martes, 8 de mayo de 2012

PEDRO ZUBIAUR

A finales del siglo dieciséis un vasco de Rentería no ponía en duda su españolidad y el mayor honor al que podía aspirar, amén de ser casi la única oportunidad que tenía para poder mejorar su condición, aparte de entrar a formar parte de la iglesia, claro, era entrar a servir al Rey en la milicia.
Miles de vascongados entraron a formar parte de los ejércitos españoles, ganándose justa fama de bravos, temerarios, nobles, cabezones y buenos camaradas… En aquellos tiempos se les conocía genéricamente a todos como "Vizcaínos"… Y de vizcaínos y españoles hacían gala y defendían su honra.

Hoy les hablaré de uno de ellos, también perdido de la Historia y sin más recompensa que el olvido.

Se llamaba Pedro de Zubiaur y era hijo segundón en una familia de marineros de Rentería, se había criado al aire del Cantábrico y empapado del viejo Bilbao, que estaba siempre pendiente de los posibles ataques de los gabachos o de los ingleses.
Pedro, muy joven, se alista en la flota de Filibotes que servían de escolta a los mercantes españoles que realizaban la peligrosa ruta hacia Flandes por el Canal de la Mancha. 

Muy pronto dio muestras de su valentía, arrojo y pericia marinera cuando, frente al importante puerto de La Rochela, base de la armada francesa, se encontró con una escuadra gabacha que le cerraba el paso, eran más de cuarenta barcos de toda clase, incluidos poderosos galeones de guerra. Zubiaur se lanzó al ataque y logró pasar entre los navíos franceses a cañonazo limpio, sorprendidos y acogotados por la audaz maniobra del español, los franceses apenas pudieron hacer nada más que contemplar como Zubiaur forzaba sus velas rumbo a Inglaterra, que en aquellos días era aliada nuestra, salvando el valioso cargamento de ducados y doblones que escoltaba.

Poco tiempo después, en un espectacular golpe de mano, logra tomar el importante puerto hereje de Flesinga, dejando a los holandeses, que pensaban inexpugnable la plaza, con dos palmos de narices.

Tras esta hazaña viaja hasta Inglaterra en misión diplomática con la intención de recuperar ciertos caudales robados por el famoso pirata Francis Drake y de paso liberar a algunos prisioneros.
Pero los ingleses al ver los cañones que monta la pinaza española los reclaman como suyos, robados por los españoles… El tira y afloja va tensando la invisible cuerda del odio, la tensión se puede palpar en el ambiente con los ingleses y los españoles diciéndose de todo menos bonito.Varios días están las cosas de esta manera.

Hasta que una mañana, Pedro, que está ya hasta las narices de aguantar a los ingleses y a la madre que los parió, ordena reembarcar su artillería, que había sido sacada de la pinaza, y subir a bordo a los prisioneros que venía a rescatar, y abandona el puerto sin pedir permiso a nadie. Como saludo de despedida cañonea hasta hundirla a la balandra inglesa que, muy chula ella, había acudido a cerrarle el paso.
Cinco galeones reales ingleses salen tras ellos a toda vela. Cuando les dan alcance y los rodean, la superioridad inglesa es tan exagerada que resistirse sería locura- piensa el mando británico- los españoles lejos de hacerlo van y se lían a cañonazos y a realizar maniobras con la pinaza que ponen los pelos de punta al almirante inglés, a sus oficiales y a las dotaciones.
Los españoles se esfuman, sin dejar de disparar sus cañones -¡Boom, Baum, Boom- entre la bruma  inglesa del Canal de la Mancha.

Cuando la embarcación española consiga llegar al puerto de La Coruña, serán aclamados como héroes. 
Será la única recompensa para el bravo marino y sus tripulaciones.Pero eso a Pedro no le importa, aunque le duela el desprecio en lo más profundo de su alma valiente y honrosa, aunque, como buen español que es, tan buen vasallo no tenga buen señor. 
Zubiaur sigue a lo suyo, desjarretando franceses o ingleses según toque, o los dos al tiempo, que también sucede, ambas naciones unidas contra nosotros y recibiendo las dos que para todas hay de sobra buen acero vizcaíno o español, que tanto monta.

El año mil quinientos noventa resulta especialmente bueno. 
Rumbo a Flandes, cargada de oro y pólvora para los Tercios y a la altura de Bayona es sorprendida la flota mercante española por los corsarios holandeses. La flota está amparada y protegida por tan sólo tres Filibotes, que eran naves de porte menor al galeón y pensadas para transporte de carga, que los españoles habíamos artillado y usábamos como escolta.

Los mandaba Pedro Zubiaur y se lanzaron sin dudarlo contra los corsarios holandeses, Mendigos del Mar, que huyeron despavoridos, pese a su manifiesta superioridad en barcos, gracias al manejo de la artillería por parte española, que acertaba cada cañonazo con mortal precisión y eficacia, desarbolando o llenando las cubiertas enemigas de hierro y de plomo. Siete naves holandesas fueron capturadas y llevadas prisioneras hasta el puerto de El Ferrol.

Pedro Zubiaur siguió viaje a Flandes protegiendo a los mercantes que entregaron su preciada carga sin más novedad.
El regreso sería tranquilo hasta que los españoles de Zubiaur se toparon con una flota inglesa compuesta por nueve poderosos galeones de guerra que los estaban esperado frente a las costas de Muxía.

Nueve horas duró el combate en inferioridad numérica y artillera. Perdiéndose todas las naves españolas en el envite, solamente quedó el barco de Zubiaur, acribillado y raso de palos, pero que consigue espantar a los también vapuleados barcos ingleses de las costas españolas.

Durante todos estos años nuestro héroe no ostenta más título que el de: “Cabo de los Filibotes de La Armada que sirven en Bretaña”.
La llamada Flota de Bretaña mantenía el hilo de unión entre Flandes y los fuertes hispanos de Blavet y Brest. Mantenía con su sacrificio y su valor el imperio en el que el sol no se ponía y la honra de los marinos españoles.

En noviembre del año noventa y dos del siglo, durante otra de sus innumerables travesías se da de bruces con una flota mercante inglesa a la que ataca sin dudar y le causa graves daños. 
Luego -que para chulo don Pedro- les planta cara a los seis galeones reales que la escoltaban y escapa del cerco inglés a cañonazos… 
Zubiaur se había convertido en el terror de los enemigos de España. 
Aquello, por supuesto, le granjea poco beneficio, mucha envidia y mala leche contra su figura.

En abril de mil quinientos noventa y tres acude a socorrer la plaza francesa de Blaye, que estaba en manos católicas y asediada desde hacía meses por los herejes.
Cuando llegan las pinazas españolas se encuentran la entrada al puerto bloqueada por seis galeones reales ingleses que les superan ampliamente en tonelaje y artillería. 
Pero aquella circunstancia jamás había sido obstáculo para Zubiaur y sus audaces tripulaciones, así que se lanzan al ataque sin dudarlo un instante, para pasmo y cagalera de los ingleses que no podían dar crédito a tal derroche de temeridad:

- ¡Que vienen, Sir James…!

- Ya veo… ¿Sabes nadar, William?

Embistiendo como en Lepanto y luego abordando como salvajes los españoles acaban con los ingleses. 
Mandan al fondo a las naves capitana y almiranta enemigas, que habían ardido previamente, con toda la tripulación dentro.

Mientras, los barcos de transporte desembarcan el socorro a los agradecidos y admirados franceses de Blaye. De improviso aparecen once naves de guerra enemigas, gabachos herejes esta vez de los que asedian la ciudad, y que cañonean a los barcos españoles que descargaban…

Pedro Zubiaur, sus hombres y el par de huevos que le ponen al asunto de la guerra, consiguen de nuevo y contra todo pronóstico, desbaratar y espantar el enemigo.
Es, sin embargo, un enemigo cabezón y el resquemor de tanta derrota lo mantiene bien escocido así que durante toda aquella misma noche, cuarenta naves rebuscan por todo el mar a la escurridiza flota española. Les cogerá a todos una enorme tormenta que desparrama las dos flotas y estrella algunas naves, enemigas -bendito sea Dios-, contra las rocas de los acantilados.
Zubiaur consigue burlar a los enemigos y en pocos días atracará sus barcos en el puerto de Pasajes.

Pedro Zubiaur no era solamente un valiente hombre de armas, también es un ingeniero tocado por la genialidad y trabajó como 
espía, ocupación ésta de nuestro héroe que merecería un libro entero para explicar sus peripecias, y por ejemplo él fue quien inventó el usadísimo y reconocido mundialmente por centinelas y vigilantes, “santo y seña”. 
Su labor de espionaje para que el rey Felipe conociese de primera mano las defensas inglesas antes del asalto de La Felicísima, fue inestimable.

Había estado Pedro Zubiaur más de cien veces prisionero de los ingleses. Y durante una aquellas estancias obligatorias -para pasar el rato y alimentar y distraer su mente inquieta- había puesto su atención en el ingenio mecánico que subía las aguas del Támesis y que irrigaban los huertos y campos que alimentaban la capital inglesa. 

Pedro se aprendió de memoria hasta la última pieza del artefacto, el cual construirá después, muy mejorado y perfeccionado en su funcionamiento y robustez, en la Villa de Valladolid el año de 1602.Los gastos de la obra corrieron todos de su propio bolsillo, pues el proyecto no había interesando a nadie -cosa rara en España-y a nadie había llamado la atención tamaño adelanto tecnológico.

En 1605 nuestro héroe se encuentra de nuevo a bordo de sus queridos barcos, encarando al enemigo frente a las costas de Dover.

La flota inglesa resulta muy superior y ha conseguido acorralar y poner contra las cuerdas a la española, pero de nuevo, Pedro de Zubiaur ataca impávido a los galeones enemigos y consigue desbaratar su formación.

Aunque el bravo marino vasco esta vez no lo conseguirá y morirá a causa de las heridas recibidas durante el combate. No se había movido de su puesto ni aún después de herido. 
Sus hombres le lloraron como quien pierde a un padre y España se quedó sin uno de sus mejores hijos.

Esta es la historia de don Pedro de Zubiaur, vasco y español, soldado y marinero, Cabo de las Escuadras del Rey, espía, comerciante e ingeniero…
No creo que tengamos calles con su nombre.
Igual que le negaron en vida los honores que merecía, nosotros le negamos el recuerdo y el homenaje, perdida su memoria entre los oscuros intereses, mancillado su valor por la estúpida idea de que siendo vasco no se puede ser español, cuando la realidad es que, todo español se siente vasco… O como decían en tiempos de Zubiaur, vizcaíno...

Así al menos me siento yo cuando me imagino con la sal del mar salpicándome el rostro, el sable de abordaje apretado en la mano, cortando la proa el agua en busca de nuestros enemigos y gritando, junto con mil voces diferentes, de rabia y de orgullo.
Mientras todos podemos sentir muy dentro de las tripas el león rugiendo tras las almenas del castillo…

© A.Villegas Glez. 2012



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