domingo, 14 de octubre de 2018

LOS LLANOS DE LA ALBUERA

En algún lugar de España. 1860.

El sol lucía radiante en mitad del azul zafiro del cielo. 
Ni una sola nube osaba empañar la luminosidad de aquella mañana y el anciano se calentaba los huesos sentado en su no menos vieja silla de enea mientras las manos encallecidas desplumaban una gallina a la que le había llegado la hora de convertirse en puchero.
La brisa jugueteaba con el plumón que el hombre desprendía del animal con movimientos precisos y mil veces repetidos .

Iluminada por el sol la vio llegar, como siempre dando alegres saltitos entre las margaritas salvajes, agachándose de cuando en cuando para recoger alguna que sumaba al ramillete que sostenía entre sus pequeñas manos.
Sobre la melena morena se le enredaron algunas plumas que ella desprendió con gracia, mirando a su abuelo con aquella sonrisa espectacular marcando su rostro infantil con un destello de plata pura.

- Matarán por ella cuando sea una mujer- pensó el anciano.

La niña llegó a su lado y le abrazó tan fuerte que sintió cómo le rechinaban los viejos huesos.
También se fijó en la arruga que se marcaba, demasiado profunda para una niña de su edad, en mitad de la hermosa frente.

- ¿Qué tienes en la cabecita, mi niña...?

- Nada abuelo, solo que...

- Anda dime, no seas boba... Sabes que a mí me puedes contar lo que sea...

- Es que... No se lo digas a mi padre... ¿Vale?

- Te lo prometo...

Los ojos de la chiquilla se inundaron de lágrimas arrepentidas. El anciano la abrazó con dulzura.

- Cuéntame...

- He leído un libro de Papa, él no quería, pero lo he leído...

Al anciano se le removieron las entrañas. ¿Qué libro habría leído aquella mocosa curiosa y desobediente? Casi ni se atrevía a preguntar a su nieta.

- Jummmm... ¿Y qué libro era, mi niña...?

- Uno sobre la Guerra de la Independencia... La arruga en la frente se hizo más profunda, como si la chiquilla quisiera despejar un pensamiento que la atormentaba. Miró a su abuelo con aquellos ojos dorados que harían estremecerse a los hombres, y le preguntó:
¿No la ganaron los ingleses por nosotros, verdad, abuelo?

La silla de enea crujió mientras el hombre se dejaba caer contra el respaldo para dejar escapar una sonora y aliviada carcajada.

- ¡No te rías de mí, abuelito! 
Los ojos de la niña brillaban como dos brasas.

Al anciano el recuerdo le estalló en la mente como un pistoletazo. Recuerdos de cuando había peleado junto a sus compatriotas por la libertad y la independencia de su nación.

- No, mi niña... No la ganaron por nosotros los casacones...


El flanco derecho. La Albuera, 16 de mayo de 1811...

Soult les había engañado a todos. El ataque por la izquierda no había sido más que una distracción, una finta para que Beresford enviase hacia allí todo el poderío del ejército aliado.
Ahora el flanco derecho, defendido por tres mil y pico españoles iba a recibir todo el golpe de la Armee, que, al igual que los aliados ingleses, suponían que era la parte más débil y sencilla de conquistar de toda la línea aliada.
Sin embargo, tanto los gabachos como los casacones y sus palmeros alemanes y portugueses se equivocaban.

En el flanco derecho no había hombres. Había tres mil y pico de héroes dispuestos a demostrar a todos aquellos extranjeros, amigos y enemigos, que los españoles no estaban allí de visita, ni que eran unos cobardes.
Estaban allí defendiendo su tierra, su patria, el suelo de sus ancestros y lo llevaban haciendo desde hacía ya tres largos y sangrientos años, que habían sido los únicos que, en toda Europa, habían plantado cara a Napoleón mientras que los demás le lamían las botas y se arrastraban a los pies del emperador. 

Tres años después del alzamiento en cada pueblo de España, de pelea sin cuartel, de batallas perdidas que solamente provocaban que el ejército español renaciese, una y otra vez de sus cenizas, para seguir batiendo a los franceses que habían invadido España.

Y ahora venían los ingleses con la pretensión de ganar la guerra y de llevarse el mérito. ¿Dónde estaban en mil ochocientos ocho?

El joven apretaba su mosquete con tanta fuerza que la madera emitía leves crujidos y la baqueta, insertada bajo el cañón, temblaba. 
El veterano que estaba a su lado sonreía.

- Tranquilo... No podrán con nosotros... Sólo has de recargar más rápido que ellos.

- No tengo miedo- mintió el joven- quiero que se acerquen lo bastante para hacerles pagar lo que hicieron esos salvajes desalmados en mi pueblo...

El veterano apretó la mandibula. Su compañero no era el único que tenía cuentas pendientes con los gabachos. Él mismo, igual que casi todos los españoles, tenía sus propias deudas que cobrarse y sus propios fantasmas que, cada noche se le aparecían en forma de mujer e hijos asesinados por los franceses.

El Coronel Zayas pasó galopando por delante de la línea. El sable brillaba en su mano a pesar de la llovizna con la que había amanecido, aquel día de mayo en el pueblecito de La Albuera. Lugar escogido por Beresford para detener el avance francés que se dirigía hacia Badajoz.

- Ahí vienen ésos hijos de la gran...- gritó el coronel calcorreando el caballo y mirando a cada uno de los tres mil españoles que tenía bajo su mando- ahí vienen, demos a esos gabachos el recibimiento que merecen...¡Viva España!¡Viva el Rey!

El joven se estremeció como una hoja al viento cuando unió su voz a la de sus compatriotas. Aquel viva había resonado por todo el campo, tan fuerte y unido que sintió que ni el mismísimo Napoleón en persona sería capaz de desalojarlos del flanco derecho.

Luego atronaron los cañones franceses y las balas empezaron a caer delante de la línea española al tiempo que los puntitos azules de su infantería empezaban a marchar contra ellos. Eran miles, perfectamente formados con las banderas al viento y las bayonetas meciéndose y brillando funestas directas hacia la línea de Zayas.

Cuando el joven disparó por vez primera los gabachos estaban a cincuenta metros. No avanzarían ni un metro más.
Todo a su alrededor era un caos de disparos y gritos. Los infantes gabachos avanzaban o mejor dicho, lo intentaban, ya que, desde la línea española el fuego era continuo y preciso, una ola de plomo que detenía cada intento francés.
El campo delante suyo era una mezcolanza de uniformes azules tirados en el suelo, algunos intentando arrastrarse hacia retaguardia y otros quietos para siempre, desmadejados y rotos frente a la inexpugnable línea española.

A su alrededor los compañeros también caían, alcanzados por la granizada francesa o peor, por los cañones que, en ningún momento habían dejado de batir a los españoles. 
Los huecos sanguinolentos de la fila se cubrían una y otra vez sin que el castigo pareciese afectar a aquellos hombres que, enronquecidos, negros de pólvora y rojos por la sangre de los camaradas caídos disparaban, recargaban y disparaban de nuevo con mortal eficacia contra la mejor infantería del mundo...

El avance francés se detuvo.
El joven no podía creerlo. Lo habían conseguido. Quiso abrazar a su camarada veterano pero ya no estaba a su lado. Yacía a sus pies atravesado por varios balazos enemigos. 
Gritó de rabia y recargó su mosquete...

Por su lado vio aparecer otros uniformes y, automático, disparó.
Las voces que escuchaba no eran francesas, pero le dio lo mismo, todo aquel que se acercase a su línea era un enemigo y como él actuaba todo el Regimiento.

- ¡Comrade, friend, firend...!- gritaban.

Pero en la línea española pocos hablaban hereje, así que el joven disparó un par de veces más hasta que un oficial les ordenó detener el fuego.

- Alto el fuego... Que son los casacones...- gritaba.

Disciplinados, aquellos héroes del flanco derecho detuvieron la granizada de balas.
Pocos lo hicieron de buena gana...


La silla de enea crujió, como los huesos del anciano, cuando la niña, con los ojos dorados brillando más que nunca, le abrazaron.

Miró a su abuelo, le besó mil veces con incontenible orgullo y admiración para luego alejarse saltando entre las margaritas.

El anciano la miraba alejarse.

- Sin duda, matarán por ella cuando sea una mujer...

Luego siguió desplumando la gallina destinada a convertirse en puchero bajo el sol de aquella tierra dura y hermosa que le había visto nacer.
Aquella tierra antigua que los romanos llamaron Hispania.

A Villegas Glez. 2018

Imagen: Recreación de la batalla de La Albuera.























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