lunes, 17 de agosto de 2015

LA VIDA POR OTROS

Arrabales de Leningrado, diez de febrero de 1943...

Al soldado de zapadores Antonio Ponte Anido los oídos le pitaban de un millón de maneras distintas, los ojos le lloraban lágrimas terrosas y en aliento se le ahogaba por culpa del barro y de la nieve derretida que saltaba por todas partes. 

El dedo anular de la mano derecha le dolía a horrores de tanto pegar tiros y los huesos le crujían como miles de ramas partiéndose al tiempo.

Antonio no podía creerse que todavía estuviese con vida después de haber visto caer a tantos y tantos camaradas destrozados por la metralla, de que la tierra se hubiese abierto bajo los pies de toda la División y que, desde el cielo, hubiesen llovido durante tres eternas horas miles y miles de proyectiles de la artillería soviética.

Pero allí estaba. 

Simple soldado que trataba de esquivar la muerte que le perseguía con ahínco.
Hasta aquel momento la esquivaba bien, danzando entre los proyectiles de todos los calibres, saltando de cráter a cráter, disparando y recargando sin cesar su fusil defendiendo la línea española.
La cosa no pintaba nada pero nada bien, pero como decía a voces el Sargento Satrústegui, que era un vasco atípico, flaco y seco como un bacalao vizcaíno: nos matarán a todos sí, pero no les va a salir gratis...

Antonio Ponte sentía el miedo corroerle las entrañas, como cualquier hijo de vecino el joven soldado no quería morir allí, o peor todavía, quedar lisiado para el resto de la vida. Él deseaba volver sano y entero a su amada Galicia, conocer alguna linda moza y tener hijos… Pero allí estaba, y como decía el Sargento, cobrándole el peaje a los soviéticos.
Eran cerca de la cuatro de la tarde y ya no había frente definido, todo era un inmenso revoltillo de soldados y de carros rusos tratando de avanzar que se encontraban, una vez y otra, con pequeñas bolsas de resistencia española que se clavaban en su avance como cuñas sangrientas.
Aquellos españolitos llegados del Mediterráneo resultaban tan duros y eficaces que los soviéticos, acostumbrados a que todo el mundo saliese huyendo delante de sus tanques, no daban crédito a lo que estaban viviendo y enviaban Regimientos y más Regimientos, siberianos, de la Guardia y hasta a los cocineros para intentar doblegar a aquellos soldados bajitos y duros que nunca jamás se rendían.

Antonio Ponte ve a uno de los temibles carros T-34 que avanzando imparable empieza a cañonear y ametrallar el polvorín, la caseta del Mando, y lo que es peor, el pequeño hospitalillo de madera en el que estaban hacinados más de cien compatriotas entre heridos y moribundos. Las balas del enemigo hacían crujir y saltar en mil astillas las endebles tablillas de la cabañuela…
Algunos soldados le arrojan botellas incendiarias pero el carro, imperturbable, sigue ametrallando el hospital con saña. Antonio ve desolado girar la torreta apuntando directamente al hospital.
Los heridos estaban perdidos…

Y entonces algo se activa dentro del corazón del soldado, algo heroico y ancestral, un sentimiento que le empuja, sin dudar ni vacilar, a agarrar fuerte contra el pecho dos minas "T" y a echar a correr directamente contra la mole blindada.

Muchos de los camaradas del zapador y muchos de los agradecidos heridos contemplan, entre el orgullo, la rabia y la pena, al soldado Ponte que alcanza el carro enemigo, arranca los seguros de las minas y pega el pecho contra el metal. 
Luego la terrible explosión que desparrama los restos del valiente compatriota, el fuego que lo inunda todo y los atroces gritos de la tripulación del carro que se estaban achicharrando entre los hierros retorcidos.

Los camaradas mientras siguen rechazando el asalto soviético, lograrían hacerlo aunque ahora les pareciese mentira, lloraban emocionados mirando los restos de su camarada esparcidos por la nieve -un trozo del tronco con una mano apuntando al cielo- y luego miraban hacia el hospital, en dónde los heridos se habían salvado gracias a que un muchacho sencillo, humilde y tranquilo había decidido que su propia vida era mucho menos importante que la de sus camaradas.
Por ellos, por sus compatriotas indefensos, se había sacrificado y ahora los demás le lloraban mientras el alma de Antonio Ponte les seguía apoyando desde el cielo de los valientes.

Al soldado de zapadores le sería concedida, con todo merecimiento, la Cruz Laureada y 
hoy, aunque debería ser recordado y homenajeado como ejemplo del máximo sacrificio que uno puede realizar por los demás, Antonio Ponte Anido se encuentra relegado al olvido y mancillada su memoria por las modernas políticas y leyes que permiten que se remuevan huesos convenientes y otros permanezcan hundidos en el barro de la ignominia.

Antonio Ponte era solamente un soldado que demostró tener más valor, hombría y buenos sentimientos que todos ésos que hoy en día berrean y se rasgan las vestiduras pidiendo que se arranquen las placas de las calles...

Aquel día de febrero un hombre normal, con ilusiones y sueños, joven y con ganas de seguir vivo decidió que lo más noble era dejar de hacerlo ya que con su muerte muchos compatriotas podrían seguir viviendo.
Y ése es el más hermoso sentimiento que puede albergar un corazón humano.

Valgan mis letras de tributo y homenaje para mi tocayo, sirvan ellas como las avenidas y las plazas que jamás tendremos en su honor.
Sirvan también para todos aquellos españoles que hace setenta y pico años detuvieron -y serían los únicos en conseguirlo- una ofensiva soviética de diez mil cañones, cien tanques y cuarenta mil hombres.

¡Con dos cojones!

¡Gloria para los Dvisionarios!, ¡Gloria para los valientes de Krasny Bor!

A. Villegas Glez. 2013

Imagen: Antonio Ponte Anido, Caballero Laureado. Sin calles a su nombre en La Coruña ni en el resto de España.







10 comentarios:

  1. Somos un país cainita, es repugnante que se olvide a tantos héroes (independientemente de su ideología).

    Tu labor de divulgación, palia en alguna manera, la desmemoria de los que únicamente quieren a su país, para subirse en el coche oficial y trasegar sueldazos y otras canonjías.

    ResponderEliminar
  2. Imposible leer estas líneas sin lágrimas en los ojos.

    Antonio Ponte Anido, ejemplo de lucha.

    ResponderEliminar
  3. Mi padre estuvo allí. La gesta de los divisionarios es digna de escribirse en los libros de historia militar con letras de oro.

    ResponderEliminar
  4. hay que saber muy poca historia para decir que esa fue la unica vez que se detuva una ofensiva rusa, solo por poner un par de ejemplos tenemos la tercera batalla de jarkov, donde eric von manstein con una proporcion en su contra de 6:1 retomo la ciudad en una contraofensiva brillante estabilizando el frente sur durante semanas, o cuando un general de division aleman (que no recuerdo el nombre) con una desventaja de 11:1v en infanteria, 7:1 en blindados y 20:1 en artilleria destruyo a lo largo de dos meses con una sola division panzer un ejercito ruso completo

    ResponderEliminar
  5. Es muy atrevido juzgar los conocimientos de otra persona y luego soltar por la boca: " un general del que no recuerdo el nombre...".
    Cierto que los alemanes pelearon como jabatos pero una cosa no quita la otra, nuestra División detuvo la ofensiva rusa siendo ejemplo de valor que los mismos generales alemanes que usted no recuerda, reconocieron.

    ResponderEliminar
  6. encuentro varias diferencias significativas entre el escrito original y mi comentario la verdad, para empezar yo no estoy negando el tremendo valor de esos combatientes, y desde siempre he afirmado firmemente que la desmemoria de este pais es criminal, y no solo en este caso, si no con el imperio que fue uno de los mas extensos o la reconquista que me parece un tema fascinante, la unica pega que yo encontre en el texto es que diga que fue la unica vez que se detuvo una ofensiva rusa, me parece bastante mas grave decir eso que no recordar el nombre de un general de division habiendo cientos o miles durante la guerra, y ademas yo admito mi error desde el principio y no afirmo una cosa que es ciertamente falsa

    ResponderEliminar
  7. D. Antonio Villegas González, me siento muy orgulloso de nuestros héroes y en este caso, si cabe más, por ser paisano. En el callejero de A Coruña aparece una calle a su nombre, enfrente mismo al cementerio de San Amaro. En honor a la verdad nunca me había fijado en el nombre de la placa, no sé si la han eliminado. Cuando vuelva a pasar por allí miraré de su existencia y de no estar maldigo a los cobardes de salón que hubiesen acordado su eliminación y que, por desgracia, tanto abundan en la historia de España. Gracias por sus relatos.

    ResponderEliminar
  8. Desde luego que es un pequeño rincón de nuestra historia que da mucho que pensar, acerca de como un hombre corriente se eleva por encima del común de los mortales, con un acto que deja bien claro de que pasta esba hecho ese muchacho.

    Al margen de las banderas bajo las que sirvan, o de los ideales que les impulsen, jamás dejare de admirar a esos hombres y mujeres que no titubean lo más mínimo en seguir adelante aunque las puertas del infierno se abran de par en par ante ellos.

    Aunque su tumba sea desconocida, su hazaña es inmortal.

    Por cierto, enhorabuena por tu blog el cual sigo desde hace mucho tiempo.

    ResponderEliminar
  9. Heroe español. Que Dios le tenga a su lado. Orgullosos de España

    ResponderEliminar

Follow by Email

Google+ Badge

Gadget

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.