lunes, 28 de noviembre de 2011

EL MAR DEL SUR

Asomado a la ventana el anciano se calienta los huesos. 
Desde allí puede ver todo el puerto, las velas de los galeones y a los hombres subir y bajar por las jarcias y corretear por las vergas, y entonces, se le calienta también el corazón.

Acaba de atracar el Galeón de Manila cargado de especias, sedas y porcelana de la China y al verlo, el anciano siente una punzada agridulce de nostalgia y de orgullo:

- Si no es por nosotros… -se dice- y en su mente anciana se agolpan los recuerdos de la extraordinaria aventura que protagonizó, hacía ya tantísimo tiempo…
                       
... En el poblado de Santa María Antigua del Darién el ambiente era de bulliciosa fiesta.
Francisco de Arcos, segundo hijo de una familia de hidalgos castellanos, bebía y reía en la taberna junto a sus compañeros. 
Al alba partían hacia lo desconocido, hacia lo inexplorado.

Junto a ciento ochenta y nueve hombres, los guías nativos y la jauría de perros que siempre acompaña al “Jefe”, se disponía a buscar un mar que se extendía infinito al otro lado de las montañas, además -y siempre según los informadores nativos- el oro rebosaba de los ríos y las piedras preciosas asomaban por doquier con solo escarbar un poco en la tierra.

Y el oro y la gloria eran los principales motores que impulsaban al jefe de la expedición, el carismático -y aquí entre sus mercedes y yo- algo loco, Vasco Núñez de Balboa.

Los primeros días, no voy a negarlo, la espesura y oscuridad de la selva nos daban un miedo terrible. Apenas veíamos los rayos del sol y nos encontrábamos con bestias 
horribles a cada cuatro pasos. 
Ni siquiera los fieros mastines se atrevían a alejarse mucho y más todavía cuando contemplaron como un lagarto, de más de tres metros, se merendaba a uno de los perros de un solo mordisco.
¡Y los mosquitos!, no me creerán pero parecían gorriones y si te picaban estabas listo de papeles ya que la fiebre y los temblores aparecían de inmediato.
Encima, y para rematar nuestra indignidad y miseria, desde el mismo Núñez hasta el último de los expedicionarios nos -y perdonen vuestras mercedes- cagábamos por las patas abajo debido al agua insalubre y casi podrida que teníamos que beber.

¡Ah..!, también estaban los indios que nos atacaban con valor y decisión y se arrojaban contra nosotros sin miedo a la muerte. ¡Pobres!, los cazábamos como a patos con los mosquetes y los arcabuces. 
Pero así es la guerra.

Los primeros que habíamos vencido, tras una pequeña escaramuza, se pusieron de inmediato de nuestro lado.
Núñez tenía una política paradójica con los indios. 
Al que vencía y se sometía lo trataba con humanidad y respeto, se ganaba su confianza y lo convertía en su amigo.
Al que no, lo desollaba vivo y en sus poblados no dejaba títere con cabeza.

Por eso a la expedición se habían unido más de mil guerreros de los caciques Careta y Ponca, que entusiasmados y mirándonos como si fuésemos Dioses del Olimpo, marchaban junto a nosotros dispuestos a luchar contra un viejo y poderoso enemigo suyo que cerraba con sus hombres el paso a las montañas y el acceso al mar.

La batalla contra los guerreros del cacique Torocha, créanme si les digo, que fue terrible. Aquellos no corrían ante los arcabuzazos ni ante nada y había que matarlos con las espadas y las picas. 
Los animosos aliados de las otras tribus cayeron como moscas.

Pero el valiente Núñez nos formó en un pequeño cuadro que, escupiendo fuego y degollando a cualquier indio que estuviese en medio de nuestro camino -aliado o no- nos fuimos derechos hasta donde estaba el jefe indígena, el tío machacaba cráneos enemigos con su maza que daba pavor verle, así que de tres o cuatro escopetazos tuvimos que terminar con su numantina resistencia.
Aquello fue mano de santo ya que sus guerreros, huérfanos de jefe, recularon y su valor se diluyó como el azúcar en el agua.

El combate nos dejó exhaustos y con muchos heridos. 
Algunos hombres se sentaron en el suelo sin hacer ni puñetero caso al pobre Balboa que nos decía que el mar y las tierras cuajadas de riquezas estaban ya allí mismo, a cuatro pasos.

No sé porqué fui de los que se levantó, ¡pardiez!
Los cuatro pasos que decía el Capitán se convirtieron en una noche entera de marcha. 
Se conoce que el paso extremeño varía un poco del castellano común.

Pero mereció la pena.
Al amanecer, desde la cima de la montaña contemplamos el más magnífico espectáculo que el Señor podía ofrecer.
Entre el verde lujurioso de la selva resaltaba el azul turquesa de un mar que se perdía más allá del infinito.

Andrés de Vera el correoso y duro capellán de la expedición, que lo mismo despachaba con un par de Ave Marías que con un par de espadazos, se hincó de rodillas y empezó a rezar el Te Deum Gratias como si le hubieran poseído de repente todos los ángeles celestiales, los demás, claro, como buenos cristianos lo imitamos. 
Algunos trazamos unas cruces sobre la corteza de los árboles.
Era el día veinticinco de septiembre de 1513.

Y aunque todos sabíamos que bajar las montañas y llegar hasta la orilla sería duro y difícil, también sabíamos que lo lograríamos. Aquel azul era demasiado hermoso como para dejarlo escapar.

Así, el veintinueve de septiembre, el loco Núñez de Balboa entraría en las tranquilas aguas y tomaría posesión en nombre de Castilla. En sus manos llevaba su espada y un pendón de la Virgen María.

Francisco de Arcos se bañaba también en las cálidas aguas limpiándose la mugre del cuerpo, en un mar que ningún otro europeo antes que ellos había disfrutado.
Reía y bromeaba con sus compañeros mientras el pendón de Castilla y Aragón flameaba al viento cálido del Mar del Sur...

... Muchos años después, asomado a una ventana, una lágrima de nostalgia y orgullo recorrería sus viejas y arrugadas mejillas...
A. Villegas Glez.2011

Imagen: Mapa de la expedición de Vasco Núñez de Balboa. 1513.

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