lunes, 20 de julio de 2015

SANCHO DÁVILA Y DAZA. El Rayo de la Guerra.

El día que nació una tormenta anunciaba que aquel niño estaba predestinado a blandir la espada y la daga para convertirse en uno de los mejores capitanes de aquel tiempo tan cuajado de grandes capitanes y de hombres valientes.
Era hijo de Antonio Blázquez de Ávila y doña Ana de Daza, y sus progenitores quisieron encaminar sus pasos, desde la más tierna infancia, hacia el sacerdocio y el servicio a la Iglesia, por eso nada más alcanzar la edad requerida lo enviaron a la mismísima y grandiosa ciudad de Roma para que allí estudiase Teología con los mejores maestros y fuese ordenado sacerdote lo más pronto posible.

Sin embargo a Sancho Dávila lo que le gustaba de verdad era la vida de la milicia y miraba con mucha envidia a los muchos soldados españoles que pululaban por la Ciudad Eterna. 

Su mayor deseo era convertirse en uno de ellos por encima de todas las cosas.

Así que en el año mil quinientos cuarenta y tres cuelga los hábitos, deja los libros de rezos y se hace soldado en el Tercio de Álvaro de Sande, que estaba preparándose para salir hacia el norte, allí los príncipes protestantes se habían alzado en armas y estaban exterminando a los católicos sin compasión, extendiéndose la furia iconoclasta como un barril de pólvora encendida, por todos los estados alemanes.

Sancho Dávila aparecería por primera vez en los libros de Historia en el año mil quinientos cuarenta y siete.
Tenía veinticuatro años cuando junto a otros nueve españoles se arrojó sin dudarlo a las heladas aguas del río Elba. Los nueve lo cruzaron con las dagas entre los dientes para luego desollar vivos a los tudescos que guardaban unas barcazas que servían como puente, las requisaron y regresaron a la orilla propia para que el Emperador Carlos y el Ejército Imperial pudiesen cruzar el caudaloso río y propinar a los herejes la soberana paliza de la batalla de Mühlberg, en la que acabaría de un plumazo con la rebelión y la arrogancia de sus enemigos.
Felicitado por el mismísimo Emperador y agasajado por el Duque de Alba, Sancho Dávila regresaría tras la campaña con su Tercio, que sería destacado en la isla de Sicilia. 
Allí Sancho participará en la callada pero no menos sangrienta guerra mediterránea que España sostenía en solitario contra los otomanos.

Era ya capitán de infantería española cuando se embarcó para la desastrosa campaña contra la Isla de Gelves. En la retirada resultaría herido y hecho prisionero por los turcos, y gracias, ya que su cabeza no formaría parte de las que se usaron para alzar la llamada Torre de las Calaveras, en la que serían apilados, en terrorífico monumento, los cráneos de los tres mil españoles que habían caído después de defender, durante dos largos y terribles meses, la ciudadela de la isla en la que Álvaro de Sande y su gente se enrocaron tras las murallas y no dejaron de matar turcos como demonios hasta el final.
Como recuerdo y advertencia, el Bey argelino mandaría construir aquella torre macabra que permanecería en pie durante un par de siglos.

Sancho Dávila sería rescatado al año y pico de cautiverio. 
Como recompensa por las fatigas sufridas el nuevo rey, Felipe, le concedería la Castellanía -un título análogo al de Gobernador- de la hermosa ciudad de Pavía.
Allí se mantendría solamente un año, y no por gusto, ¡pardiez!, si no porque el Duque de Alba le reclamó a su servicio.
Dávila, pagando de su bolsillo, claro, reclutaría una Compañía de Caballería que pasaría a ser la escolta personal del Duque de Hierro en Flandes, corría el año mil quinientos sesenta y ocho.

El Rey le concedió entonces el espinoso cargo de Gobernador de la Ciudadela de Amberes.
Dávila, a pesar de la falta de medios y de hombres, no tenía ni la mitad de los que debería tener para defender un perímetro como el de la ciudadela, ordena reparar los revellines y los baluartes de las murallas.
Sancho no se fiaba ni un pelo de los herejes. Y hacía bien.

Los holandeses de nuevo incendiaron Flandes con la rebelión y el flamante Gobernador, Sancho Dávila no sería ajeno a los vaivenes de la guerra: derrotaría en el río Mosa al enemigo, que luego le ganaría en la escaramuza de Quesnoy, en la que el mismo Dávila resultaría herido. 

Después recuperado y rehecho, perseguiría a los herejes hasta muy lejos, hasta pasar el gran río Rin y la ciudad de Dahlem en la que se habían refugiado los herejes.
Los españoles arrollarían a sus enemigos. 

Estará también el valiente Capitán Dávila al frente de las filas de su Tercio en la batalla de Gemingen, en la que el enemigo no encontraría esquina en la que poder ocultarse.
Gracias al arrojo desmedido de Dávila y de sus hombres, que impidieron que los holandeses abriesen las esclusas con lo que se habrían ahogado casi todos, se pudo ganar la batalla.

En otra célebre ocasión y marchando con su Tercio por la región de Frisia se encontraron con un numeroso ejército hereje que se había atrincherado al otro lado de un canal.
Sin dudarlo -ya tenía Dávila experiencia en cruzar cursos de agua- se arrojaron con los caballos al canal y agarrados de las crines o las colas de las bestias, la Compañía de Dávila al completo cruzaría el curso de agua para después derrotar a los sorprendidos y boquiabiertos holandeses.
Poco después en el pueblo de Tilermont, en una espectacular y audaz encamisada, pasaría a cuchillo a ochocientos enemigos.

En el año setenta y dos de siglo Sancho fue en ayuda de los españoles que estaban sitiados en Midelburgo, acosados, sin víveres ni municiones y a punto de capitular.
Nada más aparecer Dávila y sus hombres se lanzaron al ataque y consiguieron romper las líneas de asedio herejes que huyeron despavoridos, pero no contento con aquello, Sancho Dávila, persiguiría al enemigo en desbandada que se refugia en el puerto hereje de Arnemuinden.
Dávila, audaz y decidido ordena que se capturen unos cuantos barcos enemigos, luego los carga de infantería y se lanza contra un hermoso galeón holandés que había atracado y al que los españoles abordaron y metieron fuego, el resto de la flota holandesa y los refugiados, viendo lo visto, huirían como corderos ante los lobos.
Desde aquella hazaña, sus amigos y algunos admirados enemigos, como el francés Brantome, le bautizarían con el sobrenombre de: “El Rayo de la Guerra”
¡Pardiez, que estuvo acertado el gabacho!

En el año mil quinientos setenta y tres el viejo y duro Duque de Alba sería retirado de la gobernación de Flandes y dejaría su puesto al más moderado Luís de Requesens.
El nuevo Gobernador puso al mando del Ejército de Flandes a Sancho Dávila, por ser el más bravo y capacitado de todos sus capitanes.
Sancho lo volvería a demostrar durante el asedio y toma de Mastrique.
Harto de la resistencia holandesa, tras rezar junto a sus ochocientos soldados y al grito de ¡Cierra...!, Sancho y sus hombres acometieron los adarves ensangrentados y se pasaron por la piedra de amolar a más de mil y pico herejes, tomaron las murallas y permitieron que las banderas del Rey Católico ondeasen sobre las torres de la ciudad rebelde.

Al año siguiente, ocupando el centro del ejército español, destrozaría a los holandeses en la batalla de Mook. 

Allí se dejarían los herejes treinta banderas y estandartes, muchos cañones, más pertrechos y una suma incontable de muertos y de heridos. 
Por tan gran victoria el viejo Sancho Dávila, que tenía cincuenta y un años de calendario, más de la mitad de ellos pasados en mitad de la briega flamenca, recibiría en agradecimiento una carta manuscrita del mismísimo Emperador.
¡Generoso que te rilas el monarca…!

Era otra vez el Gobernador de la Ciudadela de Amberes y en octubre de mil quinientos setenta y seis se vio rodeado de enemigos por los cuatro costados. 
Los herejes lamían los adarves de la ciudadela ya que los mercenarios tudescos que tenían que defender el perímetro se habían pasado tan ricamente al enemigo.
Setecientos españoles estaban dentro de los muros dispuestos a morir todos antes que rendir la fortaleza.
Los ciudadanos de Amberes, tan piadosos, montaron chiringuitos y puestos de pescado frito muy cerca de las murallas de la Ciudadela, y las multitudes enfervorecidas aplaudían y jaleaban cada vez que un cañonazo abría una brecha en las murallas almenadas y algún compatriota acababa hecho puré contra las piedras. 
Ningún refuerzo había podido pasar las líneas enemigas y todo parecía perdido para Dávila y sus hombres.

Hasta que, de repente y cantando a pleno pulmón, aparecieron por el horizonte dos mil soldados españoles que venían desharrapados y hambrientos.
Eran los mismos que se habían amotinado hacía unos días en Alost porque ya no les quedaba ni cuero que poder roer.
Ahora avanzaban con ramas de laurel puestas en los morriones en señal de la segura victoria. Al verlos llegar los herejes- y perdonen la expresión- se cagaron vivos, y los dos mil españoles pudieron alcanzar la Ciudadela sin apenas resistencia.
Juan de Navarrete, que era el capitán electo de los amotinados, se abrazó a Dávila y le expuso su ferviente deseo de batir al enemigo y ocupar la ciudad.
Dávila le sugiere entonces que descansen y coman que luego se atacará. Navarrete le contestó:

- “Señor capitán, nosotros venimos a comer en el paraíso o a cenar en Amberes..”
Así que los españoles se lanzaron al ataque mientras que los soldados franceses, ingleses, tudescos y holandeses que debían guarnecer Amberes huyeron como conejos y los alegres ciudadanos que habían aplaudido y chillado jubilosos mientras bombardeaban la Ciudadela, chillaban ahora pero aterrados mientras Amberes empezaba a arder por los cuatro costados.

Poco tiempo después se firmaría el rimbombante Edicto Perpetuo que de perpetuo no tuvo nada ya que duró menos que un indígena con viruela. 
Sancho Dávila vería interrumpida su anhelada estancia en España-¡ah, la patria!- ya que Juan de Austria se había tenido que refugiar en la ciudad de Namur y solo Luxemburgo se mantenía fiel tras la nueva rebelión. Y allí que fue Dávila, con cincuenta y cinco primaveras en el lomo, Camino Español arriba.
Pero la repentina e inesperada muerte de don Juan, y la vuelta a la calma en el teatro flamenco, hicieron que Dávila regresase a España con el nombramiento en el bolsillo de Capitán General de la Costa de Granada. Su misión era la de luchar contra la piratería berberisca que asolaba las costas españolas.
Sancho Dávila acometería su labor con la diligencia y el valor acreditados.

Poco después pasaría la corona portuguesa a manos del rey Felipe y el viejo Sancho Dávila tendría que regresar a la guerra. 

Ahora en el frente portugués contra el pretendiente Prior de Crato y sus aliados gabachos e ingleses que pretendían quedarse con el trono y las colonias lusitanas.
Las cosas se dirimieron en la batalla de Alcántara que una vez acabada y con victoria española, el Duque de Alba ordenó al “Rayo de la Guerra” que persiguiese y aniquilase al enemigo en retirada.
Sancho le puso tanto ardor y buen mando que conquistaría la ciudad de Oporto dando por finalizada la campaña. 
Era el año mil quinientos ochenta.

Tres años después Sancho Dávila enfermaría muy gravemente a causa de una infección mal curada. Moriría en Lisboa el ocho de junio a la edad de sesenta años.
Hasta el mismo Emperador lloraría su muerte y reconocería públicamente que con la muerte de Dávila había perdido a uno de sus mejores soldados.


Sus restos reposan en la Capilla Mayor de la iglesia de San Juan Bautista sita en la pequeña, hermosa y cuajada de Historia en cada una de sus amuralladas esquinas, ciudad de Ávila.

A. Villegas Glez. 2013


Imagen: Sancho Dávila. 
















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