viernes, 15 de mayo de 2020

UN PASEO POR IRLANDA. FRANCISCO DE CUÉLLAR.

21 de septiembre de 1588...

La costa irlandesa se desdibujaba entre la bruma y muchos pensaron que estábamos salvados... Más no fue así.
La ambiciosa empresa del buen rey Felipe se había convertido en una terrorífica pesadilla, en una lotería en la que habías comprado casi todos los números para que la Parca acudiese en tu busca.

Así que, pese a los rezos y plegarias, las olas de aquel mar embravecido nos arrojaron contra las playas y las piedras y los acantilados haciendo pedazos los galeones de la Felicísima Armada y llevándose, entre Avemarías y espumarajos a muchos y buenos camaradas, sin distinguir el mar entre gentilhombres, capitanes o chusma cuartelera.

Un servidor era uno de aquellos hombres.
Me llamo Francisco de Cuéllar y ésta es la historia de mis aventuras y desventuras en la tierra de los irlandeses.

Mi nave se elevó sobre las olas, luego cayó al abismo para elevarse de nuevo, y así, una vez tras otra, entre gemidos de madera que se rompía y gritos de los camaradas que se ahogaban. Saltaban las drizas, rodaban los cañones sobre las cubiertas rotas y los palos se quebraban como mondadientes ante el poderío de aquel mar norteño.
Recé como nunca antes en mi vida, lloré como un infante y blasfemé como un hereje, todo al tiempo mientras las aguas heladas zarandeaban mi cuerpo y trozos de madera, hierro y camaradas me golpeaban sin compasión.
Creí morir una y mil veces, llena la boca de agua salada y el alma de la certeza de una muerte terrible.

Más, no quiso el cielo llamarme a su seno, y acabé sobre la arena de la playa de Streedagh, herido, roto y sin poder creerme que aún respirase aire y no agua como los peces, y allí me quedé, derrengado y sin fuerzas sobre la arena de la playa sobre la que la marea depositaba, uno tras otro, los cuerpos inertes de mis compatriotas que no habían tenido mi misma suerte.

Con las primeras luces del alba el frío me hizo despertar para poder contemplar el espectáculo de docenas de irlandeses que despojaban los cadáveres y robaban a los desgraciados que habíamos quedado con vida.
También se veían llegar columnas de tropas inglesas que, conociendo a aquellos impíos, no vendrían, por supuesto, a prestarnos su ayuda.

Lo comprobé de primera mano cuando alcancé un viejo monasterio, abandonado de sus monjes y saqueado por los ingleses, en el que habían colgado de sus ennegrecidas vigas, a diez o doce españoles que habían caído en sus manos.
Pardiez que no es grato espectáculo y se te mezclan en las tripas la pena, el odio y el miedo.

Al regresar a la playa encontré a dos compatriotas que, al igual que yo, tiritaban de frío y se persignaban, una vez tras otra, ante la multitud de españoles que yacían, hinchados ya algunos, sobre la extensa arena de aquella malhadada playa irlandesa.
Cavamos con nuestras manos algunas tumbas. En verdad que queríamos enterrarlos a todos, como buenos soldados y cristianos que eran, pero no teníamos fuerzas para tan magna empresa.
Como les digo a vuestras mercedes, aquella playa estaba sembrada, de punta a punta, de compatriotas ahogados, desnudos tras el despojo, pálidos y en mil posturas distintas.
Un horror, créanme vuestras mercedes.

Y la cosa no había hecho más que empezar...

Al poco, como no podía seguir el ritmo de mis compañeros de desventuras, ya que me encontraba herido en las piernas, me oculté en unas chozas que olían a cabra y estiércol pensando que allí estaría tranquilo y a salvo.

Y estuve, sí, al menos un rato, hasta que llegaron unos lugareños, me molieron a palos y se llevaron lo poco de valor que conservaba, incluyendo mi ropa destrozada con lo que me dejaron tal y como mi santa madre me había traído a este mundo.
Al menos, los hideputas, me indicaron que, en las tierras de un tal Manglana, encontraría refugio y amparo, ya que aquel irlandés no podía ver a los ingleses ni en pintura.
Que alivio, pensé, mientras me tapaba las vergüenzas,sin conseguirlo ya que el Señor había tenido a bien regalarme un buen pedazo de carne allí donde vuestras mercedes se imaginan.

Caminé, cubierto de mala manera de helechos, hasta un hermoso lago en el que desaguaba una no menos hermosa cascada, aunque, como comprenderán vuestras mercedes yo no andaba para fijarme en el paisaje, si no con más hambre que el perro del afilador que tan sólo come caliente cuando caen las chispas de la piedra.
Pueden imaginar mi alegría cuando, al entrar en una de las cuevas que allí había, me encontré con otros tres españoles que trasegaban bayas y frutas del bosque como los marranos hozan en la porquera,

- ¿Me invitan vuestras mercedes...?
- Sírvase usía mismo...

En cuadrilla llegamos hasta las tierras del señor de O´Rourke- o algo así- en la que encontramos a más españoles allí acogidos que, igual que nosotros, andaban medio desnudos, hambrientos y con los ingleses pegados al culo.
Un servidor no podía dar un paso más y caí en un estupor que me duró más de una semana.
Cosa que, a la postre y gracias a Dios, me salvaría la vida, ya que los camaradas habían acudido corriendo hacia la costa para embarcarse en un galeón que estaba condenado.
En el Girona se ahogaron sus tripulantes y todos los que había recogido en su misión salvadora.
Di gracias por enésima vez a la Santísima Virgen por velar por mí. 
Me quedaban todavía muchas veces que agradecerle a Nuestra Señora.

Aquellos días conocí a un monje irlandés, hombre compasivo y amigo de España, con el que me entendía en el viejo idioma de los romanos y que me salvaría, pocas semanas después de mi siguiente infortunio.
Que en aquella tierra fría y dominada por los perros ingleses, la desgracia parece haberse enquistado entre sus maravillosos paisajes.

El caso es que, ya recuperado de mis heridas emprendí camino buscando más españoles y el camino hacia la católica Escocia en la que pretendía embarcar hacia Flandes o mejor, hacia la misma y añorada España.

Pero la suerte, esa perra esquiva, quiso que diera con una pareja de irlandeses, un herrero y su mujer, más fea que Picio y más basta que una colcha de esparto, que me amarraron al fuelle, como si un servidor fuese un borrico, para que diese aire a la fragua de aquella herrería apestosa.
De comer, como a los asnos, me daban yerbas y como pago a mi trabajo, palos hasta en el cielo de la boca.
Así estuve varias semanas, renegando de mi suerte y esquivando a la mujer que me perseguía con ahínco desde que me había visto desnudo, hasta que por aquel pueblucho apareció mi salvador, el fraile irlandés que hablaba latín en compañía de otro español llamado Salcedo que, a la vista de mis desgracias no dudó en degollar el herrero cuando pretendía acabar conmigo en vista de que su mujer ya no le hacía ni puñetero caso.
Una vez más, tuve que dar gracias a la Santísima... Y al tal Salcedo, claro, que uno es bien nacido y ya conocen vuestras mercedes el dicho.

Alcanzamos, por fin, el castillo del tal Manglana- Mac`Clancy- que era enemigo de los ingleses y que nos acogió como a hermanos.
Comimos hasta hartarnos y probamos una bebida amarillenta y amarga que, al principio nos parecía meados de burro, pero que al poco, trasegábamos con ardor dejando que su efecto nos colmara. Cerveza creo que la llamaban nuestros anfitriones.
Allí tuvimos días de alegría, de buen comer, de yantar y de... Bueno, no quiero parecer pedante, pero hasta la hermosa esposa de Manglana, me perseguía buscando que retozara con ella, cosa que, al cabo consiguió.
En aquel castillo disfrutamos de la hospitalidad y de la tranquilidad hasta que corrió la noticia de que mil y pico ingleses avanzaban sobre el castillo dispuestos a escarmentar a Manglana y a matar a todos los españoles que encontrasen...

Manglana recogió sus bártulos, reunió a su gente, sus ganados y sus enseres y corrió hacia las montañas.
Nosotros, los ocho españoles que allí estábamos refugiados no teníamos más ganas de correr, y allí había gruesos muros, un buen foso, siete u ocho arcabuces, pólvora seca, espadas, picas y una despensa repleta de víveres y barriles de aquella cerveza a la que ya nos habíamos aficionado.
Alguien dijo: ¿A que no hay cojones de esperar aquí a esos ingleses?

Y ya saben vuestras mercedes que entre españoles nombrar los huevos es como nombrar al mismo Dios, así que, allí nos quedamos, cuatro gatos, esperando a los ingleses y a la puñetera madre que los había parido. Dispuestos a morir como lo que éramos, soldados y españoles.

Llegaron los hijos de la Pérfida muy sobrados, más de mil quinientos hombres que se encontraron, para su sorpresa, con aquellos ocho locos que disparaban los arcabuces y les gritaban desde los muros de todo menos bonitos.
Y ellos intentaban subir sobre el barro hasta los muros y nosotros arcabuzazo va y escopetazo viene sin dejar de gritar el viejo nombre de nuestra vieja patria.
Y así estuvieron los ingleses hasta que, convencidos de que no lograrían vencernos, se retiraron con el rabo entre las piernas.

A los pocos días regresaron el señor Manglana y sus parientes, entre ellos su ardorosa esposa más agradecida que nunca, sorprendidos todos por el valor de aquellos españoles que portaban más huevos que toda la isla junta.

Más días de cerveza y rosas fueron aquellos, hasta que decidimos emprender la marcha para ver si llegábamos, de una vez, a la tierra de nuestros ancestros, la soleada y lejana España.

Llegamos hasta le región que llaman el Ulster y allí contemplamos un maravilloso paisaje natural conformado de columnas de basalto negro que asemejaba una calzada por la que transitaran los gigantes.
También nos enteramos que allí había sido en donde naufragó la Girona con más de mil y pico compatriotas nuestros dentro, entre los que se encontraba un caballero famoso al que unos años antes había retratado el mismísimo Greco.
Llegué hasta el castillo que llaman Castelroe, en donde, de nuevo me dejé seducir por las hermosas damas de la región durante no menos de dos meses.
Y es que, como reza el dicho castellano: Tiran más dos tetas que dos carretas.
Allí me hubiese quedado, en verdad, de no ser por que los hideputas de los ingleses seguían buscando a los supervivientes de la Armada con la intención de pasarnos a todos por la soga. 
Con todo el dolor de mi corazón, y el de mis amigas de allá, tuve que abandonar Castelroe para dirigirme en busca de un barco que me llevase hasta Escocia.

Alcancé la región del obispo O´Gallager, salvador de españoles y enemigo de ingleses, que preparaba los embarques hacia la isla vecina en una de aquellas pateras irlandesas revestidas de cuero.
Para abril del año mil quinientos y ochenta y nueve, por fin, abandonábamos Irlanda una docena de compatriotas rumbo a la salvación o la muerte según saliesen las cartas.

Y he de decirles a vuestras mercedes que no salieron lo todo buenas que hubiésemos querido, que de nuevo naufragamos y vivimos otras mil peripecias, más, de nuevo la ayuda de Nuestra Señora, me permitió salir con vida y poco más o menos un año después de haber naufragado con la Felicísima, de nuevo me encontraba en Flandes al servicio del gran Alejandro Farnesio.

Pero todo eso es ya, otra historia...

Reciban vuestras mercedes un afectuoso abrazo de éste viejo Capitán español que un día embarcó rumbo a la más portentosa y peligrosa aventura que Dios Nuestro Señor puso en su camino.

Fco. de Cuéllar. Capitán, náufrago y español por los cuatro costados...

Imagen: Mapa de la ruta del Capitán Cuéllar. Fuente: Internet.
















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