sábado, 27 de junio de 2015

DIEGO DE NICUESA

Diego de Nicuesa era vástago de una familia emparentada con el mismísimo rey Fernando, y vería la luz en la hermosa ciudad de Baeza en el año mil cuatrocientos setenta y siete. 
Treinta y un años después se había convertido en un galán guaperas y simpático que traía loquitas a las damas, además contaba con muchos y buenos maravedíes en la bolsa que siempre estaba dispuesto a gastar a manos llenas, ya que Diego era manirroto, alegre, festivo, tocaba con mucho arte la guitarra flamenca y hasta le había enseñado, a su hermosa yegua andaluza, a que bailase al son de sus acordes.
Diego no era, ni mucho menos, el arquetipo de aquellos hidalgos hambrientos con nada que perder y mucho que ganar que se embarcaron rumbo a la mayor aventura de la Historia, como fueron Francisco Pizarro o Vasco Núñez de Balboa, por ejemplo, muy al contrario, Diego de Nicuesa vivía sin pasar necesidades ni miserias, era un hidalgo de postal, caballeroso, noble, elegante, con buenos contactos en palacio, cultivado en las letras y en el manejo de las armas.
Sin embargo decidió embarcarse en la mayor aventura de su vida que sería también, a la postre, la más desgraciada.

Convencido de que al otro lado del mundo estaba su destino, solicitaría a los Reyes el título de Adelantado para explorar la región bautizada como Castilla de Oro.
Como tenía muchos y muy buenos contactos en la Corte y a su majestad no le iba a costar ni un maravedí la broma, Nicuesa conseguiría rápidamente el nombramiento, eso sí, repartiéndose el pastel exploratorio con Alonso de Ojeda, que también había solicitado el permiso preceptivo para tomar posesión de aquella región que él mismo había descubierto en una expedición anterior.

A Ojeda la partición en dos del territorio, Veragua para Nicuesa y Nueva Andalucía para él, le había sentado como un pistoletazo en mitad de los morros.

Y encima, para más desesperación del conquense, el otro arribó a Santo Domingo al mando de una flota que relumbraba de nuevecita, cargada hasta los topes de abastecimientos, hombres y con los pendones de cada nave ondeando alegres al viento dominicano.
La armada de Nicuesa contrastaba tanto con la de Ojeda, que ésta resultaba ridícula, pequeña, sin apenas víveres ni pólvora en las bodegas y con las viejas y recosidas velas gualdrapeando al mismo aire que los coloridos pendones del otro pero con mucha, muchísima menos alegría y donaire. 
A Ojeda, claro, le sentaría todo aquello como una patada en mitad de los huevos:

- ¡Maldito niño pijo de los cojones...!- pensaba maldiciendo su perra suerte.

Diego de Nicuesa, ajeno a todo aquello, empezaría a vivir a todo tren en la ciudad, gastando oro a manos llenas en fiestas y saraos que duraban días enteros y a
sí, más pronto que tarde, se vería más tieso que la mojama y necesitado con urgencia de dineros y de préstamos.
Porque aquello, aunque era el Nuevo Mundo, funcionaba igual que el viejo. 
Mientras gastabas y convidabas todo el mundo te amaba, luego, convertido en pobre y miserable, los mismos que te habían palmeado la espalda, te escupían y te despreciaban. 
En poco tiempo empezaron a perseguirle y acosarle sus muchos- algunos de ellos muy poderosos- acreedores, que pretendían que pagara sus deudas vendiendo los barcos de su flamante flota. Nicuesa, para evitar el embargo, ordenó a sus hombres que zarpasen de inmediato, que más tarde, una vez burlados los acreedores, se les uniría en alta mar… 
Pero al pobre lo agarraron justo antes de poder embarcarse y, por supuesto, lo cargaron de cadenas:

- ¡O pagas lo que debes o te pudres en las mazmorras del Alcázar del Gobernador…!- le dijeron mientras le daban más palos que a una estera.

Y allí se hubiese muerto de pena, de hambre y de maltratos de no ser gracias a uno de los pocos golpes de fortuna que tendría en su aventura americana. 
Un rico potentado, antiguo compañero de juergas, pagaría sin parpadear la abultada deuda y gracias al gesto de generosidad de aquel anónimo camarada, Diego de Nicuesa sería liberado de prisión y podría embarcarse -a toda prisa eso sí, porque todavía debía dinero hasta en la cantina- reunirse con sus hombres y comenzar la aventura que llevaba años soñando.

Al primer lugar que llegaron fue a la región de Turbaco, situada en la actual Colombia y muy cerca del lugar que ocuparía en el futuro la hermosa ciudad de Cartagena de Indias. 
Allí se encontrarían con lo poco que quedaba de la destrozada expedición de Alonso de Ojeda y
el encuentro entre los dos hombres resultaría primero tenso y luego emocionante hasta casi las lágrimas.

A pesar de que Ojeda lo despreciaba y no podía verlo ni en pintura, Diego de Nicuesa, nada más enterarse de las terribles desgracias y miserias padecidas por sus compatriotas, la peor noticia de todas era la muerte a saetazos del insigne cartógrafo Juan de la Cosa, no dudó un instante y noble y generoso como era, ofreció su ayuda y amparo.
Todos juntos atacaron el poblado de los indígenas que les habían matado a tantos y tan buenos camaradas y lo arrasaron hasta los rudimentarios cimientos.
Luego le entregaría una buena porción de hombres, pólvora y avituallamientos para que pudiese proseguir con la exploración y toma de posesión de las tierras que conformaban su parte de la Gobernación.
Alonso de Ojeda, que también era noble e hidalgo, agradecido y olvidadas las viejas rencillas, no pudo hacer otra cosa más que abrazar al que ya era su amigo y del que jamás volvería a decir una mala palabra ni permitiría que en su presencia se dijese, so pena de tener que liarse a estocadas.

Tras haber afianzado su amistad, los dos hombres separarían sus caminos: Ojeda partiría hacia Nueva Andalucía, en deuda para siempre con su salvador, Diego de Nicuesa, aquel hidalgo noble, valeroso y ajeno al desaliento que encararía sonriente su triste destino cuando ordenó a sus barcos que pusieran rumbo al Golfo de Urabá.

Nada más alcanzar la desembocadura del río Darién empezarían los problemas.

Como no podían acercarse con sus barcos de más calado a la peligrosa costa, Diego las dejaría a cargo de su segundo al mando, un tal Olano. 
Él mismo, capitaneando la pequeña carabela, que sí podía navegar por aguas someras, costearía en busca del mejor lugar para poder establecer un asentamiento definitivo. Una gran ciudad que era el sueño de Diego de Nicuesa.
Las órdenes de Olano eran que debía navegar siempre paralelo al rumbo de la carabela y permanecer a la vista de sus vigías.

Pero, para más desgracias e infortunios, la región se vería azotada por una tempestad terrible, que desparramaría, como a corchos sin gobierno, todos los barcos de la expedición.
La carabela sería zarandeada de aquí para allá, con toda la tripulación agarrándose adónde podían mientras le rezaban a todos los Santos del calendario. Acabaría primero encallando en unos bajíos de afiladas rocas, para zozobrar después entre rechinar de tablas rotas. 
Tan solo Diego y unos pocos de sus hombres lograrían llegar a tierra. 
Los náufragos, empapados y ateridos de frío contemplaron desolados como el mar destrozaba lo que quedaba de la carabela y con ella se iban al fondo sin remedio todas sus pertenencias, todas sus armas y todas sus esperanzas. 
Para más miseria y por si fuese poco, la costa en la que habían naufragado, según los chismorreos y las leyendas que contaban los marinos, estaba habitada por sanguinarios indios caníbales.

Diego, pensando que su Segundo los había abandonado a su suerte, decidió que lo mejor era emprender camino en busca de sus barcos, o lo que de ellos quedase.

Los supervivientes deberían atravesar una región en la que no llovía casi nunca, pero que, cuando llovía, lo hacía con tanta intensidad que se formaban enormes torrenteras de fango que lo arrasaban todo a su paso. 
Allí no había caníbales, tan solo mosquitos, soledad, desolación, calor, sed y muerte.
En otro golpe de fortuna, encontraron una vieja barca, medio destrozada, que repararon para lanzarse al mar con ella. Mejor morir en el agua que no allí, mirando al sol que los cocía lentamente.

Los hombres se apiñaron en la pequeña barca que se convirtió en su única posesión y esperanza. Recorrieron la agreste y árida costa en busca de alimentos, agua o una salida hacia la Tierra Firme, pues allí, en mitad de la infernal desembocadura del río Darién, morirían todos sin remedio.
Diego de Nicuesa, a pesar de haber pasado toda su infancia sin sufrir estrecheces y su anterior vida de calavera y galán, era el que mejor aguantaba las miserias y los sufrimientos que padecían, era el más espartano, el más duro e impasible. 
Su carácter, todavía alegre y bromista, alentaba, empujaba y daba fuerzas a sus sedientos y demacrados compañeros.

Por fin, tras largos días de navegación, lograron llegar hasta una pequeña isla que no era más que un yermo trozo de arena en mitad del mar.
Aquella misma noche, mientras los supervivientes dormían derrengados y rotos, la miserable barquichuela desapareció y con ella cuatro de los hombres.
Diego y el resto de los que se quedaron abandonados, con cara de haba y acordándose de las puñeteras madres, tías y abuelas de los cuatro desertores, intentarían construir una balsa con la que poder navegar hasta Tierra Firme, porque aquella isla era solamente la antesala de infierno.
Pero los pobres fracasarían en todos sus intentos ya que en aquel malhadado pedazo de tierra no había más madera que la que traía la marea.
Pasarían así lentos, muy lentos y sedientos los días, primero uno, luego otro, luego otro y mientras tanto, los espectros resecos en que se habían convertido Diego de Nicuesa y sus cuatro leales gatos, se iban muriendo desecados como bacalaos. 
Al pobre Diego se le partía el alma cada vez que enterraban a alguno de sus camaradas. 
Y había funeral casi todas las mañanas… Perdida toda esperanza a Diego de Nicuesa el carácter, antes alegre, se le tornaría agriado y endurecido.

Sin embargo lloraría como un niño chico, igual que los otros que quedaban con vida, cuando vieron aparecer unas velas por el horizonte:

¡Gracias a Dios, estaban salvados!
¿Pero, quienes eran los que llegaban...?

Para sorpresa de todos, de Nicuesa el primero, eran los cuatro desertores, que no habían sido tales, sino que, a sabiendas de que Nicuesa no les permitiría el intento, se habían visto obligados a obrar de aquella oscura forma, pareciendo que desertaban y los abandonaban a su suerte.

Pero la prueba innegable de la hidalguía y honradez de aquellos cuatro compatriotas quedaría demostrada de sobra al regresar a por ellos.
Los cuatro hombres habían navegado durante días hasta que, por suerte y a pique de fenecer todos en el intento, encontraron los restos de la expedición en la desembocadura del río Belén. 
Allí, Olano, que había sobrevivido a las catástrofe y estaba al mando, intentaba construir una embarcación aprovechando los restos de las naves perdidas durante la tormenta.

Cuando llegaron a la pequeña colonia Diego de Nicuesa y el resto de supervivientes fueron aclamados y recibidos con desbordante alegría, muchos hombres se congratulaban del regreso de Diego Nicuesa, y de que volviese a hacerse cargo del mando. 

Había mucho descontento con el antiguo Segundo, que no se atrevería a presentarse ante Diego y enviaría unos emisarios, leales suyos, para dar la cara ante él... Aquello provocó que Diego ordenase que lo ahorcasen del árbol más cercano. 
Pero los ruegos de algunos de sus hombres evitarían el ajusticiamiento.

La situación y el ambiente en la colonia del río Belén no era mucho mejor de lo que lo había sido en la isla. 

Allí no había comida ni agua, así que a diario había que organizar razzias en busca de alimentos. Durante aquellas escaramuzas siempre caía algún camarada, y aquella circunstancia, sumada al hambre, las fatigas y las enfermedades, provocaban que la pequeña colonia del río Belén se hiciese cada día más y más pequeña.
Diego pensó entonces que la mejor opción era largarse de allí en busca de un puerto mejor, algún otro lugar en el que pudiese cumplir su sueño de fundar una gran ciudad.
Sin embargo, algunos de sus hambrientos hombres, que esperanzados miraban crecer los campos cultivados, se negaron a abandonar el río Belén y el pequeño puñado de tierra en el que, a duras penas, germinaba la magra cosecha de maíz.
Diego se iría con unos pocos hombres en busca de aquel lugar soñado, mientras que en Belén se quedaría una pequeña guarnición en espera del ansiado grano.

El primer sitio al que arribaron fue a la conocida y turística Bahía de Portobello, llamada así precisamente, por hermosa y de excelente puerto. 

Diego pensó que, por fin, había llegado al lugar de sus sueños, pero, nada más encarar la embocadura de la bahía, la pequeña embarcación española fue atacada por una turba inmensa de indígenas en canoa que remaban directos hacia ellos disparándoles un millón de flechas por minuto. 
Allí lo mejor era ni asomarse.
Y la menguada expedición cambió de nuevo su rumbo hacia ninguna parte.
Pocos días después llegarían a otro atracadero que alguien identificaría como Puerto Bastimentos, ya que así lo había bautizado, en su último viaje, el mismísimo almirante Colón:

- ¡Pues aquí nos quedaremos en el nombre de Dios…!


Y Nombre de Dios se quedaría ya bautizado para siempre aquel pedacito del Nuevo Mundo.
Mas tarde se trasladaría hasta allí lo que quedaban de la guarnición del río Belén con la pequeña cosecha de maíz que habían recolectado y que a todas luces era insuficiente para alimentarlos a todos.
Regresaron las razzias y los combates y el fantasma del hambre y la muerte que revolotean por encima de la expedición desde que habían salido de Santo Domingo. 

Sin embargo Dios apretaba pero no ahogaba y otro golpe de fortuna, en forma de buen y viejo amigo, llegaría a Nombre de Dios proveniente de La Española.

Era Rodrigo de Colmenares que traía con él un barco atestado de provisiones, de ropa, de armas y de pólvora recién molida, pasándose las órdenes del Gobernador, Diego Colón, por el forro de los cojones.
Colmenares había pagado de su bolsillo el barco y las vituallas para socorrer a su amigo, porque todo el mundo en Santo Domingo sabía de la terrible situación de aquellos españoles de Nombre de Dios, pero el pérfido Gobernador se había negado a ofrecer o financiar cualquier ayuda o socorro.  
Colmenares les llevó también la noticia de que en el Golfo de Urabá se había fundado la ciudad de Santa María Antigua del Darién, y que el lugar parecía fértil y apropiado para establecerse de manera definitiva. 
Y aquella ciudad se había fundado en tierras que pertenecían, por prerrogativa real, a Diego de Nicuesa.

Nublado el juicio por las penalidades, la ambición y los sueños rotos Diego de Nicuesa se dejaría arrastrar por los muchos colonos que llegaron a Nombre de Dios desde Antigua exigiéndole que hiciese valer sus derechos y tomase posesión de su cargo, pues el actual gobernador, un tal Enciso, no tenía a nadie contento porque, según ellos, era déspota y cruel. 

Diego aceptaría la propuesta al momento pero, para su desgracia, lo primero que prometió fue que, en cuanto tomase posesión de su cargo, haría nuevos repartimientos de tierras y encomiendas de indios, quedando las del actual y maligno gobernador sin valor alguno.

Entonces los mismos colonos que le habían ido llorando, y que habían sido casi todos ellos favorecidos por Enciso, y solamente habían acudido en busca de Diego empujados por ambiciones oscuras y propias, recularon en sus intenciones y muy alarmados por las promesas de Nicuesa, que a aquellas alturas de la vida tenía una cara de loco que te rilabas patas abajo, en dónde habían dicho digo, dijeron Diego -nunca mejor dicho- y viceversa… 
Regresaron a toda prisa a la ciudad del Darién y se dedicaron a poner a todo Cristo en contra de Diego, metiendo cizaña entre propios y extraños, contando perrerías y mentiras sobre el Adelantado que venía dispuesto a exigir sus derechos y a quitarles sus tierras.

Por eso cuando la nave de Diego arribó a Antigua -él iba muy contento y erguido en la popa- los lugareños le dijeron que de desembarcar nada y que, de tomar posesión de su cargo, menos.

Que ni se le ocurriese bajar del barco o sería recibido a arcabuzazos…
Engañado, desesperado y tragándose la bilis amarga que le inundaba la garganta, solicitó entonces atracar en el puerto para abastecer sus bodegas y reparar las averías de su barco como simple soldado del Rey que era.

Tanto Diego como sus tripulantes y los habitantes de Antigua sabían de sobra que, si no le dejaban hacerlo, sería condenarlos a una muerte terrible.
A los de Antigua les importó tres pimientos. Que se fuese de allí era lo único que deseaban. 

Ni agua, ni víveres ni buenos deseos le dieron…

Así el primero de marzo del año mil quinientos once, Diego Nicuesa y diecisiete compatriotas abandonaron las costas de Antigua del Darién, se internaron en el Mar Caribe y nunca más volvió a saberse de ellos.
Hay historiadores que cuentan que, en la isla de Cuba, se encontró grabada en la corteza de un árbol una inscripción que decía:

“Aquí feneció el desdichado Diego de Nicuesa…”

Otros dicen que la inscripción es falsa ya que Diego y sus hombres jamás pudieron haber llegado tan lejos.
Sin embargo adónde sí que llegó Diego de Nicuesa fue al legado de la Historia. 

Aquel conquistador alegre, hidalgo, simpático, inocente y soñador, que fue brutalmente arrastrado a la realidad de la vida y de sus vaivenes.

A mí, personalmente, qué quieren que les diga, tras haber leído su biografía, y a pesar de sus desgracias y muchos errores, Diego de Nicuesa me cae especialmente simpático.
Le puedo imaginar montando su yegua andaluza, que bailoteaba por bulerías, mientras Diego rasgaba las cuerdas de su guitarra bajo el balcón de alguna dama, y 
el aire caribeño lo llenaba todo de olores nuevos y de sensaciones por descubrir.
Mientras aquel hidalgo sin suerte miraba el corpiño de la mujer y pensaba:

- ¡Pardiez! ¡Solamente por esos pechos ya ha merecido la pena venir hasta las Indias…!

A. Villegas Glez . 2012



Imagen: mapa de los viajes de Diego Nicuesa. Fuente: life.coffeemountainin.com















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