domingo, 14 de julio de 2013

¡DEVOLVED LO ROBADO, MALDITOS PIRATAS!


No quiero empezar, ni puedo este artículo más que de una manera, gritando:

¡¡¡GIBRALTAR ESPAÑOL!!!

Y es que en la Historia ha habido muchos momentos de ignominia, de desfachatez y de traiciones. Pero ninguno tan bajuno, innoble, desvergonzado y sucio como la forma vil y rastrera en la que los ingleses nos robaron el peñón de Gibraltar.
Porque aquello fue un acto de piratería, un robo, un latrocinio que, hasta a la misma Reina Ana, puso la cara como un tomate ante el mundo, y que le buscó al almirante Rooke, que se joda, la ruina. 
Ahora eso sí, Gibraltar ya no lo soltaron los hideputas.

Todo ocurrió en agosto del año 1704.

España se desangraba entre las garras de los franceses, los ingleses, los holandeses, los austriacos y la puta que los parió a todos que tras la muerte de nuestro último rey de la casa de Austria armaron la pajarraca a cuenta de la sucesión del trono español. 
Pastel exquisito que todos los europeos pretendían repartirse y que a los españoles, que eramos odiados hasta por el Tato y daba lo mismo si apoyabas al uno u al otro, que nos diesen muy mucho por donde el pepino amargaba.

Primero la guerra se desarrolló en Europa y luego aquí en casa y claro con esa cosa tan nuestra de dividirnos y enfrentarnos, que si fueros y privilegios por aquí, que si fueros y privilegios por allá, la guerra, la miseria y el caos más absoluto camparon de nuevo por los campos de España.

A principio del año, el Archiduque Carlos de Austria -que figuraba en el rol de la flota como Carlos III de España y que llevaba refugiado en la Corte de la Reina Ana de Inglaterra de invitado desde el comienzo de la guerra- salió de Londres en compañía del almirante Rooke, que era el jefe de la escuadra combinada y el Señor de Darmstad, que mandaba las tropas de tierra y era el Comandante en Jefe de la expedición compuesta por ocho mil ingleses y seis mil holandeses que venían a España para defender la causa del Archiduque Carlos y, por supuesto, sus propios intereses nacionales. 
Entre aquellas tropas había algunos españoles rodeados de alemanes, ingleses, austriacos y holandeses, que los miraban muy por encima del hombro y los despreciaban sin disimulo por muy aliados que fuesen.

Después de algunas escaramuzas y temporales en el mar sumada a una larga estancia en la barra del Tajo -literalmente tocándose los aparejos- para en el mes de mayo del año 1704 plantarse la armada de Rooke en la rada del puerto de Barcelona, muy dispuestos a tomar la Plaza y que Cataluña rindiese pleitesía al flamante rey Carlos. 
Hasta consiguen desembarcar a tres mil infantes y todo.

Pero los barceloneses no están para gaitas -y menos escocesas- así que rechazan todos los asaltos y hacen oídos sordos al bombardeo y el almirante inglés, y el general alemán y sus tropas fogueadas y veteranas se tienen que retirar de Barcelona con el rabo entre las piernas y palos hasta en el deneí.

La escuadra pone rumbo al sur. La combinada anglo-holandesa se cruzará en el camino con la escuadra francesa del Conde de Tolosa, pero las dos flotas maniobran eludiendo el encuentro, sobretodo Rooke que andaba el hombre más tenso que el corpiño de una cabaretera, recibiendo constantes mensajes desde Londres pidiéndole informes de batallas y de victorias. 
A Rooke no le coge el pañuelo en el pescuezo. El tiempo pasa y él venga gastarse los dineros de la Reina y venga darle vueltas al mar Mediterráneo y sin poder hincarle el diente ni a la más mísera de las plazas españolas.
Y entonces va el de Darmstad y le susurra en el oído un nombre: Gibraltar.
Rooke ve el cielo abierto. 
Encima la roca constituye un punto estratégico del carajo que permitiría a Inglaterra controlar el Estrecho y meterle a España un gol por toda la escuadra. 
La flota combinada recala en el fondeadero de Tetuán.

El primero de agosto salen desde Tetuán cuarenta y cinco navíos de guerra, seis fragatas, bombardas, buques de apoyo, barcazas, brulotes y diez mil infantes entre ingleses, holandeses y demás ralea. Cruzan el Estrecho y se plantan ante la imponente mole del Peñón. 
Parece inexpugnable.

La realidad sin embargo es desoladora, Gibraltar igual que el resto de plazas, fuertes, baluartes y demás enclaves defensivos españoles, están abandonados a su perra suerte, desabastecidos y faltos de todo menos de coraje.

Don Diego Salinas es el Gobernador de Gibraltar y cuenta para su defensa con mucha paja y poco grano. 
Gibraltar parece una fortaleza dura de roer y lo sería si sus defensas estuviesen puestas al día, sus compañías completas y sus polvorines abastecidos. 
Pero esto no era así, para variar.

Salinas contaba apenas con una centena de soldados regulares entre infantes y artilleros, en la Plaza había abundante artillería pero más de la mitad no funcionaba o estaba desmontada o era tan vieja que nadie se atreve a utilizarla, Sevilla 1548 ponía en algún cañón. Don Diego contaba también con trescientos milicianos locales para defender el Muelle Nuevo y la muralla.

Diego sabía de sobra que ante la potencia de lo que se le venía encima no podría hacer nada, pero su honor de soldado le obligaba a no entregar la plaza sin combatir. 
Y a ello se dispuso, rechazando con mucha calma y mucho cuajo la propuesta de capitulación que le hicieron.

Mucho ojo que aquí está el detalle del asunto, la propuesta se hizo en nombre del rey o al menos pretendiente, Carlos III de España, que sería el que tomase posesión de la roca en su nombre y etcéteras.
Salinas, como toda España muy poco antes, había jurado lealtad al nuevo rey Felipe y por tanto sería un deshonor renunciar a su juramento. 
Se ve que el invento ese del cambio de camisa aún no se había inventado o al menos a Salinas no le afectaba.

El caso es que rechaza la capitulación y les regala a uss enemigos unas raciones de cañonazos como bienvenida:

- ¡Ojo con la pólvora que hay poca, así que atinad...!

- Descuide Señor Gobernador...

Los días dos y tres de agosto el enemigo preparaba el asalto mientras los de la Plaza se defendían a cañonazos, sabiendo todos que estaban perdidos permanecieron en sus puestos, rechinando los dientes y apretando los huevos.

El día cuatro de agosto, por la mañana temprano, la flota anglo-holandesa rompe el fuego contra la plaza de Gibraltar. 
Y es un fuego horroroso. Mil quinientos cañones batiendo sin cesar las murallas, el Muelle Nuevo, el Muelle Viejo y el Castillo. 

Quince mil disparos en seis horas de agónica resistencia por parte de Salinas y los suyos.
Porque los españoles de Gibraltar, aunque nadie lo recuerde, pelearon como leones y causaron muchas bajas al enemigo, retrocedieron metro a metro y siempre bajo el fuego de las baterías de la flota, que pulverizaban muros, desmontaban cañones y destrozaban hombres.

Tanto y tan bien resistían que, tras seis horas de combate, Rooke ofreció a Salinas una honrosa capitulación, con respeto de vidas y haciendas para los defensores. 
Hasta tragaron con que no se abandonase el culto católico en el peñón.

Diego Salinas con los ingleses ya ocupando el Muelle Nuevo y colándose a borbotones por la muralla, convencido de que se había defendido honrosamente -y lo había hecho- y para evitar una carnicería inútil, acepta los términos de la capitulación.

Los defensores serán despedidos con honores militares cuando atraviesen el istmo por última vez. 

Diego Salinas había entregado la plaza no a los ingleses, ni a los holandeses, ni siquiera a los austriacos. Salinas la entregó al Rey de España que aquellos aliados se suponía que venían a apoyar y a entronizar, puesto que tanto ingleses como holandeses se habían cagado por la pata abajo, cuando Luis de Francia había colocado a su sobrino Felipe, en el trono español.

En lo alto de las murallas recién capturadas de Gibraltar el primero que ondea es el estandarte imperial. 
Luego Rooke ordenó izar la bandera inglesa, pasándose por el forro a su jefe inmediatos, ordenando a sus tropas que tomen posesión de Gibraltar.
Los ingleses lo hacen a la manera que solían, robando, matando, saqueando y violando, destrozaron el Santuario de Nuestra Señora de Europa y nos robaron un pedazo de nuestro suelo. Así por la cara. 

La población civil que pudo escapar, los que pudieron, se refugiaron aterrorizados en la Ermita de San Roque. 
Allí todavía se guardan las viejas y oxidadas llaves de la Fortaleza de Gibraltar.

Traicionando a sus aliados, velando solamente por sus intereses mezquinos, repudiando acuerdos internacionales y desamparando sus alianzas. 
Así se quedaron los ingleses con Gibraltar.

Han pasado siglos y siguen ahí. 
Todos los gobiernos españoles desde aquel año de 1704 han intentado siempre recuperar el peñón por un medio o por otro. 

El mismo rey Felipe lo intentó en varias ocasiones sin éxito. La República ponía el grito en el cielo y renegaba de Inglaterra mientras que no nos devolviesen lo nuestro, el régimen del General Franco lo hizo bandera.

Ahora nuestros políticos se hacen los sordos, los mudos y los ciegos, sean del color que sean. 
Yo no sé de qué me extraño, ni porqué me estremezco. Será que conociendo el panorama político español no solamente no tengo esperanzas de recuperar Gibraltar, sino que me temo que perderemos más trozos nuestros.

Han pasado siglos y siguen ahí. 
Pero que al menos se sepa, que se conozca la verdad y que se grite a los cuatro vientos.

La democrática , avanzada, industriosa y educada Inglaterra nos robó -hace ya tres siglos- un trozo de tierra.
Ya es hora de nos la devuelvan. 
¡Malditos piratas sin honor ni palabra!

Ya va siendo hora de que sobre el peñón, ondee la rojigualda.


© A. Villegas Glez.


























2 comentarios:

  1. Y que esto no se enseñe en los colegios, olvidar la historia verdadera para que parezca que siempre ha sido como es en la actualidad, en beneficio del enemigo que cuenta su historia inventada para justificar el porque están ahí. Estos anglosajones son especialistas en robar, destruir e imponer su cultura, pero están unidos y no se puede con ellos.
    Nosotros no por desgracia, y así nos va.
    Magnifico relato.

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  2. Rooke también intentó tomar Málaga y salió calentito...Batalla de Vélez.

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