lunes, 30 de enero de 2012

MONTELEÓN

- ¡La madre que lo parió...!

Juan García López, natural de Madrid, destinado en el Cuerpo de Voluntarios del Estado no puede reprimir la expresión mientras ve al Capitán de Artillería, Pedro Velarde, dándole unas voces terribles, y en su misma cara, al Coronel del Regimiento.
Le dice de todo menos bonito y el viejo Coronel está rojo como un clavel reventón.
Rojo de ira y de vergüenza:
- ¿No escucha usía los tiros?... ¿No oye cómo los gabachos están aniquilando a nuestro pueblo…?

Todo aquello le reprocha el Capitán Velarde con mas razón que un Santo, porque desde primera hora de la mañana se pueden escuchar los estampidos de los cañones, las salvas de los mosquetes y los gritos de la gente indefensa y horrorizada ante la crueldad francesa que, una vez abierta la veda, disparaban contra todo lo que se movía.

Y los militares, aquellos que han jurado defender al pueblo permanecen encerrados en los cuarteles, acatando a Murat y escondiendo la cabeza. Algunos...
Porque el capitán artillero y otros muchos como él llevan pregonando la resistencia y el degüello de gabachos desde que estos ocuparon la fortaleza de Figueras.

Formados en el patio hay treinta y tres soldados del Regimiento. La Compañía al completo del Capitán Goicoechea, que está el hombre en la cabeza de la formación tieso como una vara y viéndolas venir.
A su lado, igual de tiesos, los Tenientes Ontoria y Ruiz, que apenas puede el pobre contener las toses asmáticas pero al que le brillan los ojos con el fuego de la cólera, 
miran a su capitán que sin palabras les dice:

- Nos tocará la china, ya lo verán ustedes...

El artillero ya le ha mirado varias veces consecutivas y de manera muy elocuente: ¿Está usted dispuesto...?, parece preguntarle cada vez que se cruzan sus miradas y Goicoechea, claro, le ha respondido:

- ¡A mandar que para eso estamos...! ¡Pero maldita la gracia que me hace…!

Velarde logra convencer al Coronel y, como se temía Goicoechea, a su Compañía, que es la del Soldado García, le toca la papeleta.

Cuando salen en orden cerrado con el tambor batiendo el parche los oficiales al frente y los mosquetes en alto, la Compañía de Voluntarios del Estado es aclamada por los cientos de paisanos que hay frente al cuartel:

- ¡Viva el Ejército!, ¡Viva España…! , ¡Muera Napoleón...!-grita la multitud enfervorecida.

Casi todos los civiles van armados con navajas, cuchillos, trabucos o escopetas de caza, tijeras, agujas, hoces y espadas oxidadas. 
El pueblo se ha armado con lo que ha pillado.
Desde la Puerta del Sol y el Palacio Real se multiplican los disparos y los gritos. 
Madrid entero está en pie de guerra.

En mitad de la formación el Soldado García se repite una vez y otra la misma frase que se lleva repitiendo toda la mañana, ahora con aquellas palabras abarcaba a toda su gente, a todos sus paisanos que ahora gritaban por las calles dispuestos a morir por su suelo, por su dignidad, por un rey ingrato, por una patria dura de la que todos renegaban muchas veces y criticaban casi siempre, pero que todos habían salido a defender con uñas y dientes:

- ¡La madre que nos parió...!

Se dirigen resueltos hacia el Parque de Artillería de Monteleón.
Allí hay mosquetes, bayonetas y cañones… 
Y una débil tapia, edificios, cuadras y almacenes. No es el Parque plaza fortificada o bastión defensivo ni mucho menos.
El antiguo palacio de los Duques de Monteleón y Terranova quemado en el año 1723 y que había sido residencia del abdicado Felipe V y de su esposa Isabel de Farnesio.
No era, desde luego, el mejor lugar para organizar una defensa pero no había otro. Además en el Parque había cañones y con cañones los gabachos pagarían el precio estipulado por pisotear el orgullo de los españoles.

Al llegar hay alrededor de tropecientos millones de civiles pidiendo armas, gritando, con los ojos desorbitados por el odio y deseando agarrar a uno de los ochenta soldados franceses que hay dentro del Parque para poder hacerlos pedazos con sus propias manos.
Todos gritan de júbilo, orgullo y rabia cuando ven llegar a la Compañía con el Capitán Velarde al frente, al que abrazan, besan y alzan en vilo los paisanos.
El ambiente alrededor del Parque de Artillería es denso y caliente como el de una olla a pique de explotar. 
Los civiles congregados exigen sangre francesa y la exigen por litros.

Dentro del Parque el Teniente Rafael Arango había conseguido, a base de mucha mano izquierda, aplacar los ánimos de los oficiales que mandaban el destacamento de franceses que guarnecían el recinto. A duras penas el joven había conseguido contener a los civiles para que no entrasen y practicasen la esgrima navajera con los gabachos.

Poco rato después, para alivio de Arango, había llegado el Capitán Luís Daoiz, veterano militar, experto artillero y español lúcido y cabal que sentía en las tripas la necesidad de alzarse contra Napoleón, pero que, también entendía, que había que hacerlo bien porque el precio a pagar era desorbitante.
El veterano sostiene las riendas de la tensa situación con mucha templanza y mucha sangre fría.
Sin embargo, el Oficial que manda el destacamento francés está irritado, herido en su orgullo y también un poco acojonado por el cariz que están tomando los acontecimientos:
- ¡Mon Dieu...!, ¡Qué desfachatez!, ¡Perros espagnoles traidores...!

Estaba el gabacho a un tris de ordenar a sus hombres que calasen las bayonetas y se abriesen paso entre la turba de civiles, de ojos desorbitados y manos crispadas, cuando, de repente, las puertas dobles del Parque se abren de par en par y entran Velarde -como un toro del chiquero- y la tropa española que le acompaña.
En la calle retruena el millón y pico de voces gritando que quieren criadillas de francés para el desayuno.

Velarde, ni corto ni perezoso, se encara con el oficial gabacho al que mira de arriba abajo y casi le grita a la cara:

- ¡O te rindes o te suelto al pueblo para que os destripen a navajazos a ti y a tus hombres...!

El gabacho, que había combatido contra los prusianos, los egipcios y los ingleses y que siempre había defendido a su Emperador frente a todos y contra todos, oía los gritos inhumanos que llegaban desde la calle, veía las manos como garras que se agarraban a la tapia intentando escalarla y veía, entre la multitud, el brillo funesto de mil navajas de palmo y medio que allí, en aquella España atrasada y brutal, llevaba todo el mundo metida en la faja.
Prudentemente decide entregar su sable. 
Capaz es éste -piensa- de soltarme a esos salvajes.

Luis Daoiz, que había visto entrar a su amigo e irse derechito a por el francés como un búfalo y que había visto boquiabierto al gabacho rendirse y dejarse conducir, manso como un cordero, hasta el calabozo, siente muy dentro de las tripas que han llegado el momento y el lugar. 
No debería ser así, pero ya no había remedio.

Entre los disparos, los cañonazos y los gritos que inundan las calles, Daoiz saca su sable y mira al cielo:

- ¡Las armas al pueblo...! ¿Es que no son nuestros hermanos…?

Entre gritos de júbilo y de alegría se reparten los mosquetes, la pólvora, los cartuchos, las bayonetas y se prepara la defensa del Parque de Artillería de Monteleón, Madrid, España.

Se cubren las tapias y las ventanas de los edificios más altos.
Al soldado Juan García le toca en suerte una ventana que da a la calle San José y desde la que puede ver los cañones que se están preparando tras las puertas, con los Capitanes Daoiz y Velarde y el Teniente Ruiz rodeados por una multitud de civiles que se mezclan con los uniformes militares:

- ¡La madre que nos parió…!- se repite el joven soldado orgulloso de su pueblo.

Los primeros franceses que llegan hasta el Parque de Artillería son los que forman la Brigada Lefranc, que llegan arrogantes y sobrados hasta la misma puerta para luego llamar educadamente:

¡Toc, Toc!
¿Quién es...?

¡El Ejército Imperial...!

¡Bienvenue, François...!

¡BATABUMMMMM...!

El primer cañonazo destroza a los franceses que estaban frente a las puertas de madera, después, y sobre la sangre y los mondongos desparramados del enemigo, se posicionan los cañones en mitad de la calle, sin protección, ni parapeto ni barricada alguna. 
A pecho descubierto.
Como es natural los franceses envían más hombres, más Regimientos que chocan uno tras otro contra las débiles tapias del Parque de Artillería.
Los cañones de la puerta baten sin descanso a los enemigos y salvan, de paso, el honor de todo el Ejército, porque del honor del pueblo se encargaba él mismo con valor inusitado.

Desde su ventana, sin dejar de morder cartuchos y de disparar como le habían enseñado en la instrucción, el Soldado García ve caer abatido al valiente Teniente Ruiz, que herido muy grave, había seguido mandando el cañón que servía. 
Su cuerpo desmadejado se mezcla con los cuerpos de los paisanos, mujeres y hombres del pueblo llano, que están muriendo y matando junto a ellos.
Los poderosos franceses no han podido todavía rendir el Parque de Monteleón.
A las once de la mañana las fuerzas francesas que convergen, desde cada calle hacia los cañones que defienden el Parque, cuadriplican a los defensores en número y armamento.
Pero era tanto el ardor, el valor y la determinación de los españoles que ni la Brigada Lefranc, ni el Batallón de Westfalia, ni el Primer Regimiento Provisional, todas ellas tropas veteranas y fogueadas en mil combates, son capaces de doblegar la defensa, muy al contrario, los franceses se desangran contra Monteleón.

Las bajas se cuentan por decenas y a los imperiales no les queda más remedio que solicitar apoyo de la Artillería.
Traen cañones hasta la calle San José y empiezan a batir con metralla la expuesta posición española.
Los defensores, exhaustos, han logrado rechazar el asalto -especialidad de "Chez Armée"- de tres columnas de infantería atacando a la vez y con toda la fuerza del ejercito napoleónico.
Los de la puerta rechazaron el asalto a la bayoneta y a la navaja peleando como jabatos.

- ¡La madre que nos parió…!

El General Legrange, que se ha tenido que hacer cargo del mando está que echa chispas.
¡Nes pas posible...!, se repite una vez y otra cada vez que ve salir de entre la humareda a sus soldados vapuleados, chorreando sangre y gritando que allí no hay quién coño entre porque están aquellos salvajes que no les dejan…
El general gabacho ordena a su artillería que rocíe 
de metralla sin descanso la posición española, y que no dejen de disparar los cañones hasta que la columna de dos mil hombres, que él mismo encabezará, se encuentre a tan sólo dos pasos. 

Esta vez los gabachos alcanzan la línea de cañones y por un instante parece que va a ser rechazados de nuevo...
Pero la marea de bayonetas resulta imparable para los pocos defensores que quedan con vida junto a los cañones, los muertos se amontonan y el postrer cañonazo de metralla se acaba de disparar.
Desde su ventana el joven soldado ve morir al Capitán Velarde. Cae el Oficial en la misma puerta cuando salía, sable en mano y al frente de sus hombres, a contener la marea francesa.
También puede ver a Luís Daoiz apoyado sobre el tubo del cañón, sangrando por una fea herida en la pierna, el sable todavía en alto y gritando palabras que García no puede escuchar pero que entiende perfectamente:

- ¡España, España…!

Puede ver a sus paisanos que, mientras huyen por el patio disparan y se acuchillan con los franceses.
Dispara su mosquete -¡bang!- un bigotudo zapador menos, lo está recargando cuando ve a un emperifollado oficial francés que se acerca hasta la pieza sobre la que se apoya el malherido Daoiz.
El gabacho golpea con su sable, arrogante y desconsiderado, la cabeza del español que, de repente, sacando fuerzas de donde no quedan, se apoya dolorido sobre la pierna buena y le lanza una estocada al francés que acierta en carne y lo hace retroceder cuatro apresurados pasos más blanco que la nieve:
¡Mon Dieu, mon Dieu!

Al Capitán Daoiz lo cosen a bayonetazos los granaderos franceses.
Los dos últimos cartuchos que muerde y dispara el Soldado Juan García se los envía, entre lágrimas, a los que ensartan al valiente oficial.
Los franceses se desparraman por todo el recinto mientras algunos defensores mueren luchando hasta el final, otros se rinden, algunos logran escapar y otros muchos son capturados.
La resistencia en el Parque de Artillería de Monteleón ha terminado.

Cuando sale al patio el García contempla la verdadera magnitud de la resistencia. 
Los muertos, los heridos, los cascotes por todas partes y el aire lleno de los lamentos de los moribundos.
Los soldados de la Compañía que han logrado salir vivos van formando delante del Capitán Goicoechea. 
Se les ve agotados, sucios y roncos de gritar pero al mirarlos, al joven soldado, una punzada de orgullo le llena el corazón y el alma.
A pesar de la derrota y a pesar del dolor.

Los gabachos también les miran, irritados, coléricos y pensando en el buen número de camaradas que les ha costado tomar aquel miserable reducto rodeado de tapias y defendido por cuatro gatos y dos cañones.
Pensando en lo duro que ha sido y en la férrea e indómita voluntad de morir o vencer que han demostrado aquellos españoles.

Al joven soldado la cabeza y el corazón se le inundan con lo que lleva toda la mañana sintiendo y que él resume en una sola frase, la misma que lleva repitiéndose todo el día, desde que había aparecido el Capitán Velarde:

- ¡La madre que nos parió…!

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Defensa de Monteleón. 2 mayo 1808


3 comentarios:

  1. Antonio conocia esta historia, la he leido muchas veces pero es que con tu relato la he vivido. Gracias.
    Miguel Quintana.

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  2. Antonio he leido muchas veces esta historia que me gusta mucho pero ahora la he vivido, gracias.
    Miguel Quintana.

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  3. Gracias a ti por tu comentario...Te recomiendo "Un día de Cólera", del maestro Reverte. Un abrazo¡

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