sábado, 28 de marzo de 2015

TREINTA MILLONES DE PESOS

31 de agosto de 1638, frente a las costas de Cuba:

El vigía de la cofa del mayor de la nave capitana fue el que dio la voz de alarma:

- ¡Velas a sotavento...!

Dentro de cada uno de los siete galeones que formábamos la escuadra española hasta el último grumete se asomó por las bordas para ver cómo se nos iban acercando, con las intenciones del turco, diecisiete naves, entre galeones y bajeles, holandeses.
Enarbolaba la almiranta el pabellón del reconocido capitán Cornelio Jolís, más conocido como "Patapalo" y no hará falta que les explique a vuestras mercedes el por qué de tal apodo.
Nuestro capitán de mar y de guerra, un vascongado de Éibar con más mili encima que Cascorro y más mar que Popeye, era don Carlos de Ibarra que, como buen español que era no iba a dejar que nos robasen, así por la cara, los treinta millones de pesos de plata que transportaban los mercates en sus bodegas.

La armada holandesa venía muy dispuesta a hacernos pedazos, con los gallardetes herejes al viento caribeño y arremolinándose las dotaciones, armadas hasta los dientes, en los castillos de proa de cada galeón enemigo. Venían por sotavento, confiados en su número superior de cañones y en la sorpresa de su ataque, sobradamente preparados y envalentonados, sintiendo ya entre sus dedos las relucientes monedas con el careto del Rey de España.
La verdad es que en la flota española rezábamos todos, pero, al mismo tiempo, cargábamos los cañones y los arcabuces y cada hombre de cada nave ocupaba su puesto de combate dispuesto a dejarse hacer filetes por la bandera que ondeaba allí arriba en lo alto de los palos y por no dejar que aquellos malditos piratas nos robasen la plata sin pagar el precio de mercado estipulado, o sea, a hectolitro de sangre por monedita de plata.

Por la cubierta de nuestra capitana corrió la voz, que se extendió luego por cada barco español, mientras formábamos una fila protegiendo a los mercantes:

- Esperad la orden para abrir fuego... ¡Aguantad...!

En verdad que no entendimos aquella orden, lo normal era liarse a cañonazos y arcabuzazos en cuanto el enemigo estuviese a tiro, pero Carlos de Ibarra había ordenado aguantar, esperar, apretar los dientes y los testículos mientras los holandeses se acercaban a todo trapo, esperad, aguantad...
Y eso hicimos...

La flota holandesa nos roció de cañonazos y de mosquetazos mientras a cada barco español se le tiraban a degüello tres barcos enemigos dispuestos a abordar, matar y saquear todo lo que pudiesen. Se les veía segurísimos colgados de la jarcia dando gritos que espantaban -en holandés, claro,- mientras sus cañones cubrían los barcos españoles de plomo y de humo.
Todos y cada uno de los hombres en todos y cada uno de los siete galeones españoles mirábamos al capitán Ibarra que mantenía en alto, impasible entre el humo y los astillazos, su sable de combate.

- ¡AGUANTAD...!- bramaban sus ojos pues su boca permanecía muda como una tumba.

Aguantábamos, claro, ¡qué remedio!, con los artilleros al lado de los cañones, el Cabo con el botafuego en la mano pasándose la lengua por los labios resecos, y los arcabuceros agachados y esperando, aguantando como nos había ordenado nuestro capitán, con los nervios de punta, impacientes, regados por los restos de los camaradas a los que había alcanzado la andanada holandesa, los huesos repiqueteando de la rabia y las ganas de devolvérsela a los malditos herejes que nos estaban cociendo a cañonazos:

- ¡AGUANTAD...!- los oficiales nos sujetaban la ira con ojos que chispeaban enardecidos. Ya veréis qué risa les va a dar a estos...

La proa de la almiranta holandesa nos metió el bauprés casi en el palo trinquete, con los tripulantes colgando de la jarcia como monos y disparando los infantes sin cesar ni un momento, un grito de victoria surgió de las entrañas del barco holandés:

- ¡Hurraaaaa!- gritaban sin saber lo que estaba a punto de caerles encima.

No había terminado el movimiento el barco enemigo, las maderas se quebraban con espasmos de astillas desgajadas, cuando por encima de la estridencia de la madera rozándose y de los gritos de los holandeses que ya se veían bañándose en plata española, atronó la voz, potente y enardecida, de nuestro capitán de mar y de guerra:

- ¡¡¡FUE-GOOOOOOOOO!!!!

Simultáneamente todos los cañones de todos los calibres, es decir, de veinticuatro, de dieciocho, de doce, culebrinas, mosquetes, arcabuces, pistolas y tirachinas que había en cada barco español dispararon contra la flota holandesa que los acosaba.

¡¡¡CATACRAAAAAKKKKKKKKKKK!!!

Los barcos holandeses recibieron impactos desde las quillas hasta las cofas. Las balas españolas atravesaron madera, tela y carne destrozándolo todo a su paso. La brutal andanada a quemarropa había dejado a los holandeses que se apiñaban en los castillos y cubiertas convertidos en pedacitos rojos que bailoteaban con la deriva del barco, la jarcia hecha trocitos de cabos sueltos que restallaban por todas partes y las velas hechas jirones que el viento ondeaba con escarnio.
En pocos segundos la segunda andanada española remató la faena y los barcos holandeses, mucho menos chulos y arrogantes que como habían llegado, se retiraron a distancia de tiro de cañón. ¿Abordar...?, ¿qué dices , loco...?
Durante ocho largas horas los holandeses intentaron hundir los barcos españoles a cañonazos, pero no volvieron a intentar abordar nada ni a nadie.

Desde cada nave hispana se devolvía cada cañonazo con inusitado acierto y cada impacto era jaleado con olés y vivas. El almirante "Patapalo", cabezón y picado en su orgullo, cabreadísimo con sus capitanes ordena el repliegue, la reparación de averías y, en cuánto se pueda, atacar de nuevo a los españoles:

- Pero, ¿atacamos de lejos, no almirante?
- Pues claro, ¿no has visto la que nos han dado por acercarnos demasiado?

Los holandeses terminan de parchear sus naves el día tres de septiembre. Se despliegan y sin acercarse demasiado, cañonean a la prevenida flota española que, de nuevo, defiende con uñas y dientes su preciado cargamento.

Ningún barco enemigo se atreve a intentar abordar a los galeones españoles, ni siquiera al "Nuestra Señora del Carmen", que tocado por el combate anterior se había quedado rezagado y solo a merced de los muy numerosos holandeses.
Pero el "Carmen" se defiende como un león enjaulado y al almirante Jolís no le queda más remedio que envainársela y regresar a Flandes con el rabo entre las piernas, media flota hecha astillas y docenas de nuevas viudas en su tierra natal.
De los treinta millones de pesos no había olido ni un duro.

¡Pardiez!, como decimos aquí: ¡Ajo y Agua!

Los treinta millones de pesos se entregaron en España sin más novedad a primeros del año siguiente. Casi todo se gastaría en pagar las famosas picas, que costaban un ojo de la cara, que los españoles teníamos metidas en las tripas de Flandes.

A. Villegas Glez. 














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