lunes, 3 de febrero de 2014

EL ANIVERSARIO DE PATAPALO. (La Taberna del Cielo II)

Aquella noche en la taberna no cabía un alfiler, o más en consonancia con la concurrencia, no cabía barril en bodega. Todos permanecían expectantes, nerviosos y mirando hacia la puerta, contenidos y esperando.

Las conversaciones se hacían en pequeños corrillos y en voz muy baja, en una de las mesas, la más grande del local, Cosme Churruca, Cayetano Valdés, Federico Gravina, Vicente Tofiño y Alejandro Malaspina brindaban con disimulo conteniendo la risa, mientras a su alrededor el resto de hombres que había allí reunidos, hombres que olían todos igual que ellos mismos, a mar y a guerra, seguían con sus conversaciones en voz baja, recordando los tiempos de sal y viento sobre las tablas de un navío:

- ¿Seguro que no sabe nada?- le pregunta Churruca a Valdés.

- Seguro…

- Mira que el viejo es más listo que el hambre…

- Lo sé, pero todo se ha hecho con prudencia y disimulo…

- Lo que más le va a gustar es la sorpresa- dice Gravina.

- ¿Tú crees...? -le replica Tofiño- esperemos que el viejo no se líe a sablazos…

Los hombres irrumpen entonces en una risa atronadora, provocando que Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda, Juan Sebastián Elcano y Álvaro de Bazán, que ocupan la mesa contigua, los miren preguntándose que de qué se estarán riendo aquellos niños pijos del siglo dieciocho.

Luego todo queda en silencio cuando, desde la calle, suenan los inconfundibles pasos del hombre al que todos esperan.

¡Tacac, tacac, tacac, tacac!- la pata de palo se escucha acercándose cada vez más y los hombres de la taberna contienen la respiración y la puerta, graznando sobre sus goznes, se abre lentamente:

- ¡SORPRESA!- gritan entonces cien voces al tiempo.

El hombre de la puerta ha echado mano instintivamente al pomo de su espada, provocando con ello la carcajada general de todo el mundo.

- ¡La madre que les parió, esto no se le hace a un vascongado, pardiez! -dice el hombre mientras entra en la taberna y los demás le rodean vitoreándole y luchando entre ellos por estrechar la mano del personaje cojo, tuerto y con un brazo inútil, pero que despide a través de su único ojo un fuego arrollador y deja entrever una fortaleza sobrehumana.

- ¡No se les ocurra ponerse a cantar cumpleaños feliz o me largo!- dice don Blas de Lezo lanzando chispas por su único ojo y las risas se renuevan y multiplican y alguien le ofrece una jarra de vino que el hombre acepta encantado.

- Tenemos una sorpresa para usted, Almirante…

- ¿Sorpresa... ¡ummmmm!?

En una esquina y algo apartados del barullo general hay sentados dos hombres.
Uno es manco, de mirada noble y modales exquisitos y que observa a los hombres que tiene alrededor con envidia y respeto. 
El otro permanece arrogante y rígido, mirando hacia todas partes como un ratón asustado.
Se tensa y traga ostensiblemente saliva cada vez que uno de aquellos españoles da un grito o lo mira de arriba a abajo, con los ojos turbios de vino y con evidentes ganas de ensartarlo con el sable que todos llevan al cinto.

A ellos sin embargo no se lo han permitido, bueno a él, porque a Nelson si que le han dejado:

- Este se lo ha ganado, míster, que le ponía huevos al asunto -o algo así le habían dicho.

Así que allí estaba ahora, en aquella fiesta absurda tras aquella absurda invitación al cumpleaños de su peor y más duro enemigo. Cuando lo vio venir hacia ellos, (¡tacac, tacac, tacac, tacac!), no pudo reprimir el escalofrío que le recorrió desde la nuca hasta los mismos aparejos masculinos, que se le encogieron hasta casi desaparecer.

Don Blas no reconoció al principio a aquellos dos hombres. Comprobó a simple vista que no eran españoles, algo extraño, pues allí en la taberna no entraba nadie sino era de esta nación y hasta al pobre Magallanes había tenido que avalarlo Juan Sebastián Elcano para que pudiese entrar, aunque esto claro don Blas no lo sabía. 
Luego, cuando el rubio le miró, don Blas le reconoció al instante. ¡Vernon!

Se acercó despacio, resonando su pata de palo contra las tablas del suelo como cuando sonaban contra las tablas de un navío, todo el mundo se había quedado en silencio y contemplaba la escena. Siglos de Historia Naval española miraban el encuentro entre el atacante de Cartagena y su glorioso defensor.

Don Blas saludo primero a Nelson, cortés y educado:

- ¡Un honor don Horacio…! -le dijo mirándole a los ojos.

- ¡El honor es mío don Blas, bravo defensor de Cartagena…!

- Que se lo cuenten aquí a tu amigo- don Blas sonreía malévolo mientras el otro tragaba saliva.

Luego miró muy fijo a Vernon, que apenas podía sostener su mirada encendida como un cañón de a veinticuatro, y le dijo con sorna y guasa española, don Blas se juntaba mucho últimamente con los hermanos Pinzones y se le había pegado el gracejo andaluz:

- Vernon camarada, siempre he tenido una curiosidad…

- Yo la satisfaré don Blas, entre caballeros, faltaría más…- el almirante inglés parecía reponerse de la vergüenza.

El de Lezo dejó pasar un corto espacio de tiempo, mientras toda la concurrencia de la taberna parecía estirarse para acercar las orejas a lo que iba a decir el vasco, que entonces lo soltó como un mosquetazo:

- ¿Por dónde te metiste las medallitas, Vernon…?

La risa retumbó tanto que el inglés pasó del rojo al lila y del azul al verde en un instante, deseando que la tierra se lo tragase, (o el cielo en aquel caso), y desaparecer de aquella taberna maldita llena de españoles que se reían de él. Y el que más se reía, el hideputa del cojo. Y encima, hasta Nelson no disimulaba la sonrisa.

Luego don Blas se sumergió entre los abrazos y los brindis que a su salud no dejaban de hacer sus camaradas y los dos ingleses se quedaron de nuevo solos, un poco aparte.

Vernon rumiando su turbación y sonrojo y Nelson dando cuenta del magnífico vino español que les habían servido y del que no dejaban de rellenar las jarras.
Hospitalarios y generosos que eran aquellos hispanos y duros en el combate, como él mismo había tenido más de una ocasión de comprobar. En Tenerife, sin ir más lejos se había dejado medio brazo ante aquellos impasibles españoles que no se rendían jamás.

Entonces Vernon, en voz baja para que no le escuchase ninguno de aquellos locos, le dice a Nelson:

-¡Qué jodidos y cabrones son estos españoles…! - ¿verdad Horacio?

-Lo son… Y valientes. Se ve que no lo aprendiste bien del todo en Cartagena. ¿Por cierto Vernon…?

-¿Sí, Sir Horatio…?- Nelson deja pasar unos segundos...

-¿Pon dónde te ordenó el rey Jorge que te metieras las medallas...?

Entonces fue la risa alegre y cantarina del mejor marino inglés de la Historia, invitado al aniversario de aquel otro marino español valiente y honroso defensor de su patria, la que retumba entre las viejas tablas de la Taberna del Cielo y los marinos españoles que allí se encuentran alrededor de don Blas, se suman a esa risa atronadora, mientras Vernon se encoje y se dice a sí mismo:

- ¡San Jorge Bendito, qué nochecita me espera!

Fin.

© A. Villegas Glez. 2014














9 comentarios:

  1. Como siempre genial. Pero esta vez, quizás, metafísicamente logrado.

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  2. Buenas noches

    Y eso que Blas de Lezo era Guipuzcoano

    ¡¡Que si llega a ser de Bilbao....!!

    Saludos

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  3. Brindo por Don Blas de Lezo, y todos los marinos españoles que nos han precedido honrosamente.

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  4. Ojalá todos los españoles nos sintieramos orgullosos de gente como D. Blas. Y todas las medallas de vernon las enseñaramos como simbolo de su vergüenza....

    Magnifico relato.

    http://www.ebay.es/itm/REPLICA-MEDALLA-CONMEMORATIVA-AD-VERNON-BLAS-DE-LEZO-PORTOBELLO-/151362763330?pt=LH_DefaultDomain_186&hash=item233dec7a42

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  5. Se supera usted, don Antonio. Por cierto, le pido disculpas por haberle dejado mi comentario en su anterior relato en el que aparecen don Miguel de Cervantes y don Francisco de Quevedo en forma de soneto, se ve que no fue de su agrado. Reciba un cordial saludo.

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  6. Estimado Sr. Villegas: me pongo de nuevo en contacto con usted, no con ánimo de que publique en su blog esta disertación mía, sino para simplemente hacerle una aclaración que creo que le debo. El soneto que le envié a modo de comentario es uno de los quinientos treinta y tres que conforman mi obra poética, levantada durante dieciséis años y que están compendiados en cuatro poemarios que constan debidamente registrados en el Registro de la Propiedad Intelectual. Con él quise hacer un homenaje a esos personajes de su excepcional relato, así como al tema que tocaba, y que, como al buen don Francisco, resulta especialmenbte sensible a todos los que amamos a España. Con toda seguridad es usted mucho mejor cálamo que yo, pero como escritor sabe cuánto sacrificio conlleva componer y escribir y, por ello, el profundo amor al resultado de forzar el numen y rogar a la Musa. No creo que usted quisiera despreciar el fruto de mi esfuerzo, pero no le negaré que sí me dolió porque, al obviarlo, sencillamente lo valoró de forma que no voy a decir aquí. Si me animo a decirle esto, es porque, una vez que le hice el elogio 8sin duda merecido) a su trabajo de forma directa y abierta, entonces sí, publica mis palabras que van acompañadadas de una disculpa que, en realidad, tienen bastante más de ironía que de descargo. No obstante le deseo en su esfuerzo literario toda la suerte del mundo, porque a tenor de la calidad que exhibe en sus logradísimas letras, sin duda se lo merece. Reciba un cordial saludo y mi despedida, voy a lamentar muy sinceramente el no volver a asomarme a sus escritos. Siempre a su diestra, Fernando Fajardo García, poeta.

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    1. Le explico: Los comentarios del blog requieren de autorización previa antes de ser publicados- me cansé de borrar insultos y estupideces- Esa es la única razón de que no viese usted sus palabras publicadas con la inmediatez que usted requiere. Le agradezco sus palabras y, después de leer lo leído, le deseo que las Musas le sigan iluminando. Un placer, muy agradecido por el elogio y si no quiere regresar a asomarse a mis escritos no hay problema alguno. Con Dios y larga prosperidad.

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