viernes, 6 de abril de 2012

EL ÚLTIMO CAÑONAZO

21 de octubre de 1805...
A bordo del "Santísima Trinidad", a mediodía poco más o menos:

- ¡Ahora sí que estamos jodidos, Cisneros…!
- Ni que lo digas, Uriarte, ni que lo digas… ¡Maldito gabacho inútil…!
- ¿Sabe lo que más me fastidia, Comandante…?

- ¿El qué...?
- Un servidor fue el que pagó la pintura.
- ¡Joder, qué país…!

Manuel Velasco es solamente un criado, un sirviente que no porta espada ni se ha arrimado jamás en la vida ni a un mosquete ni a un cañón, tampoco se había visto nunca en tan apurada y peligrosa situación como la de ese día de octubre.
Enrolado en la Real Armada tras haberse visto entregado, cual baratija de mercadillo por la Señorita, a la que le habían dado lo mismo sus muchos y leales años de callado trabajo y abnegado servicio a ella y a su familia.
Pero ya se sabe que dos tetas tiraban más que dos carretas y como el Almirante Uriarte le tiraba los tejos descaradamente ella, claro, se dejaba querer:

-Manuel te será útil, es fuerte, discreto y servicial - le dijo.
- No sé cómo podría agradecérselo, Señorita Ruíz....- le respondió el marino con la mira apuntada al abundante corpiño.

Por eso estaba ahora sobre aquel enorme montón de madera, hierro, cáñamo y lona que crujía y se balanceaba sin detenerse jamás, haciendo que las náuseas se convirtiesen en eternas compañeras. 
Para colmo de males la conversación que había oído entre los dos oficiales le había puesto los pelos de punta y le había encogido los testículos.
¡Qué locos! -se decía a sí mismo- aquellos marinos estaban dispuestos a dejarse hacer fosfatina por los ingleses y navegaban hacia la muerte con la cabeza alta y sin miedo aparente.
¡Qué locos!- se repetía una y otra vez-, sin embargo, algo que moraba muy  dentro de sus tripas -y sin él saberlo,¡qué cosas!- un sentimiento desconocido y brutal que apretaba y retorcía sus entrañas con nudos gordianos que le dejaban sin aliento, mientras el corazón se le encogía tanto en el pecho que parecía desvanecerse y la piel se le erizaba recorrida por un escalofrío sorprendentemente ardiente.
Aquella sensación embriagadora saltaba como un resorte cuando miraba la bandera roja y amarilla que ondeaba en lo más alto del más alto de los palos que se alzaban, desafiantes, hacia el cielo rodeados por una inmensidad de jarcia y de velas. 

Manuel Velasco deseaba en lo más íntimo de su ser poder subir hasta allí arriba para contemplar el mundo como lo contemplaba un gaviero y no verlo como lo había visto siempre, como un simple lacayo.
Aunque, por el momento, las numerosas velas enemigas que ya estaban casi encima tan solo le provocaban pánico, terror y un sudor frío como la muerte.

Sostenía entre las manos el sable de guerra del Almirante, que estaba limpio, brillante y afilado como una cuchilla de matarife, lo sabía pues él mismo había usado la piedra y sabía que tajaría y cortaría la carne como si fuese mantequilla en caso de abordaje inglés.
¡Por favor Dios que no nos aborden!- rezaba- al tiempo que los oficiales del navío comenzaban a gritar órdenes como si, de repente, hubiesen sido todos poseídos por mil demonios enloquecidos:

- ¡¡¡ Meter gavias en facha!!! -gritaba desaforado Uriarte- ¡... que el puto inglés se nos quiere colar por el hueco de popa…! 


Crujía la madera dolorida por la maniobra cuando el tiempo se detuvo y la atronadora voz del almirante, fuerte y varonil, la misma que tenía loquita a su Señorita, recorrió, como un reguero de pólvora encendida, los cuatro puentes del barco:

- ¡¡¡ FUEGOOOOOO!!! ¡¡¡FUEGOOO!!!

Entonces el mundo entero estalló cuando las bocas de los setenta cañones de una de las bandas abrieron fuego contra el barco inglés más cercano.

El ruido era infernal mezcla de los crujidos del navío que se quejaba y gritaba dolorido con cada impacto, los gritos de los hombres heridos por las astillas que volaban por todas partes, los mosquetazos crepitaban y sonaban como clavos clavándose en cientos de ataúdes todos al mismo tiempo, resaltaban los gritos espeluznantes de quienes caían mutilados con una pierna o un brazo volatilizados por la metralla, los cañonazos ensordecían, la pólvora quemada ahogaba y el mar golpeaba inquieto contra los costados de los navíos que se estaban destrozando a mientras docenas de hombres caían al agua y se ahogaban sin remedio. 

Manuel Velasco estaba con 
los dientes apretados, la cara tiznada de negro y los ojos inyectados en sangre. Ojos que apuntaban un mosquete hacia las cofas de uno de los muchos barcos ingleses que los rodeaban. 
A Manuel le parecía que hubiese cientos y cientos de navíos, un bosque de palos atestados de tiradores con más de doscientos cañones.
Y todos aquellos barcos intentaban abordar al navío español. 

Pero el "Trinidad" se batía como un león acorralado sin dejar de escupir fuego por sus cuatro puentes o lo que de ellos quedaba. 
Igual que Manuel, ¡quién se lo iba a decir!
Pero es que lo de aquellos grumetes desparramados sobre las tablas ensangrentadas había sido una imagen demasiado terrible y al contemplarla las tripas le habían gritado cobarde. 
Así que, sin saber muy bien cómo usarlo, había agarrado un mosquete de los muchos que había tirados sobre la cubierta y ahora estaba allí, con aquel sucio pañuelo cubriendo la herida de su frente y disparando, recargando y disparando, como si lo llevase haciendo toda la vida. 
Y lo hacía bien. 
Ya se había llevado por delante a varios marineros ingleses.

Ahora, cuando miraba arriba, ya no estaban los palos a los que poder aferrarse y toda la lona y todas las cuerdas y todos los hierros y toda la sangre del mundo estaban sobre la cubierta del barco.
Y los perros ingleses seguían atacando, aunque, eso sí, ninguno podía, todavía, arrimarse a las bordas del "Trinidad".

Eran pasadas las cuatro de la tarde cuando Manuel Velasco, que había sido de los últimos hombres en abandonar el alcázar, llevándose en volandas al almirante que iba listo de papeles por culpa de un astillazo en la cabeza, regresaba de nuevo a la arrasada cubierta del navío.
Allí arriba los charcos de 
sangre se balanceaban con el barco. 
Desde las entrañas le rebosaba el alma una ira densa y pesada mientras los pulmones apenas podían contener un aire cargado del olor de la pólvora quemada y de la muerte. 
La casualidad o el destino le llevaron justo al lado de un cañón que estaba cebado y listo para disparar. Alrededor de la pieza había varios cuerpos retorcidos en extrañas posturas.
Delante, a apenas unos metros de la borda, un navío inglés de setenta y cuatro cañones disparaba contra el "Trinidad" que ya apenas podía responder al fuego.

Manuel Velasco, el antiguo criado de la Señorita, agarra un botafuego y lo arrima al ojo del cañón. 
El estampido retumba en su corazón, dentro, muy dentro, acerrojándose en sus tripas a la vez que inunda su mente de entendimiento.
Ahora comprende lo que decía el almirante. 
De lo que hablaba en el alcázar, la honra y todas aquellas cosas que antes, hasta hacía muy poco tiempo, solamente le habían parecido una sarta de tonterías, pero que ahora veía muy diferentes y desde una nueva perspectiva.

El hombre sonríe asomado a la borda y con el botafuego en la mano. 
Puede ver con claridad cómo su disparo destroza un buen trozo de pasamanos del barco inglés y junto a él a algunos marineros que acaban hechos hechos trizas en el mar.
Entonces mira hacia lo que queda de la popa española y allí, un segundo antes de que lo alcance la andanada inglesa, ve la bandera acribillada y rota que sigue todavía ondeando orgullosa al viento.
La sonrisa de Manuel Velasco se ensancha y los proyectiles enemigos alcanzan, una vez más, el navío "Santísima Trinidad".


A. Villegas Glez. 2012



Imagen: Navío Santísima Trinidad desarbolado pero aún peleando, en Trafalgar.



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