martes, 6 de septiembre de 2016

CARNE ROTA

El cielo no era azul si no gris ceniza, sobre el horizonte cubierto de humo resaltaban, en aterradora cadencia, cientos y cientos de destellos rojizos a los que de, cuando en cuando, se sumaban otros más grandes y devastadores producidos por los cañonazos.
El crepitar de los mosquetes resaltaba por encima del soniquete terrorífico de los gritos espantados y enardecidos de los miles de hombres que, sin piedad, se mataban cerca de aquel pueblecito jienense.

Bailén... Ya nunca podría olvidar aquel nombre.

Aunque dentro de su alma sabía que otros nombres se unirían pronto a aquel otro cuando se sucediesen otras batallas en las que, las heridas terribles, las amputaciones y la muerte se sumasen a las que, aquel día de julio de mil ochocientos ocho, trataba desesperado de reparar.

La mujer le secaba el sudor de la frente con un pañueluzo empapado y mugriento mientras el hombre contenía las hemorragias e intentaba, sin mucho éxito, cerrar los oídos a los quejidos, los estertores de agonía y los gritos desesperados de aquellos a los que trataba de salvar. 
No le resultaba fácil conseguirlo. 
No, no lo era.

Los hombres se retorcían y lloraban, intentaban exasperados deshacerse de las recias manos que los sujetaban y, muy pocos, lograban mantener el valor que habían demostrado en el campo de batalla. 
Una reacción muy natural, pensaba el hombre del mandil de cuero, cuando te estaban escarbando muy dentro de las tripas o cortándote una pierna o un brazo.
No debía ser fácil asumir que la vida se te escapaba a chorros mientras un desconocido empapado en tu propia sangre introducía las manos entre tu carne y tus huesos.

El hombre percibía entre sus dedos el latido descompensado del corazón del herido mientras intentaba contener la hemorragia, podía sentir el intenso dolor que rezumaba desde la terrible herida del hombre que estaba tendido sobre la gruesa tabla que le servía de mesa de operaciones.
Podía sentir el miedo y la desesperación y también sabía que, por mucho que se esforzara, aquel soldado estaba irremediablemente perdido.
Un borbotón de sangre caliente y espesa le salpicó el uniforme y el rostro. Siempre le sorprendía la fuerza con la que el líquido vital se proyectaba desde las heridas y, a pesar de su veteranía, siempre le causaba un intenso y profundo dolor muy dentro del ánima.
Intentó sujetar la artería con las pinzas que resbalaban de sus manos ensangrentadas, intentó desesperado detener la hemorragia del muslo abierto pero no lo consiguió.
El hombre abrió la boca como un pez ahogándose, las piernas temblequearon un par de veces contra la madera y exhaló un último y largo soplo de aire. 
El cirujano quiso gritar de rabia y desesperación, arrancarse de dentro aquella sensación que le asaltaba cada vez que alguien se moría entre sus manos, apoyar la espalda contra el carromato y dejar que las lágrimas inundasen su rostro, pero no podía hacerlo, otros hombres necesitaban de su pericia. 

Alzó el rostro y sobre el horizonte continuaba la batalla. 
Ardían los montes en colores rojizos y amarillos y el calor de los incendios golpeaba su rostro. 
Aquel día iba a ser muy, muy largo y el goteo de heridos no cesaba.

Entre la humareda, iluminados por el sol que calentaba como las llamas del infierno, llegaban más y más hombres. Unos cojeando apoyados sobre los mosquetes, otros encima de las camillas que los trasportaban en su postrer viaje, a algunos los ayudaban los camaradas y todos sin excepción llegaban con los ojos desorbitados por el miedo y una mueca de horror dibujada en el rostro. 

Allí, en la retaguardia, junto al humilde carruaje de los cirujanos la tramoya de la guerra reinaba en todo su esplendor. 
Allí no había lugar para los trompetazos ni para las banderas y la única enseña la tremolaba la muerte mientras los hombres, que hasta hacía unos minutos se habían estado matado con odio, ahora se unían bajo la solidaridad de los que sólo esperaban la mutilación o dos metros de tierra sobre sus cabezas.
Allí la única esperanza era él. 
El hombre ensangrentado cuyos ojos parecían dos pozos oscuros y cuyas manos se metían entre los recovecos de los cuerpos rotos tratando de salvar lo insalvable.

Apartaron el cuerpo inerte de la mesa y lo arrojaron sin mucha ceremonia en la pila de cadáveres que había al lado del carro. Un montón informe de muertos, unos pálidos como la cera, otros aún tibios y con color en las mejillas de los que ya nadie se ocupaba. 
Solamente un mujer atendía a los muertos. Impasible los registraba en busca de cartuchos para los mosquetes. Tenía junto a ella un serón de esparto lleno hasta el borde.

El hombre la miraba de vez en cuando y se estremecía. 
Resultaba una imagen al mismo tiempo desoladora y heroica. Pragmática. Como si la mujer dijese sin palabras que a ellos ya no les servían para nada los papeles encerados que contenían la bala y la carga para el disparo y sí que los necesitaban los hombres que seguían pelando allí en donde el horizonte era gris y no azul.

Sin tiempo para que se quejase o estirase las manos entumecidas colocaron a otro herido sobre la tabla empapada de sangre.
Era un soldado francés muy joven al que un cañonazo había desgarrado la pierna derecha. 

- Ma mere- decía- l´Emperateur- gemía...

La herida era escalofriante como todas las de aquel día. El tejido había sujetado con cuatro pellejos requemados la rodilla al muslo y el músculo se había abierto entre astillas de hueso y arterias destrozadas. 

- La sierra- pidió... - y al oírle el joven soldado lloró desesperado.

- Non, non...

Pero él sabía que no había otra solución.
Apretó el torniquete con más fuerza y el soldado gritó de dolor. 
Sentía el brazo temblarle cuando apretó la hoja aserrada contra la carne rota.

¡Ras, risss, rasss, riccc, roocccc!

Aquel sonido siempre le ponía los pelos de punta. El roce del acero contra el hueso. 
La creación humana contra la creación de la naturaleza siempre, por muchas veces que lo hiciese, lograba que las lágrimas brotasen de sus ojos y limpiasen la roña y la sangre seca de sus mejillas.
Al acabar cosió con esmero el muñón. 
Hacía rato que el joven francés se había desmayado y ahora se quedó observando cómo, con extrema delicadeza, unos paisanos le tumbaban junto a otro amputado. 
Le parecía increíble pero así era, los mismos que se mataban con saña inhumana unos kilómetros más allá, luego, unidos en el dolor, se socorrían y ayudaban los unos a los otros.

Mientras se lavaba las manos, el escalpelo y las pinzas en un barreño de agua fría, en primera línea el agua hervida era un lujo reservado para los días de estudio y formación en el Colegio de Cirugía de la Armada, observó al siguiente paciente que colocaban sobre la tabla.
La mirada del hombre le sorprendió por su serenidad. 
Era un oficial del Regimiento de Reding y, a pesar de la horrible herida en el vientre, sonreía y parecía que, en vez de estar sujetándose las tripas, estuviese de paseo por su Málaga natal del brazo de alguna bella mujer.
Los intestinos sobresalían de entre sus manos encallecidas y la sangre le había empapado, roja y espesa, todo el uniforme. Estaba pálido y en los ojos verdosos una certeza se dibujaba, y, a pesar de todo, el oficial sonreía.

- ¿Está jodía la cosa, verdad Doctor...? -dijo impávido, como si no sintiese el calor de su propia sangre que le chorreaba por las piernas abajo.

El cirujano sintió un escalofrío de admiración que le recorrió como un calambrazo la espina dorsal pero no dijo nada, solamente miraba aquellos ojos verdes en los que se reflejaba el valor inaudito de los grandes héroes.
Luego apartó las manos del hombre del vientre abierto y sujetó las tripas sonrosadas intentando volver a meterlas dentro del cuerpo. Aquel color rosado era una buena señal, no habría que limpiar el mondongo con leche para evitar la infección. 
El sablazo había sido limpio, de lado a lado, profesional y certero, había esperanzas, así que metió las manos en la barriga y apretó con cuidado. 
Ninguna clase de anatomía le había preparado para cosas así, pues una cosa era leer los libros y mirar los grabados y otra muy distinta estar allí, sintiendo el calor de la sangre y los latidos de los corazones a un palmo de tus manos.

Introdujo los intestinos y luego pidió la aguja y el hilo encerado.
El oficial herido le miraba mientras mordía con fuerza el trozo de cuero que, antes que él, habían mordido decenas de hombres mezclándose el dolor, la rabia, el miedo, la sangre y la saliva de unos y de otros. 
Los ojos verdosos refulgían como dos esmeraldas y el cirujano supo que, aquel hombre, era distinto a todos los que había tratado aquel día.

Un valiente...- se dijo a sí mismo mientras ensartaba la aguja entre los pliegues de la piel que sujetaba su asistente.

No hubo gritos ni quejidos. No hubo lágrimas. Solamente el sudor frío del hombre que le miraba agradecido mientras cosía el largo tajo que le había abierto el vientre.

Al acabar supo que aquel hombre viviría y un sentimiento de satisfacción le inundó el ánima.
Para aquello estaba allí, para salvar a todos los que pudiese, para ser una luz entre la oscuridad, una esperanza, un asidero al que se pudiesen sujetar tantos y tantos hombres que, una vez pasado el furor, se encontraban solos ante la muerte o la mutilación. 
Para aquello tantos años de estudio y tanta sangre sobre su mandil, para eso tantas imágenes negras que nunca abandonarían su cabeza, para eso las pesadillas, el sacrificio y las horas ante los libros... 
Para salvar lo que nadie podía.

Sobre el horizonte la batalla continuaba y el reguero de hombres heridos se había multiplicado. 
El camino hasta el humilde carro de los cirujanos estaba marcado por la sangre y por algunos cuerpos que no habían logrado llegar hasta allí. 
El crepitar de los mosquetazos, adornado por los cañonazos de la artillería, seguía inundando el campo alrededor de Bailén. 
Los gritos de los caballos y de los hombres llegaban en oleadas con el viento y el cirujano sabía que, con dada andanada, con cada descarga de fusilería, con cada carga de Caballería y con cada bayonetazo o sablazo, más y más hombres llegarían hasta su posición para que él y sus ayudantes intentasen salvarlos de la muerte que se había cebado con ellos.

A algunos podría salvarlos, pese a amputaciones y heridas terribles que los marcarían de por vida. A otros no...

Dio la última puntada con el hilo encerado a la carne del oficial dejando un punto suelto para que supurase la herida y drenase los malos humores. 
Observó satisfecho su trabajo y luego ordenó que lo retirasen de la tabla.

Entonces el oficial le sujetó el antebrazo manchado de su sangre y le miró intenso y agradecido. Los ojos resplandecían y bullían como si alguien hubiese licuado todas las selvas del mundo dentro de aquellos iris verdes.

- ¿Cuándo podré volver a pelear...?- preguntó.

El cirujano se quedó un instante pensativo para luego sonreír ante tamaña prueba de fuerza y de valor.

- Muy pronto- le dijo- luego reflexionó un momento y le preguntó al hombre al que acababa de coser la barriga.

- ¿No ha tenido usted bastante...?

- ¡No...!- respondió- los ojos brillaron más intensos todavía- ¡No tendré suficiente hasta que hayamos echado a todos los gabachos de España...!

Cuando ordenó retirar al hombre al cirujano le temblaban las manos como nunca antes. 
Hasta que los echemos a todos... Había dicho

Entonces comprendió que, por mucho que le doliese, su trabajo en aquella guerra no había hecho más que empezar.

Luego colocaron sobre la madera húmeda de sangre otro cuerpo destrozado. 
Las dos piernas habían desaparecido y los muñones asemejaban a las algas del mar meciéndose con el oleaje.

La mujer le secó el sudor de la frente y su ayudante le miró.

- La sierra... - pidió...

Sobre el horizonte la batalla seguía y el cielo ya no era gris sino negro.
Apoyó con firmeza la hoja contra lo que quedaba de hueso, suspiró muy hondo y empezó a mover el brazo.

Fin

A. Villegas Glez. 2016

Imagen: El Precio de la Victoria. Augusto Ferrer Dalmau






















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