sábado, 20 de agosto de 2016

ANTES QUE NADIE... Jerónimo de Ayanz y Beaumont.

1-
Londres, Inglaterra, 1698...

Tomás Savery se sentía exultante. Los próceres científicos de la Real Academia le jaleaban y se postraban a sus pies, aplaudían su ingenio, su inteligencia y el maravilloso invento que había patentado. 
Savery, sobre el estrado, se regodeaba arrogante y presuntuoso, mesaba su peluca empolvada y miraba a todos los miembros de la Academia con soberbia mal disimulada y un enorme engreimiento. 
Lo había logrado y pasaría a la Historia como el mejor ingeniero e inventor, haciéndole sombra al mismísimo Leonardo da Vinci.

Su invento, la máquina de vapor, iba a revolucionar el mundo...

Cuando acabó la conferencia y tras los aplausos y parabienes, Tomás Savery observó al hombre que se le acercaba. 
Le miraba sin brillo en los ojos, con desprecio, sin disimular la enorme náusea que acudía a su esófago cada vez que miraba al supuesto inventor.
Mirándole muy fijo a los ojos le dijo:

- No es usted más que un cerdo inaguantable que solamente ha plagiado las ideas de otro...

Savery, contrariado, frunció el ceño y, manteniendo la mentira, exclamó:

-¿Qué dice usted, señor? ¡No sabe de lo que habla...!

El hombre le miró intenso y el desprecio se multiplicó en los iris marrón oscuro. 
Savery se estremeció al ver los papeles amarillentos que el otro le arrojaba a la cara.

- ¡Este es el Privilegio de Invención de don Jerónimo de Ayanz, concedido por el rey Felipe III de España en 1606, hace casi cien años... Y usted solamente ha copiado su diseño...

Los miembros de la Real Academia contemplaban la escena. Algunos avergonzados al oír semejante acusación pero la mayoría permanecían mudos, sordos y ciegos ante la evidencia:

- ¿Permitir que un desconocido "spaniard" se llevase la gloria...?. ¡Jamás!

2- 

Agosto de 1602. Río Pisuerga, Valladolid, España...

Felipe III estaba intranquilo y preocupado ya que hacía más de una hora que, su Administrador General de Minas, se había sumergido bajo las agua del río ataviado con un extraño traje que él mismo llamaba traje de inmersión...

Los curas que rodeaban al monarca no dejaban de entonar cánticos y de hacer la señal de la Cruz ante la segura muerte de tan gran súbdito. Otros pregonaban que aquello era cosa del demonio y que Jerónimo de Ayanz debería pasar una larga temporada bajo el peso de la Inquisición.
El Rey, sin embargo, no les hacía el menor caso. Aquel prodigio le tenía en ascuas y solamente le preocupaba la vida de su leal servidor, que había demostrado, con creces, su lealtad, ingenio y bravura desde tiempos de su padre, el prudente Felipe II.

Entre espumarajos y corrientes, después de más de una hora sumergido, apareció la figura robusta de Jeronimo de Ayanz. Sonreía como un niño ante la estupefacta mirada de la Corte del rey que se había reunido a orillas de aquel río castellano que atravesaba una de las más viejas y hermosas ciudades del reino.

-¡ Funciona...!- exclamó y una nube de aplausos recorrió la ribera del Pisuerga.

3-

Jerónimo de Ayanz y Beaumont nació en la villa de Guendulaín, Navarra, en el año 1553. Hijo de un Montero Real que había pelado con bravura en la batalla de San Quintín y de una hermosa dama que inculcó a sus hijos el espíritu renacentista no es de extrañar que consiguiese el empleo de Paje Real al servicio de Felipe II.

Muy pronto adquiriría fama en la Corte de despierto, inteligente y, sobretodo, de poseer una fuerza física extraordinaria. Mientras estudiaba Astronomía, Latín, Matemáticas, Ingeniería, Aritmética, Música y Geometría, se dedicaba a doblar barras de hierro y a retorcer láminas de plata entre sus robustos dedos.

Jerónimo era admirado y acosado por las damas mientras él entablaba amistad con genios como Juan de Herrera, el magnífico arquitecto de El Escorial.

Como era de esperar el vigoroso navarro se alistó en los Tercios y combatió con mucha bravura y adquiriendo gran fama en Túnez, Lombardía y Flandes bajo las órdenes del gran Alejandro Farnesio del que se hizo gran amigo y camarada.
Su fama de poseer una fuerza física sobrehumana le concedería el título de: El Caballero de las Fuerzas Prodigiosas. Lope de Vega le dedicaría una obra ensalzando a tan gran compatriota.

Pero lo mejor estaba todavía por llegar, ya que, de todos los órganos y músculos de Jerónimo, todavía faltaba uno por destacar. Su inigualable cerebro.

En el año 1557, siendo Regidor de Murcia, el rey le nombra Administrador General de la Minas del Reino, o sea, responsable técnico y administrativo de más de quinientas minas repartidas entre la Península y las Regiones Americanas. Un cargo peligroso y lleno de dificultades que el genio y la honradez del navarro elevarían a las más altas cotas de la ingeniería.

Recorrió todas las minas de España, centrándose en aquellas cuya producción había cesado o decaído debido a los dos grandes problemas de la minería de aquel tiempo: La inundación de las galerías y el viciado del aire de las mismas.

El Administrador General recorrió España en mulo o a caballo y se jugó la vida en las oscuras galerías mientras su mente irrepetible cavilaba en cómo solucionar tan graves problemas.

Ideó primero un sistema de reciclaje de aguas. Usando el principio de la presión atmosférica- que no sería "descubierto" hasta un siglo después- con el que lograba extraer las aguas contaminadas mediante un sistema de sifón y desagüe de las galerías mineras.

Como la cosa no era suficiente parta extraer el agua que inundaba las galerías, Jerónimo se estrujó el magín hasta idear la primera máquina de vapor del mundo -leyendo a Herón de Alejandría- inventó una caldera que, utilizando la fuerza del vapor y el efecto Venturi- descubierto oficialmente un siglo después- lograba extraer el aire viciado de las minas y lograr así que no se inundasen y que el aire no matase a los mineros. 
Su ingenio y descubrimiento constituye la primera aplicación del: Primer Principio de la Termodinámica. 
Oficialmente este principio vería la luz casi un siglo después de la muerte de Ayanz...

No conforme con aquello, y utilizando la nieve, Jerónimo de Ayanz ideó un sistema de intercambio de aire que es el primer prototipo del aire acondicionado. 
Extraía el aire caliente de las galerías y lo reemplazaba por un aire limpio, fresco y cargado de oxígeno.
Con estos métodos puso en marcha viejas minas abandonadas como la de Guadalcanal en Sevilla.

Por si todas estas invenciones adelantadas a su tiempo fuesen pocas o baladíes, Jerónimo de Ayanz, patentó un horno que destilaba el agua de mar para que, durante las travesía a las Indias, los marineros disfrutasen de un agua potable y sin mal sabor. 
Su destilador reposaba sobre una suspensión que hoy se conoce como "Cardan".

Ideó la primera Brújula o "artefacto de nordestear" que establecía la declinación magnética terrestre, balanzas de precisión, las piedras cónicas para los molinos, la utilización de rodillos metálicos en los mismos, bombas de riego, la estructura actual de los arcos en la construcción de embalses, el par motor...

También inventó el traje de buzo y hasta el primer submarino...

En marzo de 1613 Jerónimo enfermaba gravemente y moría en Madrid a la edad de sesenta años...

Nadie recordaría nunca su ingenio, ni su mente, ni su aportación a la Ciencia.

Hoy día sus olvidados huesos reposan en la Catedral de Murcia por si vuestras mercedes quieren rendir su merecido homenaje a don Jerónimo de Ayanz y Beaumont el verdadero inventor y genio creador de la máquina de vapor...

Y a Savory, Newcomen y James Watt que les den... ¡Por listos!

A. Villegas Glez. 2016

Imagen: Boceto de la Máquina de Vapor de Jerónimo de Ayanz. Copiada por el inglés Savery cien años después. 











































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