viernes, 25 de noviembre de 2011

HONRA Y BARCOS

Año 1898... 
Los Estados Unidos de América habían declarado la guerra a España. Ávidos de poder y de posesiones deseaban echar de su puerta trasera al viejo y cansado león hispano.

En ambos países la prensa alienta la guerra y calienta los ánimos. 
Allí con fervor patriótico, miras al futuro, preparación, planificación y desplegando muchísima mala leche y más mentiras contra los españoles a los que tildan de crueles y sanguinarios, de radicales papistas que oprimen al pueblo cubano.
Aquí con fervor patriótico, barcos viejos llenos de tripulaciones impagadas y de soldados sin preparación ni equipo, mucho desfile, mucha marcha militar y doscientas mil bendiciones.

El día veinticinco de abril, ya en aguas cubanas, un torpedero norteamericano, el “Foote” o el “Cushing”, no se sabe con certeza pues, como buenos sajones, ocultan y esconden las derrotas y las olvidan convenientemente.
El caso es que el torpedero yanqui se lanza a todo vapor contra la cañonera española: “Ligera”. 

El buque norteamericano que supera ampliamente al español en tonelaje y armamento dispara setenta veces contra la lancha española. 
Los yanquis aciertan una y de refilón.

Los españoles disparan diez salvas que aciertan todas y logran causar graves daños al barco enemigo que se aleja escorado, apaleado, con el orgullo pisoteado y soltando humo negro y espeso desde una de las bandas. Mientras se alejan los del torpedero pueden escuchar, perfectamente, las carcajadas de la marinería de la cañonera española.

Todo esto sucede muy cerca de la bahía de Cárdenas que era una pequeña base española a la que los americanos someten a bloqueo pocos días después de producirse el encuentro.

El almirante norteamericano, ofuscado y herido en su orgullo por el episodio, pretende destruir los barcos españoles refugiados en la bahía de Cárdenas.
El once de mayo ordena a sus barcos: “Mathias”, “Hudson” y “Winslow”, torpederos poderosos y modernos, entrar en la rada cubana y destrozar a los españoles.

En el pequeño puerto estaba amarrado el vetusto remolcador: “Antonio López”, armado solamente con un cañón a proa. 

Del “López” habían desembarcado toda la tripulación no imprescindible para el combate que fue a engrosar las filas de los defensores de la playa. 
El valeroso barco se prepara para defenderse con los artilleros persignándose mientras apuntan el solitario cañón contra el enemigo.
Las lanchas torpederas, “Alerta” y “Ligera” se refugian en aguas someras.

El “Winslow” ataca sin miramientos al, en teoría, indefenso remolcador español. 

Pero los artilleros no dan una. 
Las andanadas caen al agua o al muelle. 
Y mira que el "López" es grande.

Por el contrario, los que manejan el solitario cañón del mercante, con cuatro certeros disparos logran dejar a su contrario sin gobierno en mitad de la bahía, a huevo para seguir disparándole como un pato de feria. 

Mientras todo esto sucede las lanchas-cañoneras machacan los otros barcos de la flotilla enemiga. 
Se acercaban a toda máquina, disparaban para luego regresar a las aguas poco profundas, en donde los buques norteamericanos no podían seguirlos, recargar y atacar de nuevo.
Los artilleros apenas podían mantener a las cañoneras en sus miras mientras que los españoles atinaban dos de cada tres disparos. 
El “López”, mientras,  seguía a lo suyo cañoneando al “Winslow”.

Después de dos horas y media de recibir estopa, el norteamericano decide que lo mejor es retirar sus maltrechos barcos. 
Se tendría que conformar -¡qué remedio!-, con bloquear la bahía y no volverá a intentar forzar la entrada hasta que termine el conflicto y se firmase la paz.

Aquella misma noche, en su camarote, el almirante releía un 
atrasado periódico de Nueva York. 
En el artículo el periodista escribía:

“Los españoles seguro que huirán cobardemente ante nuestras gloriosas tropas. Sus viejos barcos no son rival para la moderna y preparada Armada norteamericana.
Son, además, una raza acabada, cruel y arrogante, cobarde, sucia…”


Al almirante yanqui se le dibuja entonces una amplia sonrisa en el rostro. 

Agarra el diario arrugando las hojas con rabia y se dirige resuelto hacia su letrina privada.
Va diciéndose a sí mismo:

- ¡Qué coño sabrá este imbécil de cómo son los españoles…!



A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Escuadra española en 1898.


4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  2. Si a hasta los yankis les dimos pal pelo

    ResponderEliminar
  3. pero como siempre nuestra historia se olvida cuando hemos sido los mejores solo el chaquetismo y la gente que solo ve el bolsillo hizo mas daño que todas la guerras

    ResponderEliminar

Follow by Email

Google+ Badge

Gadget

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.