domingo, 17 de marzo de 2013

INDEPENDENCIA

La tabernucha del pueblo hedía normalmente a velas de sebo, a vino rancio, a sudor y a puchero quemado. El suelo de serrín a aquellas horas era una informe masa de desperdicios mezclados con el barro de cien pisadas. 
Acodado en la barra de madera el tabernero, rechoncho y coloradote, servía vino a dos hombres que sentados en unos taburetes hablaban con él en voz baja, iluminados apenas por la vacilante luz de las velas. Tras ellos, sobre las brasas de la chimenea se asaban unos chorizos que crepitaban y estallaban mientras las llamas se alimentaban del aceite que goteaban. La tabernucha olía a gloria en aquel momento, quizás por eso entraron los franceses.

No era normal verles por la aldea a aquellas horas y tan lejos de su cuartel de Manzanares, aunque como buenos conquistadores, y los gabachos se comportaban como tales, los franceses podían pasearse por dónde y a la hora que les saliese de los cojones.

Eran seis coraceros.

Los dos hombres se habían puesto rígidos sobre los taburetes cuando entraron dando voces y risotadas, bromeando entre ellos y ocupando una de las mesas próximas a la chimenea, uno de ellos, con fuerte acento, pidió vino:

- ¡Espagnol de mierda!, trae vino para los conquistadores de Europa…

El orondo tabernero dejó de inmediato la jarra que sostenía entre las manos, se las limpió con el sucio delantal, agarró una damajuana de vino común de debajo de la barra y seis vasos, que metió entre sus cinco dedos regordetes con magia de tabernero veterano, y se acercó hasta donde los franceses se espatarraban sobre las sillas y taburetes mientras clavaban con la punta de sus sables los chorizos que crepitaban en la chimenea:

- ¡Trae pan, inútil!- voceaba un francés que lucía unos bigotazos enormes y encanecidos.

Cuando el tabernero dejó el vino y los vasos y volvía a por el pan, uno de los soldados le puso la zancadilla y el pobre gordo trastabilló y fue a dar con sus huesos al suelo con mucho estrépito, mientras los coraceros franceses, que habían dejado sus cascos emplumados sobre la mesa, se reían muy fuerte de aquel pobre desgraciado.

Los dos hombres que permanecían en la barra, sentados y rígidos no habían abierto la boca, pero sus corazones ardían de rabia y de vergüenza. No se atrevían siquiera a mirarse el uno al otro. Uno es hombre maduro, rondando la cuarentena, el otro algo más joven pero no demasiado. Dos labriegos, dos analfabetos, dos hombres comunes que se ven humillados y ultrajados en su misma casa.

Las tripas de los dos hombres se retuercen y les queman las entrañas, pero, ¿qué pueden hacer ellos contra los franceses?

Uno de ellos, el más joven, recuerda entonces a su vecino Anastasio, que cosió a puñaladas al teniente francés que había violado a su mujer y aunque luego les arcabucearan como a perros, a él, a la violada y a sus dos hijos pequeños, al menos se fue con la satisfacción de irse peleando, y no como ellos que allí estaban, aguantando vejaciones y desprecios.

Los coraceros siguen con su cháchara, se ríen y cantan, alegres y contentos:

- ¡Más vino tabegnegoooo, hijo de putaaa!

Y el pobre tabernero cada vez que acerca más vino o más chorizos que asar en la lumbre, se ve rodeado de sables que se apoyan en su pescuezo, de patadas que le dan los soldados, de collejas y de maltratos que el hombre soporta estoico, sin abrir la boca, rezando por dentro para que a aquellos hideputas no se les ocurra matarlo.

Entre dos carcajadas de los coraceros, los hombres de los taburetes escuchan llegar desde la calle el sonido de los cascos de dos caballos. Ninguno de los franceses le presta la más mínima atención a aquel sonido.

Luego, muy despacio, la puerta desvencijada del tabernucho se abre:

Al hombre sentado frente a la puerta y que permanecía allí, callado y rígido, testigo mudo de la deshonra, se le ponen los ojos como dos platos de cerámica de Talavera, su compañero al ver su gesto de sorpresa gira la cabeza justo en el instante en que dos hombres armados con sendos trabucos encaran las armas, las bocas son negras y funestas, hacia la mesa que ocupan los coraceros gabachos, a los que la súbita y peligrosa aparición ha cortado las risas de cuajo y ahora pretenden ponerse en pie antes de que caiga sobre ellos la andanada:

- ¡¡¡POUM!!!, ¡¡¡POUM!!!- retruenan los dos petardazos entre las paredes de la tabernucha.

Tres de los franceses son alcanzados de lleno por la granizada de plomo. Dos caen hacia atrás con la cabeza destrozada y el tercero en un rincón, doblado como una navaja y sujetándose la barriga. ¡Mon Dieu!- dice mientras se desangra.

Los hombres de los taburetes se han puesto en pie y contemplan la escena, con la nariz picándoles por el humo de la pólvora quemada y los ojos todavía incrédulos por lo que está pasando.

Los dos atacantes han arrojado los ya inútiles trabucos al suelo y abierto sus terroríficas navajas de dos palmos:

- ¡CRACACRACRACC!- hacen al abrirse y con ellas bien apretadas en la mano derecha, cada cual se arrojan sobre el francés que tiene más cerca. Dispuestos a meterle la hoja muy dentro de las tripas.

Uno de los gabachos apenas puede defenderse pues uno de los hombres se abraza a él y le mete sin contemplaciones la navaja por el costado del peto, la clava y la desclava con furia, hasta que el otro no es más que un muñeco desmadejado entre sus garras y la sangre le chorrea hasta el codo.

Los otros dos franceses se rehacen pronto de la sorpresa y cuando el segundo hombre se abraza con uno de ellos, el otro coracero aprovecha para darle un sablazo en la espalda, la sangre salpica entonces al mayor de los hombres que están en pie cerca de la barra, y al que, cuando el cuajarón de la sangre de su compatriota le ha dado en plena cara, parece que despierte de un sueño.

Su camarada lo ve ponerse muy serio, limpiarse la sangre del rostro y mirarse luego las manos vacías, para después sacar su navaja, (palmo y medio de acero toledano), y cerrar sobre el gabacho del sable sin haber dicho ésta boca es mía.

El hombre más joven suspira. Mira al techo negro y sucio de humo de la tabernucha, suspira de nuevo y saca su propia navaja. Persignándose se lanza también contra los dos franceses que quedan vivos, pues del tercero, el que estaba en el suelo, ya se había encargado el tabernero rebanándole el pescuezo de oreja a oreja.

Cuando todo se termina los cuatro españoles están empapados en sangre y mirando los cuerpos despedazados de los dos coraceros franceses.

El tabernero mientras, saquea los cuerpos de los otros cuatro.

El herido en la espalda se deja caer al suelo bufando como un toro herido y el otro hombre, que es mucho más joven y que se le parece mucho, se arrodilla a su lado:

- ¡Padre, padre!- grita desconsolado el hombre, mientras los otros le miran con un nudo en el pecho.

Pero el herido no dice nada, lo intenta, pero solamente le sale un último gargajo sanguinolento, se tensa en brazos de su hijo y muere cerrando los ojos y con una media sonrisa dibujada en los labios. El hombre joven llora manso y las lágrimas caen sobre el pecho de su padre muerto:

- ¡Hideputas, malnacidos!- dice el tabernero mientras rebusca entre las guerreras de los muertos.

El hombre más mayor, el primero que había sacado su navaja, se acerca a la barra y se bebe su vaso de vino de un trago, luego lo rellena y lo acerca hasta el muchacho, ahora puede ver que apenas tendrá dieciocho años y que llora sobre el cuerpo de su padre:

- Toma hijo… Tu padre ha muerto como un valiente.

- Mataron a mamá y a las hermanillas…- y las lágrimas se multiplicaban en los ojos color miel del hombre cuando recordaba los cuerpos torturados y violentados de su madre y sus hermanas. Sobre todo el cuerpecito de la pequeña Carmen, a la que habían encontrado detrás, cerca del pajar y junto a Klaus, el viejo chucho de la familia.

- ¡Hijos de la gran puta…!

- Llegamos de la labranza y…- las lágrimas no dejaban seguir hablando al hombre que abrazaba el cuerpo inerte de su padre.

Santiago Pérez Pereda se bebe el vino que le había ofrecido al joven huérfano. Su amigo le pregunta:

- Y, ¿ahora qué, Santiago?

- Ahora a pelear hasta que nos maten o logremos echar a éstos bárbaros de nuestra tierra…

- ¿Por el Rey…?

- No Manuel no, por la honra, por la casa, por el terruño, por el suelo de tus ancestros, por el honor de sus huesos, en una palabra amigo, por la Patria.

Es noche cerrada cuando los tres hombres arrojan al pozo los cadáveres de los enemigos y entierran al compatriota muerto.

Santiago Pérez Pereda montado en un caballo requisado al enemigo mira su corta partida de guerrilleros, su escasa tropa, y se estremece.

¿Qué vamos a hacer contra los napoleónicos?- piensa.

Luego su corazón le da la terrible respuesta.

Hay que matarlos a todos, hasta que crucen los Pirineos perdiendo el culo. Hay que morir y matar hasta que España consiga su independencia, su libertad.

Santiago Pérez Pereda, con disimulo, se contesta a sí mismo:

- Amén…

© A. Villegas Glez.







1 comentario:

  1. ¡Espléndido, don Antonio! Leerlo hace que se le pongan a uno los pelos como escarpias... y muy mala leche.

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