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sábado, 20 de agosto de 2016

ANTES QUE NADIE... Jerónimo de Ayanz y Beaumont.

1-
Londres, Inglaterra, 1698...

Tomás Savery se sentía exultante. Los próceres científicos de la Real Academia le jaleaban y se postraban a sus pies, aplaudían su ingenio, su inteligencia y el maravilloso invento que había patentado. 
Savery, sobre el estrado, se regodeaba arrogante y presuntuoso, mesaba su peluca empolvada y miraba a todos los miembros de la Academia con soberbia mal disimulada y un enorme engreimiento. 
Lo había logrado y pasaría a la Historia como el mejor ingeniero e inventor, haciéndole sombra al mismísimo Leonardo da Vinci.

Su invento, la máquina de vapor, iba a revolucionar el mundo...

Cuando acabó la conferencia y tras los aplausos y parabienes, Tomás Savery observó al hombre que se le acercaba. 
Le miraba sin brillo en los ojos, con desprecio, sin disimular la enorme náusea que acudía a su esófago cada vez que miraba al supuesto inventor.
Mirándole muy fijo a los ojos le dijo:

- No es usted más que un cerdo inaguantable que solamente ha plagiado las ideas de otro...

Savery, contrariado, frunció el ceño y, manteniendo la mentira, exclamó:

-¿Qué dice usted, señor? ¡No sabe de lo que habla...!

El hombre le miró intenso y el desprecio se multiplicó en los iris marrón oscuro. 
Savery se estremeció al ver los papeles amarillentos que el otro le arrojaba a la cara.

- ¡Este es el Privilegio de Invención de don Jerónimo de Ayanz, concedido por el rey Felipe III de España en 1606, hace casi cien años... Y usted solamente ha copiado su diseño...

Los miembros de la Real Academia contemplaban la escena. Algunos avergonzados al oír semejante acusación pero la mayoría permanecían mudos, sordos y ciegos ante la evidencia:

- ¿Permitir que un desconocido "spaniard" se llevase la gloria...?. ¡Jamás!

2- 

Agosto de 1602. Río Pisuerga, Valladolid, España...

Felipe III estaba intranquilo y preocupado ya que hacía más de una hora que, su Administrador General de Minas, se había sumergido bajo las agua del río ataviado con un extraño traje que él mismo llamaba traje de inmersión...

Los curas que rodeaban al monarca no dejaban de entonar cánticos y de hacer la señal de la Cruz ante la segura muerte de tan gran súbdito. Otros pregonaban que aquello era cosa del demonio y que Jerónimo de Ayanz debería pasar una larga temporada bajo el peso de la Inquisición.
El Rey, sin embargo, no les hacía el menor caso. Aquel prodigio le tenía en ascuas y solamente le preocupaba la vida de su leal servidor, que había demostrado, con creces, su lealtad, ingenio y bravura desde tiempos de su padre, el prudente Felipe II.

Entre espumarajos y corrientes, después de más de una hora sumergido, apareció la figura robusta de Jeronimo de Ayanz. Sonreía como un niño ante la estupefacta mirada de la Corte del rey que se había reunido a orillas de aquel río castellano que atravesaba una de las más viejas y hermosas ciudades del reino.

-¡ Funciona...!- exclamó y una nube de aplausos recorrió la ribera del Pisuerga.

3-

Jerónimo de Ayanz y Beaumont nació en la villa de Guendulaín, Navarra, en el año 1553. Hijo de un Montero Real que había pelado con bravura en la batalla de San Quintín y de una hermosa dama que inculcó a sus hijos el espíritu renacentista no es de extrañar que consiguiese el empleo de Paje Real al servicio de Felipe II.

Muy pronto adquiriría fama en la Corte de despierto, inteligente y, sobretodo, de poseer una fuerza física extraordinaria. Mientras estudiaba Astronomía, Latín, Matemáticas, Ingeniería, Aritmética, Música y Geometría, se dedicaba a doblar barras de hierro y a retorcer láminas de plata entre sus robustos dedos.

Jerónimo era admirado y acosado por las damas mientras él entablaba amistad con genios como Juan de Herrera, el magnífico arquitecto de El Escorial.

Como era de esperar el vigoroso navarro se alistó en los Tercios y combatió con mucha bravura y adquiriendo gran fama en Túnez, Lombardía y Flandes bajo las órdenes del gran Alejandro Farnesio del que se hizo gran amigo y camarada.
Su fama de poseer una fuerza física sobrehumana le concedería el título de: El Caballero de las Fuerzas Prodigiosas. Lope de Vega le dedicaría una obra ensalzando a tan gran compatriota.

Pero lo mejor estaba todavía por llegar, ya que, de todos los órganos y músculos de Jerónimo, todavía faltaba uno por destacar. Su inigualable cerebro.

En el año 1557, siendo Regidor de Murcia, el rey le nombra Administrador General de la Minas del Reino, o sea, responsable técnico y administrativo de más de quinientas minas repartidas entre la Península y las Regiones Americanas. Un cargo peligroso y lleno de dificultades que el genio y la honradez del navarro elevarían a las más altas cotas de la ingeniería.

Recorrió todas las minas de España, centrándose en aquellas cuya producción había cesado o decaído debido a los dos grandes problemas de la minería de aquel tiempo: La inundación de las galerías y el viciado del aire de las mismas.

El Administrador General recorrió España en mulo o a caballo y se jugó la vida en las oscuras galerías mientras su mente irrepetible cavilaba en cómo solucionar tan graves problemas.

Ideó primero un sistema de reciclaje de aguas. Usando el principio de la presión atmosférica- que no sería "descubierto" hasta un siglo después- con el que lograba extraer las aguas contaminadas mediante un sistema de sifón y desagüe de las galerías mineras.

Como la cosa no era suficiente parta extraer el agua que inundaba las galerías, Jerónimo se estrujó el magín hasta idear la primera máquina de vapor del mundo -leyendo a Herón de Alejandría- inventó una caldera que, utilizando la fuerza del vapor y el efecto Venturi- descubierto oficialmente un siglo después- lograba extraer el aire viciado de las minas y lograr así que no se inundasen y que el aire no matase a los mineros. 
Su ingenio y descubrimiento constituye la primera aplicación del: Primer Principio de la Termodinámica. 
Oficialmente este principio vería la luz casi un siglo después de la muerte de Ayanz...

No conforme con aquello, y utilizando la nieve, Jerónimo de Ayanz ideó un sistema de intercambio de aire que es el primer prototipo del aire acondicionado. 
Extraía el aire caliente de las galerías y lo reemplazaba por un aire limpio, fresco y cargado de oxígeno.
Con estos métodos puso en marcha viejas minas abandonadas como la de Guadalcanal en Sevilla.

Por si todas estas invenciones adelantadas a su tiempo fuesen pocas o baladíes, Jerónimo de Ayanz, patentó un horno que destilaba el agua de mar para que, durante las travesía a las Indias, los marineros disfrutasen de un agua potable y sin mal sabor. 
Su destilador reposaba sobre una suspensión que hoy se conoce como "Cardan".

Ideó la primera Brújula o "artefacto de nordestear" que establecía la declinación magnética terrestre, balanzas de precisión, las piedras cónicas para los molinos, la utilización de rodillos metálicos en los mismos, bombas de riego, la estructura actual de los arcos en la construcción de embalses, el par motor...

También inventó el traje de buzo y hasta el primer submarino...

En marzo de 1613 Jerónimo enfermaba gravemente y moría en Madrid a la edad de sesenta años...

Nadie recordaría nunca su ingenio, ni su mente, ni su aportación a la Ciencia.

Hoy día sus olvidados huesos reposan en la Catedral de Murcia por si vuestras mercedes quieren rendir su merecido homenaje a don Jerónimo de Ayanz y Beaumont el verdadero inventor y genio creador de la máquina de vapor...

Y a Savory, Newcomen y James Watt que les den... ¡Por listos!

A. Villegas Glez. 2016

Imagen: Boceto de la Máquina de Vapor de Jerónimo de Ayanz. Copiada por el inglés Savery cien años después. 











































martes, 21 de junio de 2016

Pequeña Historia del Tercio Viejo de Sicilia.

Corría el año 1534 cuando el Emperador Carlos I decretaba la creación de unas unidades nuevas cuya misión sería defender las posesiones españolas en Italia. Nacían así los posteriormente afamados Tercios Viejos de Infantería Española.
Uno de aquellos Tercios era el de Sicilia. Doce Compañías de aproximadamente trescientos hombres divididos entre arcabuceros, coseletes y piqueros al mando de su primer Maestre de Campo, Jerónimo de Mendoza.

Muy pronto su misión inicial de proteger la isla siciliana cambiaría y el Tercio de Sicilia combatiría en Berbería. Participando brillantemente en la toma de La Goleta en 1535.
Le sucederían las campañas en Monastir de 1550, la terrible derrota de la isla de Gelves de 1560, el socorro a Malta, asediada por miles de turcos en 1565 y la batalla de Lepanto de 1571 en el que combatiría entre las filas del Tercio, o mejor dicho arrumbadas, un soldado de nombre Miguel de Cervantes.

Poco después de Lepanto el Tercio de Sicilia pasaría a Flandes, Camino Español arriba para combatir bravamente contra los rebeldes holandeses. Regresaría a Berbería para la campaña contra Túnez y participaría en la guerra contra Portugal cuando el rey Felipe II reclamó sus derechos al trono luso.

En 1588, como infantería embarcada, pelearía en el desastre de la Felicísima Armada a bordo del "San Mateo". El Tercio sufría su primer naufragio. No sería el último de su historia.

Durante el siglo XVII participa en las guerras contra Francia, las revueltas italianas y contra su viejo enemigo el turco otomano. Pasaría a denominarse: Tercio Fijo de Sicilia.
En 1715, reformado el viejo ejército de los Austrias, se perdería la denominación de Tercio, para cambiar a la más moderna de Regimiento.
Así el Sicilia pasa a llamarse Regimiento de África.
Con esta denominación detendrá a los ingleses bajo las murallas de San Sebastián.

Poco después el viejo Tercio es destinado de nuevo a Italia en las guerras contra Austria.
En 1736 sufrirá el segundo naufragio de su historia regresando a España desde Italia, como en el primero le costaría un gran número de hombres y material el desastre.
El Regimiento de África participa brillantemente en las campañas de: Portugal, 1762, primeras rebeliones de las Provincias ultramarinas,1765, Argel, 1775 y defensa de Orán de 1776.

En 1779 regresando de la Guerra contra el inglés sufre el tercer naufragio...
En 1802 el Tercer Batallón del Regimiento sufre el cuarto naufragio de su historia, que le costaría la vida a casi todos sus hombres, frente a las costas gallegas regresando de Puerto Rico.

En 1808 el antiguo Tercio realiza una de sus gestas más memorables y emocionantes. Negándose a unirse a las fuerzas francesas salen desde San Sebastián y para cuándo los gabachos quieren darse cuenta, el Regimiento estaba ya en Cádiz, a las órdenes de la Junta de Defensa.
Nadie sabe cómo lo lograron. El patriotismo y un par de cojones les empujaron.

Durante la Guerra de Independencia el Regimiento estaría en todas las salsas: Bailén, Tudela, Uclés, Consuegra, Talavera, Ocaña, Capitulación de Valencia, Caracuel...

En 1860, de nuevo en Berbería, participa con brillantez en las batallas de Tetuán y Wad Ras, siendo decisivo su valor para conseguir la victoria.

En 1863 recupera su antigua denominación pasando a ser el: Regimiento de Infantería Sicilia nº 7...

Durante la Guerra de África participa en la toma de Tazarut aunque seguía de guarnición en la hermosa San Sebastián...

En el año 1984 con motivo de su 450 aniversario- que se dice pronto, pardiez- recupera su antiguo nombre: Rgto. de Cazadores de Montaña, Sicilia nº 67.
En los años noventa del siglo pasado siglo sería bautizado como: Rgto. de Infantería Ligera Tercio Viejo de Sicilia 67...

Siguiendo tan honrosa tradición los soldados que actualmente componen la Unidad han estado presentes en los compromisos internacionales asumidos por España: Bosnia, Kosovo, Irak , Líbano y Afganistán...

Es la única Unidad de Europa que conserva el nombre que tenía cuando la batalla de Lepanto...

El Tercio Viejo ha estado presente en más de mil trescientas acciones de guerra y sus soldados han pisado el suelo de: España, Portugal, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Inglaterra,Italia, Alemania, Austria, Hungría, Yugoslavia, Grecia, Argentina, Cuba, Puerto Rico, Marruecos, Argelia y Túnez...

Actualmente sus componentes continúan la tradición de aquellos soldados que defendían con su sangre eso que hoy algunos quieren olvidar y que se llama: España.

Dedicado a mi amigo, veterano de tan gloriosa Unidad, don Antonio José Olmo González, con todo mi reconocimiento y cariño.

A. Villegas Glez.













sábado, 23 de abril de 2016

EN UN LUGAR DE... "LA MARQUESA"

7 de octubre de 1571...

El mar mecía la galera entre los borreguillos de las olas y hacía que el estómago se le encogiese todavía más. Ya no le quedaba dentro nada que vomitar, no tenía en las tripas más que el aire salado y el vacío inmenso que provocaba la disentería. La fiebre hacía que sufriese temblores tan intensos que sentía que se le partiesen todos los huesos. El sudor rezumaba desde cada poro de su cuerpo empapando el jubón y condensándose en gotas heladas bajo el metal del peto. Las piernas apenas podían sostenerle, temblorosas y débiles se habían convertido en dos palitos inútiles. Los brazos le pesaban como si se los hubiesen envuelto en plomo y la cabeza, que necesitaba más lúcida y despierta que nunca, le daba mil y una enloquecidas vueltas.

¡Pardiez que ya era mala suerte...!

Al amanecer la poderosa flota turca se había desplegado en media luna frente a la no menos potente flota de la Santa Liga. 
La armada otomana era un muro, un impresionante y bien organizado conglomerado de madera, hierro, carne y tela que se abatía valerosamente contra las galeras cristianas.

... Y él allí, tirado como un perro...

El vaivén de la embarcación se le seguía clavando como puñales fríos en la barriga y la fiebre provocaba que viese el mundo tras un velo que ardía en llamaradas sobre su frente, apenas se sentía con fuerzas para empuñar la espada o la daga y pensar en manejar el arcabuz causaba que las náuseas se multiplicasen por un ciento. 
Notaba el pelo húmedo pegado a su cabeza y se sabía pálido, la barba sucia, maloliente y enfermo. Un cadáver andante...

Se levantó... Casi se volvió a caer de culo sobre las duras tablas cuando todo su cuerpo se vio sacudido por el mareo, intenso como una puñalada, que le obligó a apoyar la espalda contra la madera de popa. 
¿Qué hacía él allí...?- se preguntó desconcertado, sin saber por un momento dónde estaba.

Un trompetazo agudo y largo le despertó. Sobresaltado miró en derredor y comprobó que la embarcación reverberaba de actividad.
Los hombres ocupaban las bandas y se apiñaban en proa, relucían las moharras afiladas como cuchillas y humeaban las cuerdas de los mosquetes y arcabuces que los soldados sostenían contra el pecho.

De repente sintió que los músculos se le enervaban y el corazón comenzaba a galopar desbocado en el pecho bajo el peto de acero español que lo protegía.
El primer paso el pie y la pierna pesaban como el granito, el segundo arrastró los pies sobre la madera haciéndola chirriar, el tercero y los siguientes apenas la tocaron.

Los ojos del soldado hervían pero ya no de fiebre. O era fiebre pero de otro tipo, de otra especie.
Así lo vio llegar su Capitán con los ojos chispeantes exigiendo estar en el espolón de la galera.

- Se estaba muriendo vuestra merced hace un rato...- dijo el Oficial sorprendido de ver allí al que creía derrengado y roto contra el mamparo de popa.

- Prestos a morir, Señor Capitán, no ha mejor lugar que la proa de mi nave...- respondió con sencillez.

Allí fue. Dispuesto a morir junto a sus camaradas y a su hermano que, al verlo aparecer, le abrazó muy fuerte:

- ¿Estás mejor, hermano...? - preguntó.

- Dispuesto a matar a todos esos turcos...

- Madre estará orgullosa...

-¡Ten por seguro que sí...!

La proa de: "La Marquesa" se había convertido en un matadero. La sangre lo empapaba todo, la madera, los cabos, los hombres y hasta el aire estaba rojizo y espeso de hemoglobina vaporizada.
El espolón seguía aferrado al costado de la galera enemiga que habían abordado. "La Marquesa" estaba quieta sobre el mar, trabada por un costado por otra nave turca y rodeada al tiempo de otras galeras que, como ella, combatían a muerte unas contra otras enredadas en un mortal abrazo de mosquetazos y horripilantes tajos de espadas y moharras.

El soldado peleaba como un jabato sobre las tablas rotas y acribilladas a saetazos. Estaba hecho un Ecce-Homo...
Mantenía el codo izquierdo flexionado y pegado al cuerpo, la mano siniestra retorcida, hinchada y sangrando era apenas reconocible, también sangraba bajo el peto abollado por varios arcabuzazos y mil refilones de espada, moharra y saeta turca.
A su alrededor los gritos agónicos se mezclaban con alaridos terroríficos y el continuo entrechocar de los aceros se combinaba con los arcabuzazos. 
Manejaba su toledana con mortal eficacia y mantenía a los hombres que quedaban con vida de su Escuadra en buen orden. 
A pesar de que su galera estaba siendo aniquilada al espolón no había turco que se arrimase porque allí estaban ellos, los soldados anónimos como él, los que, con su valor y su sacrificio hacían de su nación la más grande del Mundo.

Al frente, empapado en sangre enemiga y propia, enfermo de calenturas y herido gravemente, peleaba el soldado Miguel de Cervantes y Saavedra...

En mitad del combate, en un instante que pudo tomar aliento, miró hacia el cielo que, ajeno a la horrible batalla que se desarrollaba a sus pies, lucía esplendoroso, tan limpio que parecía transparente.

Miguel de Cervantes parpadeó sorprendido...
¡No podía ser...!

Se rió de sí mismo, bajó la cabeza negando lo que acababa de ver, sonrió como cuando era niño y su madre le pillaba mintiendo y volvió a mirar hacia el cielo.
Allí estaba...
Como si una mano invisible lo hubiese dibujado contra el azul celeste con un trazo algo más grueso que se difuminaba con cada soplo del viento.

Aquel viejo y escuálido caballero tenía sobre la cabeza una bacía de barbero, cabalgaba un rocín flaco, llevaba la lanza en astillero y, a su lado, montando un borrico, un hombre rechoncho le llevaba la adarga antigua...

El caballero desde el cielo le miraba, orgulloso...

Fin

Con todos los respetos y admiración para el más grande Maestro que parieron -y parirán- los siglos...

A. Villegas Glez. 2016


Imagen: Don Miguel de Cervantes y Saavedra.
















lunes, 21 de marzo de 2016

MÉXICO A SUS PIES... La vida de María de Estrada

La luna estaba muy baja y brillaba tanto que pareciese que, si alargaba la mano, podría sujetarla entre sus finos y hermosos dedos.
La luz del astro se reflejaba en la piel suave y tersa, rota en dos feos trazos, uno pequeño y casi coqueto en la espalda y el otro, más grande, en la pierna derecha:

- ¡Maldito Narváez, así ardas en el infierno...!- pensaba cada vez que acariciaba la cicatriz casi tan larga como su muslo.

La melena negra y rebelde caía sobre los hombros y se dejaba mecer por la fresca brisa de la madrugada. El pelo moreno alcanzaba el final de la espalda acariciando algunos mechones el nacimiento de un trasero rotundo y endurecido en la batalla. 

Se sentía hermosa. A pesar de todo. De las cicatrices, de las vejaciones sufridas, del dolor, de lo duro y fuerte que le había golpeado la vida desde que no era más que una niña.

La voz poderosa y viril del hombre sonó sin embargo dulce, como un elixir en sus oídos.

- Miriam... - solamente él a llamaba así. Solamente a él se lo permitía. Sólo él la hacía estremecer como una hoja al viento cuando la poseía, sólo él... Pero él era de la Malinche...

- Miriam... Ven...- la voz se endulzaba por momentos y ella sentía la humedad y el deseo incontenible gimiendo desde lo hondo de su barriga.

Mientras se acercaba al jergón él volvió a repetir su nombre hebreo...


Toledo, algunos años antes...

La judería de la ciudad se estremece, gime y llora bajo el implacable brazo de la Inquisición. 
Los agentes buscan inclementes al médico y a su nieta, acusados por un vecino de prácticas sodomitas y de invocar al demonio, además de otras muchas mentiras, ya que todo el mundo en Toledo sabe que, Josef Pérez es buen médico y mejor persona, desvivido por su nietecita y por el servicio a los demás.
Todo Dios sabe en la ciudad que mil veces ha atendido al pobre igual que al rico, o mejor, pues no hay mayor recompensa para un sanador que la sonrisa agradecida de quien ha curado.

Pero todo Dios también teme el poder de la Inquisición, la inexorable máquina, exenta de humanidad, piedad o razón al servicio de la Iglesia.
Así que nadie, o casi, hace nada por el pobre Josef cuando lo agarran y lo apalean camino de la celda, el potro, la hoguera y la muerte.

Nadie sabe el paradero de la pequeña y bonita Miriam.
Extramuros de la ciudad, lejos, casi tocando el horizonte varias carretas de gitanos se pierden entre la bruma del atardecer...

Sevilla, años más tarde...

La celda es fría, oscura, húmeda y asquerosa. Huele a heces humanas y a orines, huele a sangre cuajada sobre pústulas y heridas infectadas. Las ratas, enormes como gatos bien alimentados, corretean a sus anchas, seguras, dueñas de aquel imperio de podredumbre. No hay más luz que la que entra por un diminuto ventanuco, no más que un agujero en la piedra cruzado por dos gruesos barrotes. El aire que entra de inmediato queda contaminado por la pestilencia y los cuatro bultos que hay tirados sobre la piedra helada, apenas un montón de harapos sucios y ensangrentados, boquean como peces ahogándose, implorando con los ojos, porque las gargantas las tienes resecas como el desierto de Berbería, un soplo de aire fresco, un trago de agua, o la hoguera que acabe, de una vez por todas, con su sufrimiento.

Chirrían como cuervos graznando los goznes de la puerta, el óxido corrompido de años gime cada vez que se abre o se cierra... Y lo ha hecho muchas veces desde que encarcelaron a la mujer joven y hermosa... Aunque ahora ya no lo es tanto.

El viejo se levanta, el pobre hombre no es más que una sombra flaca, de huesos tan delgados que pareciera que, con solo mirarlos, iban a saltar hechos añicos. Sin embargo conserva pese al maltrato y la vejez toda la hombría y el valor de sus mejores años e intenta, con todo el esfuerzo de sus viejos tendones, proteger a la muchacha.

La patada es brutal. 
El anciano cae de espaldas contra la piedra y, efectivamente, los huesos crujen y se lamentan como un barco tocando los bajíos de roca
La mujer gime desconsolada.
Pero, de repente, algo dentro de ella se rebela, una llamarada de orgullo y de ira, un volcán que estalla, y sin saber muy bien de dónde sale toda aquella fuerza que la obliga a sujetar la piedra que había arrancado, escarbando con los dedos mientras aquellos puercos malnacidos la violaban una vez tras otra, golpea con toda su furia al hombre que se abate sobre ella.

¡CRONCH!- hace el cráneo estallando como un pellejo de vino...

La muchacha, tinta en la sangre de la bestia, sonríe feroz cuando, los camaradas del otro, entran y se encuentran el panorama.

- ¡Maldita zorra...!

La lluvia de golpes, de insultos y de vejaciones ya no duelen... Se acurruca sobre sí misma esperando que todo termine. Solo desea morirse y que todo acabe...

Océano Atlántico... Meses más tarde...

El galeón se balancea tanto sobre las olas que todo el pasaje está asomado por las bordas echando hasta la primera papilla. Los marineros, veteranos de la travesía, los miran con retranca.
Los hidalgos o los que se lo hacen, los soldados o los que se lo hacen, las damas y las que se lo hacen, los lacayos y los señores todos por igual estaban verdes del mareo y rojos de la vergüenza. Todos menos la hermosa joven que, agarrada a la jarcia, está a proa, a la derecha del mascarón, empapada de agua de mar, el pelo azotado por el viento y gritando como poseída por mil demonios: ¡Libertad, libertad, libertad....!

Algunos en el barco cuchichean que si es una judía conversa o peor, una gitana adivinadora del porvenir...

Isla de Cuba... Poco después...

El aroma del Nuevo Mundo la embriagaba. Aquel olor a selva, a mar, a desconocido. El perfume penetrante de la aventura que se abría ante ella.
Por primera vez en su vida no se sentía rechazada, ni marcada, ni perseguida, a no ser por los hombres, claro... ¡Malditos todos ellos...!

Allí en aquella tierra por descubrir, por conquistar, se sentía poderosa y con ganas de explorar y buscar el lugar con el que llevaba soñando desde que era niña.

Desde la taberna llegaban las voces de los hombres y las mujeres que entonaban una canción marinera.
La mujer comenzó a cantar muy bajito, apenas susurrando.

La voz, dulce pero poderosamente varonil penetró en sus oídos como una daga caliente. Cuando se giró ya sabía que aquel hombre era distinto a todos los demás:

- Me dijeron que lo más hermoso de la isla estaba aquí en la terraza y,¡pardiez...! ¡Qué razón llevaban...! Me llamo Cortés, Hernán Cortés Altamirano...

Los ojos del hombre eran oscuros como pozos que estallaban en llamaradas rojizas.

- María... María de Estrada...

FIN

A. Villegas Glez. 2016

La vida de María de Estrada antes de la conquista de Nueva España no está recogida ni documentada. Se mezclan los rumores, la leyenda y la realidad alrededor de la vida de esta mujer irrepetible.
Todo el texto es invención de este Juntaletras.

Si está documentada su presencia entre las tropas de Hernán Cortés.
Peleó en las pasarelas la Noche Triste, después en Otumba y en el asedio y conquista de Tenochtitlán.
Cronistas como Bernal Díaz, Juan de Torquemada y Cervantes de Salazar nos cuentan sobre la bella María y su participación en la conquista.
María estuvo casada con Pedro Sánchez.
Más tarde participaría en la fundación de la actual ciudad de Puebla en México en donde contraería matrimonio con Alonso Martín.
María de Estrada murió en Puebla sobre el año 1550. Sus restos se perdieron para siempre.

Cuentan de ella que, siendo Gobernadora de la ciudad, envió una atenta carta a Su Majestad Imperial, Carlos de Austria, quejándose al monarca de que la obligaba, a ella y a su pequeña comunidad, a pagar demasiados impuestos.
No se sabe si el Emperador atendió sus ruegos pero siendo nuestra protagonista como era no me extrañaría lo más mínimo...

Sirvan estas letras como rendido y admirado homenaje a ella y a todas las mujeres, olvidadas, que participaron en la peligrosa aventura de conquistar el Nuevo Mundo.

A. Villegas Glez.



















viernes, 5 de febrero de 2016

¡CON DOS CULLONS!: La muerte del Cabo Fradera

5 de febrero de 1865. Puerto de Callao, Perú...

La mañana, luminosa y cálida invitaba a pasear bajo el sol peruano, aunque, nada más desembarcar casi todos los hombres habían agarrado el camino de la tasca o del burdel más cercano.
Era natural después de tantos días embarcados y de la tensión a la que habían estado sometidos.

Nadie sabía si España y Perú iban a declararse la guerra y los marineros solamente pensaban en pasar un buen rato que tal vez podría ser el último.
Las relaciones entre la vieja metrópoli y sus antiguas provincias habían alcanzado un punto demasiado caliente y la tensión en el Mar del Sur hacía que las nuevas potencias, sobretodo el poderoso vecino norteño, arrugasen la frente temiendo que se desatase un conflicto en la zona.
Hacía solamente cuatro décadas desde que aquellos nuevos países se habían independizado de España y todavía quedaban rescoldos de odio y viejas cuentas por saldar.

Sin embargo, aquel día de febrero las cosas parecían tranquilas. Los dos países habían llegado a acuerdos diplomáticos y el ambiente en el puerto de Callao era de calma chicha, con los taberneros, putas y tahúres deseando que, el capitán de cada nave, le diese permiso a sus respectivas dotaciones para bajar a tierra y que éstos se gastasen, en dos ratos, lo que habían ahorrado en largos meses de travesía.

En el puerto había atracados barcos norteamericanos, franceses, ingleses, holandeses y una fragata española que se llamaba: "Resolución".

Esteban Fradera había nacido en Malgrat del Mar, provincia de Barcelona, región de Cataluña, España, hacía veintiocho años.
Desde muy joven había optado por la vida marinera en la Real Armada viviendo las vicisitudes normales, pasando de un destino a otro hasta ascender al empleo de Cabo de la Armada.

Aquella mañana de febrero había preferido no acompañar a sus compañeros a los tugurios que iban a visitar. 
Algunos comentaban que Esteban tenía una novieta en el Callao y que por eso no se iba de putas con ellos, otros decían que era melancólico y solitario, de ésos que miraban las estrellas en las noches de guardia.

El caso es que Esteban Fradera estaba más solo que la una en mitad de la ciudad cuando escuchó los gritos:

- ¡Os vamos a matar a todos...!- decían, seguido por una retahíla de los más selectos insultos del idioma castellano...

Luego pudo ver gente que corría, grupos de hombres que, mirando atrás con espanto, buscaban el camino del puerto y la seguridad de las naves.
Los gritos se multiplicaban por toda la ciudad. 
Gritos que exigían sangre de españoles, cabezas cortadas y testículos amputados, gritos que anunciaban la matanza, gritos que abrían la veda, en todo Lima, para cazar hispanos.

Esteban Fradera sintió por dentro más rabia que miedo. 
Cada grito que insultaba a su patria y a sus compatriotas hacía que sus tripas se retorcieran tanto que apenas podía respirar.
La ira densa le llenaba el alma.

Con calma buscó el camino más corto hasta los muelles mientras la masa ciega que buscaba españoles que matar se iban extendiendo por cada callejuela:

- ¡Hay que destriparlos, que no quede ninguno con vida...!

Cruzó una calle, dos, tres... 

Al verlo y distinguir el uniforme y los galones de su manga la turba que se había encontrado de bruces irrumpió en un grito unánime:

- ¡Agárrenlo...!

De inmediato algunas piedras vuelan directas contra la cabeza del marinero que, hábilmente, logra esquivarlas.
Algunas manos se abalanzan sobre su cuerpo queriendo agarrarlo y descuartizarlo allí mismo.

La riada de insultos contra España y contra los españoles, con adjetivos que harían enrojecer a un arriero y perder la paciencia al mismo Santo Job, se derraman en continua cascada sobre los oídos de Esteban Fradera inundando su alma de rabia y provocando que el orgullo y la dignidad hagan saltar dentro de su ánima algo ancestral y primitivo:

- ¡Hasta los huevos me tenéis panda de fils de put...!

Esteban Fradera saca su navaja reglamentaria, un palmo de buen acero español, y se abalanza sobre los tres hombres que tiene más próximos.
Al primero lo deja seco como a un bacalao. Los otros dos quedan en el suelo sangrando como cerdos capados.

Fradera tiene ahora una cara de loco que espanta y grita, él solo, más que toda la marabunta de gente que le rodea.
Cinco o seis hombres más que se arrojan decididos contra él reciben también su ración de acero bien metido en las tripas. 
Fradera se ha convertido en un toro acorralado y peligroso al que es mejor no acercarse.
Así que la valiente masa embrutecida decide que, lo mejor, es matarlo de lejos, a pedradas.

Así morirá aquel bravo compatriota nuestro, lapidado y luego desguazado por la turba enloquecida que, sin embargo, no se había atrevido a acercarse a la navaja, brillante y afilada, de aquel valiente español que, solo y rodeado, había sabido encarar a la muerte con la bravura de su vieja estirpe.

Se llamaba Esteban Fradera y Bohigás, había nacido en Cataluña y murió defendiendo el nombre de su patria. España...

¡Con dos cullons...!

A. Villegas Glez. 2016



Imagen: Supuesta fotografía de D. Esteban Fradera y Bohigás.


















domingo, 4 de octubre de 2015

LA FLORIDA. La vida de Don Pedro Menéndez de Avilés (II)

Corría el año mil quinientos sesenta y cinco...

Pedro Menéndez de Avilés se había convertido el más apreciado consejero del rey Felipe que lo había desagraviado privadamente tras el juicio -más pantomima que otra cosa- que se había celebrado en Cádiz por orden de la Casa de Contratación.
El rey le había nombrado su Consejero personal además de otorgarle el mando de la Flota de Indias.
Gracias a aquel nombramiento Pedro tendría las primeras noticias sobre la nueva tierra recién descubierta al norte de Cuba y que habían bautizado como: La Florida.

El de Avilés estaba seguro de que su primogénito había sobrevivido al naufragio sufrido por el galeón en el que iba embarcado, muy cerca del Canal de las Bahamas y que ahora se encontraba perdido en las ignotas costas de Florida. 
Por aquella razón le pediría al monarca ser el encargado de la exploración y conquista de aquella tierra descubierta por Ponce de León y explorada por hombres como Narváez, Cabeza de Vaca o Hernando de Soto.
Felipe II le nombraría Adelantado pero, siguiendo la rancia costumbre austriaca, no le daría ni un duro para la expedición que tendría que costear el de Avilés de su propio bolsillo.

Pedro Menéndez comenzó de inmediato a preparar la expedición endeudándose hasta las orejas, más, el deseo de encontrar a su hijo perdido, que él estaba seguro que estaba vivo, además del legítimo afán de servir  a su patria y a su rey ensanchando el imperio en el que no se ponía el sol le empujaban en la dificultosa tarea.

Muy pronto la expedición tendría otro objetivo ya que en la Florida se había asentado una colonia de herejes hugonotes que se dedicaban a la piratería y el corso contra el comercio español, abordando carracas de transporte, asaltando villorrios y matando sin compasión a todo lo que oliese a español. 
Así que el católico Felipe ordenaría al de Avilés que limpiase aquellas tierras de herejes y de piratas:

- Un dos por uno, Pedro, ya sabes como los anuncios del Corte Flamenco...

Para tal misión le entregaría un galeón -el Pelayo- y cuatrocientos soldados embarcados. 
Todo lo demás, hasta un total de treinta barcos y casi dos mil quinientas personas, entre colonos, familias, marineros y curas, sería facturado por nuestro protagonista.

La expedición, no empezaría con muy buen pie, pues la flota sufriría temporales y galernas terribles hasta su llegada a Puerto Rico en agosto de mil quinientos sesenta y cinco. 
Bueno, llegaron el galeón Pelayo, que era la nave capitana, junto con algunas otras naves menores y luego, desparramadas y dañadas por las tormentas, irían llegando las demás en lento goteo.
Aquella desventaja en naves y hombres no arredraría al Adelantado, todo lo contrario, ya que Avilés ordenó alistar los barcos que tenía a mano para iniciar con ellos de inmediato la travesía hasta la Florida, para una vez allí plantar cara a los gabachos que habían decidido aposentarse en tierras del Rey Católico, los listos...

El veintiocho de agosto llegaron a un lugar que bautizaron como San Agustín de la Florida. Era un hermoso puerto natural situado en la desembocadura de un río que creaba una dársena perfecta en la que fondear los barcos.

Informado por los indígenas locales, con los que el Adelantado comienza a entablar amistosas relaciones y alianzas, Menéndez se entera de que su objetivo, Fort Caroline, nido de hugonotes y corsarios gabachos, estaba situado un poco más al norte de su actual posición y que el fuerte lo guardaban muchos hombres que contaban además con cuatro buenos barcos bien artillados.
Al Adelantado no pareció impresionarle demasiado la superioridad francesa y  dio la orden de atacar de inmediato la posición hugonote.

En mitad de la noche cerrada y lluviosa entró en la pequeña rada en la que estaban los barcos enemigos al pairo tan tranquilos, entre la bruma gris, con astucia y dos huevos consiguió meter la proa del Pelayo entre la nave capitana enemiga y otro de sus barcos, luego lanzó el terrorífico grito de guerra de los españoles: ¡Santiago!, mientras su figura se recortaba a la luz de los primeros mosquetazos que disparaban sus hombres contra los aterrorizados corsarios.
Los herejes, espantados, sorprendidos y temiendo sobre todas las demás cosas del Universo un abordaje de la infantería española, cortaron los ganchos de abordaje con inusitada eficacia y rapidez, desplegaron las velas y salieron de la desembocadura como alma que llevaba el demonio.
El Pelayo se lanzaría en su persecución con Pedro de Avilés echando chispas sobre el castillo de proa viendo cómo se le escapaba el enemigo de entre las garras.
La persecución duraría toda la noche pero no se lograría dar caza a los barcos franceses que se diría no pensaban detenerse hasta alcanzar La Rochela.

A primeros del mes de septiembre se tomaría posesión formal de la colonia en nombre del rey de España. 
San Agustín no era más que cuatro casas de adobe, una empalizada y algunas trincheras y posiciones de artillería, pero todos allí, desde los colonos a los soldados ya sentían aquel pedazo de tierra como suyo.
Una tierra española que intentaban arrebatar, en aquel caso, unos herejes gabachos que habían tenido la mala idea de ir a establecerse en tierras de la Corona.

Los franceses, repuestos del susto que se habían llevado y con mejores naves y más hombres, intentarían tomar San Agustín a mediados de septiembre. 
Lanzaron sus lanchones de desembarco atestados de soldados contra la costa y las defensas españolas que les aguardaban, pero no se llegaría a combatir ya que se desató una tormenta que obligaría a los herejes a suspender la operación de desembarco y a tener que internarse en alta mar para no ser destrozados por las rocas y los bajíos de la costa.

Aquella circunstancia sería aprovechada por el audaz Adelantado para asestar un golpe demoledor y definitivo al enemigo.
Ordenó formar una fuerza de quinientos hombres escogidos con provisión para ocho días de marcha y que estuviesen dispuestos a afrontar grandes calamidades y peligros. 
Luego, resuelto y decidido, se internó por entre la espesura de la selva, bajo una lluvia torrencial y enormes relámpagos que iluminaban los morriones de los quinientos valientes que le seguían en dirección norte, directos hacia el Fuerte Carolina por la inexplorada ruta terrestre.

Durante cuatro agotadores días y sus noches atravesaron pantanos y lodazales desbrozando la selva a su paso. El Adelantado, incansable, recorría la columna de arriba a abajo infundiendo ánimos a sus agotados soldados que, a pesar del barro y los mosquitos como gorriones, estaban dispuestos a seguir a su Comandante hasta las mismas puertas del averno.
Y aquella ruta era un infierno de pantanos, fango, peligrosos animales de fábula y agua a espuertas, pues en los cuatro días apenas había dejado de llover.

Al quinto día, los quinientos españoles alcanzaron las inmediaciones de Fuerte Carolina... Los franceses dormían a pierna suelta sin imaginarse la terrible encamisada que estaba a punto de abatirse sobre ellos. 
Avilés dio las últimas órdenes:

- No hacer daño alguno a menores de catorce años ni a sus madres... El resto que le fuese rezando a su Dios hereje.

Los centinelas fueron pasados a cuchillo en silencio y el mismo Avilés junto a uno de sus más leales capitanes sería el que abriese las puertas por las que se colaron de inmediato, como una ola que brillaba con espuma de acero, los dos grupos de soldados que habían permanecido agazapados en la selva y que, por estar la pólvora mojada, atacaban a daga y espada gritando como posesos:

- ¡Santiago!, ¡Cierra!, ¡España...!

Los defensores corrieron espantados por el patio de tierra del fuerte, los niños lloraban y las mujeres gritaban de dolor y rabia mientras algunos de los hombres intentaban defenderse y otros corrían hacia la selva y todos ellos o casi todos, eran eliminados bajo las cuchillas españolas.
Solamente setenta mujeres y niños sobrevivirían al asalto, respetadas sus vidas por la orden dada por el Adelantado, que era un soldado más no un asesino despiadado.

En el puerto había tres barcos hugonotes que se negaron a rendirse y el de Avilés, una vez abastecidos de pólvora seca adquirida en los arsenales enemigos, ordenó emplazar cuatro piezas gruesas a boca de jarro de los barcos corsarios que miraban la maniobra española con sorna y desdén:

- No llegarán con el cañón... Decían muy seguros.

El primer tiro fue de prueba, el segundo de puntería y el tercero le acertaría a uno de los barcos en la línea de agua con tan buen tino que en pocos minutos escoraba y los tripulantes chillaban como ratas abandonando la embarcación.
Los otros dos, en vista de lo visto, desplegaron las velas y huyeron sin atreverse a plantar cara al de Avilés y los suyos.

Fort Caroline sería rebautizado como San Mateo.
Allí se quedaría una guarnición de trescientos hombres mientras Pedro de Avilés, muy preocupado por un posible ataque contra San Agustín, emprendería el camino de regreso por la terrible senda de los pantanales hasta la colonia.
La epopeya de Avilés y sus hombres durante el regreso valdría para llenar estanterías de libros y salas de cine.

Nada más llegar a San Agustín los indios aliados informan al Adelantado de que unos doscientos náufragos franceses estaban acampados en la orilla del río al norte y que se afanaban en construir un fuerte y en reparar un barco.
El Adelantado se desplazó con cincuenta de sus arcabuceros y tomó presos a los doscientos herejes, luego sin temblarle el pulso cumpliría las ordenes del rey a rajatabla y de aquellos hugonotes no quedaría ni el recuerdo.

Poco después apareció otro grupo de hugonotes algo más al norte. 
Eran los restos de la flamante expedición del famoso corsario Jean de Ribault, que había salido de Francia, banderas al viento y con la sana intención de asaltar las posiciones españolas, exterminar sin compasión a todos los católicos que encontrase y extender entre los indios la fe calvinista.
El mismo Ribault ofrecería al de Avilés el oro y el moro por su libertad, que una cosa era fardar de tener pelotas en Marsella  y otra muy distinta demostrarlo ante aquel famoso soldado y marino español que no dejaba de medirle el gaznate con la mirada.
Al Adelantado tampoco lo pensaría demasiado para cumplir las órdenes reales, tras quemar algunos libros herejes que llevaban los franceses dio la orden de arcabucearlos sin compasión. 
Que donde las dan las toman, Ribault...

En el mes noviembre con vientos contrarios y al timón de su nave, Pedro de Avilés navegaría hasta la isla de Cuba para solicitar refuerzos y amparo para la colonia de San Agustín, que crecía cada día lenta, pero segura.

En La Habana se llevaría una alegría al encontrarse allí con los barcos de la escuadra que había mandado construir en el Cantábrico. Sería la única alegría del viaje pues el Gobernador de Cuba le negaría en redondo cualquier socorro o ayuda, y no solo eso, sino que le pondría mil trabas y obstáculos en el camino. 
Cosas de la envidia, ya saben.

Pero el carácter indómito del asturiano le hacía vencer todas las dificultades y soportar todas las miserias. Además mantenía a toda prueba la lealtad de sus hombres y su fama de audaz, buen marino y mejor soldado se extendería por todo el Golfo de México como lo había hecho antes por el Cantábrico. 
También el rey mantendría siempre la confianza en el viejo marino asturiano, la generosidad, sin embargo, pocas veces la dejaría ver el Prudente.

El Adelantado se dedica a explorar la Florida, Georgia y Carolina del Sur, estableciendo casi siempre buenas relaciones con los indígenas, había excepciones, claro, pero aquello no era sino un peligro más de los muchos que tuvieron que afrontar aquellos hombres y mujeres irrepetibles que nos legaron el mayor imperio conocido.

A San Agustín llegaría, en mil quinientos sesenta y seis, una flota de quince naves que había sido enviada enviada por el rey para fortalecer la posición y que la presencia española se extendiese por toda la región.
La colonia crecía pese a los peligros y amenazas, como el de una poderosa flota francesa de la que se rumoreaba había puesto rumbo hacia San Agustín, un enclave que no estaba más que en sus pasos iniciales y que pese a los esfuerzos de todos los habitantes y el evidente crecimiento del emplazamiento español, estaba siempre falta de todo, sin víveres, municiones, defensas amuralladas ni artillería suficiente, siempre al tanto de rebeliones indígenas o propias y con el ojo puesto en el horizonte por si se veían aparecer las velas gabachas.
Por todas aquellas razones el Adelantado decidió que lo mejor era hacer un viaje a España para decirle al rey, de su misma boca, lo que hacía falta y lo que no, para llevar adelante la conquista de aquellas tierras.

Nada más llegar a La Coruña le informaron de que el rey estaba en El Escorial, tan campante, así que decidió recalar en su puerto natal, Avilés, en dónde les dio un soponcio a sus familiares y amigos que le creían muerto cuando le vieron aparecer, más viejo, más curtido y con mas canas en la barba, pero con la misma sonrisa de aquel niño que se pasaba las horas mirando el mar dibujada en el rostro.

Pedro sin apenas descansar recorrió el camino hasta la Corte en la que le recibiría el monarca junto al Consejo de Indias.
Pedro Menéndez contaría sus peripecias, sus peleas, sus alianzas, el exterminio de los hugonotes y el asentamiento que crecía en las tierras de la Florida, también que el Gobernador de Cuba era un incompetente, un chulo y un hideputa que: "hacía muy mal servicio a su majestad...", a los miembros del Consejo, por supuesto, casi les dio un soponcio escuchando al Adelantado mientras el rey sonreía de oreja a oreja más feliz que un marrano revolcándose en barro.
Pedro Avilés recibiría licencia para permanecer un mes en su pueblo, en su casa, reponiéndose al aire de su amado Cantábrico de la enorme peripecia que había vivido.
Era el verano de mil quinientos sesenta y ocho, Pedro de Avilés tenía cincuenta y cinco años de mar, selva, peleas y aventuras grabadas en el duro lomo asturiano.
Felipe II le nombraría Gobernador de Cuba y le daría al mando de una gran flota, cargada de abastecimientos, colonos, soldados y pólvora hasta los topes de las bodegas para apoyar el despliegue hispano en Cuba, Puerto Rico y La Florida.

Cuando regresó al Caribe se encontraría con el destrozo, la miseria y el hambre que habían dejado tras ellos los ataques de una flotilla de corsarios franceses.
El de Avilés reorganizaría la situación con pulso firme. 
En poco tiempo apaciguaría las rebeliones indígenas, metería en cintura a los díscolos y limpiaría sus aguas de piratas y corsarios enemigos.
Por si todo esto fuese poco ordenó levantar una carta náutica de Cuba, Florida y Las Bahamas que sería la primera del mundo, continuó amparando y explorando, él mismo, las costas de las regiones que le correspondían como Gobernador y facilitaría y ampararía la misión franciscana.
Estaba muy a gusto Pedro de Avilés como Gobernador de Cuba, pero
en el año mil quinientos setenta y tres el rey Felipe reclamaría la inmediata presencia del marino asturiano en la Península.

Nada más llegar le dieron el nombramiento de Consejero de Indias, uno de los más importantes de España y más todavía en el caso de Avilés que sabía de mar y de Indias más que nadie, al menos más que los Consejeros.
Sin embargo a Pedro todo aquello le olía a chamusquina. 
Felipe estaba tramando alguna de las suyas y a él le había tocado alguna china, y de las gordas.

Le quedaría el asunto cristalino en febrero de ese mismo año cuando el rey le nombra Capitán General de la flota que se estaba construyendo en los astilleros del Cantábrico, una flota que tendría que embarcar a los Tercios en Flandes para llevarlos luego hasta el otro lado del Canal de la Mancha.
La flota que se estaba armando contaba con más de doscientos cincuenta barcos entre galones y transportes y Pedro Menéndez estaba seguro de que el plan del rey era el de invadir la Pérfida Albión...
Para septiembre de mil quinientos setenta y cuatro la armada estaba dispuesta para cumplir la misión de apoyo en Flandes y se celebró una gran fiesta en el puerto de Santander.

En mitad de las celebraciones el Capitán General, Pedro Menéndez se sintió indispuesto, mareado y débil, con la visión borrosa que evocaba el azul del Caribe.
Atendido por los médicos se le diagnosticaría tabardillo maligno, o sea, tifus en estado terminal.

Moriría el diecisiete de septiembre de mil quinientos setenta y cuatro.
Con él se marchaba uno de los más grandes marinos, generales y exploradores de tantos como jalonan la gran historia que atesoramos los españoles.
Reposan sus restos en la iglesia de San Nicolás de su pueblo natal, Avilés, Asturias, España.

Fin

A. Villegas Glez. 2015

Imagen: Don Pedro Menéndez de Avilés. (1519- 1574)






















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