Mostrando entradas con la etiqueta Adelantados y Conquistadores. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adelantados y Conquistadores. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de octubre de 2015

LA FLORIDA. La vida de Don Pedro Menéndez de Avilés (II)

Corría el año mil quinientos sesenta y cinco...

Pedro Menéndez de Avilés se había convertido el más apreciado consejero del rey Felipe que lo había desagraviado privadamente tras el juicio -más pantomima que otra cosa- que se había celebrado en Cádiz por orden de la Casa de Contratación.
El rey le había nombrado su Consejero personal además de otorgarle el mando de la Flota de Indias.
Gracias a aquel nombramiento Pedro tendría las primeras noticias sobre la nueva tierra recién descubierta al norte de Cuba y que habían bautizado como: La Florida.

El de Avilés estaba seguro de que su primogénito había sobrevivido al naufragio sufrido por el galeón en el que iba embarcado, muy cerca del Canal de las Bahamas y que ahora se encontraba perdido en las ignotas costas de Florida. 
Por aquella razón le pediría al monarca ser el encargado de la exploración y conquista de aquella tierra descubierta por Ponce de León y explorada por hombres como Narváez, Cabeza de Vaca o Hernando de Soto.
Felipe II le nombraría Adelantado pero, siguiendo la rancia costumbre austriaca, no le daría ni un duro para la expedición que tendría que costear el de Avilés de su propio bolsillo.

Pedro Menéndez comenzó de inmediato a preparar la expedición endeudándose hasta las orejas, más, el deseo de encontrar a su hijo perdido, que él estaba seguro que estaba vivo, además del legítimo afán de servir  a su patria y a su rey ensanchando el imperio en el que no se ponía el sol le empujaban en la dificultosa tarea.

Muy pronto la expedición tendría otro objetivo ya que en la Florida se había asentado una colonia de herejes hugonotes que se dedicaban a la piratería y el corso contra el comercio español, abordando carracas de transporte, asaltando villorrios y matando sin compasión a todo lo que oliese a español. 
Así que el católico Felipe ordenaría al de Avilés que limpiase aquellas tierras de herejes y de piratas:

- Un dos por uno, Pedro, ya sabes como los anuncios del Corte Flamenco...

Para tal misión le entregaría un galeón -el Pelayo- y cuatrocientos soldados embarcados. 
Todo lo demás, hasta un total de treinta barcos y casi dos mil quinientas personas, entre colonos, familias, marineros y curas, sería facturado por nuestro protagonista.

La expedición, no empezaría con muy buen pie, pues la flota sufriría temporales y galernas terribles hasta su llegada a Puerto Rico en agosto de mil quinientos sesenta y cinco. 
Bueno, llegaron el galeón Pelayo, que era la nave capitana, junto con algunas otras naves menores y luego, desparramadas y dañadas por las tormentas, irían llegando las demás en lento goteo.
Aquella desventaja en naves y hombres no arredraría al Adelantado, todo lo contrario, ya que Avilés ordenó alistar los barcos que tenía a mano para iniciar con ellos de inmediato la travesía hasta la Florida, para una vez allí plantar cara a los gabachos que habían decidido aposentarse en tierras del Rey Católico, los listos...

El veintiocho de agosto llegaron a un lugar que bautizaron como San Agustín de la Florida. Era un hermoso puerto natural situado en la desembocadura de un río que creaba una dársena perfecta en la que fondear los barcos.

Informado por los indígenas locales, con los que el Adelantado comienza a entablar amistosas relaciones y alianzas, Menéndez se entera de que su objetivo, Fort Caroline, nido de hugonotes y corsarios gabachos, estaba situado un poco más al norte de su actual posición y que el fuerte lo guardaban muchos hombres que contaban además con cuatro buenos barcos bien artillados.
Al Adelantado no pareció impresionarle demasiado la superioridad francesa y  dio la orden de atacar de inmediato la posición hugonote.

En mitad de la noche cerrada y lluviosa entró en la pequeña rada en la que estaban los barcos enemigos al pairo tan tranquilos, entre la bruma gris, con astucia y dos huevos consiguió meter la proa del Pelayo entre la nave capitana enemiga y otro de sus barcos, luego lanzó el terrorífico grito de guerra de los españoles: ¡Santiago!, mientras su figura se recortaba a la luz de los primeros mosquetazos que disparaban sus hombres contra los aterrorizados corsarios.
Los herejes, espantados, sorprendidos y temiendo sobre todas las demás cosas del Universo un abordaje de la infantería española, cortaron los ganchos de abordaje con inusitada eficacia y rapidez, desplegaron las velas y salieron de la desembocadura como alma que llevaba el demonio.
El Pelayo se lanzaría en su persecución con Pedro de Avilés echando chispas sobre el castillo de proa viendo cómo se le escapaba el enemigo de entre las garras.
La persecución duraría toda la noche pero no se lograría dar caza a los barcos franceses que se diría no pensaban detenerse hasta alcanzar La Rochela.

A primeros del mes de septiembre se tomaría posesión formal de la colonia en nombre del rey de España. 
San Agustín no era más que cuatro casas de adobe, una empalizada y algunas trincheras y posiciones de artillería, pero todos allí, desde los colonos a los soldados ya sentían aquel pedazo de tierra como suyo.
Una tierra española que intentaban arrebatar, en aquel caso, unos herejes gabachos que habían tenido la mala idea de ir a establecerse en tierras de la Corona.

Los franceses, repuestos del susto que se habían llevado y con mejores naves y más hombres, intentarían tomar San Agustín a mediados de septiembre. 
Lanzaron sus lanchones de desembarco atestados de soldados contra la costa y las defensas españolas que les aguardaban, pero no se llegaría a combatir ya que se desató una tormenta que obligaría a los herejes a suspender la operación de desembarco y a tener que internarse en alta mar para no ser destrozados por las rocas y los bajíos de la costa.

Aquella circunstancia sería aprovechada por el audaz Adelantado para asestar un golpe demoledor y definitivo al enemigo.
Ordenó formar una fuerza de quinientos hombres escogidos con provisión para ocho días de marcha y que estuviesen dispuestos a afrontar grandes calamidades y peligros. 
Luego, resuelto y decidido, se internó por entre la espesura de la selva, bajo una lluvia torrencial y enormes relámpagos que iluminaban los morriones de los quinientos valientes que le seguían en dirección norte, directos hacia el Fuerte Carolina por la inexplorada ruta terrestre.

Durante cuatro agotadores días y sus noches atravesaron pantanos y lodazales desbrozando la selva a su paso. El Adelantado, incansable, recorría la columna de arriba a abajo infundiendo ánimos a sus agotados soldados que, a pesar del barro y los mosquitos como gorriones, estaban dispuestos a seguir a su Comandante hasta las mismas puertas del averno.
Y aquella ruta era un infierno de pantanos, fango, peligrosos animales de fábula y agua a espuertas, pues en los cuatro días apenas había dejado de llover.

Al quinto día, los quinientos españoles alcanzaron las inmediaciones de Fuerte Carolina... Los franceses dormían a pierna suelta sin imaginarse la terrible encamisada que estaba a punto de abatirse sobre ellos. 
Avilés dio las últimas órdenes:

- No hacer daño alguno a menores de catorce años ni a sus madres... El resto que le fuese rezando a su Dios hereje.

Los centinelas fueron pasados a cuchillo en silencio y el mismo Avilés junto a uno de sus más leales capitanes sería el que abriese las puertas por las que se colaron de inmediato, como una ola que brillaba con espuma de acero, los dos grupos de soldados que habían permanecido agazapados en la selva y que, por estar la pólvora mojada, atacaban a daga y espada gritando como posesos:

- ¡Santiago!, ¡Cierra!, ¡España...!

Los defensores corrieron espantados por el patio de tierra del fuerte, los niños lloraban y las mujeres gritaban de dolor y rabia mientras algunos de los hombres intentaban defenderse y otros corrían hacia la selva y todos ellos o casi todos, eran eliminados bajo las cuchillas españolas.
Solamente setenta mujeres y niños sobrevivirían al asalto, respetadas sus vidas por la orden dada por el Adelantado, que era un soldado más no un asesino despiadado.

En el puerto había tres barcos hugonotes que se negaron a rendirse y el de Avilés, una vez abastecidos de pólvora seca adquirida en los arsenales enemigos, ordenó emplazar cuatro piezas gruesas a boca de jarro de los barcos corsarios que miraban la maniobra española con sorna y desdén:

- No llegarán con el cañón... Decían muy seguros.

El primer tiro fue de prueba, el segundo de puntería y el tercero le acertaría a uno de los barcos en la línea de agua con tan buen tino que en pocos minutos escoraba y los tripulantes chillaban como ratas abandonando la embarcación.
Los otros dos, en vista de lo visto, desplegaron las velas y huyeron sin atreverse a plantar cara al de Avilés y los suyos.

Fort Caroline sería rebautizado como San Mateo.
Allí se quedaría una guarnición de trescientos hombres mientras Pedro de Avilés, muy preocupado por un posible ataque contra San Agustín, emprendería el camino de regreso por la terrible senda de los pantanales hasta la colonia.
La epopeya de Avilés y sus hombres durante el regreso valdría para llenar estanterías de libros y salas de cine.

Nada más llegar a San Agustín los indios aliados informan al Adelantado de que unos doscientos náufragos franceses estaban acampados en la orilla del río al norte y que se afanaban en construir un fuerte y en reparar un barco.
El Adelantado se desplazó con cincuenta de sus arcabuceros y tomó presos a los doscientos herejes, luego sin temblarle el pulso cumpliría las ordenes del rey a rajatabla y de aquellos hugonotes no quedaría ni el recuerdo.

Poco después apareció otro grupo de hugonotes algo más al norte. 
Eran los restos de la flamante expedición del famoso corsario Jean de Ribault, que había salido de Francia, banderas al viento y con la sana intención de asaltar las posiciones españolas, exterminar sin compasión a todos los católicos que encontrase y extender entre los indios la fe calvinista.
El mismo Ribault ofrecería al de Avilés el oro y el moro por su libertad, que una cosa era fardar de tener pelotas en Marsella  y otra muy distinta demostrarlo ante aquel famoso soldado y marino español que no dejaba de medirle el gaznate con la mirada.
Al Adelantado tampoco lo pensaría demasiado para cumplir las órdenes reales, tras quemar algunos libros herejes que llevaban los franceses dio la orden de arcabucearlos sin compasión. 
Que donde las dan las toman, Ribault...

En el mes noviembre con vientos contrarios y al timón de su nave, Pedro de Avilés navegaría hasta la isla de Cuba para solicitar refuerzos y amparo para la colonia de San Agustín, que crecía cada día lenta, pero segura.

En La Habana se llevaría una alegría al encontrarse allí con los barcos de la escuadra que había mandado construir en el Cantábrico. Sería la única alegría del viaje pues el Gobernador de Cuba le negaría en redondo cualquier socorro o ayuda, y no solo eso, sino que le pondría mil trabas y obstáculos en el camino. 
Cosas de la envidia, ya saben.

Pero el carácter indómito del asturiano le hacía vencer todas las dificultades y soportar todas las miserias. Además mantenía a toda prueba la lealtad de sus hombres y su fama de audaz, buen marino y mejor soldado se extendería por todo el Golfo de México como lo había hecho antes por el Cantábrico. 
También el rey mantendría siempre la confianza en el viejo marino asturiano, la generosidad, sin embargo, pocas veces la dejaría ver el Prudente.

El Adelantado se dedica a explorar la Florida, Georgia y Carolina del Sur, estableciendo casi siempre buenas relaciones con los indígenas, había excepciones, claro, pero aquello no era sino un peligro más de los muchos que tuvieron que afrontar aquellos hombres y mujeres irrepetibles que nos legaron el mayor imperio conocido.

A San Agustín llegaría, en mil quinientos sesenta y seis, una flota de quince naves que había sido enviada enviada por el rey para fortalecer la posición y que la presencia española se extendiese por toda la región.
La colonia crecía pese a los peligros y amenazas, como el de una poderosa flota francesa de la que se rumoreaba había puesto rumbo hacia San Agustín, un enclave que no estaba más que en sus pasos iniciales y que pese a los esfuerzos de todos los habitantes y el evidente crecimiento del emplazamiento español, estaba siempre falta de todo, sin víveres, municiones, defensas amuralladas ni artillería suficiente, siempre al tanto de rebeliones indígenas o propias y con el ojo puesto en el horizonte por si se veían aparecer las velas gabachas.
Por todas aquellas razones el Adelantado decidió que lo mejor era hacer un viaje a España para decirle al rey, de su misma boca, lo que hacía falta y lo que no, para llevar adelante la conquista de aquellas tierras.

Nada más llegar a La Coruña le informaron de que el rey estaba en El Escorial, tan campante, así que decidió recalar en su puerto natal, Avilés, en dónde les dio un soponcio a sus familiares y amigos que le creían muerto cuando le vieron aparecer, más viejo, más curtido y con mas canas en la barba, pero con la misma sonrisa de aquel niño que se pasaba las horas mirando el mar dibujada en el rostro.

Pedro sin apenas descansar recorrió el camino hasta la Corte en la que le recibiría el monarca junto al Consejo de Indias.
Pedro Menéndez contaría sus peripecias, sus peleas, sus alianzas, el exterminio de los hugonotes y el asentamiento que crecía en las tierras de la Florida, también que el Gobernador de Cuba era un incompetente, un chulo y un hideputa que: "hacía muy mal servicio a su majestad...", a los miembros del Consejo, por supuesto, casi les dio un soponcio escuchando al Adelantado mientras el rey sonreía de oreja a oreja más feliz que un marrano revolcándose en barro.
Pedro Avilés recibiría licencia para permanecer un mes en su pueblo, en su casa, reponiéndose al aire de su amado Cantábrico de la enorme peripecia que había vivido.
Era el verano de mil quinientos sesenta y ocho, Pedro de Avilés tenía cincuenta y cinco años de mar, selva, peleas y aventuras grabadas en el duro lomo asturiano.
Felipe II le nombraría Gobernador de Cuba y le daría al mando de una gran flota, cargada de abastecimientos, colonos, soldados y pólvora hasta los topes de las bodegas para apoyar el despliegue hispano en Cuba, Puerto Rico y La Florida.

Cuando regresó al Caribe se encontraría con el destrozo, la miseria y el hambre que habían dejado tras ellos los ataques de una flotilla de corsarios franceses.
El de Avilés reorganizaría la situación con pulso firme. 
En poco tiempo apaciguaría las rebeliones indígenas, metería en cintura a los díscolos y limpiaría sus aguas de piratas y corsarios enemigos.
Por si todo esto fuese poco ordenó levantar una carta náutica de Cuba, Florida y Las Bahamas que sería la primera del mundo, continuó amparando y explorando, él mismo, las costas de las regiones que le correspondían como Gobernador y facilitaría y ampararía la misión franciscana.
Estaba muy a gusto Pedro de Avilés como Gobernador de Cuba, pero
en el año mil quinientos setenta y tres el rey Felipe reclamaría la inmediata presencia del marino asturiano en la Península.

Nada más llegar le dieron el nombramiento de Consejero de Indias, uno de los más importantes de España y más todavía en el caso de Avilés que sabía de mar y de Indias más que nadie, al menos más que los Consejeros.
Sin embargo a Pedro todo aquello le olía a chamusquina. 
Felipe estaba tramando alguna de las suyas y a él le había tocado alguna china, y de las gordas.

Le quedaría el asunto cristalino en febrero de ese mismo año cuando el rey le nombra Capitán General de la flota que se estaba construyendo en los astilleros del Cantábrico, una flota que tendría que embarcar a los Tercios en Flandes para llevarlos luego hasta el otro lado del Canal de la Mancha.
La flota que se estaba armando contaba con más de doscientos cincuenta barcos entre galones y transportes y Pedro Menéndez estaba seguro de que el plan del rey era el de invadir la Pérfida Albión...
Para septiembre de mil quinientos setenta y cuatro la armada estaba dispuesta para cumplir la misión de apoyo en Flandes y se celebró una gran fiesta en el puerto de Santander.

En mitad de las celebraciones el Capitán General, Pedro Menéndez se sintió indispuesto, mareado y débil, con la visión borrosa que evocaba el azul del Caribe.
Atendido por los médicos se le diagnosticaría tabardillo maligno, o sea, tifus en estado terminal.

Moriría el diecisiete de septiembre de mil quinientos setenta y cuatro.
Con él se marchaba uno de los más grandes marinos, generales y exploradores de tantos como jalonan la gran historia que atesoramos los españoles.
Reposan sus restos en la iglesia de San Nicolás de su pueblo natal, Avilés, Asturias, España.

Fin

A. Villegas Glez. 2015

Imagen: Don Pedro Menéndez de Avilés. (1519- 1574)






















martes, 22 de septiembre de 2015

EL DUEÑO DEL MAR: La vida de Don Pedro Menéndez de Avilés (I)

En el hermoso puerto asturiano de Avilés vería la luz nuestro protagonista en el año mil quinientos diecinueve. Hidalgo de buena familia cuyo padre había peleado en la Guerra de Granada y prendado de las aguas del mar desde que había aspirado su primer aliento de aire salado.
Desde la cuna demostraría un carácter intrépido que le llevaría, al poco de cumplir los catorce años, a escaparse de su casa y embarcarse como grumete en una de las naves de la flota española que combatía a los corsarios franceses del Cantábrico.
Durante dos largos y peligrosos años se empapa de conocimientos marinos, de tácticas navales de combate y del irreprimible deseo de tener un barco propio.

A su regreso a Avilés, su preocupadísima familia le obliga a contraer matrimonio con una chiquilla que no había cumplido los doce años. 
En menos de un mes el avispado Pedro Menéndez vende su parte de la hacienda familiar, compra un viejo patache -una embarcación pequeña, ligera y rápida- y convence hasta a su mismo cuñado para que le acompañe en la aventura, que no es otra que la de, con aquel patache, hacer el corso al francés hasta que reviente.

Muy pronto la fama de bravura y pericia de aquel joven capitán Menéndez de Avilés correría como la pólvora por la costa cantábrica. Su hazaña en Vigo, en dónde había represado varios barcos españoles que se llevaban tan campantes unos corsarios gabachos, a los que Pedro y los suyos habían dado leña hasta que arriaron el pabellón, era audacia contada en cada taberna y su fama amedrentaba a los intrépidos corsarios franceses.
Corsarios que se cagaron patas abajo cuando sucedió el episodio con el afamado marino Juan Alfonso de Saintogne.

Corría el año mil quinientos cuarenta y cuatro y el tal Saintogne y su flota navegaban hacia el puerto de La Rochela con unas quince naves españolas apresadas. Iban los gabachos, como pueden imaginar, más contentos que unas castañuelas.
A popa de los barcos los vigías podían ver unas velas que los perseguían:

- Ce qui est...?
- Je ne sais pas...

La flota de Saintogne entró en el puerto triunfante y creyéndose al amparo de las fuerzas que había ancladas. La Rochela era base vital de la flota de guerra francesa y nido de corsarios... Nadie se podía ni imaginar lo que estaba a punto de suceder.

El pequeño patache de Avilés entró impasible en la rada, se abarloó con la nave capitana corsaria y la dotación española se lanzó al abordaje sin compasión ni miramiento. 
Pedro Menéndez buscó, encontró y de dos sablazos, mató al afamado Saintogne, que todavía estaba el pobre sin poder creerse lo que estaba pasando.
Avilés represaría algunos de los barcos españoles y saldría de La Rochela sin que ninguno de los galeones de la flota francesa disparase un solo cañonazo. La audacia del marino asturiano había dejado a los marineros franceses petrificados y con los ojos como platos de Talavera.

El Emperador Carlos, admirado por aquel derroche de valor y audacia, le mandaría llamar para conocerlo en persona y le concedería una patente de corso para que limpiara de sus homólogos gabachos las infestadas aguas del Mar Cantábrico.

Para el año mil quinientos cincuenta y dos, Pedro tiene treinta y tres años, ya contaba con la amistad y toda la confianza del monarca del que era consejero. 
Pedro había realizado numerosas travesías atlánticas y limpiado su amado Cantábrico de corsarios enemigos.
Tanto confiaba Carlos I en su más preciado marino que le otorgaría el mando de la flota que le transporta a Flandes durante el viaje que hace Carlos de Gante en el año mil quinientos cincuenta y cuatro. El mismo año también que le daría el mando de la escuadra que lleva a su hijo Felipe hasta Inglaterra para el bodorrio con María Tudor.

Dos años después Felipe II asumiría el trono de España. Pedro Menéndez es el nuevo General de la Escuadra de Flandes. 
Ostentando aquel cargo, y tras haber desembarcado en Calais a despecho de los franceses, estaría presente en la famosa batalla de San Quintín al frente de sus hombres.
Nuestro protagonista había demostrado con creces ser un excelente soldado pero también era un hombre avispado y culto. Es quien inventó el concepto de Flotas de Indias organizadas en convoyes periódicos y escoltados. Un concepto copiado siglos después por los mercantes Aliados de la Segunda Guerra Mundial.

En mil quinientos sesenta y uno el rey le asignaría un nuevo cometido. 
Debía armar una flota con la que traerse metales preciosos con los que suplir el enorme gasto que hacía la corona, y de paso, buscar y apresar al chulo de Lope de Aguirre que se había declarado Rey del Amazonas y había mandado, literalmente, a tomar por saco al monarca español.

Pero, para cuando Pedro Menéndez alcanzase la desembocadura del gran río, la cabeza de Aguirre ya adornaba el centro de un poblado indígena clavada en una estaca.
El de Avilés decide regresar a España con los barcos con las bodegas repletas de plata pero sin cabeza de nadie, total, ¡con lo que aquello hedía!

Nada más bajar del barco en Cádiz, a Pedro Menéndez y a su hermano los cargan de grilletes y los encierran en la cárcel por orden del Consejo de Indias...
Era más o menos el año mil quinientos sesenta y dos y el viejo marino no podía creerse lo que estaba pasando... 
Asuntos de envidias, celos, resquemores y piques entre el monarca y el Consejo.
Asuntos españoles de toda la vida...

(Continuará)

A. Villegas Glez. 









miércoles, 12 de agosto de 2015

FRANCISCO DE ORELLANA

Era el mas grande curso de agua dulce que jamás habían contemplado los hombres, y en sus riberas crecía la más frondosa, húmeda, espeluznante y hermosa selva que puso Dios sobre el mundo, era también el camino hacia El Dorado y el País de la Canela y sería, a la postre, la tumba de mis huesos.
Supongo que me habrán reconocido aunque mi nombre, como el de tantos otros valientes, se haya perdido y olvidado, eclipsado por las hazañas de Cortés o de mi primo, Pizarro.
Me llamo Francisco de Orellana y precisamente bajo las órdenes de aquel familiar mío comenzarían mis aventuras por aquellas nuevas tierras que España había descubierto y que se proponía conquistar.

Nací en la hermosa ciudad de Trujillo, cuna de tantos y tantos hidalgos que se lanzaron sin dudar a la exploración de aquel Nuevo Mundo, en el año del Señor de mil quinientos y once.
Mi pobre madre siempre quiso alejarme de la compañía de aquellos hombres que regresaban contando las mil maravillas y los mil prodigios que habían contemplado, también contaban que aquella tierra estaba cuajada de oro, plata, piedras preciosas y de peligrosos y belicosos indígenas.
Había oro, sí, pero agarrarlo no era nada sencillo ya que  había que pelear, explorar y sumergirse en un mundo completamente desconocido para los europeos. 
Un mundo nuevo del que se podía regresar rico, pobre y enfermo o no regresar jamás según te acompañase la suerte.
A un servidor, por desgracia, le tocaría no regresar nunca, y por eso ahora les relato mi vida mientras el polvo de mis huesos se mezcla con la tierra que riega el gran río al que pusimos nombre.

Pero, empecemos por el principio...

Corría el año mil quinientos veinte y siete cuando me embarqué, a pesar de los ruegos de mi madre, en la expedición de mi primo Pizarro que tenía por objetivo llegar al mítico reino del Birú.
No fue nada fácil se lo puedo asegurar, pues entre enfermedades, miserias y batallas los españoles caíamos como moscas y cada día nos parecía que iba a ser el último de nuestras vidas. 
Sin embargo, un servidor de vuestras mercedes no puede quejarse, la guerra con los incas me dejó una buena bolsa de oro- algunos malnacidos me acusan de saqueador sin escrúpulos- el honor de fundar la ciudad de Guayaquil y, en la parte negativa, me costó muchas heridas y un ojo que se llevaron por delante los indios manabíes -que oiga, ni eran mancos ni tontos- en una de las muchas, muchísimas batallas y escaramuzas que sostuvimos contra los indígenas que, insisto, no eran cobardes, ni mancos, más bien al contrario, eran valientes en extremo y dignos de admiración, por eso precisamente me dediqué a aprender sus distintas lenguas, que eran extrañas y difíciles de entender para un español pero que, con esfuerzo, lograría dominar con el tiempo. 
Los indios eran unos excelentes guerreros, lástima que la enfermedad del gorrino acabase con ellos por millares, muchos más de los que pudimos haber matado nosotros que, al fin y al cabo, solamente éramos hombres igual que ellos y no dioses como pensaron al principio.
Y como hombres vencimos y conquistamos el mayor imperio de aquel Nuevo Mundo, el de los incas, con permiso de Cortés que tomaría el de los Aztecas que no eran tampoco moco de pavo.

El caso es que me vi muy rico, con una hermosa hacienda y muchas tierras bajo mi cargo, por lo que me dediqué por un tiempo a tocarme los aparejos, hasta que el chulo de Diego de Almagro se rebeló contra mi primo y le tuvimos que parar los pies en la batalla de Las Salinas.
¡Pardiez!, no hay cosa que me fastidie más que la endogámica costumbre española de matarnos los unos a los otros, pero qué se le va a hacer, los ingleses tienen flema y nosotros las ganas de acuchillarnos.
Tras ahogar la rebelión de Almagro me retiré de nuevo a mis hermosas tierra ecuatorianas con el título de Gobernador de Guayaquil y de Nueva Villa de Puerto Viejo bajo el brazo. Algunos cronistas, con menos envidia y menos mala leche, reconocen éste periodo de mi vida como de esplendor y progreso gracias a mi generosidad y mis muchos emprendimientos en obras públicas y caridades repartidas entre los mismos indígenas que dicen maté por millares... 

Pero ya ven lo que son las cosas y el carácter de cada cual, aún sin faltarme de nada y viviendo tranquilo y admirado, en cuánto me enteré de que el hermano menor de mi tocayo, Gonzalo Pizarro, estaba preparando una expedición al mítico País de la Canela -lo del Dorado vendría luego- me fui corriendo hasta la ciudad de Quito para acompañarlo en tan gran aventura.
Para cuando llegué a la ciudad, Gonzalo Pizarro ya había partido y dejado órdenes de que reuniese una hueste y lo siguiese en la aventura.
¡Pardiez!, ni yo mismo pude imaginar lo extraordinaria que sería la peripecia.

Atravesamos las enormes montañas andinas entre ventisqueros y frío gélido, entre cortaduras que quitaban el aliento y caminos trazados sobre terrazas imposibles por las que ni siquiera las alpacas se atrevían a cruzar, después nos ahogó el calor asfixiante de la selva inmensa y entre unas cosas y otras, de los treinta hombres que me acompañaban, tan solo la mitad logramos alcanzar el campamento de Gonzalo Pizarro.
Llegamos derrengados, rotos, flacos y casi todos pidiéndole hora a San Pedro, pero con la ilusión de haber llegado por fin al ansiado País de la Canela.
Y nuestro gozo se quedó en un pozo, nunca mejor dicho, pues Gonzalo y sus hombres, también diezmados y rotos, acampaban en un pantanal inhabitable, insalubre y húmedo. Unas ciénagas oscuras cuajadas de lagartos enormes, de árboles de agua cuyas raíces asemejaban espectros hundidos y en dónde la canela, la especia que nos iba a hacer a todos ricos, brillaba, pero por su ausencia.
Allí no nos esperaba más que la muerte. 

Como atravesar las selva era prácticamente imposible decidimos construir un pequeño barco con el que descender por el río que formaba aquel fétido pantano, lo que, visto en perspectiva, dice mucho del valor de aquellos españoles medio locos, ambiciosos y geniales que nos habíamos juntado en la empresa.
Flacos, hambrientos y débiles logramos construir una nave, que no sería la más rumbosa y marinera del Universo, pero que flotaba y se mantenía sobre las oscuras aguas del río. Hasta las herraduras de los caballos, que previamente nos habíamos zampado, las reutilizamos para fabricar los clavos de la embarcación.
Como antes les dije, un servidor, a pesar de -según algunos- mi mala leche y crueldad, había aprendido varias de las lenguas indígenas y aquello me sirvió para que, Gonzalo Pizarro, me nombrase comandante del navío y jefe de los que bajaríamos el río en busca de alimentos y algún lugar mejor en el que asentar el campamento.

Durante días y días y días y noches y noches y noches no encontramos más que selva y agua. Los pocos víveres que habíamos embarcado se agotaron y el hambre se extendió por el barco. Hasta el cuero de las raídas botas, recocido con yerbajos, ranas y algún pez, tuvimos que comernos.
Pero quiso la Providencia que, cuando ya parecía que íbamos a fenecer todos de hambre y miseria y al pasar un enorme meandro del río, encontrásemos el poblado del cacique Aparia, que nos recibió y trató como a Dioses. 
Créanme si les digo que, a pesar de las habladurías que sobre los españoles cuentan, en aquel poblado a ninguno se nos ocurrió preguntar por oro o piedras preciosas, solamente teníamos ojos para los enormes cestones de comida que nos ofrecían y solo corazón para agradecer tamaña generosidad.
Al cacique indígena le regalé con gusto mi daga vizcaína, de buen acero español y, ¡pardiez!, solamente ver la cara del hombre mientas se reflejaba en la hoja ya había merecido al pena el viaje.
Era más o menos el mes de enero del año del Señor de mil quinientos cuarenta y dos.

Los días se sucedían uno tras otro y no teníamos noticias del resto de la expedición, con Gonzalo al frente, y que debían reunirse con los que habíamos bajado el río. 
Pasó un mes entero en los que, cada día, me retorcía de angustia y desesperación esperando a nuestros compañeros y mi alma de hidalgo me impelía a salir en su busca. Sin embargo todos sabíamos que lo más probable era que estuviesen todos muertos ya que si el viaje por el río había sido duro y casi acaba con nosotros, el trayecto por tierra debía ser infernalmente mortal y casi con toda seguridad nuestros compañeros habrían caído víctimas del cansancio, el hambre o las flechas de los indígenas.
Así toda esperanza de reunirnos se desvaneció entre el sofocante calor y la espesura de la selva. Hasta una misa celebramos por sus almas perdidas. 

Decidimos entonces que lo mejor era bajar el curso del río hasta el mar, por lo que nos dedicamos a construir un pequeño barquito al que bautizamos "Victoria" y con el que nos dispusimos a buscar la salida al mar... 
Ninguno podíamos imaginar que, aquel río, más grande y caudaloso que todos los que había en España, era solamente un afluente del otro, del gigantesco, del enorme, del grandísimo curso de agua al que fuimos a desembocar el día once de febrero.
Era tan ancho que ordené navegar en zigzag para poder contemplar las riberas de ambas orillas, era tan caudaloso que nos sentíamos motitas de arena del desierto, era tan hermoso y rodeado de una selva tan espesa que ni el mismo sol podía penetrarla.

Poco después conocimos a la temible y valerosa tribu de las amazonas. 
Eran hembras vigorosas, bellas, fuertes y valientes, muy altas para un indígena corriente y manejaban el arco con pasmosa y mortal eficacia. 
La pelea contra ellas nos costó la vida de algunos compatriotas y a los que quedamos con vida nos costaría el corazón, enamorado para siempre de aquellas féminas que, casi como Dios las había traído al mundo, recorrían la selva en busca de sustento y hombres que poner a su servicio. 
Porque en el Reino de las Amazonas los hombres eran solamente sirvientes, esclavos o reproductores.
Como podrán imaginar vuestras mercedes, de todos los prodigios que habíamos contemplado, aquella tribu fue el que más impacto nos produjo, y miedo, y curiosidad, y como antes les dije, hasta enamoramiento por aquellas hermosas salvajes que nos disparaban, mirando también ellas con curiosidad nuestras barbas, nuestros petos y morriones y nuestras espadas, cientos y cientos de flechas mientras atravesábamos su reino camino del mar.
En su honor bautizamos el gran río como: Amazonas.

Poco después alcanzamos el delta y la desembocadura del río... No pueden imaginar las terroríficas corrientes y el enorme oleaje que tuvimos que afrontar cuando el agua dulce, por millones de litros, chocaba contra el agua salada y ambas se mezclaban entre espumarajos lodosos. 
Después de haber arrostrado mil y un peligros, entre ataques de indígenas, animales de fábula y selva infinita, estuvimos dos días enteros con sus noches peleando para poder salir al mar. El río parecía querer tragarnos para siempre, pero ya saben lo cabezones que podemos resultar los españoles, así que luchando empapados sobre las débiles tablas de la "Victoria", a finales del mes de agosto conseguimos, por fin, dejar atrás el malhadado delta y aquel río gigantesco que ningún otro europeo había cruzado nunca.

Cuando llegamos a la isla de Cubagua nadie podía creer que estuviésemos vivos y mucho menos se creían el relato de nuestro viaje, es más, a un servidor casi lo engrilletan acusado de traición... 
Gonzalo Pizarro, que había sobrevivido a la aventura y, pensando que le había abandonado y usurpado, había lanzado aquella acusación contra mi persona.
Por eso, apenas logré recuperarme del periplo por el río Amazonas, me embarqué rumbo a la vieja España con la intención de defender mi nombre y dar cuenta al rey de las nuevas tierras que habíamos explorado.

En Portugal, su monarca, enterado de mi viaje, me propuso ponerme a su servicio y tomar posesión en su nombre de aquel vasto pedazo de mundo, la oferta era tentadora y el rey Juan un hombre generoso, pero uno había nacido hidalgo y español, por eso le dije que no, a pesar de que el oro que me ofrecía era más del que yo había visto en toda mi vida, pero la lealtad y el honor no pueden comprarse y el rey portugués se quedó con un palmo de narices y la costa brasileña, que ya era bastante, a mi modesto entender para aquellos que nunca se habían atrevido a cruzar el Océano Tenebroso.

Luego tuve que afrontar el proceso por abandono y traición que había levantado contra mi persona Gonzalo Pizarro en el Consejo de Indias... 
Menos mal que gracias al sincero testimonio de los pocos hombres que habían sobrevivido a tan enorme peripecia, que dieron cuenta de la recta actuación de mi persona y contaron los hechos tal y como fueron, el Consejo desestimó la acusación y un servidor pudo seguir viviendo con la cabeza alta.
Contraje matrimonio con la hermosísima Ana de Ayala que era moza de buena familia sevillana y a la que, en verdad, no sé si enamoró mi persona, curtida, recosida y tuerta, o los relatos extraordinarios que le contaba. 
Especialmente de su gusto era la historia de las mujeres guerreras.

Por medio de su familia conocí a varios prestamistas y mercaderes que resultaron, a la postre, más peligrosos que todas las tribus de la amazonia juntas. 
Tras haber conseguido el permiso del Rey para explorar aquella tierra infinita y el título de Adelantado de la Nueva Andalucía, aquellos buitres que se decían hidalgos me engañaron como a un chino con sus intereses sobre los préstamos y sus mentiras. 
Así, para cuando logre reunir cuatro embarcaciones y los hombres necesarios para iniciar el viaje, exigieron el pago y me vi arruinado, engañado y traicionado, sin un maravedí con el que comprar ni una miserable arroba de garbanzos y sin permiso para abandonar el puerto.

¿Creen que aquello me detuvo...?
Pues nones...

Metí en los barcos a los hombres que quisieron y los cuatro sacos de víveres y pólvora que teníamos y sin dudar me lancé a la aventura...
Si tenía que morir, lo haría como hidalgo y soldado, no buscado por deudor de los mercaderes, los prestamistas y los hideputas.

Para diciembre de mil quinientos cuarenta y cinco estaba otra vez en el delta del Amazonas. 
Solamente me quedaba un barco y un puñado de hombres que, sin haberlo visto antes, se acojonaron ante la enorme masa de agua que parecía querer devorar el mismo mar, pero decidí seguir adelante...
Allí, en algún punto del gran río, estaban la canela, el oro y la gloria, y un servidor no estaba dispuesto a dejarlos escapar, así que remontamos la corriente para internarnos entre los manglares y encarar nuestro destino...

El mío llegaría en noviembre de mil quinientos cuarenta y seis en algún remoto lugar de la selva amazónica. 
Debilitado por las fiebres, con más hambre que una pulga sobre una piedra, flaco, con la barba llena de canas y gritando el nombre de mi amada peleé hasta el final contra una turba enloquecida de indios armados con cerbatanas de dardos ponzoñosos...

Y allí se quedaron para siempre mis huesos, bajo una humilde cruz clavada sobre la húmeda tierra que bañaban las orillas del mayor río del mundo y al que un servidor había puesto nombre.

¡Pardiez¡, ¿no es mal sitio en el que reposar para toda la eternidad, verdad...?

A. Villegas Glez. 2015

Imagen: Francisco de Orellana.




































sábado, 27 de junio de 2015

DIEGO DE NICUESA

Diego de Nicuesa era vástago de una familia emparentada con el mismísimo rey Fernando, y vería la luz en la hermosa ciudad de Baeza en el año mil cuatrocientos setenta y siete. 
Treinta y un años después se había convertido en un galán guaperas y simpático que traía loquitas a las damas, además contaba con muchos y buenos maravedíes en la bolsa que siempre estaba dispuesto a gastar a manos llenas, ya que Diego era manirroto, alegre, festivo, tocaba con mucho arte la guitarra flamenca y hasta le había enseñado, a su hermosa yegua andaluza, a que bailase al son de sus acordes.
Diego no era, ni mucho menos, el arquetipo de aquellos hidalgos hambrientos con nada que perder y mucho que ganar que se embarcaron rumbo a la mayor aventura de la Historia, como fueron Francisco Pizarro o Vasco Núñez de Balboa, por ejemplo, muy al contrario, Diego de Nicuesa vivía sin pasar necesidades ni miserias, era un hidalgo de postal, caballeroso, noble, elegante, con buenos contactos en palacio, cultivado en las letras y en el manejo de las armas.
Sin embargo decidió embarcarse en la mayor aventura de su vida que sería también, a la postre, la más desgraciada.

Convencido de que al otro lado del mundo estaba su destino, solicitaría a los Reyes el título de Adelantado para explorar la región bautizada como Castilla de Oro.
Como tenía muchos y muy buenos contactos en la Corte y a su majestad no le iba a costar ni un maravedí la broma, Nicuesa conseguiría rápidamente el nombramiento, eso sí, repartiéndose el pastel exploratorio con Alonso de Ojeda, que también había solicitado el permiso preceptivo para tomar posesión de aquella región que él mismo había descubierto en una expedición anterior.

A Ojeda la partición en dos del territorio, Veragua para Nicuesa y Nueva Andalucía para él, le había sentado como un pistoletazo en mitad de los morros.

Y encima, para más desesperación del conquense, el otro arribó a Santo Domingo al mando de una flota que relumbraba de nuevecita, cargada hasta los topes de abastecimientos, hombres y con los pendones de cada nave ondeando alegres al viento dominicano.
La armada de Nicuesa contrastaba tanto con la de Ojeda, que ésta resultaba ridícula, pequeña, sin apenas víveres ni pólvora en las bodegas y con las viejas y recosidas velas gualdrapeando al mismo aire que los coloridos pendones del otro pero con mucha, muchísima menos alegría y donaire. 
A Ojeda, claro, le sentaría todo aquello como una patada en mitad de los huevos:

- ¡Maldito niño pijo de los cojones...!- pensaba maldiciendo su perra suerte.

Diego de Nicuesa, ajeno a todo aquello, empezaría a vivir a todo tren en la ciudad, gastando oro a manos llenas en fiestas y saraos que duraban días enteros y a
sí, más pronto que tarde, se vería más tieso que la mojama y necesitado con urgencia de dineros y de préstamos.
Porque aquello, aunque era el Nuevo Mundo, funcionaba igual que el viejo. 
Mientras gastabas y convidabas todo el mundo te amaba, luego, convertido en pobre y miserable, los mismos que te habían palmeado la espalda, te escupían y te despreciaban. 
En poco tiempo empezaron a perseguirle y acosarle sus muchos- algunos de ellos muy poderosos- acreedores, que pretendían que pagara sus deudas vendiendo los barcos de su flamante flota. Nicuesa, para evitar el embargo, ordenó a sus hombres que zarpasen de inmediato, que más tarde, una vez burlados los acreedores, se les uniría en alta mar… 
Pero al pobre lo agarraron justo antes de poder embarcarse y, por supuesto, lo cargaron de cadenas:

- ¡O pagas lo que debes o te pudres en las mazmorras del Alcázar del Gobernador…!- le dijeron mientras le daban más palos que a una estera.

Y allí se hubiese muerto de pena, de hambre y de maltratos de no ser gracias a uno de los pocos golpes de fortuna que tendría en su aventura americana. 
Un rico potentado, antiguo compañero de juergas, pagaría sin parpadear la abultada deuda y gracias al gesto de generosidad de aquel anónimo camarada, Diego de Nicuesa sería liberado de prisión y podría embarcarse -a toda prisa eso sí, porque todavía debía dinero hasta en la cantina- reunirse con sus hombres y comenzar la aventura que llevaba años soñando.

Al primer lugar que llegaron fue a la región de Turbaco, situada en la actual Colombia y muy cerca del lugar que ocuparía en el futuro la hermosa ciudad de Cartagena de Indias. 
Allí se encontrarían con lo poco que quedaba de la destrozada expedición de Alonso de Ojeda y
el encuentro entre los dos hombres resultaría primero tenso y luego emocionante hasta casi las lágrimas.

A pesar de que Ojeda lo despreciaba y no podía verlo ni en pintura, Diego de Nicuesa, nada más enterarse de las terribles desgracias y miserias padecidas por sus compatriotas, la peor noticia de todas era la muerte a saetazos del insigne cartógrafo Juan de la Cosa, no dudó un instante y noble y generoso como era, ofreció su ayuda y amparo.
Todos juntos atacaron el poblado de los indígenas que les habían matado a tantos y tan buenos camaradas y lo arrasaron hasta los rudimentarios cimientos.
Luego le entregaría una buena porción de hombres, pólvora y avituallamientos para que pudiese proseguir con la exploración y toma de posesión de las tierras que conformaban su parte de la Gobernación.
Alonso de Ojeda, que también era noble e hidalgo, agradecido y olvidadas las viejas rencillas, no pudo hacer otra cosa más que abrazar al que ya era su amigo y del que jamás volvería a decir una mala palabra ni permitiría que en su presencia se dijese, so pena de tener que liarse a estocadas.

Tras haber afianzado su amistad, los dos hombres separarían sus caminos: Ojeda partiría hacia Nueva Andalucía, en deuda para siempre con su salvador, Diego de Nicuesa, aquel hidalgo noble, valeroso y ajeno al desaliento que encararía sonriente su triste destino cuando ordenó a sus barcos que pusieran rumbo al Golfo de Urabá.

Nada más alcanzar la desembocadura del río Darién empezarían los problemas.

Como no podían acercarse con sus barcos de más calado a la peligrosa costa, Diego las dejaría a cargo de su segundo al mando, un tal Olano. 
Él mismo, capitaneando la pequeña carabela, que sí podía navegar por aguas someras, costearía en busca del mejor lugar para poder establecer un asentamiento definitivo. Una gran ciudad que era el sueño de Diego de Nicuesa.
Las órdenes de Olano eran que debía navegar siempre paralelo al rumbo de la carabela y permanecer a la vista de sus vigías.

Pero, para más desgracias e infortunios, la región se vería azotada por una tempestad terrible, que desparramaría, como a corchos sin gobierno, todos los barcos de la expedición.
La carabela sería zarandeada de aquí para allá, con toda la tripulación agarrándose adónde podían mientras le rezaban a todos los Santos del calendario. Acabaría primero encallando en unos bajíos de afiladas rocas, para zozobrar después entre rechinar de tablas rotas. 
Tan solo Diego y unos pocos de sus hombres lograrían llegar a tierra. 
Los náufragos, empapados y ateridos de frío contemplaron desolados como el mar destrozaba lo que quedaba de la carabela y con ella se iban al fondo sin remedio todas sus pertenencias, todas sus armas y todas sus esperanzas. 
Para más miseria y por si fuese poco, la costa en la que habían naufragado, según los chismorreos y las leyendas que contaban los marinos, estaba habitada por sanguinarios indios caníbales.

Diego, pensando que su Segundo los había abandonado a su suerte, decidió que lo mejor era emprender camino en busca de sus barcos, o lo que de ellos quedase.

Los supervivientes deberían atravesar una región en la que no llovía casi nunca, pero que, cuando llovía, lo hacía con tanta intensidad que se formaban enormes torrenteras de fango que lo arrasaban todo a su paso. 
Allí no había caníbales, tan solo mosquitos, soledad, desolación, calor, sed y muerte.
En otro golpe de fortuna, encontraron una vieja barca, medio destrozada, que repararon para lanzarse al mar con ella. Mejor morir en el agua que no allí, mirando al sol que los cocía lentamente.

Los hombres se apiñaron en la pequeña barca que se convirtió en su única posesión y esperanza. Recorrieron la agreste y árida costa en busca de alimentos, agua o una salida hacia la Tierra Firme, pues allí, en mitad de la infernal desembocadura del río Darién, morirían todos sin remedio.
Diego de Nicuesa, a pesar de haber pasado toda su infancia sin sufrir estrecheces y su anterior vida de calavera y galán, era el que mejor aguantaba las miserias y los sufrimientos que padecían, era el más espartano, el más duro e impasible. 
Su carácter, todavía alegre y bromista, alentaba, empujaba y daba fuerzas a sus sedientos y demacrados compañeros.

Por fin, tras largos días de navegación, lograron llegar hasta una pequeña isla que no era más que un yermo trozo de arena en mitad del mar.
Aquella misma noche, mientras los supervivientes dormían derrengados y rotos, la miserable barquichuela desapareció y con ella cuatro de los hombres.
Diego y el resto de los que se quedaron abandonados, con cara de haba y acordándose de las puñeteras madres, tías y abuelas de los cuatro desertores, intentarían construir una balsa con la que poder navegar hasta Tierra Firme, porque aquella isla era solamente la antesala de infierno.
Pero los pobres fracasarían en todos sus intentos ya que en aquel malhadado pedazo de tierra no había más madera que la que traía la marea.
Pasarían así lentos, muy lentos y sedientos los días, primero uno, luego otro, luego otro y mientras tanto, los espectros resecos en que se habían convertido Diego de Nicuesa y sus cuatro leales gatos, se iban muriendo desecados como bacalaos. 
Al pobre Diego se le partía el alma cada vez que enterraban a alguno de sus camaradas. 
Y había funeral casi todas las mañanas… Perdida toda esperanza a Diego de Nicuesa el carácter, antes alegre, se le tornaría agriado y endurecido.

Sin embargo lloraría como un niño chico, igual que los otros que quedaban con vida, cuando vieron aparecer unas velas por el horizonte:

¡Gracias a Dios, estaban salvados!
¿Pero, quienes eran los que llegaban...?

Para sorpresa de todos, de Nicuesa el primero, eran los cuatro desertores, que no habían sido tales, sino que, a sabiendas de que Nicuesa no les permitiría el intento, se habían visto obligados a obrar de aquella oscura forma, pareciendo que desertaban y los abandonaban a su suerte.

Pero la prueba innegable de la hidalguía y honradez de aquellos cuatro compatriotas quedaría demostrada de sobra al regresar a por ellos.
Los cuatro hombres habían navegado durante días hasta que, por suerte y a pique de fenecer todos en el intento, encontraron los restos de la expedición en la desembocadura del río Belén. 
Allí, Olano, que había sobrevivido a las catástrofe y estaba al mando, intentaba construir una embarcación aprovechando los restos de las naves perdidas durante la tormenta.

Cuando llegaron a la pequeña colonia Diego de Nicuesa y el resto de supervivientes fueron aclamados y recibidos con desbordante alegría, muchos hombres se congratulaban del regreso de Diego Nicuesa, y de que volviese a hacerse cargo del mando. 

Había mucho descontento con el antiguo Segundo, que no se atrevería a presentarse ante Diego y enviaría unos emisarios, leales suyos, para dar la cara ante él... Aquello provocó que Diego ordenase que lo ahorcasen del árbol más cercano. 
Pero los ruegos de algunos de sus hombres evitarían el ajusticiamiento.

La situación y el ambiente en la colonia del río Belén no era mucho mejor de lo que lo había sido en la isla. 

Allí no había comida ni agua, así que a diario había que organizar razzias en busca de alimentos. Durante aquellas escaramuzas siempre caía algún camarada, y aquella circunstancia, sumada al hambre, las fatigas y las enfermedades, provocaban que la pequeña colonia del río Belén se hiciese cada día más y más pequeña.
Diego pensó entonces que la mejor opción era largarse de allí en busca de un puerto mejor, algún otro lugar en el que pudiese cumplir su sueño de fundar una gran ciudad.
Sin embargo, algunos de sus hambrientos hombres, que esperanzados miraban crecer los campos cultivados, se negaron a abandonar el río Belén y el pequeño puñado de tierra en el que, a duras penas, germinaba la magra cosecha de maíz.
Diego se iría con unos pocos hombres en busca de aquel lugar soñado, mientras que en Belén se quedaría una pequeña guarnición en espera del ansiado grano.

El primer sitio al que arribaron fue a la conocida y turística Bahía de Portobello, llamada así precisamente, por hermosa y de excelente puerto. 

Diego pensó que, por fin, había llegado al lugar de sus sueños, pero, nada más encarar la embocadura de la bahía, la pequeña embarcación española fue atacada por una turba inmensa de indígenas en canoa que remaban directos hacia ellos disparándoles un millón de flechas por minuto. 
Allí lo mejor era ni asomarse.
Y la menguada expedición cambió de nuevo su rumbo hacia ninguna parte.
Pocos días después llegarían a otro atracadero que alguien identificaría como Puerto Bastimentos, ya que así lo había bautizado, en su último viaje, el mismísimo almirante Colón:

- ¡Pues aquí nos quedaremos en el nombre de Dios…!


Y Nombre de Dios se quedaría ya bautizado para siempre aquel pedacito del Nuevo Mundo.
Mas tarde se trasladaría hasta allí lo que quedaban de la guarnición del río Belén con la pequeña cosecha de maíz que habían recolectado y que a todas luces era insuficiente para alimentarlos a todos.
Regresaron las razzias y los combates y el fantasma del hambre y la muerte que revolotean por encima de la expedición desde que habían salido de Santo Domingo. 

Sin embargo Dios apretaba pero no ahogaba y otro golpe de fortuna, en forma de buen y viejo amigo, llegaría a Nombre de Dios proveniente de La Española.

Era Rodrigo de Colmenares que traía con él un barco atestado de provisiones, de ropa, de armas y de pólvora recién molida, pasándose las órdenes del Gobernador, Diego Colón, por el forro de los cojones.
Colmenares había pagado de su bolsillo el barco y las vituallas para socorrer a su amigo, porque todo el mundo en Santo Domingo sabía de la terrible situación de aquellos españoles de Nombre de Dios, pero el pérfido Gobernador se había negado a ofrecer o financiar cualquier ayuda o socorro.  
Colmenares les llevó también la noticia de que en el Golfo de Urabá se había fundado la ciudad de Santa María Antigua del Darién, y que el lugar parecía fértil y apropiado para establecerse de manera definitiva. 
Y aquella ciudad se había fundado en tierras que pertenecían, por prerrogativa real, a Diego de Nicuesa.

Nublado el juicio por las penalidades, la ambición y los sueños rotos Diego de Nicuesa se dejaría arrastrar por los muchos colonos que llegaron a Nombre de Dios desde Antigua exigiéndole que hiciese valer sus derechos y tomase posesión de su cargo, pues el actual gobernador, un tal Enciso, no tenía a nadie contento porque, según ellos, era déspota y cruel. 

Diego aceptaría la propuesta al momento pero, para su desgracia, lo primero que prometió fue que, en cuanto tomase posesión de su cargo, haría nuevos repartimientos de tierras y encomiendas de indios, quedando las del actual y maligno gobernador sin valor alguno.

Entonces los mismos colonos que le habían ido llorando, y que habían sido casi todos ellos favorecidos por Enciso, y solamente habían acudido en busca de Diego empujados por ambiciones oscuras y propias, recularon en sus intenciones y muy alarmados por las promesas de Nicuesa, que a aquellas alturas de la vida tenía una cara de loco que te rilabas patas abajo, en dónde habían dicho digo, dijeron Diego -nunca mejor dicho- y viceversa… 
Regresaron a toda prisa a la ciudad del Darién y se dedicaron a poner a todo Cristo en contra de Diego, metiendo cizaña entre propios y extraños, contando perrerías y mentiras sobre el Adelantado que venía dispuesto a exigir sus derechos y a quitarles sus tierras.

Por eso cuando la nave de Diego arribó a Antigua -él iba muy contento y erguido en la popa- los lugareños le dijeron que de desembarcar nada y que, de tomar posesión de su cargo, menos.

Que ni se le ocurriese bajar del barco o sería recibido a arcabuzazos…
Engañado, desesperado y tragándose la bilis amarga que le inundaba la garganta, solicitó entonces atracar en el puerto para abastecer sus bodegas y reparar las averías de su barco como simple soldado del Rey que era.

Tanto Diego como sus tripulantes y los habitantes de Antigua sabían de sobra que, si no le dejaban hacerlo, sería condenarlos a una muerte terrible.
A los de Antigua les importó tres pimientos. Que se fuese de allí era lo único que deseaban. 

Ni agua, ni víveres ni buenos deseos le dieron…

Así el primero de marzo del año mil quinientos once, Diego Nicuesa y diecisiete compatriotas abandonaron las costas de Antigua del Darién, se internaron en el Mar Caribe y nunca más volvió a saberse de ellos.
Hay historiadores que cuentan que, en la isla de Cuba, se encontró grabada en la corteza de un árbol una inscripción que decía:

“Aquí feneció el desdichado Diego de Nicuesa…”

Otros dicen que la inscripción es falsa ya que Diego y sus hombres jamás pudieron haber llegado tan lejos.
Sin embargo adónde sí que llegó Diego de Nicuesa fue al legado de la Historia. 

Aquel conquistador alegre, hidalgo, simpático, inocente y soñador, que fue brutalmente arrastrado a la realidad de la vida y de sus vaivenes.

A mí, personalmente, qué quieren que les diga, tras haber leído su biografía, y a pesar de sus desgracias y muchos errores, Diego de Nicuesa me cae especialmente simpático.
Le puedo imaginar montando su yegua andaluza, que bailoteaba por bulerías, mientras Diego rasgaba las cuerdas de su guitarra bajo el balcón de alguna dama, y 
el aire caribeño lo llenaba todo de olores nuevos y de sensaciones por descubrir.
Mientras aquel hidalgo sin suerte miraba el corpiño de la mujer y pensaba:

- ¡Pardiez! ¡Solamente por esos pechos ya ha merecido la pena venir hasta las Indias…!

A. Villegas Glez . 2012



Imagen: mapa de los viajes de Diego Nicuesa. Fuente: life.coffeemountainin.com















Safe Creative #1211160066020
Powered By Blogger