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viernes, 5 de febrero de 2016

¡CON DOS CULLONS!: La muerte del Cabo Fradera

5 de febrero de 1865. Puerto de Callao, Perú...

La mañana, luminosa y cálida invitaba a pasear bajo el sol peruano, aunque, nada más desembarcar casi todos los hombres habían agarrado el camino de la tasca o del burdel más cercano.
Era natural después de tantos días embarcados y de la tensión a la que habían estado sometidos.

Nadie sabía si España y Perú iban a declararse la guerra y los marineros solamente pensaban en pasar un buen rato que tal vez podría ser el último.
Las relaciones entre la vieja metrópoli y sus antiguas provincias habían alcanzado un punto demasiado caliente y la tensión en el Mar del Sur hacía que las nuevas potencias, sobretodo el poderoso vecino norteño, arrugasen la frente temiendo que se desatase un conflicto en la zona.
Hacía solamente cuatro décadas desde que aquellos nuevos países se habían independizado de España y todavía quedaban rescoldos de odio y viejas cuentas por saldar.

Sin embargo, aquel día de febrero las cosas parecían tranquilas. Los dos países habían llegado a acuerdos diplomáticos y el ambiente en el puerto de Callao era de calma chicha, con los taberneros, putas y tahúres deseando que, el capitán de cada nave, le diese permiso a sus respectivas dotaciones para bajar a tierra y que éstos se gastasen, en dos ratos, lo que habían ahorrado en largos meses de travesía.

En el puerto había atracados barcos norteamericanos, franceses, ingleses, holandeses y una fragata española que se llamaba: "Resolución".

Esteban Fradera había nacido en Malgrat del Mar, provincia de Barcelona, región de Cataluña, España, hacía veintiocho años.
Desde muy joven había optado por la vida marinera en la Real Armada viviendo las vicisitudes normales, pasando de un destino a otro hasta ascender al empleo de Cabo de la Armada.

Aquella mañana de febrero había preferido no acompañar a sus compañeros a los tugurios que iban a visitar. 
Algunos comentaban que Esteban tenía una novieta en el Callao y que por eso no se iba de putas con ellos, otros decían que era melancólico y solitario, de ésos que miraban las estrellas en las noches de guardia.

El caso es que Esteban Fradera estaba más solo que la una en mitad de la ciudad cuando escuchó los gritos:

- ¡Os vamos a matar a todos...!- decían, seguido por una retahíla de los más selectos insultos del idioma castellano...

Luego pudo ver gente que corría, grupos de hombres que, mirando atrás con espanto, buscaban el camino del puerto y la seguridad de las naves.
Los gritos se multiplicaban por toda la ciudad. 
Gritos que exigían sangre de españoles, cabezas cortadas y testículos amputados, gritos que anunciaban la matanza, gritos que abrían la veda, en todo Lima, para cazar hispanos.

Esteban Fradera sintió por dentro más rabia que miedo. 
Cada grito que insultaba a su patria y a sus compatriotas hacía que sus tripas se retorcieran tanto que apenas podía respirar.
La ira densa le llenaba el alma.

Con calma buscó el camino más corto hasta los muelles mientras la masa ciega que buscaba españoles que matar se iban extendiendo por cada callejuela:

- ¡Hay que destriparlos, que no quede ninguno con vida...!

Cruzó una calle, dos, tres... 

Al verlo y distinguir el uniforme y los galones de su manga la turba que se había encontrado de bruces irrumpió en un grito unánime:

- ¡Agárrenlo...!

De inmediato algunas piedras vuelan directas contra la cabeza del marinero que, hábilmente, logra esquivarlas.
Algunas manos se abalanzan sobre su cuerpo queriendo agarrarlo y descuartizarlo allí mismo.

La riada de insultos contra España y contra los españoles, con adjetivos que harían enrojecer a un arriero y perder la paciencia al mismo Santo Job, se derraman en continua cascada sobre los oídos de Esteban Fradera inundando su alma de rabia y provocando que el orgullo y la dignidad hagan saltar dentro de su ánima algo ancestral y primitivo:

- ¡Hasta los huevos me tenéis panda de fils de put...!

Esteban Fradera saca su navaja reglamentaria, un palmo de buen acero español, y se abalanza sobre los tres hombres que tiene más próximos.
Al primero lo deja seco como a un bacalao. Los otros dos quedan en el suelo sangrando como cerdos capados.

Fradera tiene ahora una cara de loco que espanta y grita, él solo, más que toda la marabunta de gente que le rodea.
Cinco o seis hombres más que se arrojan decididos contra él reciben también su ración de acero bien metido en las tripas. 
Fradera se ha convertido en un toro acorralado y peligroso al que es mejor no acercarse.
Así que la valiente masa embrutecida decide que, lo mejor, es matarlo de lejos, a pedradas.

Así morirá aquel bravo compatriota nuestro, lapidado y luego desguazado por la turba enloquecida que, sin embargo, no se había atrevido a acercarse a la navaja, brillante y afilada, de aquel valiente español que, solo y rodeado, había sabido encarar a la muerte con la bravura de su vieja estirpe.

Se llamaba Esteban Fradera y Bohigás, había nacido en Cataluña y murió defendiendo el nombre de su patria. España...

¡Con dos cullons...!

A. Villegas Glez. 2016



Imagen: Supuesta fotografía de D. Esteban Fradera y Bohigás.


















lunes, 12 de octubre de 2015

SELVA INFINITA


Había peleado contra los gabachos, los otomanos, los herejes y hasta contra los piratas ingleses, había peleado casi desde que tenía recuerdos y en los lugares más dispares de aquel imperio gigantesco, rico y peligroso que les regalaba muchos trabajos y muy pocas recompensas.

Aunque siendo soldado y español no podía esperar otra cosa, ¡pardiez!, y cada momento de paz o alegría sabía que debía pagarlo, antes o después, con largos periodos de miseria y peligro.
Sabía casi desde la cuna que, para poder escapar de su condición, no tenía más herramientas que sus brazos y su cabeza.

Con ellas se había labrado la fama y la honra que ahora atesoraba su apellido. Pagadas con su sangre en los campos de batalla de todo el imperio.

Con aquellas mismas herramientas decidió embarcarse hacia las nuevas tierras que se abrían más allá del horizonte, al otro lado del Océano Tenebroso que, ya no lo era tanto desde que lo habían cruzado, por vez primera, el almirante Colón y sus hombres.

Era un siglo nuevo y eran unas tierras nuevas.

Sin embargo en España nada era nuevo y sus esperanzas de futuro pasaban por jugársela en más batallas y más guerras hasta que, en alguna de ellas, se quedase para siempre lejos de casa, muerto y enterrado en fosa común de camaradas.


Del Cipango se contaba que el oro rebosaba de los árboles. Él lo dudaba mucho ya que era un hombre lúcido que creía lo justo en prodigios y fantasías, pero de lo que no dudaba era de que allí, al otro lado del mundo, se había abierto una puerta que solamente los muy valientes y los muy decididos se atreverían a cruzar, y que se abría ante dos posibles caminos: la muerte o la riqueza.

Pensó que, puestos a morir por el rey, lo mismo le daba la reseca Berbería que aquellas tierras nuevas y fabulosas.


La travesía del Tenebroso ya era, de por sí, toda una aventura.

Encerrados en un cascarón de madera que crujía y rechinaba como dispuesto a partirse en mil astillas en cualquier momento, los hombres rezaban mucho, vomitaban más y se agarraban a dónde podían mientras los tripulantes de la embarcación se afanaban en mantener a flote aquel conglomerado de madera, lona y cáñamo que era la única separación entre ellos y el abismo.

Se tardaba como mínimo un mes en atravesar aquella impresionante masa de agua que separaba los dos mundos.

Un mes de agónicas calmas en las que parecía que el Tiempo y el Espacio se habían detenido para siempre. 

O peor. 
Tormentas jamás antes vistas con vientos que gemían aterradores y violentos entre olas gigantescas que zarandeaban el barco como una pluma en el aire.

Luego se llegaba, por fin, a la isla de La Española.

Allí la ciudad de Santo Domingo intentaba crecer entre las márgenes de un hermoso río...

Había peleado contra todo y contra todos, ¡pardiez!, si alguna cosa se sentía era soldado y español, por eso, desechando los recuerdos que habían asaltado su mente, que ahora necesitaba lúcida y serena, si quería salir de allí con vida, apretó con más fuerza el pomo de su ropera, respiró hondo aquel aire sobrecargado de humedad y colmado de mil aromas distintos para mirar alrededor con ojos de veterano.

La selva se extendía infinita a su alrededor.

La luz se pintaba de un tono verdoso tan denso que lo cubría todo de irrealidad, como si se contemplase el mundo a través de un cristal opaco, la luz del sol apenas podía atravesar las primeras ramas de los altísimos árboles que crecían hasta alcanzar cotas monstruosas, así que el suelo permanecía oscuro y frío, cubierto por un manto de hojas podridas que servían de hogar a miles de insectos de aspecto terrorífico y a peligrosísmas serpientes.

Las sombras ocupaban casi toda la extensión que abarcaba su vista y no distinguía movimiento alguno, ni siquiera un soplo de aire osaba mover la más pequeña de las hojas. 

Los gritos estridentes de los monos y las aves habían cesado casi por completo, rompiéndose el denso silencio solamente por el crujido de alguna rama partida y el silbido agudo de un pájaro al que, en pocos segundos, siempre contestaba otro.

Señal convenida -se dijo- y ya no albergó ninguna duda sobre el destino que le aguardaba:

-¡No me cogerán vivo esos hideputas!

Respiró profundamente y se esforzó por encontrar alguna señal del enemigo.

¡Nada! ¡Allí no había nada...!

Solamente una selva infinita, impenetrable, una selva verde y oscura que se tragaría sus huesos y su recuerdo.

Hacía mucho tiempo que no rezaba, al menos que no lo hacía con verdadera fe, pero cuando agarró con su mano izquierda la crucecita de oro que le colgaba al pecho y pronunció las palabras - Ave María...- lo hizo con toda la convicción y la sinceridad que pudo reunir dentro de su corazón.

¡Ayúdame...! -pidió.


Lo único que le aterrorizaba, a pesar de saber que ya no podría sentir nada, pues ya estaría muerto, era la idea de que devorasen su cuerpo. 

Aquello se le hacía insoportable.


De repente a su izquierda algo crujió. 

Luego el irritante silbido rompió la quietud y fue contestado, casi de inmediato, por otro silbido que nació a su derecha.

¡Le estaban cercando como a un pardillo!

Aunque lo mejor era no moverse y esperar allí, con la espalda cubierta por aquel enorme árbol de raíces retorcidas.
No quería acabar como el pobre Pedro de Antequera, al que habían atravesado una decena de flechas mientras corría en pos de la playa. 

Como un acerico le habían dejado, al pobre.

Él quería terminar de pie y espada en mano.

La primera piedra golpeó la dura madera del árbol levantando astillas. La segunda le acertó por debajo de la rodilla izquierda lo que le hizo soltar la daga de aquella mano y un alarido de sorpresa, dolor y rabia.
La tercera golpeó el morrión de acero haciendo estallar el mundo con una explosión metálica.

Trastabilló aturdido, con la mano que sujetaba la espada temblando y un reguerillo de sangre que bajaba desde su cabeza y le empapaba el rostro.
Más piedras golpearon contra la madera a su alrededor pero él apenas podía oírlas, intentaba desesperado mantenerse de pie, pese a que las rodillas se negaban a hacerlo y la sangre que caía por su cara le inundaba los ojos y cambiaba el tono verde del mundo por el rojo.

Así, rojizas entre la bruma que le engullía, pudo ver unas sombras amenazantes que se le acercaban.

El brazo que sostenía la espada pesaba como el plomo y apenas se sentía con fuerzas para poder alzarlo. 

Con toda nitidez y claridad en su cabeza se proyectó la imagen de aquel mismo brazo asándose a fuego lento mientras aquellos fantasmas verdes se relamían con el aroma de su carne chamuscada.

Aquella imagen aterradora le dio las fuerzas que necesitaba:

¡Redios que no me cenaréis como a un cerdo! - gritó con toda la fuerza de sus cansados pulmones.


Las sombras rojizas parecieron dudar, todo parecía irreal como si estuviese en mitad de una pesadilla de la que no podía escapar.

Alzó el brazo para bajarlo brutal y preciso sobre el más cercano de sus oponentes. El chorro de sangre caliente que le dio en plena cara no sirvió para cegarlo si no para enardecerlo.
La selva a su alrededor se estremeció en una orgía de rojos y de verdes, de gritos espeluznantes de animales acorralados que se mezclaban con los gritos agónicos de los hombres a los que alcanzaba, eficaz como la hoz, la hoja de la toledana.

La sangre le empapaba y el sudor hacía que manase un río de lágrimas ácidas que le quemaban los ojos, el cuerpo le dolía como si le hubiesen pasado diez caballos por encima y el brazo que manejaba la espada hacía rato que no le pertenecía, habiendo pasado a convertirse en un ser autónomo que funcionaba como por arte de algún extraño y mágico poder que él no alcanzaba comprender.

En el otro brazo su mano sostenía una maza indígena.
No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí, pero allí estaba, roja de sangre y pringosa de sesos y de huesos astillados.


A su alrededor la selva seguía silenciosa como si toda la flora, la fauna y aun el viento se hubiesen detenido para estar pendientes de la batalla.
Solo escuchaba su propia respiración ahogada y los gemidos de uno de los cuerpos de los muchos que había tirado a sus pies.

De repente, como un relámpago, el siseo de una flecha rompía aquella quietud espesa y verde.
Un campanazo, como los que tocaban los marinos en el mar, repicó dentro de sus entrañas y una dulce voz de mujer le advirtió: 


¡Agáchate...!

Lo hizo justo a tiempo para evitar la saeta.

La larga flecha le rozó el morrión para después empotrarse, entre mil balanceos y vibraciones que la hacían silbar, contra el árbol:


- ¡Hideputas- se dijo- quieren ensartarme como a un espetón...!


Buscó entre el verde lujurioso de la selva el rostro de algún enemigo, alguna figura agachada o el más mínimo rastro de aquellos que pretendían matarlo.

¡Solamente selva infinita!

Un trueno horroroso atronó entre la frondosidad verde provocando el espanto de un millón de monos que chillaron al unísono enloquecidos, al tiempo que cientos de miles de aves emprendían el vuelo entre graznidos espantados.

Al poco,resonaron más deflagraciones muy seguidas las unas de las otras.

El soldado había reconocido  aquel sonido al instante. Arcabuces. 

Al menos cinco o seis bocas de fuego que disparaban alegremente.
Será pólvora del rey... -pensó mientras una sonrisa casi infantil iluminaba el rostro manchado de sudor y cuajarones de sangre.

A su alrededor la selva no había cambiado más, dentro de las tripas algo se relajó y el hombre suspiró para sus adentros y le dio gracias a Dios por seguir vivo.

Al menos de momento.

Unos sudorosos compatriotas llegaron hasta los pies de aquel árbol de raíces retorcidas que se había convertido en su bastión:

- ¡Voto a Dios camarada que se ha despachado a gusto vuestra merced! - dijo uno de los soldados admirado por el número de enemigos abatidos.

- Querían devorarme... Son caníbales...

- ¡Pardiez...!

- Lo que hay que hacer por un puñado de oro y de gloria...- dijo otro de los hombres.


Entonces el soldado cubierto de sangre dejó caer la maza, metió su espada en el tahalí, recogió la daga que estaba caída entre dos cuerpos y miró muy fijo al que había hablado:


- ¡No pensaría vuestra merced que el oro o la gloria nos iban a salir gratis...!


Seguía vivo, entero y en mitad de un nuevo, maravilloso, embriagador y peligroso continente del que faltaba todo por descubrir.

Y él estaba dispuesto a conquistar el mundo entero.


A. Villegas Glez. 


Imagen: Hernán Cortés. Augusto Ferrer Dalmau






























domingo, 7 de junio de 2015

BARRETINAS ROJIGUALDAS

El viento gélido arreciaba mientras las turbonadas de polvo de nieve creaban pequeños ciclones que helaban, más todavía, la helada superficie de la isla. 
Los dos centinelas de la torre norte del Fuerte de San Miguel se apretujaban el uno contra el otro intentando compartir el poco calor que sus cuerpos producían:

- ¡Mare de Deu, hace un frío de dos pares de cullons, Jordi…!
- ¡Qué me vas a contar Xavi!, se me ha congelao hasta la barretina oye…
- ¿Sabes qué me zampaba ahora mismo?
- ¿El qué…?
- Una escudella bien calentita...
- ¡Nos ha "jodío" el payés...!, pues como no le eches butifarra de búfalo, jajajjajjaja...

Los hombres pasaban las horas recordando su lejana y hermosa tierra. 
Algunas veces miraban hacia arriba, hacia lo alto del palo que sostenía la bandera nueva. 
Era roja y amarilla, descendiente directa de la vieja y buena bandera cuatribarrada de la Corona de Aragón, y al contemplarla allí arriba, flameando al viento helado del norte, a los dos hombres se les pasaba un poco el frío a causa del extraño calor que inundaba sus corazones.

Allí, lo más al septentrión que había llegado nunca España, estaban ellos, la Compañía Catalana de Voluntarios. 
Pasando más frío que un negro en el Polo Norte, empapados hasta el tuétano cuatro días de cada cinco, enmallados como el perro del afilador, con las encías hinchadas y sangrando por culpa del terrible escorbuto, helados, y lejos, tan lejos como no había llegado ningún otro compatriota. 
La Compañía estaba destinada en la isla con la misión de dejar, claro y cristalino como el agua de mayo a todo el que llegase, que aquel pedacito de tierra helada pertenecía al Virreinato de la Nueva España y por tanto al Rey. 
Y que, al que no se acercase con buenas o claras intenciones, lo recibirían a cañonazos.

La isla de Nutka se había convertido en un asunto de prestigio. 
Había que pararles los pies a los rusos pero sobretodo, a los ingleses, que ya andaban olisqueando aquellas aguas desde que Cook les había informado de que por allí arriba ni había monstruos legendarios, ni vacío infinito, ni paso al otro lado ni nada más que un inmenso mar que se helaba cuanto más se navegaba hacia el norte.

Por aquella razón estaban allí los voluntarios catalanes. 
Pasando las de Caín pero cumpliendo su tarea y su labor sin desfallecer ni un momento. Valientes, impávidos, recios, orgullosos y sintiéndose dentro más españoles que nadie.
Habían llegado a la isla en el año mil setecientos noventa, reconstruido el viejo y derruido Fuerte de San Miguel y reforzado las defensas con la artillería sacada de los barcos, luego habían hecho pactos o vencido a los indígenas de la isla, reparado el puerto y enviado emisarios a México con la noticia de que la isla, era de nuevo española.
Nutka se convirtió en el punto imprescindible de descanso y reabastecimiento de las numerosas expediciones españolas que exploraron, antes que nadie, el noroeste norteamericano.
A la isla arribaban nuestros compatriotas y allí se encontraban la hospitalidad y amparo de sus hermanos catalanes.

Y así, aguantando tempestades, fríos glaciales, lluvias torrenciales, trabajos y fatigas sin descanso, ataques esporádicos pero sangrientos por parte de algunas tribus enemigas, manteniendo siempre ondeando sobre el Fuerte de San Miguel la novísima enseña española, desafiando a los ingleses, a los rusos, a los indios, y al viento helado, la Compañía Catalana, estuvo destacada en la isla cuatro larguísimos años.
Por eso en los dibujos y láminas que se confeccionaron durante la famosa Expedición Malaspina, que recalaría en la isla de Nutka durante varios meses, salen dibujados soldados españoles que se cubren la cabeza con la típica barretina catalana.
Aquellos valientes que quisieron montar allí, en dónde San Jordi había dado las tres voces, una embajada.
Pero que no quisieron que representase a ninguna otra nación que no fuese la suya, España.

Supongo que a aquellas expediciones no se apuntaría ningún nacionalista de estos de hoy en día. En aquellos años no había subvenciones de por medio, solamente la certeza del peligro, la muerte y la ruina.
En aquello años todavía perduraba el viejo valor, la vieja gallardía, la antigua nobleza de los Condados Catalanes, los mismos que un día, hacía muchos, muchos años, de cuándo el tiempo de los moros y la Marca, escogieron ser españoles y no franceses.
Del tiempo que eligieron libremente compartir el mismo camino y la misma abrupta senda que encaraban aquellos locos castellanos, leoneses, aragoneses, asturianos, etcétera...
Que no había Cristo que lograse hacerse entender cuando discutían todos a la vez -a voces, claro- pero que también sentían por dentro, muy clavado en el fondo de las tripas, que un sentimiento extraño, inexplicable y ancestral les unía a todos ellos, como si, al mirarse, pudiesen reconocerse perfectamente los unos en los otros.

Por eso habían ido hasta allí los voluntarios. Allí tan lejos y tan frío aquellos catalanes se dejaron la piel y la vida defendiendo la misma bandera que hoy en día queman, insultan, pisotean y denigran sus educados, tolerantes y cultos descendientes.

¡Cómo hemos cambiado...!
A peor, claro...

A. Villegas Glez. 2012







sábado, 28 de marzo de 2015

TREINTA MILLONES DE PESOS

31 de agosto de 1638, frente a las costas de Cuba:

El vigía de la cofa del mayor de la nave capitana fue el que dio la voz de alarma:

- ¡Velas a sotavento...!

Dentro de cada uno de los siete galeones que formábamos la escuadra española hasta el último grumete se asomó por las bordas para ver cómo se nos iban acercando, con las intenciones del turco, diecisiete naves, entre galeones y bajeles, holandeses.
Enarbolaba la almiranta el pabellón del reconocido capitán Cornelio Jolís, más conocido como "Patapalo" y no hará falta que les explique a vuestras mercedes el por qué de tal apodo.
Nuestro capitán de mar y de guerra, un vascongado de Éibar con más mili encima que Cascorro y más mar que Popeye, era don Carlos de Ibarra que, como buen español que era no iba a dejar que nos robasen, así por la cara, los treinta millones de pesos de plata que transportaban los mercates en sus bodegas.

La armada holandesa venía muy dispuesta a hacernos pedazos, con los gallardetes herejes al viento caribeño y arremolinándose las dotaciones, armadas hasta los dientes, en los castillos de proa de cada galeón enemigo. Venían por sotavento, confiados en su número superior de cañones y en la sorpresa de su ataque, sobradamente preparados y envalentonados, sintiendo ya entre sus dedos las relucientes monedas con el careto del Rey de España.
La verdad es que en la flota española rezábamos todos, pero, al mismo tiempo, cargábamos los cañones y los arcabuces y cada hombre de cada nave ocupaba su puesto de combate dispuesto a dejarse hacer filetes por la bandera que ondeaba allí arriba en lo alto de los palos y por no dejar que aquellos malditos piratas nos robasen la plata sin pagar el precio de mercado estipulado, o sea, a hectolitro de sangre por monedita de plata.

Por la cubierta de nuestra capitana corrió la voz, que se extendió luego por cada barco español, mientras formábamos una fila protegiendo a los mercantes:

- Esperad la orden para abrir fuego... ¡Aguantad...!

En verdad que no entendimos aquella orden, lo normal era liarse a cañonazos y arcabuzazos en cuanto el enemigo estuviese a tiro, pero Carlos de Ibarra había ordenado aguantar, esperar, apretar los dientes y los testículos mientras los holandeses se acercaban a todo trapo, esperad, aguantad...
Y eso hicimos...

La flota holandesa nos roció de cañonazos y de mosquetazos mientras a cada barco español se le tiraban a degüello tres barcos enemigos dispuestos a abordar, matar y saquear todo lo que pudiesen. Se les veía segurísimos colgados de la jarcia dando gritos que espantaban -en holandés, claro,- mientras sus cañones cubrían los barcos españoles de plomo y de humo.
Todos y cada uno de los hombres en todos y cada uno de los siete galeones españoles mirábamos al capitán Ibarra que mantenía en alto, impasible entre el humo y los astillazos, su sable de combate.

- ¡AGUANTAD...!- bramaban sus ojos pues su boca permanecía muda como una tumba.

Aguantábamos, claro, ¡qué remedio!, con los artilleros al lado de los cañones, el Cabo con el botafuego en la mano pasándose la lengua por los labios resecos, y los arcabuceros agachados y esperando, aguantando como nos había ordenado nuestro capitán, con los nervios de punta, impacientes, regados por los restos de los camaradas a los que había alcanzado la andanada holandesa, los huesos repiqueteando de la rabia y las ganas de devolvérsela a los malditos herejes que nos estaban cociendo a cañonazos:

- ¡AGUANTAD...!- los oficiales nos sujetaban la ira con ojos que chispeaban enardecidos. Ya veréis qué risa les va a dar a estos...

La proa de la almiranta holandesa nos metió el bauprés casi en el palo trinquete, con los tripulantes colgando de la jarcia como monos y disparando los infantes sin cesar ni un momento, un grito de victoria surgió de las entrañas del barco holandés:

- ¡Hurraaaaa!- gritaban sin saber lo que estaba a punto de caerles encima.

No había terminado el movimiento el barco enemigo, las maderas se quebraban con espasmos de astillas desgajadas, cuando por encima de la estridencia de la madera rozándose y de los gritos de los holandeses que ya se veían bañándose en plata española, atronó la voz, potente y enardecida, de nuestro capitán de mar y de guerra:

- ¡¡¡FUE-GOOOOOOOOO!!!!

Simultáneamente todos los cañones de todos los calibres, es decir, de veinticuatro, de dieciocho, de doce, culebrinas, mosquetes, arcabuces, pistolas y tirachinas que había en cada barco español dispararon contra la flota holandesa que los acosaba.

¡¡¡CATACRAAAAAKKKKKKKKKKK!!!

Los barcos holandeses recibieron impactos desde las quillas hasta las cofas. Las balas españolas atravesaron madera, tela y carne destrozándolo todo a su paso. La brutal andanada a quemarropa había dejado a los holandeses que se apiñaban en los castillos y cubiertas convertidos en pedacitos rojos que bailoteaban con la deriva del barco, la jarcia hecha trocitos de cabos sueltos que restallaban por todas partes y las velas hechas jirones que el viento ondeaba con escarnio.
En pocos segundos la segunda andanada española remató la faena y los barcos holandeses, mucho menos chulos y arrogantes que como habían llegado, se retiraron a distancia de tiro de cañón. ¿Abordar...?, ¿qué dices , loco...?
Durante ocho largas horas los holandeses intentaron hundir los barcos españoles a cañonazos, pero no volvieron a intentar abordar nada ni a nadie.

Desde cada nave hispana se devolvía cada cañonazo con inusitado acierto y cada impacto era jaleado con olés y vivas. El almirante "Patapalo", cabezón y picado en su orgullo, cabreadísimo con sus capitanes ordena el repliegue, la reparación de averías y, en cuánto se pueda, atacar de nuevo a los españoles:

- Pero, ¿atacamos de lejos, no almirante?
- Pues claro, ¿no has visto la que nos han dado por acercarnos demasiado?

Los holandeses terminan de parchear sus naves el día tres de septiembre. Se despliegan y sin acercarse demasiado, cañonean a la prevenida flota española que, de nuevo, defiende con uñas y dientes su preciado cargamento.

Ningún barco enemigo se atreve a intentar abordar a los galeones españoles, ni siquiera al "Nuestra Señora del Carmen", que tocado por el combate anterior se había quedado rezagado y solo a merced de los muy numerosos holandeses.
Pero el "Carmen" se defiende como un león enjaulado y al almirante Jolís no le queda más remedio que envainársela y regresar a Flandes con el rabo entre las piernas, media flota hecha astillas y docenas de nuevas viudas en su tierra natal.
De los treinta millones de pesos no había olido ni un duro.

¡Pardiez!, como decimos aquí: ¡Ajo y Agua!

Los treinta millones de pesos se entregaron en España sin más novedad a primeros del año siguiente. Casi todo se gastaría en pagar las famosas picas, que costaban un ojo de la cara, que los españoles teníamos metidas en las tripas de Flandes.

A. Villegas Glez. 














miércoles, 9 de julio de 2014

LAS MEDALLAS DE VERNON

En pleno siglo dieciocho la pobre España llevaba más de setenta años de ocaso y caída libre. El viejo león español cansado y vapuleado por sus enemigos -que eran muchos- no era ya temido ni considerado por los que, durante ciento cincuenta años, no habían hecho más que temblar ante nuestras picas.

Inglaterra suspiraba por ampliar sus posesiones en el Caribe puesto que sólo contaban con Jamaica y cuatro islotes pelados en las Antillas y los británicos ambicionaban, desde tiempos de Colón, poner los pies en Tierra Firme y apoderarse del rico Virreinato de Nueva Granada, de Nueva España o de Nueva lo que fuese.

En el año 1738 y frente a las costas de la Provincia de La Florida, un guardacostas español, el “Isabela”, persigue y captura al bergantín inglés, “Rebecca”, que era uno más de los que se dedicaban al contrabando y al corso. Barcos como aquel infestaban el Mar Caribe, atacando a nuestros mercantes desprotegidos y asaltando a sangre y fuego pequeñas aldeas que asolaban.

Don Julio Fandiño que era el capitán del guardacostas español, va y agarra al capitán del barco inglés -un tal Jenkins- y de un certero tajo de daga le corta una oreja. Un castigo leve, a mi entender, para un pirata inglés que deberían haber colgado de una verga, pero se ve que don Julio se había levantado chulo aquel día, porque tras el tajo y entregándole el apéndice auditivo a su dueño le dice:

- “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré, si a lo mismo se atreviere”.

¡Con dos cojones!

Jenkins recoge su amputado apéndice auditivo, lo mete en un bote con alcohol y vuelve a Inglaterra para contar a los cuatro vientos su humillación y su desventura.
Hasta en el parlamento le recibirán los Lores esos, que se arrancarán las pelucas escuchando la terrible ofensa que suponen aquellas palabras para con su Rey y para con toda Inglaterra.
De inmediato, claro, se declara la guerra a España.
A hacer más leña del árbol caído, a machacar a ésos grasientos, fanáticos papistas y crueles españoles.

La primera se la llevan los rubios en la frente. 

Atacan muy chulos y arrogantes el puerto de La Guaira utilizando la estratagema de poner en sus palos la bandera española. Pero la cosa no cuela y cuando las fragatas entran en el puerto, la artillería española -espera Paco, espera a que se arrimen un poco más…- hace pedazos los barcos ingleses que se tienen que retirar a Jamaica vapuleados.

Luego las cosas les salieron mejor. Atacaron Portobello y lo tomaron con escasa resistencia.
El general Edward Vernon se sintió eufórico - ¡voy a arrasar!, se decía- y no dejaré español vivo y ése Blas de Lezo, tan famoso, no podrá hacer nada contra mí- Vernon era un poquito arrogante, pedante e inflamado de desprecio contra su enemigo.
En Inglaterra la victoria se celebró por todo lo alto y los periódicos publicaban tiras satíricas riéndose de nosotros y todo era alegría y optimismo. Tierra Firme es nuestra, se decían.

Ahora le tocaba a la joya de la corona española. Cartagena de Indias.
Una enorme flota salió desde Port Royal, en Jamaica. La formaban ciento ochenta y seis buques, veintiocho mil hombres y contaban con dos mil cañones.
En pocos días estaban fondeados frente a Cartagena.
La ciudad era el punto de reunión de los tesoros que llegaban desde todas las posesiones españolas de tierra adentro – que eran muchas- y estaba defendida por tres mil quinientos hombres y seis barcos.
El Virrey era Sebastián de Eslava, recién llegado y que había tenido que burlar el bloqueo inglés. Las fuerzas militares las mandaba el reconocido lobo de mar y fustigador de ingleses, don Blas de Lezo y Olavarrieta.

Vasco, sí, de Guipúzcoa mismamente, conocido por el sobrenombre de “Medio-Hombre”, pues le faltaban un ojo, un brazo y una pierna que había entregado durante sangrientos combates defendiendo su patria desde muy tierna edad.

Vernon ordenó el inmediato bombardeo de los fuertes que defendían la entrada de la bahía de Cartagena. San Felipe y Santiago se tuvieron que abandonar muy pronto. El intenso cañoneo inglés no cesaba de dos mil cañones disparando contra los fuertes.

En San Luis de Bocachica  se logra resistir dieciséis días de bombardeo continuado, pero los españoles deben retirarse y abandonar aquel montón de escombros y ruinas en que se ha convertido el fuerte.
Para intentar defender el Fuerte de Bocanegra y su canal se hunden, a modo de barreras, los barcos españoles.
Una decisión que no gustará nada a Blas de Lezo, que considera innecesario e inútil perder tan buenas naves.
Y al bravo general no le faltaba razón, porque los ingleses siguen bombardeando los fuertes sin descanso y, buenos marinos como son, consiguen esquivar los restos de los navíos españoles y consiguen entrar triunfantes en la bahía de Cartagena de Indias.

Los españoles retroceden entonces hasta el último bastión que les queda, el Fuerte de San Felipe de Barajas.
Vernon exultante y seguro de su victoria envía de inmediato correos al Rey Jorge asegurando la rendición y la toma de la Plaza.

Empieza entonces el bombardeo sobre San Felipe.

Don Blas de Lezo recorría las murallas dando ejemplo a sus soldados y rechazando los asaltos junto a ellos con el mosquete en la mano.
Vernon, en vista de que el bombardeo no ablandaba a los españoles, decide atacar por tierra.

Desembarca a sus tropas que se adentran en la selva. Allí los mosquitos y la malaria dejarán a sus casacas rojas hechos una piltrafa, y también tendrán mucho que ver las partidas de criollos que corretean por allí, atacando las columnas inglesas causando espanto y pavor con sus fugaces y sanguinarios ataques de guerrilla:

- Typical Spanish George…

A pesar de todo consiguen llegar en buen número y enteros hasta las murallas de tierra de Cartagena.
La única puerta que hay está ubicada entre dos revellines y es estrecha y en pendiente.
Blas de Lezo ha enviado a defender aquello a trescientos soldados veteranos que taponan la puerta y a base de espadas, dagas y huevos, rechazan el ataque inglés.
Más de mil enemigos se quedan amontonados frente a la puerta y desde las murallas, Don Blas con su único ojo, cuenta bultos rojos en el suelo. Satisfecho.

Vernon se encuentra por el contrario nervioso y alterado. Los correos ya habrán llegado a manos de su Rey y él todavía no sólo no ha conquistado Cartagena, sino que encima, va perdiendo.

La noche del diecinueve de abril, decide enviar tres columnas de ataque contra la ciudad y su estrecha puerta. Los ingleses habían fabricado unas escalas con las que pretendían subir los muros y sorprender a los españoles.

Delante de todos van los macheteros jamaicanos, carne de cañón al servicio de Su Graciosa Majestad y detrás las filas de casacas rojas. Tienen que atravesar quinientos metros de terreno descubierto bajo el fuego que se les hace desde las trincheras y las murallas… 
Pueden imaginarse la escabechina de ingleses y negros macheteros y hasta colonos norteamericanos que a saber quién les había dado vela, porque las descargas desde los muros son precisas, cerradas y continuas. Demoledoras.

Los que consiguen llegar hasta el pie de los muros y extienden las escalas se quedan pasmados, patidifusos, mirándose con cara de estar preguntándose que qué coño hacen allí con aquellas inútiles escalas, que jamás alcanzan el adarve, entre las manos y recibiendo de lo lindo.
El astuto Blas de Lezo había ordenado excavar un par de metros alrededor de los muros de la ciudad, con los que estos ganaban unos centímetros de altura, los justos para que los ingleses se quedasen atontados mientras los españoles aprovechaban y acababan con sus reservas de pólvora y de balas, masacrando a los enemigos como a patos bajo la muralla invicta de Cartagena.

La mañana del veinte de abril amaneció con montones de cadáveres alrededor de los muros. Los ingleses estaban deshechos, desmoralizados y vapuleados. 
Y todavía les quedaba lo peor.
Porque el de Lezo ordena que se dé una salida a la bayoneta y los españoles salen dando voces desde la puerta, tan arrojados y valientes que causan espanto entre los hijos de la Pérfida que quedaban con vida, y que tratan de reembarcan a toda prisa en sus naves, los que pueden, abandonando los cañones, a los heridos y a las banderas.

El camino hasta los embarcaderos queda sembrado de ingleses muertos.
Vernon, humillado y vencido continuará un mes bombardeando de lejos Cartagena, pero ningún casaca roja osará acercarse más hasta los muros de San Felipe.
Don Blas rechinaba los dientes acordándose de sus queridos barcos hundidos.

- ¡Lástima!- se decía- si no, ése Vernon se iba a cagar... ¡Más todavía!
Cañoneando y con disimulo se alejó la derrotadísima -que así podíamos bautizarla- flota inglesa de las aguas de Cartagena de Indias.

Cuando Vernon llegue a Inglaterra y de cuentas de los diez mil muertos, de los siete mil y pico heridos, de los mil quinientos cañones y morteros perdidos, de los millones de libras gastadas en pertrechos, víveres y armas, y de los diecisiete barcos gravemente dañados, el rey Jorge II, desolado, prohibirá que se escriban crónicas o relaciones sobre tan desastrosa campaña y hasta que se hable de ello en la Corte y que, por supuesto, el nombre de Blas no se oiga en toda Inglaterra.

Además, para más deshonra, tiene su majestad -graciosa o no- en sus reales aposentos, un baúl repleto hasta el borde de unas monedas brillantes y recién acuñadas, en las que puede verse al almirante Vernon humillando a Blas de Lezo, que está el pobre de rodillas y cabizbajo, en la moneda puede verse también Cartagena de Indias con la Cruz de San Jorge ondeando en lo más alto de sus murallas.

El Rey mira una de las monedas, que aprieta iracundo entre los dedos, mira luego a su almirante de arriba abajo, remira la brillante medalla y le dice:

- Y esto, Vernon… ¿Cuándo lo soñaste…?

© A. Villegas Glez. 2011




viernes, 1 de noviembre de 2013

LA EXPEDICIÓN MALASPINA-BUSTAMANTE

Corría el año mil ochocientos ochenta y cinco cuando por fin se publicaban -tras haber estado años y años relegados al olvido, llenándose de polvo y de ácaros que se alimentaban de sus valiosas hojas y escondido en algún cajón cerrado con siete llaves- los documentos, dibujos y conclusiones de una expedición científico-política que había impulsado y financiado, hacía noventa y un años, el ilustrado monarca que fue Carlos III.

Era el año del Señor de mil setecientos setenta y ocho cuando el rey, que se pirraba por los relojes y la astronomía, que escuchaba boquiabierto los avances científicos de la época y que gastaba los dineros sin pensárselo en apadrinar expediciones científicas, recibía con mucho agrado el proyecto que le habían presentado dos afamados marinos. Uno era napolitano, que es tanto como decir español de por allí y el otro cántabro con la sal metida en la sangre. 
Carlos III apoyaría entusiasmado el que sería, a la postre, su último proyecto, ya que dos meses después del inicio de la aventura el rey moriría, aunque la expedición no se vio afectada por el deceso.

En España, las expediciones del inglés Cook y del francés La Perouse, que habían surcado aguas del Pacífico, desataron en nuestra patria envidias y recelos ya que el Mar del Sur lo considerábamos tan nuestro como el Mediterráneo desde que Nuñez de Balboa se había bañado en sus cálidas aguas hacía la tira de años.
Muy pocos barcos extranjeros navegaban por aquel mar hispano: cuatro carracas portuguesas, piratas y bucaneros de Oriente y, por supuesto, nuestro famoso Galeón de Manila.
Por eso las expediciones de nuestros vecinos ingleses y franceses nos habían tocado- y mucho- los aparejos, y por eso el proyecto de Malaspina-Bustamante llegaría en el momento más apropiado.
Se construyeron dos corbetas con especificaciones propias para la expedición y se reclutó a lo mejor de la marinería y la oficialidad de la Real Armada.
Las fragatas se bautizaron “Descubierta” y “Atrevida” en honor a los barcos que habían formado la expedición de James Cook que se llamaban igual pero en hereje, claro.

Embarcan en la expedición la flor y la nata de los naturalistas, los botánicos, dibujantes, zoólogos, hidrógrafos, cartógrafos y astrónomos españoles. Nombres como los de Gutiérrez de La Concha, el profesor de pintura Del Pozo, Luis Née, insigne botánico, el naturalista Pineda y marinos de la talla de Alcalá Galiano y Cayetano Valdés.

Los objetivos de la expedición, que se autodenomina científica y de recreo, eran visitar los dominios españoles en todo Mundo, realizar la circunnavegación del globo, levantar cartas y cartografiar hasta la última piedra de nuestras posesiones, realizar investigaciones en cada campo científico que se pudiese y, en secreto, tomar el pulso a la situación política en las Provincias americanas.
Tomar el pulso y ver qué se estaba cociendo por aquellas tierras llenas de enriquecidos y díscolos criollos.

Los navíos zarparían el treinta de julio de mil setecientos ochenta y nueve, y tras atravesar el Atlántico sin problemas, recalarían en Montevideo para finales de septiembre. 
Después visitarían La Patagonia y a sus legendarios habitantes, después las Malvinas, en las que había un presidio español, sí allí en dónde Cristo dio las tres voces y hoy ocupan los ingleses.

En noviembre la expedición cruza el Cabo de Hornos con sus galernas terroríficas y sus 
impresionantes picos de roca que parecen arrojarse al mar.
Una vez alcanzado nuestro Mar del Sur navegarían subiendo por la costa y visitando las muchas tierras en las que ondeaba nuestra bandera desde hacía trescientos años, y los que quedaban todavía. Acapulco se alcanzaría en abril.
La expedición era ya todo un exitazo y no había hecho más que empezar.

En Acapulco reciben los aventureros la orden de buscar el famoso y esquivo Paso del Noroeste. 
Un cuento que todos creían y que decía que al norte, igual que al sur, existía un estrecho que comunicaba los dos grandes Océanos. Navegarían hasta el fiordo llamado del Príncipe William y se cartografía el lugar, a pesar de que hacía un frío que pelaba en Alaska.
Allí constatan que no hay ni paso al otro lado ni gaitas, allí nada más que había hielo duro como las piedras y que ponían los pelos de punta cuando se oían rozar los témpanos contra las tablas de “Atrevida” y  “Descubierta”.

Durante el regreso, sin haber encontrado el dichoso Paso, visitaron el minúsculo enclave español de la isla de Nutka, en donde los españoles -y mire usted qué casualidad- entre ellos una compañía de voluntarios catalanes, con barretina y todo, habían puesto los pies. Allí, tan lejos, tan desconocido y tan clavado en el lomo del enemigo inglés.

La expedición alcanzaría de nuevo Acapulco para octubre de mil setecientos noventa y uno.
Al poco de llegar el Virrey de Nueva España les comunica que el rey quiere que cartografíen e investiguen el Estrecho de Fuca, el que se cuenta, está el famoso paso que comunicaba un océano con otro.
¡Qué coñazo con el dichoso Paso!- debieron pensar los expedicionarios.
Malaspina que quiere seguir hacia el Pacífico central y las Filipinas, pero que no quiere desobedecer al rey, requisa dos pequeñas pero fuertes goletas, la “Sutil” y la “Mexicana” y las pone al mando de sus mejores oficiales: Cayetano Valdés y Alcalá-Galiano y los envía hacia el estrecho. 
Los dos oficiales cumplirían su misión sin novedad y sin encontrar el jodío Paso.

Los demás pusieron rumbo a las Filipinas, pasando por las islas Marshall y Las Marianas que eran también posesiones españolas, arribaron a Manila en marzo de mil setecientos noventa y dos y al poco de llegar se muere por culpa de las fiebres el famoso botánico Antonio Pineda.

Pero la vida continuaba y después de unos cuántos meses investigando y catalogando la flora y la fauna locales la expedición zarparía con destino Nueva Zelanda y Australia pasando por las islas Molucas.
En la colonia británica de Sidney serían recibidos los españoles con la conocida fría cordialidad y flema. Muertos de envidia los 
marinos ingleses de la colonia  miraban y remiraban las estilizadas y elegantes líneas de las dos hermosas fragatas españolas.

La aventura llegaría así a su final habiendo cumplido casi todos los objetivos, excepto lo del Paso del Noroeste y porque no había, que si no…
Solamente quedaba regresar a la patria y por razones desconocidas lo hicieron de nuevo pasando el Cabo de Hornos y atravesando el Océano Atlántico.
Llegarían a Cádiz el veintiuno de septiembre de mil ochocientos noventa y cuatro después de cinco años y dos meses de aventuras, exploraciones, tormentas, peligros, increíbles puestas de sol en alta mar, amaneceres sobre playas exóticas, cenas en islas paradisíacas, lunas sobre el mar en calma, sal y viento.
¡Pardiez!, me hubiese encantado ir con ellos. 
¿A vuestras mercedes no?

En Cádiz fueron aclamados como héroes y la noticia del regreso de los barcos correría como la pólvora por toda España y toda Europa.

La fama que adquiere Alejandro Malaspina muy pronto despierta los celos y las envidias del valido, Manuel Godoy.
El inefable trepa ordena que la parte científica de la expedición: los mapas, los descubrimientos, los dibujos, las plantas secas, los cuadernos y los escritos, se escondan en un cajón, y gracias que no les metieron fuego.
La parte política, o sea, el pulso que había que tomar a los españoles de allá, resultaría
 demoledor para el valido.

Malaspina critica abiertamente, y sin pelos en la lengua, la penosa y peligrosa situación socio-económica, que se vivía en las Provincias y reprocha con claridad la acción o inacción del rey y de su Primer Ministro.
Malaspina reclamaría, sin cortarse un pelo, la autonomía comercial y la igualdad de derechos entre los españoles de allá y los de acá.

Godoy, claro, lo acusaría inmediatamente de conspirador, de revolucionario, de perro judío, de ladrón y de extranjero. 
Malaspina estaba perdido.
Juzgado, condenado y sentenciado todo en uno sería sentenciado a ser encerrado durante diez años en el Castillo de San Antón de La Coruña. Allí al menos, el pobre, podría oler el mar.
Pero entonces el mismísimo Emperador de Francia, que iba camino de convertirse en emperador de toda Europa, intercedería por el científico napolitano:
  
- O sueltas a Malaspina o adelantamos lo de la Independencia unos pocos años, ¿te parece Manolito...?- o algo así debió decirle el corso al ministro.

Napoleón le ofrecería al marino napolitano un importante puesto en su Armada, pero Malaspina, leal a España, y a pesar de todo, lo rechazaría sin dudarlo 
Napoleón nombraría a otro para el puesto. Un tal Villenueve...

Alejandro Malaspina regresaría a Italia y allí morirá solo, pobre y olvidado.
José de Bustamante y Guerra, que había sabido capear mejor el temporal y mantener la boca cerrada, escondió los informes y legajos de la expedición, antes de tomar posesión de su flamante y lejano cargo de
 Gobernador de Montevideo.

Noventa años después otro marino rescataría y publicaría los informes, las crónicas de los expedicionarios y los relatos de sus extraordinarias aventuras. Se llamaba Pedro Novo y Colsón y gracias a él se pudieron salvar tan importantes descubrimientos para la posteridad.

Esta fue la peculiar historia de una expedición que, como todo lo que tiene que ver con nuestra Historia, con nuestra cultura y con nuestras raíces permanece relegada al olvido, oculta y escondida. Perdiéndose las lecciones provechosas que podríamos sacar por los pasillos de nuestra desmemoria.
Igual que estuvieron perdidos los papeles de la expedición amarilleando en un cajón casi cien años sin que a nadie le importase un pimiento. 
O peor, sin que nadie supiese qué coño eran aquellos papelajos y plantas desecadas que llenaban los cajones y baúles más escondidos del archivo.

Aquí es que ya se sabe, siempre tuvimos más validos inútiles, trepas y lameculos que valientes Malaspinas.

Y por eso nos va tan bien...


A. Villegas Glez. 2013

Imagen: Mapa con la ruta seguida por la Expedición. 


jueves, 3 de octubre de 2013

MORIR CON EL SABLE EN LA MANO

Luis Vicente de Velasco nació en la villa de Noja, cerca de Santander, en el año 1711.
Como buen cántabro heredero de Juan de La Cosa su vida, desde muy niño, estuvo ligada al mar y a la Real Armada. 

Con quince años ingresa como Guardiamarina y recibiría su bautismo de fuego durante los asedios a Gibraltar y durante el ataque contra Orán liderado por el Duque de Montemar. Allí nuestro héroe se graduaría bajo las balas y los cañonazos sarracenos.
Como cualquier oficial de la Armada su vida transcurría entre el Mediterráneo, donde perseguía a los piratas berberiscos y el Océano Atlántico destinado en la flota de Guarda de la Carrera de Indias.

En el año 1741 sería ascendido a Capitán de Fragata y destinado a Las Antillas.

Cierto día de 1742 la fragata del Capitán Velasco se topa con un navío inglés, de mucho mayor porte y tonelaje, que se le arrimaba con las intenciones del turco, mientras otra fragata inglesa trataba de apoyar a su compañera ciñendo el poco viento que soplaba aquella mañana de junio y buscando el barlovento de la fragata española.

Velasco ve el panorama y como es un capitán muy querido por su tripulación, valiente y más listo que el hambre, calcula las distancias y las oportunidades sonriendo de oreja a oreja. Ordena zafarrancho de combate mientras los ingleses del poderoso navío no se pueden creer lo que ven:

- Parece que nos quieren abordar, Captain Jameson
- ¡Oh, nou, nou...! Imposible Edwar, estos spaniards no tienen eggs…

Pero el tal Jameson -que es un nombre ficticio ojo, no me saquen las tripas vuestras mercedes con el rigor histórico-, se equivocaba…

La fragata de Velasco maniobra como el rayo, presenta la banda con las portas abiertas y dispara todas sus baterías: ¡BATABUUUMMM!
Saltan destrozadas las tablazones enemigas, vuelan las astillas y corre la sangre por la cubierta inglesa.
Luego, mientras Jameson y su Segundo siguen alucinando en colores, Velasco y su valerosa tripulación se abarloan y abordan el navío a sangre y fuego.

A todo esto, el otro barco inglés que se acercaba, al ver la valiente y arriesgada maniobra española, se lo piensa mejor e intenta poner mar de por medio.
Pero el Capitán Velasco lo persigue, lo acosa y lo cañonea con tan buena fortuna y atino que los cañonazos españoles destrozan la línea de flotación del inglés y el barco, de inmediato, se escora peligrosamente.
Al capitán británico -digamos que se llamaba Francis- no le queda otra que arriar el pabellón inglés e izar el de auxilio… 
El cántabro, hidalgo marino, rescata a los ingleses y pone proa hacia La Habana con su presa. Entra en el puerto aclamado y admirado por el pueblo.

Velasco adquiere la justa fama de tener los huevos como dos balas de "a veinticuatro", pues en cada combate, allí estaba, siempre a la cabeza de sus hombres dando el ejemplo que todo oficial debe dar y todo soldado necesita recibir.

Para el año 1746 es ascendido a Capitán de Navío y le otorgan el mando del “Reina”. Con aquel barco seguirá las vicisitudes, temporales, ataques y demás fatigas que la Real Armada tenía que soportar sobre sus espaldas de madera, cuerda y acero.

Junio de 1762... Una poderosa flota inglesa compuesta de cincuenta y tres navíos y veinticinco mil hombres se presenta ante La Habana dispuestos a tomarla.

A Luis Velasco le asignan la defensa del Castillo del Morro ya que la intención de los ingleses era clara: desembarcar y tomar tan importante enclave, que como todos los enclaves caribeños, estaba falto de hombres, mosquetes, cañones y con la pólvora justa. 
Sin embargo ni faltaba el valor ni las ganas de pelea. Los ingleses estaban a punto de comprobarlo.

El día siete de junio empezó el bombardeo naval contra las posiciones españolas. Los ingleses desembarcan diez mil efectivos y atacan Cojimar y La Chorrera.
El día ocho los británicos, con el General Elliot al frente de ocho mil hombres, atacan la población de Guanabacoa situada al sur de La Habana. 
El regidor de la villa, Antonio Gómez y sus apenas armados vecinos ofrecieron una tenaz y durísima resistencia hasta que fueron aniquilados.
En la población de La Cabaña se repetirá la misma escena. Después de una feroz resistencia por parte de las mal armadas milicias locales el enemigo ocupa la posición instalando allí su artillería para batir El Morro.

El Castillo se había convertido en un doloroso grano en el culo de los ingleses, ya que su comandante, Luis de Velasco, era inteligente, fiero y acosaba continuamente a los ingleses con sangrientas salidas y con sus certeros cañones.

El primero de julio cuatro navíos ingleses, que sumaban más de ciento cincuenta bocas de fuego, se arrimaron, chulos y arrogantes, a la mole impresionante del Castillo del Morro.
Lo hicieron por la Batería de Santiago que contaba solamente con unas treinta piezas, pero que tenía como jefe y alma de la defensa al Capitán Velasco, que, otra vez con la sonrisa de oreja a oreja, calculaba las distancias y las parábolas.
El duelo artillero duraría seis horas. 

Desde la Batería de Santiago, pese a que algunas piezas habían sido desmontadas y los regueros de sangre corrían sobre las piedras, Luís Velasco contemplaba orgulloso cómo los barcos ingleses se retiraban apaleados.
Uno iba desmochado por completo y remolcado por otro navío que también se había llevado lo suyo. El tercero, que había sido el más osado y el que había hecho más daño a la batería española, se alejaba también con muchas averías. 
El cuarto navío ni se había arrimado a tiro de cañón y ponía pies en polvorosa o en espumosa, o como se diga cuando un navío se aleja del combate como alma que lleva el diablo.
Al mismo tiempo y por el lado de tierra se había rechazado el asalto de los ingleses que no lograron ni arrimarse a los gruesos muros del Morro.

El Capitán Velasco llevaba desde el primer día del ataque en pie, sin apenas dormir y acudiendo siempre a los puestos en donde se le necesitaba. 
El quince de julio, tras recibir una herida, le ordenan retirarse a la Plaza, que inexplicablemente, los ingleses no habían logrado tomar todavía, para que descansara y se repusiera… 
Pero su falta en El Morro era como la falta del fuelle en la fragua, así que, sin apenas descanso ni reposo, el bravo cántabro se reincorpora a su puesto.

La tenaz defensa del Castillo de los Tres Reyes continuaba y los ingleses chocaban una y otra vez contra la férrea voluntad de Velasco que con su entrega y valor galvanizaba a los defensores.

El veinticinco de julio una extraña calma se abate sobre el campo de batalla… Algo preparaban los ingleses, algo gordo.

El día treinta de julio, tras dos meses de heroica defensa, una enorme mina estallaba y abría una enorme brecha en los gruesos muros del Castillo. 
Los infantes de marina ingleses, arrojados como suelen, se lanzaron sin dudarlo a tomar la brecha.

El Capitán Velasco junto con su Segundo al mando, el Marqués de González, ven la multitud de bultos rojos que trepan sobre las piedras derruidas, y a unos doce soldados españoles que, con su bravo Capitán al frente, tratan de contener la oleada inglesa. 
Morirán todos allí defendiendo la brecha pero gracias a su sacrificio, dan tiempo a que el Capitán Velasco y todo el que pudo reunir, se abalanzaran contra los ingleses en una turba enloquecida.
Pero la superioridad numérica de los ingleses resulta abrumadora. Seiscientos contra seis mil…

Don Luis Velasco que iba como siempre al frente de sus hombres con el sable en la mano recibe un tiro en el pecho. 
Mientras cae moribundo al suelo le dice a su Segundo que defienda la bandera.
A González, junto con otros oficiales y soldados, los encontrarán alrededor del mástil rodeados de enemigos muertos.

Muertos Velasco y casi todos los demás, los pocos supervivientes deponen las armas. 
Los ingleses no pueden creerse que por fin hayan doblegado a aquellos bravos españoles. 

El Coronel Keppel, jefe de los casacas rojas, cuando entra en donde reposaba moribundo el heroico capitán español, lo abraza admirado, y ofrece de inmediato a los médicos ingleses para salvar la vida de tan valiente soldado.

Se pactó un alto el fuego para poder trasladar al Capitán Velasco hasta La Habana, en donde, debido a las infecciones, moriría el treinta y uno de julio. 
Al día siguiente se le enterraría con todos los honores.
Un servidor piensa que, para el valiente Luís Velasco, el mayor honor era el de seguir escuchando las descargas cerradas de los defensores del convento de San Francisco que todavía resistía al invasor.

En nuestra patria olvidadiza muy pocos saben quién fue el Capitán Velasco y lo que hizo en su vida de servicio a España. 
Se acuñaron monedas y en la Armada, que sí le recuerda, debe haber un barco con su nombre.
Para nuestra vergüenza los ingleses levantaron una estatua en honor de Velasco y de González en la mismísima Abadía de Westminster.
Y hata hace no mucho cuando pasaban los navíos de la Royal Navy cerca del pueblo de Noja, disparaban salvas en su honor…

Como ellos mismos decían, Luis Vicente de Velasco era: 

“El Capitán más bravo del Rey Católico”.

A. Villegas Glez. 2013

Imagen. El Capitán Don Luís de Velasco


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