domingo, 1 de enero de 2012

FRANCISCO DE RIVERA

Hay en nuestra historia hombres que son completamente desconocidos, más que héroes olvidados son héroes jamás reconocidos. Hombres valientes a los que nuestra desagradecida y desmemoriada España ha dejado fuera de la gloria, huérfanos del reconocimiento y del recuerdo.

Francisco de Rivera es uno de esos hombres...

De orígenes muy humildes la única salida que tenía para aliviar sus miserias era la Milicia. Antes de ingresar en los Ejércitos del Rey malvivía como pícaro buscavidas 
igual que tantos otros de aquella generación de compatriotas irrepetibles.

Se enroló como soldado embarcado en la escuadra de don Luis Fajardo. La flota tenía su base en Cádiz y allí se le conocía como pendenciero, espadachín, mujeriego y vividor, ostentaba el empleo de alférez, que se había ganado a pulso combatiendo contra los piratas berberiscos, y tenía la fama bien ganada de ser un avezado marinero, astuto en las maniobras y valiente durante los abordajes.

En alguna de las muchas bacanales que se organizaban en la cosmopolita y enriquecida Sevilla conoció al no menos amigo de fiestas, mujeres y vino, Pedro Téllez de Girón, el Gran Duque de Osuna -el mejor noble que jamás dio España- que le ofreció, sin dudarlo, el mando de uno de sus galeones.
Rivera destacaría tanto sobre los demás Capitanes durante la toma de La Goleta que el mismo Duque -impresionado por su valía- le ascendió a Capitán de Escuadra otorgándole el mando de una de sus divisiones.
Con ella Rivera llevará la guerra hasta las mismas costas del enemigo sarraceno.

Con sus cinco galeones y un patache -un tipo de embarcación menor de apoyo- costea arriba y abajo la isla de Chipre hasta que, harto de buscar un buen fondeadero, ordena a su escuadra que ancle frente al Cabo Celidonia, en la que estaba situada una de las más importantes bases de la flota otomana.
Arrogante, orgulloso y provocador Rivera fondea sus naves y les lanza el guante a los turcos que, cabreadísimos ante la desfachatez de los cristianos que se atreven a fondear en sus mismas narices, envían contra aquellos españoles impertinentes una flota de cincuenta y cinco galeras.
Doce mil turcos contra mil doscientos españoles:

¡No habrá entenas para colgar tanta cabeza...! -pensaban los sarracenos.

14 julio de 1616: 


Los turcos formados en su conocida media luna atacan sin miramientos la línea de barcos españoles. 

Tres galeones y el patache que permanecen impávidos con las portas abiertas y apuntando, con mucho cuidado, sus cañones.
Hasta la caída de la noche duró la batalla sin que los turcos se pudiesen ni acercar a los galeones.
El fuego de artillería preciso, continuo y mortal los mantuvo a raya y tuvieron que retirarse con ocho galeras 
peligrosamente escoradas sobre el mar oscuro, hechas añicos y con mucha gente muerta a bordo.

15 de julio de 1616:

Por la mañana, muy temprano, los turcos que se habíann pegado toda la noche entonando cánticos guerreros y tocando chirimías y panderos, atacan con ferocidad.
Esta vez los rebencazos de los cómitres en las espaldas de los forzados les llevan, más para su desgracia que para otra cosa, a tiro de arcabuz de los galeones españoles.
La artillería, precisa y eficaz, a la que se han sumado más de mil arcabuces y mosquetes, detienen en seco a los turcos que se retiran otra vez vapuleados y con muchas galeras haciendo agua o hechas astillas.

Algunos capitanes sarracenos ni se atreven a acercarse a los españoles, acojonados de miedo después de haber visto saltar hechos pedazos a muchos de sus camaradas.

16 de julio de 1616:

Los otomanos atacan aquella mañana con todas las fuerzas que les quedan.
Gritan y cantan mientras rocían los barcos españoles de bombazos y de flechas. 
Con el empuje fanático y con su honra en juego consiguen alcanzar las tablas de la nave capitana española.
Pero nada logran más que encontrar su terrible final.
Desde el flanco, la reserva del astuto Rivera, que no había abandonado su puesto de combate en ningún momento, destroza a los turcos a cañonazos.
Algunas galeras estallan en mil pedazos y se hunden en segundos, otras se alejan tan maltrechas que apenas pueden navegar convertidas en tablazones flotantes cubiertos de muertos.
Los otomanos se retiran definitivamente...

La escuadra de Rivera, cargada de gloria, regresa a sus bases.
Desde Lepanto no habían recibido una paliza naval de tal calibre los turcos, y en sus propias aguas, en las mismas narices del Sultán, y para más recochineo y deshonra, en inferioridad numérica.
Rivera será recompensado por el Duque de Osuna con el Almirantazgo y el hábito de Santiago.

Su gesta causó admiración en toda Europa.

En el año 1617 el Almirante Rivera zarpa con sus quince galeones de patrulla por el Adriático.
En noviembre, muy cerca de la isla de Ragusa, los españoles son interceptados por la escuadra veneciana que mandaba el reconocido Almirante Veniero, que contaba en su flota con dieciocho galeones, seis galeazas y treinta y cuatro galeras.
Los venecianos, sin dudar de su victoria, se lanzaron
 al ataque.

Un ligero viento se había levantado y los galeones y las galeras venecianas que los remolcaban empezaron a volar sobre el agua, iban a la turca formados en media luna.
Los galeones españoles estaban dispersos y cada cual a su aire justo antes del ataque, pero con una rapidez y maestría marinera admirable, se agrupan, ciñen el viento y ponen proa al enemigo.
La maniobra deja al almirante veneciano aturdido por la eficacia y el arrojo de su homólogo español. 
Veniero empezó a rezarle a todos los Santos del cielo.

Los españoles se formaron en una línea recta mientras los barcos venecianos empezaban a apelotonarse haciéndose señales desesperados los unos a los otros.
Con otra maniobra impecable -Veniero se cagó patas abajo- los galeones españoles viraron sobre la línea y pusieron la banda de babor apuntando contra al enemigo, abrieron las portas y, todos a la vez, abrieron fuego una salva horrorosa de bala y cadena sobre los barcos venecianos.

Las galeras enemigas cortaron desesperadas los cabos que las unían a sus galeones y trataron de bogar desesperadas buscando ponerse muy lejos del alcance de los arcabuceros y de los artilleros españoles que disparaban y recargaban con mortal cadencia y eficacia.
Con prisas y sin pausas las enormes bocas negras de los cañones españoles asomaban y disparaban sin detenerse un momento.
La flota de La Serenísima y sus marineros que correteaban despavoridos sobre las cubiertas se convirtieron en pato de feria para los artilleros e infantes embarcados españoles.

Tras largas y sangrientas horas aguantando el cañoneo el Almirante Veniero decidió retirarse, más de dos mil venecianos habían muerto y su buque insignia, el "San Marcos", navegaba remolcado, hecho un colador, flotando de milagro y chorreando sangre por las dos bandas.
Su desgracia no terminaría con la derrota. En el camino hasta puerto una espantosa tormenta les daría la puntilla a los sempiternos enemigos de España.

Francisco de Rivera había vencido a los turcos y a los venecianos en inferioridad de condiciones a base de buen hacer marinero y valor, atacando siempre y retrocediendo jamás.
Fue uno de nuestros más grandes Almirantes.

Cuando el Gran Duque de Osuna cayó vapuleado por los envidiosos, los mentirosos y los hijos de mala madre -que esta tierra germinan como los cardos borriqueros- junto a él caerían también todos sus amigos y protegidos. 

Hasta el reconocido escritor Francisco de Quevedo sería desterrado de la Corte.
Rivera, pese a su reconocida valía, es exiliado a las olvidadas escuadras caribeñas y su pista se perdió para siempre de la Historia.

Unos cuentan que murió en Cádiz, solo y en la miseria. Otros dicen que murió en el Caribe combatiendo contra piratas y corsarios.


A mí me gusta pensar que fue allí, peleando.

Pero, habiendo nacido aquí no me extrañaría que hubiese muerto indigente, miserable, muerto de hambre y despreciado por cuantos se cruzaban en su camino por las calles de Cádiz. Y que sus huesos estén perdidos para siempre en ese pozo oscuro, profundo y maloliente en el que los españoles solemos arrojar a nuestros más grandes compatriotas. 

El pozo del olvido...

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Galeón San Mateo. 1582



3 comentarios:

  1. Maravillos poder conocer estos retazos gloriosos de nuestra historia. Muchas gracias

    ResponderEliminar
  2. Si nos enseñasen la verdadera historia de este gran país en las escuelas, no habría tanto separatista, a los cuales sólo les an enseñado interesadamente lo malos que somos. Gracias Antón.

    ResponderEliminar

Follow by Email

Google+ Badge

Gadget

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.