viernes, 22 de marzo de 2013

LA TABERNA DEL CIELO

En una esquinita del cielo algo oculta y escondida hay una taberna. Es un lugar un poco oscuro, iluminado por velas de sebo y candelabros de hierro forjado y por las llamas rojas y amarillas de la chimenea, sobre la que siempre se están asando cochinillos o perdices o conejos o algún puchero bien colmado de garbanzos y de tocino, que no se diga que en la Taberna del Cielo la clientela pasa hambre. Ya bastante pasaron los pobres allí abajo.

En la taberna se reúnen cada anochecer, pues en el cielo hay amaneceres y anocheceres y atardeceres y todos son más bellos y espectaculares que el anterior, que para algo aquello es el cielo y solamente las cosas más hermosas puede haber.
Aunque la taberna desentona un poco, la verdad, por eso está en aquella esquinita, casi frontera con el Purgatorio y con el que se dice está comunicada por un portillo secreto.

Muy poca gente conoce de su existencia pues es condición indispensable para acceder a ella que el candidato reúna dos requisitos: El primero que sea español, considerándose tales a todos los que bajo sus banderas murieron, sea ésta la que fuese y la segunda, haber demostrado valor, hidalguía y nobleza.

Algunas veces el Señor ha estado a punto de clausurar la taberna y mandar hacer un convento de Capuchinos para encerrar a en él a todos aquellos locos que más de una noche han alborotado la paz y el sosiego de todos los demás residentes con sus voces, sus palabras malsonantes, sus bravuconadas y sus intentos de asalto, (borrachos como cubas), al vecino cielo protestante o a la zona reservada para los Baños de las Damas. Pero luego, claro, se plantan de rodillas, clavando sus espadas ante ellos y rezan con tanta devoción que el Señor no puede más que echarles un rapapolvo mientras intenta ocultar una sonrisilla:

- Te tienen tomada la medida esos golfos, Jesús- le dice su madre.

- Lo sé Madre, pero es que me caen simpatiquísimos…

Sobre una de las mesas de madera maciza tres hombres juegan a las cartas, sobre los respaldos de las sillas cada cual ha colgado su cinto de cuero del que penden sus armas, espada toledana y daga vizcaína:

- ¡Envido!

- ¡Pardiez!

- ¡Voto a Tal!

- ¡Ni lo nombres, que aparece…!

- ¡JAJAJJAAAAAAAAAAJAJJAJAJAJAAAJJA!

Y las risas atruenan sobre las vigas de madera gruesa del techo y los hombres al unísono agarran sus vasos de barro y los entrechocan para luego llevárselos a los labios y beberse el contenido, un vino tinto fuerte y buenísimo de Toro, de un solo trago. Luego los tres casi también al unísono se limpian la boca con la manga del jubón y tras mirarse como críos irrumpen en nuevas carcajadas.

Entonces entra en ése momento un cuarto sujeto. Distinguido y educado da las buenas noches al entrar en correctísimo castellano.
Los hombres de la mesa se han levantado nada más verle entrar, con su brazo izquierdo estropeado y su perilla bien arreglada y su cara de buena gente. Como los otros, también porta espada y daga:

-¡Maestro!- dice uno de los hombres- Siéntese vuestra merced con nosotros, si nos hace el honor.

- Será un placer Contreras, será un placer…

Se sirve vino al recién llegado que tras despojarse de las armas se ha sentado masajeándose el brazo dolorido:

- ¡Malditos turcos!- dice- casi me acaban…

- Luchó vuestra merced como un jabato don Miguel.

- Todos lo hicimos aquel día.

- Y los que vinieron después…

- ¡Pardiez!

- ¿Qué noticias trae de ahí abajo, Maestro?

- ¿De España?

- Sí…- los tres hombres han abierto mucho los ojos y las orejas, expectantes, ansiosos, deseando recibir las noticias como un hijo espera las de una madre.

- No quieran saber vuestras mercedes…- el rostro del hombre se ensombrece y su frente se arruga, luego se bebe de un trago lo que le queda de vino:

- Gracias capitán Cortés…- dice cuando le rellena el barro un camarada.

- De nada Maestro, ¿tan mal está la cosa?

- Mal no, peor… Allí abajo ya apenas nos recuerda nadie. Las cosas han cambiado mucho y pese a que es vida nueva llena de prodigios y beneficios para todos, nuestros compatriotas están hundidos y humillados.

- ¡Mecagüen…!, ¿y nuestra memoria, nuestras hazañas, nuestros desvelos?

- Perdidos, olvidados… Nadie recuerda lo grandes que fuimos, lo que el Mundo temblaba delante de nuestras picas, nadie recuerda que nuestro idioma era el más hablado y respetado, que todos copiaban nuestras obras y nuestras costumbres, nadie recuerda que bajo toda aquella miseria fuimos capaces de levantar el mayor imperio conocido, nadie nos hace homenajes ni nadie nos ovaciona. Y no se lo van a creer vuestras mercedes, pero hasta de las calles quitan nuestros nombres.

Se vacían los vasos de nuevo y se vacían y se rellenan y se vacían. Los cuatro hombres permanecen en silencio, cada cual sumido en sus propios pensamientos y cavilaciones.

El hombre de los ojos claros que había estado callado y escuchando con respeto lo que el otro contaba, se pasa dos dedos por el mostacho y dice:

- ¿A vuestra merced también Maestro?

- ¿El qué don Diego?

- Le han olvidado…

- A mí y a Lope y a tu amigo Quevedo y a Garcilaso y a todos los demás… Hasta al pobre Velázquez lo visitan más herejes que españoles. Y a Goya, pero que el sordo no se entere, ya sabe vuestra merced cómo se las gasta el jodío maño.

- Entonces están perdidos don Miguel…

- Lo sé amigo, lo sé…

Desde la calle se escuchan llegar unos gritos, una voz que viene recitando a pleno pulmón:

- “Vi los muros de la patria mía…”

Entonces los dos hombres de la mesa se miran y sonríen:

- No se le ocurra decirle nada vuestra merced a ése loco de Quevedo

- No se preocupe Maestro

- Se tornaría insoportable si se entera de que hace cinco siglos ya llevaba razón…

Se abre la puerta de la taberna y aparecen las figuras de Francisco de Quevedo y Garcilaso de la Vega:

- ¡Qué alegría verle Maestro!- dice Garcilaso- dígale vuestra merced al señor de Quevedo que en España las cosas están bien, ¡no imagina la tardecita que me ha dado!, ¡vaya perrera ha cogido el hombre!, ¿pues no dice que ha soñado que allí abajo ya nadie nos recuerda?, ¡hágame el favor Maestro y le dice vuestra merced que está errado!

Miguel de Cervantes agarra su vaso de barro y se lo bebe de un trago. Diego Alatriste, el capitán Contreras y el conquistador de Méjico le imitan sin decir palabra.

Una noche más en la Taberna del Cielo, en la esquina escondida, donde solamente se exige para entrar, ser español y ser valiente, honrado y noble. A veces me pregunto si alguno podremos entrar en ella cuando nos llegue la hora.

Y, ¡pardiez!, prefiero no contestarme.

© A.Villegas Glez.





5 comentarios:

  1. ¡Voto a tal.. que si tenía razon el señor de Quevedo!

    Muy acertado sr. Villegas, me ha emocionado usted.
    .

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    Respuestas
    1. Muchas gracias... Pero que el Señor de Quevedo no se entere....jajajja..
      Un abrazo¡

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  3. RECUERDA A LOS TERCIOS DE FLANDES
    Y LA HUÍDA GLORIA DE ESPAÑA



    En Flandes, sobre el fuego y humo alzada,
    llena de gloria, flameó temida,
    la bandera siempre noble y ardida
    que orgullosa lució la cruz aspada1.

    Tembló Holanda ante el filo de su espada
    tan honrada por Marte, y no vencida,
    y por su empuje vio Nassau2 perdida
    aquella tenaz Breda amurallada.

    Tu grandeza es ceniza hoy, mas no sueño,
    pues hubo un tiempo en que ningún Estado
    pudo resistirte, España, en tu empeño;

    que darte todo el Mundo conquistado,
    con templada mano y fruncido ceño,
    era tradición y honra del soldado.





    1- cruz aspada: se refiere a la antigua bandera de España que llevaba la Cruz de San Andrés, la cual, se representa en forma de x.
    2- Nassau: Mauricio de Nassau: estatúder de los Países Bajos que combatió contra la dominación española.

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