Mostrando entradas con la etiqueta Guerra de la Independencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra de la Independencia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de febrero de 2016

DIARIO DE UN MAÑICO- 1808- 1809

15 de diciembre...

Ya sabía yo que Napoleón no iba a dejar a nuestra pobre patria en paz y que la guerra será al final larga y sangrienta.
El mismísimo emperador en persona ha tomado el asunto de España entre sus manos y ha derrotado a un ejercito nuestro en Tudela y ahora marcha hacia Madrid, victorioso y seguro.
Alarmado por la visceral y generalizada reacción española se ha traído consigo a la flor y a la nata de la Gran Armada, más de doscientos cincuenta mil veteranos curtidos y fogueados, que han atravesado la frontera con su emperador al frente y vienen dispuestos a someter al país y a que los españoles estemos callados, quietos, obedientes y sumisos, igual que han hecho los prusianos, los austriacos, los polacos, los suecos y toda Europa bajo la bota imperial.

Pero el listo de Napoleón no sabe muy bien donde se está metiendo. Desprecia pero también subestima a los españoles y se hace el ciego y el sordo ante la evidencia de que el pueblo español resulta muy diferente a los demás pueblos de Europa.
Aquí somos más arcaicos, mucho más orgullosos y no permitimos jamás que de fuera vengan a decirnos lo que tenemos, o no tenemos que hacer.
Somos un pueblo noble y hospitalario pero que se tornar cruel y despiadado ante los que se declaran sus enemigos.

Y Napoleón no viene en absoluto como amigo.
Ha traído el horror y la desolación de la guerra a nuestra tierra y éso mismo, multiplicado por ciento, es lo que le vamos a devolver.
El emperador ha removido el avispero español...

¡Que Dios nos coja a todos confesados!

26 de diciembre...

Ayer celebramos la Navidad aunque a los defensores nos pareciese mentira.
En la ciudad asediada celebramos el nacimiento de Cristo con decenas y decenas de bombas francesas cayendo sobre nuestras cabezas, porque estamos bajo el fuego enemigo desde el día veintiuno del mes, que fue el día en el que los franceses se plantaron, otra vez, ante la ciudad de Zaragoza.

Ya sabía yo que volverían...

Nada más llegar atacaron con mucho ímpetu, trompetazos y banderas desplegadas, el Arrabal, el Canal de Casablanca y los Altos de Bernadona.
Esta vez vienen avisados de nuestra bravura y muy bien pertrechados.
Han traído una ingente cantidad de artillería de la que llaman "de asedio" y de la otra también, a la que hay que sumar miles y miles de hombres de infantería.
También han traído ingenieros y zapadores que nada más desplegarse los gabachos empezaron a cavar trincheras y a construir baluartes para los morteros que traen, también, en abundancia.
A pesar del miedo y del terror que te produce contemplar al eficaz y poderoso ejercito napoleónico afilándose las uñas para asestar sus zarpazos contra la ciudad, igual que durante el Primer Sitio, allí estábamos los defensores dispuestos a pelear hasta que no quedásemos ni uno con vida.

El Coronel Sangenís había convertido cada uno de los conventos que había extramuros en fortalezas.
Así el día veinticuatro defendimos el de San José con tanto valor y ferocidad que nuestros enemigos no tuvieron más remedio que retirarse apaleados dejándose detrás docenas de heridos que se arrastraban y de muertos que no iban a ninguna parte.

Como dice mi amigo el andaluz:

"Zaragosa no ze rinde..."



29 de diciembre...

Se ha declarado oficialmente la epidemia de tifus… La enfermedad se une al racionamiento y a las bombas.
Los intentos de asalto de los franceses siguen siendo rechazados uno tras otro en combates a muerte.
Cada día me la juego en las murallas... Pincho, tajo, disparo y rezo mucho a La Pilarica para que me proteja y me ampare... Por ahora la fórmula está dando resultado.

Aunque cojeo un poco, recuerdo del Portillo y del Primer Sitio, me muevo con bastante soltura y además resulta analgésico mirar alrededor y ver que hay muchos otros que están mucho peor que tú, sin un brazo o una pierna, o mucho peor todavía, muertos del todo y sin poder moverse.
Sin embargo los que más lástima y congoja me provocan son los enfermos de tifus.
Da miedo, mucho más que el miedo que dan los gabachos, verlos tiritar y saltar en horribles espasmos, chorreando sudor hasta que se mueren después de una larga y horrible agonía.
Prefiero, la verdad, acabar en las murallas...

Día 2 de enero del año 1809...

¡Año nuevo, vida nueva…!
Al menos eso decíamos antes...
Este año lo hemos cambiado a:
Año nuevo, vida vieja, o perdida...

Porque en la asediada y medio derruida ciudad de Zaragoza las cosas no han mejorado con el año nuevo, al contrario, cada día los combates resultan mucho más desesperados y mucho más brutales.

El año lo hemos empezado aprovechando una inesperada crecida del río Ebro, que se ha llevado por delante, entre fragor de espuma y gritos de gabachos ahogándose, el flamante puente de barcas que los ingenieros habían levantado sobre el río.

El mismo treinta y uno, tuvimos la cortesía de ir a felicitar el Año Nuevo a los franceses.

Cuatro mil tíos armados hasta los dientes salieron desde distintos puntos de las murallas para atacar a los sorprendidos gabachos.
Me imagino las carreras que se han tenido que pegar porque los cuatro mil tíos, pegando gritos y con las bayonetas caladas, lograron llegar hasta Justibol, que en vista de las obras de asedio y las paralelas francesas, es como si hubiesen llegado a la misma China.
Por el camino, claro, hicieron una espantosa matanza de enemigos.
También, ya a la vuelta, lograron traer a la ciudad hambrienta algo de comida saqueada del campamento francés.
Al mismo tiempo, a modo de distracción, por San José otros mil hombres nos lanzamos como energúmenos enloquecidos contra las lineas enemigas.
Aquello fue una masacre terrorífica. A pesar de que uno ya estaba bien curtido en el combate -desde que me habían dado el mosquete aquel día de junio de, me parecía que hacía siglos- el asalto contra las trincheras francesas que guarnecían la parte de San José no podré borrarlo de mi memoria jamás.

Hasta donde conseguimos llegar, nos metimos como un estilete entre las líneas francesas -y no fue más porque los oficiales nos lo impidieron bajo gritos y amenazas- hasta aquel punto de las trincheras gabachas no quedó ningún francés para poder contarlo y todo se había resuelto a bayonetazos y cuchilladas, de muy cerca, oliendo el sudor y la sangre del enemigo.

Ha sido, sin duda, un comienzo de año diferente…

12 de enero...

Los jodidos gabachos llevan bombardeando los conventos extramuros dos días con sus noches sin detenerse ni para comerse un cruasán, los hideputas.

Con el nuevo año han cambiado de estrategia. La mina y la artillería batiendo sin descanso son ahora sus armas predilectas.
Resulta aterrador encontrarse bajo bombardeo enemigo porque nunca sabes en dónde caerá el siguiente pepinazo y si serás tú el elegido…

Pero, aquí seguimos, resistiendo, aguantando la granizada de bombazos y la lluvia de metralla, para que, cuándo asome la infantería francesa, de entre los escombros, cubiertos de polvo y sangre, asomen las figuras de los que han sobrevivido y se arrojen contra ellos valientes, heroicos, sin temor a morir si antes se pueden llevar otro francés por delante.

La guerra aquí en Zaragoza resulta muy diferente a todo lo conocido hasta la fecha.
Los partes de guerra imperiales no citan ciudades ni distancias kilométricas, tampoco hablan de victorias aplastantes sobre un enemigo acobardado.
Suelen decir cosas así:

- "Rendida la casa número uno... Se intentará tomar al asalto la casa número dos de la misma calle de la ciudad de Zaragoza…"
"No se puede precisar fecha de posible fin de resistencia enemiga en la casa número dos…"
Muchas bajas, moral muy baja"
¡Están locos estos españoles!


Así, de esta manera tan entretenida y didáctica, sobrevivimos los defensores de Zaragoza este año recién estrenado de 1809.
Combatiendo al invasor, rechazando sus asaltos uno tras otro, pasando hambre, fatigas, miseria y viendo morir a los compatriotas.

Como se ha muerto mi amigo el andaluz, que la ha palmado en la salida por San José.
Lo cosieron a tiros tras haber llegado, él solito y atravesando gabachos con su bayoneta, hasta las mismas narices del mariscal Moncey.
Seguro que soltó alguna de las suyas antes de morir…

"Josú mi arma", o alguna cosa así.

Que descanse en paz mi buen amigo, hoy apuntaré con mucho más tino y cuidado en su honor.

20 de enero...

Hace más de una semana que no quedan ni carne seca ni harina en toda la ciudad y la epidemia se cobra más de cien vidas cada día.
La situación es desesperante.
Entre las Tenerías y Santa Engracia no quedan ya tapias ni muros, solamente hay escombros desparramados.

También han matado al Coronel Sangenís. Lo abatieron sobre las murallas, lugar en el que normalmente se le podía encontrar dirigiendo la defensa.
Al bravo Coronel lo mataron con el botafuego en la mano en el momento en el que iba a disparar un cañón cuyos sirvientes estaban todos muertos alrededor de la pieza.
Allí se quedaría mucho rato el gran hombre, tirado sobre otros cadáveres con los ojos abiertos y la mirada vacía.

Con él hemos perdido al organizador, al ingeniero y al hombre que, con su ejemplo de bravura, nos arrastraba tras él con tan sólo mirarnos.
El nuevo mando ha resultado un cobarde que no se asoma por las murallas así estuviesen repartiendo carretadas de dineros.

Cada día las bombas siguen y siguen cayendo sin parar. Me imagino a los artilleros franceses venga recargar y enfriar, sudando a mares y negros de pólvora quemada.
Esos hideputas metódicos y eficaces están reduciendo la ciudad a escombros.

El día quince cayó el Reducto del Pilar.
La pelea fue tan cruenta y fiera que ninguno de los defensores salió de allí con vida y los franceses perdieron un Regimiento al completo.
Detrás de lo que queda de las murallas, encima de los montones de escombros, sobre la sangre coagulada de los caídos, los defensores seguimos resistiendo y continuamos gritando desde los parapetos que:
¡Zaragoza no se rinde...!

Aunque la verdad es que no sé cuánto tiempo más podremos seguir resistiendo...
Recorren las calles desechas y cubiertas de cascotes los carromatos rebosantes de muertos pudriéndose, una legión de niños famélicos gimotean pidiendo pan mientras las madres desesperadas rebuscan entre los desperdicios y por todas partes hay hombres malheridos y moribundos.
La ciudad desecha y martirizada se estremece bajo el frío intenso de enero que ha venido a sumarse a la tragedia.
Casi todas las mañanas aparece alguno que se ha quedado en su puesto helado hasta el tuétano de los huesos.

¡No sé, Virgencita del Pilar, cuánto tiempo podremos seguir resistiendo!

4 de febrero...

Las tripas me rugen de hambre como leones enjaulados.
Llevo varios días sin apenas probar bocado y la vista se me nubla, el mosquete pesa como el plomo y casi ni puedo sostener el lápiz para poder escribir estas líneas.
Igual que yo están todos los demás defensores de la ciudad, los que quedan vivos, claro.
Hambrientos, débiles y agotados…

Pero, sorprendentemente, en cada asalto sacamos fuerzas de la desesperación y batimos a los franceses con inaudita fiereza .
Cada vez que se acercan allí que estamos nosotros, enloquecidos por el hambre, cubiertos de harapos ensangrentados y desquiciados de valor para hacérselo pagar.
Entrarán en Zaragoza pero no les va a salir gratis.

Para poder doblegarnos, que no vencernos se han inventado un sistema nuevo: llegan los zapadores, minan los cimientos de las casas en las que nos ocultamos y después las vuelan.
De esta manera han destrozando el barrio de Santa Engracia, casa por casa.
Supongo que ya no les queda valor para acercarse a pecho descubierto, y por eso usan, como las ratas, los túneles y las minas para acabar con nosotros.
Es acojonante escucharlos cavar sabiendo que luego viene la explosión y que todo salta en pedazos, la madera, el hierro y la carne.
Pero para cuando llega la infantería francesa aparecemos como fantasmas tras la humareda, mareados, sangrando los oídos, zumbando las cabezas, asomamos y atacamos con rabia a los franceses.

Los Generales de Napoleón no dan crédito a lo que sucede en Zaragoza.
En cualquier otro lugar del mundo el enemigo, o sea nosotros, ya haría mucho tiempo que se habría rendido, sometido y claudicado.
Pero allí en España resultaba que no.
Y en cada asalto se encontraban la muralla de valor y de determinación. Zaragoza resistía mientras la Gran Armada se desangraba ante sus puertas.

Pero ya no queda esperanza y el avance francés resulta cada vez más incontenible y cada día ocupan más barrios.

Los defensores estamos reducidos al Coso.
El barrio de la Magdalena ha caído y con él, el palacio de la Diputación del Reino de Aragón que ha ardido hasta los cimientos, perdiéndose para siempre todos los documentos de incalculable valor histórico que atesoraba, además de todas las joyas y ornamentos que han saqueado los franceses.

¡Mi Pobre Zaragoza!, va a quedar destrozada, arruinada, convertida en solar y cementerio.

6 de febrero...

Los impíos, sacrílegos, profanadores, ladrones, hijos de mala madre y padre desconocido de los gabachos han bombardeado la Basílica del Pilar.
¡Así ardan todos en el infierno…!

12 de febrero...

Ayer perdimos el convento de San Francisco y los franceses volaron la Universidad.
Durante cinco días habíamos defendido el convento.
Cinco días luchando palmo a palmo, centímetro a centímetro.
No sé cuántos hombres, españoles y franceses, habrán caído allí adentro, a mí me parecen miles, porque se amontonaban los cuerpos en montañas informes y gigantescas.
Viví escenas de valor inaudito y de ferocidad llevada al extremo, allí en el convento los hombres nos tornamos en bestias, nos matábamos sin compasión entre los gritos, los disparos, las explosiones, los estertores de agonía y los alaridos terroríficos.
Cinco días durante los que la artillería abría brechas enormes en los muros por los que después se colaban los soldados franceses en valientes oleadas.
Cinco días acudiendo aquí y allá, muro norte, muro sur… Cinco días en los que sabíamos, sin ninguna duda, que allí moriríamos todos.
Y así fue.

Del convento de San Francisco solamente conseguí salir vivo yo…
¿Cobardía, se preguntarán..?
No, solamente la suerte en forma de misión de enlace con el Coso y el Cuartel General para llevar la triste noticia de que la posición estaba ya en manos gabachas.

Mientras corría, a mi espalda estalló en mil pedazos el edificio de la Universidad, al mirar atrás pude ver a mis últimos compañeros que salían para pelear contra la ola inmensa de gabachos que se les echaba encima…
Estuve a punto de regresar con ellos pero no lo hice...
No sé si me arrepiento.

14 de febrero...

Esto se acaba...
Cada día mueren más de trescientas personas entre unas cosas y otras.
El tifus causa estragos y las bombas gabachas más todavía.
Ayer estuve hablando con un anciano, debe ser de los pocos que quedan con vida, que me dijo que se había entretenido en contabilizar, desde el principio del asedio, cada pepinazo que habían disparado los franceses.
Dice que ha contado más de veinte mil impactos.
Así ha quedado devastada mi hermosa ciudad, la Florencia española como alguien la había bautizado, estaba arruinada por completo.
Y a pesar de todo esto, de toda la destrucción, de la enfermedad y de la muerte seguimos peleando.

Para comer lo único que hay en toda Zaragoza es una sopa de agua de arroz y afortunado resulta el que encuentra algún grano…

19 de febrero...

Los franceses han volado la iglesia de la Trinidad y matado a todos los que había dentro...
Se rumorea que el General Palafox está muy enfermo y que algunos hablan abiertamente de capitulación.
Otros no queremos oír hablar de rendirnos ni en pintura, aunque las pintase el paisano Paco, porque lo que queremos es seguir peleando hasta que caigamos todos, ¡queremos seguir desjarretando gabachos…!

Aunque la verdad ya no quedan apenas municiones, ni pólvora, ni comida y hay más de seis mil cadáveres tirados por las calles o bajo los escombros.
Todo es muerte, miseria y desolación…

No sé que pasará mañana de lo único que estoy seguro es de que acudiré a mi puesto en las destrozadas murallas...
Porque, a pesar de que esté todo perdido y que la capitulación sea inminente, muchos todavía gritamos desde nuestras resecas gargantas que:

¡Zaragoza no se rinde…………..!

Epílogo

El pelotón francés avanzaba cauteloso entre las montañas de escombros, ninguno se fiaba ni un pelo del alto el fuego al que habían llegado las partes.
Llevaban tres meses intentando entrar en aquella ciudad que no les dejaba y enterrados alrededor de ella había miles de compatriotas suyos que lo atestiguaban.
Así que la cautela y la desconfianza no estaban injustificadas.

Mientras el pelotón francés avanza por entre los cascotes de la ciudad destrozada observan incrédulos a los defensores y se preguntan: ¿éstos espectros son los que nos han detenido durante tres largos y sangrientos meses?, a los españoles se les veía sucios, demacrados y famélicos.
Pero en sus ojos se podía leer el brillo de un orgullo inmenso a pesar de la derrota.

Un soldado veterano de grandes bigotazos, pasando las páginas con curiosidad, le acerca a su Caporal un pequeño cuaderno con tapas de piel.

- Lo llevaba encima el soldado que nos ha disparado desde el muro- le dice entregándole el cuaderno de piel arrugada.

- ¿El tirador...?- el Cabo francés pregunta curioso y admirado.

Aquel hombre, solo y enrocado sobre los restos de la muralla, le había matado a uno y herido a otro de sus hombres, disparando y recargando con mortal precisión y rapidez su mosquete.
Luego se había defendido como un jabato contra los cuatro zapadores que le habían flanqueado y rodeado.
Había logrado matar a uno de los soldados, el Caporal había escuchado perfectamente la quijada del zapador partiéndose contra la culata del mosquete del español, antes de caer abatido a bayonetazos.

Al veterano soldado francés un estremecimiento le recorre la espina dorsal.
Aquella guerra en España no iba a ser igual a ninguna otra.

Hojea las páginas del cuaderno para después guardárselo en el bolsillo de la guerrera ensangrentada:

-¿Es algo importante, Caporal?- le pregunta, curioso, el otro soldado que ahora se arrepiente de no haberse guardado tan buen papel para otros menesteres.

- No, es solamente un diario…

FIN
A. Villegas Glez. 2011





martes, 2 de febrero de 2016

DIARIO DE UN MAÑICO- 1808

Día 15, mes de junio del año 1808...

Esta mañana han llegado los franceses a las puertas de Zaragoza.
Desde hacía muchos días todos los habitantes de la ciudad y toda la comarca, todo Aragón y toda España sabía que los gabachos iban a venir, porque la ciudad se había declarado fiel al rey Fernando y por tanto, en rebeldía contra el todopoderoso Napoleón Bonaparte.

¿Es que acaso nos habíamos vueltos todos locos?


¿Cómo pensábamos resistir a los ejércitos napoleónicos que se habían enseñoreado de toda Europa, cuando apenas había soldados en la ciudad y eramos la mayoría paisanos sin preparación militar?

... Y sin embargo, allá que fuimos todos hacia las murallas convencidos de la victoria.

Por el camino, viéndome joven y buen mozo, alguien me dijo no sé qué de alistado con la milicia ciudadana y me entregó un mosquete que llevaba acoplada una enorme y agudísima bayoneta.

¿Sería capaz de clavarla en otro ser humano?, me preguntaba mientras corría junto a mis paisanos para ocupar mi puesto en los adarves de Zaragoza.

Sobre los batallones que salieron de la ciudad para pelear contra los franceses en campo abierto las noticias no eran ni buenas ni alentadoras, más bien todo lo contrario, ya que estaban todos muertos o, los pocos supervivientes, escondidos entre las peñas inaccesibles de las sierras.
Los soldados de Napoleón eran los mejores y más preparados del mundo y habían hecho pedazos a los camaradas sin casi despeinarse.

A pesar de aquella horrible certeza, de que los soldados imperiales pareciesen invencibles y que nos iban a arrollar sin remedio, acudíamos a las murallas cantando como en verbena y dando vivas a España y al Rey Fernando. 
Mientras nos íbamos acercando a las viejas piedras se escucharon los primeros cañonazos.

Cuando te asomas por entre las murallas almenadas la primera impresión es de miedo, tan grande y terrorífico que te rilas por las patas abajo sin casi poder remediarlo, mientras el estómago se encoge tanto que parece que quisiera escaparse con las tripas siguiéndolo en larga procesión, los testículos se encogen y se arrugan como pasas y, sin apenas darte cuenta, empiezas a temblar como un suflé francés, nunca mejor dicho.
Pero por vergüenza te contienes, ya que hay camaradas que te están mirando.

A fin de cuentas todo el mundo está igual aunque nadie lo demuestre y todos lo disimulemos.
Los más resueltos y valientes se asoman sacando medio cuerpo fuera de la muralla para gritarles a los gabachos cuatro verdades sobre la dudosa procedencia de la señora madre de su emperador.

Cuando consigues arrinconar un poco el miedo, o mejor dicho, lo ignoras, porque el miedo siempre permanece ahí, al acecho, es la curiosidad la que te empuja a mirar, un morboso y rápido vistazo hacia las líneas enemigas que hace que, automáticamente, el miedo se expanda de nuevo desde los huevos hacia arriba con un denso y helado escalofrío.

Los gabachos en formaciones cerradas avanzaban impasibles, con los fusiles al hombro, las banderas tricolores al viento.
Desde detrás de los cuadros azules y blancos que avanzaban la artillería francesa, la más letal, efectiva y numerosa del mundo, disparaba sin cesar andanada tras andanada y los impactos certeros empezaron, más pronto que tarde, a derruir las murallas de Zaragoza.


Los pepinazos franceses llovían como granizo contra la Puerta del Portillo que era la posición que me había tocado defender.
Por todas partes volaban las esquirlas de piedra, la metralla ardiente y los pedazos de ser humano que nos salpicaban con trocitos de carne y de hueso. 
Entonces regresaba como un torrente el miedo atroz, pero también, junto al terror, había algo nuevo y embriagador. 
Unas irracionales y tremendas ganas de que los gabachos que avanzaban llegasen hasta el pie de las murallas.
Y llegaron...


Los primeros fueron los de la caballería polaca que resultaron jinetes valientes y decididos, pero que cayeron como moscas ante las descargas cerradas y mortalmente eficaces que les hicimos desde el Portillo.
Los pocos supervivientes de los escuadrones polacos se perdieron entre el dédalo de desconocidas calles, avenidas y callejones, cabalgaban aterrados por lo que contemplaban a su alrededor, espantados ante la brutal y feroz defensa de los bravos habitantes de aquella ciudad española. 
Desde los balcones y azoteas les arrojaban agua y aceite hirviendo, y eran acosados sin piedad por una turba de hembras armadas y enloquecidas, una manada de lobas que defendían su hogar y a sus cachorros.
Ninguno de los jinetes polacos saldría vivo de las calles de Zaragoza.

Ya me había contestado a la pregunta de si sería capaz de clavar la bayoneta en el cuerpo de otra persona.
La sangre francesa chorreaba de ella y salpicaba la madera del mosquete porque ya la había clavado infinidad de veces.

El miedo ahora permanecía relegado a un rincón silencioso y oscuro, sustituido dentro de mí por una rabia asesina y un furor homicida que jamás antes había sentido, tampoco antes había estado en una situación igual como en la que ahora me encontraba, o sea en mitad de una inmensa lotería de disparos a quemarropa, bayonetazos, sablazos, hachazos, cuchilladas, puñetazos, coces y mordiscos.
Los ensangrentados bultos azules se acumulaban contra la brecha que se había abierto en la muralla porque cada embestida francesa era detenida en seco por la masa enloquecida que defendíamos los adarves.

Desde cada esquina de Zaragoza los hombres, las mujeres y los niños salían armados con cuchillos, con adoquines, con tijeras, con agujas o con lo que pudiesen encontrar para defender hasta la muerte las murallas de su ciudad.
Los franceses, masacrados en las brechas, no podían dar crédito a lo que estaba sucediendo, la más victoriosa infantería del mundo estaba siendo aniquilada por unos palurdos, cerriles y atrasados españoles.


Habían llegado hasta nuestra ciudad muy sobrados y seguros de su victoria...


¿Qué coño se habían creído los gabachos?

Aquellas eran las murallas de la vieja Zaragoza.

Y Zaragoza, no se rinde...

25 de junio...

Los franceses, rechazados en cada intento de tomar la ciudad al asalto han acercado todavía más sus cañones y no han dejado de bombardear y bombardear las posiciones españolas sin descanso ni pausa.

Nuestra defensa la lidera el eficaz y valeroso ingeniero militar, don Antonio Sangenís, que no paraba el hombre muralla arriba y muralla abajo manteniéndonos muy ocupados trabajando en la reparación de los parapetos, las aspilleras o las barricadas.

Entre los defensores corre el rumor de que los gabachos habían recibido refuerzos de tropas y cañones y que, al inútil, según el adjetivo usado por su propio Emperador, del General Lefevbre, lo había sustituido en el mando un oficial de mayor rango y valía, un tal Verdier.

A los del Portillo, la verdad, nos da lo mismo. 

Francés que llegue hasta aquí será recibido de la misma manera, se llame Gastón o François.

29 de junio...

¡Qué días tan aterradores...!


El General Verdier, mal rayo le parta, había traído consigo cañones de los gordos, de asedio que llaman, y durante tres días con sus noches han machacando nuestras posiciones sin piedad ni miramiento alguno.
El día veintisiete estalló en mil pedazos el polvorín de San Carlos llevándose por delante la explosión a medio barrio de La Magdalena.
Aquel día faltó muy poco para que perdiésemos la ciudad, porque en mitad del caos producido por la deflagración del polvorín y el consecuente desorden, los franceses aprovecharon para atacar con toda su potencia.

Así lograron tomar el Barrio de Torrero, amenazando con ello muy seriamente, La Aljafería.
Pero no consiguieron atravesar los muros y de nuevo sus flamantes filas se vieron frenadas por el ardor y la valentía de los paisanos.

No logro explicarme cómo podemos estar resistiendo a las mejores tropas del momento, solo sé que Zaragoza no se rinde...

15 de julio...


Hoy se cumple un mes de asedio y a mí me parece mentira que todavía sigamos aquí...
Muchas cosas han sucedido desde mis últimas letras.


El día dos del mes los gabachos desataron el infierno sobre la tierra.
Atacaron con muchos regimientos que, bajo el amparo de la artillería, intentaron tomar por asalto y al mismo tiempo todas y cada una de las Puertas de la ciudad y todos los monasterios que nos servían de bastiones y fortalezas.


Porque el combate no consistía ahora en ocupar la ciudad entera, que era un objetivo casi imposible para los franceses, sino que peleábamos por habitaciones deshechas, por esquinas destrozadas y por montones de cascotes. 
Peleábamos por cada centímetro de nuestra ciudad y lo hacíamos con valor inaudito, empujados por la desesperación del débil y la rabia del despreciado.

Fue aquel mismo día, dos de julio, el día que me hirieron.

Una bala de mosquete que me atravesó de parte a parte la pierna izquierda y que se llevó por delante un buen trozo del muslo, sangraba más que marrano en la matanza y me dolía más que el corazón roto de un enamorado.
Me parece que ya no volveré a correr los cien metros lisos...

Sucedió defendiendo el cañón del treinta y seis. 

Uno a uno los camaradas habían ido cayendo y solamente quedábamos en pie el Sargento artillero con el botafuego en la mano y yo. Entonces sentí el calambrazo en el muslo, la sensación de que me arrancaban de cuajo la pierna y el dolor lacerante que me hizo casi perder el sentido. 
Mientras caía al suelo con los franceses trepando por la brecha y muy encima nuestro, fue cuando, de repente, apareció la mujer...

Traía los ojos 
inundados de lágrimas encendidos de pena y de rabia, cogió el botafuego de entre los dedos del Sargento muerto, supe más tarde que era su marido, y lo arrimó al ojo del cañón:

¡¡¡BAAAUUUUUMMMMMM!!!

Recuerdo que la última carga que habíamos metido dentro era de metralla, un par de saquetes de hermosas pelotas de plomo, así que de los franceses que subían por la brecha, ebrios de victoria y gritando: ¡Vive L´Emperateur!, no quedó un trozo más grande que el de una uña.


Aquella mujer se llamaba Agustina y desde aquel día en el Portillo se convirtió en alma y aliento de todos los defensores...



Resultó entonces muy normal que, tras haber rechazado todos y cada uno de sus valientes asaltos, los franceses decidiesen cambiar de estrategia.
Construyeron un puente sobre el río Ebro para así asfixiar el camino entre Lérida y Monzón, luego cortaron el agua que llegaba a la ciudad desde la acequia del Rabal con lo que intentaban aislarnos del mundo y conseguir mediante el hambre y la sed lo que no podían lograr con su afamada infantería y su poderosa artillería.

Zaragoza, sin embargo, estaba muy lejos de querer rendirse.

5 de agosto...


Ayer día cuatro el bombardeo gabacho alcanzó el edificio del hospital que estaba atestado de heridos, de moribundos, de médicos, de enfermeras y de curas... Pocos han logrado sobrevivir.
Durante estos días están bombardeando con más mala leche que antes el centro de la ciudad. 
¡Hasta la Basílica de Nuestra Señora han alcanzado con sus bombas!

El combate entre los restos del Hospital resultó terrible. Los soldados franceses nada esperaban encontrar entre los cascotes, pero, ¡allí estábamos nosotros!, con nuestros cachirulos y nuestras fajas, cubiertos de polvo y de la sangre de los camaradas caídos. 
De nuevo el no sé cuántos definitivo asalto francés se diluía ante la masa de defensores que preferíamos morir a rendirnos.

Y encima, para alegría nuestra y desolación francesa, habían llegado magníficas y alentadoras noticias desde el sur de España. 
Palafox las trajo junto a un muy necesario refuerzo de hombres, pólvora y víveres.

Resultaba que en las calurosas tierras hermanas de la Andalucía, un ejército de españoles había derrotado en los campos de Bailén al todopoderoso e invicto -hasta ahora- ejército napoleónico.
La noticia nos llenó de orgullo y nos recargó más de valor.
A los franceses, por supuesto, les ocurrió todo lo contrario.

15 de agosto...

El sitio ha terminado... Y, por increíble que parezca, hemos vencido.
De noche y casi a hurtadillas los franceses se habían replegado.


Por la mañana las últimas unidades en retirada volaron el puente que habían construido sobre el río Ebro y también, a modo de despedida, el hermoso monasterio renacentista de Santa Engracia. 

Antes, como es su acrisolada costumbre, se habían llevado hasta los floreros.

Dos largos y sangrientos meses habíamos resistido a un enemigo que nos superaba en número, armamento y técnica. Dos meses de penurias y miseria, de muerte y destrucción. 

La ciudad está arrasada, destruidos los monumentos, desvalijados los caudales y hambrientos los supervivientes.
Pero, a pesar de todo nos sentimos arrogantemente orgullosos. 

Miramos las columnas francesas que se alejan entre los campos destrozados y pensábamos:

- Se van bien apaleados, pero seguro que volverán para vengarse…

Y aquí nos encontrarán, porque han de saber, por si no lo hubieran aprendido todavía, que pueden bombardear Zaragoza hasta que ésta quede reducida a escombros, pero lo que es seguro es que jamás nos rendiremos...

17 de agosto...


Hace un calor como el que debe de hacer en las calderas del averno.
En la ciudad destrozada han comenzado de inmediato los trabajos de limpieza y reparación de las defensas.

Dirigidos por el incansable Coronel Sangenís, que se ha convertido en la verdadera alma de la resistencia y en el principal líder de los defensores.

También enterramos a los muertos, gabachos o nuestros, para intentar evitar en lo posible las temidas epidemias, pero veremos a ver si se consigue.

Ya había focos de tifus antes de que los gabachos se marchasen, así que no va a ser nada fácil evitar los contagios.

Cada mañana acudo a mi puesto, ahora que me cambiaron el mosquete por una pala, me dedico a excavar trincheras o a reparar revellines, mientras pasamos todos nosotros más hambre que el perro del afilador.

Aunque, ¡gracias a Dios!, poco a poco van llegando a la heroica Zaragoza, cuya gesta ha corrido de boca en boca por toda la nación llenando de orgullo a los compatriotas, los abastecimientos y los refuerzos venidos desde toda España.

El todopoderoso Ejército Imperial se retiraba del país abandonándolo apresuradamente, espantados los franceses por el volcán que habían despertado.


A mí, a pesar de la alegría y el orgullo que sentía, me daba en la nariz que Napoleón no se iba a quedar tan tranquilo tras haber visto humilladas sus banderas.
Había vencido en toda Europa y no podía permitir que los españoles, precisamente aquellos zarrapastrosos, fuesen los únicos que le mojasen la oreja.


¿Estos...?, ¡Mon Dieu! ¡quién lo habría dicho! -le estaría diciendo en París a Josefina.

Pero tanto le gustase como no, lo cierto era que, hacía muy pocos días sus flamantes soldados habían huido como del mismo diablo ante las inexpugnables murallas de la ciudad de Zaragoza, y de postre, los españoles habían puesto a un Cuerpo de Ejército entero mirando a Triana, o mejor dicho, a Bailén.

Entre los cascotes de lo que fue la Taberna del Cachirulo me he tomado hoy unos cuantos vinos con uno de los andaluces que han llegado a la ciudad como refuerzo.
Mi nuevo amigo había estado en la sierras andaluzas con los bandoleros despachando franceses y en la gran batalla contra Dupont.


¡Qué raro y qué gracioso que hablan el idioma castellano los andaluces!, me resultan alegres, juerguistas y la ciudad del Ebro rasga guitarras aflamencadas desde que han llegado, mezclándose los tíos con los aragoneses, los castellanos, valencianos, catalanes y demás gentes de casi todo el país que han venido para ayudarnos a defenderla de los gabachos.
Con sus alegres cantes y bailes, con sus risas, con sus bromas y sus puyas graciosas, con ese acento tan suyo, nos llenan de alegría a todos los demás, nos amalgaman o nos “arrejuntan”, como ellos dicen.

Y es muy cierto, porque cuando regresen los gabachos -que vendrán- ya no se encontraran aquí solamente a la obstinada y valiente ciudad aragonesa, ahora tendrán que enfrentarse a un pedacito de la misma España que pretenden pisotear.

Y si Zaragoza no se rinde, España, menos todavía...


Continuará...



lunes, 25 de agosto de 2014

EL CIUDADANO GARCÍA

Era noche cerrada con la luna iluminando la Torre de Hércules y la bahía.
El carromato rebosante de cadáveres medio podridos se detiene junto a la fosa abierta y sin muchos trámites dos hombres empiezan a arrojar los restos al fondo. Mientras un cura soñoliento les va dando la Extrema Unción a los muertos.

Hace frío y todos quieren acabar rápido el desagradable trabajo que les ha tocado hacer, total, aquellos que van tirando a la fosa no son más que pobres desgraciados, indigentes que no habían tenido ni para morirse. Huesos que acabarán revueltos unos con otros en la fosa común de los pobres.

De repente, entre la niebla, aparece corriendo un soldado. Llega el hombre sin aliento y justo a tiempo para ver como los hombres del carromato agarran por los pies el cadáver que viene buscando.

- ¡Esperad, esperad… ¡- dice mientras hace sonar su bolsa con el tintineo de las monedas que carga.

Los enterradores se detienen de inmediato con el brillo avaricioso pintado en los ojos. El cura mira interesado al soldado sin resuello que les pide que esperen y que no arrojen todavía el lívido cadáver al hoyo.

- ¿Qué sucede alférez?... - el cura ha reconocido las divisas en la bocamanga del joven oficial.

- Espere Padre, se lo ruego… Ése hombre merece algo más… Si me permite…

- Claro hijo… ¿Es familia suya…?

- Es familia de todos nosotros, Padre… Un buen hijo de España…

Con amor infinito el joven alférez envuelve el cuerpo inerte con una bandera española.

Luego, mientras los hombres depositan con cuidado el cuerpo en el fondo de la fosa, el joven oficial saca su sable de la vaina y saluda muy tieso y marcial. Tiene los ojos arrasados en lágrimas.
Después saluda, mientras algunas de sus lágrimas llegan al suelo y riegan la tierra sobre la que descansan varias docenas de muertos, retorcidos, pálidos, con la expresión aterrada de quien muere pobre y solo.
Y entre ellos, uno más, el cuerpo envuelto en la bandera, sobre el que empiezan a caer las paletadas de tierra mientras el cura reza un Padre Nuestro y el aire gallego se torna helado mientras las meigas entonan canciones de luto.

La última paletada oculta el último destello rojo de la bandera. Rojo como la sangre tan generosamente vertida por el hombre que ahora, sin honores y sin recuerdos, acaban de enterrar.

Mientras se aleja de allí el joven alférez recuerda y las imágenes grabadas en sus ojos de niño se agolpan en su mente, los recuerdos grabados mientras recorría España peleando contra los gabachos, mientras peleaba al lado del más valiente soldado que había conocido jamás.

Se llamaba Antonio García Monteavaro y López, había nacido en Castropol, Asturias, y estaba impregnado desde la cuna del valor y la determinación de su antepasado Pelayo.

Y el joven alférez acababa de enterrarlo…

Mil batallas contra el enemigo habían vivido juntos, el héroe y el pequeño niño que ahora vestía el uniforme. Mil historias de valentía y arrojo, de luchas a cuchillo, cara a cara contra los mejores soldados del mundo.

Antonio García estuvo en todas, sin faltar a ninguna, la lista era larguísima, tanto como el valor a toda prueba demostrado una vez y otra por el asturiano.
Empezó su guerra en La Balmaseda, en dónde le dieron un tiro, en Oviedo recibió una estocada, peleó en Navia, La Caridad y Mondoñedo en dónde recibió otro tiro que casi se lo lleva al cielo, recuperado y luchando en Lugo, le arrearon los coraceros gabachos tres sablazos más, después Vivero, Betanzos, Coruña y Santiago, de los que se lleva de recuerdo otro tiro y un par de puñaladas.

Antonio García era duro como el acero.

Valdeorras, Morella, Villafranca del Bierzo,
Alba de Tormes, Brañobares, Ciudad Rodrigo, Olivenza, y Llerena…

Todo había ido bien menos en el último combate. La mala suerte hace que agarren prisionero a Antonio junto a otros camaradas y los franceses buscan una tapia y los arcabucean sin miramientos.
Milagrosamente -con seis balazos en el cuerpo- el durísimo trozo de pedernal asturiano, logra salir vivo de la carnicería.

Se recupera tan bien, que en poco tiempo está de nuevo desjarretando franceses en Castillejos y Fregenal de La Sierra, en dónde el Destino le guarda una agradable sorpresa.
En Fregenal se encuentra -mira tú qué casualidad, François- al comandante enemigo que había ordenado fusilarlo.
El gabacho, aparte de alucinar en colores al verlo aparecer, sano y entero, no tiene su misma suerte y se queda para siempre acurrucado contra la tapia en la que lo han fusilado con los ojos todavía muy abiertos por la sorpresa.

Luego, García ve como unos quince gabachos se retiran llevándose con ellos una bandera de España.

Antonio García no duda…

Se abalanza, dando gritos que espantan, contra la quincena larga de franceses. Los gabachos que lo ven venir solo, le plantan cara, pero a pesar de ser muchos más, el espanto y el terror que causa el español, que está rojo de ira, echando espumarajos por la boca y dando unos sablazos terribles y certeros que parten en dos a todo el que encuentra por medio, los hace recular y querer correr más que pelear contra aquella fiera que grita y grita mientras clava y taja con su sable que chorrea sangre hasta la empuñadura:

- ¡La Bandera, dadme mi bandera!... ¡¡¡Dádmela gabachos hijosdeputaaaaaaaaaaaa!!!

Y se la dan, claro.

Esta hazaña le cuesta al bravo español recibir otro tiro y dos puñaladas. Que gratis no se la iban a dar…
Antonio tiene a cuatro o cinco franceses destrozados a sus pies, los otros habían huido como alma que lleva el demonio, dejando atrás, en las manos de García, la bandera robada.
Cuando la noticia se extendió entre las tropas españolas le pusieron el apodo de: “El Inmortal” y otro, que a él siempre le gustó más, que era: “El Arcabuceado”La fama de su valor daba fuerzas a los demás para que siguieran luchando, para que los hijos de España continuasen la pelea y el sacrificio contra los franceses. Impasibles y valientes, arrojados y bravos como lo era el admirado Antonio García.

Después de lo de Fregenal, continúa la marcha de liberación por nuestra tierra, pues, pese a que los combatientes eran casi todos asturianos, leoneses y gallegos sentían aquellas tierras del sur como suyas, como hermanas. Además ahora la capital estaba en Cádiz y Las Cortes y La Regencia y parecía que España, por fin, iba a levantar cabeza…
Así estuvo Antonio García en La Higuera, La Palma y en la grandiosa victoria de La Albuera, después Puebla de Guzmán, Zújar, Cúllar, Alaguas y Murcia…
Toda una campaña de norte a sur por las invadidas tierras de España.

Durante aquellos años le concedieron algunas prebendas y dádivas por su valiente comportamiento, espectacular fue el recibimiento que le otorgó el pueblo de Cádiz en el año 1813. Fue Aclamado por la gente, respetado por los mandamases que le concedieron medallas y le dieron dineros y uniformes y hasta el embajador inglés quiso conocer a tan extraordinario soldado. El británico le regaló un sable y un uniforme de la infantería inglesa.

Fue un fugaz agradecimiento.

Antonio García hasta las charreteras de oro del uniforme tuvo que vender para poder pagarse los médicos que cerrasen sus heridas. Pero como él había sido siempre generoso -había entregado las cincuenta pesetas que le había dado el Regente para sus gastos, al Hospital de Inválidos- por este y otros gestos que demostraban su noble corazón, no se le dejó en la estacada.
Cuando pidió humildemente, pública ayuda para pagar a un médico que le ayudase a sanar las heridas que le habían infringido los gabachos cuando lo de la bandera, el Ejército, en pública suscripción, reunió nueve mil y pico reales con los que el héroe pudo recuperarse.

De inmediato acudió a su destino en el frente con la guerra ya acabada… 
Ahora empezaba otra, más cruenta y dolorosa… La guerra entre hermanos…
Ya saben, España en su máxima expresión, dividida en sectas de distinto color y misma mala leche, en facciones irreconciliables, en perros rabiosos con collares distintos.
Antonio García toma partido por los liberales, sin comprender a los compatriotas que gritaban: ¡vivan las caenas!, sin entender como su amada patria había pasado de luchar por su independencia a hacerlo por la inmensa estupidez de no poder ponerse a hablar sin gritar, sin insultar y sin ofender al otro… Por dejarnos arrastrar por la envidia y la avaricia y enterrar nuestra humildad e hidalguía.

Se une a la partida de otro reconocido y valiente soldado al que le llamaban El Empecinado… Los fernandinos los capturan y a Martín le espera el patíbulo mientras que a los demás los dejan libres…
La suerte del Inmortal parece no acabarse. ¡Perra Suerte!

Antonio García, dolido por mil heridas, el alma rota y el corazón partido, se pierde por entre las calles de La Coruña, en dónde vivirá como un pordiosero hasta el final de sus días.
Un joven alférez le encontrará, a punto de ser enterrado en una fosa común, un día frío y lluvioso de marzo del año 1841…


Relato basado en la vida de Antonio García, El Inmortal de Castropol.
No hubo bandera ni alférez en su entierro… Solamente el puñado de tierra y el puñado de cal. Solamente el ingrato agradecimiento, el olvido más vergonzante, la fosa común en la que reposan nuestra gloria, nuestra honra y nuestro honor.
Gloria para tí, tocayo, gloria y recuerdo… Descansa en Paz hermano, porque ya desde hoy no serás un Héroe Olvidado.
© A. Villegas Glez. 12

















viernes, 10 de enero de 2014

LA LOMA DE SAN MARCIAL

Llegaron entre la bruma de la mañana protegidos por su artillería. Y llegaron a miles. Los franceses del mariscal Soult pretendían romper el cerco de San Sebastián y mantener de esta manera abierto el camino hacia su país.
Llegaron muy resueltos, decididos y dispuestos a arrollarnos, pretendiendo quebrar nuestro ánimo y nuestra entereza, aprovechando la circunstancia de que los españoles estábamos pasando más hambre que el perro del afilador. 

Llegaron por miles, pero no consiguieron pasar de las lomas de San Marcial pues allí estábamos nosotros, los sucios y hambrientos españoles. El Cuarto Ejército, el de Galicia. Allí estábamos, y mientras nosotros matábamos y moríamos, nuestros supuestos aliados portugueses e ingleses se dedicaron a saquear, violar e incendiar San Sebastián, los hijos de la gran puta.

Era muy temprano, el último día del mes de agosto y los gabachos habían pasado el río Bidasoa por los vados de Hendaya y del Camino Real. Siete divisiones de los que todavía eran los mejores y más disciplinados soldados del mundo, que avanzaron protegidos por la niebla y al amparo de sus cañones.

Las posiciones avanzadas de Irún y de Bera fueron arrolladas sin contemplaciones, pero algunos consiguieron escapar  de la matanza y dieron la alerta al general Freire, que sin dudarlo ni un segundo, nos envió a todos los soldados que tenía a sus órdenes, hacia San Marcial, para formar allí una línea defensiva:

- De aquí que no pasen- dijo el general- y en verdad que francés no pasó ni uno.

En Soroya el Regimiento de Asturias no cedió ni un palmo de terreno, dejándose allí la vida su bravo coronel Miranda. La lucha fue encarnizada puesto que los españoles no solamente nos conformamos con detener a los gabachos, sino que luego, enardecidos y gritando como bestias enloquecidas, cargamos a la bayoneta contra los enemigos de nuestra patria, arrollándolos y ensartándolos sin piedad ni cuartel hasta que su sangre encharcó la tierra vasca. Gritaban los hombres mientras morían y mataban, gritaban los heridos, gritaba el cielo y la tierra, y en mil acentos diferentes se gritaba el nombre de España.

Después los franceses, en vista que por allí no podían pasar, decidieron atacar por el centro español, que estaba protegido por la división de Díaz Porlier y por el Segundo Batallón de Marina. 
La artillería gabacha abrió huecos entre las filas y los hombres caían destrozados uno tras otro, pero cuando la infantería se lanzó al asalto, se encontró también con un muro inamovible de bayonetas españolas y no consiguió pasar ni uno, mientras la sangre corría a litros y las bayonetas brillaban en la mañana goteando sangre enemiga. El nombre sagrado de la patria volvía a resonar , en mil voces distintas, por entre aquellas viejas cumbres.

El ala izquierda pasó a ser entonces el centro de las atenciones francesas. La división de Ezpeleta aguantó en sus posiciones contra la ola de franceses con serenidad y valor, pese a lo cual el enemigo consiguió ocupar unos barracones en dónde se hicieron fuertes,y con ello, con aquel punto estratégico en sus manos, ya casi tenían la victoria al alcance de la mano. 

Pero no contaron los franceses con el ardor español ni contaban con la firme convicción, que ardía en todos nuestros corazones con llama inextinguible, que teníamos de expulsarlos de nuestra tierra, no contaron con el legendario valor ni con el desprecio por la muerte de los soldados españoles.

Los Regimientos de Guadalajara, de Asturias y de la Corona, apoyados por los Voluntarios de Guipúzcoa y una compañía de artilleros que habían cambiado el botafuego por el mosquete, atacaron sin miramientos, ni florituras ni gaitas gallegas, sino por derecho y a pecho descubierto a los franceses que se habían refugiado y hecho fortín con aquellas barracas, y los expulsaron de la posición a bayonetazos, y no se detuvieron hasta que los franceses no dejaron de correr y cruzaron el río Bidasoa y por el camino se dejaban atrás a cuatro mil y pico de camaradas mirando al cielo.
Los franceses habían sido derrotados y sus águilas humilladas por aquellos sucios y hambrientos españoles a los que tanto despreciaban. 

Al caer la noche y desde las ensangrentadas lomas de San Marcial, pudimos ver como ardía San Sebastián.
Nadie podía haber imaginado el  grado de deshonor y la canallesca inmunda que guardaban en sus almas nuestros aliados, los vecinos portugueses y los ingleses, que mal rayo les parta a todos. 
Porque mientras nosotros nos desangrábamos, ellos se dedicaron a destrozarlo todo, a robar, a matar y a violar sin descanso ni freno, sin piedad ninguna, masacrando a los desgraciados que caían en sus manos, profanando los templos y tomando la ciudad a sangre y fuego. Los hideputas.
Por eso las palabras aduladoras del general Guelintón, (o como coño se escriba su nombre), en vez de llenarme de satisfacción me llenaron de rabia.

Ahora, pasado el tiempo y visto desde la lejanía y la perspectiva que dan los años, pienso que cuando atacamos a los franceses, loma de San Marcial abajo, debíamos haber seguido corriendo y haber pasado a cuchillo también a los que se decían nuestros aliados, que por cierto permanecieron muy lejos de la batalla y sin atreverse ninguno a acercarse. 
Quizás si lo hubiésemos hecho muchas mujeres, ancianos y niños de San Sebastián nos lo habrían agradecido. Pues si mala era la ocupación francesa, peor, mucho peor, fue la liberación por parte de aquellos canallas, que encima tenía la desvergüenza de ir diciendo por ahí, que la guerra en España la habían ganado ellos.

Lo dicho, debíamos haber continuado lomas abajo, así como íbamos, como una tromba de bayonetas empapadas de sangre enemiga, y haber mezclado aquella sangre con la de los ingleses que saqueaban la ciudad. Al fin y al cabo, por mucho que el Guelintón nos felicitase, aquellos hideputas no se habían comportado de otra manera más que como enemigos.
Y de aquella forma debimos haberlos tratado y que el general hubiese felicitado a su puñetera madre británica.


© A. Vilegas Glez.

Lámina: Batalla de San Marcial. Augusto Ferrer Dalmau.






martes, 12 de noviembre de 2013

LA HISTORIA DE "LA FRAILA"

La guerra de la Independencia se alargaba y se contaban ya tres largo años de penuria, miseria y muerte. Tras las sucesivas derrotas sufridas por el ejército, la honra y la llama de la rebelión la mantenían viva los guerrilleros. 
Anónima religión de gente oscura, como alguien les bautizaría tan acertadamente.

En La Mancha, excepto en las grandes poblaciones, los amos eran los bandoleros que cabalgan a sus anchas por las sierras y montes de toda la provincia matando a cuánto gabacho podían. Toda España está igual, infestada de combatientes y los pozos llenos de franceses muertos.






En las afueras del pueblo de Valdepeñas, que conserva todavía los destrozos del incendio de cuando la rebelión del año ocho, existe una pequeña ermita. Lleva años siendo cuidada por una mujer, que dicen los del pueblo que tiene el poder de curación en las manos, que consigue sanar a todo el que toca y acude a ella con fe sincera.


Todo el mundo la respeta y le pide ayuda y consejo. Todo el mundo en la comarca la conoce como “La Fraila”.






Hace tres años cuando los franceses saquearon la ermita, una visión de la mujer, que contempló los hechos antes de que sucediesen, evitó que los franceses destruyesen la antigua talla de La Virgen de La Concepción, trasladándola y escondiéndola del furor iconoclasta gabacho en Valdepeñas. El suceso de la talla con la imagen de Nuestra Señora, de gran devoción en aquella zona, salvada en el último momento por la Fraila, la hizo más popular y querida en su pueblo.


Tiene un único hijo la buena mujer al que ama con locura, el chico anda por los montes sirviendo en la partida guerrillera del apodado el “Chaleco”.


Ella está orgullosa aunque como madre su corazón se encoge cada vez que oye los mosquetazos romper la noche, o escucha las noticias de que los franceses han capturado y arcabuceado a algún guerrillero.






Corre el mes de mayo y el calor empieza a encender los días en La Mancha. En el vecino pueblecito de La Solana se produce durante aquellos días una escaramuza entre guerrilleros y franceses. Una más de tantas, un par de tiros, algunos sablazos, matar sin compasión y luego esfumarse. Así atacan los guerrilleros, letales y súbitos como la picadura de una víbora. Y al retirarse siempre dejan algún gabacho panza arriba.






Aquel día de mayo de mil ochocientos once se queda también atrás, tirado boca abajo uno de los españoles. Se llamaba Ramón y era de Valdepeñas. Es el hijo de la buena mujer que cuida la ermita de La Concepción.


La madre queda rota por el dolor con el vientre quemándole y retorciéndose, como cuando dio a luz. El dolor es el mismo, idéntico, pero ahora ya no podrá abrazar a su pequeño cuando todo haya pasado. Ahora el dolor no se irá jamás.






Esa misma noche la casualidad hace que lleguen a la ermita cien dragones franceses exigiendo alojamiento y comida.


Son groseros, sucios y arrogantes, desprecian a los españoles y también les temen, aunque claro, ninguno de ellos lo reconocería jamás en público, pero muchos de ellos tienen pesadillas en las que aparecen los guerrilleros y su horrible costumbre de cortarle los huevos al enemigo.


¡Oh, la, lá…qué salvajes, mon Dieu!






En la ermita sin embargo sólo hay una mujer triste, flaca y demacrada.


Ningún coracero francés se fija en los carbones encendidos que son sus ojos ni en la crispación de sus manos cuando, hartos de vino, alguno empieza a tocarla.


Resulta que son los mismos franceses que han combatido en La Solana. Los mismos que han matado a su hijo.


La Fraila es servicial y amable. Aunque asqueada y llena de rabia sonríe a los gabachos mientras les sirve su mejor vino. Les prepara solícita lechones y perdices, miel con almendras y hasta un poco del costosísimo y raro café les hace a los oficiales, que se repantigan en los banquetes y taburetes de madera satisfechos.


La noche se va cerrando sobre el cielo manchego y poco a poco los franceses, despojados de petos y cascos, de espadas, de mosquetes y de pistolas, van quedándose dormidos, ahítos de las magníficas viandas y mejor vino que aquella buena mujer les ha servido.






Pasan las horas: Una, dos, tres, y la Fraila espera paciente como la araña en la tela.


Cuando está segura de que todos los soldados enemigos están dormidos, empieza a apilar toneles de pólvora, los mismos que traían los gabachos, contra la puerta de la ermita que ella misma ha atrancado por dentro.


Reza mientras lo hace, no por el alma de aquellos cien enemigos impíos y criminales, reza al Señor para que la explosión sea lo suficientemente potente y se los lleve a todos por delante.






Los gabachos roncan a pierna suelta. Uno de ellos, que tiene mal la próstata, se levanta restregándose los ojos y pisoteando sin miramientos el montón de cuerpos que hay desparramados por todas partes.


Con los ojos acuosos del sueño y del vino el francés ve a la mujer que lleva una vela en la mano y ante ella puede ver una enorme sombra, una montaña de algo, el francés no distingue bien, apenas iluminado por la vela que lleva la mujer, son como cilindros apilados, se rasca los ojos y de pronto ve lo que es el montón enorme que tine ante él, son, son: ¡¡¡Toneles de pólvora!!!


Cuando el francés horrorizado y con los ojos como platos consigue articular un: ¡Non!, la palmatoria ya cae despacio desde las manos de la mujer, sobre el montón de barriles.






A unos kilómetros, en el pueblo de Valdepeñas, la enorme explosión despierta a todos los habitantes que, de inmediato, algunos de ellos en camisón, corren asustados hasta la ermita.


Los primeros que llegan pueden oír todavía los alaridos que dan los franceses mientras se queman vivos. Ninguno de los cien coraceros consigue sobrevivir. La ermita ya no es más que un montón de piedras destrozadas que nadie se molestará en reconstruir y con el tiempo, el recuerdo de La Fraila se perderá.






Quizá no sea políticamente correcto ya saben la venganza y todo eso. Pero para mí, la Fraila, desde hoy pasa a ocupar un puesto de honor entre las heroínas de La Guerra de la Independencia.


Ella no combatió en murallas, ni resistió asedios, pero dio un hijo a la causa que es el mayor sacrificio que toda madre puede hacer. Y después se llevó por delante a cien de los invasores gabachos, que robaban, saqueaban, violaban y mataban con total impunidad en España.


Seguro que está junto a su hijo en el cielo de los valientes, cuidándolo. Acumulando pólvora, por si acaso…






© A. Villegas Glez.





miércoles, 29 de mayo de 2013

Luces y Huevos

La Vida de Don Antonio Sangenís y Torres (1767-1809)

Nace Antonio en Albelda en el seno de la familia de los Barones de Blancafort , es el tercero de los hijos y el mismo Rey Carlos III le nombra subteniente de infantería cuando todavía no es más que un crío imberbe, un crío que pronto destaca especialmente en una materia: Las Matemáticas.

Por su destacada mente y siendo teniente en el Regimiento del Príncipe lo envían a la Academia Militar de Barcelona en la que se destaca en su curso y consigue su despacho de Teniente del Cuerpo de Ingenieros con todos los honores. Corren los últimos años del siglo y el joven Antonio Sangenís es destinado al Cantábrico, con el encargo de reparar y poner en estado de defensa todos los fuertes y baterías de la cosa, desempeño que cumple con tanta eficacia, denuedo y rapidez que es ascendido al grado de Ingeniero Extraordinario.

Su siguiente destino le acerca hasta la primera línea de combate pues participa, ascendido ya a capitán, en las operaciones de la Guerra de la Convención y después junto a General Ricardos en la del Rosellón.

Para cuando en el año mil ochocientos cuatro, el capitán don Antonio Sangenís Torres es destinado como profesor a la Real Academia de Ingenieros de Alcalá de Henares, es ya un curtido y veterano soldado y un respetado matemático y erudito. 
En 1805 asciende al empleo de comandante.
Y entonces llegan los franceses…

Después del Dos de Mayo y con los gabachos buscando civiles y militares para que Goya los retratase contra una tapia, los alumnos y profesores de la Academia se dispersan a los cuatro vientos.
Sangenís llega a Zaragoza en dónde se pondrá de inmediato  a las órdenes del Comandante General de la Plaza.

Asomado a las tapias de Zaragoza Antonio Sangenís es ahora el jefe del Batallón de Zapadores, miembro de la Junta de Defensa y Director de las Fortificaciones. Los franceses han puesto sitio a la ciudad. 
Es junio de 1808.

Entre los cascotes que volaban por todas partes, asomándose a las tapias para hacer sus cálculos, siempre animando  a los defensores, organizando los revellines y las aspilleras, marcando los objetivos a los artilleros, sudando a mares y cubierto de polvo y de sangre, así vivía el Sitio Antonio Sangenís.

El día cuatro de agosto, muertos todos los defensores de la batería de la Puerta de Santa Engracia y colándose ya los franceses por ella, el bravo comandante de ingenieros, despreciando el peligro y derrochando bravura, se arrojó contra el enemigo enardeciendo a cuantos por allí había que le siguieron hacia la brecha, disparando la pieza que había quedado desguarnecida y rechazando el asalto francés. ¡Con dos cojones!

Por esta acción Palafox le ascendió a Coronel y le nombró Defensor de la Patria. 
Las malas lenguas afirmaban que Palafox le tenía cierta envidia por la inmensa popularidad y respeto que Sangenís tenía entre los defensores de Zaragoza. Pero esto eran solamente habladurías de las que nuestra Patria rebosaba, igual que de envidia.

Para nuestro héroe tan sólo existía un objetivo. Detener a los franceses.
Cosa que lograron a final de agosto de 1808, aunque todo el mundo sabía que regresarían, con más cañones y con más tropas.
Así que cuando los gabachos se retiraron se encargó a Antonio Sangenís para reparar las defensas, organizar los puntos fuertes, ordenar excavar aquí o allá y apuntar los cañones a los lugares precisos, improvisar cortaduras, contraminas y galerías de comunicación.
Como todo Dios sabía, los franceses regresaron.  Zaragoza, por supuesto, no se rendía.

Y allí estaba el coronel Sangenís. En las murallas, en las baterías, entre los cascotes y la metralla, entre los muertos y los heridos, asomándose para poner su mente a trabajar en parábolas y ecuaciones, en operaciones que se solucionarían con enemigos muertos y defensores aullando de júbilo su nombre.
Don Antonio Sangenís y Torres no abandonó un segundo los puestos de mayor riesgo, ni cejó en su empeño de organizar, animar y pelear hasta el final.

La noche del once de enero de 1809 estaba una vez más en su puesto. Los franceses acababan de tomar el convento de San José o lo que quedaba de él tras una lucha que se había tornado carnicería indescriptible y en la que se había peleado literalmente por cada centímetro del suelo del convento.
El Comandante calculaba parábolas y direcciones de tiro y puntos en los que hacerse fuertes mientras las bombas francesas caían a su alrededor, un día más en Zaragoza… Una de las bombas le alcanzó mientras tomaba sus notas. Murió al pie de la trinchera, en el revellín, entre las piedras derruidas de la heroica Zaragoza.

Cuando el pueblo se enteró de su muerte un velo de desesperanza cayó sobre los defensores. Todo el mundo lloró la muerte del que se había convertido, por derecho propio, en el alma de la defensa.
En mitad del asedio, conteniendo los asaltos en las tapias y los conventos, bajo el incesante bombardeo francés, Antonio Sangenís y Torres fue enterrado con todos los honores en la Basílica de Nuestra Señora del Pilar.

Una vez alguien le había preguntado por la posibilidad de la capitulación, a lo que el coronel, indignado, había contestado:

“Que no se me llame nunca si se trata de capitular, porque jamás seré de opinión que no podemos defendernos”

Valgan sus propias palabras para describir a un hombre que reunía dentro muchas luces, mucho valor y mucho amor por su patria. Cosas todas ellas que hoy día nos harían mucha falta.
Un hombre que no dudó en pone todo su ardor, toda su fuerza, todo su ímpetu y todo su conocimiento al servicio de un objetivo que para él y para todos aquellos compatriotas de hace doscientos y pico escasos años, era más importante que su vida, la libertad de su patria.
La misma que hoy pisamos,(o pisoteamos), nosotros, sus descendientes.

© A. Villegas Glez.   











Safe Creative #1211160066020
Powered By Blogger