había tenido que enfrentarse a un enorme, poderoso y muy bien pertrechado y organizado ejército que el mismísimo Abderramán dirigía en persona.
Al valiente rey leonés, ante la ola enorme de turbantes, saetas, alfanjes, lanzas y guerreros vociferantes que se abatieron como lobos hambrientos sobre sus escasas tropas, no le había quedado más remedio que refugiarse tras las murallas del castillo desde el que ahora contemplaba el campamento agareno.
A Ramiro de León se le encogían el corazón, el estómago y los testículos al pensar en que, al día siguiente, todo habría terminado, y que, cuando los moros acabasen con ellos tendrían a su merced el paso del río y las prósperas regiones cristianas que serían saqueadas y asoladas sin compasión.
La noche del veintidós de mayo del año ochocientos cincuenta y cinco, Ramiro se retira a su cámara para intentar dormir un poco antes de la batalla.
Mientras su paje personal le ayuda a despojarse de la armadura y de la cota de malla por la pequeña tronera que hay en el muro y que también sirve como ventana al mundo exterior, continuaban, como un mal agüero, escuchándose los rezos rítmicos y enardecidos de los mahometanos.
Ramiro de León, íntimamente, no podía hacer otra cosa que admirar aquella fe inquebrantable de la que hacían gala los sarracenos y también la estricta y férrea disciplina que los califas imponían a sus soldados y, sobretodo, a los nobles musulmanes:
- Mañana cenaremos con el Señor, así que prepara tu alma y reza esta noche a la Santísima Virgen para que te acoja en su seno- le dice el rey al hombre que le acerca la jofaina llena de agua.
Ramiro se fija en que el agua tiembla y hace olas anormales dentro del recipiente.
El paje del monarca, que no era, ni había sido nunca un hombre de armas, se había quedado lívido ante las palabras de su amo:
- Majestad... ¡Venceremos...! -dice el hombre sin convencimiento ni convicción alguna en la voz.
A fin de cuentas él será de los hombres que se quedarán dentro del castillo y si las cosas se tuercen siempre tendrá una oportunidad de poder escapar con vida.
- Dios te escuche, Pedro, Dios te escuche... - le contesta el rey mirándole muy fijo a los ojos, luego le da la terrible noticia:
- Mañana todos los hombres seréis soldados, incluido tú. Los sirvientes, cocineros, mozos de cuadra y demás estaréis con las filas de la infantería de reserva... Así que reza esta noche para que Dios nos ayude en la batalla...
Pedro vacía la jofaina del rey almenas abajo mientras reniega de su perra suerte:
¡A las filas de la infantería ni más ni menos!
El rey necesitaba carne de cañón y ni los más leales sirvientes, como lo era él, se iban a librar de la carnicería.
Nunca había sido un hombre valiente, ni nunca había querido entrar en levas ni formar parte de ningún ejército.
Su inmensa suerte, por la que daba gracias a Dios cada día, de haber entrado a servir en la Corte y de ahí, a servir al mismo Rey, había cambiado de golpe aquella luminosa noche de mayo.
Bajo los muros del castillo los moros seguían con sus rezos y sus cánticos guerreros, eran miles y al criado se le ponían los pelos de punta y un miedo atroz y frío inundaba sus tripas.
Quizás por aquella razón se clavó de rodillas contra el duro suelo de piedra de los adarves, para rezar con más devoción y más fe de lo que nunca antes lo había hecho en la vida:
- ¡Padre nuestro...!
En la cámara del rey un brillo sobrenatural le sobresalta.
Ramiro es un hombre valiente y cuajado pero aquello le desconcierta, no siente miedo alguno, tan solo una inmensa paz interior y una abrumadora sensación de tranquilidad y sosiego.
La intensa luz apenas le deja ver nada, solamente puede distinguir una tenue figura y escuchar la voz que es poderosa y vibrante:
- ¡Pelea con valor y vencerás! ¡Yo estaré a vuestro lado...!
Ramiro de León besa su crucifijo de plata maciza y le da gracias al cielo, pues no tiene ninguna duda sobre lo que acaba de suceder, ni se plantea preguntas a sí mismo sobre la naturaleza del extraño fenómeno que acaba de presenciar.
Sabe perfectamente quién le había hablado y en el corazón se le clava la certeza de que, al alba, los cristianos vencerán la batalla...
... Las espadas chocaban entre sí levantando chispazos ardientes que tajaban y cercenaban miembros, las lanzas se clavaban en los vientres de los hombres, las flechas surcaban el cielo a millares llenando el aire de silbidos mortales, los escudos se partían y las armaduras se quebraban mientras sobre la llanura de Clavijo los hombres se mataban los unos a los otros en un desquiciado revoltillo de gritos, sangre, polvo y mierda de caballo.
La batalla estaba resultando reñida y sangrienta. La inferioridad numérica de los cristianos, que peleaban como leones acosados, les llevaba, poco a poco, hacia el desastre.
Casi todos los soldados que habían formado en la infantería de reserva resultaron destrozados a lanzazos y pisoteados por los jinetes de la Caballería sarracena.
Ramiro de León, tinto en sangre, peleaba a la desesperada junto a su guardia personal, estaban rodeados de enemigos por los cuatro costados.
El paje del monarca, que no era, ni había sido nunca un hombre de armas, se había quedado lívido ante las palabras de su amo:
- Majestad... ¡Venceremos...! -dice el hombre sin convencimiento ni convicción alguna en la voz.
A fin de cuentas él será de los hombres que se quedarán dentro del castillo y si las cosas se tuercen siempre tendrá una oportunidad de poder escapar con vida.
- Dios te escuche, Pedro, Dios te escuche... - le contesta el rey mirándole muy fijo a los ojos, luego le da la terrible noticia:
- Mañana todos los hombres seréis soldados, incluido tú. Los sirvientes, cocineros, mozos de cuadra y demás estaréis con las filas de la infantería de reserva... Así que reza esta noche para que Dios nos ayude en la batalla...
Pedro vacía la jofaina del rey almenas abajo mientras reniega de su perra suerte:
¡A las filas de la infantería ni más ni menos!
El rey necesitaba carne de cañón y ni los más leales sirvientes, como lo era él, se iban a librar de la carnicería.
Nunca había sido un hombre valiente, ni nunca había querido entrar en levas ni formar parte de ningún ejército.
Su inmensa suerte, por la que daba gracias a Dios cada día, de haber entrado a servir en la Corte y de ahí, a servir al mismo Rey, había cambiado de golpe aquella luminosa noche de mayo.
Bajo los muros del castillo los moros seguían con sus rezos y sus cánticos guerreros, eran miles y al criado se le ponían los pelos de punta y un miedo atroz y frío inundaba sus tripas.
Quizás por aquella razón se clavó de rodillas contra el duro suelo de piedra de los adarves, para rezar con más devoción y más fe de lo que nunca antes lo había hecho en la vida:
- ¡Padre nuestro...!
En la cámara del rey un brillo sobrenatural le sobresalta.
Ramiro es un hombre valiente y cuajado pero aquello le desconcierta, no siente miedo alguno, tan solo una inmensa paz interior y una abrumadora sensación de tranquilidad y sosiego.
La intensa luz apenas le deja ver nada, solamente puede distinguir una tenue figura y escuchar la voz que es poderosa y vibrante:
- ¡Pelea con valor y vencerás! ¡Yo estaré a vuestro lado...!
Ramiro de León besa su crucifijo de plata maciza y le da gracias al cielo, pues no tiene ninguna duda sobre lo que acaba de suceder, ni se plantea preguntas a sí mismo sobre la naturaleza del extraño fenómeno que acaba de presenciar.
Sabe perfectamente quién le había hablado y en el corazón se le clava la certeza de que, al alba, los cristianos vencerán la batalla...
... Las espadas chocaban entre sí levantando chispazos ardientes que tajaban y cercenaban miembros, las lanzas se clavaban en los vientres de los hombres, las flechas surcaban el cielo a millares llenando el aire de silbidos mortales, los escudos se partían y las armaduras se quebraban mientras sobre la llanura de Clavijo los hombres se mataban los unos a los otros en un desquiciado revoltillo de gritos, sangre, polvo y mierda de caballo.
La batalla estaba resultando reñida y sangrienta. La inferioridad numérica de los cristianos, que peleaban como leones acosados, les llevaba, poco a poco, hacia el desastre.
Casi todos los soldados que habían formado en la infantería de reserva resultaron destrozados a lanzazos y pisoteados por los jinetes de la Caballería sarracena.
Ramiro de León, tinto en sangre, peleaba a la desesperada junto a su guardia personal, estaban rodeados de enemigos por los cuatro costados.
De repente, bañado en una luz sobrenatural, de entre las extenuadas filas cristianas aparece un caballero montado en un soberbio caballo blanco que carga, él solo, contra la masa de enemigos que rodean a Ramiro.
Para los agarenos aquel guerrero desconocido se convirtió en la peor de las pesadillas, en el demonio que se los llevaba al infierno mahometano.
Detrás del aquel caballero, Ramiro y todos sus soldados se lanzaron enardecidos a la carga...
La victoria cristiana en Clavijo resultó sorprendente y aplastante.
Miles de enemigos yacían desparramados por todo el campo de batalla mientras los que quedaban vivos huían en desbandada perseguidos por el incansable jinete del caballo blanco.
Tinto en sangre, sin resuello, con la armadura abollada y llena de refilones, uno de los hombres le pregunta al rey:
-¿Quién es ése valeroso caballero, majestad?
Entonces el Rey de León desmonta y se clava de rodillas en el suelo.
Para los agarenos aquel guerrero desconocido se convirtió en la peor de las pesadillas, en el demonio que se los llevaba al infierno mahometano.
Detrás del aquel caballero, Ramiro y todos sus soldados se lanzaron enardecidos a la carga...
La victoria cristiana en Clavijo resultó sorprendente y aplastante.
Miles de enemigos yacían desparramados por todo el campo de batalla mientras los que quedaban vivos huían en desbandada perseguidos por el incansable jinete del caballo blanco.
Tinto en sangre, sin resuello, con la armadura abollada y llena de refilones, uno de los hombres le pregunta al rey:
-¿Quién es ése valeroso caballero, majestad?
Entonces el Rey de León desmonta y se clava de rodillas en el suelo.
Todos sus caballeros le imitan y, cuando lo hacen, Ramiro les dice:
- Ese caballero que nos ha concedido hoy la victoria se llama Santiago y es el Santo Patrón y el Defensor de España...
- Ese caballero que nos ha concedido hoy la victoria se llama Santiago y es el Santo Patrón y el Defensor de España...
A.Villegas Glez. 2011
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