martes, 10 de enero de 2012

CUANDO CORREN LOS INGLESES

El principio del siglo dieciocho no fue nada fácil para la arruinada y vapuleada España.

El último rey de la Casa de Austria se moría sin dejar herederos, envuelto en la locura, rodeado de buitres y de cortesanos que eran los que habían mantenido viva la pantomima de la Corte de Madrid.
En su testamento Carlos II nombraría heredero a José Fernando de Baviera. 
Los países europeos se frotaban las manos ante el enorme y rico pastel que se quedaba sin dueño. Francia, Inglaterra y Holanda firmaban acuerdos secretos para repartirse el Imperio Español como llevaban deseando desde hacía siglos.

Pero resulta que el de Baviera la casca prematuramente y el listo de Luis XIV rompe los acuerdos y propone como candidato al trono español a su nieto Felipe de Anjou.
La guerra resulta inevitable.
 
Los buitres europeos se disputarán la carroña a picotazos y muy pronto el continente entero hierve sumido en una guerra atroz, otra más en esta vieja y ensangrentada tierra.
En España cada uno barrería para su casa y, siguiendo nuestras viejas costumbres, tomaríamos partido por uno de los lados, dedicándonos a luchar entre hermanos mientras las tropas extranjeras saqueaban, robaban, mataban y violaban sin importarles un pimiento si apoyábamos a Felipe de Borbón o a Carlos de Austria.
Unos pidiendo fueros y libertades apoyando al Austria como siempre hicieron. Los otros de lado del nuevo rey, aliado de la todopoderosa Francia, al que veían como única solución para evitar el desmembramiento del Imperio y la pérdida de las Provincias en América.

Empezaba la Guerra de Sucesión Española.

Una de las primeras acciones sería el ataque anglo-holandés contra Cádiz en agosto de mil setecientos y dos.
Llegaron a la bahía cincuenta navíos junto con numerosos barcos de transporte que cargaban más de quince mil hombres. Al mando estaba el almirante Sir George Rooke y llegaban dispuestos a desembarcar en Cádiz para luego tomar toda Andalucía.
España imaginen vuestras mercedes como estaba. 
Ni Andalucía ni ningún otro sitio estaba ni prevenido ni preparado para un ataque de aquella magnitud.

En Cádiz, el Comandante Militar contaba con apenas trescientos soldados regulares. 
El Gobernador de Andalucía, Francisco Castillo, Marqués de Villadarias, sólo consigue reunir una pequeña fuerza de ciento cincuenta lanceros.

Así los ingleses tomaron con facilidad Rota y El Puerto de Santa María. 
En las dos poblaciones saquearon, asesinaron y violaron sin freno ni piedad, profanaron las iglesias, abrieron los conventos y forzaron a las monjas que fueron ultrajadas por Compañías enteras para después ser degolladas sin compasión.

Aquella salvajada provocaría que, desde toda la comarca, la provincia y desde toda Andalucía, acudiesen hombres, a veces armados solamente con su navaja, para alistarse en las milicias y defender Cádiz.
Porque Cádiz aguantaba.
 
La artillería de los fuertes y baluartes mantenía la flota enemiga bien lejos de las murallas.
Los defensores tenían poca pólvora pero la que gastaban, la gastaban bien. 
Muchos barcos habían sufrido desperfectos y averías y muchas barcazas, cargadas de casacas rojas, se habían ido a pique.

Los ingleses atacaron el Fuerte de Matagorda, casi abandonado antes de que llegasen, y solamente gracias al valor de las galeras de Ferrán Nuñez que machacaron las trincheras inglesas sin descanso se consiguió repeler el asalto.

Cádiz se defiendía con uñas y dientes.

En la orilla de Rota había más de dos mil casacas rojas dispuestos a avanzar, sin embargo, los mantenía allí la incertidumbre.
No sabían a cuantos españoles se podían encontrar si avanzaban.

Cada día se alzaban enormes columnas de polvo sobre el horizonte y cada noche se veían arder cientos de fuegos de campamento justo frente a sus posiciones.
Además, para más "incertidumbre", cada dos por tres aparecían los lanceros locos que ensartaban sin piedad todo lo que se les ponía por delante para luego desaparecer como fantasmas.
Los ingleses creían que tenían enfrente a todo el ejército español.

Sin embargo no eran más que los ciento cincuenta jinetes de Villadarias y los paisanos que iban reuniéndose en la otra orilla dispuestos a degollar ingleses en cuanto el Señor Marqués se lo permitiese.

Todo lo que tenía a los ingleses tan en suspenso, tan expectantes, tan tensos y tan acojonados no resulta más que un artificio del marqués, que había mandado levantar polvaredas, encender fuegos y hacer incursiones contra las trincheras enemigas. 
Incursiones que ponían los pelos de punta a los ingleses.

Así estuvieron un mes entero. 
Cañonazo va, cañonazo viene, lanzazo va lanzazo viene...

Hasta que el mando anglo-holandés, que por cierto no podían verse ni en pintura los unos a los otros, pero que se habían unido en la ocasión para jodernos como buenos piratas y herejes que eran, decide que lo mejor era reembarcar las tropas y largarse de aquella bahía que estaba desangrando, poco a poco, gota a gota, la antaño flamante expedición.

Hay orden general de abandonar las trincheras y de que la tropa agarre el camino de Rota y se prepare para el reembarque…
Desde siempre han fardado mucho los ingleses de disciplinados bajo el fuego. 
De cuando corren, no fardan.

Al poco rato de empezar la retirada -dos mil casacas rojas- los lanceros se lanzaron al ataque y a ensartar ingleses a pares.
Para ampliar la degollina el Marqués, por fin, les dio rienda suelta a las milicias locales que eran casi todos los padres, tíos, primos y hermanos de las forzadas en El Puerto y en Rota.
Lo que al principio eran pasos apresurados- ¡Go, James, go,go...!- se convirtieron muy pronto en carreras alocadas y poco después en pánico desaforado.
Corrieron los ingleses que se las pelaban y sin mirar atrás hacia las barcas que les esperaban que, muy pronto, rebosaban de ingleses con ojos desorbitados que remaban, con las culatas de los mosquetes y con sus propias manos, desesperados.
Muchos intentarían alcanzar sus barcos a nado y se ahogarían a docenas.
Los lanceros recorrían las calles de Rota buscando ingleses que ensartar y los milicianos degollaban sin compasión y sin dejarse nadie vivo detrás de ellos, ni tampoco anillo, cadena o diente de oro...

El agua se torno roja como en una almadraba con los cuerpos flotando acuchillados de mil maneras.
La sangre empapaba a los milicianos y a los lanceros que contemplaban alejarse las atestadas barcazas. 
Detrás el campo rebosaba de enemigos muertos o agonizantes que eran rematados sin piedad.

Dos hombres se miraban el uno al otro con los sables chorreando sangre inglesa.
Nunca habían sido amigos. 
Uno era leal al Archiduque de Austria, el otro al nuevo rey.
Mil veces habían discutido y casi llegado a las manos, mil veces uno contra el otro peleando cada cual por sus convicciones y sus ideas.
Cabezones, fanáticos y cerriles. 
Como buenos españoles.

Ahora se miraban respirando entrecortados, secándose los cuajarones de sangre sobre la ropa civil ya que ni uniforme tenían:
- ¡Jozú que jartá de matar!- le dice uno ofreciéndole una petaca de licor al otro.

- ... De los tuyos eran.

- ¿De los míos...?

- Sí, del Archiduque... Ingleses, holandeses...

- ¿Sabes compadre...?

-¿Qué...?

- Los míos son los que vivían el el Puerto y en Rota.

- Pues los mismos que los míos...

- Esos lo han aprendido bien...

- ¡Jozú de verdad...!


Las barcazas inglesas, cargadas de heridos que se lamentan y chorreando sangre se alejan de la bahía de Cádiz sobre la que flotan, hechos pedazos, los cuerpos de sus compañeros muertos.

A. Villegas Glez. 2012

Imagen: Cádiz...


2 comentarios:

  1. Que bueno, lástima que en España no se sepa nada de esto, y algunos hasta le de vergüenza, gran relato.

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  2. Buenísimo. Ya estás escribiendo el guión de la película, coño.

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