martes, 12 de noviembre de 2013

LA HISTORIA DE "LA FRAILA"

La guerra de la Independencia se alargaba y se contaban ya tres largo años de penuria, miseria y muerte. Tras las sucesivas derrotas sufridas por el ejército, la honra y la llama de la rebelión la mantenían viva los guerrilleros. 
Anónima religión de gente oscura, como alguien les bautizaría tan acertadamente.

En La Mancha, excepto en las grandes poblaciones, los amos eran los bandoleros que cabalgan a sus anchas por las sierras y montes de toda la provincia matando a cuánto gabacho podían. Toda España está igual, infestada de combatientes y los pozos llenos de franceses muertos.






En las afueras del pueblo de Valdepeñas, que conserva todavía los destrozos del incendio de cuando la rebelión del año ocho, existe una pequeña ermita. Lleva años siendo cuidada por una mujer, que dicen los del pueblo que tiene el poder de curación en las manos, que consigue sanar a todo el que toca y acude a ella con fe sincera.


Todo el mundo la respeta y le pide ayuda y consejo. Todo el mundo en la comarca la conoce como “La Fraila”.






Hace tres años cuando los franceses saquearon la ermita, una visión de la mujer, que contempló los hechos antes de que sucediesen, evitó que los franceses destruyesen la antigua talla de La Virgen de La Concepción, trasladándola y escondiéndola del furor iconoclasta gabacho en Valdepeñas. El suceso de la talla con la imagen de Nuestra Señora, de gran devoción en aquella zona, salvada en el último momento por la Fraila, la hizo más popular y querida en su pueblo.


Tiene un único hijo la buena mujer al que ama con locura, el chico anda por los montes sirviendo en la partida guerrillera del apodado el “Chaleco”.


Ella está orgullosa aunque como madre su corazón se encoge cada vez que oye los mosquetazos romper la noche, o escucha las noticias de que los franceses han capturado y arcabuceado a algún guerrillero.






Corre el mes de mayo y el calor empieza a encender los días en La Mancha. En el vecino pueblecito de La Solana se produce durante aquellos días una escaramuza entre guerrilleros y franceses. Una más de tantas, un par de tiros, algunos sablazos, matar sin compasión y luego esfumarse. Así atacan los guerrilleros, letales y súbitos como la picadura de una víbora. Y al retirarse siempre dejan algún gabacho panza arriba.






Aquel día de mayo de mil ochocientos once se queda también atrás, tirado boca abajo uno de los españoles. Se llamaba Ramón y era de Valdepeñas. Es el hijo de la buena mujer que cuida la ermita de La Concepción.


La madre queda rota por el dolor con el vientre quemándole y retorciéndose, como cuando dio a luz. El dolor es el mismo, idéntico, pero ahora ya no podrá abrazar a su pequeño cuando todo haya pasado. Ahora el dolor no se irá jamás.






Esa misma noche la casualidad hace que lleguen a la ermita cien dragones franceses exigiendo alojamiento y comida.


Son groseros, sucios y arrogantes, desprecian a los españoles y también les temen, aunque claro, ninguno de ellos lo reconocería jamás en público, pero muchos de ellos tienen pesadillas en las que aparecen los guerrilleros y su horrible costumbre de cortarle los huevos al enemigo.


¡Oh, la, lá…qué salvajes, mon Dieu!






En la ermita sin embargo sólo hay una mujer triste, flaca y demacrada.


Ningún coracero francés se fija en los carbones encendidos que son sus ojos ni en la crispación de sus manos cuando, hartos de vino, alguno empieza a tocarla.


Resulta que son los mismos franceses que han combatido en La Solana. Los mismos que han matado a su hijo.


La Fraila es servicial y amable. Aunque asqueada y llena de rabia sonríe a los gabachos mientras les sirve su mejor vino. Les prepara solícita lechones y perdices, miel con almendras y hasta un poco del costosísimo y raro café les hace a los oficiales, que se repantigan en los banquetes y taburetes de madera satisfechos.


La noche se va cerrando sobre el cielo manchego y poco a poco los franceses, despojados de petos y cascos, de espadas, de mosquetes y de pistolas, van quedándose dormidos, ahítos de las magníficas viandas y mejor vino que aquella buena mujer les ha servido.






Pasan las horas: Una, dos, tres, y la Fraila espera paciente como la araña en la tela.


Cuando está segura de que todos los soldados enemigos están dormidos, empieza a apilar toneles de pólvora, los mismos que traían los gabachos, contra la puerta de la ermita que ella misma ha atrancado por dentro.


Reza mientras lo hace, no por el alma de aquellos cien enemigos impíos y criminales, reza al Señor para que la explosión sea lo suficientemente potente y se los lleve a todos por delante.






Los gabachos roncan a pierna suelta. Uno de ellos, que tiene mal la próstata, se levanta restregándose los ojos y pisoteando sin miramientos el montón de cuerpos que hay desparramados por todas partes.


Con los ojos acuosos del sueño y del vino el francés ve a la mujer que lleva una vela en la mano y ante ella puede ver una enorme sombra, una montaña de algo, el francés no distingue bien, apenas iluminado por la vela que lleva la mujer, son como cilindros apilados, se rasca los ojos y de pronto ve lo que es el montón enorme que tine ante él, son, son: ¡¡¡Toneles de pólvora!!!


Cuando el francés horrorizado y con los ojos como platos consigue articular un: ¡Non!, la palmatoria ya cae despacio desde las manos de la mujer, sobre el montón de barriles.






A unos kilómetros, en el pueblo de Valdepeñas, la enorme explosión despierta a todos los habitantes que, de inmediato, algunos de ellos en camisón, corren asustados hasta la ermita.


Los primeros que llegan pueden oír todavía los alaridos que dan los franceses mientras se queman vivos. Ninguno de los cien coraceros consigue sobrevivir. La ermita ya no es más que un montón de piedras destrozadas que nadie se molestará en reconstruir y con el tiempo, el recuerdo de La Fraila se perderá.






Quizá no sea políticamente correcto ya saben la venganza y todo eso. Pero para mí, la Fraila, desde hoy pasa a ocupar un puesto de honor entre las heroínas de La Guerra de la Independencia.


Ella no combatió en murallas, ni resistió asedios, pero dio un hijo a la causa que es el mayor sacrificio que toda madre puede hacer. Y después se llevó por delante a cien de los invasores gabachos, que robaban, saqueaban, violaban y mataban con total impunidad en España.


Seguro que está junto a su hijo en el cielo de los valientes, cuidándolo. Acumulando pólvora, por si acaso…






© A. Villegas Glez.





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