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jueves, 30 de julio de 2015

LOS MÍOS, LOS TUYOS... Asalto Inglés a Cádiz 1702

El inicio -y la mitad y el final- del siglo dieciocho no sería nada fácil para la arruinada y vapuleada España.
El último rey de la Casa de Austria se había muerto sin dejar herederos, perdido 
entre los barrotes de la locura y rodeado de buitres cortesanos que habían mantenido viva la pantomima para mantener su posición y su nivel de vida.

En su testamento el "Hechizado dejó el trono a un primo lejano, José Fernando de Baviera, y las naciones europeas se frotaban las manos ante el enorme pastel que se les ponía por delante. Los carroñeros se abalanzaban contra el cadáver de nuestro imperio.
Francia, Inglaterra y Holanda firmaban acuerdos secretos para repartirse el Imperio Español, cosa que llevaban deseando hacer desde hacía siglos y que nunca, ni juntos, ni separados, habían conseguido, 
Pero resulta que el de Baviera, que era un pretendiente más o menos aceptado por todos, va y la casca prematuramente. 

Entonces las potencias europeas contuvieron el aliento cuando el espabilado de Luis XIV rompe los acuerdos y plantea como candidato al trono español a su nieto Felipe de Anjou.
Aquí en España, por supuesto, cada uno barrería para su propia casa, y siguiendo nuestras viejas y acrisoladas costumbres, la mitad tomaría partido de un lado y la otra mitad, del otro.
Dedicamos así nuestro tiempo y esfuerzo a pelear entre hermanos mientras las tropas extranjeras, de los dos colores, saqueaban, robaban y mataban españoles de cualquier color, austriacos o borbónicos.
Estaban los que pedían fueros y que apoyaban al pretendiente austriaco y estaban los otros, que se pusieron del lado del nuevo monarca, al que veían como única solución para evitar el desmembramiento del imperio y la pérdida de las Provincias, ya que tener a Felipe en el trono nos convertiría en aliados de la todopoderosa Francia, que a despecho de todos era la que partía el bacalao en Europa.
 
Empezaba la Guerra de Sucesión Española, ¡ojito, que la de Secesión, sería la norteamericana. 

Una de las primeras acciones de la guerra fue el ataque anglo-holandés contra la ciudad de Cádiz en agosto de mil setecientos dos. 
Fondearon en la bahía, más chulos que un ocho, cincuenta navíos de guerra a los que se sumaban incontables barcos de transporte en los que había embarcados más de quince mil hombres. La expedición la mandaba el almirante inglés George Rooke y venían los hideputas dispuestos a desembarcar, tomar Cádiz y luego invadir toda Andalucía.
España imaginen cómo estaba. 
Ni Andalucía ni ningún otro sitio estaba prevenido ni preparado para un ataque de aquella magnitud. Todo era abandono, miseria y dejadez.

En la ciudad el Comandante Militar contaba con apenas trescientos soldados para defenderlo todo, y el Gobernador de toda Andalucía y responsable de su defensa, Francisco Castillo, Marqués de Villadarías solamente consigue reunir una pequeña compañía de ciento cincuenta lanceros.

Así tomaron fácilmente los pueblos de Rota y de El Puerto de Santa María. Las dos poblaciones sufrirían saqueos, asesinatos y violaciones. Los salvajes ingleses profanaron las iglesias y forzaron a las monjas de los conventos, a las que utilizaron compañías enteras para luego morir degolladas.
La bestialidad anglo-holandesa provoca que, desde toda la provincia y desde Andalucía entera, acudan los hombres, a veces armados solo con una navaja, para formar milicias y defender la ciudad de Cádiz.
Porque Cádiz aguantaba. 

La artillería de los fuertes españoles mantenía en respeto y bien lejos a los poderosos navíos enemigos.
Los españoles tenían muy poca pólvora, pero, ¡pardiez!, la poca que tenían la utilizaban bien. 
Muchos de los barcos enemigos, que se habían acercado demasiado, habían tenido que volverse con palos desmochados o una carnicería en la cubierta superior.

Mientras, los ingleses desplegados en Rota, terminada la vorágine saqueadora, atacaron el Fuerte de Matagorda, que apenas sí tenía municiones ni pólvora con la que defenderse, pero que con la valerosa ayuda de las galeras de Ferrán Nuñez, que machacaron las trincheras inglesas, lograron rechazar los intentos de los casacas rojas.
La Plaza se defendía con uñas y dientes.

En la orilla de Rota tenían desplegados los ingleses a más de dos mil infantes, pero los mantenía quietos y expectantes, la incertidumbre. 
Los oficiales herejes no se fiaban ni un pelo de aquellos españoles y desde sus posiciones en Rota podían ver que cada día se alzaban enormes polvaredas por el camino de Sevilla y cada noche, frente a ellos, se encendían docenas y docenas de fueguecillos de campamento.
Y además estaba la compañía de los lanceros locos, que aparecían cuándo menos se lo esperaba uno para ensartar sin piedad  a todo lo que se les ponía por delante.
Los oficiales ingleses pensaban que delante de ellos se estaba concentrando todo el ejército español.

Sin embargo todo era una estrategia y un artificio del Marqués, que ordenaba que se levantasen aquellas polvaredas y que se encendiesen fogatas por centenares. 
También era el que ordenaba las incursiones contra las trincheras enemigas. 
Incursiones que ponían los pelos de punta a los ingleses.
La realidad era que frente a los ingleses solamente estaban los ciento cincuenta jinetes de Villadarias -la compañía de jinetes locos- y los paisanos que iban llegando y reuniéndose en la orilla opuesta, todos deseando degollar ingleses en cuanto les dejase el Marqués.
Así estuvieron casi un mes. Cañonazo va, cañonazo viene, lanzazo va, lanzazo viene….

Hasta que el mando anglo-holandés decidió que lo mejor era reembarcar a sus aguerridas tropas y largarse con viento fresco de aquella 
maldita bahía en la que se estaba desangrando lo mejorcito de la expedición aliada.
Se da entonces la orden de que se abandonen las trincheras y las posiciones y de que la tropa agarre el camino de Rota para ser reembarcados.

En cuanto las unidades enemigas comienzan su lento repliegue -más de dos mil casacas rojas, recuerden- la compañía de lanceros empieza a ensartar ingleses como a novillos. 
Para darle más color a la degollina, Villadarías les suelta la correa a los milicianos locales, que eran casi todos padres, tíos, primos y hermanos de las forzadas en El Puerto y en Rota.

Entonces los pasos apresurados de los ingleses se convirtieron en alocada carrera y poco después en pánico desaforado.
Corrían, corrían los casacas rojas que se las pelaban directos hacia las barcazas que les estaban esperando y que, muy pronto, se vieron rebosantes y desbordadas de infantes ingleses que intentaban huir del espanto que se abalanzaba sobre ellos.
En el agua intentando nadar y alejarse había docenas de ingleses mientras los lanceros rebuscaban por entre las calles de Rota más enemigos que ensartar.
La milicia local degollaba a mansalva, sin dejar nadie vivo detrás, ni anillo ni cadena, ni diente de oro…
El agua estaba roja y había cuerpos flotando por todas partes acuchillados de mil maneras distintas. 
Parecía una almadraba, y acaso, ¿aquello no era Cádiz...?

El agua roja empapaba a los hombres, a los lanceros y a los caballos que miraban alejarse las atestadas barcazas inglesas.
Detrás habían dejado el campo cuajado de enemigos muertos o agonizantes que eran rematados sin piedad.
Dos hombres se miraban el uno al otro, los dos sostenían sendos sables que chorreaban sangre inglesa, los hombres se conocían bien y nunca habían sido amigos. 
Uno era leal al Archiduque de Austria y el otro al nuevo rey.
Una y mil veces habían discutido y una y mil veces casi habían llegado a las manos, una y mil veces habían defendido ardorosamente cada cual sus convicciones.
Los dos habían sido cabezones, fanáticos y cerriles como buenos españoles que eran.

Ahora se miraban el uno al otro mientras los cuajarones de sangre enemiga se les secaban sobre la ropa:

- ¡ Ohú, picha...!- deja escapar uno de ellos.
- ¡Malditos ingleses...!- dice el otro.
- ¡De los tuyos eran...!
- ¿De los míos...?
- Claro, de los que apoyan al austria...

Entonces, el segundo hombre reflexiona un momento, se rasca el cogote y le contesta:

- Los míos son la gente de Rota y del Puerto, ¡cohone...!

A. Villegas Glez. 2012


Imagen: Plano de la Bahía de Cádiz. 1702.






lunes, 14 de julio de 2014

CÁDIZ, 1625

- ¡Ozú mi arma… Zan llevao palo hasta jen er sielo de la boca, quillo…!

- ¡Ze jodan…!

El sol naciente ilumina las figuras de los dos soldados españoles que contemplan a los galeones ingleses que se alejan de las aguas de Cádiz. De las aguas de España.

Se van apaleados, sin haber logrado ni uno de sus objetivo y a la greña con sus flamantes aliados holandeses, que se habían apuntado a la expedición para saquear Cádiz… Ahora se dejaban atrás más de mil muertos y más treinta naves hundidas.

El día primero de noviembre había llegado la poderosa flota anglo-holandesa a la bahía, la formaban más de cien naves, entre galeones de la Marina Real inglesa y poderosos galeones de guerra holandeses, además de barcazas, urcas, pataches y demás parafernalia marinera.
El jefe inglés se llamaba Sir Edward Cecil y era muy amigote del presuntuoso y estirado Duque de Buckingham que era el artífice, pagador y responsable último de la empresa.
El Duque había puesto al mando de la expedición a su más rendidos y allegados admiradores, sin tener en cuenta ni su inexperiencia en la guerra ni en el mar, pero… ¿Quién temía a los sucios españoles…?
Por parte holandesa era el mismísimo Guillermo de Orange el que venía dispuesto a sacarse la espinita tras la reciente rendición de la ciudad de Breda, en la que don Diego Alatriste, entre otros, se había despachado a gusto desjarretando herejes.

El mismo día que se rendía Breda y se quedaban en las retinas de los piqueros españoles las imágenes que luego le contarían a un tal Velázquez, los herejes atacan el Fuerte del Puntal que defendía la parte más estrecha del istmo que separan Cádiz y la Isla del León.

Veinte barcos ingleses que navegan a resguardo de cinco barcos holandeses -para pasmo de estos y vergüenza de los otros- son los que inician el ataque…

Desde el Fuerte, los ciento veinte soldados y los ocho cañones que tiene en dotación, a base de echarle huevos y recargar los cañones a velocidad terminal, detienen los barcos enemigos y los obligan a recular… Los holandeses -pobrecillos- se llevan la mayor parte de la plomada española.

Desde toda Andalucía empiezan a llegar a los alrededores de Cádiz un goteo incesante de refuerzos, consistente en cientos de paisanos armados. Toda la región hierve como un avispero bajo una única y principal consigna: Matar ingleses…

En la ciudad, el viejo y achacoso gobernador, don Fernando Girón y su fiel y eficaz Maestre de Campo, don Diego Ruiz, preparan la defensa de Cádiz. Cuentan para ello con tan sólo trescientos hombres, muy poca munición y abastecimientos. Pero se ocupan las murallas y se ceban los cañones, con el Gobernador por los adarves -en silla de manos- echando fuego por los ojos y espumarajos por la boca contra los ingleses, contra la gota que lo martiriza y contra la puta que los parió.

A todo esto el Fuerte del Puntal sigue resistiendo y lo hará hasta el anochecer del día dos de noviembre, cuando Sir Cecil que ha necesitado del apoyo de toda la flota y del fuego continuado de dos mil cañones disparando al tiempo, para poder doblegar la tenaz resistencia, lo consiga por fin.
Los supervivientes saldrán del Fuerte con los casacas rojas formados en un pasillo y rindiéndoles honores de ordenanza. ¡Sus cojones!

Cuando cae El Puntal los ingleses, que se piensan que ya está todo hecho, desembarcan y despliegan sobre el istmo diez mil efectivos.

Desde retaguardia reciben informes de que el Corregidor de Jeréz y un ejército de españoles vienen a su encuentro… Sir Cecil, con ocho mil infantes se interna quince kilómetros tierra adentro, en busca de aquellas tropas que, según los informes, arrollará sin problemas.
Pero Sir Cecil y su panda de rubios no encuentran a los españoles. Aunque sí que hallan las numerosas bodegas que hay por toda la zona, ya saben, el Sherry y todo eso. Fieles a su costumbre y disciplina los ingleses se beben hasta el agua de los floreros…

La lástima es que Portocarretero, demasiado prudente y pensando -con razón- que está en inferioridad numérica, no ataca, sabiendo que el grueso de sus tropas se encuentra muy lejos todavía.

Sin embargo Sir Cecil no está tranquilo, los mensajeros le han traído la noticia inaudita e imposible de que las galeras españolas, a base de redaños y valor, habían conseguido burlar la línea de bloqueo inglesa y meter en la ciudad un considerable refuerzo de hombres, municiones y víveres, además, para acrecentar el nerviosismo y acojone, los españoles salen de noche desde sus posiciones degollan centinelas, le meten fuego a los barcos, clavan los cañones que pueden, destripan los caballos que agarran y destrozan los nervios de toda la expedición… Cádiz se ha vuelto inexpugnable.

Sir Edward Cecil no deja de oír a su alrededor el inquietante sonido de avispero removido… Estos españoles me tienen rodeado, glups, glups… Prudente y avisado, o sea, cagado patas abajo, Sir Edward decide que lo mejor es emprender una apresurada marcha hacia el istmo de Cádiz y la seguridad de sus naves. Deja el comandante ingles abandonados detrás a cien o doscientos soldados demasiado borrachos o resacosos y que serán tratados por la población local, previamente saqueada, humillada y violada, sin piedad ni miramiento.

- ¡¡¡El vinouuu que vendeoouu Asunsiouunn…!!!

- … Ni es blanco ni es tinto… - ¡Bang!, arcabuzazo en los huevos…

Durante todo el día seis de noviembre los aguerridos ingleses iban reembarcando bajo el fuego de las baterías, con los españoles atacando como perros rabiosos y los rubios con prisas, con miedo, mirando atrás con los dientes apretados y el sudor empapándoles la frente…

El día siete las velas inglesas y holandesas se alejan de Cádiz…
El mar les maltratará en el camino de regreso y muchas naves se irán a pique y con ellas se ahogarán muchos de los tripulantes y los heridos de los que iban los barcos atestados.

Los enemigos de España habrán pagado muy cara su osadía. Al rey Carlos de Inglaterra, aparte de negarle una reina, le quitamos de un plumazo toda la arrogancia y todo el desprecio que sentía por los españoles.
Y a su favorito Buckingham, también.
Dos por el precio de uno, oiga.

Y es que, aunque estas victorias nuestras- o sea, derrotas de ellos- no se conozcan, ni se hagan estupendas películas, ni documentales ni nadie apenas se acuerde, durante aquella semana en Cádiz, a los ingleses y a sus primos holandeses -por meter las narices donde no les llamaban- les dieron palos hispánicos, como dice mi primo el de Chiclana:

- ¡Hasta en el cielo de la boca, picha, hasta en el cielo de la boca…!

© A.Villegas Glez. 2012




miércoles, 9 de julio de 2014

LAS MEDALLAS DE VERNON

En pleno siglo dieciocho la pobre España llevaba más de setenta años de ocaso y caída libre. El viejo león español cansado y vapuleado por sus enemigos -que eran muchos- no era ya temido ni considerado por los que, durante ciento cincuenta años, no habían hecho más que temblar ante nuestras picas.

Inglaterra suspiraba por ampliar sus posesiones en el Caribe puesto que sólo contaban con Jamaica y cuatro islotes pelados en las Antillas y los británicos ambicionaban, desde tiempos de Colón, poner los pies en Tierra Firme y apoderarse del rico Virreinato de Nueva Granada, de Nueva España o de Nueva lo que fuese.

En el año 1738 y frente a las costas de la Provincia de La Florida, un guardacostas español, el “Isabela”, persigue y captura al bergantín inglés, “Rebecca”, que era uno más de los que se dedicaban al contrabando y al corso. Barcos como aquel infestaban el Mar Caribe, atacando a nuestros mercantes desprotegidos y asaltando a sangre y fuego pequeñas aldeas que asolaban.

Don Julio Fandiño que era el capitán del guardacostas español, va y agarra al capitán del barco inglés -un tal Jenkins- y de un certero tajo de daga le corta una oreja. Un castigo leve, a mi entender, para un pirata inglés que deberían haber colgado de una verga, pero se ve que don Julio se había levantado chulo aquel día, porque tras el tajo y entregándole el apéndice auditivo a su dueño le dice:

- “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré, si a lo mismo se atreviere”.

¡Con dos cojones!

Jenkins recoge su amputado apéndice auditivo, lo mete en un bote con alcohol y vuelve a Inglaterra para contar a los cuatro vientos su humillación y su desventura.
Hasta en el parlamento le recibirán los Lores esos, que se arrancarán las pelucas escuchando la terrible ofensa que suponen aquellas palabras para con su Rey y para con toda Inglaterra.
De inmediato, claro, se declara la guerra a España.
A hacer más leña del árbol caído, a machacar a ésos grasientos, fanáticos papistas y crueles españoles.

La primera se la llevan los rubios en la frente. 

Atacan muy chulos y arrogantes el puerto de La Guaira utilizando la estratagema de poner en sus palos la bandera española. Pero la cosa no cuela y cuando las fragatas entran en el puerto, la artillería española -espera Paco, espera a que se arrimen un poco más…- hace pedazos los barcos ingleses que se tienen que retirar a Jamaica vapuleados.

Luego las cosas les salieron mejor. Atacaron Portobello y lo tomaron con escasa resistencia.
El general Edward Vernon se sintió eufórico - ¡voy a arrasar!, se decía- y no dejaré español vivo y ése Blas de Lezo, tan famoso, no podrá hacer nada contra mí- Vernon era un poquito arrogante, pedante e inflamado de desprecio contra su enemigo.
En Inglaterra la victoria se celebró por todo lo alto y los periódicos publicaban tiras satíricas riéndose de nosotros y todo era alegría y optimismo. Tierra Firme es nuestra, se decían.

Ahora le tocaba a la joya de la corona española. Cartagena de Indias.
Una enorme flota salió desde Port Royal, en Jamaica. La formaban ciento ochenta y seis buques, veintiocho mil hombres y contaban con dos mil cañones.
En pocos días estaban fondeados frente a Cartagena.
La ciudad era el punto de reunión de los tesoros que llegaban desde todas las posesiones españolas de tierra adentro – que eran muchas- y estaba defendida por tres mil quinientos hombres y seis barcos.
El Virrey era Sebastián de Eslava, recién llegado y que había tenido que burlar el bloqueo inglés. Las fuerzas militares las mandaba el reconocido lobo de mar y fustigador de ingleses, don Blas de Lezo y Olavarrieta.

Vasco, sí, de Guipúzcoa mismamente, conocido por el sobrenombre de “Medio-Hombre”, pues le faltaban un ojo, un brazo y una pierna que había entregado durante sangrientos combates defendiendo su patria desde muy tierna edad.

Vernon ordenó el inmediato bombardeo de los fuertes que defendían la entrada de la bahía de Cartagena. San Felipe y Santiago se tuvieron que abandonar muy pronto. El intenso cañoneo inglés no cesaba de dos mil cañones disparando contra los fuertes.

En San Luis de Bocachica  se logra resistir dieciséis días de bombardeo continuado, pero los españoles deben retirarse y abandonar aquel montón de escombros y ruinas en que se ha convertido el fuerte.
Para intentar defender el Fuerte de Bocanegra y su canal se hunden, a modo de barreras, los barcos españoles.
Una decisión que no gustará nada a Blas de Lezo, que considera innecesario e inútil perder tan buenas naves.
Y al bravo general no le faltaba razón, porque los ingleses siguen bombardeando los fuertes sin descanso y, buenos marinos como son, consiguen esquivar los restos de los navíos españoles y consiguen entrar triunfantes en la bahía de Cartagena de Indias.

Los españoles retroceden entonces hasta el último bastión que les queda, el Fuerte de San Felipe de Barajas.
Vernon exultante y seguro de su victoria envía de inmediato correos al Rey Jorge asegurando la rendición y la toma de la Plaza.

Empieza entonces el bombardeo sobre San Felipe.

Don Blas de Lezo recorría las murallas dando ejemplo a sus soldados y rechazando los asaltos junto a ellos con el mosquete en la mano.
Vernon, en vista de que el bombardeo no ablandaba a los españoles, decide atacar por tierra.

Desembarca a sus tropas que se adentran en la selva. Allí los mosquitos y la malaria dejarán a sus casacas rojas hechos una piltrafa, y también tendrán mucho que ver las partidas de criollos que corretean por allí, atacando las columnas inglesas causando espanto y pavor con sus fugaces y sanguinarios ataques de guerrilla:

- Typical Spanish George…

A pesar de todo consiguen llegar en buen número y enteros hasta las murallas de tierra de Cartagena.
La única puerta que hay está ubicada entre dos revellines y es estrecha y en pendiente.
Blas de Lezo ha enviado a defender aquello a trescientos soldados veteranos que taponan la puerta y a base de espadas, dagas y huevos, rechazan el ataque inglés.
Más de mil enemigos se quedan amontonados frente a la puerta y desde las murallas, Don Blas con su único ojo, cuenta bultos rojos en el suelo. Satisfecho.

Vernon se encuentra por el contrario nervioso y alterado. Los correos ya habrán llegado a manos de su Rey y él todavía no sólo no ha conquistado Cartagena, sino que encima, va perdiendo.

La noche del diecinueve de abril, decide enviar tres columnas de ataque contra la ciudad y su estrecha puerta. Los ingleses habían fabricado unas escalas con las que pretendían subir los muros y sorprender a los españoles.

Delante de todos van los macheteros jamaicanos, carne de cañón al servicio de Su Graciosa Majestad y detrás las filas de casacas rojas. Tienen que atravesar quinientos metros de terreno descubierto bajo el fuego que se les hace desde las trincheras y las murallas… 
Pueden imaginarse la escabechina de ingleses y negros macheteros y hasta colonos norteamericanos que a saber quién les había dado vela, porque las descargas desde los muros son precisas, cerradas y continuas. Demoledoras.

Los que consiguen llegar hasta el pie de los muros y extienden las escalas se quedan pasmados, patidifusos, mirándose con cara de estar preguntándose que qué coño hacen allí con aquellas inútiles escalas, que jamás alcanzan el adarve, entre las manos y recibiendo de lo lindo.
El astuto Blas de Lezo había ordenado excavar un par de metros alrededor de los muros de la ciudad, con los que estos ganaban unos centímetros de altura, los justos para que los ingleses se quedasen atontados mientras los españoles aprovechaban y acababan con sus reservas de pólvora y de balas, masacrando a los enemigos como a patos bajo la muralla invicta de Cartagena.

La mañana del veinte de abril amaneció con montones de cadáveres alrededor de los muros. Los ingleses estaban deshechos, desmoralizados y vapuleados. 
Y todavía les quedaba lo peor.
Porque el de Lezo ordena que se dé una salida a la bayoneta y los españoles salen dando voces desde la puerta, tan arrojados y valientes que causan espanto entre los hijos de la Pérfida que quedaban con vida, y que tratan de reembarcan a toda prisa en sus naves, los que pueden, abandonando los cañones, a los heridos y a las banderas.

El camino hasta los embarcaderos queda sembrado de ingleses muertos.
Vernon, humillado y vencido continuará un mes bombardeando de lejos Cartagena, pero ningún casaca roja osará acercarse más hasta los muros de San Felipe.
Don Blas rechinaba los dientes acordándose de sus queridos barcos hundidos.

- ¡Lástima!- se decía- si no, ése Vernon se iba a cagar... ¡Más todavía!
Cañoneando y con disimulo se alejó la derrotadísima -que así podíamos bautizarla- flota inglesa de las aguas de Cartagena de Indias.

Cuando Vernon llegue a Inglaterra y de cuentas de los diez mil muertos, de los siete mil y pico heridos, de los mil quinientos cañones y morteros perdidos, de los millones de libras gastadas en pertrechos, víveres y armas, y de los diecisiete barcos gravemente dañados, el rey Jorge II, desolado, prohibirá que se escriban crónicas o relaciones sobre tan desastrosa campaña y hasta que se hable de ello en la Corte y que, por supuesto, el nombre de Blas no se oiga en toda Inglaterra.

Además, para más deshonra, tiene su majestad -graciosa o no- en sus reales aposentos, un baúl repleto hasta el borde de unas monedas brillantes y recién acuñadas, en las que puede verse al almirante Vernon humillando a Blas de Lezo, que está el pobre de rodillas y cabizbajo, en la moneda puede verse también Cartagena de Indias con la Cruz de San Jorge ondeando en lo más alto de sus murallas.

El Rey mira una de las monedas, que aprieta iracundo entre los dedos, mira luego a su almirante de arriba abajo, remira la brillante medalla y le dice:

- Y esto, Vernon… ¿Cuándo lo soñaste…?

© A. Villegas Glez. 2011




viernes, 28 de febrero de 2014

CUANDO LOS INGLESES NO PODÍAN VISITAR IBIZA

Amanece el día primero de junio del año mil ochocientos seis y el sol balear empieza a bañarse en las cálidas aguas mediterráneas y a iluminar una de las tierras más hermosas del mundo. Desde los muelles del puerto, en donde su jabeque, el “San Antonio y Santa Isabel”, está atracado en espera de una revisión general y un calafateado, Antonio Riquer observa unas velas que se enseñorean de la bahía ibicenca con la bandera inglesa ondeando a popa y la bandera roja de combate:

- Puercos ingleses- se dice mientras escupe un gargajo oscuro y amargo, a sotavento, claro.

Riquer ordena entonces a su grumete que corra y reúna a la tripulación de su barco que está toda desparramada en sus casas o en las tabernas y tugurios del puerto, y le dice al muchacho que traigan provisión de pólvora y balas.
El más famoso jabeque corsario de la isla de Ibiza va a salir de caza. Y nada importa que el enemigo sea de mayor porte y esté mejor artillado que el “San Antonio”, se le dará caza y se le capturará, o se le mandará al fondo. Así perezcan todos en el intento.

Son cerca de las nueve de la mañana cuando el jabeque español sale de la rada a toda vela y con el capitán Riquer junto al timón, mirando la grímpola, ordenando esto y lo otro, mirando por el catalejo como le come distancia al enemigo y como este intenta zafarse pero no puede. Antonio sonríe orgulloso de su nave y de su gente.

La tripulación recoge o iza el trapo subidos a la jarcia mientras la proa corta las aguas cristalinas y los artilleros preparan los cañones, que no usarán mucho, pues el barco enemigo les supera en artillería, así que la única táctica posible es arrimarse a él, abordarlo y que Dios reconozca a los suyos.

- Hay que meterles dentro un trozo de abordaje dentro, Jordi…

- Nos van a poner bonitos mientras nos arrimamos, Antoni…

- Ya…

- ¡Cap de Deu!

Y así, cerca de las cuatro de la tarde, con las murallas de la ciudad atestadas de gente observando el espectáculo, el barco inglés, acosado como un perro, rompe el fuego contra el jabeque español. Un silencio sepulcral se abate sobre la gente que mira, mientras llegan hasta ellos, claras y continuas, las andanadas que el barco enemigo hace sobre el “San Antonio”

¡Crackcrokcatacrak!

Los cañones de a veinticuatro del inglés agujerean alguna vela y arrancan astillazos que vuelan por la cubierta mientras los hombres se protegen con los coys enrollados y los aparejos, pero a alguno se lleva por delante la andanada inglesa dejando tras de sí un rastro rojizo de tripas y de sangre.
Antes de poder abarloarse el “San Antonio” encaja dos andanadas del inglés que viendo las intenciones del español está tratando de zafarse y escapar, mientras hace recia carnicería entre la tripulación, pues es sabido, que no hay cosa que teman más los ingleses que un abordaje español.

Luego con gritos de rabia los españoles arrojan garfios y arpones y acercan su borda a la del enemigo. Los ibicencos son expertos en el uso de frascos de fuego y como buenos españoles, la navaja albaceteña, cuchillo jamonero o espada ropera no les son ajenos ni desconocidos. Pronto la popa del inglés, que ha resultado ser el conocido barco corsario “Felicity” con el no menos conocido capitán Novelli, alias “El Papa”, un italiano al servicio de Inglaterra a su mando, arde como Troya y los intentos de los ingleses de rechazar el abordaje fracasan.

Como bestias salvajes avanzan los isleños desde popa a proa, acuchillando a todo el que se pone por delante. Un negro enorme que se reía de los frasquitos de fuego que le arrojaban vuela en mil pedazos cuando acumula a sus pies varios frasquitos que había pisoteado anteriormente, un rubio gigantesco le abre el pómulo al capitán de un sablazo, y éste, ciego de rabia le acomete y lo hace filetes como a un atún. A su alrededor gritos que espantan, lamentos y quejidos, sangre a hectolitros que corre por la cubierta inglesa en charcos que bailan con el vaivén de las naves… Hasta que empiezan a gritar:

- ¡Quartier, quartier… surrender, surrender…!

Y un berrido inhumano llena el aire del mediterráneo, de alegría y de orgullo.

El “San Antonio y Santa Isabel” ha derrotado en desigual combate al poderoso corsario “Felicity”… ¡Con dos cojones!

A la diez de la noche, el jabeque español, algo roto de jarcia, pero ondeando orgulloso la rojigualda en la popa y trayendo apresado el barco enemigo, hecho un matadero, entra de nuevo en el puerto de Ibiza. Desde las murallas y las alturas de la ciudad un clamor de vítores, vivas y aplausos llenan la hermosa noche ibicenca que está cuajada de hermosísimas estrellas.

Antonio Riquer, erguido junto al timonel, saluda orgulloso a su pueblo… En el foso del combés y cubiertos por una lona los cuerpos de los caídos españoles descansan eternamente ya camino del cielo de los valientes. Entre ellos está su segundo al mando, Jorge: ¡Maldita sea!... A ver cómo le cuento a su viuda que eso… Que es viuda- piensa el capitán mientras entra en el puerto de uno de los pedazos de tierra más hermosos del Mundo.

De esta forma tan honrosa se recibían las visitas inglesas en Ibiza no hace tanto… Antes de que convirtiésemos nuestro paraíso mediterráneo en colonia tudesca y vertedero de borrachos ingleses. Antes de que nuestro orgullo y nuestra honra valiesen más que trece monedas de plata…

© A. Villegas Glez. 2012



domingo, 20 de octubre de 2013

UN TOCAYO DE PASAJES

En el año mil quinientos setenta y siete, la Señora de la Torre de Lasarte daba a luz a un niño al que no le corría la sangre por las venas, corrían la sal y el viento, corrían la pólvora y el fuego. Hijo de Miguel de Oquendo, el mismo que estuvo junto con Álvaro de Bazán en la grandiosa victoria de la Isla Terceira, y que moriría durante el desastroso regreso de la Felicísima Armada, diez años después.

El joven huérfano ingresará entonces y con dieciséis años recién cumplidos como Caballero Entretenido destinado en las Galeras de Nápoles. Entretenido estuvo de sobra peleando contra los turcos, los piratas y los venecianos sobre las tablas, escurridizas por la sangre, de las Galeras del Rey. ¡Pardiez, aquello si que era un bachillerato!

Antonio de Oquendo obtiene matrícula de honor en todas las asignaturas, destacando en "Aritmética del Degüello" y en "de aquí no vais a salir vivos, cabrones",
sorprendiendo a propios y a extraños por su arrojo y osadía, a la par que por su estudiada y depurada técnica y estrategias para el combate.

En el año mil seiscientos cuatro, tiene dieciocho años, le dan el mando de una pareja de Bajeles con la misión de encontrar y hundir a otra pareja de navíos ingleses que andaban practicando el corso entre Andalucía, Portugal y Galicia.
El día siete de agosto, los cuatro barcos se encuentran sobre un mar calmado y liso como una balsa de aceite.
Los ingleses, muy arrogantes y sobrados, atacan sin contemplaciones y muy seguros de la victoria, como perros rabiosos abarloan una de sus naves contra la de Antonio, pero el joven Capitán no se arruga ni se acobarda, cuando abordan su nave los marineros del “Delfín de Escocia”, que así se llamaba el barco enemigo, con el sable en la mano animando a sus hombres, dando voces que espantan se abalanza como un ciclón contra los ingleses que le abordan. Los otros se quedan a medio abordar, viendo venir contra ellos a toda la dotación del barco español, con el chiquillo aquel por delante dando tajos como un carnicero loco.
Mientras tanto el otro barco inglés y “La Dobladilla”-que vaya nombre para un bajel español- se destrozan el uno al otro a cañonazos, pero manteniéndose los ingleses lejos, en respeto, esperando a ver qué pasaba con las naves capitanas que permanecían aferradas una a la otra, con la cubierta española rebosando de gente matándose. Allí se suceden dos terribles horas de sablazos, arcabuzazos, hachazos, golpes, porrazos y mordiscos, de insultos en inglés y en buen castellano, dos horas de sudor que huele a agrio, de sangre que lo inunda todo, de muertos y heridos que se arrastran dando alaridos.

Tras las dos horas de degollarse mutuamente sin descanso por ninguna parte, los ingleses empiezan a recular y a intentar cortar los cabos que les aferraban a aquel bajel que estaba lleno de asesinos, de gente que les rebanaban los huevos y en medio de todos, el niñato de los cojones venga dar órdenes y espadazos como un poseso:


- “Pa cagarse, Rosemary…”

Por eso cuando los españoles, remolcando su presa humeante, entraron en el puerto portugués de Cascais, fueron aclamados como héroes. Hasta el mismo Rey Felipe se molestó en escribirle unas líneas laudatorias al bravo y joven Capitán Oquendo. Todo un honor.
Con esta sola aventura ya se podrían hacer sobre su vida y su hazaña tropecientas mil películas. Pero a Antonio, todavía le quedaba mucho que pelear.

En el año mil seiscientos siete, le nombran General de la Escuadra Vizcaína, a la que se unen poco después la de Guipúzcoa y la de las Tres Villas. 
Puede ser casualidad pero con el sólo nombramiento de Oquendo bastó para que una flota holandesa, que venía muy chula en dirección a los puertos españoles del Cantábrico, se diese la vuelta y se retirase hacia el Canal y las cercanías de sus costas. 

- Hace muy mal tiempo para atacar nada, ¿no te parece Van de Gagaardem?

- Pues sí... Y encima está de Comandante el niñato ése tan famoso... Mejor nos volvemos...

Con aquella fuerza naval, que era la de su tierra, se encargaría durante un tiempo de la protección de los convoyes que hacían La Carrera de Indias, también amparaba las costas cantábricas de los corsarios holandeses, ingleses, gabachos y de la madre que los parió a todos.

Entonces, llega el año mil seiscientos diecinueve y pese a sus leales y valerosos servicios lo meten en la cárcel. ¿El motivo?, se niega en redondo a sustituir al Almirante Fajardo, que estaba ya hasta la gola del Rey y de barcos y había solicitado una vez y otra el retiro desde hacía años, pero su Católica Majestad se lo había negado siempre. Así que Fajardo, ni corto ni perezoso, se había jubilado aplicando el Artículo Siete, sí, ése que dice: “Lo hago porque me sale de los cojones”.
Y claro a Fajardo lo habían encerrado por desobediencia. 
Luego el Rey le ordenó a Antonio de Oquendo que lo sustituyese al mando de la Flota. Él dijo que nones porque prefiría la cárcel y la deshonra antes que mancillar el honor de su compañero.

De esta manera entró Antonio en sus años negros, perseguido por la inquina y la envidia de sus enemigos, cosa natural y normal, pan nuestro de cada día, aquí en nuestra Patria.
Fue juzgado con cargos falsos, acusándole de meter mano en las brillantes bodegas de los galeones y de favorecer a sus amigos en los beneficios de "La Carrera".
Antonio pudo demostrar que era todo mentira sin muchas dificultades, pero la broma le cuesta doce mil ducados, un pastizal de la época, y el castigo, mayor todavía que el otro, de no poder mandar la Escuadra del Océano durante al menos cuatro años. 

Sin embargo…
En el año mil seiscientos veintiséis ya le encontramos como Almirante General del Mar Océano. 
España no podía prescindir de un hombre así por muchas envidias que despertase. Su admirado amigo, Filiberto de Saboya, había intercedido por él ante el Rey y éste le había escuchado:
- Oquendo es lo mejor que tiene la Armada, y diría que todo el Ejército, Majestad…
- Dicen tantas cosas sobre él, Filiberto…
- ¡Mentiras y calumnias, Felipe!

- Es indisciplinado, cabezón, deslenguado...
- Es el más valiente y leal soldado de su Majestad…

- ¡Ummmmmmmm!, veremos…

Dos años después el Almirante Oquendo, sin esperar permisos reales ni 
burocráticos pepinos en vinagre, reúne a toda prisa barcos y hombres y los envía de urgencia hacia Fortaleza de la Mámora, que estaba asediada por los moros.
Gracias a su rapidez de acción la plaza se salva de la degollina.
Tres años después zarpa desde Lisboa, al mando de una armada que daba protección a doce carabelas portuguesas en las que iban embarcados tres mil soldados de infantería que marchaban de refuerzo a Pernambuco, cuidad que estaba en el punto de mira holandés. La flota española de protección salía muy mermada de medios y de hombres. Con pequeños galeones de apenas trescientas toneladas y cañones de "a ocho" y de "a veintidós". La Capitana era el galeón “Santiago”.

El día doce de septiembre de mil seiscientos treinta y uno se encontraron la flota española y la poderosa flota holandesa que mandaba el Almirante Hans Pater. Los herejes contaban con galeones de novecientas y de mil toneladas, armados con cañones de "a veinticuatro". Los holandeses, viendo el panorama, se lanzaron al ataque a toda vela, muy seguros de que arrollarían a los pequeñajos barquitos españoles y luego de postre hundirían las carabelas portuguesas que iban atestadas de soldados.
Pero se equivocaban.

El Conde de Bayolo que era quien mandaba manda la infantería portuguesa embarcada y la flotilla de carabelas de transporte, se ofrece muy hidalgo para apoyar a los españoles, pero Antonio de Oquendo, echando un arrogante vistazo al enemigo, muy seguro de sí mismo y de sus hombres, le grita al portugues desde la popa del “Santiago”:
- “Es poca ropa…”.

Y le ordena que arriben a toda vela hacia Pernambuco, que para eso habían venido.
De los holandeses ya se encargaría él.
Y se encarga.


Realizando una peritísima maniobra marinera, le coge el barlovento al enemigo y disparando todos sus cañones al tiempo, consigue arrimar  su nave al costado de la almiranta enemiga y la aborda sin contemplaciones. Son las ocho de la mañana las flotas se encuentran muy cerca de Los Abrojos y las aguas se tiñen de rojo y el aire se llena del olor a la pólvora quemada.

Los españoles habían aferrado el navío enemigo entre sus temibles brazos y ya no lo soltarían, al contrario apretaban y apretaban ahogando a los holandeses.
El Capitán Castillo, que mandaba la infantería embarcada española había saltado con ganchos, garfios y cabos y detrás suyo sus hombres y habían muerto casi todos mientras aferraban al holandés, pero que ahora estaba bien cogido de los aparejos. Poco a poco se van sumando a la escabechina más barcos, que pegan sus costados a las dos capitanas y se forma una melé horripilante un irreconocible batiburrillo  de velas, palos, cabos, cofas, gritos, sangre y muerte por todas partes.
Las horas pasaban y los hombres nos se cansaban de degollarse unos a otros y de disparar cañonazos a boca de jarro haciendo que saltasen las tablazones salpicadas de tripas y de restos sanguinolentos.
Sobre las cuatro de la tarde un cañonazo disparado desde el “Santiago”, cargado de estopa y de brea, consigue prenderle fuego al barco enemigo.
Ahora todo son prisas y voces apuradas en desamarrar y cortar los cabos que unen el barco español al holandés:


- ¡Corre Paco, que nos achicharramos…!

Los compañeros consiguen remolcar al "Santiago" y alejarlo de la tea en la que se estaba convirtiendo el enemigo. Muy poco después de separarse los dos barcos, el holandés revienta en mil astillas, llenando el aire de madera y trozos de holandeses, entre ellos los de su flamante Almirante.
Se captura el Estandarte de Holanda y se le hacen dos mil muertos al enemigo.

Pocos días después de la batalla se cruzarán de nuevo ambas flotas, pero el Almirante Tir, que había tomado el mando tras el fallecimiento de su Comandante, huirá despavorido pese a su superioridad en naves y en artillería. En noviembre regresará la 
victoriosa flota  a España, después de haber conseguido pararles los pies a los holandeses en el Brasil. Quien sabe si quizás hoy se hablaría otra cosa allí, que no el idioma de Saramago, de no ser por Antonio de Oquendo.


De nuevo en España y de nuevo... A la cárcel. Esta vez, nuestro Almirante visita el trullo por haberse batido en duelo en Madrid y haber dejado tieso al otro caballero. Por aquella causa y entre unas cosas y otras -le buscaba la ruina su carácter noble y sincero- lo dejan “hibernando” en la Isla de Mahón, como Gobernador. 
Para entretener la espera, Antonio de Oquendo ordena que se repararen y mejoren las fortificaciones y las dota con artillería que trae él mismo desde Nápoles. Y que paga, ojo.
El año mil seiscientos treinta y nueve le vuelven a entregar el mando de una escuadra que, junto a la de Escuadra de Dunkerke, debería llevar refuerzos y caudales hasta la lejana Flandes. Una travesía que resultaba muy peligrosa, casi suicida.

A la altura de Calais les estaban esperando los holandeses con una inmensa flota que habían dividido en dos grandes cuerpos, sumaban noventa galeones pesados y veinte brulotes incendiarios.

Durante tres intensos días de septiembre se combatiría en el mar sin apenas descanso, persiguiéndose con saña unos a los otros, atacando los holandeses y defendiéndose los españoles como gatos panza arriba. Tras los tres días no quedaba otra opción que la de refugiarse en el puerto amigo -en aquel momento, lo era- de Las Dunas, en la costa inglesa, para reparar las averías y evaluar los daños y las opciones que se tenían. Aunque, la única opción posible estando Antonio de Oquendo al mando, era la salida al mar, el cumplimiento de la misión o la muerte en el intento.
Así que, reparadas averías y contada la pólvora, se sale, a despecho del bloqueo holandés y de su superioridad numérica. ¡Con dos cojones!

Los españoles consiguen burlar el bloqueo se y entregar en los puertos amigos los caudales y los refuerzos.
Se habían perdido en la pelea cuarenta y pico barcos. El galeón “Santiago” había sido acosado y perseguido por toda la flota holandesa, pero ninguno había podido atraparlo, muy al contrario, el “Santiago”, con Oquendo en el alcázar, había echado a pique o dejado maltrecho, a todo barco holandés que se le había acercado demasiado.
Cuando el "Santiago" consiga llegar a puerto amigo, se podrán contar en sus tablazones mil setecientos impactos de cañón de todos los calibres. Mil setecientos cebolletazos, pardiez…
Por eso el Almirante holandés, cuando le preguntaron la razón por la que no se había podido capturar al barco español, sencillamente contestaba:


- “La Capitana Real de España, con Don Antonio de Oquendo al mando, resulta invencible”

Ahí queda eso…

Sin embargo Antonio cuando llega a las costas españolas tiene la salud muy quebrada, aquejado de fiebres que se lo llevan poco a poco mientras empapa trapos y más trapos de sudor. Cuando costea cerca de su Pasajes natal, algunos oficiales viendo su grave estado le ruegan que entre en puerto y que se vaya a su hogar, que estaba allí mismo, a dos pasos.
Pero él se niega en redondo. Su misión era llevar el barco hasta La Coruña y hasta allí lo llevaría. Corría el año mil seiscientos cuarenta.

Postrado en la cama y con la Parca a su lado esperando para llevárselo, Antonio de Oquendo escucha unos cañonazos.
Son las salvas disparadas en honor a la procesión del Corpus, el valiente marino, pese a la debilidad y la postración, se yergue sobre las sábanas empapadas empujado por su heroico resorte:
- ¿Enemigos...?- pregunta inquieto al oír los cañonazos- ¡dejadme ir a la capitana para que defienda la armada…!

Tenía sesenta y tres gloriosos años. 
Don Antonio de Oquendo y Zandategui se llamaba. 

Y yo, ¡pardiez!, jamás me había sentido tan orgulloso de mi nombre y de poder decir que tengo, un tocayo de Pasajes.

A. Villegas Glez. 2013


miércoles, 9 de octubre de 2013

EL CAPITÁN TONI

Desde la cama se podía ver la hermosa bahía y los palos de los navíos que estaban amarrados en el puerto. 
El anciano apenas podía levantar la cabeza de la almohada, pero en un último esfuerzo, empujado por la brisa salada que entraba por su ventana, puede contemplar las velas de un “Dos Puentes” nuevecito que sale en aquel momento de la rada y desde el que se disparan salvas en su honor. 
Un buen muchacho ese Capitán- piensa el viejo.
Con el sonido, que apenas llega a los oídos sordos retumbando dentro de su corazón, el anciano muere sonriendo, navegando a toda vela hacia el mar inmenso y azul del cielo.

Había nacido hacía ochenta años en la misma tierra que ahora le despedía, la Perla del Mediterráneo, la hermosa Palma de Mallorca, era hijo de un marino mercante, Capitán de un jabeque-correo que realizaba la peligrosa ruta entre Mallorca y la Península.
Una travesía que estaba infestada, desde hacía siglos, de piratas berberiscos que asolaban las costas españolas y mantenían en vilo a cualquier embarcación que surcara el mar.

Desde que adquirió la altura necesaria el pequeño Antonio, que así se llamaba, acompañaba a su padre en los viajes y así, desde el humilde oficio de grumete, fue ascendiendo, trabajando muy  duro, en la escalilla marinera.
Con diecisiete años era ya Tercer Piloto y con apenas dieciocho debió hacerse cargo de la embarcación de su padre cuando este muere de forma fulminante.
Muy pronto se correría la voz por todas las islas de que el joven Capitán Toni no se cortaba ni un pelo a la hora de abordar enemigos y que jamás rehuía un combate.

En el año mil setecientos treinta y ocho, su patache es atacado por dos poderosas galeazas sarracenas que le doblaban en artillería y dotación. Lejos de rendirse o de huir, la tripulación española dirigida por su bravo capitán, pelean como unos jabatos, rechazando los abordajes otomanos y cañoneando muy de cerca al enemigo, al que no le queda otra que huir espantado, vapuleado y con una de las galeazas escorada y a pique de hundirse tras recibir una soberana paliza de los marinos del Capitán Toni.
Por esta acción el mismo Rey nombra al valeroso mallorquín, Alférez de Fragata, pero sin derecho al sueldo...

Su fama de buen marino y mejor soldado crece por todo el Mediterráneo. El Capitán Toni tiene veintiún años, su barco se había convertido en el terror de los berberiscos y su fama empezaba a despertar la envidia entre algunos oficiales de la Real Armada.

En 1748, después de haber estado muchos años combatiendo contra los piratas siempre con buen tino y mano firme, el Rey decide darle el mando de cuatro Jabeques y lo asciende a Teniente de Fragata.
Su misión era la de unirse en Cartagena con Julián de Arriaga, que tiene el mando de la flota conjunta y con ella buscar y destruir una flotilla pirata que andaba dando mucho por saco en aguas españolas, causando daños y temor entre las poblaciones costeras.

Más o menos a la altura de Altea los jabeques, rápidos y letales, del Capitán Toni encuentran a la flota pirata berberisca y sin dudar se lanzan al ataque. 
Los piratas huyen espantados al ver recortarse contra el sol la figura del Capitán agarrada a un cabo de su barco. 
Ningún pirata quería vérselas con el Capitán Toni y sus hombres.

Justo al regreso de esta expedición y recién desembarcados en el puerto de Figueras de Mallorca, ven pasar a lo lejos algunas naves piratas que remolcaban a una presa española.
El Capitán Toni salta de inmediato dentro de su barco, llevándose a una Compañía de Granaderos para que pudiesen practicar el arte del abordaje y la pelea en la mar. 

Con ellos y su tripulación sale de inmediato en persecución de los barcos enemigos.

Muy cerca de la isla de Cabrera le dan caza al barco que remolcaba al español y lo abordan sin contemplaciones, matando a la mitad de los turcos y llevándose cautivos a la otra mitad, liberando la nave capturada y a los galeotes cristianos que se habían salvado tras la batalla. 

Por esta acción fue ascendido a Teniente de Navío. Seguía sin oler ni un duro del sueldo que, como militar, le correspondía.

Nuestro héroe continúa con su humilde trabajo de correo y transporte entre las Baleares y la Península.

En uno de aquellos viene y va, junto a la desembocadura del río Llobregat se encuentra ancladas a dos galeazas turcas. 
El jabeque se lanza al ataque y destroza a cañonazos a una de las naves enemigas, luego la abordan a sangre y fuego. 
Mientras la otra galeaza huirá despavorida, espantados sus tripulantes y a todo remo.

El Capitán Toni será recompensado con su ascenso efectivo y su inclusión en la escala del Cuerpo General de La Armada, cosa que no agradará en absoluto a los estirados e ilustrados oficiales que habían empezado sus carreras como Guardiamarinas.

Pero pese a las envidias y las palabrerías, pese al desprecio que sentían muchos hacia su persona, le tildaban de cazurro, de iletrado y de mil cosas más, en el año 1761 fue ascendido a Capitán de Fragata.

Toni seguía a lo suyo, que era desjarretar sarracenos, mandar sus naves a pique y limpiar las aguas españolas de toda aquella escoria. 
Y se aplicaba a ello con eficacia y profesionalidad, causando estragos entre los berberiscos, admirando al pueblo y a los marinos que servían bajo sus órdenes, a los que trataba siempre con benevolente cariño, aunque les exigiese, a gritos en medio del combate, que se dejasen los huevos si era preciso.

Con sus tres Jabeques Reales sembrará el terror entre los argelinos y los piratas berberiscos. El Capitán ataca siempre, aún estando en inferioridad numérica, y sus victorias resonarán por todo el Mediterráneo y por toda España.
En una década conseguirá hundir más de una veintena de naves enemigas y dañará gravemente a cientos de ellas, capturando miles de prisioneros y liberando otros tantos cautivos cristianos.

En el año mil setecientos setenta y nueve, el Capitán Toni será ascendido a Capitán de Navío en agradecimiento a sus servicios a la patria.
Él seguía con su humilde, callada y efectiva labor de transporte y de corsario. Celebradísima fue su arribada al puerto de Cartagena trayendo a más de mil seiscientos berberiscos encadenados y más de mil galeotes cristianos liberados de los remos sarracenos.

Acude en socorro del Peñón de Alhucemas, que había sido tomado por los moros, y a cañonazos, pues su fuerza no era suficiente para un desembarco, logrará expulsar a los enemigos de España.


Esto sucedía en el año 1775, el mismo año en que el Rey de España, que era la única nación europea que pretendía limpiar el Mediterráneo de piratas, manda una expedición, al mando del General González de Castejón, de unos dieciocho mil hombres contra Argel, que era la capital y base principal de los piratas mediterráneos.


El convoy de transporte lo mandaría el Capitán Toni, que no estaba el hombre muy convencido sobre la viabilidad de los planes para el desembarco, que los dos lumbreras que iban al mando habían trazado.
Y no se equivocaba.


A pesar de haber metido sus barcos hasta aguas tan someras, que iba el marino de la sonda gritando las medidas con la cara de canguelo, esperando escuchar la quilla clavarse en el fondo para dejarlos a todos allí en medio de la bahía, como a patos de feria a merced de las baterías sarracenas. 

Aunque el Capitán Toni consigue acercar sus barcos hasta casi las mismas playas, sus temores se hacen realidad y la operación se torna en desastre.
El General O´Reily, que mandaba las tropas de tierra y el General Castejón empiezan a dar órdenes confusas y contradictorias, la mayoría de las piezas de artillería se pierden en el desembarco y los moros empiezan a lanzarse en oleadas contra los nuestros. 
Una marabunta que cargaba contra las tropas que habían conseguido desembarcar y que se defendían como podían buscando reembarcar y largarse de allí.

Lo Jabeques del Capitán Toni lograrán salvar miles de vidas con sus cañones arrimados más todavía a la orilla -al de la sonda le dio un patatús- para proteger la retirada. 
Gracias a su pericia y su valor, gracias a su sangre fría, aquello no se convirtió en el desastre total que pudo haber sido.
Esta acción de guerra, por fin, le granjea el respeto y el aprecio de algunos oficiales de la Armada. 
El Rey le nombra Brigadier.

En 1779, España intenta recuperar el Peñon de Gibraltar de manos inglesas, será el último gran intento -por ahora- y casi lo logramos.


Fue posible gracias al ingenio de un hombre al que muchos despreciaban por creerle un inculto y un patán al por no haber pasado por la Real Academia Naval. El viejo Capitán Toni, lobo de mar, medio sordo a causa de los miles de cañonazos que habían soportado sus tímpanos sobre las tablas de sus barcos, el viejo Toni, acuchillado en mil combates contra los piratas, se inventa la Lancha-Cañonera.

Consiste en un bote de catorce remos y vela latina en el que se mete un cañón de a veinticuatro, el más gordo que se podía, sobre una plataforma giratoria, a la barca se le instala un parapeto abatible que sirve para proteger a los remeros de los mosquetazos enemigos y se le clavetea una plancha de hierro con el mismo objetivo. 


Las carcajadas de los ingleses, de los propios españoles y de todos los extranjeros que habían acudido desde toda Europa para asistir al asedio -hasta boletos vendía el Rey en el Palacio de Oriente- se pudieron escuchar en toda la Bahía de Algeciras.

El viejo marino se había vuelto loco, puesto que aquellos endebles botes serían barridos por la eficaz artillería inglesa, eso al menos decían los escépticos, que eran casi todos.
Pero todos se equivocaban.

Después de las primeras noches tras los ataques de las cañoneras, ya nadie se reía. 

Los ingleses menos que nadie.

Porque se volvían locos izando las velas a toda prisa para poder huir ante unas embarcaciones que, viniendo de proa, resultaban inalcanzables para sus artilleros. 
Llegaban en la oscuridad cañoneaban, se retiraban, recargaban y atacaban de nuevo… Y así noche tras noche, hostigando a un enemigo que ahora no tenía más remedio que enseñar sus altas popas ante las humildes, pero efectivas, lanchas cañoneras.

Sin embargo la inquina y la envidia española empañan el gran éxito del Capitán Toni.
Haber llegado hasta General desde simple grumete no se lo perdonarían algunos de los más estirados y remilgados oficiales de la Real Armada.
Su trato hosco y suspicaz, porque era sordo del todo o casi, sus pocas ganas de cumplir con los protocolos y las etiquetas no le granjeaban más que estúpidas antipatías. 

Sin embargo era muy querido y admirado por el pueblo y por la marinería.
Hasta una copla le compusieron...

El nuevo mando de las tropas, el Duque de Grillón, llevaba secretas instrucciones para evaluar la capacidad en el mando del Capitán Toni. ¡A aquellas alturas!, pero así eran -son- las cosas de España.
El Duque, tras una larga entrevista con el Capitán, se queda tan impresionado por el hombre que tiene delante que, desechando habladurías y envidias, envía al Rey un informe muy favorable recomendando su ascenso a Teniente General de la Armada.

En el año 1783, el nuevo y flamante General encabezaba la nueva operación de castigo contra Argel. Esta vez no habría desembarco, solamente el bombardeo intenso hasta reducir la ciudad a escombros si era preciso.

El Capitán Toni contaba con un moderno navío, varios jabeques, brulotes incendiarios y sobretodo llevaba sus queridas lanchas cañoneras.

El primero de agosto la escuadra abrió fuego contra La Plaza de Argel.
Se hunden a cañonazos a los barcos enemigos que intentaban acercarse a la flota española y se sigue bombardeando la ciudad hasta que se le agotan las municiones a las cañoneras.
Los días siguientes la operación se repetirá. En Argel, que ardía por los cuatro costados, el pánico se había apoderado de la población, había mucha destrucción, mucha de la artillería de las defensas destruida, mucho muro derruido y mucho muerto por las calles.

La flota española regresa a Cartagena para rearmarse y reparar los pocos daños sufridos. Desde Trípoli los piratas berberiscos se apresuran a enviar emisarios para solicitar la paz a España.

Y que al Capitán Toni no se le ocurra darse una vueltecilla por allí...

Los de Argel, sin embargo, resultan más duros de pelar, refuerzan y reparan sus fortificaciones y contratan asesores ingleses para que les ayuden, al tiempo ofrecen recompensas de millones de cequíes por cada barco español hundido. Alentados los piratas lograrán capturar varias naves cerca de las Baleares.


El Capitán Toni, en Cartagena, recarga sus barcos hasta los topes de pólvora y balas de cañón.
La flota española llegará de nuevo a los muros de Argel, el diez de julio de 1784. E
l día doce se abre fuego sobre la ciudad.

La armada de setenta naves, muy bien preparadas y artilladas, que salió al encuentro de los barcos del Capitán Toni, fue rechazada con grandísimos daños, al ser vapuleadas las naves enemigas por la línea de cañoneras. Ni asesores ingleses, ni gaitas escocesas. Los de Argel estaban perdidos.
Contra la ciudad se desata una tormenta de hierro y fuego.
Las llamas consumen buena parte de la ciudad y del puerto.

El veintiuno de julio, Argel, aquel nido de piratas en dónde hasta el gran Cervantes había estado cautivo, no era más que un montón de casas ardiendo y de defensas derribadas, con miles de muertos y heridos arrastrándose por las calles.

La flota del Capitán Toni regresa a casa tras haber cumplido su misión.

Argel y Túnez envían propuestas de paz de inmediato. 

La piratería en el Mediterráneo había muerto. Al menos hasta que llegase el periodo de las guerras napoleónicas en Europa y resucitasen los berberiscos en sus viejas costumbres y tuviesen que venir los norteamericanos a arreglar el asunto.

Después de terminar la exitosa campaña el Capitán Toni, que ya es General desde hacía tiempo, recibe el visto bueno del Rey para que pueda cobrar su soldada -¡ya era hora, redios!- su estipendio de militar que le llevaban negando desde que lo habían metido en la Escala. O desde antes.

¡Pardiez, solamente en atrasos le debían un Potosí…!

Tenía ya setenta y tres años, la cara marcada por las heridas, sordo como una tapia y a pesar de su carácter noble y bondadoso, estaba siempre en la mala boca de los estirados y los niños pijos de la Armada, aquella que él tanto amaba y de la que sabía más que casi todos aquellos estirados, que sólo servían para lamer las pelotas al Rey.

Estaba viejo y cansado y decide retirarse a su maravillosa isla mediterránea, ahora en paz con la amenaza sarracena finiquitada, por fin, después de tantos siglos.

Pero el deber pronto le reclama.

Una fragata acude en su busca con instrucciones de que acuda corriendo hasta Algeciras, allí deberá tomar el mando de una flota que estaba siendo preparada para socorrer a la ciudad de Ceuta, que había sido atacada y estaba bajo asedio.

Pero para cuando llega resulta que ya hay de por medio unas supuestas negociaciones de paz, pero el Capitán Toni, que conoce muy bien al enemigo no se fiaba ni un pelo.

Así que de incógnito se acerca hasta Ceuta y revisa las fortificaciones y los preparativos que estaban haciendo los marroquíes.

Se da cuenta de la treta enemiga y previene a todo el mundo de que los moros iban a atacar, pero nadie le hizo ni puñetero caso, hasta que los sarracenos rompieron los acuerdos y atacaron sin contemplaciones.
Para agraviar más todavía a nuestro viejo héroe, los detractores y los envidiosos, consiguen que el Rey nombre como Jefe de la Expedición al General Morales de los Ríos.

Y eso a pesar de que habían ido a Mallorca expresamente en su busca. Debió destrozarle el alma aquello.

Encima y para echar más sal a la herida, el Rey lo pone al mando de una escuadra menor que estaba atracada en Algeciras. 

Una escuadra que no se moverá de allí mientras duren las hostilidades con los marroquíes. 
Y al de Los Ríos lo nombra Conde de no sé qué, encima.


El viejo capitán regresaría cabizbajo a su tierra. Los años que le quedaban los pasaría escuchando las mentiras que propagaban sobre su persona, acuchillada su figura por los de siempre. Y morirá sin los honores que tanto se mereció.

Una tumba en la Capilla de San Antonio de la Parroquia de la Santa Cruz y una placa en el Panteón de Marinos Ilustres. 
Y date con un canto en los dientes, Toni.

También había una coplilla salida del pueblo, del que procedía, algo que jamás le perdonaron los déspotas ilustrados y los estirados hijos de los marinos de postín.


La copla cantaba:

“Si el Rey de España tuviese cuatro como Barceló, Gibraltar sería de España, que de los ingleses, no”

O algo así decía la coplilla. Para un humilde marinero que desde grumete había alcanzado el grado de Almirante de la Armada de España, aquel era el mejor homenaje, el mejor recuerdo.

A los estirados, de ayer y de hoy, que no saben ver, ni aceptar, ni comprender: 
¡Qué los J...!

Eso habría dicho el malhablado, generoso y valiente, Don Antonio Barceló y Pont de la Terra, que así se llamaba nuestro héroe.

© A. Villegas Glez. 2013





viernes, 9 de agosto de 2013

¡YO SOLO! LA VIDA DE UN VALIENTE

Bernardo de Gálvez y Madrid nació en la provincia de Málaga en el seno de una familia con rancia tradición militar, tanta que el joven Bernardo con sólo quince años se marcha voluntario a la guerra contra Portugal del año 1762. Durante la contienda consigue por méritos en combate el grado de Teniente.
También las malas lenguas empiezan, ya desde tan temprana edad, a acusarle de medrar y escalar a costa de sus relaciones y contactos familiares. Sin embargo, a pesar de las habladurías malintencionadas, Bernardo de Gálvez se había ganado sus galones en batalla peleando cara a cara contra el enemigo.

Lo volvería a demostrar con creces en su nuevo destino de la provincia de Nueva Vizcaya. Allí combatirá a los peligrosos y valientes Apaches en su propio terreno, el desierto.
Durante la campaña demostrará su firmeza de carácter y su temple extraordinario.
Preparada una expedición contra los indios a sus soldados se les veía reticentes y temerosos, a ninguno le hacía demasiada gracia aquello de internarse en el duro desierto para exponerse a que, desde cualquier peña o barranca, saltase un indio para degollarlos de oreja a oreja.
Gálvez miraba con desprecio a sus tropas, luego espoleó su caballo para gritar:

- ¡Me iré yo solo si no hubiera quien me acompañare!

Y sus soldados, avergonzados, le siguieron. 

Cerca del río Pecos -el de las películas del Oeste- derrotaría severamente a los indios pero recibirá en el lance heridas gravísimas pues Bernardo siempre era el primero de sus soldados, el más valeroso, el que más se arrimaba al peligro dando ejemplo a sus enardecidos hombres.
Logrará reponerse de sus heridas solamente gracias a la fortaleza de su juventud y su férrea y casi sobrehumana voluntad.
Cinco años se pasaría entre las peñas, la arena, los cactus y los indios, cinco largos años temiendo por su cabellera, aunque también él era muy temido y muy respetado por todas las tribus indígenas.

Pasado este tiempo regresa a España para incorporarse a su nuevo destino: una Compañía de Cazadores con la que, de inmediato y sin apenas descanso, se embarca con rumbo a Argel formando parte de la desastrosa campaña que mandaba el General O´Reilly.
Al frente de sus Cazadores y de nuevo herido muy grave, resistirá los sangrientos asaltos sarracenos a su posición negándose a ser evacuado. Por los méritos contraídos durante la campaña asciende a Teniente Coronel. Bernardo de Gálvez tiene veintinueve años.

Pasará todo el siguiente año como profesor en la Academia de Ávila, en la que recibe su ascenso a Coronel.
Su nuevo destino sería el Regimiento Fijo de La Luisiana con base en la ciudad de Nueva Orleans.

Nada más llegar contrae matrimonio con una 
joven y hermosa viuda de la más alta aristocracia local, y partir de este momento de su vida es cuando empieza a convertirse en la pesadilla que será, de aquí en adelante, para los ingleses.
Comienza su tarea limpiando las costas americanas de contrabandistas y de navíos corsarios enemigos. Desde el primer momento ayuda y alienta el alzamiento de las Colonias Norteamericanas y permite que en todos los puertos españoles se comercie abiertamente con los rebeldes y que se les faciliten armas, pólvora y alimentos.

Los ingleses, como pueden imaginar, estaban que trinaban por todo aquello, pero Bernardo de Gálvez que era avispado, audaz y con mucha visión de futuro, tiene el plan de adelantarse a la guerra que sabe inevitable entre España, Francia e Inglaterra y con los yanquis de por medio.
Así que para el año 1779, Gálvez había reforzado las defensas de Nueva Orleans, alzado planos y mapas de todo el territorio y acerrojado sólidas alianzas con los indios vecinos que admiraban el valor y el temple, así como las maneras respetuosas y educadas de don Bernardo.


Sin pensárselo dos veces organiza un heterogéneo ejército formado por blancos, mestizos, negros e indios y con ellos se lanza al ataque contra las posesiones británicas en el río Misisipi.
El primero en caer es el “Fuerte Manchac” y no existen crónicas inglesas sobre lo sucedido porque ninguno logró salir vivo de allí.
Después venía un hueso mucho más duro de roer: la fortaleza de Baton Rouge, que contaba con empalizadas, zanjas y poderosos cañones. 
El fuerte era una posición vital para los hijos de la Pérfida.
Gálvez idea una estratagema y ordena un ataque frontal, casi suicida, a una parte de sus tropas. La otra parte mientras excava una trinchera hasta la misma espalda del enemigo, luego se emplazan allí los cañones que empiezan el bombardeo sistemático y preciso sobre los ingleses. 
Contra todo pronóstico los del ataque suicida habían logrado llegar hasta los muros e impasibles al fuego habían casi logrado escalar los adarves con los ingleses aterrados ante la imparable segadora española. Un día lograrían resistir los hijos de Su Graciosa bajo el certero fuego de la artillería y los mosquetes:

- ¡Capitulation, please, Mr. Gálvez…!

Con la caída de Baton Rouge el dispositivo inglés en el río Misisipi se desmorona como los naipes de una baraja y uno tras otro los fortines y embarcaderos ingleses se rinden ante las tropas de Gálvez.
Cuando la expedición regrese, con Bernardo de Gálvez a la cabeza, Nueva Orleans les recibirá como se recibía antaño a los césares en Roma.
Gálvez será ascendido a Mariscal de Campo por su intrépida acción.

Pero el bravo malagueño no quería detenerse ya que aquello era solamente el principio de un ambicioso plan. Así que sin apenas descanso congrega a mil doscientos hombres y ataca sin miramientos la ciudad inglesa de Mobile.
¡Con dos cojones!

El General inglés Campbell, que era el gobernador de la Florida además de arrogante y presuntuoso, al entrarse del osado movimiento español sale a la cabeza de sus casacas rojas desde Pensacola y muy dispuesto a destruir al ejército de Gálvez. Los ingleses sin embargo ni fuerzan la marcha ni se apresuran deasiado, Campbell no se despeina por ir en auxilio de sus camaradas ya que el Fuerte Charlotte era inexpugnable, o eso pensaba él.

En Mobile los españoles habían comenzado el asedio atacando el supuestamente inconquistable fuerte con tanto ímpetu y ardor que muy pronto había una brecha enorme en la muralla y una turbamulta inmensa de españoles, mestizos, negros e indígenas colándose en masa por ella y degollando ingleses a mansalva.
Desde la lejanía y con su moderno catalejo el general Campbell, que había llegado tarde y mal, contemplaba la caída de Fuerte Charlotte, (el mástil que sostenía la bandera-¡Crac!- se partía en aquel mismo instante), y solamente le quedaba la opción de retroceder y de rezar mucho para que los ojeadores del ejército de Gálvez no localizasen a sus tropas y los españoles les hicieran pedazos.

La toma de Mobile resultaría una victoria aplastante, arrolladora, pero el impetuoso y valiente Mariscal de Campo quería continuar hasta la misma Pensacola.
Pero era un plan demasiado ambicioso.
Mucho hueso para tan poco perro y por eso emprendería viaje hasta La Habana para solicitar a sus superiores más hombres, más barcos, más armas y más pólvora.

En Cuba deberá librar otra guerra más silenciosa pero no menos mortal, la batalla contra las envidias y los celos que provocaban su persona. 

Decían de él sin razón que era un advenedizo que gozaba de un grado que no merecía y que se servía de su influyente familia para alcanzar los fines de su desmesurada ambición.
Era cierto que su padre es Virrey de México y un tío suyo Consejero de Indias y es cierto también que en aquella España, igual que en la de ahora, quién no tenía padrinos no se casaba y que la envidia era "mu mala", porque familia aparte, lo que resultaba innegable era que sus galones los había pagado con su propia sangre combatiendo en primera línea contra los enemigos de España, algo que no podían decir ni uno de sus muchos enemigos. De todos los hombres que habían servido bajo su mando, que eran muchos y muy distintos, a ninguno nunca se le habían escuchado otra cosa que alabanzas hacia su persona y su talento militar, y hasta entre sus enemigos causaba admiración y gozaba de enorme prestigio aquel personaje singular que habían parido las hermosas sierras malagueñas de la Axarquía.
El valor y la inteligencia de Bernardo de Gálvez estaban fuera de toda duda pero sus intentos de poder llevar acabo sus audaces planes chocaban una y otra vez contra la muralla de burocracia y papeleo que sus enemigos le imponían.
La España del papel y las sanguijuelas, de los emboscados de Palacio y de las Cortes envilecidas. Las malas lenguas afirman que hasta el mismo Rey había tenido que meter mano en el asunto, y por fin, después de dos meses largos desde la gloriosa toma de la ciudad de Mobile, una flota salía desde La Habana con rumbo a Pensacola con la sana intención de arrebatársela a los ingleses.

Pero la mala fortuna se cebaría con la expedición y un huracán dispersa y destruye la flota española. El intento había fracasado antes de empezar.
Mientras los ingleses intentando aprovecharse del desastre de la armada, atacan Mobile, pero una vez más en nuestra historia se lograría el milagro y unos pocos, apenas cuatrocientos soldados y milicianos, rechazaron el asalto de mil trescientos ingleses a base de valor, de heroísmo y de sacrificio. Nada era gratis para los españoles que con su sangre pagaron que la ciudad continuase en manos de La Corona.

De nuevo despachos y escribanos esperaban al malagueño. 

Pero ésta vez la todopoderosa Francia presionaría -y mucho- para que los planes del prestigioso y joven Mariscal de Campo español, al que respetaban y admiraban en París, se llevasen a buen término. 
Los franceses estaban pasmados por la competencia profesional y el valor desmedido de nuestro compatriota:
- ¡Oh, la, la, pag de huevos! -decían.

Así en el año 1781 salía la nueva armada desde La Habana y con el mismo objetivo que la anterior, la toma de Pensacola.
La flota la mandaba el Almirante Calvo de Irazábal y Bernardo de Gálvez al frente de las tropas de tierra.

La bahía de Pensacola estaba defendida por el Fuerte San Carlos y una batería de cañones de calibre grueso que estaban destacados en la isla de Santa Rosa, además contaban los defensores con barreras defensivas en las que un navío podía encallar y convertirse de esta manera en blanco fácil para las baterías inglesas.

Gálvez al frente de sus tropas de marina desaloja a la bayoneta a los artilleros ingleses de Santa Rosa y el navío “San Ramón”, buque insignia de la flota española, intenta entrar en la bahía de Pensacola, pero una mala y desafortunada maniobra hace que choque contra una de las barras defensivas y se quede inmóvil sobre el agua. 

No lo echan a pique los ingleses desde el fuerte a cañonazos porque en el último momento una racha de viento favorable lo saca del grave apuro.

Sin embargo para el almirante Irazábal sería una experiencia traumatizante y con el susto metido en el cuerpo, temeroso de perder toda su flota prohíbe que los barcos españoles intenten siquiera forzar la entrada en la bahía. Aquella orden sacaría de sus casillas al fogoso Bernardo de Gálvez.

Ambos hombres se enviaron notas y cartas muy finamente redactadas de un barco al barco porque los dos sabían que acabarían a cuchilladas si se encontrasen cara a cara.
Lo menos ofensivo que le decía Gálvez a Irazábal era cobarde y traidor pero el otro nada, oídos como tapias y sin otorgar su permiso para que los barcos entrasen en la rada de Pensacola. Pasan unos días, largos, tensos e inacabables hasta que Gálvez se levanta una mañana muy hasta los huevos de los ingleses y del almirante y l
e ordena al contramaestre de su nave -el bergantín “Galveston”- que se ice de inmediato la bandera de combate.
Todo el mundo a bordo sabe lo que aquello significa. 
Don Bernardo iba a entrar en la bahía, sí o sí y con dos cojones. 
Pero Gálvez no se conformaba sólo con eso, desde el castillo de su barco y sujetando una bala de cañón de treinta y dos libras a la altura de lo testículos y a voz en grito, para que Irazábal pueda escucharle, dice:


- “Esto es lo que reparten los ingleses del fuerte. ¡El que tenga honor y valor, que me siga!”


Impasible le da la orden a su timonel y el "Galveston", con las velas hinchadas por el viento enfila la entrada a la bahía de Pensacola a cañonazo limpio. 

Uno a uno los demás barcos de la flota le siguen por vergüenza y por el bravo ejemplo que acaba de darles aquel hombre excepcional.
El almirante Irazábal, encerrado en su cámara, regresa humillado hasta La Habana con el navío “San Ramón”.

Gálvez organiza entonces el desembarco de sus tropas para poner sitio formal al anillo defensivo inglés. Pero son unas defensas fuertes y los enemigos correosos y decididos y se torna muy complicada la situación española, sin abastecimiento, con poca pólvora y teniendo delante a un enemigo correoso y decidido que hace salidas y pelea con fiereza... Gálvez resulta herido y en el campo español empiezan a aparecer las enfermedades, pese a lo cual, los españoles no cejaban en sus ataques y sus asaltos contra las murallas guiados por el incansable Bernardo de Gálvez. Tomarían Pensacola costase lo que costase.
Y pasaban los días y la desesperanza y la derrota volaban sobre el campamento hispano cuándo de repente un día por el horizonte aparecieron las velas de una flota de refuerzo enviada de urgencia tras el informe realizado por Irazábal.

La mandaba José Solano y al ver aparecer aquel refuerzo la defensa inglesa se deshinchó como un globo.
El obstinado Gálvez lo había conseguido y Pensacola iba a regresar a manos españolas.
El día ocho de mayo se inicia el asalto definitivo contra las murallas y el nueve por la mañana Campbell solicitaba el alto el fuego y rendía la plaza.


La victoria significaría el final de la presencia inglesa en el Golfo de México y para los rebeldes norteamericanos resultaría una batalla decisiva para lograr sus objetivos. Sin ingleses de los que preocuparse por el sur, flanco cubiertísimo por los españoles del Rey Carlos, los norteamericanos podrían centrarse en asuntos tales como el de destrozar a los ingleses en batallas como la de Yorktown.

Así lo reconocerán los norteamericanos invitando a Bernardo de Gálvez al Desfile de la Independencia. Allí estaría el malagueño junto a los padres de la nación norteamericana que reconocían, aplaudían y admiraban el valor del bravo militar español y de la contribución de España a la independencia. 

En el año 1785 Bernardo de Gálvez recibe el cargo de Virrey de México. Será siempre recordado como uno de los mejores gobernantes que jamás tuvo el país, ya que mandó iluminar las calles, reforzó la beneficencia, financió expediciones científicas como las de Sessé y Cervantes, e inició las obras del hermoso Palacio Chapultepec. 

A pesar de todo el cargo era como un dardo envenenado para Gálvez. Las continuas luchas y briegas contra los envidiosos y los burócratas minaban su salud más que todas las heridas recibidas durante su ajetreada vida de soldado.
Los nervios acabarían destrozándole el estómago y moriría de úlcera sangrante el día 30 de noviembre de 1786.
Bernardo de Gálvez tenía apenas cuarenta años...

© A. Villegas Glez. 2013












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