viernes, 6 de enero de 2012

DÍA DE REYES EN MONTEVIDEO

En Montevideo amanecía el seis de enero de mil setecientos sesenta y tres...

Los Reyes de Oriente le habían traído a la guarnición española un regalo envenenado en forma de flota anglo-portuguesa que llevaba algunas semanas enseñoreándose del estuario del Río de la Plata buscando el mejor lugar en el que clavar los colmillos.
Una flota que había atacado nuestras posesiones sin previa declaración  de guerra. 

La Compañía de las Indias Orientales era la que organizaba y pagaba a los aventureros, ladrones, asesinos y demás escoria hereje que componían las tropas reclutadas bajo la consigna del saqueo sin freno y la promesa del degüello de españoles.
La mandaba un inglés de nombre Macnamara que navegaba en un viejo navío, el "Kinston", al que había rebautizado pomposamente: “Lord Clive”. 
Un buen barco de sesenta y cuatro cañones al que daba apoyo en la ocasión la fragata de cuarenta, “Ambouscade”.

A los hijos de la Pérfida se les habían unido los portugueses ansiosos como estaban en recuperar la Colonia de Sacramento y así poder poner los pies, por fin, más allá del Brasil. Aunque para ello hubiesen tenido que hacer tratos con los ingleses que los repudiaban y despreciaban tanto como a los españoles. 
O más.

En Río se habían unido a los piratas ingleses la fragata portuguesa: “Nuestra Señora de Gloria” y algunas otras naves de apoyo además de ochocientos infantes con los que la expedición alcanzaba el millar y medio de efectivos con abundante pólvora, mosquetes, pertrechos y el puerto de Río a dos pasos. 
O a dos soplidos del viento que para el caso es lo mismo.
Todo parecía estar de cara y viento en popa para los enemigos de España. 
Porque en el ancho mar no había ni rastro de barcos españoles y las defensas de tierra no serían ningún obstáculo. ¡Total -pensaban- son cobardes españoles los que hay tras las débiles murallas!

- ¡Nos los vamos a comer con potatoes, my friend! -le decía MacNamara al General Gomes Freire.

- ¡Y un carallo teu vas a comer...!- le contestaba el portugués pensando en sus vecinos y en cómo se las solían gastar.

Pero su Rey le había ordenado aliarse con aquellos apestosos y él había tenido que obedecer sin chistar, como buen soldado que era, ¡carallo! 
A seguir porfiando con los vecinos por el Río de la Plata... Que así llevaban desde los tiempos del Tratado de Tordesillas.

Amanecía el día de Reyes sobre la bahía de Montevideo y los tres principales navíos de la flota enemiga tomaban posiciones de combate, cada uno de ellos enfrentado a uno de los baluartes de tierra: Santa Rita, San Pedro de Alcántara y San Miguel.

A cuatrocientos metros los anglo-portugueses abrieron fuego y el humo empezó a cubrir la bahía.

Los ingleses habían trazado su plan de batalla basándose en la seguridad de que, los muy católicos habitantes y la soldadesca española, estarían rezando, rosario en mano, celebrando la Epifanía de los Reyes.
Pensaban que bastaría con pegar cuatro cañonazos, espantar a los adormilados y seguramente borrachos centinelas y desembarcar a las aguerridas tropas que arrollarían a los defensores en un decir Jesús...

Y no le faltaba razón a los ingleses...

Porque los niños, las mujeres y los muy ancianos estaban rezando en la iglesia sí, pero los hombres, soldados o no, estaban todos desplegados en los baluartes y dispuestos a rechazar cualquier intento de desembarco.
Pero no hizo falta...

Los barcos disparaban salvas una tras otra de bala y de metralla pero no acertaban ni queriendo o lo hacían por pura probabilidad estadística, ya que, de cada cien disparos alguno tenía de dar donde debía.
Todo lo contrario le sucedía a la artillería española de los baluartes, que disparaba y recargaba y disparaba una lluvia de hierro y de plomo que convertía las cubiertas enemigas en mataderos.

Después de cuatro horas de recibir el cañoneo mortalmente certero de las baterías españolas los tres barcos estaban desarbolados, con las pocas velas hechas jirones, las dotaciones convertidas en masas sanguinolentas sobre las cubiertas arrasadas y las bombas achicando al límite.

El “Lord Clive” flotaba como un corcho lleno de agujeros en mitad de la bahía.
Los españoles cargaron una andanada de “Bala Roja”, que es una bala calentada al rojo vivo que se dispara con la intención de provocar incendios o, si hay suerte, hacerlo estallar en un millón de astillas si se consigue acertar en la santa bárbara.

Un disparo que requiere mucho valor y mucha destreza por el peligro de estallido que representa la complicada operación.
Aunque de aquellas dos virtudes andaban sobrados los artilleros del Baluarte de Santa Rita.

Los certeros cañonazos españoles provocan primero el incendio y la posterior explosión del navío inglés. Trescientos súbditos de Su Graciosa se volatilizan en un instante consumidos por el fuego que se extiende inexorable de la proa hasta la popa.
Entre los torreznos estaba el mismísimo Capitán MacNamara.

Los pocos supervivientes que logran poner los pies en la isla serán posteriormente juzgados como lo que son, simples piratas, y ahorcados sin más trámites.

La “Ambouscade”, convertida en un colador y chorreando sangre por los imbornales, consigue escapar de milagro.
Navega junto al navío portugués: “Gloria”, que va también seriamente averiado y dañado.
Desde el alcázar de popa el General Gomes Freire puede ver salir la humareda de los cañones españoles que siguen disparando desde los baluartes.
Lo que queda del “Lord Clive” se hunde entre llamaradas y gritos de terror:

- ¡Madre de Deu...! ¡Ya teu decía, que te ibas a comer un carallo…!

A. Villegas Glez. 2012


Imagen: El Lord Clive arde ante las defensas de Montevideo. 1763



2 comentarios:

  1. Me gusta leer estos relatos de nuestra gloriosa Historia....

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  2. Antonio, gracias, manda carallo en Montevideo.
    Felices Fiestas a todos.

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