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viernes, 22 de enero de 2016

TIEMPOS DUROS

I



Aquel contrato aunque fuese eventual y solamente cubriese unos pocos días de su maltrecha vida laboral, le había venido como anillo al dedo. Un cabo salvador en mitad del mar feroz, negro y embravecido que quería engullirlo desde hacía tanto tiempo. Un pequeño soplo de aire para las maltrechas velas de su vida.

De camino a la dirección que le habían facilitado en la oficina de empleo la mañana era fría y desapacible, con negros nubarrones que anunciaban agua para la tarde. Caminaba renegando de Dios y del Diablo mientras soplaba entre sus manos el aire poco cálido que salía de sus pulmones. ¡Maldita fuese su estampa!, se sentía tan helado por dentro y tan vacío que apenas ya nada conseguía llenar el abismo que se había abierto en sus entrañas.

A lo lejos algunas figuras pateaban la acera intentando quitarse el frío de los huesos. Allí era. Y aquellos que bailoteaban el tango helado del desempleo y la desesperanza eran los que iban a convertirse, durante unos días, en sus compañeros:

- Buenos días- dijo, educado pero frío y distante. Solo dos de las cuatro personas respondieron a su saludo:

- Buenos días…

Comprobó con media sonrisa dibujada en el rostro helado que los otros, que llevaban allí más rato y ya habían roto el primer hielo, le miraban curiosos.
Alargó un instante el momento de hacerlo, ese segundo en el que unos y otros dejaban de mirarse de reojo y con desconfianza para pasar a empezar a convertirse en camaradas y que cada cual ocupase el lugar que le correspondiese en el entramado social del grupo:

- ¿Estáis aquí por lo del curro…?- preguntó.

- ¿A ti también te envían los del paro…?- le preguntó a su vez el que parecía haber adoptado el papel de líder. Un hombre mayor, delgado y de tez agitanada al que quizás era mejor no encontrarse en esquinas oscuras.

- Claro… Presentarse aquí tal día a tal hora… ¿Sabes de qué va la faena…?- el hombre se dirigía al de la piel aceitunada.

- Pues ni idea compadre pero mientras paguen…

Al oír aquello los demás rieron afirmativos, como si el hecho de que te pagasen por tu trabajo se hubiese convertido en algo anormal y dado a celebraciones. Y, por desgracia así era en muchas ocasiones. Empresas que no pagaban, liquidaciones salariales y empresarios paseándose en Mercedes último modelo y gastando dinero a espuertas en juergas y hembras mientras los trabajadores pasaban las de Caín sin cobrar los salarios durante meses.

- Mientras paguen y coticemos para el paro…- apostilló otro que no parecía haber pasado hambre en su vida ya que era como Obelix pero sin menhir. Tampoco parecía que hubiese trabajado jamás.

El hombre de destellos verdes en los ojos que entornaba al amanecer se apartó del grupo, lió un cigarrillo y se puso a fumar contemplando cómo los rayos del sol empezaban a superar los edificios de la ciudad. Detrás los cuatro hombres seguían su conversación, que siendo españoles como eran tenía múltiples y variados temas, dándose la circunstancia de que cada uno de ellos se declaraba experto, entendido y catedrático.
Todos los españoles llevábamos dentro un entrenador de fútbol, un Capitán General del Ejército y un Presidente de Gobierno. Y así lo dejábamos ver en cada discusión y cada debate. Y así nos iba, claro.

Al poco rato la gruesa puerta de madera que daba a los escalones sobre los que dos de los hombres se habían sentado a esperar, se abrió entre graznidos de goznes viejos y mal mantenidos.
La mujer que asomó era pequeña y enjuta, con la piel apergaminada y los ojos brillantes y vivos tras unas gruesas gafas que parecían tan viejas y antiguas como ella misma.
Miró a los cinco hombres de arriba abajo chasqueando la lengua con indisimulado desprecio. Luego, seca como el aire que ahora corría por las calles, preguntó:

- ¿Alguno de ustedes lee libros…?

Dos hombres levantaron la mano como escolares obedientes. Uno de ellos era el gordo lo que sorprendió al otro que había alzado el brazo, al de los destellos verdes en los ojos.
La mujer les miró con algo más de atención, explorando sus rostros con paciencia de indígena precolombino y pareciendo satisfecha con lo que encontró, pues, esbozando una metáfora de sonrisa, dijo:

- Bien, ustedes dos conmigo a empaquetar los ejemplares… Ustedes tres los acarrearán hasta el patio y el furgón…

De aquello se trataba… Bien, no estaba tan mal… Libros y legajos y vaya usted a saber qué más cosas se encontraban allí dentro. Al hombre una sonrisa de niño curioso le endulzó el rostro curtido. A la vieja de las gafas el detalle no le pasó inadvertido.

Aquel lugar era enorme… Los estantes llegaban casi hasta el techo, que estaba rematado por viejas vigas de madera llenas de telarañas y polvo acumulado de siglos, de ellas colgaban los tubos fluorescentes cuyos soportes estaban cuajados de roña y moscas muertas de hacía décadas, los estantes eran también de madera antigua y el lugar despedía un olor dulzón, a papel pudriéndose desde hacía más años que todos los allí reunidos.
Algunas estanterías ya estaban a medio vaciar y había paquetes de de archivadores de los que rebosaban documentos amarillentos montados en unos carritos parecidos a los de los supermercados. Había papeles por el suelo, cajones de madera abiertos por casi todas partes y se podía sentir que el viejo edificio gemía estremecido mientras escarbaban en sus tranquilas tripas.

La mujer organizó de inmediato a los tres “porteadores”. Indicando a los hombres los carritos y el camino hacia el patio interior, un patio grande que daba al otro lado de la calle en el que esperaba una furgoneta. El conductor apenas saludó a la mujer y esta siguió con sus precisas instrucciones a los tres hombres. 

El de la tez aceitunada y peligro evidente permanecía muy atento, con los que eran ya sus dos compinches, más atentos todavía a sus órdenes.
El trabajo era sencillo. Agarrar los carros aquellos, cargarlos de paquetes y meterlos en el furgón hasta llenarlo y así durante toda la mañana, ¿fácil, no…?

El gordo y el hombre siguieron a la mujer de nuevo hasta el interior del edificio. La señora empezó a hablarle a él directamente pues era evidente que la sola presencia del mantecoso ser que les acompañaba la incomodaba y repelía:

- Nosotros tenemos que vaciar las estanterías y la sala de las máquinas y empaquetar todo lo mejor que podamos…

- ¿Sala de las máquinas…?- preguntó el hombre sin poder contener la curiosidad.

- ¡Bah!, cuatro artefactos y tres hierros retorcidos del siglo catapún… Ideas locas de hombres más locos todavía…

Cada vez que bajaba un libro, o un manojo de legajos viejos se estremecía. ¿Cuántas vidas habría en aquellos papeles que removían?, ¿cuántas personas allí representadas…?
Le habría encantado pararse un momento y leer alguno de aquellos papeles y documentos, mirar a través de los siglos en un viaje a través de aquellos escritos.
Casi todo eran documentos que pertenecían a la Universidad y a los museos de la ciudad. Expediciones, compras y ventas de piezas, burocracia a espuertas, exposiciones, relaciones de colecciones…
Casi todo eran cosas sin valor que iban a ser digitalizadas antes de que se perdiesen para siempre carcomidas por las ratas y el tiempo. Había muchos libros, no ejemplares raros o valiosos, pero sí había infinidad de ediciones de libros de texto que había usado la Universidad en sus clases o enciclopedias desfasadas, había colecciones de clásicos abandonadas allí, literatura española y universal que se pudría en los estantes sin oportunidad de ser leída.

Sobre las once de la mañana abrieron la sala de las máquinas…
Fue decepcionante, claro, como había dicho la mujer , ya que allí adentro solamente había basura.
Unos globos terráqueos oxidados, algunos hierros y alambres irreconocibles, bidones arrugados, pipetas y utensilios de química y laboratorio, unos estantes metálicos que sostenían oscuros botes llenos de cosas irreconocibles, paneles de mariposas e insectos llenos de polvo y al fondo algo que era clavadito al generador de corriente de la película del hombre de Frankestein.

Así lo había descrito el gordo muy acertadamente, tanto que la vieja le miró por primera vez sin desprecio en el mentón.

- Qué cosa tan extraña éste artefacto… No debería estar aquí… No toquen nada, voy a avisar al Profesor…

Sin embargo la atracción sobre el extraño objeto se había apoderado del obeso que, apenas hubo salido la mujer de la sala de las máquinas, se acercó hasta el aparato y comenzó a pulsar botones y a mover palancas. 
Al principio no sucedió nada…

Luego un destello, como el del sol irrumpiendo de golpe en una habitación oscura, cegó el mundo y un bramido, como el de un oso herido de muerte, rasgó la tierra.
El hombre había estado a punto de decirle al gordo que no tocase, pero, ¿para qué decir nada si no le iba a hacer ni puto caso?, ahora se veía empujado hacia atrás por una fuerza sobrehumana y manejado como un muñeco de trapo por la onda expansiva. 
Del gordo, pensaba, no habrá quedado ni una uña…

II

El pitido agudo que inundaba su cabeza, poco a poco, fue decreciendo. Escuchaba voces a su alrededor y sentía manos recias que movían su cuerpo:

- Es español y católico…

- ¿Cómo lo sabe vuestra merced…?

- Porque llevaba esta medalla de la Virgen… Y ha hablado en castellano, aunque muy raro, eso si, muy clarito...

Las voces llegaban a él amortiguadas, como si los que hablasen estuviesen a centenares de metros cuando las dos figuras estaban casi encima suyo, detrás otros bultos se movían entre la sombra y la bruma de la inconsciencia.
Recorrió su cuerpo con las manos, alegrándose de encontrar intactos los brazos y las piernas, luego al abrir los ojos se encontró ante dos rostros barbados, sucios y malolientes que le miraban curiosos y precavidos:

- Bienvenido al mundo, camarada…- la voz era de trueno y, aunque había entendido perfectamente el idioma, este le había parecido antiguo, de otra época que él solamente había conocido en los libros.

- ¡Agua…!- pidió, con una sed que de golpe le exigía el líquido elemento desde cada poro de su cuerpo.

Alguien le alcanzó una desportillada jarra de barro que contenía un agua de color indefinido que el hombre bebió sin miramiento hasta notar la boca terrosa y los dietes llenos de arenilla. 
Escupió sobre el suelo mientras los dos hombres, que se habían incorporado y le miraban en pie con cara de sorna, reían sin disimulo:

- Primera lección en Flandes. El barro si no es de vino no se vuelca del todo, camarada…

El hombre que había hablado era pequeño y recio, con una barba bermeja que se partía en mitad del rostro con una fea cicatriz, los ojos vivos e inteligentes no dejaban de buscar en todas direcciones y la voz tenía un acento norteño que al hombre le había parecido de Galicia o por ahí. 
El otro hombre, más alto y delgado tenía los ojos grises igual que el pelo y la mirada tranquila de quien estaba ya de regreso de todo. Una banda roja, desgastada y zurcida, cruzaba el pecho del hombre.

- ¿De dónde ha salido vuestra merced…?- preguntó.

El hombre, que empezaba a sospechar en qué lugar del mundo, y sobre todo, en qué época se encontraba, miró al hombre recio y luego al hombre alto, se sentó en el jergón de paja húmeda y miró a su alrededor. 
Los ojos ya se habían habituado a aquel ambiente de penumbra y sombras, el olfato aún tardaría en acostumbrarse al hedor mezcla de sudor, sangre, heces, vómitos, cebollas, ajo, vino rancio y miseria que inundaba la estancia, alumbrada pobremente por velas de sebo, en la que se encontraba.

- ¿En qué siglo estamos…?- preguntó.

- ¡Pardiez…, pues vaya pregunta!

- Háganme el favor los señores soldados de responderme…- el hombre utilizaba sus lecturas y sus conocimientos para mantener un respeto que él sabía fundamental para relacionarse con aquellos hombres. Fue el hombre alto el que le contestó.

- Estamos en el año mil seiscientos y veintidós…

Tuvo que agarrarse fuerte al borde del jergón para no caer de cabeza al suelo. ¿Cómo era aquello posible…¿estaría muerto y aún no se había enterado…?
Haciendo un soberano esfuerzo se puso de pie, al principio el mareo se multiplicó y las náuseas le inundaron, pero respiró profundamente tres o cuatro veces sin prestar atención a los hombres de la cabaña, había al menos cinco allí dentro, luego anduvo despacio levantando polvo del suelo hasta alcanzar una de las desvencijadas paredes y poner la mano sobre la madera. 

Estaba frío y la madera desgastada y llena de astillas raspaba la piel. Aquello era real. 
Vio el marco de la pieza de madera que hacía las veces de puerta y resuelto fue hacia ella. Nadie le detuvo, los hombres le contemplaban absortos.
El golpe de aire tuvo un efecto balsámico. 
Estaba helado pero al respirarlo se sintió más vivo que nunca. Recordaba el artefacto de la sala de las máquinas, al gordo, a la vieja de las gafas… Recordaba el estallido de luz… ¿Cómo coño había llegado hasta allí?

Una mano se apoyó en su hombro izquierdo. El hombre alto miró un instante hacia el horizonte:

- Flandes… dijo.

- ¿1622…?- preguntó el hombre.

- Si…

- ¡Pardiez…!

El hombre alto sonrió al oír aquella palabra.

- Eres español, no hay duda…

- Lo soy, pero de otra España…

- ¿Otra…?

- Bueno, no otra, la misma pero de otro tiempo…

- No le entiendo a vuestra merced…

- Si me da usía un vaso de vino se lo cuento, no van a creerme vuestras mercedes…

Era un vino áspero pero que le supo a gloria, la jarra de peltre abollada y los cinco pares de ojos que le miraban entre barbas y bigotazos, cicatrices, dientes desportillados, pardieces, voto a tales y blasfemias le seguían indicando que aquello que estaba viviendo no era un sueño.

- Me llamo Manuel Pérez y vengo de España… Pero de una España distinta -bebió otro trago de vino-… Vengo de otro siglo, señores…

Un murmullo se extendió por la cabaña. 
Algunos de los ojos le miraron incrédulos, algún hombre se persignó y todos siguieron mudos escuchando el extraordinario relato de aquel hombre, compatriota suyo sin duda a pesar del extraño castellano que utilizaba y que, vestido con ropas antes nunca vistas y sin espada ni daga, habían encontrado en mitad del lodazal flamenco muy cerca de la ciudad de Fleurus.

El hombre recio le rellenó la jarra de vino. Siga contando tan gran prodigio vuestra merced, le dijo:
Bebió de nuevo y mirando a cada hombre, pero en especial al alto del pelo cano, continuó lo que, hasta para él mismo, era una fábula increíble:

- Un servidor estaba en el paro…

- ¿Paro, qué es eso…?

- Es cuando uno no tiene trabajo…

- Habiendo turcos, herejes y demás no ha de faltar el trabajo, pardiez…

- Deje vuestra merced de preguntar cosas o no acabaremos de oír la historia de Maese Manuel…- el hombre de la banda roja ponía orden en la conversación.

- Continúe vuestra merced…

- Me enviaron a un sitio a trabajar, allí había una extraña máquina que explotó y me he despertado aquí, con vuestras mercedes, en Flandes, cuatro siglos después… O antes...

- ¿Quién le envió a usía a trabajar…?

- Los de la oficina del paro…

- ¿Quiénes…?

- El Gobierno…

- ¿El Rey… ?

- Más o menos…

- Pardiez…

Los hombres rumiaban lo que el extraño viajero del tiempo les estaba contando. 
En verdad que vestía de manera harto extraña y que su manera de hablar era distinta, pero llevaba una medalla de la Virgen y conocía la manera de moverse y ser de los españoles, sin duda era un compatriota, pero, ¿sería todo, tal y como contaba, un extraño fenómeno acontecido sin saber muy bien cómo y por qué? ¿Sería cosa del Demonio…?

- Veo la mano del Maligno en todo esto Capitán Álvarez.- dijo uno de los hombres mientras acariciaba un crucifijo que le colgaba del pecho. Deberíamos avisar al Páter- apostilló.

- ¿El maligno…?, no diga tonterías un señor soldado curtido como vos.

- No puede ser otra cosa, capitán…

- Puede ser lo que Maese ha contado… ¿o duda de su palabra?

- Voto a las barbas de San Pedro que resulta increíble… La opinión sabia del Páter nos alumbrará…

Un murmullo apoyó aquellas últimas palabras y hasta el hombre recio, mano derecha del otro, el de la banda, hizo un ademán afirmativo con la cabeza. 

No estaría de más el cura por aquí, decía el gesto.
El hombre alto, sin duda el oficial de aquella tropa, lo pensó un instante, luego le ordenó a uno de los hombres que fuese a buscar al Páter que a aquellas horas andaría por donde los heridos dando extremaunciones y demás labores de su oficio.

Después se acercó hasta el hombre de ojos verdosos y le rellenó la jarra de peltre.

- Pardiez camarada que hasta a mí me parece cosa de brujería…

- Es natural señor capitán, para mí que estoy muerto y esto es solo una especie de antesala, quizás por las cosas que leí sobre vuestras mercedes…

- ¿Hay libros que hablan de nosotros?

- Hay toda clase de libros y al alcance de todo el mundo. Hay muchas maravillas y también hay muchas miserias.

- Es del todo increíble que andéis por aquí…

- Lo sé… Para mí lo es también… Y sois reales, puedo oleros y sentir el calor…

- Y si se acerca vuestra merced al río, en donde están los herejes, olerá la pólvora y la sangre coagulada… Allí sí que campa a sus anchas la muerte…

- Me gustaría verlo…

- No es hermoso espectáculo…

- ¿Por qué llamar al cura…?

- Es hombre sabio y leído… Como vos… ¿No os gustan los párrocos…?

- Lo justo…

- Pero llevabais a Nuestra Señora al cuello…

- No tiene que ver… En mi tiempo los curas ya no mandan, al menos no tanto…

- ¡Que me empalen los turcos tres veces seguidas…!

- También hemos perdido la fe y la esperanza, hemos perdido tantas cosas que ya no parecemos los mismos.

- ¿Los españoles…?

- Los mismos…

- Voto a Cristo y a su corte celestial…

- En mi tiempo ni somos potencia ni somos nada, solamente un cúmulo de regiones que entre ellas se apuñalan, se desprecian y se pisotean, un grupo de minorías que gritan mucho y acallan la razón y el sentido común de la mayoría, un montón de pueblos y pueblerinos que quieren ser y aparentar no ser lo que todos somos…

- ¡Que me atraviese una lanza luterana…!

- Pues no he empezado… España ya no es por lo que pelean vuestras mercedes, dejó de serlo hace mucho tiempo y ya no pinta nada en el concierto de las naciones porque sus hijos ponen en duda que España mismo sea una nación…

- ¡Cristo Bendito…!

- Mi tiempo es un tiempo de miseria escondida tras grandes luces y colorines, de sufrimiento y de pérdida. Mi tiempo es un tiempo oscuro en el que España, tal y como la conocemos, dejará de existir…

- Me está dejando el corazón y el alma más helados que el aire flamenco vuestra merced…

- Solo le digo lo que sucede señor capitán, o quizás es como yo lo contemplo…

Ahora fue el hombre alto el que se rellenó la copa de peltre hasta el borde y bebió despacio, a sorbos cortos y con la mirada perdida en el infinito, como queriendo ver aquellas imágenes que el hombre proyectaba con sus palabras.

III

El paisaje flamenco apenas había cambiado en cuatro siglos. Si uno quitaba las modernas carreteras e infraestructuras, los edificios y los coches, allí estaba, el mismo fango denso y oscuro, los mismos canales fríos y el mismo sol pálido que apenas calentaba el carácter de los lugareños. 
El viento del norte golpeaba incesante desde el otro lado del Canal oliéndose el aire salitroso del mar desde muchos kilómetros tierra -o fango- adentro.

El hombre alto y canoso, el oficial de aquella tropa abigarrada y con pinta de peligrosa le había dejado un chapeo y un capote encerado, tan solo le faltaba una espada al cinto para no diferenciarse demasiado de los hombres que le rodeaban, solamente sus modernas botas de piel, que habían provocado las miradas avariciosas de más de uno- ¡pardiez, no les cala el agua!, había exclamado maravillado uno de aquellos soldados, desentonaban con su aspecto.
Las botas y que él no era un soldado español del dieciséis…

Apoyado en un viejo y reseco tocón rumiaba la situación increíble que estaba viviendo, o quizás es que estaba muerto y remuerto y el cielo era aquello o la antesala o lo que fuese, el caso es que olía la miseria humana que le rodeaba, el sudor reseco en la ropa, la mugre acumulada en la piel grasienta, los manchurrones de potajes y restos de comida en los jubones, las heces y orines que hedían desde las letrinas enfangadas, el olor dulzón de los cientos de cuerpos que se pudrían bajo una cuarta de barro, el estiércol de las caballerías que se mezclaba con el fango y se extendía por toda la tierra empapada, olía las fogatas de madera húmeda y la humareda que cubría todo el campo, olía la pólvora de los arcabuces, la grasa de ensebar el asta de las picas, olía el esmeril que usaban los soldados para afilar sus espadas y olía a acero brillante.

Allí, en mitad de la miseria que se respiraba, podía oler lo que era el valor y la honra sobre la que tantas veces había leído.
En mitad de las tiendas ondeaban tres banderas. 
Estaban viejas y ajadas, recosidas con parches más nuevos que destacaban del resto. Tenían algunos desgarrones y agujeros de pelota de arcabuz y las tres permanecían reposadas, apoyadas una sobre los pliegues de las otras. A su alrededor, en unos soportes fabricados para tal fin, estaban las picas del Tercio. Altas y afiladas, rematadas por moharras de buen acero español, el mismo con el que aquellos hombres, en mitad del barro y de la mierda, defendían nuestro imperio.

Se estremeció con un escalofrío largo que le recorrió la espina dorsal haciendo que se arrebujase en el capote encerado, caía una leve llovizna hereje y el frío arreciaba, más por dentro que por fuera.

Sintió unas enormes ganas de fumar y se preguntó que dónde estarían su tabaco y su cartera. Quizás alguno de aquellos hombres atesoraba ahora aquellos extraños objetos despojados al no menos extraño ser que habían encontrado en mitad del lodo flamenco:

- ¿Dónde están mis cosas…? – la pregunta salió de él como un escopetazo, con una brusquedad que no había pretendido. 

El oficial le miró de arriba abajo durante un largo instante, con la mano apoyada en la cazoleta de su espada y preguntándose si sería honorable o no ensartar a aquel mal educado como a un espetón.

- ¿Qué cosas, Maese…?- la mirada seguía siendo helada.

- Disculpe vuestra merced… Conmigo traía una carterita de piel que contiene ciertos documentos…

- Solo se encontró esa medalla que lleváis al pecho…

- ¿Seguro…?

- ¿Dudáis de mi palabra, Maese…?- el hombre sintió que el ambiente se volvía espeso como el chocolate caliente.

- En absoluto señor oficial… Solo que me apetecía fumar…

- Haberlo dicho antes… Yo tengo unos tabacos de los indios…

Parecían caliqueños pero eran mucho más gruesos y bastos. El humo denso le había hecho toser hasta casi doblarse en dos y el oficial sonreía mientras resoplaba la punta de su “tabaco” con satisfacción:

- ¿No os apetecía fumar, camarada…?

- Sí, ¡tjo, tjo, tjo!, pero no éste veneno…

- Tabaco de las Indias, el mejor de la isla de La Española…

- Prefiero el Winston…

- Ilústreme vuestra merced….

- Son cigarrillos, con filtro, más suaves… Se fabrican por millones y te provocan enfermedades y adicción…

- ¡Por los clavos de la Cruz!, ¿y siguen fumando vuestras mercedes…?

- ¡Claro….!

- Son tantas las maravillas y prodigios que contáis…

- Solo es el futuro… Y no es hermoso…

- Tampoco el presente lo es…

De repente, en la lejanía sonaron mosquetazos, primero uno, luego dos y luego una cadencia creciente de petardazos que rompieron la tranquilidad de la mañana. 
En poco rato a los mosquetazos se les unieron los bombazos de la artillería y el griterío de los cuadros de infantería que cerraban contra el desprevenido campamento español desplegado muy cerca de la ciudad de Fleurus.

La actividad a su alrededor se tornó, en un momento, de caos indescriptible y carreras alocadas al principio, en disciplina, calma y templanza mientras cada soldado acudía a su puesto de combate. 
El hombre sintió su corazón expandirse de orgullo y admiración al contemplar cómo aquellos hombres aprestaban sus armas e iban formando los cuadros y la Caballería los escuadrones y sin aspavientos, con mucho beso a escapularios y cruces y mucho rezo en voz baja, encaraban al enemigo que tenían a cuatro pasos y con toda la intención de no dejar ni un español con vida.

El oficial le gritó a bocajarro que se refugiase en la cabañuela, que allí estaría seguro, a no ser que perdiesen la batalla, claro.

- Puestos a que me maten, mejor entre las filas de mis compatriotas- dijo.

- Pero no sabe manejar espada, ni daga ni arcabuz…

- A la fuerza ahorcan…

- ¡Recristo…!

En cuatro pasos, los que había hasta el cuadro que ya formaba la Compañía, le explicó el manejo del arcabuz… Se meten pólvora y la bala, se ataca todo, más pólvora en la cazoleta, mecha en el serpentín, palancazo y ¡Bam!, hereje muerto…

- Estaré junto a vuestra merced todo el rato… le dijo el oficial del pelo cano y ojos grises.

En una de las esquinas del cuadro de infantería española se estaba en el lugar más peligroso del mundo. Así lo pudo sentir cuando pasaron sobre sus cabezas las andanadas holandesas para ir a incrustarse en mitad de las picas del cuadro. 
Los gritos de los que alcanzaba la pelota enorme de hierro y a los que amputaba piernas o brazos, o peor la cabeza, aunque a estos últimos, claro, no los oías gritar, estremecían el alma y anunciaban que, en cualquier momento podía tocarle a uno la china.

Después, cuando acababa la lluvia de hierro, llegaba la carga de Caballería Pesada. 
Toneladas de músculo y de acero bruñido que se lanzaban al galope contra las filas apretadas del cuadro español. Vibraba el suelo y temblaba la luz bajo aquella masa inmensa de lanzas y de bufidos enardecidos de bestias y de hombres, parecía que nada en el mundo podía detener aquella avalancha.

Pero sí…
Las picas se abatían y los caballos chocaban contra las moharras deshaciéndose la primera línea de jinetes entre cuajarones sanguinolentos y gritos espantados de quien moría descuartizado o pisoteado por los caballos que reventaban riñones y vientres mientras, desesperados, trataban de zafarse del abrazo mortal de las moharras españolas.

Después alcanzaba el cuadro la infantería enemiga. O lo intentaba, porque mientras se iban arrimando los arcabuceros se despachaban a gusto vaciando los Doce Apóstoles.

El hombre tardó un poco en cargar su arcabuz de tanto cómo le temblaban las manos de la emoción y del miedo y le costó mucho esfuerzo poder rellenar la pletina.
Avanzó unos pasos junto a los demás, sus modernas botas se clavaban en el barro flamenco pero ya nadie prestaba atención a si se mojaban o no, todo el mundo miraba el cuadro holandés que se acercaba.

Encaró el arma, acarició el disparador mientras el corazón le palpitaba rápido en el pecho, bombeando toda su sangre al dedo índice que apenas rozaba la llave del arcabuz. 
De repente retumbó el mundo entero con la escopetada:

¡PAMPAMPUMPAMPAMMM!

Su dedo actuó por instinto. 
Apretó la llave y en segundos sintió la pólvora arder y cegarlo, luego la coz brutal del mocho contra su hombro y las piernas esforzándose por mantenerlo erguido.

- ¡La madre que lo parió…!- gritó con toda la fuerza de sus pulmones colmados de humo acre de pólvora quemada, los ojos le escocían y lloraban lágrimas grises. Ni había visto a donde había ido el tiro.

A su alrededor la neblina gris de pólvora quemada se fue disipando entre gritos que enardecían y bramidos que espantaban:

- ¡España, Cierra, Cierra…!- trufado todo con mil insultos en todos y cada uno de los acentos de España.

Luego alcanzaron el cuadro las picas enemigas removiéndose en mitad arrancando alaridos y destrozando la carne. 
Allí, tan cerca del enemigo que podía ver sus rostros desencajados de odio y miedo y podía ver el barro chapotear ensangrentado bajo los pies de los hombres y escuchaba los alaridos de los que resultaban heridos, allí, en mitad de la locura sentía el corazón henchido y el alma enervada, la piel encendida y los ojos, que suponía desorbitados entre lágrimas de pavor y valor.

Entre las filas enemigas vio meterse a algunos hombres que cortaban tendones y asestaban puñaladas como relámpagos de acero que se incrustaban en los riñones del enemigo. Las picas españolas se removían con saña en mitad del cuadro holandés que se deshacía entre cuajarones de sangre y miembros desgarrados.

El cuadro hereje reculaba con los hombres de las filas de atrás huyendo desbordados por la masa inamovible de redaños españoles. Los gritos llamando al Apóstol crecieron en intensidad y algunos hombres quisieron correr tras el enemigo que huía.

Él fue uno de ellos, pero el oficial del pelo cano le detuvo poniendo la recia mano derecha sobre el pecho:

- Vuestra merced tiene que contarme más cosas sobre ese futuro de fábula…- dijo.

Así que no le quedó más remedio que obedecer. Encaró su arcabuz, que había recargado como si llevase toda la vida haciéndolo y apretó el disparador del serpentín…

El olor a pólvora quemada inundó sus sentidos y el mundo se tornó en una inmensa cascada de luz que lo cubrió todo con una inmensidad fosforescente… 

IV

A lo lejos escuchaba el monótono ulular de una sirena.

Abrió los ojos con dificultad para verse deslumbrado por un intenso haz de luz que recorría sus pupilas con insistencia. Alguien tiraba de sus parpados con poca delicadeza mientras otras manos recorrían su cuerpo que podía sentir helado, con un frío extraño y profundo que le nacía en el centro mismo de su existencia.

- ¿Han ganado los herejes…?- se preguntó, sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta.

- Está delirando… ¡Fibrilación…!

Fue lo último que escuchó antes de perder el sentido definitivamente. Luego la oscuridad le engulló y le dio lo mismo si habían ganado ellos o los otros, total, él estaba muerto y todo lo demás ya no importaba en absoluto.

Epílogo.

La habitación del hospital estaba iluminada por el radiante sol de la mañana. Estaba feliz porque por fin había llegado el día en que le daban el alta, por fin podía salir de nuevo a ese mundo que había estado a pique de abandonar.

Manoseaba entre los dedos una pelotita de plomo. 

Se la veía antigua y cubierta de la pletina que adquiría el metal viejo. Mientras la pasaba entre sus dedos el hombre sonreía recordando la conversación con el Jefe de Cirujanos que era quien le había extraído del cuerpo aquel pedacito de plomo:

- ¿Sabe usted qué es esto que tenía cerca del hígado…?

- ¿Una bala…?

- Sí, un proyectil de plomo…

- Algún trozo de lo que había por allí en el almacén, supongo…

- Eso fue, precisamente lo que todos pensamos…

- ¿... y no es así…?

El médico pareció dudar ante la respuesta. ¡Era tan increíble todo!

- Pues no… Allí dentro no había armas de fuego, ni réplicas, ni tan siquiera munición o plomo más que el de las tuberías…

- ¿Entonces…?- el paciente parecía intrigadísimo, aunque por dentro el hombre sabía desde el principio lo que era aquello.

- Eso es una bala de un arcabuz del siglo diecisiete amigo mío…

- ¡No es posible…!

- Eso mismo me dije yo… Pero me lo ha confirmado un compañero arqueólogo de la Universidad. La prueba del carbono no falla…

Ahora giraba entre los dedos aquella pelotita de plomo que había estado a punto de mandarle al otro barrio pero de hacía cuatro siglos. Se preguntó si allí habría ahora algún otro yo muerto sobre el lodo mientras los camaradas le despojaban de sus magras pertenencias y sintió no haberse podido despedir del oficial del pelo cano.

Allí se habían quedado ellos, allí estaba él ahora. 

Todos encarando los duros tiempos que quedaban por vivir. 
Los soldados de Flandes peleando sin esperanza por un imperio condenado al ocaso, él peleando en mitad de un mundo que había perdido el norte y el rumbo.

Miró un rato la pelota de plomo y luego la guardó en el bolsillo de los vaqueros. 

Eran tiempos duros pero, si había logrado sobrevivir a un arcabuzazo, ya nada podría detenerle…

Fin 

A. Villegas Glez. 2016































lunes, 20 de julio de 2015

SANCHO DÁVILA Y DAZA. El Rayo de la Guerra.

El día que nació una tormenta anunciaba que aquel niño estaba predestinado a blandir la espada y la daga para convertirse en uno de los mejores capitanes de aquel tiempo tan cuajado de grandes capitanes y de hombres valientes.
Era hijo de Antonio Blázquez de Ávila y doña Ana de Daza, y sus progenitores quisieron encaminar sus pasos, desde la más tierna infancia, hacia el sacerdocio y el servicio a la Iglesia, por eso nada más alcanzar la edad requerida lo enviaron a la mismísima y grandiosa ciudad de Roma para que allí estudiase Teología con los mejores maestros y fuese ordenado sacerdote lo más pronto posible.

Sin embargo a Sancho Dávila lo que le gustaba de verdad era la vida de la milicia y miraba con mucha envidia a los muchos soldados españoles que pululaban por la Ciudad Eterna. 

Su mayor deseo era convertirse en uno de ellos por encima de todas las cosas.

Así que en el año mil quinientos cuarenta y tres cuelga los hábitos, deja los libros de rezos y se hace soldado en el Tercio de Álvaro de Sande, que estaba preparándose para salir hacia el norte, allí los príncipes protestantes se habían alzado en armas y estaban exterminando a los católicos sin compasión, extendiéndose la furia iconoclasta como un barril de pólvora encendida, por todos los estados alemanes.

Sancho Dávila aparecería por primera vez en los libros de Historia en el año mil quinientos cuarenta y siete.
Tenía veinticuatro años cuando junto a otros nueve españoles se arrojó sin dudarlo a las heladas aguas del río Elba. Los nueve lo cruzaron con las dagas entre los dientes para luego desollar vivos a los tudescos que guardaban unas barcazas que servían como puente, las requisaron y regresaron a la orilla propia para que el Emperador Carlos y el Ejército Imperial pudiesen cruzar el caudaloso río y propinar a los herejes la soberana paliza de la batalla de Mühlberg, en la que acabaría de un plumazo con la rebelión y la arrogancia de sus enemigos.
Felicitado por el mismísimo Emperador y agasajado por el Duque de Alba, Sancho Dávila regresaría tras la campaña con su Tercio, que sería destacado en la isla de Sicilia. 
Allí Sancho participará en la callada pero no menos sangrienta guerra mediterránea que España sostenía en solitario contra los otomanos.

Era ya capitán de infantería española cuando se embarcó para la desastrosa campaña contra la Isla de Gelves. En la retirada resultaría herido y hecho prisionero por los turcos, y gracias, ya que su cabeza no formaría parte de las que se usaron para alzar la llamada Torre de las Calaveras, en la que serían apilados, en terrorífico monumento, los cráneos de los tres mil españoles que habían caído después de defender, durante dos largos y terribles meses, la ciudadela de la isla en la que Álvaro de Sande y su gente se enrocaron tras las murallas y no dejaron de matar turcos como demonios hasta el final.
Como recuerdo y advertencia, el Bey argelino mandaría construir aquella torre macabra que permanecería en pie durante un par de siglos.

Sancho Dávila sería rescatado al año y pico de cautiverio. 
Como recompensa por las fatigas sufridas el nuevo rey, Felipe, le concedería la Castellanía -un título análogo al de Gobernador- de la hermosa ciudad de Pavía.
Allí se mantendría solamente un año, y no por gusto, ¡pardiez!, si no porque el Duque de Alba le reclamó a su servicio.
Dávila, pagando de su bolsillo, claro, reclutaría una Compañía de Caballería que pasaría a ser la escolta personal del Duque de Hierro en Flandes, corría el año mil quinientos sesenta y ocho.

El Rey le concedió entonces el espinoso cargo de Gobernador de la Ciudadela de Amberes.
Dávila, a pesar de la falta de medios y de hombres, no tenía ni la mitad de los que debería tener para defender un perímetro como el de la ciudadela, ordena reparar los revellines y los baluartes de las murallas.
Sancho no se fiaba ni un pelo de los herejes. Y hacía bien.

Los holandeses de nuevo incendiaron Flandes con la rebelión y el flamante Gobernador, Sancho Dávila no sería ajeno a los vaivenes de la guerra: derrotaría en el río Mosa al enemigo, que luego le ganaría en la escaramuza de Quesnoy, en la que el mismo Dávila resultaría herido. 

Después recuperado y rehecho, perseguiría a los herejes hasta muy lejos, hasta pasar el gran río Rin y la ciudad de Dahlem en la que se habían refugiado los herejes.
Los españoles arrollarían a sus enemigos. 

Estará también el valiente Capitán Dávila al frente de las filas de su Tercio en la batalla de Gemingen, en la que el enemigo no encontraría esquina en la que poder ocultarse.
Gracias al arrojo desmedido de Dávila y de sus hombres, que impidieron que los holandeses abriesen las esclusas con lo que se habrían ahogado casi todos, se pudo ganar la batalla.

En otra célebre ocasión y marchando con su Tercio por la región de Frisia se encontraron con un numeroso ejército hereje que se había atrincherado al otro lado de un canal.
Sin dudarlo -ya tenía Dávila experiencia en cruzar cursos de agua- se arrojaron con los caballos al canal y agarrados de las crines o las colas de las bestias, la Compañía de Dávila al completo cruzaría el curso de agua para después derrotar a los sorprendidos y boquiabiertos holandeses.
Poco después en el pueblo de Tilermont, en una espectacular y audaz encamisada, pasaría a cuchillo a ochocientos enemigos.

En el año setenta y dos de siglo Sancho fue en ayuda de los españoles que estaban sitiados en Midelburgo, acosados, sin víveres ni municiones y a punto de capitular.
Nada más aparecer Dávila y sus hombres se lanzaron al ataque y consiguieron romper las líneas de asedio herejes que huyeron despavoridos, pero no contento con aquello, Sancho Dávila, persiguiría al enemigo en desbandada que se refugia en el puerto hereje de Arnemuinden.
Dávila, audaz y decidido ordena que se capturen unos cuantos barcos enemigos, luego los carga de infantería y se lanza contra un hermoso galeón holandés que había atracado y al que los españoles abordaron y metieron fuego, el resto de la flota holandesa y los refugiados, viendo lo visto, huirían como corderos ante los lobos.
Desde aquella hazaña, sus amigos y algunos admirados enemigos, como el francés Brantome, le bautizarían con el sobrenombre de: “El Rayo de la Guerra”
¡Pardiez, que estuvo acertado el gabacho!

En el año mil quinientos setenta y tres el viejo y duro Duque de Alba sería retirado de la gobernación de Flandes y dejaría su puesto al más moderado Luís de Requesens.
El nuevo Gobernador puso al mando del Ejército de Flandes a Sancho Dávila, por ser el más bravo y capacitado de todos sus capitanes.
Sancho lo volvería a demostrar durante el asedio y toma de Mastrique.
Harto de la resistencia holandesa, tras rezar junto a sus ochocientos soldados y al grito de ¡Cierra...!, Sancho y sus hombres acometieron los adarves ensangrentados y se pasaron por la piedra de amolar a más de mil y pico herejes, tomaron las murallas y permitieron que las banderas del Rey Católico ondeasen sobre las torres de la ciudad rebelde.

Al año siguiente, ocupando el centro del ejército español, destrozaría a los holandeses en la batalla de Mook. 

Allí se dejarían los herejes treinta banderas y estandartes, muchos cañones, más pertrechos y una suma incontable de muertos y de heridos. 
Por tan gran victoria el viejo Sancho Dávila, que tenía cincuenta y un años de calendario, más de la mitad de ellos pasados en mitad de la briega flamenca, recibiría en agradecimiento una carta manuscrita del mismísimo Emperador.
¡Generoso que te rilas el monarca…!

Era otra vez el Gobernador de la Ciudadela de Amberes y en octubre de mil quinientos setenta y seis se vio rodeado de enemigos por los cuatro costados. 
Los herejes lamían los adarves de la ciudadela ya que los mercenarios tudescos que tenían que defender el perímetro se habían pasado tan ricamente al enemigo.
Setecientos españoles estaban dentro de los muros dispuestos a morir todos antes que rendir la fortaleza.
Los ciudadanos de Amberes, tan piadosos, montaron chiringuitos y puestos de pescado frito muy cerca de las murallas de la Ciudadela, y las multitudes enfervorecidas aplaudían y jaleaban cada vez que un cañonazo abría una brecha en las murallas almenadas y algún compatriota acababa hecho puré contra las piedras. 
Ningún refuerzo había podido pasar las líneas enemigas y todo parecía perdido para Dávila y sus hombres.

Hasta que, de repente y cantando a pleno pulmón, aparecieron por el horizonte dos mil soldados españoles que venían desharrapados y hambrientos.
Eran los mismos que se habían amotinado hacía unos días en Alost porque ya no les quedaba ni cuero que poder roer.
Ahora avanzaban con ramas de laurel puestas en los morriones en señal de la segura victoria. Al verlos llegar los herejes- y perdonen la expresión- se cagaron vivos, y los dos mil españoles pudieron alcanzar la Ciudadela sin apenas resistencia.
Juan de Navarrete, que era el capitán electo de los amotinados, se abrazó a Dávila y le expuso su ferviente deseo de batir al enemigo y ocupar la ciudad.
Dávila le sugiere entonces que descansen y coman que luego se atacará. Navarrete le contestó:

- “Señor capitán, nosotros venimos a comer en el paraíso o a cenar en Amberes..”
Así que los españoles se lanzaron al ataque mientras que los soldados franceses, ingleses, tudescos y holandeses que debían guarnecer Amberes huyeron como conejos y los alegres ciudadanos que habían aplaudido y chillado jubilosos mientras bombardeaban la Ciudadela, chillaban ahora pero aterrados mientras Amberes empezaba a arder por los cuatro costados.

Poco tiempo después se firmaría el rimbombante Edicto Perpetuo que de perpetuo no tuvo nada ya que duró menos que un indígena con viruela. 
Sancho Dávila vería interrumpida su anhelada estancia en España-¡ah, la patria!- ya que Juan de Austria se había tenido que refugiar en la ciudad de Namur y solo Luxemburgo se mantenía fiel tras la nueva rebelión. Y allí que fue Dávila, con cincuenta y cinco primaveras en el lomo, Camino Español arriba.
Pero la repentina e inesperada muerte de don Juan, y la vuelta a la calma en el teatro flamenco, hicieron que Dávila regresase a España con el nombramiento en el bolsillo de Capitán General de la Costa de Granada. Su misión era la de luchar contra la piratería berberisca que asolaba las costas españolas.
Sancho Dávila acometería su labor con la diligencia y el valor acreditados.

Poco después pasaría la corona portuguesa a manos del rey Felipe y el viejo Sancho Dávila tendría que regresar a la guerra. 

Ahora en el frente portugués contra el pretendiente Prior de Crato y sus aliados gabachos e ingleses que pretendían quedarse con el trono y las colonias lusitanas.
Las cosas se dirimieron en la batalla de Alcántara que una vez acabada y con victoria española, el Duque de Alba ordenó al “Rayo de la Guerra” que persiguiese y aniquilase al enemigo en retirada.
Sancho le puso tanto ardor y buen mando que conquistaría la ciudad de Oporto dando por finalizada la campaña. 
Era el año mil quinientos ochenta.

Tres años después Sancho Dávila enfermaría muy gravemente a causa de una infección mal curada. Moriría en Lisboa el ocho de junio a la edad de sesenta años.
Hasta el mismo Emperador lloraría su muerte y reconocería públicamente que con la muerte de Dávila había perdido a uno de sus mejores soldados.


Sus restos reposan en la Capilla Mayor de la iglesia de San Juan Bautista sita en la pequeña, hermosa y cuajada de Historia en cada una de sus amuralladas esquinas, ciudad de Ávila.

A. Villegas Glez. 2013


Imagen: Sancho Dávila. 
















sábado, 20 de junio de 2015

EL INFANTE QUE QUISO SER CAPITÁN

Nuestro regio personaje nació en El Escorial y fue el tercer hijo de Felipe III y Margarita de Austria. 
Fernando le bautizaron igual que su primo el futuro emperador del Sacro Germánico.
Desde muy pequeño demostró poseer un carácter extremadamente inteligente, valiente y despierto. Bien pronto le atrajeron 
las armas con las que adquirió mucha destreza y buena mano además de prendarse, hasta el tuétano de los huesos, de la vida en milicia. 

Sin embargo su padre quería, por encima de todas las cosas, que su tercer vástago luciese el púrpura cardenalicio, por eso, en cuanto Fernando cumplió los diez años, que era la edad mínima requerida por el clero, le nombró Arzobispo de Toledo y poco después: Cardenal.

Y el Papa, que era el único que tenía la potestad y el privilegio de nombrar a los cardenales de la iglesia católica, no se atrevió a decir ni pío, no fuese que el tercer Austria hiciese lo mismo que había hecho su antepasado Carlitos y le montase, otra vez, la pajarraca en Roma.
Fernando de Austria no sería nunca ordenado sacerdote, ni siquiera monaguillo, tampoco juró los votos ni tenía ningún interés en hacerlo.

Su vida transcurría entre cirios, capillas y rezos obligados, todo bien trufado con sonadas escapadas a los corrales de comedias, a los tugurios de mala muerte y a las casas de mala nota. 

Como buen Austria dejaba bien alto el pabellón, que lo cortés no quitaba lo valiente y, al fin y al cabo, lo del cargo eclesiástico no era más que un capricho de Papá…

Pasaba así plácidamente sus días nuestro personaje, adquiriendo el Cardenal de Toledo fama bien ganada de mujeriego, espadachín, mejor camarada, avispado y lúcido conocedor de la historia militar y el arte de la guerra.

Entonces las cosas se pusieron muy calientes en Europa cuando el continente se metió de cabeza en aquel túnel largo, sangriento y oscuro que se llamaría: Guerra de los Treinta Años.
Un periodo negrísimo para los españoles que saldríamos, no podía ser de otra manera, escaldados, arruinados y con el país envuelto en revueltas separatistas que nos costaron Portugal... Y gracias.

Al poderoso Valido del rey no se le ocurrió otra cosa que otorgar, el espinoso y complicado cargo de Gobernador de los Países Bajos españoles o lo que era lo mismo, el embarrado Flandes de toda la vida, al Infante Fernando de Austria o sea, al Cardenal de la hermosa ciudad de Toledo.


Pensaba el astuto Olivares que así mataría dos pájaros de un tiro: primero se quitaba de en medio al inteligente, perspicaz y tocapelotas de Fernandito, que en nada se parecía a los inútiles de sus hermanos, muy al contrario era muy consciente de los problemas de su nación, y segundo, como guinda del pastel, al carecer el joven Austria de experiencia política ni militar, Olivares podría manejarlo a su antojo desde la Corte de Madrid.

O al menos aquello era lo que creía el Conde-Duque.

Porque Fernando demostraría muy pronto su valía y que Olivares se había equivocado. El Infante iba camino de convertirse en uno de nuestros más grandes Generales.

La ruta marítima que llevaba hasta Flandes estaba cortada por los ingleses y holandeses que, como buitres, esperaban el paso de nuestros convoyes para abalanzarse sobre ellos.

El Camino Español también había saltado por los aires al ocupar los franceses la región de Lorena que era de paso obligado en la ruta hacia Bruselas
Sin embargo el joven Cardenal-Infante, como le había bautizado algún avispado camarada, no se arrugaría ante la enorme tarea que se le presentaba.

Llegó al frente de sus tropas a la ciudad de Génova en el año 1633, desde allí marcharon a Milán para luego atravesar el Tirol, Suabia, los Alpes y el Rin.
Fue una marcha al infierno ya que 
desde el principio los españoles tuvieron que atravesar territorio hostil combatiendo en terribles y sangrientas escaramuzas contra cientos de enemigos.
Pero también Europa entera temblaba al ver pasar, por el Camino Español, a la vieja y buena Cruz de Borgoña ondeando al viento. 

Fernando pretendía ayudar a su primo y tocayo, el futuro emperador del Sacro Imperio, que estaba siendo vapuleado, una y otra vez, por los protestantes y los muy disciplinados y eficaces suecos. 
Al lado del germano combatían las aguerridas tropas del Duque de Feria, metidos hasta el cuello en una durísima campaña de desgaste en la que los españoles se estaban deshaciendo como un azucarillo, pero que, al mismo tiempo, les estaban haciendo pagar muy caro cada victoria a sus contrarios. 
Aquellos barbudos impasibles sabían morir como lo que eran y los temibles suecos solamente estaban empezando a aprenderlo.

Tras vencer mil y una dificultades, apretando los dientes y peleando a muerte por cada palmo de terreno, los Tercios Viejos, al mando de su nuevo, valiente y atrevido General, que era muy respetado y muy querido por sus soldados a los que había demostrado su valor personal 
y su experto conocimiento del arte de la guerra, lograron alcanzar la región de Baviera y allí se reunieron con lo que quedaba de las tropas del Duque de Feria.
Era el año mil seiscientos treinta y cuatro y los españoles habían realizado una proeza que dejaría sin aliento, y bien acojonados, a sus enemigos:

- ¡Ya están aquí estos Erik…!

- ¡Qué pequeñajos son pero qué cara de mala leche tienen…!

El ejercito protestante intentó desesperadamente que los dos primos no se encontrasen pero no lo consiguieron.
Se quedaron los suecos y la amalgama de herejes a un lado y los ejércitos del Rey Católico al otro.
En medio había una colina que se llamaba Albuch muy cerca de un pueblo que se llamaba Nordlingen.

Resumiré contando que en la colina Albuch y en los alrededores no quedaron ni suecos o herejes con vida, al menos los que no corrieron como galgos y sin mirar atrás hasta la Península de Jutlandia.
El
 Tercio de Idiáquez y el napolitano de Torralbo aguantaron como jabatos quince cargas consecutivas de la caballería acorazada para luego pasarse por la piedra a los afamados, y hasta aquel momento invencibles Regimientos suecos, después, de postre, no dejaron de perseguir soldados en fuga hasta que la luna se puso roja de sangre y los enemigos de España aprendieron, una vez más, que aquel siglo y pico de imperio no había sido de casualidad.

Fernando de Austria tras haber acabado de un mazazo con el poderío sueco en Europa, continó su viaje, ahora mucho más tranquilo, para tomar posesión de su cargo.
En Bruselas fue recibido como un héroe con las calles llenas de gente extasiada que daban la bienvenida a su nuevo, flamante y victorioso Gobernador.
En muy poco tiempo y gracias a su gran habilidad como diplomático logra enfriar la olla a presión que era Flandes. 

Tan persuasivo era que hasta conseguió el apoyo flamenco para la campaña contra los franceses, porque las tropas de Richelieu habían invadido el Flandes Español y avanzaban imparables.

Fernando de Austria, al frente de sus soldados, conseguiría detener el avance gabacho tomando al asalto las ciudades de Diest y Limburgo, de esta manera el poder y presencia españolas se aseguraba en la importante y leal provincia de Luxemburgo.

Tras un asedio largo y durísimo caería en manos holandesas la famosa ciudad de Breda en el año mil seiscientos treinta y siete. 
Esta vez no habría cuadro de Velázquez.
Pero como contrapartida el Cardenal-Infante tomaría la populosa y rica Amberes.
Fernando de Austria le plantaba cara a su homólogo gabacho y a su puñetero rey.

Pero, como tantas veces en nuestra Historia, las malas lenguas, las habladurías malintencionadas, los chascarrillos con muy mala leche, las confidencias falsas y los consejos impregnados de propio y mezquino interés vertidos en los oídos poderosos, empezaron a minar la buena fama de Fernando, empañando las victorias con sucias y falaces acusaciones, y lo que era todavía peor, socavando la confianza que le tenía su hermano.


Los deslenguados envidiosos propagaron la falacia de que el plan de Fernando era el de independizar Flandes de La Corona, proclamarse gobernante, desligarse de España y hasta de querer convertirse al calvinismo lo acusaban.
También de hacer planes con los franceses para casarse con la maciza hija del Duque de Orleans y repartirse luego Flandes como buenos hermanos o primos.

Todo, por supuesto, era mentira…

Pero el joven corazón de Fernando, noble y luchador, recibió un golpe devastador. 

Su hermano, el Rey, se creía a pie juntillas todo lo que le contaba el de Olivares.
Y el Conde-Duque no podía ver a Fernando ni en pintura. Aunque lo pintase el mismísimo Rubens.

Aquel mismo mismo año, el funesto mil seiscientos cuarenta, Fernando de Austria enfermaría misteriosamente. 
Al año siguiente, tras resultar herido durante una escaramuza contra los franceses, su cuerpo no resistiría más y moriría en Bruselas con treinta y un años de edad.
Sus restos mortales tardarían cuatro años en poder regresar a su patria.

Se cuenta que Fernando de Austria murió envenenado poquito a poco, tacita a tacita.
Y siendo esto España y Fernando querido, admirado, inteligente, culto, valiente, hidalgo y noble caballero, a mí, ¡pardiez!, no me extrañaría lo más mínimo.



A. Villegas Glez 2012


Imagen: Fernando de Austria en Nordlingen. Rubens.
















miércoles, 27 de mayo de 2015

MILAGRO ENTRE EL LODO

Isla de Bommel, Flandes, diciembre de mil quinientos ochenta y cinco.

En Flandes no existían las piedras, ni los cantos rodados, ni los peñones graníticos, ni las esquirlas de roca, ni la gravilla, ni siquiera había arena. 
En Flandes solamente había barro y miseria.
Aquel pedazo de tierra robada al mar y sesgada por mil canales y tropecientos mil ríos era solamente un páramo húmedo, una eternidad inacabable de barro oscuro y un infinito pantanal en el que se hundían sin remedio nuestro oro y nuestra gloria. 

También, y a pesar de la fe inquebrantable de la que hacíamos gala los españoles, aquella incluso se estaba a pique de perder en mitad del lodazal flamenco.
La Fe Verdadera, el motivo final por el que estábamos todos nosotros allí, en  mitad de aquel mar de barro que se pegaba a la ropa, al acero de las espadas y que impregnaba el alma para siempre con el oscuro color del fango ensangrentado. 
La Verdadera Religión, la única, la que tras la que estaban dándole su aliento y su apoyo, Cristo Bendito, su Santa Madre y el Espíritu Santo.

Claro que lo mismo pensaban los herejes iconoclastas -salvo en lo de Nuestra Señora-, los impíos anglicanos y hasta los mahometanos de Berbería.

Todo el mundo decía que Dios estaba de su parte.
Sin embargo todos nuestros enemigos se equivocaban.

Muchos dirán que un servidor de vuestras mercedes no puede ser imparcial pues su oficio se lo impide, más, les diré en mi descargo que siempre me sentí más soldado que fraile y que, tras haber asistido en primera persona a los hechos que voy a narrarles, mi fe, hasta aquel momento no mucho más devota que la de cualquier español de mi tiempo, creció hasta colmar mi alma y mi corazón.

Antes de todo aquello un servidor sentía por dentro que Dios me amaba lo que a los demás, o sea lo justo, y que tan solo mis propios medios y mi inteligencia me ayudarían en la vida. 
Aquella y no otra había sido la razón por la que me había hecho fraile franciscano, pues, segundón en casa de mi padre solamente tenía dos caminos en la vida: la Iglesia o la Milicia, y he de confesar que a mí las espadas, la sangre y la guerra jamás me habían llamado la atención, así que me hice monje, o fraile, o cura o como se quiera nombrar al asunto de rezar mucho a cambio de poder comer caliente.

Pero por las bromas de la vida cuándo más a gusto me encontraba y mi existencia se reducía a ayudar en las labores del campo  y en intentar aprender los latines, aparecieron por el monasterio aquellos soldados que iban camino de Flandes en busca de un hombre santo que les acompañase.
Yo me escondí, disimulé y le pedí a ese mismo Dios que aquellos soldados defendían que no me tocase la china.
Pero el Señor miró para otro lado y el Abad precisamente hacia donde yo estaba y así, sin desearlo ni pretenderlo, me vi convertido de la noche a la mañana en Páter de aquella Compañía del Tercio de Bobadilla. 
Tropa famosa y abigarrada que había participado en la batalla de Lepanto.

Mi trabajo sería sencillo, o al menos eso creía en un principio. Escuchar las confesiones de aquellos hombres, saber oírles, saber darles el consuelo divino que buscaban y soltar algunos latinajos que me hiciesen parecer lo que no era. O eso pensaba yo.
Porque aquellos soldados me calaron desde el principio y desde el principio también me cuidaron con un cariño que no me había ganado- aún tardaría en hacerlo- y que no me explicaba:

- Páter, vuestra merced no es mala persona ni mal cura, pero nosotros lo que respetamos es ese crucifijo que lleva colgando...- eso me dijeron un día que les había preguntado. Uno de aquellos días en los que, entre chascarrillos, rumores y anécdotas soldadescas compartía con ellos un poco de pan duro y vino añejo.

Así poco a poco, mes a mes, año a año me fui haciendo a aquella vida. Una vida que podías perder en cualquier momento. 

Porque en Flandes la guerra no terminaba nunca y los herejes no cejaban en sus pretensiones. 
Había tenido que aprender a manejar con destreza la espada y la daga con las que defender al Rey, al Imperio, a la Religión y lo que, ¡pardiez!, era más importante, mi propio pellejo, pues como sacerdote católico -estuviese ordenado o no, la circunstancia a los herejes les importaba poco- mi persona se convertía en objetivo principal para aquellos hideputas.
Por eso me sentía muchas, muchas veces más soldado que fraile, pues, aunque mi trabajo era salvar almas, me dedicaba más bien a lo contrario.
Fraile me sentía cuando le cerraba los ojos a un camarada caído al que previamente habían despojado sus propios compañeros. Fraile me sentía cuando escuchaba junto al fuego a alguno de aquellos hombres endurecidos que me contaban cómo se sentían tras haber visto llorar a un mocoso holandés ante el cadáver de su madre:

- ¿Dónde está Dios para esa gente, padre...?- me preguntaban y yo no sabía muy bien qué responder.

- Está, es omnipresente, omnipotente, misericordioso y sus caminos bla, bla, bla - les decía- y ponía cara de obispo convencido aunque por dentro me preguntase lo mismo que ellos.

En Flandes no existían las piedras, solamente el barro, el agua, el frío gélido y la certeza de la muerte. 
Como durante aquel mes de diciembre en el monte de Empel.

El Tercio de Bobadilla se había desplegado durante el verano en la isla de Bommel, situada en la confluencia de los ríos Mosa y Waal, así la isla se había convertido en el bastión español en Zelanda y en una cuña que pretendía proteger la populosa y católica ciudad de Bolduque. 
Pero, claro, los herejes no nos iban a dejar allí tan tranquilos y desde el primer momento del despliegue el líder contrario, un tal Almirante Holak, había posicionado diez de sus barcos para que bombardeasen, hostigasen y acabaran con aquel Tercio español que ocupaba Bommel.

Pasó el verano, llegó el otoño y luego el invierno, frío como la misma madre que lo había parido y como al almirante holandés y  su propuesta de rendición los había mandado el Maestre Bobadilla, muy finamente, a tomar por donde amargaba el pepino, el holandés abrió los canales y nos inundó hasta la gorja.
Y no exagero a vuestras mercedes.

El agua anegó los pueblos en los que pernoctábamos a tal velocidad y con tanto ímpetu que apenas pudimos escapar con lo puesto para no ahogarnos. 
Salvamos lo justo, espadas, dagas, cuatro arcabuces y tres cañones, un poco de pólvora, las banderas y un servidor el crucifijo grande, el de las ceremonias, de buena madera tallada y con un Cristo crucificado de metal bañado en oro.
El barro nos inundó hasta el pescuezo y los holandeses nos bombardeaban sin descanso:

¡Bumbaummboommbumm!

Y saltaban destrozados los míseros tablazones con los que habíamos construido los parapetos y junto a ellos los hombres caían destrozados, mutilados, pidiendo a gritos confesión antes de emprender el postrer camino.
De un lado para otro, con los bajos del hábito pesando como el plomo por el barro que acumulaba, acudía aquí y allá, hacia donde escuchaba los gritos. A veces llegaba justo para cerrarle los ojos al muerto, otras le quedaba un hilo de vida:

- ¡Perdóneme, padre!- gemían, luego abrían mucho los ojos y se morían con su sangre mezclándose con el barro de Flandes que adquiría un tono rojizo que si mirabas mucho rato te provocaba náuseas.

Todo el Tercio de Bobadilla nos apiñábamos sobre el dique y el montecillo de Empel. 
No era más que un bultito en la tierra, una protuberancia que apenas sobresalía del agua, un montón de barro que se deshacía bajo el fuego naval holandés, una tumba de lodo para un Tercio entero.
Y, a pesar de ello, a despecho de los cañones holandeses, del frío que arreciaba por momentos, del agua que lo inundaba todo, del barro que nos engullía, de la seguridad de la muerte -algunos capitanes voceaban de morir como los numantinos antes que rendirse-, a pesar de que nos sabíamos acabados, ninguno queríamos rendirnos y el Tercio entero pedía en sus rezos una oportunidad para poder irse de pie y no allí, masacrados sin compasión y sin posibilidad de defensa.

El campamento español reverberaba con el sonido de cinco mil voces que rezaban en voz baja. Algunos hombres reclamaban mi presencia para que rezase junto a ellos el Credo o, el favorito de la tropa, el Ave María. 
Acudiendo junto a un grupo de aquellos soldados sucedió.

Primero oí gritos enloquecidos- ¡Milagro, milagro, decían- luego más gritos incrédulos al principio y colmados de éxtasis religioso después, se unieron a los primeros.
Igual que un reguero de pólvora encendida los gritos se extendieron por todo Empel de forma tan unánime y atronadora que consiguieron hasta acallar la artillería enemiga.
¿Qué sucedía...?

Tardé muy poco en enterarme pues, al igual que los truenos de una tormenta, la noticia se extendía como una mancha de aceite.
Un oficial me abrazó tan fuerte que sentí crujir los huesos de mi cuerpo:

- ¡Nuestra Señora, Padre, es Nuestra Señora que viene a salvarnos!

Era una tablilla flamenca, muy bonita y elaborada, de hermosa policromía que representaba a la Inmaculada Concepción.
Al verla había caído de rodillas ante ella y junto a mí los cinco mil españoles asediados en el monte de Empel, isla de Bommel, Flandes.

El sonido de nuestras cinco mil voces rezándole a aquella tablilla creció en intensidad y fuerza, nuestra devoción se multiplicó por ciento. 
El Maestre ordenó que la imagen recorriese en procesión todo el campamento para que así todos los hombres pudieran ser testigos del prodigio acaecido aquella noche de diciembre, en la que Nuestra Señora había venido en auxilio de unos españoles que, perdidos y abandonados, no habían dejado de rezarle.

Nunca en mi vida, ni antes ni después, me he sentido tan orgulloso del hábito que visto, más que aquella noche durante la procesión en Empel.

Marchaba lo  más tieso que podía, con el vendaje que cubría parte de mi rostro- un bombazo holandés que había caído demasiado cerca-, mi espada colgando del cinto bamboleando contra la tela manchada de barro holandés de mi raído hábito franciscano y entre las manos, bien alto, el crucifijo ante el que los hombres y mujeres del campamento se hincaban de rodillas a su paso.
Detrás dos oficiales llevaban la tablilla de nuestra señora, el Maestre Bobadilla a caballo -el único que quedaba con vida- los escoltaba y todos caminábamos al ritmo que marcaba el tambor que tocaba, marcial y orgulloso, un chavalín que había venido desde Ultramar para servir en los Tercios.

Bajo nuestros pies el barro de Flandes, empapado de sangre española, formaba cenagales y charcas oscuras que, según íbamos avanzando, se helaban formándose sobre la superficie pequeños cristales que brillaban a la luz de la luna. 
El frío se había tornado glacial y el viento helado correteaba por encima de las aguas del río Mosa:

- ¡Milagro...!- gritó alguien.
- ¡Ahora sí que se van a enterar estos!- apostilló otro.

Casi al unísono los cinco mil españoles nos asomamos por encima de los parapetos y las trincheras anegadas para contemplar, admirados y enardecidos, cómo las aguas del río se iban helando poco a poco y que metro a metro, inexorable, el hielo se acercaba hasta las naves holandesas y las dejaba varadas.

A los cinco mil soldados españoles, y algunos frailes que estábamos amontonados sobre el embarrado monte de Empel se nos iluminó el rostro con una sonrisa devota y agradecida.

Alguien, una voz desconocida, dijo junto a mí:

- Sin duda que esta noche, Dios se ha hecho español...

No pude estar más de acuerdo...

Fray Beltrán Del Valle. Memorias de un cura-soldado.

A. Villegas Glez- mayo/2015










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