martes, 20 de diciembre de 2011

LA CARGA

La Albarrada. Chile. 1631.

Aquel día de enero, en los insalubres y peligrosos pantanos de La Albarrada, muy al sur del Virreinato del Perú, el Santo Patrón de España estuvo, otra vez, al lado de sus soldados predilectos.
De nuevo cabalgó junto a nosotros y de nuevo nos llevó a la victoria.
Los Araucanos eran los indígenas más peligrosos del Nuevo Mundo. Desde el principio habían sido correosos y difíciles de doblegar y se diría que peleábamos contra españoles.

Hacía muy poco tiempo, en el paraje conocido como: Las Cangrejas, una Compañía entera había sucumbido contra la masa enorme de guerreros que se les echaron encima y que los anegaron entre mazas, flechas y lanzas. Ni uno vivo habían dejado los indígenas y, a algunos, los sirvieron como menú en la cena de la victoria.

Nuestro Escuadrón de Caballería estaba rodeado en mitad del territorio enemigo. 
Miles de mapuches cercaban el Fuerte Arauco y dentro, los ochocientos españoles que formábamos las filas, nos disponíamos a entrar en combate y a morir como lo que éramos, leales y bravos soldados del Rey Católico.
Los indígenas nos superaban en tres a uno y 
ninguno esperábamos salir con vida del combate, por eso, guiados por nuestro Capitán Laso de la Vega, tomamos todos la Extremaunción y nos confesamos como buenos cristianos...

Después de la silenciosa Misa montamos en los caballos que bufaban y resoplaban excitados y nerviosos, sabiendo las pobres bestias en dónde nos íbamos a meter. 
Al paso atravesamos las puertas del fuerte, nos colocamos en formación de carga, sacamos los sables, preparamos las pistolas de arzón... Y cargamos…

El muro Mapuche resultaba impenetrable, eran miles de indígenas, valientes y decididos los que teníamos enfrente y l
os huecos que dejaban las brutales acometidas de la caballería se cubrían de inmediato con otros guerreros, los heridos se arrastraban, los caballos corrían desventrados y cada carga era rechazada y, tras cada una, menos hombres y caballos galopábamos contra el enemigo.

Entonces De la Vega hizo caracolear su corcel, sudaba a chorros y el brazo le pesaba treinta arrobas-como a todos- pero gritaba enardecido una sola palabra:


-¡¡¡SANTIAGO, SANTIAGO!!!

Para abalanzarse, sin apenas respiro, contra la turba de mazas, lanzas, piedras y flechas que le esperaban.

Muchos lo negarán. Otros dirán que nada vieron. 

Pero yo les juro a vuestras mercedes que, al lado de nuestro Capitán, apareció de pronto, un desconocido jinete montando un soberbio corcel blanco.
Aquel caballero fue el que abrió la brecha que provocaría que el valor de los mapuches se quebrase, porque por aquella brecha entramos todos los demás como un estilete y nos despachamos a gusto enviando enemigos al infierno. 

Los pantanos impidieron huir a los aterrorizados indios que se pisoteaban y se apuñalan los unos a los otros buscando, cada cual, su propia salvación.
Cuando la carnicería terminó más de mil mapuches yacían muertos o malheridos por entre los pantanos y la selva.

Laso de la Vega se arrodilló contra el suelo empapado de lodo y sangre, estábamos todos agotados, cubiertos de sangre, con los brazos entumecidos de manejar la espada y las piernas ardiendo por las interminables cabalgadas pero e
l honor permanecía intacto.
Nuestro Capitán, y nosotros, le dábamos gracias al Apóstol por su ayuda y protección y desde el cielo un trueno nos saludaba. 

Santiago nos miraba. Éramos sus hijos, sus soldados. Sus caballeros predilectos y cien voces rotas y roncas le saludábamos desde la conquistada tierra de Nueva Extremadura...

A. Villegas Glez. 2011


Imagen: Efigie de Santiago Apóstol.

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